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Author of 14 Stories |
Disclaimer: Este fic y todos los demás que hago se hacen sin fines lucrativos, pero todas las historias sí son mías.
Yaoi. ItaSasu. La primera vez que me atrevo con el sadomasoquismo. Absténganse los románticos y a los que no gustan del yaoi.
Dark Blood
Los truenos empezaban a desgarrar el cielo cubierto de nubes, mientras las gotas de lluvia caían a cántaros, inundando la tierra; y el viento soplaba furiosamente, no dejando que ningún otro ruido lo superara. Los relámpagos iluminaron una figura sentada en el aseo de su casa, dentro de un círculo de kunais y de extrañas marcas rojas.
Sangre.
La escena del baño de Sasuke era la viva imagen de un escenario macabro. No había nada en pie que se reconociera a simple vista: el lavabo destrozado, el espejo rajado y cubierto de salplicaduras coloradas, el suelo lleno de agua del grifo torcido, mezclándose con la sangre roja que cubría cada azulejo del lugar, las paredes escritas con mensajes desesperados, iluminados cada cierto tiempo por uno de los relámpagos, la música que le iba perfecta a la escena.
Y la presencia del dueño del desastre, del resultado de su angustia: un joven moreno, sin nada de ropa que portar, cubierto de heridas por doquier que él mismo se había procurado, sus cabellos húmedos de agua y dejadez, su mirada febril, perdida en los cuchillos con los que se había apropiado.
Una vez más, el ritual tenía lugar. Cada noche de tormenta, compartía el dolor en solitario, con sus visiones y espejismos. Ayudaba a incrementarlo con sus armas de combate, con sus uñas, con los gritos agónicos con los que llamaba al culpable de todo aquello, presente en aquella habitación, y al mismo tiempo, lejos e inalcanzable.
Sasuke tomó uno de los cientos de kunais de aquel lúgubre cuarto, jadeando intensamente y con los ojos prodigados de un brillo extraño, excitado. Hundió aquella punta afilada en su brazo, desgarrándolo.
Las gotas de sangre empezaron a teñir de rojo las baldosas de la estancia, más de lo que estaban. Y Sasuke pensó que, indudablemente, les iba muy bien ese color. No sabía en qué estaría pensando cuando decidió que quería las baldosas grises... si luego quedaban tan resueltas de ese rojo oscuro.
-Hermano...
Cada puñalada era como alcanzar el orgasmo una y otra vez. La manera en que sangraba era deliciosamente perversa. Era tan plácido que la sustancia de la vida recorriera su torso, hasta manchar su bóxer; que el único líquido que podía cubrir su cuerpo fuera su sangre, su propia sangre, que también compartía con el Uchiha mayor...
El moreno, inclinándose hacia delante, tosió y vomitó más y más de ese líquido colorado. Quedó a cuatro patas, ensimismado.
El dolor recorría todo su ser. Imaginaba a Itachi, tras él, gimiendo en su oreja, mezclando su sangre con la suya, llenándolo con su esencia, volviéndolo a hacer suyo una y otra vez hasta que desfallecían juntos.
Las lágrimas, mitad de placer, mitad de angustia, mojaron las mejillas del pelinegro por enésima vez aquella noche tormentosa.
-¿Es así como me querías? Desesperado, ansiado de tu presencia, hiriéndome a falta de ti... ¿Buscabas eso?
Su mente desquiciada le hizo ver una ilusión. Una figura nebulosa se apareció tras Sasuke, sonriendo malévolamente. Se parecía extrañamente a él, pero era mucho más alto, y llegó a discernir esas marcas en su rostro...
El joven moreno gimió de satisfacción; se volvió para aferrarse a aquella sombra transparente que le daba la vida, y se la arrebataba.
Pero tan pronto como vino, se desvaneció y la casa volvió a oscurecerse.
Sasuke volvió a quedar solo, y la sensación se le asemejó al peor dolor que pudiera sentir. La ausencia de la droga que representaba Itachi era un calvario para él.
-Itachi... -susurraba en desespero. Apoyó una mano en el espejo, cubriéndolo aún más si podía de manchas de su propia sangre-. Te necesito, aquí conmigo.
Se miró en él. Estaba roto, lleno de jirones rojos; pero aún así, pudo contemplar en qué estado se encontraba.
Cabellos negros, ojos negros, los retazos de su piel que no estaban heridos, blanquecinos.
Tan igual a él, pero al mismo tiempo tan diferente. Blanco y negro. Luz y oscuridad. El ying y el yang. El asesino y el pequeño hermano asustadizo.
Pero en esencia... la misma sangre, el mismo aspecto, el mismo ser humano, la misma naturaleza. Itachi era su antagonista, su odiada, pero al mismo tiempo deseada flaqueza, tan distinto a él en cuanto a acciones, pero tan idéntico a él en apariencia.
Recordándole sin reparo que tenían la misma sangre, que una vez había sido amable con él, que le había protegido, que ese rol de hermano mayor lo había tomado él una vez... y que aquel terrible día en que su familia murió, todas sus ilusiones, su cariño, su amor por él, se trastocó en esa despreciable obsesión enfermiza.
Por encontrarle, humillarle, matarle con sus propias manos.
Hacerle saber, entre una cuchillada y otra que le daría, regocijándose ante las salpicaduras de su sangre -esa sangre, culpable ahora de su locura-, que una vez lo amó, lo deseó consigo, y que ahora... solo quedaban estragos de deseo insatisfecho, deseo de matarle, de amarle, y al mismo tiempo, hacerle sufrir el mismo infierno que un día sufrió él.
-Vuelve de donde quiera que estés, a mi lado, tómame y húndeme en el precipicio de oscuridad de hace seis años...
Le pareció que hablaba solo. Ya no era su conciencia la que hablaba, había tomado forma por sí misma y había adoptado la propia presencia de Sasuke, en el espejo.
Tú eres como Itachi.
Los macabros juegos de su mente le jugaban una mala pasada. Una vez más. No le importó. Hablar consigo mismo, con aquellas voces malignas de su mente, era su único consuelo.
Porque nadie, nadie entendía cómo se sentía él, lo mucho que tenía que reprocharle a la vida, a su propia existencia.
-Ya lo sé... Y un día volverá a mí.
¿Estás muy seguro de eso? -el Sasuke del espejo formó en su rostro una mueca irónica, despreciando al verdadero, contemplándole en su reflejo, como la poca cosa que era.
-Por supuesto. No puede vivir sin atormentarme... no puedo vivir yo sin odiarle ni desearle... Me necesita. Le necesito. Somos uno.
Ésa era la comparación perfecta a su relación. La pescadilla que se muerde la cola. Una espiral de sufrimiento y dolor en que se veían envueltos sin posibilidad de salir ilesos. Era su naturaleza: herirse sin cesar, cubrir al otro de más golpes, de más odio, de más reproches, hasta que uno u otro declararan oficialmente su derrota.
Y el círculo se vería por fin corrompido.
Soltó el cuchillo y se hundió las uñas en el muslo derecho, cayendo al suelo. Una sacudida de placer nueva. Y no eran sus uñas, o los kumais.
Itachi estaba allí, volvía a tomar presencia, lo tenía recostado y él mismo lo desgarraba.
-Mátame, lenta y dolorosamente. Y cuando lo hagas... vuelve a hacer que sienta placer absoluto.
Quería gritar. Quería coger uno de esos kunais y matarlo de una vez, librarse de él.
Pero a la vez, deseaba con toda su alma que él siguiera allí, sufriendo con él, sangrando con él.
Que lo hiciera aullar de dolor.
Sacrificarse juntos.
Seguir navegando en ese círculo vicioso, entre el paroxismo del placer por el dolor.
Que la sangre los cubriera, como resultado de su matanza, y del gozo al que ambos se habrían entregado.
-No quiero que me abandones, hermano. Quédate esta noche. Hazme gemir y luego mátame. Quiero morir siendo tu rostro lo último que vea.
El Itachi soñado sonreía malévolo ante las súplicas de su hermano menor. Pronto quedó desnudo, mostrando su cuerpo bien dotado, cubierto de sudor y de heridas, provocadas por el kunai que aún sostenía Sasuke, que no dejaba de blandir hacia su reflejo, creyendo todavía que aquello era real, que su onisan estaba allí con él, y que su mente no era cruel, mostrándole las imágenes que llevaba tan dentro de sí, que moría por tener delante.
Una buena idea -le recompensó con una sonrisa el mayor de los hermanos, al fijarse más en el kunai.
Esa misma sonrisa por la que Sasuke vivía y moría, haciendo más que clara la paradoja que era su vida.
El reflejo del hombre se colocó sobre el pequeño de los Uchiha, tomando con su curtida mano, cubierta de heridas, el arma que su ototo portaba todavía. Haciendo más que notorias las caricias con las que lo sugestionaba con el arma, llegó al punto que le interesaba.
Como en un lejano sueño, oía las súplicas de su hermanito, derrotado bajo sí, odiándole y deseándole con todo su ser. Su erección se chocaba contra su muslo, erguida, deseosa de ser calmada. No se pudo contener, y lo complació. Utilizó el cuchillo, desvirgando la pequeña entrada del joven pelinegro. Un chorro de sangre salpicó sus miembros, formando otra capa encarnada en el frío y húmedo suelo del aseo.
El grito de Sasuke se oyó por encima de los truenos. La tormenta no amainaba. La punta afilada del cuchillo se abrió paso dentro del pequeño, extendiendo su dolor como una enfermedad.
Muy bien... Veo que has aprendido estos años sin mí, estúpido hermano pequeño.
En cuanto Itachi vio que estaba perfectamente dilatado, pasó a sustituir aquel útil cuchillo por su propio miembro. Se unieron. Se notaban, se deseaban.
Acompasaron sus movimientos, sintiéndose próximos al séptimo cielo. Por fin juntos. Por fin el placer compartido, y no en solitario. Por fin siendo uno.
Y sin embargo...
Disfrutando al hacer lamentarse al pequeño, la visión acabó por desvanecerse, dejándolo de nuevo completamente solo.
Desesperado, dio un nuevo grito que hizo que se le secara la garganta. Y lloró, lloró de nuevo.
Itachi no estaba allí, debía hacerse a la idea. No lograría jamás encontrarle. No lograría jamás hacerle saber una milésima parte de lo que le acontecía. No lograría sentirse en paz llevando a cabo su más sangrienta muerte.
Definitivamente, no estaba allí con él, su aparición era solo un reflejo, y él debía aceptarlo como tal.
No, no debía. No podía.
Cerró los ojos y volvió a abrirlos, esperanzado por verlo de nuevo.
Negativo.
En aquella sala solo había sangre, pedazos de cristal, kunais. Era solo su insatisfacción, su enfermo deseo de tenerle a su lado, que creaba espejismos delante de él, torturándolo, llevándolo a un falso paraíso, convenciéndolo de que algún día llegaría el día en que eso fuese real.
Sin embargo, ese día no llegaba.
Sollozó y se hundió. Oscuridad, relámpagos, truenos, sangre, ropa destrozada, casa desordenada y manchada con su esencia. Lloró hasta que se quedó sin lágrimas que derramar.
Y oyó ese horrible silencio que siempre había sido como un segundo Itachi en su vida. El silencio, su único compañero en esa triste soledad.
Silencio.
Mordiéndose los labios hasta desagarrárselos, volvió a toser la esencia roja que aún le daba la vida. La herida de su vientre se resentía. La vida purgaba por salir de su indigno cuerpo, pero se resistía, recreándose en procurarle el máximo dolor antes de sumirlo en la paz del sueño eterno. La vida todavía llenaba su cuerpo maltrecho y su alma hecha pedazos.
La necesidad urgente de sentir de nuevo a Itachi podía con él. Y no podía soportarlo por medio segundo más. El sentimiento de amor, deseo, adicción a su persona, odio abrasador, y todavía, cariño fraternal era una mezcla demasiado explosiva para él.
Se sentía retrasar el momento en que se libraría de esa impresión de golpe, una acuciante urgencia de un merecido descanso por la eternidad, un terrible deseo por dejar esa vida terrenal cubierta solo por manchas de su traumático pasado.
Tenía que hacerlo. Ya no había espacio para el miedo. No había otra solución. Debía, en un arranque de valentía, vencer a los estragos de su mente, y condenarla a la muerte junto a su cuerpo.
El kunai que aún sostenía en la mano, con el que su hermano fantasma lo había hecho suyo, fue clavado rápidamente en su pecho.
Sin pensar, sin reflexionar. Llevando a cabo la única acción que lo libraría para siempre de su particular droga.
Palpitación. Sufrimiento. Leves segundos de dolor.
Y luego nada.
Sasuke cayó sobre el suelo, todavía presa del padecimiento acuciante de la presencia de su hermano mayor.
Por lo menos así, podía dormir tranquilo. Quizá por primera vez en su vida y eso sí, ya para siempre. Pero no le molestó. Al fin y al cabo, la muerte era la solución para aquel insatisfecho de por vida, aquella solución al dolor tan deseada por muchos.
La sangre brotó de su pecho a borbotones. Sasuke gimió, todavía respirando pequeños anhelos de vida por su boca.
Oscuridad.
Agua roja a su alrededor.
Paredes pintadas y cosas desgarradas, simulando a un museo de horror.
Los truenos iluminando la terrorífica escena.
Y poco a poco...
La sensación de que el dolor menguaba.
La forma en que la sangre abandonaba su cuerpo.
El dulce sueño en que se sumergía su mente, descansando por fin de las muestras de sus ilusiones y enfermos espejismos.
Y tan solo después, sintiéndose por fin en paz, cerró los ojos para siempre, inconsciente.
FIN