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Capítulo 4: Pragma
El eco de la risa envenenada de aquella muchacha, aún le retumbaba en los oídos, a pesar de que ya hubiera pasado tiempo desde que se fue. Sirius no se había movido un milímetro de la posición en la que le dejó. "¿Qué coño me pasa?", se preguntaba mentalmente. Pero no como uno se pregunta cuando esta cabreado consigo mismo, o cuando comete un terrible error y, a pesar de saber la respuesta, se pregunta. No, Sirius Black no es de los que desaprovechan las –pocas- ocasiones de profundidad para preguntas retóricas: de verdad quería saber la respuesta. En aquel momento hubiera deseado tener un alter ego, un espíritu en su interior o el alma de un lobo, que pudiera contestar a la pregunta. "Sirius, qué coño te pasa", repitió, olvidando el tono de pregunta, anhelando tener en frente el famoso libro muggle de 365 preguntas y respuestas. Igual allí le dedicaban un capítulo especial y podría entenderse así mismo.
¿Y esto es lo que hace magnífico al Casanova de Hogwarts? Si ni tan siquiera se te levanta. Creo que he dejado de envidiar a las chicas de mi curso que se enrollaron contigo, ya veo que tienes poco que ofrecer… . Maldita Slytherin. Maldita zorra Slytherin. Malditas todas las Slytherins, incluso las de su sangre, y malditas las madres que las parieron. Y maldito él, por haber caído en la trampa de la viuda negra. Extrañamente, la escena le recordó a cierto pasaje del libro que Remus le incitó (obligó) a leer cuando estaban en segundo curso, El Señor de los Anillos. El muy idiota del protagonista se fió del tal "Gloglum" y acabó en la cueva con la araña esa, cuando debiera haber sido el más precavido de todos. Sirius Bolsón no sería un mal nombre para cuando lo nombraran Rey de los Imbéciles.
No supo cuánto tiempo estuvo divagando, a medio vestir, en aquella clase en desuso, pero durante todo el tiempo pasaron imágenes por su cabeza: los fríos ojos de la muchacha con la que había pretendido evadirse, alias "La Zorra". El pañuelo que debía seguir en su bolsillo, tras haber terminado su misión en su mano. La cara de Lily cuando le gritó en el Gran Comedor. Los ojos ausentes de Remus cuando le dijo demasiadas verdades. Malfoy aprisionando a Remus contra la pared. Jennifer cambiando sus ropas por las de Gryffindor, su melena por una más corta y recogida, los ojos brillándole de otra forma y su pecho desapareciendo. Remus. Pero no quería pensar en él. No PODÍA pensar en él, porque algo en su interior le decía que había hecho algo para merecerse todas las broncas del día. La había cagado, y no sabía cuándo ni donde. La debía haber jodido pero bien. Nunca llegaría a saber cómo el verbo "jodido" acabaría transformándose en el nombre "Remus", que volvía para vengarse.
Repentinamente pegó un salto, con una mueca tan decidida que podría haberse dicho que fuera a la guerra. No importó que no llevara túnica, la camisa estuviera desabrochada y los pantalones por las rodillas, porque había tenido la divina iluminación: James. Él sabe siempre lo que hay que hacer, o al menos, cómo hacer el ridículo para dar pena y conseguir tus propósitos. Debía encontrarle y hablar con él, porque estaba teniendo un mal presentimiento. Cogió su varita e intentó echar a correr. Cuando volvió a levantarse del suelo, esta vez procurando abrocharse el pantalón, salió disparado llamando a James a gritos. Gritos telepáticos. Otra de aquellas extrañas relaciones de hermanos no-sanguíneos.
Y así, Sirius Bolsón comenzó su búsqueda contra el tiempo para encontrar a su fiel –Sam- James, siempre dispuesto a salvarle el culo y encontrar la Verdad Única.
No lo vio, lo sintió. Como cuando pasa una moto por tu lado tan rápido que ni la ves, y dices, "wow, ¿qué ha sido eso?". Pero James lleva muchos años siendo su amigo como para reconocer a un Sirius-no-identificado que pasa sin verte, a pesar de estarte buscando, y despeinándote por el camino. James se encontraba solo en el pasillo, tras haber dejado a Peter intentando intimar con una compañera de Herbología, e hizo la cuenta atrás con los dedos. Cinco, cuatro, tres –Sirius para en seco-, dos –Se gira de golpe-, uno, cero. Si no fuera porque hace falta licencia, cualquiera diría que se había Aparecido al lado de Potter. Pero, pensándolo bien, ¿cuándo un Merodeador se ha regido por las licencias?
-Prongs, tío, Prongs, joder, Prongs, la hostia. Prongs, mierda, coño, la puta.
-He de deducir por tu interesante repertorio de tacos que algo no va bien –la mirada gris que recibió le hizo saber que era serio, no había lugar para bromas.
-James, tío. Un gatillazo. Un gatillazo pero de los gordos. Ni se coscó, la jodía. Y encima con una amiga de Bellatrix… Tío, estoy raro, llévame a un medimago o a la señora Pomfrey, pero tengo algo. Eres el único que puede ayudarme, Jimmy –exclamó desesperado mientras sacudía al pobre James tomándole de los hombros.
-Hey, hey, hey, frena un poco. ¿Has intentado acostarte con una amiga de tu prima?
-¡En ese momento no lo pensé! Solo sé que no funciono, nunca antes había tenido un gatillazo… Algo me está pasando, y sólo tú puedes saberlo –dijo Sirius con un deje de imploro. James lo miró mientras reflexionaba, para pasar a una expresión más seria.
-Hay alguien que puede saberlo mejor que nadie –el can le miró expectante, mientras James dudaba si decir o no lo siguiente-: Remus.
-Remus no tiene nada que ver con esto –afirmó, intentando convencerse a sí mismo y a la molesta vocecilla que le inundaba la mente.
-No digas tonterías. Tiene que ver en todo lo que te concierna a ti. Porque es el único que verdaderamente te comprende –dijo, intentando impregnar más de un significado en aquella frase. Sirius, que parecía meditar la frase, no dijo nada. Ya no sujetaba a James, simplemente continuaba con la mirada perdida en el vacío, algo que se había vuelto costumbre-. Pero no te recomiendo que vayas ahora, está en plan confidencial con Lily.
-Entonces esta conversación no está teniendo sentido –de nuevo la voz de su interior le habló, llamándole "cobarde". Cobarde poro evitar el tema, por evitar a Remus, por evitar la verdad. Un total cobarde que, en cuanto se tensa, no hay quien lo desbloquee.
-Aunque igual podrías pasar al plan B –murmuró James, que repasaba en su cabeza todos los hechos y las posibles consecuencias de los actos de Sirius-. La Ravenclaw de ayer. Pero antes de salir disparado a acosarla –advirtió el chico, que comenzaba a comprender más cosas de las que creía que hubiera-, ¿qué es lo que te gusta de ella?
Conectó sus ojos avellana con los grises, escrutándole, intentando obligarle a decir la verdad que tan bien ocultaba. Viendo que no tenía por donde salir, el animago optó por la imagen de un buen Black, que no era.
-Y yo que sé, tío, no la busqué. Apareció, y pensé que podría ser un buen polvo. Además, estaba cabreado, tenía que despejarme. ¡Y no me ralles con esas chorradas, que bastante tengo con haberme vuelto impotente! –el otro muchacho suspiró rendido, mientras murmuraba algo de mandar a Jennifer a la Sala de los Menesteres si la encontraba. Sirius volvía a estar en su mundo, así que tan solo atinó a asentir con la cabeza y alejarse lentamente.
El de gafas estuvo a punto de girarse, cuando volvió a mirar a su amigo. Era ahora o nunca. Porque detrás de esa imagen, Sirius tiene mucha filosofía y ética propias, y James lo sabía. También, de nuevo, supo más cosas de las que aún era capaz de asimilar. Se quitó las gafas y apretó el puente de la nariz, a la vez que suspiraba profundamente. Un día esos chuchos idiotas le ganarían una úlcera; como si no tuviese suficiente con sus propios dramas.
-Es igual que Remus, Padfoot. Lo que te gusta de ella es eso. Que es igual que Remus –y dicho esto, comenzó a andar en dirección contraria a la de su compañero. Porque sabía que no pararía, que no se giraría y que no diría nada. Pero, conociéndole como le conocía, estaba seguro de que daría muchas vueltas a aquello.
Durante el tiempo en que esperó en la sala de los Menesteres, Sirius volvió a barajar en su cabeza todos los recientes acontecimientos. Primero estaba la loca de adivinación, y sus tonterías sobre un cambio en Remus. Sí, el mismo cambio que sufriría cualquiera si una profesora chiflada le acosa, dijo en voz baja. Después lo ayudó con Malfoy, y el muy idiota lo que hizo fue enfadarse con él. ¿Es que le gustaron las intenciones de ese capullo?, refunfuñó en esta ocasión. Después la extraña chica cuya cara no recordaba, pero que según James, es clavada a Remus. Todos le echan la bronca en el comedor y después el gatillazo. Estaba por bautizar aquella semana como la más rara de su vida.
Se sorprendió, saliendo de sus cavilaciones, cuando unos nudillos golpearon suavemente la puerta. Por alguna extraña razón, el estómago del moreno se encogió y no fue capaz de contestar. Al no obtener respuesta, la puerta comenzó a abrirse suavemente, dejando ver a una seria y serena chica que analizaba los cambios producidos en la habitación. Ésta ahora hubiese podido pasar por un salón muggle. La muchacha evitó a propósito los grises ojos que la miraban con algo parecido a espanto.
Porque era igual que él. Nunca esperó que las palabras de su hermano fueran tan acertadas. Si creyera en la Ciencia Ficción, pensaría que es un clon. Un clon en femenino de su, tras James, mejor amigo, de su protegido. Aquello era algo irracional, rozando lo absurdo y tirando hacia acongojante. Estaba tan borracho, o quizás no lo estuvo demasiado, e intentó acostarse con quien bien pudiera haber sido Remus. Pero él era Sirius Black, y así como no creía en la Ciencia Ficción, no dejaba mostrar nunca sus debilidades. O al menos, a personas con las que no hubiera hecho un pacto de sangre a lo Merodeador antes. Pero ahí estaba ese sentimiento de culpabilidad que inconscientemente unía con su lupino amigo.
-Potter me dijo que viniera, que querías hablar conmigo… -el tono que usó, de nuevo impregnado de timidez, intentaba ser apremiante. La experiencia de la noche anterior no fue de las que una chica inteligente como ella estuviera dispuesta a repetir. Cerró la puerta y esperó pacientemente a que el moreno se decidiera por hablar.
-Jennifer –dijo simplemente, como para asegurarse de que era la chica correcta. ¡Pues claro que es la correcta, pedazo de mendrugo! ¡Ninguna otra conoce esta sala!, se reprendió mentalmente. Hizo un gesto a la chica para que se sentara en el sillón frente al que él mismo ocupaba. Tras unos segundos de indecisión, hizo caso y se sentó lo más correctamente posible, como buena Ravenclaw que era-. Por favor, tienes que ayudarme –dijo, sin preliminares ni andándose por las ramas-. Tienes que decirme qué demonios pasó –ella lo miró fijamente unos instantes, sin apenas expresión facial y perdida en su mente.
-No creo que quieras saberlo –dijo al fin, con medido tono y templadas palabras. El ojigris se revolvió inquieto en su asiento, procurando no perder la paciencia.
-Jennifer, no me estás entendiendo. No me importa si quiero o no, necesito saber qué pasó. Necesito saber por qué todo el mundo o me odia o me mira con condolencia, por qué se ha puesto en duda mi hombría y por qué coño me siento tan tremendamente mal. Por qué creo que debería pedir disculpas, por qué estoy tan raro. Tú tienes que saberlo.
La castaña alzó una ceja, pidiendo que especificase un poco más, pero los labios fruncidos y la mirada del moreno le hicieron entender que no era tan fácil dominar o exigir a aquel rebelde chico. De nuevo se hizo un silencio bastante incómodo, hasta que la chica volvió a suspirar.
-De acuerdo, te diré primero lo que pasó y lo que he sacado de ello. Sinceramente, no creo estar equivocada, por eso esta situación es un tanto agobiante. Pero, si puedo hacer algo… Bien, te vi en un pasillo algo apartado. Estabas algo molesto y pegaste un puñetazo a la pared. Entonces te curé eso –dijo señalando a la aún algo magullada mano-. Te presentaste y sacaste una botella de no-se-dónde. Te emborrachaste y a mí me dejaste algo indispuesta… Entonces nos encontramos con tus amigos, Potter y Lupin. Me los presentaste y luego acabamos en esta sala. Intentaste hacerlo conmigo pero me hiciste daño. Me fui y te dejé dormido. Fin de la historia –terminó atropelladamente, de una forma que no podía ser habitual en una chica como ella.
-¿Te hice daño? –repitió en voz baja, con repentino asombro- De veras que no fue… -pero no llegó a continuar la disculpa, pues terminó de digerir la explicación- Un momento. ¿Cómo que te presenté a mis amigos? ¿Estás segura?
-¿Pides mi versión de los hechos para después cuestionarla? –dijo con sarcasmo y la ceja de nuevo alzada, justo como lo haría él- De todas formas, ¿qué tiene de extraño? En cualquier caso, habías bebido.
-No lo entiendes, preciosa –dijo como quien habla con una niña perdida en un centro comercial, si ignorásemos el sudor que comenzaba a aparecer en su frente y el continuo movimiento de sus manos-. Borracho no es lo peor que puedo estar. Puedo estar colocado, cachondo, cabreado, ligón, borde, aristocrático, barriobajero, bromista o cruel. Puedo tener ganas de tirarme a lo que sea, de cotillear la ropa interior de Peter, de prender fuego a la casa de los Black o de fumarme las hierbas medicinales de Pomfrey. No, cariño, borracho es un estado en mi vida tan común como el recién levantado o molesto por un examen. He pasado por todos los estados que te he dicho y en todos había mujeres, y puedo jurar sobre la tumba de mi aún no muerta (pero igual de puta) madre que no he presentado nunca a una tía. No. Jamás. En la vida. Los ligues son para vacilar de ellos al día siguiente, NO para presentarlos como si fueras a pedir matrimonio. Como que me llamo Sirius Black que yo NUNCA haría eso.
-Lo cual hace más sólida mi deducción –respondió la muchacha. Se permitió el lujo de conceder unos minutos de intensa espera, para después responder con la misma seriedad que hasta entonces-. Querías… -dudó si decirlo o no. Pero bueno, él había preguntado, ¿no?- Querías ponerlo celoso.
-¿A quién? –preguntó con un fingido tono de sorpresa que el nerviosismo de su cara desmentía-. No necesito poner celosa a nadie –sabes que eso no es cierto, Sirius, dijo una vocecilla en su cabeza con demasiado parecido a la de Lily. Buen momento para que la pelirroja conciencia se presentara.
-No he dicho celosa y sabes que me refiero a Lupin.
Sintió un mazazo. No es que no lo supiera, pero viniendo de la boca de otra persona, era completamente extraño. No bastaba con pensarlo él, no, tenía que venir una desconocida a recordárselo. Desconocida tan parecida a Remus que asustaba.
-¿De donde sacas todo eso, si puede saberse? –dijo molesto el moreno, quien miraba fijamente a la chica.
-De que, a pesar de llevar años en tu mismo curso, sea ahora cuando me digas algo. De que me llamaste "Remus" cuando estabas borracho y casi me violas. De que miraste con dolor a Lupin antes de presentarme, de que en clase siempre te veo pegado a él y flirteando. Pero sobre todo lo saco de que no has dejado de mirarme a los ojos, lo único prácticamente que nos diferencia, desde que he entrado en la sala –no se alteró lo más mínimo, lo expresó como quien recita una lección de Historia de la Magia-. Y no creo estar muy equivocada pensando que es para cerciorarte, afirmar a tu desatado subconsciente, de que yo no soy Lupin.
Tras oír eso, apartó los ojos de aquellos turquesa. Lo peor de todo aquello es que tenía toda la razón, no podía negarle nada. El ojigris volvió a sentirse mal al oír tantas verdades juntas. Había sido un completo idiota, ¿de qué serviría poner celoso a Moony? ¿Ganaba algo con ello? Simplemente corría el riesgo de perder su amistad con sus tonterías, y eso era algo demasiado valioso como para ponerlo en juego.
-Hay una simple solución a todos tus problemas –prosiguió, quizás tomándose más confianzas de las que habían sido otorgadas, pero sí las necesarias-, es decirle que le quieres.
Ahora que evitaba los ojos de la chica para no ponerse en evidencia, no le costó demasiado distorsionar aquella escena. "Dime que me quieres", era lo que decía Remus en su cabeza. Un Remus con los ojos más brillantes y bonitos que de costumbre, con la misma voz urgente con la que le suplica que se vaya en las transformaciones o le hará daño. Una imagen que, a razón de Sirius, nunca ocurriría. Remus no es de esos, se dijo. Esa fantasía nunca podría hacerse realidad.
-¿Tú estás loca o qué? Ahora me alegro de no haberme acostado contigo, no fuera a ser lo tuyo contagioso.
-Sí, tú evita la verdad, pero todo lo que he dicho hasta ahora es cierto. No eres más que un cobarde, un calienta-faldas que se evade de lo que siente –nunca, hasta ese momento, hubiera imaginado cuán delicado era aquel tema en Sirius. Casi se arrepintió de lo dicho cuando un enfurecido Gryffindor, tras levantarse de un salto, se colocó a apenas unos centímetros de su rostro.
-No soy ningún cobarde. Que te importe alguien lo suficiente como para saber qué tonterías son las que no hay que decir, no es ser cobarde. No es ser cobarde intentar olvidar esto, es ser consciente. Consciente de que no puedo seguir con esas tonterías porque un día acabaré haciéndole daño. Consciente de que nunca llegará a sentir lo mismo que yo, consciente de que le estoy diciendo a una puñetera desconocida el mayor secreto tras el de la muerte de Merlín –la castaña, a pesar de sorprendida, continuó con la misma expresión facial, mientras se pasaba la mano por la cara quitando los restos esparcidos de saliva y lo apartaba con la otra.
-Estás completamente equivocado. A ti es al único al que Lupin aceptaría –Sirius se sentó, controlando aquel monstruo en su interior que clamaba por hacer callar a aquella chica. Porque no supo parar cuando debió, porque no comprende a Sirius, porque no sabe nada de nada-. Deberías pasar más por la biblioteca, Black –dijo con una leve sonrisa en los femeninos labios-. ¿Tienes idea de cuántas chicas han intentado tener una cita con él? Creo que, de mi casa, unas nueve. Vuestro grupito maravilla triunfa, pero no solo Potter y tú. Y, en cuanto a chicos, creo que la práctica totalidad del colectivo homosexual de Hogwarts ha pedido alguna vez "una tarde de estudio", y te veo lo suficientemente inteligente como para entender la frase. Siendo su amigo, sabrás que no ha salido jamás con nadie.
Que se calle, que se calle de una vez, decía un eco en su mente. Porque si seguía por ese camino, le infundiría falsas esperanzas. Se confiaría y acabaría diciéndole lo que pensaba. Remus no es de esos. Se molestaría o incomodaría, y nunca volverían a tener la misma relación. Porque de Remus no puedes esperarte más de lo que dice. Porque Remus no es de esos, repitió. Si no sale con nadie es porque su condición le acompleja. Y si le gustara alguna persona, sería alguien como Lily. O como la misma Jennifer. Tirando hacia la otra acera, quizás como aquel Hufflepuff de séptimo con la letra tan bonita. Pero NUNCA sería tan imbécil como para enamorarse de alguien como Sirius.
-No tienes ni idea de lo que hablas –dijo con firmeza. Hacer caso a aquella chica sería como una misión suicida, como colgar en un abismo lo más importante que tiene, y con hilo de seda. Sería gritar "soy un puto pervertido y fantaseo con la persona más inocente del mundo" a los cuatro vientos. Sería imposible.
-¿Qué te hace estar tan seguro de tu punto de vista? –inquirió, bastante interesada ahora por el transcurso de la conversación.
No, nunca alguien como Sirius. Porque Sirius es demasiado pesado, demasiado infantil. Demasiado precoz y un desequilibrado. Un irresponsable y un peligro para la sociedad. Engreído, egocéntrico, narcisista, ligón e imprudente. Si gritaran "quién quiere saltar por un precipicio sin cuerda", él alzaría la mano el primero. Un kamikaze, impulsivo, sobreprotector y celoso. Rompe normas, corazones y esquemas. Es un desertor de sangre, de familia, una oveja negra. La mancha de todos los historiales, el bromista desmedido.
Y Remus nunca se merecería eso.
-Porque le conozco.
Y ya está. Tres simples palabras. La razón de todo el confundido ser de aquel Black. Decir conocer a alguien. Decir conocerle a él. Pensar que el amor se basa en intereses e ignorar todos sus buenos rasgos. Jennifer supo algo aquella tarde: que Sirius Black sería una de las personas con menor autoestima que jamás conocería. Porque la autoestima no se basa en los "¿cómo va eso?" seductores que dice a las chicas, o cuando se guiña a sí mismo un ojo o se manda un beso frente al espejo. Uno se percata de la autoestima de la gente en esos momentos, cuando no se ven lo suficientemente buenos para alguien. Cuando respaldan el dolor que están sufriendo en "conocer a alguien", por temor a oír aquello que piensa que tiene como defecto. Cuando piensas que el futuro no merece ser vivido como quieres, porque lo que te rodea es demasiado bueno para durar demasiado. Cuando no sabes todo porque piensas que no es importante lo que sientes.
Jennifer no pudo hacer otra cosa que abrazarlo. Y Sirius le correspondió.
Pero, para que constara en acta, lo hizo por inercia. Porque era un sentimiento de lo más familiar. Porque sentía que aquella espalda parecía la de Remus, que el cabello era muy parecido, que si miraba desde la posición en su hombro podía ver lo mismo que con el licántropo. Pero supo que ninguna chica, por mucho que se le pareciese, sería como él.
Sus ojos lo miraban con un velo de lágrimas y se mordía el labio para que no temblara. Contenía las ganas de clavarse sus propias uñas en las manos haciendo lo propio en la túnica. Sirius se limitaba a mirar al suelo, como había tomado por costumbre desde unas semanas atrás. En ese tiempo no había hablado, reído, atendido en clase, ni siquiera había ligado. Simplemente, en ciertas y contadas ocasiones, murmuraba dos palabras, "lo siento".
También por costumbre, después de esas palabras, se iba de la habitación. Pero aquella vez fue diferente. Remus se puso frente a la puerta, impidiéndole el paso. En un alarde de grandeza se limitó a susurrar "¿podrás perdonarme algún día?", hundiendo aún más el mentón en el pecho. No esperaba respuesta, no esperaba que Remus le dijera nada. "Porque merezco el mayor vacío del universo, el suyo", pensaba. Miraba sus propios pies pero, al darse cuenta de que el otro no de movía lo más mínimo, alzó levemente la cabeza.
Y ahí estaba él, el ser más hermoso del universo, con la expresión ya descrita. Al borde de las lágrimas pero con una sincera sonrisa en los labios. Esa sonrisa decía: no importa cuántas veces intentes matar a Snape o cuantas me arriesgues, porque nada cambiará lo que siento. Pero Sirius no se dio por aludido, tuvo que esperar las palabras que seguían.
-Claro que te perdono. ¿Quién sino te soportaría? –y, previniendo las lágrimas que seguirían, el castaño lo abrazó. Lo abrazó como nunca lo había hecho, con una calidez que no esperaba de nadie. Apoyó la frente en el hombro del animago y al fin lloró, débilmente, mientras que el más alto se recuperaba de la impresión. Cuando fue capaz de conectar dos neuronas entre sí, correspondió al abrazo, dando gracias a todos los dioses y seres mayores por haber recibido otra oportunidad. Pero, por encima de todo, dio las gracias a Remus, quien siempre sería demasiado perfecto para él.
Aquel día lo supo. Esperaba que Remus lo ignorara, le odiara o no le hablara jamás en la vida. Pero no fue así. Aquel día, gran parte de sus expectativas se rompieron, y lo supo. Supo con total certeza y seguridad que amaba a Remus John Lupin.
Cuando Sirius salió de aquel recuerdo, pudo ver que la habitación había cambiado. Si podía definirse con una palabra, era una habitación de "sexo". También pudo notar algo abultado en sus pantalones y unos increíbles deseos de Remus. Remus para comer, Remus para dormir, Remus para usar la sala. Enrojeció cuando la muchacha comentó "¿rememorando algo interesante?". Malditas hormonas desbocadas adolescentes y malditas las Ravenclaws indiscretas.
Y lo sintió. Así como Remus siente cuándo van a empezar sus transformaciones, James cuando Lily está dispuesta a otorgarle mimitos o Peter cuando hay pastelitos cerca. A Sirius le pasaba lo mismo, con Remus. Un escalofrío recorrió su espina dorsal y apartó rápidamente a la chica de su cuerpo. La excitación se le había pasado de golpe y apenas atinaba a mirar con culpa hacia la, efectivamente abierta, puerta. Ni que fuera tu novio y tuvieras que guardarle fidelidad, dijo una cruel voz en su cabeza, demasiado parecida a la de Malfoy. Porque eso es lo que te gustaría, confiésalo.
-Debes decírselo. Ambos lo merecéis –susurró ella junto a su cabeza, mientras se levantaba. Al llegar a la puerta también murmuró algo en el oído de Remus, pero no alcanzó a oírlo. Cuando la puerta se cerró para dejarlos solos, intentó decir algo, pero parecía que sus cuerdas vocales se habían dado a la fuga. De nuevo probó, pero siguió sin emitir sonido y parecía extrañamente un pez. Se dio por vencido y miró cómo sus pies entrechocaban, a falta de valentía para mirar al licántropo. Sintió que sus largos mechones eran levantados, sabía que Remus lo buscaba, pero como aquella vez, "¿podrás perdonarme algún día?", ocultó su cara en su propia túnica.
Sintió cómo Remus, en contra de todas las hipótesis que había formado su mente, se agachaba y hacía que sus miradas conectaran. Una extraña sensación y, como si de oclumancia se tratara, supo lo que el muchacho quería transmitirle: le estaba perdonando, todo lo que había pasado quedaba olvidado. Pero cuando tuvo las fuerzas para, con total certeza, decir algo, no pudo. Y todo sus ser se deshizo.
Remus le besaba. Estaba besándole. Quedó estático tanto física como mentalmente. Sus neuronas parecieron olvidar qué demonios era la sinapsis, y todo se fundió. Pero, a pesar de que todos sus sentidos estuvieran de vacaciones, lo sentía. Sentía la cálida mano en su nuca, los suaves labios sobre los suyos, toda la energía que el licántropo irradiaba chocando con la suya propia. Si leyera novelas románticas lo describiría con un coro de ángeles de fondo, con querubines repartiendo flores a su alrededor. Pero, como buen Black que era, en futuras ocasiones apenas podría definirlo como "wow".
Ya pudo ser capaz de responder al beso cuando una mano en su pecho lo separó. Una sonrisa triste en los labios aún impregnados con los suyos lo recibía. Entonces esos labios se movieron y antes de llegar a comprender la frase, hubo una explosión en su interior.
-Voy a pasar las vacaciones con mi familia –y su mundo se vino abajo, quedando solo desolación. Las palabras daban vueltas en su cabeza y su expresión pasó a ser la representación del dolor-. He estado pensando y…
-¿Qué te llevo diciendo desde que nos conocemos sobre pensar? Que algún día te traería problemas. Luego no digas que no te lo advertí –dijo el Sirius superficial y bromista cuyo pensamiento más profundo es el averiguar si mezclar tinto con whisky de fuego es buena opción. El otro Sirius, profundo, emotivo y apasionado, se encontraba en estado de shock. A pesar de eso, intentó hacer un comentario coherente-. De todas formas, dentro de ocho días hay Luna Llena, no deberías estar fuera entonces –no puedes estar fuera entonces.
-Bueno, en eso tienes razón –admitió, algo desconcertado, el licántropo. Aún estaba anonado por los hechos y si algo tan obvio como eso se le había olvidado, la situación debía tacharse de "preocupante"-. Estaré aquí para entonces. Me apetece pasar un tiempo con mi familia, y además mi madre…
-Déjame adivinar: está enferma –dijo con una irónica sonrisa, recordando la eterna excusa a los faltos por plenilunio. Por un segundo olvidaron quienes eran, qué había pasado o qué pasaría, por lo que Remus se tomó el lujo de devolverle la sonrisa.
-No, merluzo –acompañó el apelativo con un suave golpe en la frente-, iba a decir que me echa de menos. En verano trabajó y apenas pasó por casa para verme. Y estas navidades, no pude ir –al conectar sus miradas de nuevo, se hicieron consecuentes a las circunstancias, adoptando seriedad. Sirius, intentando a toda costa evitar un incómodo silencio, continuó con lo primero que pasó por su mente.
-Y, ¿a qué hora sales para Hogsmeade?
-Sobre las ocho, ya sabes lo que tarda el tren hasta Londres –ahora ambos miraron a sus zapatos, sin saber qué tenían que decir. Tal vez todo había sido un absurdo error y cuando Remus volviera para su transformación, rieran recordando aquel beso. Pero si Sirius estaba seguro de algo, era de que ese "tal vez" no sucedería. Algo había terminado por conocer a Lupin, tras tantos años de mutua compañía.
-Pasaré la noche aquí –decidió sobre la marcha el moreno, deseando por primera vez en la vida el estar completamente solo-. Iré a despedirte.
Sirius no recordó (ni recordará) haber madrugado tanto en su vida. Se despertó a las seis, saqueó las cocinas con tal de no esperar al desayuno oficial y, de nuevo en la Sala de los Menesteres, tomó una larguísima ducha con tal de relajarse. Su corazón iba a cien sin razón aparente y antes de darse cuenta estaba tarareando "Always look on the bright side of life", cosa que James solía hacer cuando estaba nervioso. Malditos Monty Python y maldita Vida de Brian.
No se atrevió a salir de la Sala (ahora completamente bloqueada desde dentro) hasta que vio desde la ventana que su propia mente había creado en la habitación cómo partían los carruajes. Sin preocuparse de pedir a James el mapa o la capa se dirigió a la estatua que llevaba a Honeyducks, donde adoptó su forma canina para llegar antes. Y pensar lo menos posible en los días que tenía por delante.
Llegó bastante justo de tiempo a la estación de Hogsmeade. No eran muchos los chicos que volvían a su casa por Pascua, por lo que no le costó demasiado encontrar al chico de ojos miel. No estaba ni a diez metros de él cuando escuchó de sus labios: pensé que no vendrías. Malditos sentidos lobunos y malditos los fastidia-sorpresas.
-Siempre llego –dijo, más serio de lo que cualquiera pensaría como correcto en esa situación. Su amigo ni siquiera se giró, pero la bolsa de viaje que llevaba le fue arrebatada-. Deja, te la llevo al tren. Y no me lo digas porque SI tengo por qué.
Caminaron por los vagones en silencio, deleitándose con los últimos momentos de silenciosa compañía. Cuando volvamos a vernos, no podrá ser igual. Ambos lo sabían y ninguno intentaba negarlo o seguir engañándose. Por eso no hablaban. Llegaron al compartimiento reservado extra-oficialmente a los Merodeadores, donde Sirius procuró comprobar que no había nadie. Aún haciendo de escolta, colocó la bolsa de Remus y lo miró, esperando a que se sentara. Éste sólo le aguantó la mirada.
-¿Volverás en tren? –inquirió, refiriéndose a la adelantada e imprevista vuelta por "problemas peludos".
-Dumbledore me preparará un carruaje. Tardaré bastante, pero llegaré. No quiere que esté en un lugar público o poco seguro por si… Ya sabes, comienzo antes de tiempo –aceptó el cigarro que el moreno le ofrecía. No solía fumar pero… Al diablo, estaba histérico, y quizás Sirius fuera el único que podía darse cuenta.
-Vendré a buscarte. Y no pienses que no vendré… Siempre llego –dicho esto salió con paso decidido, sin mirar atrás. Tampoco es que hubiera encontrado una ansiada mirada buscándole. Eso era lo permitido. Estaba a punto de salir del vagón cuando lo oyó. "Ya lo sé". Sonrió con todo su ser. Quizás no tuviera un oído lobuno, pero ser un can tenía muchas ventajas.
Remus:
Han pasado seis días, y parecen seis milenios. No sé cómo llevo aguantando estos veranos. Sé que Lily te escribe a diario y te cuenta incluso las veces que Pomfrey se rasca la napia en la cena. Sé que James te ha escrito dos cartas de preocupación (sobre mí) y una de euforia (sobre Lily). Sé que Peter ha intentado comerse el chocolate que guardas bajo nueve hechizos diferentes bajo tu baúl (Ja, iluso, YO soy el único capaz de hacer eso). Pero no te escribo para contarte todo lo que ya sabes.
He cambiado cada una de las putas tuercas de mi pequeña cuatro veces (y estoy hablando de la moto, no seas malpensado). He probado toda la carta de licores de Cabeza de Puerco y he conseguido toda la hierba que se trafica en esta escuela, de primera mano. Y me la he fumado. Pero por la zorra de mi madre que ahora te estoy escribiendo lucido. He pegado dos palizas a Slytherins (si me preguntaras bajo Veritaserum te tendría que contestar que ellos no me provocaron) y me han castigado ocho veces. Liberé los nueve hechizos y me comí el chocolate de tu baúl (los he tenido que reponer tres veces).
Lily piensa que estoy enfermo porque ella es la única chica a la que me he acercado. Y para pedirle Macbeth. Pensó que estaba de coña, pero al final me lo dejó. Supongo que te lo habrá contado. Ese libro es la polla, tío, qué pena que tras once intentos no haya podido escribir bien el nombre de su autor. Después escuché la banda sonora de Star Wars.
James piensa que estoy enfermo porque apenas hablo. Y sí hablo, con los espejos. Peter sabe con quién hablo y por eso se piensa que estoy enfermo. McGonagall se piensa que estoy enfermo porque el otro día le dije que llevaba una túnica muy bonita. Pero era cierto, era dorada. Adoro el dorado. Necesito que vuelvas, licántropo empollón, porque no esperé que fueras a hacer lo que hiciste. Y porque se me olvidó decirte que te quiero.
Sirius Orión Black.
Fin del Capítulo 4: Pragma, las espectativas.
Notas de la Autora
Queridos, amados y adorados lectores: estoy feliz. Feliz porque mi instituto es lo mejor del mundo, porque estoy inspirada, porque mi vida ha dejado de golpe de ser una mierda, porque estoy inspirada y porque escribí este capítulo rapidísimo. Y os lo debo a vosotros. Gracias a Daia Black (y sus múltiples comentarios), a FalseMoon (y su identificación con el capítulo anterior), a Idune (y sus "joder" inspiradores), a Rank (y su simple y llano ser), a los Monty Pyton, a Shakespeare y a George Lucas. Y, por supuesto, a quienes me leen.
Este tipo de amor fue Pragma, las expectativas. Tiene, o cree tener, claro lo que espera de una persona, lo que piensa que puede recibir, y cree que no hay nada más tras alcanzar sus expectaciones.