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: B s . A A A    : full 3/4 1/2   : E E   : Light Dark Movies » X-Men: The Movie » La cajita de cenizas

SpAnIsH-lItTlE-gIrL
Author of 53 Stories

Rated: T - Spanish - Angst/Romance - Cyclops & Jean G. - Reviews: 12 - Updated: 01-22-07 - Published: 09-04-06 - Complete - id:3138819

Último capítulo. Puestos a dedicárselo a alguien, se lo dedicaré a Sara Kovac porque ella lo vale ;-)


23.

Jean llegó a un lugar recóndito, muy al norte. Un lugar donde incluso en aquella época hacía frío. Se trataba de una llanura enorme cuajada de lagos y completamente deshabitada. Con su mente, se encargó de alejar a las criaturas que moraban en aquel lugar. Necesitaba estar a solas, que nadie ni nada los molestase.

—Ya estamos a salvo, mi amor—susurró.

Con mucho cuidado, caminó llevando a Scott en brazos hasta la orilla de uno de aquellos pequeños lagos. Le tumbó suavemente sobre el terreno y observó sus rasgos. Allí no habría noche. Podría seguir mirándole a la luz del sol cuanto quisiera. Tenían todo el tiempo del mundo para ellos dos solos.

Scott vestía una camisa de color azul claro que ella le había regalado hacía un par de años. Estaba rota y sucia de sangre seca. Se sentó a su lado y empezó a desabrocharla. Le costó quitársela sin romperle nada más. Empezaba a quedarse tieso por el rigor mortis. Eso le hizo darse cuenta del tiempo que había estado volando. No había sido consciente hasta entonces, solo sabía que quería marcharse, ir a un lugar seguro donde tener tranquilidad.

En vista de que no conseguiría desnudarle sin dañar más su maltrecho cuerpo, Jean desintegró toda la ropa. Así pudo ver con más claridad los destrozos en el cadáver de Scott. Estaba literalmente arrasado por dentro. Los órganos y vasos habían reventado por los golpes y el aplastamiento. Los huesos se habían roto por varios sitios, convirtiéndose en un montón de astillas. Mirándole, se dio cuenta de lo afortunada que había sido: Scott había logrado aguantar unos segundos preciosos para despedirse antes de morir.

—Has sido muy valiente, estoy orgullosa de ti.

Hizo un cuenco con sus manos y tomó un poco de agua del lago. Antes de llegar a tocarle con ella, la calentaba para que no estuviera fría. Después, le frotaba con ella para lavarle las heridas. Quería que estuviera presentable, que tuviera el mejor aspecto posible. No iba a ser fácil, dada la gran cantidad de heridas abiertas, pero al menos quedaría limpio.

Después de eso, fue colocándole los huesos que tenía dislocados y las fracturas abiertas. Era un trabajo delicado, así que utilizaba sus poderes en vez de realizarlo a mano. Por cada chasquido, le pedía perdón. No quería que sufriera, pero todo aquello era necesario. Quería que quedase perfecto, que fuera el mismo de siempre.

—¿Sabes que te quiero? Siempre te he querido. Nunca te lo había dicho porque no quería que pensases que estoy loca, pero me gustaste desde la primera vez que te vi. Solo eras un niño y yo ya era una mujer, pero eras tan guapo y tan maduro. Qué carita de susto tenías cuando te trajimos¿te acuerdas? Casi no te atrevías a comer el plato que te pusimos delante. Cuando probaste un poco, el hambre te vino de pronto y lo devoraste todo. Jamás olvidaré lo suave que tenías la cara cuando te vendé los ojos ni el susurro con el que nos diste las gracias. Siento no habértelo dicho antes, que no lo supieras hasta ahora.

Le abrazó con fuerza y acarició su cuerpo frío y rígido como si fuera algo precioso. Volvió a tumbarlo en el suelo y comenzó a darle besos por toda la piel. Ya no olía exactamente como él, sino a una mezcla extraña de asfalto, sangre coagulada, sudor y muerte. Aun así, poco le importaba. Seguía estando a su lado, todavía tenía tiempo para disfrutar con su compañía antes de que se estropease.

Lo observó durante un largo rato sin atreverse a hacer nada más que mirarle. A pesar de todo, seguía resultando tan atractivo. Se había ido en paz, contento con su vida. Habían ganado un tiempo precioso tras el lago Alkali. Scott le había perdonado todo, era un santo. Pronto serían padres, la vida emergiendo a pesar de todo. De no haber sido por esa maldita rigidez, le habría agarrado la mano y la habría pasado por su vientre para que sintiera dónde tenía el pequeño embrión que se convertiría en su hijo.

Se preguntó si les estarían buscando. Sabía que la respuesta sería casi con toda seguridad afirmativa. ¿Se habrían enterado ya de lo sucedido? Ni siquiera se había dado cuenta de borrar sus huellas, de eliminar sus recuerdos de la mente de los implicados. Estaba demasiado ocupada llevándose de allí a Scott, quitándole ese maldito camión de encima. No pensaba permitir que le metieran en una cajita de plástico para luego llevárselo a un congelador de donde lo sacarían para abrirlo como si fuera un animal listo para consumir en la carnicería. No merecía un trato tan truculento. Merecía respeto.

—¿Tienes frío? No te preocupes, mi amor, yo te daré calor. ¿Te apetece que entremos en algún sitio? Ya sé, vamos a por una cabañita con chimenea. Ven conmigo, la escogeremos juntos.

Tomó a Scott en brazos como si fuera un bebé grande y remontó el vuelo. Se desplazaba a gran velocidad, como cuando había acudido al lugar del accidente. Buscaba algún comercio de cabañas prefabricadas. Conseguiría una y se la llevaría a su pequeño escondite. Allí podría cuidar mejor de Scott sin que se ensuciara de tierra o los bichos intentaran nada con su cuerpo.

Finalmente, seleccionó una pequeñita con chimenea y una sala diáfana como única habitación. También se llevó algo de mobiliario de una tienda de muebles cercana: mesa, sillas, cama de matrimonio y otros utensilios que pensó que le harían falta. Por último, se llevó ropa de cama, una almohada y prendas para Scott. No estaba bien que tuviera que ir por ahí desnudo. A su debido tiempo, le vestiría. De momento no podía. Su cuerpo estaba cada vez más rígido.

Dejó la cabaña en el suelo y metió todas las cosas dentro. Hizo la cama y colocó a Scott sobre ella. Le arropó hasta la barbilla y le dio un beso en la frente. Tenía que dejarle solo un momentito para ir a por leña. Sin embargo, mantendría su mente bien abierta. Si algo o alguien osaba acercarse a pesar de sus precauciones por impedirlo, le destrozaría. No pensaba permitir que nadie hiciese daño a Scott. Era solo para ella.

Regresó con una pila de leños y un montón de agua que traía del río. Metió un par de leños en la chimenea y los hizo arder. Acercó el recipiente con agua al fuego y dejó que se calentase un poco. La temperatura dentro de la cabaña era de lo más agradable, seguro que Scott la agradecía. Mientras aquello se calentaba, fue hasta la cama y le comunicó que había vuelto y que no pensaba volver a dejarle solo si podía evitarlo.

Llegaba la hora de la verdad. Retiró la ropa de cama y le acarició el pecho. Le besó por última vez y le pidió disculpas. Sabía que iba a hacerle algo horrible, pero era necesario. No podía dejar las cosas así. Por eso, en sus dedos crecieron unas uñas afiladas, casi como garras de ave. Las clavó en el pecho de Scott y le desgarró de arriba abajo para abrirle como si fuera a hacerle una autopsia.

Con mucho cuidado, fue sacándole los órganos del cuerpo. Los lavaba en agua caliente, examinaba sus daños y los colocaba en fila sobre la mesa. La mayor parte estaban destrozados por el brutal accidente. Scott tenía tantas lesiones incompatibles con la vida dentro de su cuerpo. Era un auténtico milagro que le hubiera ganado esos segundos preciosos a la muerte. Esos segundos preciosos por los que Jean siempre le estaría agradecida.

Cuando ya le hubo sacado todo, incluso el cerebro, observó lo que quedaba, las lesiones que tenía el cuerpo. Con mucha minuciosidad, lo examinó milímetro a milímetro en busca hasta del último capilar dañado. No podía olvidarse de nada. Una vez revisados todos los conductos, se dedicó a los huesos y músculos. Tenía que hacer una evaluación completa, necesitaba comprender todo aquello.

Ya había terminado su revisión exhaustiva. Ahora ya lo sabía todo, no había nada en ese cuerpo que hubiera escapado a su detallado examen. Tomó la mano de Scott y le besó el dorso. Sin más dilación, comenzó la siguiente fase precisamente por allí: había una herida en la palma. Reconstruyó los vasos y convirtió aquella sangre seca en sangre líquida.

Reparó todos los huesos y vasos salvo los que no podía arreglar hasta que estuviera completamente cerrado. Le sacó la sangre y la dejó levitando como una masa amorfa por la habitación. Necesitaría robar unas bolsas en algún hospital, aquella cantidad era demasiado poca, pero tenía más de la que habría esperado en un principio. La mayor parte de las hemorragias habían sido internas, así que pudo recuperar mucha de las cavidades torácica y abdominal.

Arreglados todos los daños por allí, fue dedicándose uno por uno a los órganos. Algunos estaban tan dañados que tuvo que rehacerlos con sus conocimientos de anatomía. Era una auténtica suerte ser médico. Se preguntaba cómo había logrado sacarlos sin que se le deshicieran por completo, pero le daba lo mismo. Iba por el buen camino y unos órganos rotos solo supondrían un poquito más de trabajo.

Estaba listo. Había metido todos los órganos en su sitio y cerrado todas las lesiones. Incluso se había tomado la libertad de peinarle y quitarle esa barbita de un par de días que le había dado la manía de dejarse. No le gustaba para nada, por mucho que él estuviera empeñado en que quedaba bien.

Ahora, tenía que darse prisa. Había que impedir que el cuerpo se siguiera deteriorando. Para eso, lo sacó de la casa. Con telequinesis, acercó un bloque de hielo de un glaciar que había visto bastante más arriba mientras revoloteaba en busca de un lugar seguro. Abrió un hueco en el bloque y enterró el cadáver en el hielo. Le tiró un beso, tapó el agujero y se marchó. Necesitaba sangre urgentemente.

El cuerpo estaba congelado cuando Jean lo sacó del hielo. Devolvió el bloque de hielo a su lugar de origen como quien tira un papel al suelo y regresó a la cabaña con el cadáver. Llevaba bolsas de sangre y sueros para nutrir el cuerpo. Tomó la sangre que le había sacado, la unió con la de las bolsas y también le metió los sueros. Entonces, reinició la actividad del cuerpo.

Aquel era de nuevo el cuerpo del mismo Scott de siempre. Todas las funciones básicas para el mantenimiento de la vida se habían restaurado. Sin embargo, faltaba la dimensión mental. Ese cuyo corazón latía y cuyos pulmones se hinchaban y deshinchaban rítmicamente no era nadie. No había nada en su cabeza, era un vegetal sin conciencia.

Faltaba el alma, esa especie de componente casi místico que diferencia al ser humano de las piedras. Jean había conseguido arrancar el alma de Scott de las garras de la muerte. Lo había logrado gracias a los segundos extra de vida que Scott había aguantado. Al llegar al lugar del accidente, vio cómo se le escapaba. Sin embargo, la atrapó justo a tiempo. Scott no se había marchado. Solamente necesitaba reparar su cuerpo y volverían a estar juntos como si nada hubiera ocurrido.

Se desnudó y se tumbó a su lado en la cama. Arropó ambos cuerpos, le besó y le acarició. Parecía plácidamente dormido. Se acostó en su pecho y se concentró. Si dejaba suelta el alma, huiría y todo habría sido en vano. Necesitaba encerrarla en el cuerpo. Con cuidado, intervino con su mente en los sistemas más básicos de la vida de aquel ser que volvería a ser Scott. Se hizo con el control y liberó allí la mente. Se ajustó a la perfección. Ahora sí, Scott dormía. Y ella también necesitaba descansar. Suspiró y cerró los ojos.

Despertó notando la luz del sol dándole en la cara. Entreabrió los ojos y vio cómo penetraba a través de una ventana. ¿Dónde demonios estaban? Aquello parecía una cabañita de madera. En la pequeña chimenea había cenizas de lo que había sido un fuego extinguido hacía ya rato. Sobre la única mesa, un cacharro lleno de un líquido rojizo.

Estaba tumbado en una cama. Jean dormía apaciblemente yaciendo sobre él. ¿Qué había ocurrido? Lo último que recordaba era estar a punto de empotrarse contra un todoterreno por culpa de un camión. Pensándolo con detenimiento, había algo más, otro recuerdo después de ese. Hablaba con Jean. Había logrado decirle adiós, despedirse de ella.

En cambio, ahora estaba de una pieza. Se sentía estupendamente, mejor de lo que recordaba haberse sentido en años. ¿Qué significaba todo aquello? Por lo pronto, se le ocurría que los dos estaban muertos. Tal vez Jean se había matado por su culpa, aunque… No, aquello era imposible. Jean estaba embarazada. ¿Es que iba a ser capaz de matar a su hijo solo porque ya no tenía padre? Le parecía inconcebible. Jean probablemente sabía que él habría querido que lo tuviera a pesar de todo. ¿Qué le había conducido a no respetar su voluntad?

Jean se estaba despertando. Le acarició el pelo y el rostro y se encontró con una preciosa sonrisa en cuanto abrió los ojos. Estaba guapísima aquella mañana. No sabía qué era exactamente, pero la notaba distinta, más llena de vida.

Sin ni siquiera darle tiempo a desearle los buenos días, Jean le besó en los labios. Ahora sí que sabía y olía a Scott. Parecía que todo había funcionado. Se sentó a horcajadas sobre su abdomen y le observó. La miraba con una mezcla de curiosidad y amor que le encantaba.

—Buenos días, mi amor¿cómo te encuentras?

—Pues… bien, supongo. Jean¿qué he pasado? Iba a tener un accidente, es lo último de lo que estoy seguro. Luego, creo que hablé contigo o eso me parece recordar.

—¿Y qué te dije?

—Que aguantase, que tenía que esperar a que vinieras conmigo. Que no me rindiese. ¿Fue una alucinación mía porque me estaba muriendo?

—No, claro que no. Ocurrió de verdad. Quería saber cuánto te faltaba para volver a casa y lo vi todo en tu mente.

—Entonces¿estamos los dos muertos?

—¿Muertos¿Por qué dices eso?

—Bueno, tú misma has dicho que tuve un accidente¿no?

—Sí. Tuviste un accidente. Tu cuerpo se quedó destrozado, te tuve que sacar de debajo de un camión. Luego te traje aquí, te arreglé enterito y me quedé dormida a tu lado.

—¿Qué¿Me has resucitado o algo así?

—O algo así. Te encontré justo a tiempo para lograr que no te fueras.

—Pero¿cómo lo hiciste?

—Tranquilo. Anda, relájate un poco, ya te lo explicaré todo.

—Pero…

No dejó que siguiera protestando. Le besó en los labios y le calló dibujándole formas caprichosas con su boca y sus manos por todo el cuerpo. No le apetecía contarle la jugada con todo lujo de detalles. Al menos no en aquel momento. Tenía cosas más importantes que hacer. Lo primero fue buscar a Charles. Estaba despierto, llevaba horas buscándola en Cerebro. Le avisó de que ambos estaban en perfectas condiciones y sintió su alivio. Volverían, pero todavía no. Era demasiado temprano como para hacer nada. Lo mejor era quedarse donde estaban y buscar algo interesante para entretenerse. No tenía que pensarlo mucho, se le ocurrían algunas ideas de lo más atractivas.



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