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Author of 53 Stories |
Notas varias de la autora: escribí este fic hace ya unos meses. De hecho, lo terminé antes de que se estrenara esa infame película llamada "X-Men 3, la decisión final". Título patético, peli patética, pero esa es otra historia. ¿Por qué digo esto? Porque hay un pequeño detalle por ahí delante que no encaja con lo que se comenta en la tercera peli. Por lo demás, todo va por otros derroteros y respeta lo que se cuenta en las dos primeras cintas (que no es que fueran la alegría de la huerta, en especial la segunda, pero inspiran mucho a la hora de escribir).
Este fic es un universo alternativo o un "¿y si...?" enorme. Nunca he sabido muy bien dónde está el límite de los dos tipos de fic. He jugado a preguntarme qué habría sucedido si Jean Grey, al final del X2, hubiera vuelto al avión en el último momento. Lo que me imaginé no fue el típico y tópico "y vivieron felices...". También he querido darle protagonismo a un personaje que apenas aparece en las pelis: Coloso. Ya no añado nada más, salvo que el título es una frase de "Amor se llama el juego", de Joaquín Sabina. Espero que os guste.
La enésima vuelta de tuerca en tan breve espacio de tiempo tenía lugar. Scott se desgañitaba mirando por la ventanilla del jet cómo una Jean de ojos rojos separaba las aguas para permitirles despegar. La transacción tenía un coste claro y sencillo: su vida.
O eso parecía.
Ese mutante azul que había atacado al presidente, el tal Kurt, decía que Jean le impedía teletransportarse y rescatarla. Estaba sujetando a todos en la nave, impidiendo que hiciesen nada por salvar su vida. Parecía inevitable, ella los retenía, había dado por perdida su propia existencia y quería asegurarse de que los demás vivirían para contarlo.
Hasta que se oyó aquel “puf” tan característico.
Kurt acababa de teletransportarse. Un suspiro de alivio generalizo se extendió por la nave cuando todos vieron cómo el mutante se agarraba a Jean y la traía de vuelta. Los ojos de Jean seguían teniendo la pupila roja. La mujer mantenía los brazos separados, apartando las aguas. Solamente cuando empezaron a alejarse permitió que las dos paredes de líquido se fusionasen en una sola, con un brutal choque que la habría matado sin lugar a dudas.
Jean agachó la cabeza y la sacudió. Al levantarla pareció volver en sí, dejar atrás el trance. Su pupila volvía a ser marrón. Miró a los presentes como avergonzada y su mirada se detuvo en Scott. Dio un par de pasos hacia él, pero este se apartó a la vez que tragaba saliva. La vuelta de Jean había sido como el chupete de un niño para él: se había callado y calmado, punto final.
—Scott…
—Ahora no. Ororo¿me dejas pilotar?
El viaje de vuelta a casa transcurrió en un silencio sepulcral. Nadie se atrevía a decir nada excepto Scott cuando daba órdenes a Ororo, que era su copiloto. Una Jean de ojos bajos estaba justo detrás de Scott. Su telequinesis le acariciaba por todo el cuerpo. Había aprendido a hacerlo en un abrir y cerrar de ojos. Ahora era consciente: podía hacer tantas cosas con las que antes ni siquiera había soñado.
Logan estaba junto a ella. La miraba de soslayo, sin atreverse a mirarla directamente. Todo estaba demasiado reciente, envuelto en un mar de confusión. Solo tenía clara una cosa: todo era un tremendo error. Jean y él no podrían hacer nada juntos. Cierto, se había planteado ligeramente el tener algo serio con ella, ser el “chico bueno”. Sin embargo, había quedado claro que no era lo que Jean quería. De hecho, Jean ni siquiera quería nada con él. Solamente le había usado. A su manera, sí, inconscientemente, pero le había usado.
El Profesor tampoco tenía nada que decir. Se sentía demasiado turbado, sobrepasado por los recientes acontecimientos. Se había visto débil, impotente e incapaz de hacer nada. De hecho, lo único que había provocado eran más problemas. Después, Jean le había hecho sentir pequeño e insignificante. Por primera vez, alguien le superaba en su poder. Su discípula había entrado en la mente de Charles Xavier y no al revés. Le había forzado a transmitir sus pensamientos y a no intervenir.
“Jean, déjale”, le pidió por telepatía. Podía notar cómo el malestar de Scott se iba acrecentando con cada pequeña caricia. Estaba al límite, con los nervios destrozados y cerrado en banda. Todavía no se había repuesto de la idea de perderla y no podía aceptar que ella hubiera obrado así. Era solo la última de un rosario de pequeñas heridas abiertas en su relación. Ahora ambos eran conscientes de ellas. Y se estaban desangrando.
“Necesito hablar con él”.
“No es el momento, Scott no está preparado y tu insistencia solo os provocará dolor”.
Los hombros de Scott se relajaron automáticamente en cuanto Jean dejó de acariciarle con sus poderes. Seguía tenso, pero mucho menos. Se limitaba a concentrarse en pilotar el avión, se decía a sí mismo que era lo único que importaba. A fuerza de repetirlo se lo fue creyendo. Debía ocuparse de llevar la nave a tierra, de hacer que por fin todos estuvieran seguros. Era el capitán, todos dependían de él una vez más y debía protegerles. Era el jefe de los X-Men, el jefe de la manada, solo supeditado al Profesor. Sin embargo, cuando el avión aterrizó y descendió hasta el hangar, se sintió vacío como nunca antes.
Esperó a que todos hubieran bajado del avión antes de salir. Jean permanecía dentro, podía sentirla sin girarse a comprobar que seguía allí. Agachó la cabeza, cambió el visor por las gafas y se desabrochó el cuello del uniforme. Le daba la impresión de que lentamente le iba estrangulando. Imaginaciones suyas, por mucho que no pudiera evitar sentirlo, estaba claro. Igual de claro que su deseo de alejarse de Jean en aquellos momentos.
—¿Estás bien, Scott?—Este asintió con los labios apretados y la mandíbula tensa—No tienes buena cara.
—Lo sé, doctora—respondió con el cansancio vibrándole en la voz, como si la conversación le hubiera hartado incluso antes de comenzar—. Mi chica casi se deja morir y todavía no me he repuesto.
—Tenía que salvaros—Leyó en la cara de Scott que no se tragaba aquello—. Ay, Scott, lo siento.
Le abrazó con fuerza, como poco atrás él había hecho con ella en aquel museo. Era un abrazo protector, un salvavidas. Scott estaba tenso, firme como una roca. Jean sabía de sobra que era pura fachada, que su entereza se podía desmoronar en un abrir y cerrar de ojos. Por el momento, Scott se limitó a devolverle el abrazo con mucha menos intensidad, casi por compromiso.
Se soltaron y se miraron a los ojos. O a los ojos y las gafas. “Pensé que te perdería para siempre. No te vayas. Di que te quedarás conmigo pase lo que pase”, pensó él. “No podía perderte. Tenía que volver contigo aunque supusiera arriesgar al resto”, estuvo a punto de enviarle por telepatía ella. Pero nadie dijo nada. Y ninguno de los dos sabía realmente por qué.
—¿Crees que Stryker estará realmente muerto?
—¿Por qué no iba a estarlo?
—Yo no he visto su cadáver¿y tú?—Jean sacudió la cabeza. Scott tenía razón, pero algo fallaba en su razonamiento. Ella realmente sabía que Stryker había muerto. Lo había notado en el preciso momento en que ocurrió.
—Tampoco, pero sé que está muerto, estoy segura—Scott asintió y se frotó la nuca—. ¿Te molesta?
—Escuece un poco.
—Ven, te curaré eso que te han hecho.
Scott pensó en resistirse, decirle que no hacía falta. Pero le importaba tan poco que ni siquiera valía la pena hacer el esfuerzo. Cierto, le molestaba el cuello bastante más de lo que admitiría. Pero ya se pasaría. No creía que la marca de aquel suero durase para siempre. Y si lo hacía¿qué importaba? Podría pasar por una simple cicatriz o una escarificación de esas tan de moda.
Acompañó a Jean a la enfermería. Iban el uno al lado del otro. Sin tocarse. De hecho, la distancia entre ambos era de cerca de un brazo, es decir, la separación interpersonal estándar en anglosajones. Se habían ido alejando. Y no solo en lo físico y tangible, sino en todo. Recordarse juntos y felices era casi un esfuerzo sobrehumano. Logan no tenía nada que ver, por mucho que Scott se negase a verlo.
Jean le despojó del uniforme y le trajo algo de su ropa. Prefería tener más espacio para examinar mejor aquella marca y el uniforme era una pieza entera. Cuando volvió, Scott la esperaba sentado sobre la camilla, balanceando los pies pausadamente con una nota de fastidio. Solo llevaba su ropa interior encima. Por un momento, Jean fantaseó con la idea de empujarle sobre la camilla, cortar el calzoncillo con un bisturí y hacerle el amor de modo salvaje. Enseguida desterró la idea. Scott parecía demasiado abatido, entristecido.
¿Cuánto llevaban sin acostarse? Semanas. En el mejor de los casos. La llegada de Logan había supuesto un soplo de aire fresco en el plano sexual de su relación. Scott se había vuelto atrevido e imaginativo como nunca antes, incluso más que al principio de estar juntos. Le había hecho cosas a Jean que ella jamás habría pensado posibles. Sin embargo, al marcharse la amenaza, todo había ido volviendo a su cauce. No solo porque Scott ya se sentía seguro, sino porque a Jean se le habían pasado las ganas de tanto circo. Estaba cansada de que él anduviera todo el día pensando en los nuevos trucos que le haría al llegar a la habitación.
Pensó en preguntarle si de verdad se encontraba bien, pero se dijo que sería inútil. Se sintiera bien o mal, no tenía aspecto de querer ponerse a hablar del tema. Obediente, se tumbó boca abajo en la camilla y dejó que Jean examinase la marca que el suero le había dejado en la nuca. La odiaba en esos momentos. No soportaba que le tocase como lo haría cualquier otro médico. ¿Qué le costaba hacerle una caricia o dos aparte de echarle yodo?
—Esto ya está—Scott se levantó y empezó a vestirse.
—¿Se quitará?
—Eso parece. Déjatelo tapado con la gasa que te he puesto. Mañana quítatela para ducharte y luego vienes a que te ponga una nueva. Si te pica o te escuece, dímelo y te echaré un poquito de talco, pero no te lo toques.
—Vale¿algo más?—Jean sacudió la cabeza. Scott extendió la mano y ella se la agarró—¿Subimos?
—Tengo que…
—Jean, hemos estado a punto de estirar la pata todos. ¿No crees que te mereces aunque sea un ratito de tranquilidad?—“¿O es que no quieres venir conmigo?”, pensó.
—Bueno… sí. Supongo que tienes razón. Ve subiendo y dame un par de minutos. Tengo que colocar el instrumental que he usado contigo.
“¿Instrumental?”, pensó Scott, “Una pomada, unas gotitas de yodo, unas gasas y esparadrapo. Vamos, ni una operación a corazón abierto”. Sacudió la cabeza y resopló. Jean se quedó mirándole. Le había “oído” mentalmente. Fue hasta él y le dio un casto beso en la frente. Scott se lo devolvió en forma de piquito y le hizo una pequeña caricia en el pelo.
—Te quiero, Jean.
—Yo también te quiero, Scott. Son cuatro cosas, espérame y subo contigo.
Y caminaron hasta el ascensor dejando un brazo de distancia.