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Games » Silent Hill » Mi pequeña Claudia
Kawaii1
Author of 11 Stories
Rated: M - Spanish - Drama - Reviews: 1 - Updated: 05-27-06 - Published: 04-30-06 - id:2915598

3

-Tú ayudarás a recuperar nuestro paraíso- las palabras repicaron en su mente como una campana, y casi la hicieron desmayarse -Tú, solo tú, traerás el paraíso, Claudia. Confío en ti.

-A… Alessa? –esperaba que aquella voz que había oído en su mente la respondiese. Sonaba a una voz de mujer, una voz familiar… su propio subconsciente? No… no era posible

-Mantente viva, Claudia, te necesito, te necesitan tus hermanos, la humanidad, solo tú traerás el paraíso, te perdono por la vida que has sustraído. Pero ahora busca a mi madre, Claudia. Ella sigue viva, solo necesita tiempo para estar preparada, tú sabrás, presentirás cuando será y entonces podrás hacerlo.

-Dios? -juntó sus manos, emocionada, pero el calor que la había inundado desde que escuchase el primer vocablo, se había marchado. Aquello era una señal, sin duda, no podía haberlo imaginado. –Alessa sigue viva…?

Miró pensativa las puntas de sus pies, asomando por debajo de la colcha, que había descolocado mientras dormía. Había sido, entonces, un sueño?… Se miró las manos aún vendadas, y sintió que la estorbaban. Los dedos le estaban sudando. Eso solo significaba que… en efecto, se había curado. Hacía unas horas habían vuelto a abrirse… era un milagro? Abrió la boca en completo estupor… y emoción. Debía haber ido real, qué mayor prueba que esa? Ahora, podía seguir adelante sin miedo. Dios la necesitaba y nada podría hacerle daño. Simplemente, ella, la que esperaba renacer, la había elegido para cumplir el sueño que siempre había deseado. Y lo que era mejor. Alessa, seguía viva.

La "protección de Dios" no la había abandonado desde entonces, y el tiempo había pasado como en un suspiro. En un parpadeo, había finalizado la carrera y terminaba de desempacar sus cosas en la casa Madre de la iglesia. La hermana Emma la había ayudado con una sonrisa en la boca. Lo cierto era que tenía curiosidad por emprender al fin una convivencia en toda regla con ella. Aún más teniendo en cuenta que hacía un año que ella no había vuelto a Silent Hill los fines de semana, para no distraerse y estudiar a fondo en su último año. Así que ahora, el que se estableciese definitivamente era como la llegada de "una hermana nueva".

Su padre pronto llegó a darle la bienvenida. La sonreía, con una expresión paternal que la conmovió, y más bien, la llenó de pena, cuando recordó el momento en que, a las dos semanas de todo lo sucedido, en el campus, llena al fin de valor, le había plantado cara y le había amenazado con instituirlo en un sanatorio si seguía atacándola. Pero para su asombro, él reaccionó de una forma que le partió el alma. Se arrodilló ante ella y lloró como un niño, pidiendo perdón por todos los años de maltratos.

Otro milagro? Quizá. Pero desde entonces parecía más cansado y más "mayor". Parecía viejo, y además se ofuscaba más de lo normal con sus puntos de vista religiosos. Poco a poco comenzó a discrepar con algún que otro feligrés, al comentar las reuniones a la salida. Por algún lado tenía que desahogar su personalidad.

-Claudia, hija mía, al fin vuelves

-Este es mi hogar, padre –respondió ella, impasible

-Hay muchas cosas que quisiera hablar contigo, muchas cosas, la verdad te echaba de menos

-Yo también, padre. Sabes que he nacido dedicada a ti, y al culto.

-Me gusta oírte decir eso. Precisamente sobre tu labor en el culto, quiero que hablemos. Termina con eso, y te esperaré en la librería.

-De acuerdo –asintió y continuó con lo que tenía entre manos. Al fin todo era normal.

Antes de cerrar la puerta, echó un vistazo a su cuarto de nuevo. Sencillo pero acogedor. Suspiró, y se encaminó hacia la librería, contenta esperando oír lo que su padre había preparado para ella dentro de la iglesia. Al entrar había interrumpido una conversación. Avanzó lentamente rodeando una estantería hasta llegar al lugar donde había una mesa y sillas. En ellas, estaba su padre y… conocía a aquel joven? No podía haber cambiado tanto en poco tiempo…

-Ya estas aquí hija mía!

-Sí, me quedaba muy poco. Tienes compañía. –notó que el otro se estremeció, como si le diese vergüenza darse la vuelta. Su pelo largo, temblaba a ambos costados de su cara.

-Te pasa algo? –se inclinó hacia él, que al fin la miró.

Ya no tenía acné, pero su cara había quedado llena de pequitas. O quizá su cara era así pero la afección juvenil no le dejaba verla bien. Había cambiado de gafas. Ya no eran aquellas de pasta da carey que llevaba hacía tan solo un año. Y era increíble la rapidez con que le había crecido el pelo. Ahora le llegaba por los hombros. Su expresión era rara. No se alegraba de verla?

-Estoy bien, estoy bien, no te esperaba. –sus manos temblaron sobre lo que parecía una hoja de cálculos de la contabilidad de la iglesia.

-Bueno bueno, Claudia, siéntate, por favor. Ahí tenemos las sillas replegables. Fueron idea de Vincent. Y no solo eso, me está explicando sus proyectos para despertar de nuevo nuestra organización. No es asombroso? –el aludido se empujó las gafas y miró con una sonrisa la hoja de cálculos.

-Dinero? Padre, la iglesia no necesita dinero, la iglesia necesita FIELES! Cómo te has dejado convencer por él, es solo un crío! –Miró a Vincent que había fruncido el ceño sin llegar a mirarla.

-Sé que te parecerá chocante visto así de primeras. Pero no es solo eso. Mientras has faltado, él ha avanzado mucho conmigo, es todo un experto en nuestras escrituras, y voy a ordenarlo.

-Ordenarlo? –le miró asombrada y sin saber qué pensar. –No es muy pronto?

-Es lo mejor para todos. Tiene la suficiente preparación como para dirigir espiritualmente a los feligreses. Además necesitamos renovar esto un poco. Quién sabe, quizá eso ayude a que vuelva la gente.

Se hizo un silencio Claudia, sentada entre los dos hombres, mirando al uno y al otro. Todas las novedades le estaban llegando demasiado rápidamente. Le costaba tiempo asimilarlo.

-Y yo… que planes hay para mí, padre?

-Verás, Claudia. Has faltado todo un año, y creo que necesitas que alguien te guíe y te instruya. Quiero que también te prepares para ser ordenada. Confío en ti y sé que eso será pronto. A partir de ahora, Estás al cargo de Vincent. No dudes en contarle todas tus dudas e inquietudes, y confía en él. Respétalo, ahora es tu superior.

-Ah… -asintió todavía no muy convencida. Le miró de nuevo, y recibió una tímida sonrisa a cambio. –Supongo que debo felicitarte, no? Sabía que lo lograrías.

-Gracias. Es un placer verte de nuevo… y espero que ahora podamos conocernos… más a fondo… -carraspeó. La verdad era que estaba muy nervioso. Estaba claro que cuando se ponía nervioso era más bien impredecible.

-Y cuando comenzaremos?

-Si quieres, mañana mismo. Pero luego hablaré contigo. Vale? –pronunció aquella ultima palabra, separando las sílabas, como si le preocupase una respuesta negativa. Ella se estremeció.

-De acuerdo. En la sala de catequesis. –el asintió en acuerdo.

-Muy bien, Claudia. Eso era lo que quería decirte. Quieres quedarte a supervisar tú también las cuentas, o prefieres marcharte?

Silencio. Miró con desdén las hojas llenas de números. Dinero… reflexionando mejor, supuso que era necesario el dinero, aunque le costase asimilarlo. Pero era un asunto que detestaba.

-Me voy, tengo que reflexionar. Te veo luego Vincent… adiós papa.

La sala de catequesis hacia mediación en un pasillo que se había dividido con un simple tabique, que separaba las habitaciones de los hombres que vivían en la iglesia (actualmente, solo su padre y Vincent) y demás dependencias como la biblioteca misma, de la gente de la calle. Así que para esperar a su "nuevo guía" sabía exactamente donde sentarse y a que puerta mirar. En verdad se sentó e intentó pensar en lo que acababan de comunicarle. Un chico tres años mayor, superándola en solo un año en que le había perdido de vista. No sabía si sentía rabia o envidia. Tampoco sabía por qué sin embargo se alegraba por él. Su mente dejó de funcionar, y simplemente creó una laguna llena de nada, que se mantuvo hasta que oyó el ruido de la puerta.

Se asustó con el ruido, pero no hizo ningún aspaviento. Miró a Vincent acercarse con la mirada ensombrecida por el pelo. Además había pegado el estirón que le faltaba. Sin embargo no era alto. Él se sintió a horcajadas en una silla frente a ella, y se apoyó en el respaldo

-Hola

-Hola –respondió ella todavía atontada tras la laguna mental.

-No te habrá sentado mal lo de tu padre, verdad?

-No –respondió planamente

-Oye no creas que voy a aprovecharme de esto, de verdad. Espero que podamos conocernos mejor desde ahora, y si sale bien supongo que podríamos convertirnos en buenos amigos, creo. No te parece?

-Hablas en serio? De verdad vas a tomarte tu labor tan a la ligera? –Vincent sonrió y se apartó el pelo de la cara. La miró con una sonrisa que le recordaba a una hiena. Ella se sintió incómoda.

-Venga Claudia, sonríe un poco. Yo sé lo que hago, créeme. O acaso quieres que te imponga ideas a base de fuerza, como tu…

-Vale vale –frunció el ceño. –Entiendo, entiendo. –miró a otro lado, y supo que él seguía mirándole curioso. Se mordió el labio inferior y sonrió sin saber por qué. –Por qué no?

Él pareció relajarse todavía más y se quedo callado unos minutos. Más silencio por parte de ella, que intentó seguir relajándose para quitarse el enfado que había sentido en un momento. Al fin suspiró, y apoyó sus codos sobre sus rodillas. Se sujetó la barbilla.

-Qué piensas hacer ahora mismo?

-Por qué lo peguntas?

-No te vas a quedar ahí sentado toda la tarde. Quieres que hablemos de algo, o solo quieres perder el tiempo?

-Estoy cansado, llevo todo el día haciendo números… -dijo con voz perezosa

-Solo tienes 19 años… y siendo así mi padre quiere ordenarte? –se rascó la cabeza

-Quien te dice que frente a tu padre sea igual que ahora? Sólo estoy siendo yo mismo.

-Que qué? Pero Vincent, el culto no es un juego…

-Ya lo se… -se incorporó y se estiró con un bostezo –quieres venirte a mi cuarto?

Claudia abrió los ojos como platos, y se puso colorada sin poder controlarse.

-Para que quieres que vaya a tu cuarto?

-Estaremos mejor ahí, creo –parpadeó un par de veces con cara seria, y frunció el ceño unos instantes. Luego sonrió tímidamente. –Venga no seas tan tímida. Soy "tu hermano", no?

-Hermanos. –pensó unos instantes y asintió. –De acuerdo hermano Vincent. Te acompañaré.

El cuarto olía a el. Más que hacía unos años cuando sus hormonas de verdad estaban revueltas. Olía a colonia de hombre y... a él, era difícil de explicar. No era desagradable, pero, la incomodaba. Sobre la silla de su escritorio, lleno de papeles, había una manta. Una manta que llevaba ahí desde que le conocía. Siempre doblada de la misma manera, pero se notaba que cada noche la usaba y la volvía a doblar milimétricamente sobre su silla. Era curioso. Los estantes tenían libros hasta reventar. No cabían ordenados de la forma convencional, son que se apiñaban horizontalmente en los huecos que quedaban libres. Habían algunos que parecían metidos a presión. Los había leído todos?

-Siéntate, donde… puedas-le indicó él, tras entrar detrás de ella y detenerse rebuscando en la estantería.

Sin decir nada, se sentó en la cama, y miró por la celosía, a través de la cual solo se distinguía el blanco de los rayos de luz que por ahí se colaban. Notó enseguida que la cama estaba mal hecha. Tan solo había extendido la colcha sobre el revoltijo de sábanas descolocadas la noche anterior. Esperando a que él se acercase o dijese algo, o simplemente dejase de rebuscar entre sus libros, siguió echando un vistazo. Sobre la mesita en las esquina del cuarto, había una caja de pañuelos que parecía ser usada con frecuencia y a punto de agotarse. Lo cual le pareció raro, porque no se veía que estuviese constipado ni nada…

Al fin, pareció encontrar lo que buscaba, un libro, que ahora sujetaba abierto con una mano mientras se sentaba a su lado en la cama. Se apoyó en una mano tras su espalda, y empezó a leer los versos que había en el.

-"En el principio, la gente no tenía nada. Sus cuerpos les dolían, y sus corazones estaban llenos de odio. Luchaban sin fin pero la muerte nunca venía. Se desesperaban, atascados en ese eterno atolladero…" Bueno, esto es muy sencillo, sabes lo que es, verdad?

-Claro que si –respondió aliviada, al ver que al fin estaban dentro de un tema serio. –Es el génesis y base de nuestras creencias. Versículo primero.

-Muy bien. Y conoces todo el mito completo?

-Mito? Como puedes decir que es solo un Mito? SI no crees en esto, no tienes fe de nada!

-Es solo una manera de hablar. –se puso serio como si le hubiese ofendido que ella dudase así de su fe. –Lo conoces o voy a tener que explicártelo?

-Lo conozco.

-Continúa. Versículo segundo. –cerró el libro sobre su dedo, como intentando que ella no pudiese echar una ojeada

-"Un hombre ofreció una serpiente al sol, y rezó por la salvación. Una mujer ofreció unos juncos al sol, y pidió felicidad. Sintiendo pena por la tristeza en que se había sumido la tierra, Dios nació de esas dos personas." Quieres que continúe?

-Por qué no? –sonrió él. Hasta el versículo que habla de la fe. Vamos, hasta el final del relato. De salvación –carraspeó al añadir la ultima sentencia, como para que ella no volviese a reclamarle nada.

Ella recitó los 4 versículos restantes sin ningún error. Se acordó de cuando los aprendió por primera vez, estando junto a Alessa, hacía tanto tiempo. Supuso que aunque fuese un poco estúpido comenzar así, cuando comprendía cosas tan básicas, era lo más conveniente.

-Bueno, veo que lo conoces al dedillo.

-Te sorprende?

-La verdad que no. Solo quería comprobarlo por mi mismo –puso un gesto bobalicón, que dio impresión de que aquello había sido una inmensa pérdida de tiempo. –Pero ahora quiero que discutamos unas cuantas cosas. Qué relación tiene esto con Alessa? Con lo que pasó hace diez años?

-Alessa… -Claudia inmediatamente entristeció. Intentar recordar su final le dolía mucho.- Hace diez años, Vincent, un hombre, un pagano, vino a interrumpir el renacimiento de Dios y la venida del paraíso. Alessa iba a dar a luz a Dios, al fin, ya que estaba lo suficientemente madura. Pero aquel pagano cegado por su egoísmo, mató a Alessa, y segó también las vidas de Dahlia, y al doctor Kauffman. Fue una gran perdida, Vincent.

-Es verdad, aunque yo casi no recuerdo nada, solo tenía 9 años. Pero, al menos he investigado un poco. Sabes las motivaciones verdaderas de aquel hombre?

-Más motivaciones que su crueldad innata y el deseo de negar el paraíso a la humanidad?

-Estas hablando desde el punto de vista más extremo e irracional, me atrevo a decir. Aquel hombre había perdido a su hija en el pueblo tras un accidente, y al parecer en su búsqueda se interpuso en los planes de Dahlia, aunque no se mucho más.

-Estaba buscando a su hija? Aquí?

-Estoy casi seguro que su hija tenía alguna conexión con Alessa. O ese hombre vino en el peor momento.

-Como sabes todo eso?

-Aquel hombre dejó pistas apuntadas por aquí y por allá. Yo he encontrado unas pocas, pero se que deben haber más, solo hay que buscar. La verdad lo encontré por casualidad, por ejemplo cuando fui a la escuela, una vez que tu padre me llevó a dar catequesis… Es muy útil ser un curioso.

Ella estaba boquiabierta. No sabía nada de aquello que le estaba contando Vincent. Pero supuso que había más cosas que ella aún no comprendía. A su mente volvió lo que había experimentado por la mañana.

-Vincent, hay una cosa que creo que debería contarte.

-Si? Dime, qué es? –dejó de apoyarse en su mano y volvió a sentarse con normalidad.

-Creo que Alessa sigue con vida.

-Claudia, eso no es posible.

-De verdad, Vincent, se que cuesta creerlo, pero te digo que, tengo el presentimiento… no, la certeza de que Alessa está todavía viva. Sabes, creo que aún queda una oportunidad para el paraíso.

-Pero no es lógico. Todos vimos su cuerpo cuando aquel hombre huyó. Ella estaba ahí, con sus vendas, muerta, y también Dahlia. Aunque Kauffman se esfumó. Cosas como esas no se borran de mi mente. Alessa estaba muerta.

Claudia enmudeció y supuso que seguir insistiendo por el momento, no llevaba a ninguna parte. –Supongo que tan solo habrá sido un presentimiento fugaz, no? El Paraíso estará lejos aún… -le vio sonreír con ternura, como si le causase gracia que ella solo soñase con el paraíso prometido. –Bueno Vincent, creo que por hoy es suficiente. Y me gustaría investigar contigo, si vas a seguir haciéndolo, sobre el hombre que vino a destruir a Alessa.

-De acuerdo. Hagamos un equipo. –asintió entusiasmado

Ella se levantó de la cama y se dirigió a la puerta. Él sólo le siguió con la mirada, sin hacer ni gesto o intención de levantarse. Tocó el pomo.

-Por cierto, cuando es tu ordenación?

-El sábado.

-Éste sábado? Pasado mañana?

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