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Tiempo de respuestas
Author:
Ladyzafiro PM
Elisa y Neil preparan una venganza contra Candy y sus amigos. Los chicos del hospital descubren que Candy y Terry son el Monstruo de la laguna y la Marciana. Joann descubre que Albert es en realidad el señor William Andley...CAPITULO 42 ACTUALIZADO Review
Rated: Fiction T - Spanish - Angst - Chapters: 42 - Words: 533,028 - Reviews: 222 - Favs: 12 - Follows: 6 - Updated: 06-11-07 - Published: 12-07-06 - id: 3277707
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"TIEMPO DE RESPUESTAS"

Aclaración:

Este primer capítulo se sitúa inmediatamente después del final que todos vimos en la serie, es decir, Candy se queda en el Hogar de Pony por unas semanas, sabe que Albert es el Abuelo William y que también es el "Príncipe de la Colina". Atrás han quedado Terry y Susana, donde siguen una relación juntos. Stear murió en la guerra. No alteré nada de la historia que vi por televisión hace muuchooo tiempo. Para mí quedaron inconclusos muchos puntos, entonces aquí viene mi primer capitulo, de muchos (eso espero) sobre la vida de Candy y otros nuevos personajes que espero ganen su cariño poco a poco.

Sólo les pido que me tengan paciencia entre cada actualización. Espero sus comentarios constructivos acerca de ésta verdadera novela en la que me esmeré largo tiempo.

Todos los poemas que incluiré son de mi creación, menos los personajes que todos conocemos: Terry, Candy, Susana, Annie, Archie, etc. Ya que eso le pertenece y es creación de: Kyoto Mizuki y Yumiko Igarashi.


Capítulo 1: "La travesía hacia las raíces de Candy"

Marzo de 1915

Hogar de Pony - South - Field

Indiana - Estados Unidos

La primavera: el aroma de las flores, los árboles en un suave arrullo de la brisa y el trinar de los pájaros, estaba presente en esa colina. El Hogar de Pony, un orfanato humilde, con un espacio reducido para tantos pequeños huérfanos. ¿Cuánto podía durar esa quietud entre tanta incertidumbre? La información en los diarios, los rumores que llegaban al oído de cualquiera que se detuviera a escuchar, innumerables noticias que viajaban a través de familiares cercanos, acrecentaban el temor y la inseguridad.

¿Qué tan verídico podía ser tanta crueldad y el desolador pronóstico de la muerte? La realidad que vivía una buena parte del mundo: la Guerra, que se originó tras el asesinato del Archiduque Francisco Fernando —heredero del trono del imperio Austro Húngaro— planeado por un activista serbio un 28 de junio de 1914. Desde ese antecedente se desencadenaron una serie de conflictos que originó que Austria, apoyada por Alemania, le declarara la guerra a Serbia. Se comenzó con las movilizaciones de tropas Rusas hacia la frontera Austro-Germana; y por consiguiente, que Alemania le declarara la guerra a Rusia y a Francia. En cuestión de días una de las guerras más terribles había comenzado. No existía indicios de aplacarse, todo lo contrario, en cuestión de meses la tensión se había intensificado, arrastrando a familias completas, obligándolas a buscar un refugio en tierras neutrales. Soldados que se enlistaban para ir a combatir, los aviones que tenían como misión explorar, ahora también poseían ametralladoras, dejando no sólo una estela de horror, sino de miles de muertos a su paso.

La penumbra del terror se apoderó de algunas naciones, nadie podría estar indiferente a eso, era una realidad más cercana de lo que muchos imaginaban. Este tipo de muerte era la peor, no identificaba de quien se trata; si era: mujer, padre, ciego, enfermo, niño o anciano. ¿Cuál es la razón de tanto odio? ¿Quién gana en una guerra?, era la constante pregunta de los pequeños que no comprendían lo que estaba sucediendo.

La vida seguía, en este punto del mundo, donde reinaba el amor, la protección y el cuidado de dos mujeres que se habían dedicado por entero a ese Hogar de Niños. Ellas observaban atentas y divertidas, como Candy jugaba con los chicos, que revoloteaban alrededor.

— ¿Hermana María? ¿Cree usted que Candy sea realmente feliz con las decisiones que ha tomado este último tiempo?

— ¿Eh?... ¿Usted lo dice por el Señor Albert?, Candy ya nos contó que resultó ser el Tío Abuelo William ¿Es eso? —se giró a mirar a la Señorita Pony.

— Bueno eso también es importante; pero me refería a… ¿La sonrisa que vemos en Candy refleja lo que piensa y siente cuando está sola y meditativa? —se acercó a tomar sus gafas y se sentó en la mesita de la sala —Usted y yo, la gente que la conoce, sabe que Candy no es comunicativa a la hora de expresar sus sentimientos más profundos. Creo que lo que realmente piensa ella, estará en su interior muy guardado. No me animo a abordar el tema de Terry.

Ambas recordaron el instante en que Candy llegó corriendo al Hogar de Pony, preguntando por Terry, sus ojos que reflejaban la desesperación de un corazón expectante por verlo; sin embargo el destino no siempre era justo. Él se había marchado, empapado en las vivencias que moldearon el carácter de Candy, conociendo el entorno en que se crió, pudo haberlo visto si hubiera llegado antes y el desenlace hubiese sido otro ¿Se habrían vuelto a separar?, era la pregunta que vagaba en la mente de esas dos mujeres que la observaban.

Candy estaba apoyada en el Padre árbol, en aquella colina, imaginando por un instante que el tiempo no había transcurrido y que en cualquier momento llegaría Stear, con algún nuevo invento. Esas extrañas ocurrencias que tenía y que ella era quien muchas veces se sacrificó para probarlas, arriesgándose, accediendo sólo por ver a su amigo feliz. Días atrás se había despedido de las retentivas de las personas que ya no estaban; sin embargo nada muere en el corazón y mucho menos era olvidado si fue realmente importante.

—Stear… —susurró y sus grandes ojos verdes se posaron en el infinito— ¿Cómo poder olvidar la forma en que has muerto? Si a diario escucho estos comentarios sobre la crudeza de esta guerra, que me paralizan, me angustian pensando que has sufrido al encontrarte con la muerte… pero entonces viene a mi mente, el recuerdo y es como si tú me respondieras… —en sus labios se dibujó una leve sonrisa, se sentó en el césped, dejando caer de su cabello rubio, la flor que los chicos le habían regalado, cerrando los ojos, mientras la suave brisa acaricia sus mejillas.


¿Candy, has visto como volé? ¡Esto es simplemente fantástico! soltándose de la mano temerosa de Patty — ¡Estoy bien Patty, no es necesario que me revises, que estoy entero!

¡Stear! gritó visiblemente asustada y conteniendo las lágrimas —nosotros pensamos que podías morir así¡No quiero que lo hagas más! —propinándole un manotazo.

¡Hey hermano! …¿Qué nos fijemos como has volado?... Bueno no me queda claro… eso fue… ¿instantes antes o después que te has precipitado al suelo?rió burlesco ¿Dime cuántos dedos ves en esta mano? enseñando su mano y la de Annie, a pesar de que ella le dio un apretón en el brazo, una clara señal de reprobación, por la expresión de horror de Patty.

Mmhhh ¡Qué divertido!... Ignoraré tu sarcasmo, es evidente que volé y no sabes lo feliz que he sido, aunque se trate de... ¿Unos minutos? se levantó y miró a Terry con la intención de querer abrazarlo de la emoción ¡Huyyy! No sabes cómo recordaré este minuto de mi vida y te lo debo a ti.

Ehhhh … No es necesario tanta demostración de afecto huyendo del abrazo que pretendía darle Stear Ya me ha quedado claro, que estás loco por los aviones, pero creo que tendrás que medir esa pasión, que no es compatible con el corazón de esta Señorita mirando a Patty que se sonrojó con el comentario.

Todos rieron y se perdieron en ese cálido día de verano, las vacaciones en Escocia. Uno de los mejores momentos que Candy podía recordar.


— Stear… lo ibas a recordar toda tu vida, la primera vez que te subiste a un avión… también se convertiría más adelante en la sentencia de tu adiós —musitó con un dejo de tristeza. Es así como prefería recordar a su amigo, con esa sonrisa en sus labios.

Pensativa, recostada sobre esa hierba, creía que la Abuela Elroy había actuado de forma injusta cuando la acusó de todas las desgracias de los Andley. Podía entender que eran palabras que se decían sin pensar, en minutos de dolor, en que buscaban aliviar tanta pena, que no era posible soportarla en un viejo corazón.

Una lágrima se escapó de uno de sus verdes ojos, se negó a levantar la mirada, con el temor de ser vista por los niños que merodeaban, con la angustia latente de que esas imágenes se desvanecieran, que la memoria y los momentos vividos estuviesen tan atados a otra persona de la cual no quería siquiera pronunciar su nombre. El grito de Stella la sacó de sus pensamientos y finalmente abrió sus ojos a la realidad.

— ¡CANDYYYYY! ¡CANDYYYY! —corrió una pequeña de unos 6 años, roja como un tomate.

— ¿Eh? ¡Aquí estoy Stellaaaaa! ¿Qué pasa por qué tanto grito? —se levantó rápidamente y le hizo señas con los brazos para que la niña la viera.

— La hermana María y la Señorita Pony quieren que vayas a… al hogar… porque… Charlie… está empecinado en que… —la pequeña de ojos negros, pelo oscuro, estaba cansada de tanto correr buscando a Candy, la tomó por la mano y la llevó con ella —será mejor que vengas acá y te digan qué pasa.

Tras tocar la puerta, se presentó en la oficina de la Señorita Pony, en ella estaba también la hermana María, que miraban visiblemente preocupadas al pequeño que estaba de pie. Con sus ojos azules muy abiertos, un mechón castaño se inmiscuía en sus ojos, no hacía el menor intento por quitarlo, erguido de manera desafiante con sus manos empuñadas, mirando a las dos mujeres.

— Permiso Señorita Pony, Hermana María… Stella me ha dicho que me llama —el pequeño la miró y bajó la vista, intentando contener sus lágrimas — ¿Qué sucede? ¿Charlie te pasa algo? —preguntó preocupada y el chico no le respondió.

— Candy, tenía la esperanza de que tú que has trabajado de enfermera, has visto lo difícil que está la vida allá afuera, con la guerra y eso… Le expliques a este pequeño, que está empeñado en emprender un viaje a Londres ¿No es así hermana María? —mirándola e invitándola a que prosiguiera con el resto.

— Es así, Charlie, quiere ir si o si hasta Londres y eso es lo que tratamos de explicarle a él, que no es posible, no podemos dejar que vaya… ¡Es una locura! —dirigiéndose al pequeño, que a esas alturas ya no conseguía frenar sus lágrimas.

— ¿¡No puedo por qué según ustedes soy un niño!? Pero estoy mucho más grande que Daniel y eso que él es mayor en edad. Puedo cuidarme solo… —respondió apenas mirando a las dos mujeres — ¿Candy? ¿Tú me vas ayudar no es así? —miró a Candy, en un tono de suplica que a cualquiera conmovería.

— Charlie… yo… creo que la Hermana María y la Señorita Pony, están en lo correcto, eres muy pequeño, no sabes lo peligroso que es para ti pretender ir hasta Inglaterra, donde justamente es… —fue interrumpida por el chico que la miraba con rabia.

— ¿Lo dices tú? ¿La chica que dejó el colegio San Pablo a los 14 años? que… —hizo una pausa sabiendo que eso tal vez la hería, tomo aire y prosiguió: —Creo que no sabes la razón por la que quiero ir hasta allá…si lo supieras me entenderías —se quedó callado con el ceño fruncido.

— Creo que confundes las cosas, la decisión de dejar el colegio San Pablo se debe a otras circunstancias, además… creo que lo has dicho sin pensar, tú buscas a alguien que comprenda tus razones, no puedo entenderlas si no me explicas —se agachó y sostuvo el mentón del chico, mirándolo a los ojos —Tienes sólo 8 años, Charlie y…

— Casi 9… en algunos meses más los cumplo y ya dije que era mucho más grande que Daniel —hizo una pausa, reinó un silencio absoluto en la habitación, entonces decidió contar —. Creo que merezco saber el porqué mi madre me dejó aquí, quiero escucharlo de ella… Y ella está en… Londres…aunque sea en medio de la guerra, debo ir por esa respuesta.

El mutismo fue total, la hermana María observaba de reojo a la Señorita Pony, que acomodaba sus anteojos, cruzaba las manos buscando que decir, observó a Candy, con la esperanza de que ella tuviera la respuesta.

La confusión era mayor, la joven pecosa pensaba que era un pequeño obstinado, no quedaba la menor duda; pero ¿Cómo disuadirlo ante semejante pregunta?, todo niño que ha sido abandonado en algún minuto de la vida, se hacía esa pregunta, ella también se la formuló; sin embargo optó por llenar su cabeza de otras preocupaciones para no tener que darle vueltas a eso, por miedo a descubrir una verdad que tal vez era peor que su presente.

Ordenó sus pensamientos, intentando decir algo, entre lo que esperaba oír la Hermana María y la Señorita Pony, sabía que no existiría mediación entre los correcto y lo que le decía su corazón, ante todo, quería ser honesta con Charlie.

— ¿Cómo sabes que tu madre está en Londres? Puede que exista un error en… —se dio cuenta que el chico ni siquiera había dicho de dónde sacó esa información, pero éste, se aprontó ya a aclararle su duda.

— Ya he recibido dos cartas, antes de que tú llegaras aquí…recibí ésta y hoy ésta otra... —le enseñó dos cartas que estaban dobladas en su bolsillo —Aquí figura una dirección… dice que si no ha venido por mí es porque ha estado enferma… Aquí dice muy claro L-O-N-D-R-E-S… —miraba a las mujeres que lo observaban con admiración por su madurez, considerando su edad.

— Ya veo…hmm…Sí, estás en lo cierto… —tomó la carta y efectivamente decía eso no existía error —pero irse así, tan de prisa… No se puede planificar un viaje tan lejos así de rápido, digo para que el viaje no sea en vano… resulte bien hay que ordenarse un poco —inspeccionando la carta, miró de reojo a las dos mujeres, que ninguna daba crédito a los que ella decía, una vez más, se había precipitado en sus respuestas.

— ¿Queeeeeee? ¿Qué cosa has dicho Candy? —las dos pronunciaron lo mismo a la vez, sonó como un coro de absoluta incredulidad.

— Vamos hermana María… Señorita Pony…sabemos que Charlie es muy obstinado y quizás tenga razón —se volteó a ellas y les guiño un ojo, encogiéndose de hombros y tratando de apaciguar el ambiente —pero él estará de acuerdo en que es mejor hacer las cosas bien ¿No es así? —sonrió nerviosa al pequeño que pensaba en lo que acababa de decir.

— Bueno creo que si tienes razón…Debo pensar de dónde sacaré dinero para mis gastos en el viaje, la ropa que llevaré…. Hmm… No sé… le preguntaré a los chicos que tipo de cosas podría llevar ¿Allá también es primavera? ¿No?

Charlie se fue contento, enarbolando con orgullo su gorra, convencido de que nadie podía contra sus poderosas razones, por lo menos así lo sentía él. Candy se quedó callada, comprendió e interpretó el silencio de las dos mujeres, como una antesala de una reprimenda de la que no la salvaría nadie.

— Creo que no has debido precipitarte así —le respondió finalmente la Señorita Pony —.Darle la razón a un chico de 8 años a aventurarse a semejante locura, no lo creo ¿Cómo puedes decirle que tiene que organizar el viaje?… no le hemos dado permiso Candy. No puedo creer que te haya cedido el don de la palabra y que le hayas respondido así —se sentó respirando angustiada y pensando cómo evitar lo que se vendría.

— ¿Candy por qué has dicho eso? Le has creado falsas expectativas al chico —la hermana María se acercó a ella, intentando comprender qué existía tras las palabras de Candy, la miró a los ojos.

— Hermana María…Señorita Pony... yo…yo…Creo que me he precipitado…yo no sabia que decirle, ¿Y si es cierto lo de su madre? sería justo que le preguntara porqué lo dejó aquí… Perdón si cometí un error, no me medí al decirlo —ni siquiera elevó sus ojos para responder eso.

— Entiendo las razones que tú me dices; pero no puedes negar que es peligroso que el chico vaya hasta allá… Todos los pequeños están bajo mi responsabilidad, Candy… No lo olvides —la Señorita Pony se levantó y ordenó unos papeles que tenía sobre el escritorio, estaba muy molesta.

No emitió ningún comentario y el silencio se hizo infinito. Las dos mujeres se retiraron dejándola sola. Se escuchaban los gritos de los pequeños que protestaban por tener que ir a dormir tan temprano, la Hermana María los obligaba a cepillarse los dientes, colocarse los pijamas y finalmente elevar sus oraciones Dios, para entregarse a los dulces sueños.

Candy, se fue caminando hasta la colina, ensimismada e intentando saber cómo podría dar pie atrás a sus palabras imprudentes. Klin se le acercó y le jaló su vestido marrón, con bordes de encajes y un delantal que aún llevaba encima. Estaba tan sumida en su angustia, no soportaba darles disgustos a las únicas dos mujeres que fueron tan buenas con ella desde pequeña. Se recostó sobre el pasto y prefirió dejar volar su mente en otras cosas. Klin, volvió a jalar de su vestido y ésta vez ella le prestó la atención.

— Klin, ¿Dónde te habías metido? ¿Qué te parece si observamos este hermoso atardecer?… —trepando ágilmente al padre Árbol —. Me pregunto que estará haciendo Albert…. Él era el abuelo William, mi protector… es también el Príncipe de la Colina jajajaja o sea no era tan viejo como yo creía…—se ruborizó pensando en cómo soñaba desde pequeña con él —La cara de Elisa, Neil cuando se enteren en esa fiesta que darán en Lakewood, donde se presentará oficialmente ante la sociedad… pero falta mucho para eso. Albert nos ha pedido a mí, Archie, Patty y a Annie, que le guardáramos el secreto…No puedo esperar a ver la reacción de la Señora Leegan —se sentó en una rama y cerró sus ojos dejando que la brisa de aquella tarde jugara con su pelo suelto —Ya Albert debe estar la Residencia de los Andley, hace una semana que se fue…junto con Archie y Annie…espero que estén bien… —Klin tomó de su mano intentando llamar su atención —¿Qué pasa Klin?...¿Qué quieres que mire?, no puedo meterme a ese agujero… —le indicó el estrecho hueco —Está bien…déjame ver ¿Estás queriendo qué saque algo de ahí?¿no? —metió su mano y logró sacar un pedazo de papel enrollado y atado en una cinta roja, al abrirlo y echar un vistazo rápido reconoció su procedencia.


Querida Candy:

Supuse que un Tarzán pecoso como tú, no deja de serlo de la noche a la mañana, por eso, he guardado ésta nota aquí, en la casa de Klin —tu eterno compañero— porque sé que estarás colgándote de los árboles como el mono que siempre has sido (Por favor no te enojes).

Cuando vine hasta acá, dejando atrás los días del Colegio San Pablo, quise conocer el lugar en que te criaste, del que tú siempre te has referido con gran cariño. Quería acercarme a tu mundo para entender y llevarte en mi corazón… siempre.

Me llevo conmigo parte de tus vivencias, las que compartiste conmigo y me enseñaron a crecer como persona, a volver a creer en la vida. Debo esmerarme para ser un mejor chico con una profesión, siendo fiel a mis anhelos y convertirme en lo que mi alma me indique.

Candy, quiero que seas feliz y que sepas que si dejé el colegio, fue porque tú ya no mereces pasar por más desdichas, de las que has tenido que vivir, era demasiado para ti. Ahora te extraño mucho; pero sé que existirá el momento en que podremos volver a vernos.

Con cariño

Terruce Grandchester.


— No puedo creer que esta carta haya estado tanto tiempo aquí… Yo no quería… No es bueno que la conserve, que la lea ahora —Candy rompió la carta en mil pedazos, con lágrimas en los ojos, no quería recordar nada que proviniera de Terry, no pensaba siquiera en nombrarlo; pero esa nota vino de improviso — ¡Yo me despedí de ti y ya eres mi pasado! Es así como debe ser…—gritó, aún sintiendo que esa frase le producía un gran dolor.

El viento se llevó los trozos de aquella nota, veía como se alejaban en distintas direcciones…era así como se sentía su corazón y su razón, navegando en sentidos contrarios.

"Bar Silver"

Londres - Inglaterra

— ¡Vamos hombre! Ya estuvo bueno de tanta bebida ¿Por qué no va a su casa, con su mujer? —el cantinero miró de reojo al hombre, que ya llevaba por lo menos dos horas ahí sentado bebiendo y mirando a la nada.

— Bueno… ¡Será mi problema si bebo o no! ¿si tengo mujer?…pffffffff que más da… En todo caso lo que usted debe importarle es que le pague… Como están las cosas ¡el dinero debería importarle!… —se tomó el último sorbo de whisky del vaso, su pelo largo y castaño le ocultaban sus sombríos ojos, la gorra no dejaba descifrar los rasgos claramente. La bebida era el calmante a su desesperada alma —El país en plena guerra y yo aquí, en medio del blanco… Inglaterra, un escape de un infierno a otro peor… donde pueda encontrar la muerte, da igual —susurró mientras miraba el reflejo del vaso ya vacío.

Terminó bebiendo la última copa, se secó las gotas del licor amargo que escaparon de sus labios con la manga de su chaqueta y miró a su alrededor, temiendo ser reconocido.

En un oscuro callejón, la noche la había sorprendido, se apuró para no tener que correr riesgos; pero sus pasos se detuvieron, enfrente, un grupo de chicos, la acorraló de manera amenazante.

— ¡Hola, Hola! … Bonita, veo que estamos apuradas ¿Por qué siempre llevas ese bolso contigo? ¿Qué tesoro guardas ahí? ¿Poemas de amor? ¿Un diario de vida? …Debo admitir que siento una gran curiosidad por ver —dijo el chico de grandes ojos negros, alto y de expresión agresiva, rodeado por 3 chicos más, que esperaban la señal de su jefe para saber cuando actuar.

— ¡Nada que te importe! Ahora si me permites… ¡Quítate del medio! O si no… —la chica lo miró de forma desafiante. No tenía miedo, aun cuando estaba en desventaja ya que era mucho más baja que el resto. Su complexión tampoco a simple vista le favorecía, era delgada y fina, su cabello rubio cobrizo delicadamente ondulado, le llegaba un poco más abajo de sus hombros. Aferrada a su bolso, no apartó la vista.

— ¿Si no qué? Hmmm…. ¿Debería tener yo miedo de una chica? …Bueno de una media chica, me han dicho que te comportas como un potro salvaje —se acercó más, podía oler el suave perfume que inundaba el aire de sólo estar cerca de su cabello, definitivamente era linda, la contempló así girando a su alrededor.

— ¡No te atrevas a tocarme ni un sólo pelo! , porque tendrás que atenerte a las consecuencias —se volteó a la par de la mirada insolente del chico, descuidó su bolso y en un gesto del muchacho los demás actuaron. Uno le arrebató el bolso, dos la sostuvieron de los brazos para que no hiciera nada. Intentó zafarse en vano, quiso alcanzar al chico que tenía el bolso; pero no lo logró porque en un acto más fugaz se retiró para inspeccionarlo.

— Veamos ¿Qué hay aquí?… —hurgó en su bolso sacando las cosas que llevaba —hmmm libros… Veo que te gusta leer: Shakespeare ¡Qué estupidez! éste otro es de: Edmundo de Amicis, no entiendo ya que está en italiano, seguramente algo que habrás aprendido en tu viajecito a Italia con tu "Amigo"…¿Liam?... —lo lanzó al suelo, el viento esparció los apuntes —Veamos que más tenemos aquí…Un cuaderno…y… —levantó la vista y vio justo frente a él a un chico alto, sus ojos y rostro se tapaban con su chaqueta y gorra, debía tener unos 18 años, sostenía una fusta en las manos —¿Quién demonios eres tú? —el resto seguía sosteniendo a la chica.

—Yo creo que no importa mucho quien soy, sino más bien, que yo también quiero unirme a la fiestecita que están dando con esta linda Señorita… —sostuvo una mueca en sus labios apretados, mirando a la joven — ¿Ustedes no saben acaso que es de mala educación revisar el bolso de una dama?

Con la fusta hizo un ademán para que soltaran a la chica y con la misma le quitó el cabello que caía en los ojos de la joven, como pidiendo permiso, ella lo miró incrédula; pero no le tuvo temor ante ese rápido movimiento.

— ¡Naaah! ¡No necesito alguien que me diga qué hacer! …Nadie te ha invitado a esta fiesta ¡No queremos un quinto en esto!... Además… ¡AAAAAHHHHH! —la fusta le dio en la mano cuando intentó tocar a la chica, presumiblemente con gran fuerza porque le quedó al rojo vivo. Furioso por esa actitud de aquel extraño, con una señal los otros tres se acercaron al desconocido.

— Debo agregar también en tu larga lista de "faltas de caballerosidad" que eres muy atrevido… ¿No te han enseñado que no se le debe tocar a una dama? menos con esas inmundas manos —el tipo, con un tonto gesto, se miró las manos y el chico aprovechó esa torpeza para enviarle un certero golpe en la cara, que lo envió directo al suelo.

La chica, aprovechó que los dos chicos que la sostenían la soltaron y les envió un puñetazo en todo el rostro a uno, al otro una patada en el estómago y al recoger el bolso le proporcionó la estocada final, con otro golpe en el estómago. El tercero decidió huir por el callejón.

El hombre desconocido, que dejó caer su gorra en medio de la pelea, seguía proporcionándole una patada en el estómago al malhechor; pero el puño del contrincante aterrizó en el rostro del joven, partiéndole el labio, no se inmutó en lo absoluto y con un puñetazo más lo dejó tirado en el suelo. El resto huyó sabiendo que habían perdido la batalla. Se quitó la sangre que le salió de la comisura de los labios y al voltear vio que la chica, pudo con tres sin mayores problemas, sintiéndose que sobraba, que era obvio que podía defenderse sola.

La chica de pie, con las manos en clara señal de seguir peleando si era necesario, se arregló el cabello y recogió su bolso. Los papeles se habían esparcido por el suelo, el viento los había alejado un poco, se sacudió el vestido marrón que llevaba y cuando le quedaba algo más por recoger pasó por el estómago del que yace ahí desplomado, que intentaba en vano levantarse, el dolor se lo impedía.

— ¡Te dije que te ibas arrepentir! pero claro, es más fácil para ti que sean cuatro contra dos…A ver si me dejas ¡EN PAZ ALGUNA VEZ EN LA VIDA! qué fijación con querer averiguar lo que… —sintió un dedo en su espalda, se dio la vuelta sobre sí y allí estaba el joven del gorro, con un libro en sus blancas manos, el de Shakespeare. Él miró el título: El Rey Lear y luego fijó la vista en los ojos de la chica, con una expresión de decepción lo extendió para devolvérselo —Ehhh…gracias, tienes sangre… ahí —le respondió ella, tocándole la comisura de su labio con un pañuelo que le dio. Agarró el libro, algo avergonzada por la mirada de él y lo guardó en su bolso.

— No es nada. Salí más mal herido yo… Tú, con suerte sólo te has despeinado un poco…Nunca había visto una chica que peleara así…quiero decir… —midiéndose en lo que decía porque la chica le había dirigido una mirada que lo decía todo, su comentario no le estaba agradando o lo estaba mal interpretando.

— Sí, ya… Siento que no hayas podido hacer bien la función de: "Caballero inglés" conmigo; pero la verdad que sé defenderme sola —le dirigió una dulce sonrisa, le dio un último arreglo a su vestido y se atravesó el bolso como si fuera un repartidor de correspondencia.

— ¿Qué?...Ajajajajajaja… Sí, claro… jajajajajajajaja —se rió de ella y de su expresión, se sacudió la chaqueta y la miró divertido, ya que no comprendía la causa de su risa.

— ¿Se puede saber que parte de lo que te dije te ha causado tanta gracia? me imagino que puedo saber el chiste ¿no? —la joven colocó sus manos cruzadas en ademán que no pensaba moverse sin obtener una respuesta y era evidente que le molestaba que se rieran de ella.

— Verás es sencillo…Déjame que te explique. Primero que todo, esperaba más amabilidad de tu parte; pero estamos claros que te sabes defender sola… Ahora has dicho un comentario, que es de lo que yo me reía; que tienes mucho de razón y con eso me refería a lo de: "CA- BA – LLE – RO"… porque modestia aparte, si me siento así… —con una mueca y haciéndole una reverencia prosiguió: —y lo de "IN – GLÉS"…que efectivamente también lo soy... ¡A MUCHA HONRA! —la observó triunfante, se acercó a ella y pudo verse reflejado en esos perfectos ojos azules, que lo miraban levantando graciosamente una ceja, en clara señal de que alguna ironía vendría como respuesta, ya que era evidente que no le había creído nada.

— ¡Ya veo!...Que entonces eres ¿Caballero?... Y… además ¿Inglés?... ¡Hmmm!... Y me imagino que además no me equivoco al decir, que TE HAS SENTIDO DEMÁS EN ESTA PELEA…quiero decir… Que "con o sin tu ayuda" esos chicos terminaban de la misma forma como los has visto irse ahora —sonrió y le devolvió su reverencia —En resumen he herido tus sentimientos, o mejor dicho ¿Tu ego? de "hombre varonil y protector que rescata a una dama en apuros"…. Jajajajajajajaja —rió en ese minuto, con una expresión de jaque mate, ya que él no tenía respuesta para eso.

La observó, había algo en el rostro de esa chica que le llamaba poderosamente la atención. La situación la sintió familiar, cuando la volvió a mirar de reojo, ella ya estaba pronta a irse, con un gesto de su mano y sus cejas que hicieron que él mirara atrás. Allí estaba el dueño de ese Bar, que lo buscaba.

— Parece que alguien se ha ido sin pagar la cuenta "Señor caballero Inglés"… que esté usted bien ¡Adiós! —éste sólo volteó unos segundos y le hizo una seña al señor de la Taberna.

Se giró para responderle a sus ironías y ya la joven no estaba se había ido. Arregló nuevamente su gorra escondiendo su rostro y dejando atrás el oscuro callejón.

Hogar de Pony – South -Field

Indiana - Estados Unidos

El sol radiante se colaba por la ventana, ya estaba preparando el desayuno a todos los chicos, era una tarea que le tomó tiempo llegar a aprender, sino fuera por Albert, que le enseñó muchas cosas, entre esas los panqueques. Tarareaba sin pensar una melodía, la de la gaita del: "Príncipe de la Colina". Habían llegado unas personas a ver a la Señorita Pony y la Hermana María. No le quedó más remedio que ocuparse de los chicos que desayunaban felices, al parecer no era un total fracaso en la cocina, era lo que pensaba al ver las expresiones de todos.

— ¡Mmmm, Candy! ¡vaya! tú si que sabes cocinar, estos huevos están ricos —le dijo un chico con la boca llena de comida.

— ¡Te han dicho que no debes hablar con la boca llena, Ted! —espetó una pequeña de pelo negro, sentada como una dama.

— ¿Pero qué hay de malo con decir que el desayuno de Candy está muy rico?… ¿Cierto chicos?—todo el resto le contestó con un grito de que estaba en lo correcto.

— Chicos, ¡Muchas gracias!, pero no griten —les guiñó un ojo —Hay unas personas en el escritorio de la Señorita Pony —le dio otro panqueque a Mary.

— Esas personas ya han venido como dos veces, Candy, desde antes que tú vinieras a quedarte —respondió Mary y le hizo un gesto para que se acercara y le susurró al oído —.Yo… yo creo que están interesados en llevarse a Charlie… La señora esa… siempre conversa con él.

— ¿De verdad? —Candy se volteó a ver a Charlie que estaba esa mañana, muy pensativo, seguramente planificando el viaje.

La conversación sobre eso había sido hace dos noches y el pequeño se había vuelto más introvertido ¿Cómo sería la madre de Charlie? Tenía un lindo nombre: Gracie Crundall. Sólo esperaba que si le prohibían ir, no se escapara solo, porque eso acrecentaría su sentimiento de culpabilidad. Tenía razón la Señorita Pony, los chicos eran su responsabilidad y ella en vez de ayudar, les ocasionó problemas. La voz de la Hermana María los interrumpió a todos, por su expresión debía ser algo delicado.

— ¿Candy? Quiero que vengas conmigo un rato… y ustedes pueden continuar con su desayuno, que luego vendré a acompañarlos —indicando a los niños que miraban atentos.

Los chicos se quedaron en silencio, viendo como la hermana María y Candy se alejaban. Al llegar a la oficina de la Señorita Pony, golpearon la puerta y su voz les dio la autorización de que podían pasar. De espaldas a ambas había una pareja, eran jóvenes y al verla ingresar le sonrieron; a pesar de que nunca los había visto antes.

— Candy… ¡Buenos Días!, ellos son: la Señora y el Señor Foster, son de Chicago y vienen a adoptar un chico…vienen por: Charlie —la Señorita Pony se veía inquieta; no así la expresión de Candy que fue de total impresión. Mary tenía razón cuando le dijo que esa pareja estaban interesados en adoptar al chico. Le surgió repentinamente un dolor de estómago de los nervios, al pensar en la reacción de Charlie.

— ¡Buenos Días! —respondieron los Foster, estrechándole la mano helada que Candy atinó a darles.

— ¡Buenos Días! ¿Qué quieren adoptar a Charlie? … yo… ustedes… me refiero —estaba confundida y titubeaba frases pensando en: la carta, la respuesta, el pasado y ahora esto, que significaba eso ¿Cómo iban a decirle al niño que debía irse con estas personas, si tenía noticias de su madre?

La Señorita Pony, no se veía molesta, pero si preocupada. Candy se sintió, una vez más, responsable de todo lo ocurrido, venía de vacaciones y ya les había trastornado las normas al Hogar.

— Voy por Charlie… Venga conmigo, Hermana María… Con su permiso, ya volvemos

Ahí se había quedado Candy, pasmada, no sabía que decir, sólo pensaba y se imaginaba la felicidad del chico, si es que la respuesta es que podía irse con su madre; sin embargo esas personas se veían ilusionadas con la idea de adoptar a Charlie. Esperaba que ojalá se decidieran por otro niño, podrían adoptar a Daniel, siempre cada tercer domingo del mes se esmeraba mucho por ganarse el cariño de unos buenos padres. Se esforzó por decir algo, pero se había quedado muda y viendo que la observaban de forma extraña, fueron ellos los que preguntaron primero.

— ¿Candy, es tu nombre? —dijo por fin el señor que se acercó a verla de cerca.

— Sí, Señor

— Verás…No sé cómo empezar… no soy bueno en esto…—apretó sus labios y rascó su cabeza, para continuar con su idea —Yo vivía cerca de esta colina, tendría unos 10 años y un día que nevaba mucho, me quedé entretenido viendo como caía la nieve en el suelo. Recuerdo que vi bajarse de un hermoso carruaje, a un hombre con su cochero. El señor elegante era: de ojos verdes, alto y bien vestido… le dio al cochero una cesta con un bebé, mientras se quedaba ahí esperando… Yo sé que era una bebé porque dejó caer una muñeca que traía consigo, aproveché de recogerla y ver dentro de la cesta… era una bebé de grandes ojos verdes, sonriente…Yo… sentí curiosidad y lo seguí…Él se detuvo ante este hogar, golpeó dos veces miró a todos lados, dejando la cesta, la muñeca y la bebé ahí en medio de la copiosa nieve… —hizo una pausa al ver los dos grandes ojos de esa pecosa que lo miraba escuchando muy atenta —Me acerqué a ver y la bebé se despertó, comenzó a llorar, me asusté y me fui… El señor también se fue, no lo vi más. Yo… sé que esto puede… —la volvió a mirar directo a los ojos, viendo si descifraba alguna reacción, se arrepintió de su poco tino y se asustó ante la apariencia pálida de la chica.

— ¿Qué has hecho? Por Dios, Ed…tú si tienes poco tino —la mujer estuvo todo el rato haciendo gestos para que se midiera; pero él nunca la miró — ¡Cómo le dices algo así a la chica! mira como está ¡Cómo un papel! —el Señor se inclinó para seguir hablándole, mientras la Señora con su mano la abanicaba para darle un poco de aire, aterrada de que en cualquier minuto la chica se desplomará ahí.

— Lo siento niña, yo la verdad, me quedé con eso mucho tiempo, con la duda… —Hizo otra pausa, su señora tenía razón, era un bobo se repetía una y otra vez —yo quise saber ¿Qué habría sido de tu vida? si el Señor que te dejó en medio de la nieve habría vuelto… si es que… se había arrepentido de dejarte...Siento si me estoy metiendo en algo que no debo —Quiso explicar, justificarse ante la mirada de la joven —. Verás… El madurar, casarme y tener a esta maravillosa esposa, el no poder tener hijos, me hace reflexionar sobre todo y contándole esto a mi señora, creemos que existen muchos niños que pasan por situaciones como la tuya, abandonados y me decidí a venir acá, recordando tu rostro…. yo… lo siento… La hermana María te mencionó, yo recordé la muñeca y se vinieron a mi mente las imágenes de ese día ¿Estás bien? —miró a su esposa que a esas alturas había corrido por un vaso de agua que estaba en el escritorio.

En ese momento llegaron la Hermana María, la Señorita Pony y Charlie.

— Bueno Charlie. Ellos son: la Señora y el Señor Foster —miró al chico para que los saludara y se percató que Candy estaba ahí, sentada, blanca como papel — ¿Candy? ¿Candy? ¿Qué te sucede? —se acercó y miró a la Hermana María, intuyendo que le habían contado lo que ellas ya sabían. No esperaban que fuera así, tan de pronto, no habían tenido tiempo de abordarle el tema.

— ¿Sabe? que yo le estaba contando a Candy que… —el Señor Foster les explicó lo que hace unos meses atrás le había preguntado a ellas, entendieron el porqué de la expresión de Candy.

— ¿Candy te sientes mal? ¿Qué pasa? —el pequeño tomó su mano que estaba helada, preocupado por su apariencia.

Si no había contestado era porque su mente se fue a mil por hora en vagos pensamientos de todo tipo ¿Era posible que estuviese frente a la única persona, que le podía otorgar alguna pista sobre algo que tenía completamente de lado? ¿Quiénes eran sus padres? ¿Estarían vivos sus verdaderos padres? ¿Cuál sería el rostro de ellos? ¿A quién se le parecería ella? ¿Tendría más hermanos, tíos, abuelos? era mucho pedir siquiera tener la respuesta de una sola de sus inquietudes.

Cuando se enteraba de lo feliz que era Annie, debía ser sincera consigo misma y admitir que sintió un vaivén de emociones, así lo había descrito en su: "diario de vida"; pero ahora al repasar sus propios escritos entendía que se trataba de envidia, de la buena, porque por nada en el mundo querría algo malo para su amiga y hermana del alma. Seguía sumergida en sus preguntas, viendo como el resto se desesperaba por su largo silencio, pero finalmente se dio el valor, ya que esas personas habían llegado ahí con un fin que podría atribuirse al "destino". Sería bueno que continuara buscando las respuestas de su pasado.

— Quiero saber… Si usted… si usted ¿Sabe el nombre de esas personas que me dejaron abandonada? Es decir, no soy huérfana, si es que tengo padre o madre…O algún familiar…. Yo… —se quedó callada y miró fijamente a los ojos del Señor Foster, que la observaba conmovido ante la pregunta.

Candy pensaba en su interior, si realmente fue abandonada por no amarla, si era posible que sus padres hubiesen muerto y alguien más la dejó ahí; por no querer responsabilizarse por ella ¿Cuál sería la verdad?

— Lo siento, pero sus nombres no los sé… yo sólo vi el carruaje y la hermosa insignia que tenía, nunca había visto una igual, quizás eso podría ayudarte a dar con ellos. Puedo…dibujarla para ti —la miró y vio en su cara la perfecta descripción de la palabra "decepción"; pero creía que si dibujaba ese peculiar escudo, que de seguro pertenecía a alguna familia, debería de dar con algún dato, paradero, nombre.

Todos esperaron, hasta que por fin el dibujo estaba listo y fue entregado en las manos sudorosas de Candy, que lo miraba esperanzada; pero sólo había en ese papel un particular escudo, con una bandera de color verde, en un fondo rojo pintado a la rápida, con una singular letra: "H"

— Una letra H… ¿Quién sabe cuántas personas tendrán en todo Estados Unidos, un escudo familiar, con una H? —susurró, sin la intención de herir la buena voluntad del señor que tenía enfrente, al parecer lo había dicho en voz alta, sin siquiera haberse dado cuenta.

— Pero un momento ¿Quién ha dicho que ese escudo podría ser de Estados Unidos? —miró sonriente a la chica y su esposa simplemente elevó los ojos al cielo, como agradeciendo su atisbo de inteligencia. Todos miraban atentos al Señor Foster, en espera de que continuara —Bueno que yo no he dicho que sea un escudo de Estados Unidos. Yo cuando le dirigí la palabra al señor, fue por el escudo y éste me dijo que era de una familia escocesa… Bueno luego se le cayó la muñeca y… ya saben el resto.

Todos pensaron que se trataba de algo más significativo; pero la verdad que sólo había reducido la infinidad de posibilidades, en otro número de probabilidades. No era gran mérito; pero algo era algo.

— Yo… ehh… Tengo que pensar en lo que me dice ¿Usted no estaba aquí por otro motivo? —Candy, cambió radicalmente de tema, desviando las expectativas de saber en ese minuto su opinión.

— Ehh…Si bueno, hermana María y Señorita Pony, llegamos acá, porque queremos darle todo nuestro amor a un chico de este Hogar…Es decir, adoptar a un niño… Mi señora que ha venido hace meses atrás a conocer el hogar y yo que vine hace unas semanas atrás… Hemos concordado en que no queremos a cualquier chico, si no que a… Charlie.

Ahora las miradas se dirigieron al pequeño, que abrió los ojos como dos platos, todavía sostenía en sus manos las cartas de su madre y ahora tenía enfrente la opción que antes siempre soñó.

— Yo no puedo ser adoptado señor Foster…lo siento; pero yo he recibido noticias de mi madre, porque la tengo y no puedo irme con ustedes…No por que no quiera…Yo conocí a su Señora, hace meses atrás y ella me cae muy bien…pero no puedo ser adoptado…No aún… Mi madre está enferma según lo que dice su carta y quiero ir a verla —bajó la vista, apenado por su respuesta, recriminándose en silencio si es que eso hería los sentimientos de esas personas; pero era lo que sentía.

La señora de ojos celestes, blanca como la nieve, de apariencia angelical, cabello castaño oscuro; había sido muy amable con él. Le trajo en una oportunidad chocolates que compartió con el resto. Lo estaba mirando con sus ojos atiborrados de decepción, pestañeando para obligarles a las lágrimas a abandonar su rostro.

— Entiendo perfectamente y no me enojaré contigo, yo te encuentro un niño dulce y si existe la posibilidad de que puedas recuperar a tu madre… me… me parecería maravilloso —la señora Foster se agachó a la altura de Charlie, tenía los ojos brillosos y le dio un beso en la frente, en señal de aprobación y dejando ir parte de su corazón con ese chico.

Su marido la miró triste, sabía que se había encariñado con ese niño; pero en el fondo comprendía la decisión de su señora, aquel acto de desprenderse de alguien que amaba con la convicción de que no estaría mejor que con su verdadera madre.

— Creo Querido, que debemos esperar un poco más y seguir viniendo a ver a los chicos…Claro si es que la Hermana María y la Señorita Pony lo permiten —finalizó sintiendo mucha pena, porque en verdad el chico le había robado el corazón.

Aunque la vida le había arrebatado la posibilidad de engendrar hijos propios, había descubierto la inmensa capacidad de amar a un niño que no venía de su vientre; pero que quería con igual o más intensidad como si hubiese sido su verdadera madre, eso se lo debía al Hogar de Pony, se lo debía a ese chico que tenían enfrente.

— Por supuesto… usted puede venir a ver a los chicos cuando quiera y lo siento de verdad, por la respuesta de Charlie —la Señorita Pony observaba a Candy que estaba mirando por la ventana, quizás analizando lo que le acababan de decir o lo que Charlie acababa de dejar ir, la oportunidad de ser adoptado por una buena familia, por estar empecinado, en ver a su verdadera madre.

Se despidieron del niño y se dirigieron a la carreta que los esperaba afuera; pero antes, la Señorita Foster se acercó Candy.

— ¿Candy? siento mucho si mi marido no ha tenido el suficiente tino para hablar de eso. Cuando comenzamos a frecuentar este hogar, tú no vivías acá, pero los chicos hablaban tan bien de ti… No sé si te interesa saber de tus padres, pero yo también fui adoptada y siempre quise saber la verdad de porqué me habían abandonado…Creo que fue liberador saber las razones y saber si tenía familia… —se volteó para irse, conforme con esas palabras y creyendo que Candy no estaría realmente interesada en saber su opinión. Ella la detuvo con una mano en su muñeca.

— Usted… ¿No tuvo miedo de saber la verdad? —finalmente le susurró, mientras le brotaban sus lágrimas sin poder contenerlas.

— ¡Por supuesto que si! pero no debes permitir que el miedo gobierne tu vida si quieres continuar…Siempre es bueno ir cerrando los capítulos de tu pasado…para que no vuelvan a interferir en tu presente, ni en el futuro… Candy tal vez, ya es tiempo de respuestas, pues ve por ellas ¡búscalas! —la Señora le sonrió y se fue dejando un halo de paz y agregando de forma mágica las palabras justas, en el minuto adecuado.

Candy, pensó en todo lo que acaba de decir la Señora Foster, no esperaba más de la vida, no ahora cuando quería retomar su trabajo como Enfermera, ir a Chicago o algún otro lado, no lo tenía claro. Ahora estaba esa revelación que se presentaba en medio de conflictos internos, en un escenario de Guerra, de mundos donde las vivencias personales no son una prioridad y quién sabe donde iría a parar. ¿Cuál era la decisión correcta? ¿Tendría razón las palabras que se clavaron como agujas en su alma llenándola de incertidumbre? La Señora que acababa de irse, sabía el sentimiento exacto de una huérfana o de una persona abandonada por su familia ¿Qué era peor? ¿Ser Huérfana o abandonada? si era huérfana sólo debería aceptar que era la voluntad de Dios, fuese cual fuese las circunstancias en que quedó sola en el mundo, ahora si fue abandonada ¿Cuáles serían las justificaciones que le darían sus padres o su familia? ¿Sería capaz de perdonar tanto tiempo de soledad? Nada nunca reemplazó la necesidad de ser amada por una madre. El miedo otra vez rodando por su piel, paralizándola hasta la última célula de su cuerpo, ya lo conocía a la perfección. Lo acabó de sentir de sólo pensar que, tal vez, tenía: padres, hermanos, tíos, abuelos ¿Cómo sería dejarse cuidar por su madre cuando estuviese enferma?

Candy, se dejaba atrapar por el vuelo de su imaginación, de todas aquellas privaciones afectivas insustituibles, las expectativas surgieron cobrando fuerza en ese momento. La voz de una mujer que estaba rato intentando sacarla de su hermetismo, tuvo que tocarla logrando sobresaltarla.

— Lo siento ¿Candy? Estamos preocupadas por ti, nos enteramos de esto un día antes que de que llegaras acá … No quisimos abordar el tema…esperamos que viniera el Señor Foster a decirlo si era necesario —la Señorita Pony la miró esperando su respuesta y rogando que no estuviera molesta por la noticia que había recibido.

— Estoy bien…Yo entiendo lo que me dice

— ¿Candy? ¿Qué has decidido entonces? ¿Vamos o no juntos a Londres?… Escocia está cerca de ahí, le acabo de preguntar a Laura, ella sabe tanto de países y eso… —sonrió esperando que su respuesta fuera positiva y se acordó de que también deberían pedirle permiso a las dos mujeres que lo observaban, censurándole su idea.

— ¿Eh? ¡Charlie! ya te dije que eso no es posible, tu sólo en medio de un país desconocido…Eres pequeño y además… —la Señorita Pony, respondió rápido, porque se temía que en cualquier momento alguna sorpresa podía acotar Candy.

— ¿Hermana María y Señorita Pony? … Quiero decir que…Yo me haré cargo y cuidaré de Charlie…yo me voy con él a Londres...Ese es el camino a Escocia, es el camino a mis respuestas… Me voy a Londres lo antes posible —las dos mujeres quedaron impactadas, no se atrevían a negarle esa oportunidad a Candy, no se sentían con el derecho.

Charlie, estaba feliz porque también sabía que no le dirían que no al cuidado de una enfermera, para él, viajar con Candy se convertía en una aventura.

Marzo de 1915

Meadville – Pensilvania

Estados Unidos

La mujer de cabellos pelirrojos con algunas canas que denotaban su edad, vestía elegantemente un vestido de seda color mantequilla, un chal con hilos de plata cubría su espalda. Era una señora fina y femenina, se le notaba en cada movimiento delicados y perfectos, que se mecían al compás de su caminar. El piano de cola, adquirido en la renombrada fábrica de Nueva York: "Steinway and Sons" del alemán Heinrich Steinweg, estaba en un rincón iluminado por el sol de ese ventanal que se inmiscuía tímido por las cortinas de tul blanco con el banquillo de terciopelo. El atril con las partituras de sus compositores predilectos: Bach, Mozart, Vivaldi, Tchaikovski, Chopin y Pachelbel, entre otros. Existían pocos retratos en la sala, la solemne figura de un chico de ojos verdes, cabello rubio a horcajadas en un blanco Camargues con una expresión melancólica, a sus pies las hojas de un otoño en unos montes de Francia. Ese cuadro le gustaba mucho, con la firma que decía: L.H. El aroma del coco y de las rosas impregnó la casa, el living y cada rincón de ese apacible hogar, echó un vistazo a su "Grandfather" de sonería simple en un barniz caoba, un reloj maravilloso de William Dutton.

Subió por la amplia escalera sujeta a la barandilla, se quedó mirando las fotos que adornaban el descansillo. Continuó por el pasillo, rumbo a la habitación más grande. tenía: muchas margaritas y mariposas colgando junto a la ventana, una cama amplia vacía, unos títeres de madera finamente tallados con hilos moviéndose al son del aire, unas muñecas de porcelana y una desteñida de trapo estaban en una esquina del anaquel, una mecedora en la orilla de la ventana, la mesita de luz color chocolate con una lámpara de cristal italiano, a su lado una foto, algo desteñida por los años, donde estaba de pie una mujer. Un escritorio estilo Barroco con su silla esmaltados, arriba una estantería llena de libros de variados autores todos con alguna marca en especial. A los pies de la cama un baúl lleno de secretos guardados con un candado, la llave depositada dentro de una caja musical de arce tintado de azul, con marquetería de arabescos.

La mujer adoraba esa caja de música, con la melodía de Canon del alemán Pachelbel, cada vez que podía la abría hasta quedarse dormida con los recuerdos vivos que la acunaban en medio de la paz. Por la ventana se podía ver, el gran árbol y debajo de éste un columpio improvisado con unas maderas donde el cordel estaba delicadamente adornado de flores de papel, amarillentos y descoloridos.

La habitación de la mujer estaba al lado con: un baño contiguo, una emperatriz barnizada estilo barroco, un perfume, unos libros apilados en un escritorio viejo con manchas de tinta en un extremo, unos cojines sobre una silla, la ventana daba justo a los pies de una loma y a lo lejos se divisaba el Lago Erie, sobre la mesita de luz estaban sus gafas y un libro abierto en la mitad. Un cuadro también pendía de la pared, con las mismas iniciales del otro, en él había un señor disfrazado, leyendo algún parlamento, de espaldas y mirando al infinito.

Existía otra habitación más sobria tenía: una cama con cojines, colgando de una repisa más marionetas de distintos colores y vestidos con el traje típico de varios países, la mesita de luz con una lámpara pequeña de cristales de colores marrón. En un rincón un violín y una guitarra en su estuchera con etiquetas, un clóset de roble muy amplio, arriba de éste muchas cajas apiladas y un baúl a los pies de la cama, al abrirlo podían hallarse miles de partituras, algunas tachadas, otras recortadas y pegadas; libros de Música y un cuaderno con composiciones propias.

Era una casa muy espaciosa, demasiado grande para una mujer sola, quiso darle unos días libres a su empleada para que fueran a ver a sus hijos, ella podía arreglárselas sola por un tiempo, además habían muchos cuartos vacíos. Su gata: Bianca, se subió al mesón, la mujer la correteo susurrando algo que el animal parecía comprender perfecto porque se dio la vuelta y salió por la ventana de la sala. Abrió la puerta del horno y sacó lo que estaba cocinando de esa bandeja, cuando en eso golpearon la puerta, no quería correr a abrirla y descuidar las galletas que había recién horneado para llevarlas a la iglesia, eran para los niños de un poblado cercano, siempre les llevaba algo y esta vez pensó en cómo estarían felices de comerlas con leche tibia.

— ¡Ya voy! momento…—se apresuró a dejar las cosas sobre la mesita y abrir la puerta.

— ¡Buenas tardes Sra. Claire! Tengo carta para usted, no tiene remitente; pero al parecer viene de Nueva York —se la entregó en las manos.

— Gracias Peter, yo veré de quién es. Ten… por el viaje —le sonrió amable y le entregó dinero, el chico le agradeció y se marchó.

La Señora salió al jardín, se sentó en la terraza, corrió un poco el macetero que estorbaba, mientras en sus manos arrugadas, sostenía el sobre que rompió para sacar la misiva en el intento por leer, ya que no tenía sus gafas al alcance. Sus claros ojos verdes como dos esmeraldas y su expresión se transformó lentamente a medida que avanzaba en la lectura, la dejó caer en medio del suelo húmedo y ahogó un grito desesperado.

Se sostuvo con sus manos la cabeza. Estaba llorando. Miraba a su alrededor por largo rato, más de dos horas en medio del silencio, dejando que sus lágrimas rodaran por sus mejillas, sonó su nariz con un pañuelo de seda y de sus labios salió un sutil susurro

— Mi Yoyo

Se levantó, recogió la carta y subió las escaleras de aquella desolada casa, se sumergió en su habitación y del clóset tras un pedazo de la madera, sacó una caja con fotos, que las miró por largo rato y volviendo a llorar amargamente otro largo rato.

Finalmente, decidió sentarse en el escritorio, sacó unas hojas y con la pluma escribió por mucho rato, rasgó el papel, para volver a comenzar con otro. Pasaron las horas, arrancando una y otra hoja en esa indecisión que le impedía ordenar sus ideas, al mirar las recogió y las votó delicadamente en un cesto. Ya tenía en sus manos tres sobres distintos, que contenían una carta, tal vez la explicación a sus lágrimas estaban sellándose en ese sobre. Sacó una maleta y comenzó a guardar algunas pertenencias, con mucho cuidado: ropa interior perfectamente doblada, vestidos de variados colores; donde lo que más predominó era el color gris perla, un chal de seda rosa, unos finos gorros con aplicaciones de flores secas, unas toallas bordadas. Buscaba otras cosas en medio de su clóset, tomó la cajita que había sacado rato atrás, las fotos y un sobre, lo volvió a dejar detrás de esa madera, perfectamente guardado.

Miró a su alrededor, se fue a la última habitación, se sentó sobre la orilla de la ventana, observando como se movían las mariposas que pendían de unas cuerdas apenas perceptibles a los ojos. Desde allí vio como se escondía la tarde de aquel día mientras seguían rodando por sus mejillas, las lágrimas que en vano podía contener.

— Me voy Yoyo… Los extraño mucho y quiero verlos… Espérame, voy a decirte las respuestas que has esperado por tanto tiempo —sonrió

Sabiendo que el viaje sería largo, dejando muchas esperanzas en el dintel de esa casa, los afectos y la felicidad se la llevaba consigo, iban pendiendo de su alma. Volvería a Londres, los meses de mayo eran una buena fecha para llegar allá, pensaba para sí.

Abril – 1915

Hogar de Pony – South -Field

Indiana - Estados Unidos

Los chicos estaban en pie desde muy temprano, esperaban en fila el beso de despedida para cada uno; Candy y Charlie, se iban a Londres. Se habían esmerado toda la noche en empacar las cosas, llevar comida para el camino y algunas cosas en que entretenerse. La carta de respuesta de Charlie con una dirección, que estaba ya toda arrugada de tanto leerla y releerla, la colocó en su chaqueta.

Candy, estaba muy nerviosa, no sabía definir si era por la Guerra que se vivía o por el miedo de encontrarse con alguna persona de su familia, otros pensamientos volvían a rondar en su cabeza las sacudió desprendiéndose de ellas. Le escribió una carta a: Albert y Annie, contándoles sus novedades; sin embargo pretendía enviárseles cuando ya llegara a abordar el Barco que la llevaría a Londres.

Sería un viaje largo, lleno de sueños y expectativas que quisiera no fueran falsas. La Señorita Pony y la Hermana María, rezaban y alzaban sus plegarias para que aquella travesía hacia las raíces de Candy, terminara bien, aún cuando ni siquiera empezaba, se apreciaba en sus facciones la preocupación. Días atrás no consiguieron que desistiera de esa idea, pensaron en prohibirles; sin embargo ya sabían que no obtendrían resultado con dos necios. Se subieron a la carreta que los acercaría al pueblo, Klin ya estaba instalado junto con las maletas. Candy sonreía ocultando muy bien su temor, con el estómago apretado de nervios, sabía que ese viaje tendría más de alguna sorpresa.

Se despidió sacudiendo la mano. Charlie también se despidió con un: "hasta luego" de los chicos, de las dos mujeres que estaban tan preocupadas, corrían siguiendo la carreta hasta que se perdió en aquella mañana impregnada del aroma de las flores en primavera.

— Bueno... Charlie, ¡Aquí vamos rumbo a Inglaterra!… es un viaje largo… no te quejes después…—le dijo mirando como se borraba poco a poco la Colina de Pony —Ya es: Tiempo de respuestas…—suspiró fijando su vista en el horizonte — ¡CANDY WHITE ANDLEY Y CHARLIE CABEZA HUECA… ¡VAN EN BUSCA DE SUS RESPUESTAS! —gritó mientras el chico le hacía una mueca por lo de "cabeza hueca", riendo juntos, se dieron ánimos para esa nueva aventura que recién comenzaba, en una mañana de primavera.

Candy, recordaba aquel viaje en que George la llevó hasta Londres, el viaje en Barco que duró tanto, para llegar al Colegio San Pablo… era una travesía que se repetiría inevitablemente, pero ahora tenía otros motivos: La respuesta a sus raíces.

Continuará…

Notas: Steinway and Sons, del alemán Heinrich Steinweg; eran una reconocida fábrica de pianos que se instaló en Nueva York a fines del siglo XVIII. Camargues, es una raza de Caballo del sur de Francia.Grandfathers, son los conocidos relojes de caja de madera, largos que se mantienen de pie. Aparecieron en Inglaterra a fines del siglo XVII, pueden medir fácilmente entre: 1.80 m y 2.30 m. Poseían un péndulo, calendario solar; sin embargo muy pocos con el calendario lunar, segundero y hasta sonido cada cuarto, media y hora. Funcionaban con dos tipos de movimientos: de ocho días, al que había que darle cuerda sólo una vez a la semana y 30 horas. William Dutton, era un renombrado realizador de relojes en Londres, que hoy en día son muy buscados por los coleccionistas.

Ladyzafiro

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