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Earwen Neruda
Author of 22 Stories

Rated: T - Spanish - Romance/Drama - Hermione G. & Draco M. - Reviews: 296 - Updated: 11-18-07 - Published: 04-20-06 - id:2902951

Ice days

Porque cuando el amor no es locura, no es amor”


14. Dieciséis vueltas (y un toque de varita)

Era noche cerrada y ni un solo rayo de luna se colaba por entre las cortinas de la ventana. Oía, a su lado, la respiración suave y acompasada de Lavender en su cama y un poco más allá (quizá más lejos) Parvarti murmuraba en sueños. Todas habían conseguido conciliar el sueño menos ella, que hacía más de una hora que cerraba los ojos infructuosamente.

Lo primero que se le venía a la cabeza al hacerlo era la cara de Draco. De frente, de lado, a contraluz. Podía verla desde todos los ángulos y mostrando todas y cada una de sus expresiones, mirándola siempre con ese deje de superioridad que, por mucho que le costara admitir, estaba añorando últimamente. Y quién dice últimamente dice una eternidad.

Cuando conseguía deshacerse de la imagen del rubio la asaltaba la culpabilidad. Harry. Ron. ¿Qué pensarían si supieran…¿si tan sólo imaginaran…?

Era mejor no pensarlo.

Al final terminaba zanjando el tema diciéndose a si misma que la próxima vez que los viera (sí o sí) se lo diría, pero, evidentemente, todo lo que se atrevía a hacer el día siguiente era a recordarles a ambos que debían seguir investigando sobre el asunto del giratiempo y correr hacia la biblioteca como alma que lleva el diablo para auto compadecerse en soledad.

Pero esa noche era diferente. No tenía nada que ver con Draco, tampoco con sus amigos, era algo más oscuro y aterrador. Algo que tenía mucho que ver con la inusual quietud del castillo, la ausencia de la luna y un cúmulo de otras tantas cosas que palpitaban en su pecho junto a su corazón. Era una tontería, desde luego, pero una tontería que no le dejaba pegar ojo.

Se revolvió entre las sábanas varias veces, se tapó la cara con las manos y hizo cientos de cosas (ridículas) más antes de decidir que era mejor levantarse. Primero un pie, después el otro. Y paso a paso llegó hasta la ventana.

Pst, Pst

Hermione pegó tal salto que creyó poder rozar el techo con la coronilla.

Con cuidado de no despertar a las demás, abrió los cristales (las manos temblándole) y asomó tímidamente la cabeza hacia el exterior.

Y nada. Sólo los terrenos, tan extensos como siempre, pero más, mucho más oscuros.

Pst, Granger.

Eso no se lo había imaginado.

Inspeccionó el árbol que estaba frente a ella y le pareció distinguir el dobladillo de una túnica negra y extrañamente conocida. ¿Tal vez era un alumno de Hogwats?

- Joder, Granger. Aquí.

- ¿Zabini? – inquirió ella a media voz, intentando afinar lo suficiente la vista como para distinguir algo más (los rasgos faciales, alguna oreja. Un pie, incluso). No veía nada, pero tampoco hizo falta.

- No, soy lord Voldemort. Hubiera venido volando, pero me pareció mucho más interesante trepar el árbol.

Desde luego que era Zabini.

Sin decir una palabra más, Hermione alargó el brazo derecho y ayudó al moreno a trepar hasta el alféizar de la ventana y, finalmente, caer dentro de la habitación de Gryffindor donde todas sus compañeras de habitación seguían durmiendo. Si no quería meterse en (más) problemas, lo mejor sería sacarlo de allí lo antes posible.

- Aquí podrían oírnos. Mejor vamos a la Sala común.

Blaise asintió, mirando a un lado y a otro (las cortinas rojas, el escudo del león en la puerta. Qué raro era estar ahí) y la siguió sin ni siquiera respirar.

oOoOoOoOoOoOoOoOo

- Dilo otra vez, Harry.

El moreno miró a Ginny con una sonrisa a medio trazar en los labios. Era la decimocuarta vez que se lo pedía, pero le era tan imposible negarle algo que, después de intercambiar una mirada bastante significativa con Ron, volvió a decir

- Todo va a salir bien.

Ginny cerró los ojos. Cuando Harry lo decía parecía que era cierto, incluso. Su voz solía tener ese efecto en ella, como el de un bálsamo; entraba a través de sus oídos y viajaba inyectado en sus venas por el resto de su organismo, junto a la sangre. Le gustaba que Harry dijera que todo iba a salir bien porque Harry nunca mentía, y ella se sentía extrañamente segura cuando leía la decisión en sus ojos verdes.

Se frotó las manos y dio una vuelta completa a los vestuarios antes de culminar con un

- Bien.

Era una situación un tanto extraña, la de estar ahí los cuatro esperando a Hermione con ése extraño nudo en la boca del estómago. Sabían que lo que iban a hacer era peligroso (tan solo como morderle la cola a un colacuerno húngaro podía serlo) y sabían que tal vez aquella fuera la última vez que se veían. Tal vez eso reforzara aquel nudo aún más.

Pertenecer a la Orden del Fénix conllevaba ése tipo de sacrificios, como el de jugarse la vida por salvar la de todos los demás. Podía sonar falsamente altruista, desde luego, pero no era la gloria eterna lo que buscaban. No podría resumirse, tampoco, en el simple hecho de buscar un mundo mejor, pues cada uno tenía una meta más allá de los ideales, el que-no-debe-ser-nombrado que siempre es nombrado y el final de la guerra.

Ser mujer en una familia de hombres y estar orgullosa de ello. Demostrar, de una vez por todas, que la locura no es una palabra a la que haya que tenerle miedo. Ser el primero y no “el amigo o hermano de”. Dejar claro que las personas se componen de algo más que una cicatriz ridícula en la frente.

Y, junto a estas razones, cientos, miles más.

La puerta se abrió de par en par, y la castaña, cargada con un total de tres libros y llevándolos como bien podía, caminó con pasos cortos y rápidos hasta el centro de los vestuarios de quidditch de Gryffindor, junto a los otros.

Ginny giraba la varita de Blaise en su mano derecha.

- ¿Habéis traído lo que os pedí? – inquirió rápidamente, más rápidamente de lo normal. Tenía pinta de no haber dormido en toda la noche y no dejaba de pestañear casi compulsivamente cada décima de segundo.

Fue Luna la que se decidió a hablar primero, sentada junto a Ron.

- ¿Estás bien, Hermione? Porque si no estás bien un cuerno de snorlack arrugado tal vez…

- No, no. Estoy... es solo que estoy un poco – hizo una pausa para alisar una arruga imaginaria de su falda- nerviosa. Nada más.

Pero había algo más; estaba escrito en cada porción de piel a la vista, en sus ojeras casi amoratadas y el tembleque de ambas manos de la gryffindor cuando las llevó a su cuello y deslizó la cadena dorada del giratiempo entre sus dedos, sacándolo del interior de la chaqueta negra que llevaba puesta. Y aunque no era la primera vez que lo veía, Harry sintió que el aliento se le congelaba en la garganta formando, casi, una masa uniforme que le impedía seguir respirando.

Ahí estaba, la principal arma para la desaparición del mundo mágico tal y como lo conocían. O para su salvación.

Casi automáticamente, él sacó la capa de invisibilidad de la mochila y al mismo tiempo, Ron, Luna y Ginny sacaron también los respectivos útiles que les habían sido encomendados.

- Entiendo que Harry haya traído la capa, - reverberó la voz cavernosa del pelirrojo mientras fruncía el ceño- que hayas pedido a Ginny su escoba y Luna haya conseguido esos… pimkies explosivos. ¿Pero eran realmente necesarios los… inventos de Fred y George?

Si su cara no hubiera estado paralizada por el miedo creciente, Hermione sonreiría.

- Si los cálculos no me fallan, Ron, serán más que necesarios.

A ninguno de ellos les había pasado por alto el secretismo con el que hablaba.

- Todavía no nos has dicho qué vamos a hacer exactamente. – habló Luna con ojos risueños, aunque extrañamente entrecerrados.

Hermione suspiró, y supuso que había llegado el momento de explicárselo todo.

Todo.

- La pasada noche recibí una visita poco común. – comenzó, no sabiendo demasiado bien cómo iba a continuar sin que la vena en la yugular de Ron explotara (o se hinchara todavía más, si es que aquello era posible). – Comprenderéis que no mencione su identidad, y en caso de que no lo hagáis, quiero que quede claro, diáfano, que confío totalmente en esa persona.

Lo suficiente como para poner en peligro nuestras vidas, pensó para si.

La mirada de Harry la instó a continuar.

- Me habló de los planes que Voldemort tiene para Harry, y no, Ron, no importa cómo ni por qué esa persona estaba enterada de cuáles eran, - inspiró unas cuántas veces antes de continuar- porque deshacerse del niño que vivió siempre ha sido su primera prioridad, incluso por encima de hacerse con el control del mundo mágico. No quiere que haya nada, ni la más mínima mancha, que enturbie más su, hasta ahora, ya de por sí enturbiada leyenda.

- Así que soy una mancha¿no? – inquirió Harry, para sorpresa de todos, en un tono bastante más liviano.

- La mancha más rebelde que haya ensuciado su esmoquin de gala, puestos a usar eufemismos. – respondió ella, extrañamente aliviada por la semi sonrisa del pelinegro.

- Continúa.

No sabía demasiado quién lo había dicho, si Ron, que seguía prestándole atención desde el rincón, Ginny, con la cabeza apoyada en una de las taquillas o Luna, cuyas rodillas casi rozaban sus orejas de tan encogidas como las tenía a causa de la excitación. Pero continuó.

- No se arriesgará a otro encuentro cara a cara, es demasiado cobarde. Prefiere cortar por la raíz, no sé si me entendéis. – era evidente que no. – Y ahí es donde entra en juego el giratiempo; parece que ha descubierto la manera de viajar al pasado.

Ron rió lacónicamente.

- Menuda cosa, como si no supiéramos lo que es capaz de conseguir el giratiempo.

- No es tan sencillo, Ron. El giratiempo es capaz de hacerte viajar en el tiempo, sí, pero no debes olvidar que cada giro de la tuerca representa una hora¿cuántas vueltas crees que debería darle Voldemort para conseguir aparecer en el Valle de Godric el 31 de julio de 1980?

Ginny empalideció y sintió como si una enorme piedra cayera repentinamente sobre su estómago. Ahora encajaba todo, absolutamente.

- El día que nació Harry. – musitó, sus ojos acuosos.

Ron se levantó, repentinamente furioso, y en tres zancadas se plantó frente a Hermione.

- Lo que nos estás queriendo decir – empezó, y ella creyó poder oír como sus dientes chirriaban al paladear las palabras- es que ese psicópata pretende matar a un niño que nació hace diecisiete años con un cachivache con el que no se puede retroceder más de ¿cuánto, dos días en el tiempo? – bueno, dicho así la verdad es que podía llegar a sonar un tanto disparatado, pero… - Y tenemos que creérnoslo porque vete tú a saber quién te lo ha dicho.

Hermione entrecerró los ojos.

- Si me escucharas cuando hablo te habrías dado cuenta de que he mencionado algo sobre una manera de conseguir salvar grandes distancias en el tiempo. – después añadió con los dientes apretados también- Y yo confío totalmente en esa persona.

- ¿Lo suficiente como para desvelar su identidad?

- Lo suficiente para mantenerle a salvo ocultándola.

Ginny y ella intercambiaron miradas, y tras un leve pero certero asentimiento por parte de la de los ojos color miel, la pelirroja estuvo segura de a quién se estaba refiriendo.

- Es una majadería. – refunfuñó el Weasley por lo bajo, algo más calmado después de que Luna se sentara sobre su regazo y pasara las manos cuidadosamente por su nuca.

- No perdemos nada por intentarlo, Ro-Ro.

- ¿Prefieres quedarte cruzado de brazos y arriesgarte a que sea verdad? – lo aguijoneó Ginny, finalmente de pie junto a Hermione.

Pareció indignarle la sola idea.

- ¡Por supuesto que no!

Harry sonrió, cómodamente reclinado sobre el mármol blanquecino de la pared.

Ni siquiera era necesario preguntar quién de todos ellos no estaba de acuerdo porque todos, sin excepción, arriesgarían la vida por Harry. Por Harry. (ni Harry Potter, ni el elegido, ni el niño que vivió –y seguiría viviendo muchísimo tiempo más si de ellos dependía).

Sólo Harry.

Hermione bajó prudentemente su tono de voz antes de añadir

- Dejad los útiles en esa casilla, la número 7. Nos vemos aquí esta misma noche. Que la suerte nos ampare.

oOoOoOoOoOoOoOoOo

Draco no solía ser una persona impulsiva. No solía serlo, de verdad.

Como buen Slytherin se consideraba calculador, pensaba más de dos veces antes de hacer cualquier cosa, arriesgada o no. Sopesaba los beneficios que podía traerle y también las (malas) consecuencias, y cuando estaba seguro (y sólo entonces, nunca antes) lo hacía. A su manera.

Pero desde que conoció a Hermione, se preguntaba si no debía de haber ido a parar a Hufflepuff.

Mientras metía una a una todas las cosas que sabía, iba a necesitar para su viaje, por llamarlo de alguna manera, le gustaba imaginarse que todavía era el chico calculador que intimidaba a alumnos de primer año en los pasillos de Hogwarts. A pesar de que sólo hacía unos cuantos meses de eso y casi podía oler su miedo en el aire parecía que habían pasado años desde la última vez que un chiquillo de Gryffindor había salido huyendo despavorido al verlo venir por el pasillo.

No es que fuera una mala persona, pero le gustaría serlo. Tirar lejos todo lo que estaba metiendo en esa maleta y salir a buscar a Granger sólo con la varita en la mano y las palabras avada kedavra en la punta de la lengua. Pero no era capaz y lo peor es que, en el fondo, tampoco quería serlo.

- Toc, toc. ¿Puedo entrar?

- Vas a hacerlo de todas formas.

Blaise parecía tranquilo a primera vista. Su mano derecha asiendo el asa de la maleta negra y la izquierda dentro de sus pantalones vaqueros casi eran capaces de engañar a Draco, pero los dos eran conscientes de que él se había dado cuenta de las manchas amoratadas bajo los ojos del moreno (y tampoco creía que él hubiera intentado disimularlas porque, francamente, Blaise Zabini no era de esos).

- ¿Tú también vas a largarte de aquí? – preguntó Draco, señalando con un leve gesto de cabeza la bolsa.

- Iría contigo, – comenzó, y por el brillo casi furioso de sus ojos supo que no mentía- pero lo primero es salvar mi sucio culo mortífago, ya sabes. He ayudado en todo lo que he podido.

Podía ser que últimamente Draco estuviera volviéndose un Slytherin sensiblero –y por qué no decirlo, también algo gilipollas-, pero desde luego no dijo lo que estaba pensando en voz alta. Simplemente sonrió de medio lado, intentando algo así como reconfortarle, y cuando Blaise le devolvió la sonrisa (más plena, más traviesa, mucho más Blaise), supo que aunque fuera un poco, lo había conseguido.

- La cuidarás¿verdad?

No supo a quién se refería.

Tal vez a la Weasley. Tal vez a Hermione.

Lo miró directamente a los ojos y pudo ver un resquicio de súplica en ellos.

Y qué cojones importaba a esas alturas.

- Lo intentaré.

No era mucho, pero era todo lo que podía hacer.

Todo.

oOoOoOoOoOoOoOoOo

La vida en Hogwarts seguía su curso, por imposible que pareciera. Los alumnos seguían parloteando a alto volumen, chocando las manos y apostando para el partido de Ravenclaw contra Gryffindor.

Y Harry casi se sentía culpable. De vez en cuando algún chico se acercaba para palmearle el hombro e infringirle ánimo, ignorando por completo el hecho de que él no iba a asistir al partido en cuestión. Si tenía que elegir, estaba claro, era preferible salvar sus vidas a ganar una copa, y el equipo de Gryffindor podía arreglárselas sin él (y a grandes rasgos, puede que también sin Ginny), pero eso no quitaba que un desagradable nudo oprimiera su estómago cada vez que alguien le susurraba “vamos a ganar, Harry”.

- Vamos a patearles el culo, Harry. – resonó la voz entre paredes de el Gran Comedor. Resonaron, en realidad.

Dean y Seamus se sentaron en la mesa, uno a cada lado de él, y más que palmearle la espalda, le sacaron los intestinos grueso y delgado por la boca.

- Dejadle en paz¿no veis que así sólo conseguiréis ponerle nervioso? – Neville, que había estado comiendo en silencio frente a él, ahora les miraba con un atisbo de reproche que no lograba opacar su enorme sonrisa.

- ¿Nervioso por unas cuantas águilas? – empezó Seamus, haciendo girar el cuchillo de plata sobre su mano derecha de una forma que obligó a Harry a alejarse disimuladamente hacia Dean, por si acaso. – Eso son sólo pajarracos. Estás hablando de alguien que se enfrentó a un tío sin nariz y salió victorioso.

- Y todos sabemos lo espeluznante que puede llegar a ser una persona sin nariz. – lo completó Dean, llevándose un muslo de pollo no precisamente pequeño a la boca. – Sin nariz, calvo, con ojos rojos y una extraña fijación por aniquilarle. A lo último a lo que yo le tendría miedo es a una escoba.

Desde luego, no ayudaba en demasía que no dejaran de recordarle a qué debía enfrentarse dentro de unas horas.

- Sois de mucha ayuda. – farfulló, y los dos rieron por lo bajo, como ríe un niño que ha sido pillado en medio de una trastada colosalmente grande (como llenar al perro de alquitrán y después decorarlo con plumas).

Era difícil determinar dónde, cuándo y cómo había llegado a entablar una relación más o menos cordial con aquellos dos cabezas de chorlito. A lo mejor había sido el Ejército de Dumbledore. Puede que se debiera a que compartían habitación. O, simplemente, era que siempre habían estado ahí para insultarle cuando la ocasión lo requería, brindarle apoyo o llamarle colega.

- No te preocupes, Harry, amigo. Si aparece alguien que no tenga la nariz donde debería durante el partido serás el primero a quién se lo digamos.

¿Dónde se metían Hermione y Ron cuando les necesitaba?

- Gracias, Seamus. – ironizó él.

- Lo derribaremos con una bludger.

- Le daremos con el palo de la escoba en la cabeza.

- Lo haremos pasar por el aro de gol y sumaremos doscientos puntos de golpe.

- Pero deja de mirarnos así, por supuesto que dejaremos que tú lo remates. Eres el elegido y lo respetamos.

Definitivamente, aquello del partido final de quidditch les alteraba.

En ese momento apareció una cabeza roja y el moreno comprobó, no sin cierto alivio, que era Ginny la que se sentaba frente a él. Intentó pedirle auxilio con la mirada, pero para que engañarse, si él nunca había sido bueno transmitiendo ese tipo de sentimientos verbalmente¿cómo pretendía hacerlo sin despegar los labios?

- Y aquí llega nuestra pequeña arma secreta. – murmuró Seamus, pasando su mano por el hombro de ella. Dean, sin embargo, se mantuvo a una distancia prudente, y aunque la sonrisa no abandonó su cara en ningún momento, Harry intuyó que no se sentía del todo cómodo con su ex novia rondando por ahí.

Al contrario de lo que había llegado a pensar, no le molestaba en lo absoluto que hubieran estado saliendo hacía no demasiado tiempo, y tal vez se debía a que (y sonaba cruel incluso el pensarlo, pero era cierto) tenía la certeza de que la menor de los Weasley jamás había estado sinceramente interesada.

- ¿Arma secreta¿De qué estás hablando? – inquirió ella, mirando a los tres chicos con las cejas alzadas.

- Del partido de quidditch, Gin¿de qué si no? – volvió a intervenir Neville.

- Oh, eso. – la colorada alzó los ojos al cielo en un claro gesto que venía a significar algo así como “hombres”. Harry estuvo tentado de sonreír, pero las ganas se le pasaron súbitamente cuando ella pronunció un- ¿Es que todavía no os lo han dicho? No vamos a jugar.

Hasta entonces ninguno de los cinco había sido consciente de que la mayoría de los comensales de Gryffindor mantenía la vista fija en ellos, escuchándoles. La cuchara de Lavender, con la que hasta hacía unos minutos había estado removiendo su vaso de leche sin demasiado entusiasmo, se estrelló contra el suelo, Parvarti ahogó un gritito agudo en la manga de su túnica que alertó casi inmediatamente a Padma, sentada en la mesa de Ravenclaw, prácticamente contra su espalda. Hasta Colin dejó su cámara para mirar a Ginny con la boca formando una inmensa “o”.

Si antes Harry había estado relativamente nervioso, ahora podía decirse tranquilamente que estaba aterrorizado.

- ¿Qué no vais a qué? – gritó Katie, cazadora del equipo de Gryffindor, desde el otro lado de la mesa.

Sin ningún tipo de problema, Ginny entreabrió los labios para responder, pero Harry le lanzó una mirada que esperaba que ella hubiera interpretado como severa.

- No creo que sea el momento ni el lugar para…

Pero tendría que haber supuesto que no iba a rendirse tan fácilmente.

- Ellos tienen derecho a saberlo, Harry. Esto no se trata únicamente de ti y él.Se trata de todos nosotros, de nuestras vidas.

- Espera, espera. – Dean alzó una mano y se inclinó hacia delante, susurrando involuntariamente. Automáticamente, toda la mesa de Gryffindor se inclinó también para escucharle. - ¿Él¿No será el élque me estoy imaginando, verdad?

- Harry Potter¿pretendías saltarte un partido de quidditch para salvar el mundo – empezó Katie, que había aparecido repentinamente tras él, seguida por todos los demás- sin el Ejército de Dumbledore?

Definitivamente, no estaba insinuando lo que Harry creía que estaba insinuando.

- Creía que éramos un equipo, tío. – Seamus le miró con gravedad, pero a pesar de todo, su voz estaba impregnada de ese tono jovial que casi siempre le acompañaba.

- No. – atajó Harry cuando Cho Chang, Michael Corner y Ernie MacMillan se acercaron también a la multitud que se había formado entorno a él. – Estáis todos locos si pensáis que voy a permitir…

- Tú no vas a permitir nada porque todos somos mayorcitos para decidir por nosotros mismos. Y hemos decidido que vamos donde quiera que pretendáis ir.

Fulminó a Katie con la mirada. Estaba empezando a estar harto de no poder terminar una frase sin que lo interrumpieran.

- Es peligroso.

- ¿Y no es igual de peligroso quedarse aquí, esperando un ataque inminente?

- Ginny¿de qué lado estás tú? – se enfurruñó él.

- Del lado de la ED, por supuesto. Nunca me han caído bien los tiranos, no es nada personal. – bromeó ella, intentando quitarle hierro al asunto.

Pero eso no quitaba que todos estuvieran dispuestos a poner su vida en peligro por una simple suposición. Nadie les había asegurado que toda aquella locura del giratiempo fuera cierta, de hecho, nadie que no fuera Hermione sabía de donde había salido aquella información. Si faltaba un número demasiado alto de alumnos en el castillo, sin duda McGonagall y Snape terminarían por darse cuenta de que se llevaban algo entre manos, y no sólo se lo prohibirían rotundamente, sino que, además, confiscarían el giratiempo sin lugar a dudas para asegurarse de que no hacían nada de lo que pudieran arrepentirse luego.

Pero¿y si la información era cierta¿Y si todos se enfrentaban a Voldemort, como se suponía que iban a hacer?

¿Serían todos ellos suficientes¿Tenían una mínima oportunidad de sobrevivir?

¿Estaba él dispuesto a correr ese riesgo?

- ¿Harry?

No supo demasiado bien quién había pronunciado su nombre. Tampoco reaccionó.

Todo aquello le recordaba a cierta excursión al departamento de Misterios, en el Ministerio, y la visión no era demasiado alentadora. Había arriesgado a mucha gente entonces, y una persona importante para él había perecido por su inmensa estupidez.

- No te estamos pidiendo permiso, Potter. – escuchó a Zacharias, que se había sentado junto a Katie. – Te estamos informando.

Suspiró.

- Nunca voy a perdonarme esto.

Todos siguieron mirando a Harry con los ojos muy abiertos.

- Creo que eso es un sí. – les informó Ginny.

Sonaron risitas de alivio cuando el moreno abandonó la mesa y la pelirroja lo siguió con gesto preocupado.

- Vamos a patearles el culo. – volvió a repetir Seamus, y Dean asintió vehementemente.

De espaldas a ellos, ya saliendo por la enorme puerta, Harry sonrió.

Tal vez con gratitud. Tal vez con miedo.

Tal vez fuera una mezcla de las dos cosas.

oOoOoOoOoOoOoOoOo

- ¿Es que os habéis vuelto todos majaras?

Hermione se esperaba algo como eso, así que no se dejó amedrentar por las cejas pobladas y repentinamente juntas por el enfado de Hagrid.

- De verdad que necesitamos tu ayuda, sabes que no te pondría en un aprieto como éste a no ser que fuera estrictamente necesario. – intentó persuadirlo ella, mientras Luna curioseaba la pequeña cabaña palmo por palmo. No había abierto la boca desde que habían entrado y parecía fascinada por cada nueva tetera o taza de té tres veces más grande de lo normal que encontraba.

- Mentirle a Dumbledore… sabes que no puedo. Él ha hecho tanto por mí – comenzó Hagrid de nuevo, y Hermione elevó los ojos al techo. Había perdido la cuenta de cuántas veces había repetido lo mismo. – y yo miento tan mal, Hermione. Se daría cuenta antes de que me diera tiempo a tartamudear.

Se escuchó un sonido ronco y placentero, como el de un gato que ronronea satisfecho al acariciarle la tripa, pero mucho más ensordecedor y salvaje. Ambos se giraron para mirar a la rubia, que había encontrado el punto débil de Fang y pasaba su mano por detrás de sus orejas caídas. Parecía encantada con el enorme perro que hubiera asustado a cualquier otra persona, con sus enormes colmillos y el rabo equivalente, más o menos, a un brazo y medio humano.

- Sólo es para ganar tiempo hasta que partamos, no hace falta que mientas. O no mucho- rectificó segundos después, dándose cuenta de su error. – Ni siquiera sabemos si Dumbledore llegará a Hogwarts antes de esta noche, y si no es así, lo único que tendrás que hacer es cubrirnos la espalda con McGonagall y Snape.

Por la cara que puso, Hermione intuyó que no le gustaba demasiado la idea de enfrentarse a los ojos inquisitivos de los dos jefes de Gryffindor y Slytherin. Sabía que estaba poniéndole en un aprieto y que Snape, con su habilidad para colarse en las mentes ajenas, no tardaría ni dos minutos en darse cuenta de que algo no terminaba de encajar, pero confiaba en que para entonces ellos estuviesen lejos de allí.

- ¿Y no sería mucho más fácil contárselo a los miembros de la Orden? – intentó disuadirla desesperadamente. – Se creó para eso¿no? Para luchar contra el-que-no-debe-ser-nombrado y sus seguidores. Remus no os negaría su ayuda, y Molly podría hacerse la dura al principio, pero en el fondo es incapaz de decirle que no a sus hijos. Severus sería más difícil de convencer, pero con la ayuda de Tonks y Arthur, tal vez…

Hermione estaba perdiendo la poca paciencia que le quedaba, pero aún así no dejó de utilizar su tono más amable con Hagrid. Pasara lo que pasara, no debía olvidar que le estaba pidiendo algo de una magnitud considerable, algo que podría llevarle a perder su trabajo en el castillo. Y el Hogwarts era todo lo que Hagrid tenía, así que debía tomárselo con calma.

No pudo evitar alzar la voz, a pesar de todo.

- ¿Y crees que nos dejarían arriesgar nuestras vidas sin tener siquiera una prueba de que lo que… decimos es verdad? – se abstuvo de nombrar el giratiempo o cualquier otra cosa relacionada con lo que Blaise le había contado. Sería mucho más sencillo si su enorme amigo ignoraba todos y cada uno de los detalles de su plan; cuanta menos información le proporcionasen a Snape (ya fuera a través del veritaserum y la legeremancia), mejor. – Es más¿en caso de que nos creyesen, crees que existe una ínfima posibilidad de que nos dejasen hacerlo solos?

Él se atusó la barba con una mano y se dejó caer en el sofá, junto a Fang, que miraba con ojos anhelantes a Luna para que siguiera haciéndole mimos. Finalmente, gruñó

- Sigo sin entender por qué insistís en hacer todo esto por vuestra cuenta.

A la castaña aquello le sonó como una rendición (o por lo menos, se le parecía), así que, contenta por haber ganado terreno, se permitió destensar los hombros y hasta sonreír un poco.

- Porque mis fuentes son fiables, Hagrid, pero no infalibles. Podría tratarse de una farsa de, bueno, quién-tú-sabes, para distraernos y atacar el castillo, y en tal caso necesitaremos que todos y cada uno de los miembros de la Orden estéis aquí para defenderlo.

Pasaron unos segundos de total silencio en los que ni siquiera se escuchó la respiración fuerte del gigantesco perro.

- Tiene sentido. – murmuró él.

Y a Hermione se le iluminó la cara.

- Oh, gracias, Hagrid. – chilló prácticamente, asiéndole del brazo. - Gracias, gracias, gracias. Ni te imaginas lo que esto significa para todos nosotros. Gracias. – volvió a repetir antes de abrir la puerta de la cabaña y salir prácticamente corriendo para informar a los demás.

- ¡Eh, no he dicho que vaya a hacerlo! – gritó para hacerse oír, aunque Hermione era ya una mota apenas distinguible en la lejanía.

Todavía no había terminado de pronunciar la última frase cuando Luna, con las mejillas sonrojadas y una enorme sonrisa en la cara, le cogió la palma de la mano derecha, depositó algo invisible en ella y volvió a cerrarla con cuidado.

- Toma, un poco de polvo de cuerno de Snorlack, para que te dé suerte. – dijo, simplemente.

Y podía parecer una tontería porque Hagrid no tenía la menor idea de qué era un Snorlack, y desde luego no confiaba demasiado en sus cuernos, pero se sintió extrañamente reconfortado por el brillo vivaz en sus ojos azules. Le devolvió la sonrisa.

- Gracias. – musitó antes de que la chica de Ravenclaw siguiera los pasos de su amiga a través de los terrenos.

oOoOoOoOoOoOoOoOo

La Mansión Ryddle estaba sumida en total silencio, poniéndole los pelos de punta mientras recorría los pasillos de piedra. Se había anudado la corbata de Slytherin alrededor del cuello en un acto casi pueril y estúpido, y había optado por dejar la máscara de plata en su habitación, en el fondo del tercer cajón de la mesa de roble.

El flequillo platino apenas le permitía ver, pero tampoco era necesario gracias a la oscuridad del pasillo; se necesitaba ser una lechuza para poder andar sin dar bandazos por aquel sitio tan angosto. En la mano derecha, cerrada en un puño dentro del bolsillo de su pantalón, tenía la varita. La izquierda se movía al ritmo que marcaban sus pies, inerte junto a su cuerpo. Podría decirse, incluso, que en cada hombro reposaban un ángel y un demonio (y tubo ganas de reír con tan solo pensarlo) discutiendo a gritos a través de sus oídos sobre qué debía y qué no debía hacer.

Lo que no acertaba a averiguar era quién defendía qué, porque en ese mismo momento, dirigiéndose al punto de encuentro donde debían estar todos los demás mortífagos, no sabía si lo correcto era salir corriendo y no parar hasta llegar a Hogwarts o seguir su camino hasta la sala de reuniones.

Inmerso en sus pensamientos como estaba, o más bien en su lucha interior, no se dio cuenta de que su padre caminaba junto a él mirando al frente con expresión adusta, siguiéndole el ritmo.

Lo miró en la oscuridad, sin esperar que él le devolviera el gesto. Había algo grande en Lucius, algo además de la oscuridad y la marca en su brazo, que le hacía estar mucho más tranquilo ahora que estaba junto a él, aunque siguiera sin saber qué coño hacer con su patética vida. Como cuando era pequeño, pensó, y él venía a recogerlo a la estación de King Cross con su traje de chaqueta negro y ese porte señorial que le hacía destacar sobre todos los demás; Lucius jamás había dirigido a su hijo una palabra equivalente a “te he echado de menos” en aquellos momentos, frente al tren escarlata, y estaba de más decir que no lo abrazaba, como los padres de la comadreja hacían. Pero había algo en su mano fría cerrándose entorno a su muñeca y la expresión de sus ojos, que le hacía sentir de nuevo en casa.

Justo como en ese momento.

Ambos caminaron durante un largo trozo más, sin dirigirse la palabra. Tampoco es que hiciera falta. Caminaron y caminaron hasta que el halo de luz proveniente del enorme comedor les cegó momentáneamente y una voz helada reverberó sobre las piedras, calándoles hasta los huesos.

- Los Malfoy, por fin. Ya estamos todos; la familia al completo.

Era difícil distinguir quién era quién entre aquel tumulto de máscaras y capas negras, pero desde luego, el señor oscuro era inconfundible. Se erguía en el centro de la sala, con los brazos cetrinos descubiertos y la varita en alto. El rictus de lo que podría ser una sonrisa se extendía por su casa, pero no llegaba a iluminar sus ojos rojos, que seguían siendo apenas dos finas líneas oscuras.

Reconoció casi al instante a Bellatrix, a su derecha. Era una de las pocas personas que llevaba la cara al descubierto, y de todas formas, su pelo negro y rizado hubiera terminado delatándole, sin lugar a dudas. Miraba al Lord casi con adoración, aunque no se atrevía a tocarle, ni siquiera a sostener el contacto visual directamente, así que de vez en cuando, para evitar la tentación, supuso, desviaba sus ojos hacia Draco y le sonreía fugazmente, poniéndole los pelos de punta.

Vio también a su madre, erguida junto a Rodolphus Lestrange, el marido de su tía (sonaba mal hasta pensarlo. Tía), a una distancia prudente. A esas alturas Lucius debería haberle hablado de su relación con Granger, del giratiempo y en fin, de todas y cada una de las locuras que había cometido hasta la fecha. No es que Draco fuera uno de esos niños que se lo contaban todo a sus madres, todo lo contrario, solía ser más bien callado en cuanto a sus asuntos personales, pero la aprobación de Narcisa siempre había sido importante para él, incluso más que la de su padre.

Para él, Lucius siempre había sido el ejemplo de lo que debía ser en un futuro, pero Narcisa había sido su apoyo en muchísimas ocasiones. En su decimoprimero cumpleaños ella había esperado a que abriera su carta procedente de Hogwarts con una media sonrisa en la cara y había disuadido a su marido de enviarla de vuelta para inscribirlo en Durmstrang. Ella le había llevado a comprar su lechuza y había escogido un nombre porque Draco no conseguía decidirse por ninguno que sonara lo suficientemente imponente. Narcisa, con su caligrafía curvada y siempre distinguida, jamás se había olvidado de enviar su carta a principios de mes preguntándole qué tal iban sus notas y informándole de cómo iban las cosas en Wiltshire, aunque la posdata jamás incluyese un “te quiero”.

Por eso, sintió una presión bastante molesta en las sienes cuando la mujer apartó rápidamente la mirada al coincidir con la suya.

¿La había decepcionado, también a ella, al igual que a su padre?

- Todos sabéis por qué estamos hoy aquí, camaradas. Tenemos un problema. Un problema insignificante, y aún así, un problema que lleva molestándome desde hace demasiado tiempo.

Los murmullos de rencor y evidente sed de venganza recorrieron la sala cuando los labios cuarteados de Voldemort pronunciaron

- Harry Potter. El crío que siempre se ha interpuesto entre la gloria y yo, impidiéndome alcanzar lo que más ansío. Incluso ahora, en una tarea tan sencilla como robar un objeto del tamaño de un sickle. – al referirse a lo que Draco supuso, era el giratiempo, el rencor impregnó su voz de tal manera que pareció cortar el aire enrarecido por las respiraciones de las cientos de personas que le miraban a través de las rendijas de sus máscaras. – Pero eso se acabó. Yo mismo me encargaré de que a partir de esta noche nadie se atreva a pronunciar su nombre, no importa lo lejos que esté ni lorebelde que sea.

Pronunció la palabra rebelde con sorna, y al instante se escucharon varias risotadas que fueron acalladas rápidamente por las manos alzadas de Voldemort.

Draco no tuvo tiempo a reaccionar antes de que una figura menuda y ataviada con una ropa un tanto excéntrica se materializara frente a todos ellos, inmóvil y jadeante. No reconoció a la mujer anciana que mantenía los ojos cerrados, arrodillada a los pies del Lord.

- Arabella Figg – dijo, escupiendo las palabras. – Miembro de¿cómo era? Ah, claro, la Orden del Fénix. La resistencia. – se burló de nuevo, y Bellatrix rió histéricamente- Tú cuidaste del pequeño Harry¿no es así? Te encargaste de que nada malo pudiera sucederle, hasta lo viste crecer… - la figura de la mujer se retorció fieramente cuando la varita de Voldemort acarició su garganta, y Draco se sorprendió por la fuerza que parecía tener a pesar de su edad. – Es una lástima que no vaya a poder verlo morir también¿no os parece?

Se oyeron diferentes murmullos, cosas como “mátala ya” y demás atrocidades que él no quiso seguir escuchando. Sabía lo que venía a continuación, y aunque no era la primera vez que lo presenciaba, esta vez cerró fuertemente los ojos antes de que la voz de serpiente pronunciara un suave pero claro “avada kedavra”.

- Y ahora haced que me sienta orgulloso.

Y aquello fue como el pistoletazo de salida tras el que todos los mortífagos alzaron sus varitas y desaparecieron.

oOoOoOoOoOoOoOoOo

Cinco minutos antes de la hora estipulada por Hermione para que todos se encontrasen en el vestuario de Gryffindor, Ginny ya estaba allí. Le había sido imposible seguir dando vueltas por su habitación como un león enjaulado, así que había cogido todo lo necesario y se había sentado a esperar en uno de los bancos, frente a las duchas.

Si antes había tenido dudas respecto a lo que debía hacer, ahora su cabeza era una maraña de pensamientos incoherentes imposible de desanudar. La varita de Blaise descansaba a su lado, intacta, tal y como se la había robado. Había estado preparándose durante días para el golpe que hubiera supuesto enterarse, tras el análisis de Snape, de a cuántas personas había usurpado la vida con ella. Personas con una familia, un trabajo que no les proporcionaba el dinero suficiente ni la satisfacción necesaria, un perro que ladraba a todas horas y no dejaba dormir a los vecinos. Familias con hijos rebeldes e hijos aplicados, con sus discusiones y sus sermones sobre qué se debe y qué no se debe hacer mientras se viva bajo el mismo techo.

Familias como la suya. Pero no se había preparado, desde luego, para el golpe bajo que suponía el saber que Blaise había matado a más de dos o tres personas. Había matado, en total, a ocho. Ocho jodidas personas con sus ocho jodidas vidas.

Se odió tanto a si misma (lo suficientemente débil para permitirse quererlo) y lo odió tanto a él que pateó su varita hasta mandarla lejos, bajo una de las taquillas, donde no podría alcanzarla.

Segundos después se arrepintió, y se disponía a realizar un hechizo convocatorio cuando Harry entró, limpiándose las gafas con la tela de su camiseta gris, tres tallas más grande de lo que debería ser.

- ¿Qué tal? – le preguntó, y a ella le sorprendió la calma que parecía exudar por cada uno de sus poros, a diferencia de cómo lo había visto aquella misma mañana, en el Gran Comedor.

Tras meditarlo durante unos segundos, le miró directamente a los ojos verdes, transparentes, y respondió.

- Aquí hay algo que no termina de encajar.

- ¿A qué te refieres? – respondió él, mucho más cerca de lo que lo había tenido nunca. Cuando advirtió la expresión de pánico de Ginny, alzó la comisura de sus labios hasta sonreír abiertamente, casi con sorna.

- Bueno, déjame pensar. – empezó ella, echándose a un lado en el lago banco de madera para alejarse de él y su olor – Estamos a punto de viajar en el tiempo para evitar que un psicópata con ansias de dominar el mundo te aniquile y es a mí a quién le tiemblan las manos.

Harry rió suavemente, y un hormigueo bastante familiar la recorrió de pies a cabeza, pasando por cada cartílago de su cuerpo.

Antes de que Ginny pudiera reaccionar, él le dio un beso corto y suave en los labios, atrayéndola con una mano alrededor de su cintura. Su respiración se volvió superficial cuando la mano de Harry tocó una porción de piel descubierta bajo su camiseta.

- ¿Qué… qué haces? – preguntó, muy bajito, en el espacio casi inexistente que había entre sus bocas.

Harry volvió a reír entre dientes.

- Necesitaré un recuerdo feliz para invocar mi próximo Patronus. – fue todo lo que dijo antes de cubrir los milímetros de distancia que tanto estorbaban.

Harry besaba con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo aunque su vida pendiera de un hilo. Transmitía todo lo que no sabía decir con palabras a través de su aliento, y Ginny supo, aunque él nunca lo diría, que la quería. Le dijo, enroscando su lengua caliente con la de ella, que no sabía si volverían a verse después de aquella noche, que tal vez él no fuera el hombre que le convenía, que si no sobrevivía a aquel viaje y aunque sonara egoísta, quería que lo recordara siempre.

Tanteó la piel suave de la cadera pálida de ella, y sus manos calientes dejaron una huella invisible justo ahí, donde Blaise la había besado tantas veces. Borró cada sensación que él no hubiera provocado con cada “Ginny”susurrado a media voz en su oído y se encargó, también, de conseguir que se le erizara el vello de la nuca únicamente delineando el contorno de su labio inferior con la lengua.

- Tío, buscaos un hotel.

Odió tanto a Seamus en aquel momento que ni siquiera tuvo tiempo de avergonzarse porque más de la mitad de Gryffindor y Ravenclaw les hubieran visto.

Un momento… ¿más de la mitad de Gryffindor y Ravenclaw?

- Harry James Potter. – se escuchó la inconfundible voz de Hermione por encima de los murmullos emocionados del gentío. Segundos después su cabeza desgreñada se abría paso a empujones, seguida de Ron y Luna. - ¿Qué significa todo esto?

- Bueno, verás…

- Hemos venido a luchar. – aulló Katie antes de que nadie más tuviera tiempo de responder. – No podéis dejarnos a un lado. Somos un equipo¿recordáis?

- Exacto. – la secundó Dean, y los demás se mostraron de acuerdo con ellos dando un paso adelante. – El Ejército de Dumbledore, no el ejército de Harry ni el de Hermione. Ni siquiera el de Ron. La ED somos todos.

Hermione los miró a todos de hito en hito antes de suspirar pesadamente y girar sobre sus propios talones para mirar a Harry y Ginny, que seguían sentados en el banco de madera, recuperando la respiración.

- No sé si

Pero jamás pudo terminar la frase. Se sucedieron varios colores antes de la gran explosión que arrancó de cuajo la puerta; verde, blanco, azul, rojo. Todos se echaron al suelo instintivamente, pero no tardaron demasiado en volver a ponerse en pie y alzar sus varitas contra el numeroso grupo de magos con capas negras que se alzaba ante ellos.

- Mortífagos. – balbuceó Neville al contemplar la marca brillante de la calavera y la serpiente que se extendía como un tatuaje en relieve sobre el cielo negro.

Entonces la cicatriz de Harry enrojeció hasta convertirse en una marca grabada a fuego en su frente, Ron cubrió a Luna con ambos brazos y Ginny abrió la taquilla número siete a trompicones, sabiendo que no les quedaba mucho tiempo antes de que se desatara el caos.

Pero Hermione no reaccionó. Sus ojos se habían encontrado con otros grises, los únicos que no estaban cubiertos por una máscara de plata, y le era imposible mirar hacia otro lado; ni siquiera a Voldemort, que descendía del cielo como un pájaro grotesco de plumaje blanco y sucio.

- Draco. – musitó, y a pesar de la distancia que los separaba, supo que él la había oído.

Draco tensó la mandíbula cuando la vio frente a él, con el pelo castaño recogido en una cola baja y la barita sobresaliendo por el bolsillo de su pantalón desgastado.

¿Qué esperaba para sacar el jodido giratiempo y largarse?

- Potter, Potter, Potter… - Voldemort seguía avanzando hacia ellos con expresión aparentemente calmada, y dijo algo más que no atinó a oír, pues el pitido de sus oídos no le permitía escuchar nada más que no fuera su propia respiración errática.

Y lo hizo.

Para su alivio o su condena, Hermione tanteó el interior de su chaqueta con manos temblorosas y sacó el giratiempo, que resplandeció a la luz de la luna llena.

Y todo pasó muy rápido. A lo lejos, se escuchó el aullido de un lobo, y su silueta se recortó a lo lejos, junto al sauce boxeador. Más de la mitad de los mortífagos se giraron para encararle con ojos desorbitados y, presas del pánico al ver que se acercaba a toda velocidad, comenzaron a lanzar maldiciones a diestro y siniestro, sin ni siquiera acercarse a su objetivo, que se movía a una velocidad vertiginosa.

Draco, sin embargo, siguió mirando a Hermione con la misma intensidad que antes, y después, cuando el cara rajada, la comadreja y todos los demás la rodearon mientras ella movía los labios rápidamente y daba vueltas a la rueda del dichoso aparato, viró sobre si mismo para mirar directamente a su madre, que seguía aparentemente tranquila junto a él.

La miró esperando que lo aborreciera por lo que estaba a punto de hacer. Esperó que lo retuviera a la fuerza, incluso que lo imperiara. Pero Narcisa no hizo nada de todo aquello.

Se limitó a asentir levemente con la cabeza sin despegar los labios antes de girarse ella también para enfrentar al hombre lobo.

Y Draco no necesitó nada más. Echó a correr como no había corrido en su vida (jadeando, tropezando con sus propios pies, empujando a quien quiera que se pudiera por delante) hacia lo que quedaba de los vestuarios de quidditch donde tantas veces se había colado para gastarles bromas pesadas a los gilipollas de Gryffindor. Corrió hacia el cara rajada y la comadreja, incluso corrió hacia la desquiciada de Lovegood y su amiga la pobretona.

Pero sobretodo, corrió hacia Hermione.

- ¡No! – escuchó el grito gutural del Lord Oscuro a poca distancia, a su espalda, y apuró el paso aún más, si es que aquello era posible.

Se lanzó sobre ellos con tanta fuerza que desestabilizó a Hermione, rodeada como estaba por Harry, Ron, Luna y Ginny, pero soportaron toda la fuerza de su embiste sin caer al suelo.

- ¿Malfoy, qué…?

- ¿Malfoy?

- ¡Draco!

- Sí, sí, estamos todos muy impresionados por lo que acabo de hacer y nos odiamos, pero ¿creéis que podemos poner esa mierda en marcha de una jodida vez y largarnos antes de que nos maten?

Hermione no necesitó que lo dijera dos veces para reaccionar. Con los ojos acuosos y el corazón latiéndole en la garganta, dio la última vuelta al giratiempo y miró al frente.

Vio como los mortífagos seguían intentando deshacerse del hombre lobo, que se defendía a zarpazos y dentelladas de sus cruccio. Vio, también, un perro enorme de ladridos roncos que le bloqueaba el paso a Bellatrix Black, un semi gigante que enarbolaba el tronco de un árbol contra una multitud de gente con máscaras de plata y dos cabezas pelirrojas que se movían casi al mismo tiempo sobre sus escobas, lanzando polvos de colores al aire que conseguían que la multitud se dispersara.

- Los bateadores siempre defenderán a su equipo¿verdad, Fred?

- Siempre, George.

La Orden del Fénix había acudido en su ayuda.

Y, finalmente, vislumbró a muchos de sus compañeros, como Michael, Cho o el propio Collin, que les daban la espalda para unirse a la lucha con el fin de que los mortífagos no llegaran hasta su posición.

- Te tengo.

Una mano helada se hundió en la carne tierna de su hombro arrancándole un gemido mientras Dean, Seamus y Katie corrían hacía ellos para no quedarse en tierra, pero no le importó el dolor, ni siquiera los ojos rojos que acababan de aparecer de la nada.

Tocó el giratiempo con su varita y con un ligero ‘plop’, como si todo se tratara de un simple juego, todos desaparecieron.


Continuará


Sé que me merezco que no me leáis jamás nunca por haber tardado una eternidad en publicar esto (y sí, he dicho jamás nunca). También sé que el capítulo no es ni siquiera la mitad de bueno como debería de ser para compensar la tardanza, ni siquiera es la mitad de largo, tampoco.

Pero aquí estoy, a la una de la mañana de un lunes, con toda mi poca vergüenza y el cansancio pidiéndoos perdón. ¿Creéis que podréis volver a dirigirme la palabra si os dejo pegarme por Internet? Porque si es así, me dejo. Y si no también, qué coño, que me lo merezco.

Haría un resumen, como hago normalmente, pero mis padres van a matarme si me ven aquí sentada frente al ordenador a estas horas. ¿No os lo he dicho? Ahora soy una ajetreada estudiante de bachillerato, y se supone que debería estar estudiando. Pero se suponen tantas cosas…

En fin, si has llegado hasta aquí sin haber cerrado la ventana y haberme maldecido por lo menos tres veces, quiero que sepas que este capítulo va dedicado a ti, por seguir teniendo fe en mí y darme una oportunidad, aunque no la merezco. A ti, sí, así que no pongas esa cara.

A todos vosotros.

Y ahora, si no es mucho pedir¿un review, por caridad? Hace tanto tiempo que no escribía Dramione que no sé cómo ha salido este capítulo. ¿Serás tan amable de decírmelo?

Publicaré antes. Lo intentaré. De verdad.

Muchísimas gracias, no os merezco,

Earwen Neruda



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