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Capítulo IV: La cuarta vez
La cuarta vez, Quinlan estaba tumbado en una cama. Sus ojos estaban cerrados y estaba pálido, su tono acentuado visiblemente por el blanco de las sábanas. Daba un poco de miedo, ver a la ardiente criatura que era Quinlan, en una cama de hospital.
Mace cambió su peso de un pie a otro, inquieto. Obi-Wan había estado allí segundos atrás con su demonio en miniatura, observando a Quinlan dormir. Mace se había encontrado a sí mismo acercándose a la cama de Quinlan, tomando su mano de manera inconsciente; tal vez su mente le estaba recordando que ya había perdido un amante a manos de Obi-Wan. Aunque lo cierto era que Qui-Gon nunca había sido suyo, y que todo lo que tenía de Quinlan era una noche de dolor compartido.
Había pasado un año, dos meses, ocho días y cinco horas desde que Qui-Gon había muerto, pero quién estaba contando¿verdad? Aún así, era extraño sentir como la imagen de Qui-Gon se estaba desvaneciendo de su corazón, dejándole con la sombra triste de lo que había sido un gran amor.
Quinlan... Quinlan era un amigo, uno leal, alguien que siempre estaba al´´i, alguien que se preocupaba y a quien le importaba, alguien que sabía. Por eso el corazón de Mace se había encogido un poco cuando se había enterado del actual estado de Quinlan. Si, claro, eso era. De todas formas, tenía que admitir que la visión de este Quinlan, débil y vulnerable, lo provocaba sensaciones extrañas, sensaciones que realmente no quería entender. Porque el caso era que, entre la increíble cantidad de cosas que Quinlan era, no era alguien del que te enamoras.
“Hey...”
Mace se sobresaltó cuando la voz ronca le alcazó y, a pesar de sí mismo, sonrió ligeramente. Miró a Quinlan con ojos extreabiertos, y su sonrisa se mantuvo entre sus labios, tímida pero honesta.
“¿Cómo te encuentras, Quinlan?” preguntó, acercamdose a la cama, pero asegurándose de no tocarle.
Quinlan sonrió débilmente. “¿Qué aspecto tengo?” Su sonrisa se amplió cuando Mace arqueó una ceja.
“Horrible, Quinlan, tienes un aspecto horrible.”
“¡Imposible! Yo siempre tengo un aspecto fantástico.”
Mace se rió suavemente, mientras Quinlan intentaba sentarse comodamente, consiguiendo atrapar la mano de Mace en el proceso. Mace decidió ignorarlo, viendo que Quinlan estaba herido, y que su mano se sentía increíblemente bien en la suya. Se preguntó brevemente, exactamente cuando Quinlan había pasado de ser ese crío molesto a ser... bueno, lo que fuese que Quinlan era para él.
“¿Por qué siempre haces esta clase de cosas? Lo encuentro bastante molesto,” murmuró Mace, bajando su mirada a las sábanas blancas.
Quinlan hizo su mejor esfuerza por arquear una ceja, pero sus músculos no estaban respondiendo demasiado bien a sus mandatos. “¿Qué clase de cosas?”
“Las que hacen que acabes en el hospital.”
“¿Es esa tu forma sutil de decir que te preocupas por mi? Porque consigues hacer que suene insultante.”
Mace prefirió no contestar, y aquello dibujó una sonrisa suave entre los labios de Quinlan. Quinlan se movió un poco hacia un lado, y palmeó el espacio que había dejado libre. Mace le miró. Quinlan siempre ofrec´´ia, y Mace nunca contestaba, prefiriendo dejar lo que fuese que habían compartido, o lo que podrían compartir, flotando entre ellos. Esta vez, sin embargo, Mace subió a la cama, sentándose junto a Quinlan. Quinlan se sorprendió, y Mace decidió sonreir, en vez de preguntarse qué había cambiado, por qué o cuándo.
Los ojos de Quinlan eran vulnerables, abiertos, y Mace los buscó con los suyos propios. Había algo en los ojos de Quinlan, algo que siempre había estado allí y que Mace nunca había intentado comprender. Estúpido.
Quinlan no le cuestionó – Mace sabía que no lo haría – aceptando el cambio. Porque eso era lo que era Quinlan, un hombre simple envuelto en una vida complicada y dura. Mace se sorprendía cada día del número de sonrisas que Quinlan escondía bajo sus labios, a pesar de ser un hombre tan lleno de cicatrices.
“Estás muy caliente¿sabes?” susurró Quinlan, apoyando su peso en Mace, como si fuese un mueble.
“¿Qué estás haciendo?”
“Abrazandote.”
“¿Abrazandome?”
Quinlan sonrió, moviendo el brazo de Mace para que lo rodeara. “Si.” Asintió, apoyando el rostro en el pecho de Mace. “Me gusta, así que vete acostumbrando.”
“Claro.” Mace apoyó su barbilla en la cabeza de Quinlan, dejando que sus dedos se entrelazaran. “Creo que puedo hacer eso, aunque vamos a tener que poner unas cuantas reglas.”
“Esta bien, Macey, podemos hacerlo mañana.”
Claro, mañana; y que territorio tan nuevo estaba invadiendo. Mace sonrió, extrañamente encantado con la idea.