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Capítulo final: Endless & start
Aunque no era la primera vez que asistía a una ceremonia de aquellas características, Nadeshiko se supo presa de un profundo sentimiento que no era capaz de definir. La humildad, el orgullo y la nostalgia parecían cercarse en torno a las instalaciones levantadas en los jardines de la mansión, compensando el silencio de los reunidos con un transcendental lenguaje de vestimentas, posiciones y demás códigos.
La casa de los Nanjo no era la misma que había albergado al clan desde sus orígenes, ni su dôjo aquel en el que se había forjado una leyenda transmitida durante generaciones, pero el sobrecogedor ambiente parecía haber traspasado las fronteras del tiempo.
Lo único que de Ryuichiro quedaba eran los vagos recuerdos conservados por su estirpe; algunos de los sabios que habían validado sus logros, transformados ya en venerables ancianos, estaban presentes, dispuestos a sentenciar si los nuevos aspirantes eran merecedores o no de ascender un escalafón en el aprendizaje.
Apenas unos centímetros a la derecha de ella estaba Shon-ji. Desde que aceptara ser su guarda personal, había indagado en los terrenos reservados hasta entonces a los hombres del otro clan a quienes los Nanjo estaban íntimamente ligados; estandarte de estos últimos, Hotsuma Kurauchi le había guiado a través de la entrega, la valentía y el honor, dejándole explorar otros campos junto a su mortífera y bella amante tras haber dotado a su formación de un nuevo sentido, al proteger la vida de Nadeshiko en lugar de pretender arrebatársela.
Situado en el centro del conglomerado, los auténticos protagonistas de la jornada se disponían a ejecutar el rito por el que se decidiría la suerte del último alumno de la escuela en proceder a los nombramientos. Uno a uno, los cuarenta aprendices del Shinkageryû habían exhibido sus actuales conocimientos, recibiendo algunos el merecido premio del dan, otros obteniendo aliento para no desfallecer y seguir mejorando. De todos ellos, justo el que más se jugaba resultó afrontar la prueba con mayor parsimonia.
Yugo permaneció sentado sobre las rodillas; su espalda estaba erguida, meciéndose el cuerpo al compás sosegado de la respiración. Sus ojos oscuros denotaban una fuerza interior basada en un curtido espíritu de sacrificio, lealtad y superación, luciendo un brillo que los expertos valoraron como el mejor aval que podía ofrecer.
El actual heredero del dôjo hizo aparición, envuelto en las ropas negras de combate que su padre en su día había lucido, al igual que el padre de éste, y el de éste, remontándose en los siglos hasta perderse en los orígenes. Tatsuomi reflejaba tanta seguridad que parecía no cargar con el peso de la historia en el caótico mundo moderno; tampoco se podía apreciar en su mirada ápice alguno de temor ante el posible fracaso, puesto que del hacer de su principal alumno dependía el que su apuesta siguiera siendo firme, o que la figura del candidato propuesto para una futura sucesión se hundiera.
A la señal del juez, el candidato se incorporó. Yugo sujetó la espada de madera, mirando fijamente al suelo mientras daba en sentido contrario los pasos reglamentarios, decidido a sellar por siempre el porvenir de ambas familias.
Enterraré el filo de la katana que derramó vuestra sangre, para que nunca más volváis a sufrir
El juez dio la indicación, quedando frente a frente con Tatsuomi; tres años de duro entrenamiento le habían enseñado a ver más allá de su rostro perfecto, cerciorándose de que aquel joven encarnaba a su vez al mejor maestro que podía tener, y a su mayor rival.
Ambos adoptaron posición de ataque. La contienda era veloz, la precisión de los movimientos y la táctica elegida se revelaba en cuestión de segundos, y sólo un conocedor de la materia estaba capacitado para decir cuál de los bandos enfrentados obtenía la supremacía.
El crujido de las maderas al chocar, y sus cuerpos temblorosos por la presión de los instrumentales mantuvo en vilo a los que observaban. El mundo pareció dejar de girar cuando el juez elevó la mano en dirección al vencedor, recibiendo éste el anuncio sin signo alguno de satisfacción.
Yugo hincó una rodilla en el suelo, recuperando el aliento. Por el contrario, Tatusuomi, en pie y victorioso, no tardó en matizar la derrota.
—Aún tienes mucho que aprender, Yugo Izumi… pero tu técnica es apasionada. Llegarás lejos.
Los jueces asintieron, coincidiendo en el veredicto. Aunque a todos les había parecido una locura que el joven señor quisiera instaurar los cimientos de la escuela preparando al siguiente eslabón fuera de los lazos de sangre, se hallaban sin duda ante una promesa, la salvación.
Él se giró, haciendo una sentida reverencia hacia sus tres sensei.
Sus dientes siguieron apretados, mitigando la rabia por haber fallado. Los calmó con paciencia, diciéndose que la auténtica recompensa era poder seguir perteneciendo a aquel lugar, y luchar por ocupar el mismo puesto frente a la competencia.
La ceremonia concluyó. Mientras los congregados dedicaban atenciones al anfitrión, Yugo se impregnó del ambiente, siendo consciente de que esa sería la primera de tantas exhibiciones a las que tendría que someterse. Su andadura como practicante del bûdo no había hecho sino comenzar, iniciándose para él la senda justo el día en que otra tomaba un desvío.
Hotsuma rompió el protocolo acercándose a él, no ya en calidad de profesor, sino como confidente, tocándose dos lados del triángulo.
—Enhorabuena.
—Gracias. No lo habría conseguido sin vuestras enseñanzas —dijo, haciendo un gesto tanto para él como para Nadeshiko.
Ella asintió, uniéndose a su sobrino para despedir a los hombres que formaban parte de la historia marcial del clan desde antes que ellos nacieran. Aprovechando el breve instante de intimidad, Kurauchi cambió el tono solemne por otro más informal.
—Podrías haber pedido que la prueba se aplazara. Sigo sin entender por qué no has viajado a Europa.
Yugo se secó el sudor, ajustando el vendaje de la muñeca para seguir practicando con la espada.
Antes de marchar a solas hacia su lugar preferido del jardín, el claro entre los robles donde gustaba de entrenar sin nada que le perturbase, le dio la respuesta. Sus palabras, muestras de una convicción absoluta, no dejaban lugar a ser interpretadas de otra manera que no incluyese el profundo amor que las inspiraba.
—Si mi hermano no ha querido darle importancia, yo tampoco se la daré. Es sólo un cambio de sentido en su camino, mientras siga avanzando no hemos de detenernos en el nuestro.
—¿Verás al menos el partido por televisión? —se cuestionó él.
Ya desde la lejanía, lo confirmó.
—Claro. Por nada del mundo me lo perdería.
La noche cerrada reinaría en Tokio para cuando la cita les congregara en torno a la pantalla. Pero aunque miles de kilómetros y diferentes usos horarios les separaran, como en cada encuentro deportivo su alma volaría lejos, acompañando a Takuto en cada pase, jugada y tanto marcado.
Y su vuelo seguiría alentándole a remontar el suyo, sobrevolando las cimas más altas, rebasando los peligros… encarando al sol sin mirar atrás.
- 2 -
Para los enfermos internados en el Saint Andrew aquella tarde no tenía nada de especial. Las horas transcurrían lentas entre un devenir interminable de enfermeras, celadores y médicos, aunque la apatía no era la tónica general que se respiraba en todas sus plantas.
El reloj marcó las cinco, hora en la que acababa el turno para los salientes de guardia. Pese a haber puesto voluntad en atender a los ingresados durante la madrugada, Katsumi no pudo disimular que al colgar su bata blanca en el perchero de la taquilla, un regusto agridulce se apoderó de su boca.
Había demasiados recuerdos asociados a aquel pedazo de tela; momentos de tensión, otros felices representados por las risas de los niños curados, y otros duros, como muertes inevitables tras largas luchas contra los principios de la ciencia.
Pero ese era el universo de la medicina; uno aprendía a salir fortalecido de los golpes, confiando en que el futuro traería mayores oportunidades de supervivencia a casos semejantes.
Guardó sus pertenencias en el bolsón que se había traído, echando un último vistazo a la modesta sala. Ya vestido de calle echó a andar por los pasillos, pareciéndole raro que todo estuviera desierto.
Estaba empezando a agobiarle la idea de tener que marcharse casi a la fuga cuando escuchó que le reclamaban. Carol, una de las enfermeras con las que más trato había tenido, acudió hasta él corriendo, evidenciando por su voz que se trataba de algo grave.
—¡Doctor Shibuya, rápido! —exclamó— ¡Es una emergencia!
Obviando el hecho de haber terminado la ronda, la siguió dispuesto a hacer lo que estuviera a su alcance. Estaba tan metido en el papel que cuando la cómplice abrió la puerta de la sala de reuniones, su sorpresa fue mayúscula.
—¡Buena suerte! —gritaron al unísono.
Shibuya se quedó paralizado en el marco, despertando las risas de los otros doctores. Los siete pediatras con los que había aprendido a desenvolverse en el día a día habían preparado una modesta fiesta de despedida, alzando unas copas de plástico imitando a cristal llenas de champagne.
—No podíamos dejar que te fueras así como así —comentó el más veterano.
—¡Sírvase, doctor! —le animaron las enfermeras.
Él, sonriendo con ganas tras salir del trance, aceptó la invitación pese a que apenas disponía de tiempo.
—La dejaré a medias, para que nos la podamos terminar en mi casa la semana que viene —anunció, dejándola sobre la mesa en la que tantos informes había estudiado y discutido.
Después del brindis en su honor, Sheryl, la adjunto que le había tutelado, se interesó por los detalles revelados entre bambalinas.
—¿Cuándo empiezas en tu nuevo puesto?
—El orfanato se inaugura oficialmente dentro de un mes. Pero ya se sabe, del papel a lo tangible… —respondió Katsumi abrochándose el abrigo.
—Le haré llegar mi currículum —comentó otra de las enfermeras.
Incapaz de oponerse a la propuesta de irse a trabajar con él en la unidad médica del centro institucional, le correspondió con otra sonrisa, lamentando tener que cortar por lo sano la reunión.
—Me encantaría quedarme un poco más, pero tengo que irme o no llegaré.
—Y nosotros debemos continuar —afirmó el otorrino.
El ritmo natural de trabajo hizo que el hasta luego no se prolongara. Katsumi bajó por las escaleras, saltándolas de dos en dos. Más recuerdos le agolparon al cruzar urgencias, la centralita, los jardines que conducían al parking…
Se detuvo unos instantes para contemplar el edificio en su conjunto; se guardó las manos en los bolsillos y echó a andar hasta su vehículo, centrándose en lo que estaba por venir en lugar de lo que quedaba atrás. No era el único que aquel día cerraba una etapa para adentrarse en otra sustancialmente similar a la anterior, aunque en gran medida distinta.
El arreglo de papeleo burocrático y las entrevistas con el director del orfanato le habían facilitado hacerse con el puesto. Tras casi un lustro a las órdenes de un equipo de médicos experimentados, le tocaba a él tomar el relevo y dirigir al grupo que velaría por la salud de ciento cincuenta chiquillos.
Era todo un reto y, como tal, lo aceptaba encantado, agradeciendo a su vez la conciliación con su vida privada que aquel trabajo le permitiría.
Mientras estaba al volante, no pudo dejar de darle vueltas al hecho de que debía esa situación privilegiada a la recomendación de Takuto. La única manera que tenía de agradecérselo era ejercer poniendo el alma en ello, asegurándole a la vez que cuidaría de los suyos. Y otra muestra un tanto innecesaria de aprecio era el hecho de estar abriéndose paso entre las atestadas carreteras de Londres, confiando en que el camino hacia Stamford Bridge estaría despejado.
El espectáculo de ver el estadio vistiendo sus mejores galas era sobrecogedor; aunque el Chelsea se había alzado matemáticamente como campeón de liga en la anterior jornada, los hinchas no había faltado a la cita para celebrarlo en casa durante la clausura de la temporada. Aficionados venidos de todas partes de la ciudad, e incluso del país, lucían sus camisetas y bufandas azules, dirigiéndose en masa a las puertas de acceso dispuestos a convertir las siguientes horas en una fiesta.
Mas había algo que toda esa gente desconocía, un dato que pese a estar al alcance de unos pocos privilegiados, iba a desviar sustancialmente la atención sobre los campeones.
Siguiendo el procedimiento acostumbrado cada vez que iba a presenciar un encuentro, enseñó su pase y aparcó en zona reservada, dirigiéndose hacia el salón vip que precedía al palco.
En un lateral de la amplia habitación, llena de invitados ilustres, amigos y familiares de jugadores y técnicos, tres niños se divertían con los juegos improvisados por el mayor en un afán de entretenerles. Se quedo callado para no interrumpir, terminándosele de abrigar el corazón cuando la única princesa del trío le reconoció, corriendo al encuentro con sus enormes ojos marrones fijos en los suyos.
—¡Papá!
Shibuya se agachó para tomar a Madoka entre los brazos, llenando de carantoñas a la mujer en miniatura por la que estaba completamente colado.
—¿A qué estáis jugando?
Hideki fue el siguiente en sumarse al recibimiento, acudiendo a contarle cada detalle con su genuino entusiasmo.
—A jayenkon. Derek nos lo estaba explicando —relató, situándose junto a su hermana.
—Es que Takuto me enseñó —dijo éste mencionado el popular juego japonés del “piedra-papel-tijera”.
—¿Le habéis visto?
—Antes estuvo por aquí, pero se fue.
Shibuya asintió, alzando un poco la vista para buscar entre los adultos que llenaban la sala.
—¿Y mamá? —preguntó a sus hijos.
—Está en la ventana con Kôji —indicó el niño.
Con uno cogido de cada mano y Derek a la cabeza de la comitiva se dejó conducir hasta ellos, no tardando en distinguirles; en efecto, de pie y junto a la cristalera que separaba la sala de los asientos, con una vista envidiable del terreno de juego, Serika y él hablaban, dando Kôji la impresión de estar lo que se decía alicaído.
—¡Al fin todos juntos! —exclamó.
—¿Ya te has despedido? —quiso saber Serika tras besarle.
—Que no es lo mismo que decir “¿ya te han despedido?” —matizó el cantante.
Él rió, restándole importancia a la rescisión de su contrato con el hospital.
—Me han hecho una despedida sorpresa, pero ya hablaremos de eso. ¿Cómo está Taku?
—Yo le vi animado —comentó ella.
Derek se fijó en la pantalla de televisión que colgaba desde lo alto de una esquina, señalándola.
—¡Ya va a empezar!
Kôji giró el rostro hacia el aparato, contemplando las imágenes que en riguroso directo la televisión estaba emitiendo desde la sala de conferencias de Stamford. Pese a que el susodicho lugar estaba a un par de escaleras de allí, Izumi les había pedido que no asistieran.
En cuanto le vio situarse ante las cámaras, sintió una extraña opresión en el pecho.
—He imaginado tantas veces cómo sería este día… —musitó.
Serika miró a Katsumi, pareciendo pedirle que hiciera algo por tranquilizarle. Tras captar el mensaje dejó a la niña en el suelo, haciendo entrega a Derek de su ticket.
—¿Por qué no vais reservando los asientos? Enseguida iremos.
Éste y Hideki salieron corriendo para cumplir la orden, siguiéndoles ellas antes de que el resto del aforo tuviera la misma ocurrencia. Una vez a solas en medio del barullo, Katsumi permaneció con él, prestando atención a la pantalla.
Afuera el estadio en peso vivía una situación semejante. Tras darse el aviso por megafonía, el marcador digital fue empleado a modo de televisor gigante, permitiendo a los asistentes quedar al tanto de lo que estaba sucediendo, al igual que otros miles de telespectadores.
Las cámaras inmortalizaron a un Takuto sereno y apacible, compareciendo ante los periodistas en compañía del presidente del Chelsea. Llevaba puesto el traje de entrenamiento, derrochando su voz la convicción con la que se expresaba en ambientes futbolísticos.
—Hoy es un día histórico para este club —dijo el mandatario—, y es por ello que hemos creído conveniente convocarles para acallar los rumores que han circulado en los últimos tiempos sobre el futuro de Takuto Izumi… Quién mejor que él para hacerlo.
Los flashes de los fotógrafos se dispararon cuando el reportero del Daily Express hizo la primera pregunta.
—Tu contrato termina esta temporada. ¿Cuáles son tus planes?
—He recibido multitud de ofertas, desde renovar por dos años más hasta fichar por otro equipo.
—¿Cómo cuáles?
—Real Madrid, Inter de Milán, Juventus… —enumeró Izumi— Pero las he rechazado todas.
―¿Todas?
―Sí —asintió Takuto con firmeza.
―¿Entonces quieres decir que este partido será el último?
El suspense en el que quedó sumida tanto la sala como el aforo duró los segundos que se tomó para responder. Sus ojos quedaron fijos en el vacío, como si estuvieran enfrentándose al instante crucial, ese que le había procurado incontables noches en vela.
Sin embargo, lo afrontó con entereza, siendo sincero con los que le estaban prestando sus oídos, y consigo mismo.
―Quisiera dar las gracias tanto a los aficionados como a los integrantes del Chelsea, y a los medios de comunicación por el apoyo que he recibido a lo largo de mi carrera en el equipo ―declaró el todavía capitán.
Más fotos fueron disparadas, y una comentarista radiofónica siguió indagando en el asunto.
―Si mis referencias son correctas, estás a dos meses de cumplir treinta y dos años. Muchos jugadores de tu categoría siguen en la alta competición al llegar a esa edad, y otros optan por campeonatos en otros países con un nivel ligeramente más bajo… ¿por qué retirarte ahora?
Kôji sintió de nuevo aquel vuelco en el estómago cuando se lo escuchó decir como si no implicara tantísimas cosas, y el hecho estuviera desprovisto de un resultado transcendental.
―Después de la última lesión mi rodilla no ha vuelto a ser la misma.
―Pero el número de tantos marcados apenas ha variado desde entonces ―rebatieron.
―Lo sé. Por eso elijo despedirme ahora que todavía estoy en un buen momento, en lugar de desvanecerme poco a poco sin poder remediarlo.
Los periodistas reflexionaron, recordando muchos de ellos casos de futbolistas célebres que habían prolongado hasta el imposible su abandono como profesionales, cayendo algunos en un auto engaño al negarse a aceptar que su cuerpo ya no podía soportar el ritmo de la juventud.
La chica que había tenido el turno de palabra fue suplantada por un compañero de la misma empresa, el cual satisfizo la curiosidad general.
―¿Y en qué piensas invertir tu tiempo a partir de ahora?
―En realidad no voy a cambiar demasiado de rutina ―explicó Izumi―. Pasaré a formar parte de la plantilla técnica del Chelsea.
―¿En qué campo?
―Formación. Quiero entrenar a niños, a las promesas del fútbol inglés que estén por venir.
―¿Y cuándo empezarás?
Takuto sonrió, desvelando sus planes inmediatos.
―A principio de la próxima temporada, si no hay problema.
―¿Ya tienes licencia?
―El lunes empiezo a estudiar la teoría, espero ser un alumno aplicado.
Los periodistas rieron, descargándose el ambiente previo de tensión. Algunos aprovecharon para mandar los primeros esbozos de la noticia a sus redacciones por medio de mensajes de texto, otros pensaban a toda velocidad en los especiales monográficos que tendrían que comenzar a elaborar para llegar antes del cierre de las imprentas, y entre las vicisitudes del trajín informativo, Takuto decidió poner fin a la convocatoria, pues el evento realmente importante de aquel día no tardaría en comenzar.
―Les agradezco en nombre de mis compañeros la cobertura mediática que van a realizar del partido. Queremos dedicar esta victoria a la afición, esperamos ofrecer un buen espectáculo, y si no tienen nada más que preguntar… hasta pronto.
Los periodistas, como si se hubiesen puesto de acuerdo, se olvidaron momentáneamente de los aparatos que sostenían, dedicando las manos a emitir un sonoro aplauso con el que querían reconocer la labor de un grandísimo deportista, pero también de una persona discreta y sencilla que, a diferencia de otras muchas estrellas, no les había dado problemas dentro de los límites establecidos.
Katsumi observó el panorama en el salón vip. La gente se hacía eco de la noticia, observando sin disimulo a la pareja del delantero. Kôji, pese a estar al tanto de lo que había ocurrido desde hacía bastante, no salía de su ensimismamiento.
—¿Qué te pasa? —preguntó Katsumi con voz suave— Tú mismo me has dicho que está bien, que hace meses que no tiene esas pesadillas.
—Y lo está. Es solo que… sigo sin creérmelo.
Shibuya sonrió, apoyando una mano en su hombro para indicarle que era mejor salir afuera.
—Pues no veo el problema. Taku conoce mejor que nadie sus limitaciones, tiene claros sus objetivos, proyectos en los que volcarse y nada que lamentar en lo personal.
Tras haber hecho la observación, Katsumi le miró a los ojos; por unos instantes juró volver a estar ante el Kôji inseguro y frío de antaño, pero no era más que un espejismo, fruto de la resignación de su amigo por tener que compartir la despedida de Izumi con otros tantos miles de individuos.
—Deberías estar orgulloso de él.
—Lo estoy —dijo el cantante ocupando su asiento.
Shibuya le imitó sentándose con Serika y los niños, dispuesto a disfrutar de una noche inolvidable. Derek, nervioso por la expectación que se había creado, se situó junto a su tutor, cuestionándose si lo que les esperaba a ambos en la intimidad del hogar sería tan apacible como prometía.
—¿Crees que Takuto no echará de menos jugar? —preguntó con tristeza.
Él cruzó una pierna sobre la otra, colocándose sus gafas de vista para no perderse detalle.
—Mientras esté ocupado no tendrá tiempo para hacerlo. Así que será cuestión de darle la lata continuamente.
Derek sonrió; si había algo en lo que Kôji resultaba ser un maestro, era en aplacar a la bestia.
—Como cuando no le dejaba correr en la máquina para que no volviera a lesionarse.
—O cuando le escondimos las zapatillas de footing y se pasó la mañana buscándolas y gruñendo —apuntó.
Ambos guardaron silencio, signo de la complicidad sobre la que se asentaba su relación. Aunque para él Kôji seguía representando el lado gamberro y atípico de la adultez, su apego hacia el vocalista se había incrementado con cada día transcurrido, rememorando la primera charla seria mantenida.
—Ya queda menos para que me dejes beber cerveza contigo.
Kôji giró el rostro despacio, adquiriendo la expresión austera que había aprendido a interpretar como una especie de reto.
—¿A qué viene eso ahora?
—Nada —argumentó—. Me queda menos para los trece y me he portado bien¿no?
Él devolvió la vista al frente, sin dar el brazo a torcer.
—Ya veremos.
Y tras meditarlo, puntualizó cierto matiz de la promesa.
—Pero ni se te ocurra decírselo¿eh?
—Que si no te mata —rió Derek.
Entre más comentarios y ocurrencias de los chiquillos la espera finalizó. El himno del club sonó por los altavoces, saliendo al campo el equipo visitante que, por cuestiones obvias, estaba condenado a ser un mero secundario en la función. Daba igual el resultado del encuentro, lo que la hinchada quería era dos cosas: celebrar el título y rendir homenaje al jugador preferido de muchos, agradeciendo tantas tardes de fútbol de ensueño, en las que generaciones enteras de aficionados dejaban a un lado sus diferencias para disfrutar del juego de Izumi.
Pero el capitán no quería tributos. Lo había especificado a amigos e incluso a Yugo, pidiéndoles que no le dieran más importancia a la cita de la que tendría un partido cualquiera.
Se colocó junto a sus compañeros para la foto de rigor, echando un vistazo a la zona del palco; sus fans más acérrimos le saludaron, neutralizándose su expresión harto concentrada.
Aunque fueran noventa minutos de trámite, seguía siendo un encuentro, y su sed de victoria jamás sería saciada. El silbato dio inicio al partido y a los cánticos. Relajados aunque comprometidos, los jugadores del Chelsea se tomaban la libertad entre pase y pase de disfrutar del ambiente.
Las piernas de Takuto corrían raudas, cegando a contrarios e iguales con el fuego que despedía su mirada. De nuevo los sonidos, los latidos desbocados que acallaban al griterío, dándose órdenes por los que llevar la estrategia al fondo de las redes.
Concéntrate en la electricidad que te recorre
No hagas caso de lo que te pide tu cuerpo
Ni sus pulmones trabajando al límite, ni las articulaciones resentidas le distanciarían de cumplir su deseo, negándose a que el partido terminara sin haberlo consumado. El estadio contuvo la respiración cuando el número siete obtuvo la pelota cerca del área, y sus movimientos parecieron ralentizarse pese a ser ejecutados a una velocidad endiablada.
Regateó a los defensas hasta dar con buena posición, localizando un ángulo inalcanzable para el portero.
Su pierna, famosa y temida por su atronadora puntería, se preparó para concentrar las energías, lanzando un feroz rugido al tiempo que el balón salía despedido contra el guardameta.
Nada pudo hacer éste para evitar el único tanto que rompió el empate inicial. Aunque faltaban bastantes minutos para que finalizase el encuentro, nadie parecía recordarlo.
Serika se enjuagó las mejillas cuando la hinchada empezó a corear el nombre de su hermano, y sus hijos, asombrados, percibían claramente cómo la mención a Izumi se prolongaba en un ciclo infinito.
Dorians aplaudió a la grada, alentándoles a que no cesaran. Los locutores trataban de describir esa conjunción casi mística, y los espectadores, en especial los que seguían la retransmisión desde Tokio, tuvieron la sensación de haber sido transportados hasta allí.
Cuando el árbitro decretó el final, Takuto cerró los ojos, dedicando la última victoria a su padre, inculcador y principal culpable de su talento. Sus compañeros no le dejaron alargar la plegaria, envolviéndole una maraña sudorosa que le arrastró hasta el centro del campo, formando una piña para aupar al entrenador Schölt.
Para deleite de los aficionados se hizo anuncio de la entrega de la copa y las medallas conmemorativas. La plantilla saltaba, canturreaba y daba vueltas de honor portando los trofeos, haciendo una ofrenda a los que no habían desistido en su confianza desde el anonimato.
Hacía rato que su camiseta había desaparecido en algún intercambio que no recordaba, siendo lo único que vestía su torso la medalla colgada alrededor del cuello, pero Takuto no fue consciente de lo que estaba viviendo hasta que les avistó.
Animados por los organizadores y relaciones públicas del club, las respectivas familias de los triunfadores habían descendido a pie de césped para unirse a la celebración.
Entre el tumulto de periodistas, jugadores que iban y venían, espontáneos y rivales que se acercaban para felicitarle, localizó a sus sobrinos, a los que adoraba con una devoción desmedida. Hideki tenía algo de consciencia sobre lo que estaba ocurriendo, no así Madoka, siendo para los dos igual de efusivo el encuentro.
Serika y Katsumi esperaban su turno, rompiéndose en añicos el escudo con el que había tratado de aislarse de lo concerniente a su protagonismo con cada abrazo que le iban dando, asiéndole Derek con todas sus fuerzas.
Aunque no vuelva a jugar nunca más, la angustia no me consume…
…porque estáis aquí
Acababa de soltar al chico cuando le vio.
Allí estaba Kôji. Su aura sobrenatural hacía que no pareciese pertenecer a ese mundo, sino a otro donde lo caótico tenía sentido, en donde la entrega y el coraje llevados al límite desembocaban en el ideal del amor verdadero.
Las cámaras de televisión les rodearon cuando Takuto se aferró de un salto a sus caderas y enterró el rostro en su hombro, ahí donde las miradas, las atenciones a la prensa y los cientos de voces que seguían aclamándole no existían; sólo su calor, su olor, sus fuertes manos protegiéndole.
Y lloró sobre su piel blanquecina, sin atreverse nadie a impedírselo.
Sus lágrimas no eran amargas, ni estaban teñidas de sangre.
Eran transparentes, inmaculadas, plenas.
No lloraba por ese final anunciado, ni por el temor a lo nuevo, o la felicidad de cerrar su palmarés con un talante intachable.
Lo hacía porque por mucho que se esforzara en sentirlo, ignorando el hecho de haberse acostumbrado a convivir con ello, el dolor producido por la cicatriz de la cadera había desaparecido.
Y en lo más profundo de su ser sabía que a partir de ese entonces, cada vez que se observara desnudo ante el espejo, por mucho que la marca permaneciese imborrable, no la vería, pues al fin la herida estaba cerrada…
… y ni los dioses a los que habían desafiado serían capaces de volver a abrirla.
Las instalaciones de la ciudad deportiva que el Chelsea había construido para sus filiales era envidiable. Situada en las afueras de la ciudad, no demasiado lejos del epicentro de la institución, se erigían multitud de canchas, preparadas tanto para albergar partidos como entrenamientos adecuados a las necesidades de sus jóvenes ocupantes, delimitándose las áreas en proporción a las medidas reglamentarias para los adultos.
Muy pocos podían optar a pertenecer al equipo y, por ello, los que lo conseguían disfrutaban por partida doble, ejercitándose teniendo como referencia a la figura a la que tanto admiraban.
Los dieciséis alevines terminaron de calentar tras haber dado un par de vueltas campo a través, dispuestos a preparar el ansiado campeonato infantil. Representantes de los mejores clubes de Europa se medirían en el torneo que ese año se disputaba allí, en Londres, soñando todos y cada uno con obtener un buen puesto sin olvidar la responsabilidad que implicaba pertenecer al Chelsea, pero tampoco sin dejar de pasárselo en grande.
Algunas madres y padres observaban desde la grada el quehacer de sus hijos, movidos por la energía y entusiasmo que su entrenador les inculcaba. Precisamente éste les llamó a reunión, dando nuevas instrucciones.
—¿A quién le apetece disputar un ocho contra ocho?
Los chiquillos levantaron las manos, respondiendo él a tanto fervor.
—Dividiros en dos y poneros los chalecos. Roger, tú serás el capitán de los naranjas, y tú, Jim, el de los negros.
Los nombrados asintieron, y el que acababa de incorporarse a la formación como portero suplente le llamó, pidiendo permiso.
—Entrenador¿puedo ir a buscar los guantes al vestuario? Me los he olvidado.
—Claro, no tardes —le alentó, yendo a coger unos conos con los que señalar el espacio de las porterías.
Y mientras ellos se preparaban para el partido, el único de los espectadores que no había llegado a tiempo irrumpía a grandes zancadas, recobrando el aliento mientras buscaba entre los asistentes.
Llevaba el cabello rubio oscuro largo y suelto, despejada la frente por una bandana de tela; el calor del mes de junio había querido que vistiera una camisa sin mangas y pantalones militares hasta los tobillos, completando el atuendo con unas sandalias de cuero y un macuto repleto de chapas y parches con diversos mensajes, adquiridas en alguno de los tantos mercadillos de Camden.
Podría haber pasado por un estudiante universitario cualquiera, y en gran medida lo era, puesto que la razón por la que no había llegado a la hora acordada era su recién ingreso en la prestigiosa facultad donde había solicitado plaza.
No tardó en verle. Estaba sentado en la zona alta, sin nadie alrededor que le incomodase. Tenía puestas sus habituales lentes oscuras, estando centrado en lo que el bolígrafo dejaba impreso sobre las hojas de un cuaderno.
Subió corriendo los escalones, atrayendo su atención de un grito.
—¡Kôji!
Él se giró, hablándole una vez estuvo sentado a la sombra en la butaca que le había guardado.
—¿Dónde te habías metido? —inquirió el músico.
—Es que una amiga de Lindsay nos dijo que ya habían salido las listas y fuimos a verlas.
Kôji dejó lo que estaba haciendo, demandando más información.
—¿Y bien?
—Hemos entrado los dos en Biología. Me he quedado tercero.
—Genial. Deberíamos parar el partido para decírselo —afirmó, observando el terreno por si a Takuto le daba por mirarles.
—Ya se lo comentaré luego, no quiero interrumpir.
Abajo Izumi explicaba algunas de las tácticas de juego que debían ejecutar en los eliminatorios del campeonato. Dado que faltaba un buen rato para que la sesión concluyera y no disponía de dicho tiempo, procedió a seguir revelando confidencias.
—Oye, Kôji…
—¿Mhhh? —murmuró éste, apuntando una frase antes de que se le olvidara.
—Creo que no voy quedarme. Lindsay y yo habíamos pensado que si nos admitían, lo celebraríamos a lo grande. Ya sabes…
El cantante se quitó las gafas, clavándole sus penetrantes y expresivos ojos.
—¿No me digas que por fin lo vais a hacer?
Derek se encogió de hombros, sin perder el buen humor.
—Pues sí.
—Ya era hora —afirmó con rotundidad—. ¿Y en dónde?
—No lo sé. Buscaremos un hotel, su hermana y ella me están esperando en el coche, le diré que nos alcance al centro.
Kôji se negó en rotundo, gesticulando como cada vez que algo le parecía demasiado evidente.
—¡De eso nada! Dile que os lleve a casa, me encargaré de entretener a Takuto. ¿Dónde vas a estar mejor que allí?
Derek sonrió, sabiendo que saldría bien parado de sus rebuscadas estratagemas.
—Y también necesito que me des dinero.
—Si es para condones, no hace falta. Te compré una caja el día en que empezasteis a salir, está guardada en mi cajón de los guantes.
Sin ofrecerle oportunidad de rebatir la oferta, el japonés le alentó a que se marchara y atendiera asuntos más interesantes que aquella preparatoria.
—Anda, vete ya. Pero nos tienes que contar esta noche como te fue.
—¡Claro! Hasta luego.
Se había alejado un par de pasos cuando reparó en un detalle; analizó de nuevo la libreta en la que él estaba escribiendo, iluminándosele la cara al reconocerla.
—¿Has vuelto a componer?
Kôji asintió, dejando que las palabras fluyeran a medida que la canción cobraba ritmo.
—He quedado con el grupo mañana. Ya es hora de romper el silencio.
—A ver si puedo grabar alguna guitarra de acompañamiento. En el último disco me dijiste que cuando me crecieran las manos igual te lo pensarías.
—Eso es jurisdicción de Brett. Pregúntaselo, si por él no hay problema, por mí tampoco.
Derek volvió a sonreír. De no pecar demasiado de primerizo en la última prueba que le tocaba superar, sería un día redondo.
—Vale —concluyó, marchándose por donde había venido.
Otra vez a solas, Kôji siguió esperando a que el entrenamiento acabase. Las ideas brotaban de todas partes, transformándose en rimas y esbozos que tras sucesivas puestas en común con los Angelous quedarían plasmadas en un nuevo album. La veda creativa se abría, poniéndose en marcha el mecanismo de la industria del rock.
A las seis de la tarde los jovencísimos jugadores del Chelsea se congregaron en torno al preparador, teniendo éste unas palabras de ánimo para con su equipo.
—El lunes nos vemos a las doce en la sede. ¿Tenéis el dossier de la concentración?
—Sí —respondieron.
—Entonces a las duchas. Buen fin de semana.
Los críos salieron corriendo, despidiéndose de él a medida que se esforzaban por ser los primeros en alcanzar las taquillas y no hacer esperar demasiado a sus padres.
—¡Adiós, entrenador!
—Hasta luego —replicó, recogiendo las cosas.
El campo poco a poco se fue vaciando, hasta que el único que todavía no se había marchado bajó hasta el césped, tendiéndole los últimos balones que no habían sido guardados.
—Se deja esto atrás, entrenador —bromeó.
Takuto le miró, elevando las cejas por el despiste.
—Se nota que están nerviosos, lo han dejado más tirado de lo habitual.
Apenas se hubo guardado la llave del almacén de los materiales, reparó en que faltaba alguien.
—¿No tendría que estar Derek contigo? —preguntó extrañado mientras empezaban a andar en dirección a los aparcamientos.
—Estuvo por aquí antes, pero se fue.
—¿Y eso? Dijimos que iríamos a dar una vuelta.
Kôji paladeó la noticia, soltándola sin demasiada dilación.
—Déjale. Debe estar muy ocupado en casa perdiendo la virginidad.
Izumi se quedó en blanco, teniendo el propio Kôji que devolverle a la Tierra.
—¿Por qué pones esa cara? Llevan casi un año saliendo, bastante han tardado en decidirse. Además, tú tenías su edad cuando perdiste la tuya.
Takuto suspiró, resignado. Arriba el cielo estaba límpido, imprimiéndole vitalidad los últimos rayos de sol que bañaban la capital inglesa.
—Supongo que no podemos hacer mucho más que confiar en él. Al menos no tiene un hermano a quien robarle la novia para estrenarse…
Sin dejarse aludir demasiado por el comentario, Kôji cambio sutilmente de tema.
—Por cierto, han entrado los dos en la carrera.
Él sintió un vuelco en el pecho por la alegría, contrarrestando con el sentido común las ganas que le entraron de hacer una llamada telefónica para dar la enhorabuena.
—Tendré que preparar una cena especial.
—¿A dónde vamos? Se nos prohíbe el paso hasta que caiga la noche.
Takuto no se lo pensó dos veces, aprovechando que además no le tocaba conducir.
—Al orfanato. Quiero ver cómo va la remodelación de la sala de estudio.
Kôji no puso objeción, accionando la apertura de las puertas del coche con el mando a distancia y poniéndose al volante. Había tomado el primer desvío hacia la autopista cuando le puso al corriente acerca sus planes inmediatos de regresar al trabajo.
—Me ha llamado Liam, mañana nos reunimos los cinco para hablar del nuevo disco. Y la pesada de Aya ya está tratando de convencerme para que vuelva a dejarme melena, como si no tuviera más ideas que regresar continuamente al viejo look. No lo entiendo¿qué más le da atreverse a indagar en otras posibilidades, acaso no se dedica a la estética?
Siguió despotricando sobre los entresijos de lo que sería previsiblemente un largo periplo de estudios, grabaciones y directos; Takuto apoyó el codo en la ventana, mirándole.
Aunque Kôji no dejó de hablar, hacía rato que había dejado de escucharle. El silbido del viento, la liberación y su mera presencia le reconfortaban, instándole a disfrutar de la paz.
¿Exactamente, cuánto había transcurrido desde la primera vez en que le contemplase sin ataduras, sin nada más que hacer que perderse en sus fascinantes secretos? Mucho, tanto que le parecieron siglos.
Se fijó en los cambios que dicho paso del tiempo habían obrado en su rostro. A pesar de los años no había salido demasiado perjudicado, acentuando las líneas de expresión su ya de por sí marcada personalidad, como la pátina con la que los siglos recubren las esculturas, haciéndolas aún más soberbias.
Estaban en un atasco, el calor hacía necesario activar el aire acondicionado y se les había chafado el plan. No era lo que se decía un momento perfecto, pero Takuto deseó que el reloj se parase; así el pensamiento que ocupaba su mente quedaría congelado e inamovible, imperecedero, eterno, permitiéndoles seguir formando parte del círculo, uno que no tuviera ni final, ni principio.
Yo no renunciaré jamás ni al fútbol…
ni a ti
.: Fin :.
Una tarde como la de ahora de hace casi un año y medio empecé a escribir este fanfic. Como siempre que inicio una historia, sabía las cosas básicas que ocurrirían, pero el resto era un misterio. Lo que no ha variado es la sensación que me invade tras haber tecleado la palabra “fin”. Es como si la historia que ha estado metida dentro de mi cabeza todo este tiempo dejara de formar parte de mí, como si hubiese sido exorcizada.
Sé que me repito, pero no puedo evitar decirlo nuevamente: no tengo palabras para agradecer el apoyo y seguimiento que los lectores han hecho tanto de “Forward” como de “After the beginning”. Aunque son dos historias distintas, están interconectadas, se podría casi decir que son un mismo relato, y jamás hubiese imaginado que mi alocada idea de aventurarme a prolongar el manga de Minami Ozaki bajo mi punto de vista personal pudiera llegar hasta aquí.
Han sido dos años muy especiales, en los que he conocido a gente estupenda gracias a este relato, y en el que he vivido diversos cambios, y otros que están por llegar.
Por el momento anuncio que voy a estar un tiempo indefinido sin dar señales de vida, pues quiero aprovechar para poner en marcha algunos proyectos, entre el que destaca una remodelación total de mi página web, que incluirá una versión revisada, corregida y editada de todos mis fanfics. Así que volveréis a tener noticias mías cuando llegue el momento
Y ya para concluir, me gustaría premiar vuestra fidelidad. Dentro de esta remodelación de la web quiero incluir los comentarios que más me han gustado de entre los que los lectores me han hecho llegar con respecto a los fics. Así que os invito a que me dejéis vuestra review sobre “Forward” y “After the beginning” aquí. De entre todos los comentarios recibidos (bien en esta web, o a través de mi correo electrónico) elegiré tres que aparecerán en la versión definitiva de y entre todas las personas que participen con su opinión, sortearé esto: una versión en libro de “Forward” que haré llegar por correo al ganador, sea cual sea su país de residencia.
Podéis ver algunas imágenes del libro en mi página web.
de plazo para emitir vuestro comentario hasta el día 11 de noviembre de 2007 inclusive. Y para los que no ganéis y queráis una copia, no hay problema. En esa versión final de la web colocaré los archivos necesarios para mandarla a pedir
Me he enrollado bastante, para variar, jajaja. Va dedicado a todos los que han seguido esta historia, pero en especial a Seri, a Lui, a Gretel, a Mel y a Miki. Y como no, a Kôji Nanjo y Takuto Izumi, por haber influido en mi vida sin pretenderlo.
Un beso enorme a todos. Gracias, de todo corazón.
Shaka