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: B s . A A A    : full 3/4 1/2   : E E   : Light Dark Anime/Manga » Card Captor Sakura » Nuestra Historia

ChoCoLaTe-CoN-MeNTa
Author of 10 Stories

Rated: T - Spanish - Romance/Adventure - Sakura K. & Syaoran L. - Reviews: 86 - Updated: 12-09-06 - Published: 10-15-06 - Complete - id:3199333

Nuestra historia”

Capítulo 1: “Sakura Kinomoto y la vida”

Carfax era como mi segundo hogar. Aquella ciudad portuaria de la Inglaterra del XIX había sido el destino de nuestra familia hacía ya bastantes años, y pese a que yo odiara todo aquello, no puedo negar que estaba acostumbrada. Las casas altas, de varios pisos, iban desde las más antiguas y descuidadas hasta la cumbre de los lujos. Depende de la esquina a donde miraras, podrías encontrarte a un niño vestido con harapos o a una multitud de sirvientes atendiendo a sus sebosos amos, que no se molestaban en levantarse de sus asientos para nada.

Mis padres nos trajeron a mi hermano Touya y a mí de Japón. Consiguieron viajar mediante barcos y otros medios hasta aquí, pues huíamos de la hambruna que nuestra familia soportaba. Cuando llegamos a esta ciudad, nos recibió un tío de mi madre, un hombre rollizo y de piel sonrosada que a mí me desagradó al instante. Recuerdo que le odié desde el primer momento, y que deseaba borrarle esa estúpida sonrisa que tenía en la cara de un puñetazo. Pero no, debía portarme bien. Mis padres, mi hermano y yo debíamos estarles agradecidos, pues gracias a él conseguimos viajar. Él fue quien nos dio el dinero y todos los medios que estuvieron a su alcance, y mis padres le rendían pleitesía por ello. Decían que era un hombre muy generoso.

Yo, en cambio, sabía la verdad. Su falta de honestidad y la descarada forma en que devoraba con los ojos a mi madre me hicieron pensar que aquella no era la razón, exactamente. Estaba enamorado de ella, o terriblemente obsesionado, en su defecto.

Por supuesto, mi tío nos recibió en su enorme casa, repleta de criados y gente de alta alcurnia, como la llamaban. Mi poca educación contrastaba enormemente con aquel ambiente. Yo nunca había podido ir a la escuela, de modo que mis conocimientos, a mis ocho años de edad, eran más bien escasos. Debo decir a favor de mi tío que, pese a todo, le estoy agradecida porque allí pude aprender a leer, escribir, y me volví adicta a los libros de la enorme biblioteca que poseía —y como él nunca los tocaba, yo no tuve jamás ningún problema—. Podría decir que no me sentía del todo a gusto en su casa, pues detestaba a la gente que había en ella, pero me consolaba el hecho de que tenía mis novelas, mis libros de mitología, y todas esas historias en las que podía perderme para escapar de la realidad. Mi vida era algo triste, pero se soportaba.

Según los demás, yo siempre fui una niña bastante dulce y agradable de tratar. Puede que fuera así, lo acepto, pues era bastante ingenua en algunas cosas. Era curioso que con mi tío no hubiera pasado lo mismo. Jamás había odiado tanto a alguien desde un primer momento. Puede que eso se debiera a que algo en mi interior me alertaba que debía tener cuidado. Cuando Nadeshiko, mi madre, falleció, mis sospechas se vieron confirmadas. Nunca supe si su muerte se debió a la enfermedad que venía arrastrando desde Japón o a la paliza que ese sinvergüenza le propició cuando ella rehusó a acostarse con él. Claro que de eso último me enteré cuando leí el diario de mi madre, algo que ella quiso dejarme a mí. Lloré su muerte durante interminables noches, y juré en silencio vengarme algún día. Y es que a mis doce años, yo era demasiado soñadora. La vida me enseñó que no siempre se puede conseguir lo que uno quiere, y él acabó muriendo antes de que yo pudiera hacer nada. El muy hijo de perra se suicidó ahorcándose en el sótano. Cuando lo encontraron, maldije una y mil veces mi mala suerte. Ahora le había fallado a mi madre muerta, a mi padre y a mi hermano, pues consideraba que ellos también eran víctimas de lo ocurrido. La casa quedó a cargo de su esposa, una mujer con la que yo me relacionaba demasiado poco, pero que nos permitió quedarnos a vivir allí.

Supongo que fue a raíz de todo aquello cuando mi carácter cambió, o se acentuó mi mal genio y misantropía, al menos. Me volví aun más cerrada que antes, y mi escasa vida social se redujo a la nada. Solamente hablaba con Touya y con mi padre de vez en cuando. Ellos eran los únicos que me entendían.

Por desgracia, mi padre también falleció algunos años después, en un accidente en la fábrica donde trabajaba. Una de las máquinas explotó y todo voló por los aires. A mis quince años, Touya se fue de vuelta a Japón. Le rogué que me llevara con él, pero se negó, pues era muy peligroso y ni siquiera él sabía de qué forma iba a llegar. Yo me resigné a quedarme en Carfax…, claro que no volví a dirigirle la palabra a mi hermano por no querer llevarme. Sabía que tenía razón, pero mi terquedad y enfado eran demasiados como para poder pensar con claridad y tragarme mi orgullo. No volví a saber de él durante todos esos años.

En resumidas cuentas, me quedé completamente sola en plena adolescencia. Sola, porque los demás habitantes de la casa no eran más que fantasmas para mí.

Como podéis ver, mi vida no fue color de rosa. Fue una vida como la de la mayoría de la gente: quien más y quien menos, todos sufrimos horribles pérdidas y fracasos; en ello consiste nuestra travesía, sumado a algún que otro momento de felicidad fugaz que le da algo de sentido a todo…, o al menos nos engañamos creyendo que es así.

Y ahora, a mis dieciocho años, las cosas no habían cambiado tanto. Seguía siendo la misma de siempre, y viviendo en el mismo sitio de siempre. Con el tiempo había aprendido a volver a relacionarme un poco más con la gente de mi entorno, por pura comodidad. ¿No sabéis, acaso, lo incómodo que resulta convivir con personas que no te soportan? Era mejor guardarse las antipatías para uno mismo y que todo pareciera ir bien. La vida me había enseñado que fingir era un arma muy útil, lamentablemente. Supongo que eso me hacía igual de detestable que todos los demás.

Iba caminando por las viejas calles de la bahía e hice un gesto de fastidio al encontrarme unas caras conocidas. Qué desagradable sorpresa…

—¡Sakura! —oí llamarme a la chica de cabello castaño rojizo, Rika Sasaki—. ¡Cuánto tiempo! No te he visto desde que acabaste tus estudios. ¿Qué tal estás?

Yo sonreí, aunque quiero largarme de allí y dar todo por terminado cuanto antes.

—Bien —respondí con sequedad, a lo que las tres presentes ríen de forma estúpida.

—¡Tú siempre tan expresiva! —Ahora era Naoko quien hablaba. A pesar del aspecto intelectual que la acompaña, la conocía lo suficiente como para saber que lo suyo no pasaba de la apariencia. Decía saber mucho, pero no era así. Uno de mis pasatiempos favoritos era hacerla quedar mal con preguntas extrañas que yo sí sabría responder y ella no. Era cruel, pero divertido.

—Ese vestido te queda de maravilla, combina a la perfección con tus ojos. —Chiharu hizo una mueca de falsa admiración, que supongo pensaría que era muy creíble. Yo eché un vistazo rápido a mi vestido verde. Ciertamente, era del mismo color que mis ojos…, los mismos ojos de mi madre. Ella era muy hermosa, y yo, modestia aparte, heredé muchos de sus rasgos, algo que papá siempre me recordaba y que me enorgullece.

—Gracias —le dije—. A ti también te queda muy bien tu vestido…; hace juego con tu…, ehm…, con tus ojos. —Vale, mi comentario fue algo estúpido, si tenemos en cuenta que sus ojos eran marrones y el vestido violeta. Por suerte, ellas tomaron mi despiste como si yo pretendiera hacerme la graciosa.

—Oye —dijo de repente Naoko en un tono personal—, me he enterado de que estás comprometida con el hijo del señor Smith. —Yo creo que hice una mueca de asco—. ¿Me he equivocado? Te juro que es lo que me dijeron…

—No, no te equivocas. Jonathan me ha pedido matrimonio.

—¡Es fantástico! —Hipócrita, llevaba enamorada de él desde que la conocí… Si tuviera valor suficiente para decírselo, yo tendría la excusa perfecta para librarme de toda esa tontería. Siempre podría decir que lo hice por ella.

—Además —agregó Rika—, cuando herede la empresa de su padre, será uno de los hombres más ricos y poderosos de Carfax. —Vaya, era muy lista. ¿Por qué creía que me casaría con él? Lo detestaba, pero no tenía ganas de que mi futuro colgase de un hilo. Siempre podría vivir con él sin hacerle ningún caso.

—¡Rika, no digas eso! —reprochó Chiharu—. Es como si insinuaras que Sakura va tras el dinero.

—¡Oh, lo siento! No quise decir eso, no me malinterpretes… —Ya.

—Bueno, tengo que irme. —La verdad es que no me apetecía nada seguir con esta estúpida charla, y seguro que a ellas tampoco.

—Es una pena, pero debes estar ocupada. —Cualquier tontería era mejor que eso.

—Sí. Bastante ocupada.

—Nos vemos en otra ocasión, entonces. Pásate por mi casa a tomar el té y charlar un rato cuando quieras —sugirió Rika. Ilusa.

—Claro.

Las tres se despidieron de mí con un “hasta luego”, que yo respondí, más o menos, de la misma manera. Me alejo lo más rápido que puedo de allí, pues temo que se arrepientan de haberse marchado y empiecen de nuevo con sus preguntitas. Ya es suficiente con que me hayan recordado que acepté casarme con ese imbécil. Veréis, Jonathan es el hijo de uno de los hombres más ricos de aquí, y nos conocimos por casualidad, en una de las fiestas que se celebró en mi casa en conmemoración del cumpleaños de mi tía. Al parecer, se enamoró de mí, y meses después me pidió que contrajéramos matrimonio en un futuro. Acepté, finalmente, por el motivo que mencioné antes. Prácticamente no nos veíamos: él se iba de viaje de negocios y yo me quedaba. Todo iba bien, siempre y cuando yo no le viera la cara. Cuando eso ocurría, a duras penas podía controlar el asco que me daba.

En fin, debía resignarme si quería conseguir vivir cómodamente y seguir aislada de todo. Siempre hay que pagar un precio por lo que uno quiere.

Aquella vez, como solía pasarme siempre que me enfrascaba demasiado en mis pensamientos, mis pasos me dirigieron a cualquier sitio. Cuando reaccioné, vi que me encontraba en el corazón del puerto. Bueno, ahora que estaba allí, no perdía nada por caminar un rato. No estaba realmente ocupada con nada y tampoco me apetecía volver tan temprano a casa.

Las calles de piedra morían bajo mis pies, y yo me entretenía observando a los pescadores trabajar. Algunos arrastraban redes desde el agua hasta la superficie, ayudados de sus fuertes brazos, fruto de nada más y nada menos que la ardua tarea diaria que su oficio suponía. Había también algunas personas que se dedicaban a pasear, al igual que yo, y mirar desde sus cómodas posiciones el esfuerzo ajeno. Odiaba ser tan como ellos.

De pronto, un enorme barco captó toda mi atención. Normalmente, a nuestro puerto sólo llegaban pequeñas embarcaciones pesqueras, y de vez en cuando alguna que transportaba mercancías. Ninguna era tan grande y hermosa como la que tenía frente a mí: un majestuoso barco de madera lustrosa que flotaba sobre las aguas. Sus mástiles sostenían velas replegadas, y los hombres que andaban por la borda lucían despreocupados y divertidos. Fruncí el ceño. A juzgar por su aspecto, lo más seguro era que se tratara de piratas. En los últimos años, otros pueblos y ciudades vecinas habían sufrido esa plaga. ¿Venían a saquear Carfax ahora? Maldita sea…

Me acerqué al barco con cautela y lo rodeé. Escudriñé a la tripulación sin que ellos me vieran y me felicité en silencio por pasar tan desapercibida. Estuve un rato viéndoles beber ron y reírse de quién sabe qué, hasta que una voz que sonó a mi espalda me sobresaltó de tal manera que di un respingo y por poco grito.

—¿Qué hace?

Yo me giré al oír aquel tono grave y desconfiado. Mis ojos se toparon con unas pupilas brillantes y del color del ámbar oscuro, que me miraban con recelo. Era un hombre de cabello color chocolate y de aspecto bastante aliñado, pese a que llevaba varios botones de la camisa desabrochados y el pelo revuelto. A través de la fina tela, pude distinguir lo bien formado que estaba su físico. Mi corazón empezó a latir a una velocidad desmesurada. No supe si fue por la sorpresa, por el miedo que me entró al ver sus ojos, o por lo asombrada que me habían dejado. Era una extraña situación.

—¿Yo…? Nada. Estaba mirando el barco. Es una nave muy hermosa.

—Pues gracias —dijo el muchacho con simpleza y encogiéndose de hombros. Parecía tener mi edad o un poco más.

—¿Cómo que gracias?

—Ese barco es mío. Yo soy su capitán, señora.

A mí me ofendió su tono descarado, aunque supongo que lo que más me molestó fue la última palabra.

—Es señorita —le corregí. Él sonrió burlonamente—. Es usted un maleducado. Si tuviera usted una mínima educación, no se habría burlado de una dama. —Me estaba exasperando, realmente.

—¿Una dama¿Dónde? Yo no veo ninguna. —He de suponer que notó mi expresión de enfado. Yo estaba haciendo un gran esfuerzo por no darle un puñetazo, y él seguía mofándose con los gestos en su cara como herramienta—. Ah, se refería a usted…

—¡Desvergonzado! —Mi escasísima paciencia llegó a su límite y mi mano buscó su rostro, en un intento desesperado de borrarle esa sonrisita burlona de un golpe. Sin embargo, su fuerte mano capturó mi muñeca en un rápido movimiento que me dejó sin habla. Él no estaba ejerciendo presión, pero me tenía bien sujeta.

—¿De verdad cree que soy un desvergonzado? —me preguntó. Su mirada era intensa, tanto que sentí flaquear mis piernas en un momento de debilidad. ¿Qué me estaba ocurriendo?

—¡Sí!

Su respuesta me tomó completamente desprevenida. Apenas hube acabado de afirmar, me jaló bruscamente hacia sí y apretó su boca contra la mía. Una de sus manos seguía sujetando mi muñeca, mientras la otra me apresaba por la cintura. Fue un beso corto, ninguno de los dos se movió. Cuando mi cerebro procesó la información y me di cuenta de lo que ocurría, me separé de él al instante, apartándolo de un empujón.

—¿Qué demonios hace! —grité yo.

—Comportarme como un desvergonzado —respondió él, burlonamente.

Vale, la cosa se estaba poniendo complicada. De repente, aquel sujeto había aparecido y tirado por los suelos todas mis tácticas de ataque, mi seguridad y mi razonamiento. Mi mente estaba en blanco. No sabía cómo reaccionar. Jamás nadie había logrado eso en mí. Yo no dije nada más, y por un momento sólo nos miramos a los ojos. Después de un rato, él rompió el silencio.

—Ha sido un mal comienzo, señorita —Hizo mucho énfasis en la última palabra, algo que me habría hecho reír en otra situación, de no ser porque mi orgullo había sido pisoteado de la forma más cruel—. Soy Xiao Lang Li.

Me tendió la mano y yo lo miré. Después, miré su mano. Bueno, a juzgar por sus rasgos, ya me había dado cuenta de que era oriental. Ahora sabía que era chino, gracias a su nombre. Mi mente caviló unos instantes, hasta que recordé un comentario que había escuchado decir a mi tía algunos meses atrás. Hablaba con una de las descerebradas de sus sobrinas acerca de los ataques de piratas.

—Según he oído —decía ella—, las costas están siendo atacadas por períodos irregulares de tiempo a manos de piratas chinos. Estos orientales asquerosos no hacen más que traernos problemas. —Ella le dio un sorbo a su copa de vino tinto y yo me tragué la rabia. Sabía que, en parte, ese comentario había ido dirigido a mi familia y a mí—. Están a manos de un tipejo… ¿Cómo era su nombre…¡Ah, sí! Li, Xiao Lang Li, creo que era.

Mi prima hizo una exagerada mueca de preocupación y luego, decidida a dejar más en evidencia su idiotez, habló con la voz chillona que poseía.

—¡Oh, por Dios¡Qué asco¿Y si esos piratas llegan a Carfax para robarnos¡Podrían entrar en nuestra casa en cualquier momento…!

—No creo que les interese Carfax. Nuestra ciudad es más pobre que otras, de modo que no perderían el tiempo aquí. No obstante, tendremos que ser igualmente cuidadosos. Ese pirata Li, a sus dieciocho o diecinueve años, es el más temido por la Corona. Ha robado innumerables fortunas, y no consiguen atraparlo. Es un pirata sanguinario y despiadado. El peor que ha conocido Inglaterra en mucho tiempo.

Xiao Lang Li…

¿El muchacho increíblemente apuesto que tenía frente a mi propia cara no era otro que el pirata sanguinario y despiadado del que hablaba mi tía¿Cómo era posible? Visto de cerca, pese a su actitud altiva y descortés, no parecía peligroso. Parecía un joven normal y corriente, que se estaba presentando en ese mismo momento, que había mantenido una breve conversación conmigo y… que me había besado.

Tenía que recobrar el control sobre mí.

Sentí un poco de miedo, pero jamás lo demostraría. Dejé su presentación en el aire y me di la vuelta, para luego comenzar a caminar en dirección opuesta a donde él estaba. Notaba su mirada clavándose en mi nuca, pero no podía mirar atrás. Tenía que parecer que me era por completo indiferente, pese a que yo sabía que no era así. Tenía que parecer que yo era más fuerte y podía con aquello.

Cuando llegué a lo alto de la calle y me di la vuelta, lo suficientemente lejos como para permanecer tranquila, lo encontré parado en el mismo sitio, mirándome. Estaba sonriendo y no se había movido un ápice. Yo sentí mi cara arder, y lo atañé al nerviosismo que me produjo aquel encuentro. Volví a girarme y emprendí el camino a casa.

Estaba asustada, estaba histérica, no podía pensar y lo único que se me ocurría era andar y andar, esperando llegar a algún sitio. Un simple muchachito desvergonzado había conseguido derrotarme, algo que jamás me había ocurrido. Había conseguido nublar mi astucia y desconcertarme; volverme loca. ¿Cómo era posible¡Nunca, en toda mi vida, pese a todas las situaciones horribles que había pasado, me ocurrió algo igual! Y lo peor era que no podía parar de pensar en ello…

De repente, supe que ya nada volvería a ser como antes.

Notas de la autora: Hola! Bueno, soy nueva en esto de escribir fan fics y este es el primero que publico. Espero con ansias sus respuestas para saber qué les parece... La historia ya la tengo acabada, así que no dejaré de publicar en ningún momento y lo más probable es que suba un capítulo por semana...

Dejen reviews, please!

Carmilla



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