Share/Save/Bookmark
Home Just In Communities Forums Beta Readers Dictionary Search Login Register Extras
Games » Silent Hill » Mi pequeña Claudia font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: Kawaii1
Fiction Rated: M - Spanish - Drama - Reviews: 1 - Published: 04-30-06 - Updated: 05-27-06 - id:2915598

1

-Claudia... Claudia ven aquí, se nos hace tarde!

-Ahora mismo, ya estoy casi lista!

-Ya sabes que tu padre se enfadará si volvemos a llegar tarde

-... -No se oyó nada, pero el miedo parecía atravesar la puerta que separaba a los dos jóvenes. Por debajo de ella se veía una sombra que se acercaba a la puerta y al fin la abría. Con una tímida sonrisa, Claudia salió al pasillo.

-Pero qué guapa!

-De verdad? Pensé que no se notaría...

-Te queda muy bien. Resalta tus ojos! Lo has hecho por alguien en especial? -Comenzó a andar para no seguir perdiendo tiempo.

-No.. bueno... Pero leí en una revista de las de mis compañeras en la universidad que... bueno queda bien... No creo que sea p...pecado...

El joven acólito desvaneció su sonrisa por unos minutos, y se quitó las gafas para frotarse los ojos. Suspiró.

-No creo que algo así sea pecado. Eres una chica, hacéis cosas de estas no?

-Mi padre me dijo que si alguna vez me maquillaba me ateniese a las consecuencias.

-Atuviese

-Si, eso.

-Pero solo te has arreglado las cejas, no es ningún delito.

-Dios te oiga...

Habían llegado a las puertas que daban a la vieja y descuidada capilla, que desde la muerte de Alessa hacía ya 8 años, permanecía mohosa y desatendida y nadie hacía nada para solucionarlo. De todas maneras la gente ya no acudía al culto como antes. No desde lo de Alessa; la gente había perdido toda esperanza y la fe. Habían visto en aquel acontecimiento una derrota enorme que hacía tambalear toda promesa del paraíso del que tanto se les había hablado. Además el actual sacerdote, Leonard, el padre de Claudia... asustaba a la gente. Y no solo eso.

Aunque tuviese 20 Años, Claudia temblaba cada vez que tenía que volver a casa para el culto. Por eso prefería dormir los días de semana en la residencia universitaria. Mejor quedarse estudiando ahí, aunque la gente pensara que era demasiado rara, y se riera de ella por sus ideas, a los gritos y las humillaciones que...

-PEDAZO DE INÚTIL! Un minuto mas tarde y hubiese ido yo mismo a traerte de los pelos! ... Hola joven, no te había visto. Por favor, prepara los libros, si no te importa. Empezaremos en muy poco.

Leonard cambió su voz por una amable, solo para dirigirse a él. Él, era un adolescente lleno de acné, que ahora estaba inexpresivo, para ocultar la impresión que siempre le causaba ver esas escenas, (que era muy a menudo) Se dirigió a la sacristía para escoger los libros y lecturas, y los instrumentos del culto. Era muy inteligente y conocía esos libros como la palma de su mano, a pesar de tener solo 17 años; estaba claro que si seguía esforzándose como hasta entonces, iba a llegar lejos dentro del culto, y en muy poco tiempo.

Claudia se acercó hasta donde estaba su padre, tapándose la cara con su pelo rubio platino y relamido. Le dolía que tratase mejor a aquel chico que ni siquiera era su hijo, y a ella como a un despojo que había cometido el terrible error de existir... Por qué nunca era suficiente? Ella estaba estudiando en la universidad, teología, y el folklore local y nativo; estaba esforzándose.

Sabía muy en el fondo que ella podía, si se esforzaba, lograr el sueño de Alessa, y que algún día su padre dejaría de tratarle así, cuando se diese cuenta de que lo que hacía estaba bien. Sí, lo lograría. Lo lograría. Apretó un puño contra su pecho y se sobresaltó. Su padre le había estado hablando y ella no le había oído.

-PLAF! Eres sorda o qué! Claudia! Ayuda Ahora mismo a Vincent! Recibe a los feligreses! Reparte los libros de cánticos! Vamos! VAMOS!

-Si, Si, padre, -hizo dos pequeñas reverencias rápidas y nerviosas mientras se frotaba la mejilla donde la había golpeado. Miró alrededor. Vincent le lanzó una mirada fugaz pero pareció no querer inmiscuirse. Ya hablarían mas tarde, como siempre. Era mejor no enfadar más a Papá, así que corrió lo más rápido posible a ayudar al crío, que le faltaba muy poco, y para correr al carrito de los libros de cánticos, abrir la puerta y recibir a la gente que se dignase a venir esta vez, y darles un libro por familia. Ya estaba todo listo.

Cuando abrió la puerta con una sonrisa esperanzadora, obviando que acababa de recibir una bofetada que le había enrojecido la mejilla, (demasiado, por su delicada piel) casi se le cayó el alma a los pies. 7 personas contadas. Doce menos que la ultima vez. Papá estará de un humor genial. Si señor.

-Bienvenidos! Nuestra Santa Madre estará encantada de acogeros en su seno! -Dijo con su voz mas carismática, mientras entregaba los libros. Pero como siempre, no recibió ni una sonrisa ni las gracias. -"Paganos, en verdad sois unos paganos, iréis todos al infierno" -pensó, al cerrar la puerta tras el último matrimonio que había llegado corriendo. Así que ahora eran nueve. Suspiró y se fue a sentar a la primera banca mientras miraba con envidia como la mano derecha de su padre durante aquella sesión del culto era Vincent. Tres años menor que ella pero para su padre era mejor que ella. Había que resignarse.

Los oficios del tiempo ordinario no implicaban ningún ritual extraño como los que llegaban cuando se acercaba el aniversario de lo que le pasó a Alessa. Pero incluso esos oficios se habían vuelto muchísimo más light con el tiempo. Normalmente se ofrecían sacrificios rituales, y se usaban las viejas túnicas hechas con piel... Y se ofrecía alguien de entre los hermanos para ser sacrificado. Pero bueno, resultaba que la gente fue perdiendo la fe y se iba asustando de tales rituales. Aunque los pocos fieles que iban eran todavía gente llena de fe y un poco fanática, seguían siendo reticentes a ser ofrecidos en sacrificio. Sus prometedoras vidas eran más importantes.

Desde que la gente se enteró que los nuevos sacrificios solo implicarían a miembros del clero, poco a poco habían dejado de crearse nuevas vocaciones, de hecho, que Vincent se hubiese unido, junto con otras 3 más, La hermana Lily, La hermana Sara y la hermana Emma, había sido casi un regalo del cielo. Ahora en el recinto de la iglesia, vivían todos juntos, con Leonard, el único que se había quedado como sacerdote y guía espiritual. Su hogar había sido siempre ese, y el de Claudia también.

Recordó su más tierna infancia, cuando Alessa había sido su mejor amiga y su hermana mayor. Habían sido los dos años más felices de su vida. Ella tenía 3, y en esos tiempos no las dejaban entrar al culto. Mientras las ceremonias se llevaban a cabo, Las dejaban a las dos encerradas en el cuarto de la mayor, donde pasaban las horas muertas jugando con las muñecas de trapo, o con las cartas, aunque Claudia no entendía las reglas y Alessa siempre ganaba.

En otras ocasiones, más adelante, las dejaban dormir juntas, y Alessa le contaba los cuentos que había oído en clase y la habían asustado, y entonces hacía aparecer de la nada aquellas criaturas tenebrosas, que aunque no podían dañarlas, asustaban a Claudia tanto como su hermana mayor lo había sentido en su momento. Podía resultar muy de miedo en un principio pero en el fondo a Claudia aquellas cosas le encantaban y las intentaba hacer por sí misma. Y entonces se reían, vaya que si que reían. Olvidaban todo lo que las hacia sentir tristes cuando estaban la una junto a la otra y deseaban que nada las separara jamás.

Cuando Alessa cumplió 6 años, y ella 4, Dahlia, la madre de Alessa, comenzó a darles charlas sin término, con su embaucadora voz, sobre el futuro que depararía a su hija. Vendría el paraíso, todo sería de color de rosa, la paz y la tranquilidad y la dicha eterna se concedería solo por estar ahí. Con esa idea se había quedado ella, y se ponía loca de contenta cuando Dahlia repetía la descripción. Botaba y daba palmitas, con grititos de júbilo. Alessa entonces dibujaba su idea del paraíso, con mariposas y soles y arco iris de colores, y a las dos jugando juntas en él, con enormes sonrisas. La quería mucho. Se querían mucho. Cuando lo recordaba, se enrojecía inmediatamente. Pero era así. Era curioso, porque, de pequeña, por alguna razón, siempre eliminaba la parte sobre la llegada del paraíso que decía: "pero para que eso pase, la tierra debe ser antes reconstruida..."

Algo le había caído sobre la cara y sobre el pelo, y se había hecho el silencio. Sintió esa incomodidad terrible que le indicaba que estaba siendo humillada de nuevo e, instintivamente miró a Vincent, cuyos ojos temblorosos y rostro otra vez inexpresivo le indicaron que no se equivocaba. Se limpió la cara. Un escupitajo... se levantó lentamente y tomó aire, intentando que no se demostrara su rabia y su odio, que se tragó estoicamente. Miró a su padre, que la miraba con desprecio. Como siempre.

-Si?

-NO ME HAS OIDO? EL SACRIFICIO!

-Pero, padre, hoy es... hoy es... hoy no corresponde hacer ofrenda, sino hasta dentro de dos meses cuando el sol... -Un libro voló y le dio en la cabeza con todo el lomo. Alguien se rió, pero la gran mayoría de la gente, seguía seria.

-SI NO LO HAS PREPARADO, TU SERÁS PARTE DE LA OFRENDA!

-Por favor, padre, por favor, padre... -Temblaba y las lágrimas se le salían solas y rodaban por sus enrojecidos carrillos. El pelo se le pegaba a la cara por las lágrimas. No se atrevía a levantar la cabeza.

-VEN AQUÍ INUTIL! -gritó y sin mucha pausa se acercó hasta ella y tiró con fuerza de su pelo, haciéndola aullar de dolor, mientras forzaba su espalda para poder seguirle en una posición lo menos dolorosa posible. El chico estaba inmóvil con un bisturí en la mano. Parpadeó un par de veces y miró receloso a Leonard, como si no estuviese seguro de lo que tenía que hacer.

Por un momento pareció hacerse para atrás, pero se quedó e el sitio. Al fin Leonard la soltó el pelo, cuando estaban tras el altar, y le obligó a estirar un brazo (por suerte, el izquierdo, pensó ella) hacia el frente, sobre el cuenco dorado en que siempre derramaban la sangre para las ofrendas.

-Vamos Vincent, te concedo el honor. Como te lo he explicado.

-De... acuerdo -dijo él no muy seguro. Miró a Claudia haciéndola entender que de ser por el no lo haría, pero no había otro remedio. Sujetó con una mano la de Claudia, y con la otra comenzó a cortarle las yemas de los dedos. No le gustaba lo que estaba haciendo, pero siguió en ello, mudo, sin sentir asco, ni tampoco diversión.

Ella prefirió callar y morderse la otra mano, que había cerrado en un puño. Apretó los ojos esperando que Vincent terminase cuanto antes, sentía la sangre palpitar contra sus heridas abiertas; De los dedos siempre salía mucha sangre. Tanta, que sentía que en cualquier momento se marearía y se desmayaría. Si hubiese preparado un sacrificio (que de verdad no procedía) hubiese usado a algún perro o así, como hacían últimamente, ya que no era plan de masacrar o hacer daño a los pocos hermanos que eran. Estaba claro que lo de ese día era una excepción... o su padre tendría sus ideas; total, el que dirigía el culto desde hacía ocho años era él y nadie le podía decir nada. "Así les iba", pensó. Cualquier día la gente dejaría de asistir y se quedarían ellos solos.

Oyó como su amigo dejaba el bisturí a un lado y con manos frías le masajeaba los dedos como si exprimiese la sangre que pudiese salir, desde la palma hasta la punta, justo antes de las heridas abiertas; oía la sangre chorrear sobre el cuenco. Y oía su propio corazón, como tardando mil años, bobeando su torrente sanguíneo que acababa desbocándose en esas incisiones. Tardaba mil años... una eternidad... la capilla se llenaba de niebla... y el techo era negro. Leonard le soltó el brazo pero ella cayó al suelo con él extendido hacia arriba, y las gotas tiñeron su blusa, su cara y su pelo... Después de eso ya no supo lo que ocurrió.

Despertó en su cuarto de siempre. Era agradable volver a verlo, en vez del cuarto que ocupaba en la residencia al que nunca se amoldaba del todo. Aún conservaba una foto De Alessa con siete años, antes de... Y la postal de cumpleaños que le escribió y que recibió cuando creía que había muerto. Se miró y vio que le habían vendado la mano izquierda. Pero estaba dormido, y solo podía sentir una especie de calor y las puntas de los dedos fríos, apretados como estaban por el vendaje. Estaba anocheciendo. Se levantó de la cama para dirigirse al cuarto de baño comunitario, en el que se había esmerado tanto aquel día para arreglarse las cejas y ponerse guapa. Aún estaba manchada y enguarrada por culpa de su padre y tenía la sangre coagulara en su mejilla. Hizo un gesto de negación, resignación e impotencia. De qué le había servido el esfuerzo? La humillación la había recibido igual.

Buscó una toalla limpia y se dirigió a las duchas. Abrió un cubículo y vio una maquinilla de afeitar que se habían olvidado. Probablemente era de su Padre. A Vincent aún no le había salido la barba, y bueno, no pensaba que fuese de otra hermana. Las conocía y no eran de dejarse eso por ahí tirado. Miró de lejos su reflejo en el espejo... Volvió a pensarlo. No valía la pena arreglarse si eso la haría llegar tarde y enfurecerle de nuevo. Había que eliminar todo obstáculo si quería seguir tranquila más tiempo. Quitó la protección plástica se la pasó por las cejas. "rac rac rac rac" y otro "rac rac rac rac" sobre el otro ojo. Se pasó el dedo por donde hacía un momento había tenido pelo. Así estaba mejor.

Abrió le grifo del agua y levantó el brazo izquierdo para no mojar la venda. Tenía que seguir adelante. Tenía que ser valiente.



Return to Top