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-Décimo Capitulo.-
-Yoh Asakura.-
Sentado en la mesa, sorbiendo tazas de té, me mira y sonríe, lleno de hipocresía. Cabello castaño, ojos brunos, piel suave, manos aterciopeladas. ¿Cuánto podía cambiar la gente¿Cuan profunda debía ser una mentira, para empezar a creérsela? Eran buenas preguntas y él puede contestarles; pues su grácil cuerpo, envuelto en terciopelo, supo nacer en una familia pobre, que no lo deseaba.
Enarcando las cejas, forja esa expresión de hastío, que siempre curva cuando yo estoy presente.
Vuelve a mirarme, con simpleza como si estuviese sentado, frente a un animal o un ser incivilizado.
Me da asco, mucho asco. A mi desgracia, es su mejor amigo y debo soportar sus visitas. Lo que Horokeu no sabe, lo que todo el mundo de las finanzas ignora, es que el famoso Yoh Oyamada, le debe todo a Onida. Yoh Oyamada, Yoh Asakura, hermano gemelo de Hao, cuenta con una suerte incalculable. Mujeres, dinero, padres, casa, mi novio ¿Qué más podría pedir, ese mal nacido?
Calándose guantes blancos, acaricia el borde de la mesa y tiembla al ver una pila de polvo acumulada. Sonriendo mentalmente, pienso que alguien debería avisarle, qué quién quiera matarlo, no lo hará aspirar mugre.
–¡Vaya!– exclama, limpiándose las manos. –La casa esta desordenada. –
Ahogando una risilla sátira, encojo mis hombros y lo miro punzante.
–No creo que hayas venido para eso, Oyamada. –
Asentando la taza, curva un mohín lascivo.
–Vine a ver a Horokeu, supongo que salió de viaje, en fin. – lamenta. –No sé porque me tratas mal, Horo, tú y yo éramos buenos amigos de niños. –
Inexpresivo, meneo la cabeza de un lado al otro, intentando dar crédito a lo oído.
–Yo nunca fui tu amigo. – farfullo. –Horo lo era. Me invitaba a jugar y era bueno conmigo. – moviéndome incómodo, cruzo las piernas. –Tú siempre me hacías jugarretas, casi pierdo mi trabajo. – sonreí gélido. –Es admirable ver como un salido de Onida, puede comerse a sus propios hermanos. –
Siento la mesa tambalearse, los dedos de Yoh bailan nerviosos.
–No quiero hablar de eso. – poniéndose de pie, intenta marcharse
Sé que su niñez lo molesta.
–Es una pena, yo sí. – crepito deteniéndolo.
Pero vengar los recuerdos de mis amigos, llega a ser tan dulce que no puedo detenerme.
Horokeu, me abraza por detrás y murmura un bien hecho.
"Invierno, Verano, Primavera y Otoño ¿Cuántos meses habían pasado? Demasiados, pero la felicidad colmaba mi vida.
Los desayunos en Onida, variaban entre el potaje quemado y la sémola podrida. En el almuerzo o en la cena, se servían panes y guisados aguosos.
El trato podía ser bueno o malo, los castigos crueles. Quedarse parado toda la tarde, ser golpeado, limpiar el comedor, trapear todas las aulas, eran los preferidos de los profesores. Al ser un internado mixto, a veces, los alumnos mayores (de entre quince y diecisiete años) eran padres. Esto era una terrible falta al reglamento, que ameritaba la sanción y posible expulsión. Ningún niño nacía sano. Los bebés pequeños, morían en el parto y el resto sólo desaparecía.
'Han sido adoptados por buenas familias'
Contestaba Eliza, cuando se le preguntaba. Pero no le creíamos, la tierra removida en los bosques linderos al internado, revelaba una aterradora verdad.
Lenguaje y Literatura, era mi materia preferida. La dictaba Silver y resultaba bastante interesante, leer libros occidentales. A veces, nos enseñaba un poco de inglés, francés y algo de alemán. Lo que realmente era atractivo, era escucharlo narrar. Fue él, el primero en apoyarme para realizar el periódico institucional y para darme un apellido. Len Tao. Sonreía al recordadlo. Tao, en mi idioma madre, significaba camino.
Biología, resultaba interesante. Eliza era buena profesora, aunque no una de mis preferidas.
Fausto enseñaba Historia, y Sir Marco Aritmética. El resto del plantel, estaba conformado por profesores altos, bajos, rubios, morenos, cuyas características como nombres, olvidaba en el momento. De todos los maestros, el único que daba miedo era Marco. No necesitaba ser advertido por Hao, la mirada de Marco lograba petrificarme.
También tenía, muchos amigos. Los mejores eran Asakura, Kyoyama y Dihetel. Juntos, conformábamos un buen grupo, que muchas veces terminaba en problemas. La vida era difícil, pero por fin me sentía feliz.
Como todo Domingo, el ocio me gobernaba. Lyserg se había despertado temprano y Hao dormiría hasta el atardecer. Entonces, sin hacer ruido, me levanté y fui a buscarla. Entrar en los dormitorios de las chicas, suponía inteligencia, fuerza y agilidad. Ser encontrado, significaba un castigo impuesto por Marco. Cualquier cosa, podía justificar mis planes. Luego de despertarla, bajamos a comer, preparamos nuestros abrigos y salimos.
Sonreí, restregándome los ojos. Era un bello día otoñal. El cielo brillaba con algunas nubes, las hojas se tronaban castañas, el frío quemaba y la sensación detener amigos, llenaba cada recoveco de mi alma.
Escondidas, manchas, rondas, búsquedas. Con las mejillas sonrosadas, los cabellos despeinados y la ropa humedecida, nos dejamos caer en la hierba fresca. Buscando figuras en las nubes, señalamos el cielo, hasta el final de la tarde.
–Hoy ha sido muy divertido, Len– confesó sonrojándose. –Los chicos no suelen jugar, tanto, conmigo. –
Sin levantarme, la miré de soslayo.
–¿Por qué? – pregunté extrañado.
Anna se paró de un brinco, besó mi frente y empezó a correr.
–Si me alcanzas, te lo digo. – gritó perdiéndose en el horizonte.
Decidido, la seguí por un laberinto pasillos y aulas. La busqué con los ojos. Anna, había desaparecido. En lugar de sus pasos, escuché la suave risa de Lyserg y el áspero vozarrón de Marco. Llamándola hasta el cansancio, decidí marcharme a mi cuarto. En el umbral, me la encontré muerta de risa, divagando un suave:
'Perdiste'
Sorprendido, le di las buenas noches y le ofrecí llevarla hasta la sección de las niñas, pero no acepto. Aradeciendo eso, entré y (sin cambiarme) me arrojé a mi cama, encontrándome con que ya había alguien en ella.
–¿Hao? – llamé sorprendido.
Mi amigo, me ciñó de la cintura y ahogó una lágrima.
–¿Qué ocurre? – pregunté tomándolo de la barbilla.
Respirando sin vida y con los ojos ensombrecidos, dejó que dos lágrimas besaran mis manos.
–Él no quiere verme. – lloriqueó. –Sus padres, dicen que soy malo. –
Casi por instinto, lo abracé muy fuerte y le acaricié el cabello.
–No entiendo. – confesé sonrojado.
Hao se limpió las chispas de agua y sorbió por la nariz.
–Mi hermano, no quiere que lo vea, dice que soy malo. – hundió su rostro en mi almohada. –Antes de que vinieses, esta era su cama, yo lo quería mucho pero ellos no me quisieron llevar. – hipó sonrojándose. –Dijeron que yo era malo, que sólo necesitaban uno para hacerle compañía a su hijo biológico. –
Acomodando las ideas, recordé que el día de mi llegada, Hao sollozaba enmudecido. Conteniéndolo, le besé las mejillas y lo recosté en mi almohada. Aquella noche, como muchas otras, dormimos abrazos. "
Tiritando, Yoh me aparto.
–Ayer, vi a tu hermano. – murmuré. –Él no tuvo suerte, se esta pudriendo en un burdel, vendiéndose para comer. –
Horo-Horo grito algo parecido a: no le hagas daño.
–Hao no es mi hermano. – sentencio Yoh. –Mejor me voy, no quiero hablar de él. –
Recorriendo los bolsillos de mi chaqueta, logro encontrar mi musa inspiradora.
–Te he dicho que quiero hablar de él. – farfullo apuntándole en la cabeza.
Retrocediendo, Yoh se sienta intranquilo. Con los ojos en blanco, observa una y otra vez, al revolver que pretende arrancarle la vida.