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: B s . A A A    : full 3/4 1/2   : E E   : Light Dark TV Shows » House, M.D. » Alambre de espino

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Author of 54 Stories

Rated: K+ - Spanish - Angst/Romance - R. Chase - Reviews: 2 - Published: 12-13-06 - Complete - id:3287577

Por enésima vez en lo que iba de noche, el doctor Robert Chase se dio media vuelta en la cama. Tenía la espalda surcada de pequeños puntitos de dolor en forma de contracturas de tensión nerviosa. Su estómago no parecía tal, sino un saco lleno de animalitos en movimiento que no dejaban de saltar de un lado para otro. Le dolía la cabeza, estaba agotado y se moría de sueño. Tanto era así que no podía conciliar el sueño.

Más cansado y aburrido que contrariado, empujó las sábanas hasta que no le cubrieron ni siquiera los pies. Sudaba abundantemente, pero colocarse de lado hizo que el sudor se enfriase y tuviera que incorporarse para recuperar la ropa de cama y taparse con ella hasta la barbilla. De pronto tiritaba.

Miró la hora: las cuatro y cuarto de la madrugada. Ni siquiera recordaba cuándo había llegado a su casa, mucho menos cuándo se había decidido a tentar su suerte y probar a dormir. Había esperado que las benzodiacepinas que tenía para casos desesperados surtieran efecto, pero enseguida había comprobado que ni por esas. Aquella noche tampoco tocaba.

Llevaba un par de días en vela, con los ojos como platos tanto de día como de noche. House ya había hecho un par de sus comentarios mordaces al respecto. El muy cabrón estaría plagadito de defectos, pero había pocos tan observadores como él. Además, lo de Chase saltaba a la vista. “Pareces un yonqui”, se había dicho a sí mismo aquella misma mañana mientras se peinaba los cabellos dorados ante el espejo. Y eso que todavía no sabía que aquella noche tampoco tocaba.

Su cuerpo parecía estar castigándole y ensañándose al hacerlo. Posiblemente se debía a que estaba en una época muy mala. Aunque recordaba pocas épocas buenas mirando hacia atrás. Aquella, desde luego, no era una de ellas. Aporreó la almohada para ablandarla y se dijo que se lo merecía. Un tití borracho sería mejor médico que él.

Se había cargado a un niño, o así lo sentía. Su inutilidad manifiesta había hecho que aquel pequeño muriera. Recordaba perfectamente su cuerpecito agonizante, las palas, los intentos fallidos y cada vez más desesperados por salvarle la vida. El “¿cuánto llevamos?” que preguntó a la enfermera que había junto a él. La respuesta en forma de “cuarenta y cinco minutos” pronunciada con vergüenza, casi como una disculpa. Finalmente, la hora de la muerte. El bebé se le había ido. No había sido capaz de salvarle. No valía para nada.

Y todo aquello justo ahora que Foreman acababa de volver. Otro que había estado a puntito de irse al otro barrio. Sacudió la cabeza y se recriminó a sí mismo pensar con tanta crudeza. Empezaba a parecerse a House. Se dijo que pasaba demasiado tiempo en el trabajo, que debería buscarse algo que le entretuviera en su poco tiempo libre. Ni siquiera sabía el qué, no recordaba sus aficiones de cuando era una persona normal. Poco importaba. Había matado a un niño y había visto a uno de sus compañeros, de sus amigos, al borde de la muerte.

Resopló y volvió a girarse. El colchón que hacía un rato le parecía duro como una piedra ahora daba la impresión de querer fagocitarle. Se hizo una bolita, encogido en posición fetal y pensó en echarse a llorar. Estaba tan cansado que tal vez funcionaría. Sin embargo, tras un par de gemidos le quedó claro: aquel truco no resultaría. Hacía tiempo que se le habían agotado las lágrimas. Sí, recordaba bien cuándo.

Se llamaba Sinead. Era una figurita pálida de pelo caoba y ojos de toffee. La había conocido en una calle de Sydney. Sinead iba renqueando con un esguince recién hecho y apenas podía cargar con las bolsas que portaba hechas un lío en las muletas. Cuando todavía la gente le nombraba por su nombre de pila, Robert le echó una mano. La sonrisa y el “gracias” de aquella boquita de piñón le hicieron ver que aquel sería el principio de una larga amistad… y quizá de algo más.

Sinead y él se habían descubierto muchas cosas juntos. Todas las primas veces importantes de la vida sentimental de Robert, de Chase, se las debía a ella. Jamás se le olvidarían su mirada de miedo y el temblor de su cuerpo su primera vez en la cama. No, ni tampoco el “te quiero” de ojos entornados que vino después y que también fue el primero.

Decir que lo suyo se había roto era ser demasiado condescendiente consigo mismo y lo sabía. Él se lo había cargado, igual que al bebé. Sin saber muy bien el motivo, había empezado a alejarse de ella, a pasar días enteros sin dar señales de vida. Sinead siempre estaba esperándole a la vuelta de aquellas ausencias con el mismo alivio en sus ojos de caramelo líquido, pero cada vez más cansada. Hasta que un “no me toques” cuando iba a besarla mostró a Robert que había conseguido lo que no quería pero había estado buscando.

Después de eso, no había vuelto a verla. En lugar de intentar nada, había decidido cruzar el charco, probar fortuna en Estados Unidos. Pronto había encontrado trabajo y se había puesto manos a la obra en todos los campos. Sinead ya no existía, solo era una sombrita triste y lánguida del pasado, de la Australia que no tenía intención de volver a pisar.

Sin embargo, aquella noche no podía evitar pensar en ella. Sinead, su Sinead. ¿Dónde estaría? ¿Con quién? ¿Qué habría sido de su vida? Algunos detalles le habían ido llegando con cuentagotas por boca de Andy, uno de los pocos amigos de aquella época que todavía le dirigían la palabra. Por él supo de la depresión de Sinead, de la anorexia causada por la pena y de cómo se había tomado dos cajas de barbitúricos para intentar suicidarse. “Enhorabuena, le has destrozado la vida”, le había felicitado un Andy de voz temblorosa por la rabia y el llanto cuando le llamó para contárselo.

Se frotó el pelo apelotonado por el sudor y buscó el teléfono en la oscuridad de la habitación. Marcó de memoria la mitad del número y colgó. ¿Qué estaba haciendo? ¿Cómo iba a llamarla ahora, después de tanto tiempo? Sinead no querría saber nada de él, eso contando con que siguiera viviendo en la misma casa. No, era mejor no llamarla, no tendría sentido. A cada segundo lo tenía más claro y, aun así, no era capaz de detener sus dedos mientras marcaban nuevamente.

—¿Diga?—preguntó una voz que Chase reconoció perfectamente al otro lado. Tanto fue así que no se atrevió a hablar. Quería volver a oírla—¿Hola? ¿Hay alguien?

—¡Sinead!

—Sí… soy yo. ¿Quién eres?

—Chase—respondió automáticamente. Llevaba tanto tiempo sin que nadie se refiriese a él de un modo distinto.

—¿Robert Chase?

—Sí—La voz le vibraba cansada pero alegre. Se dijo que, aunque le colgase en aquel instante, ya había merecido la pena.

—Oh… vaya… Cuánto tiempo, ¿no?—murmuró sin muchas ganas, todavía sorprendida.

—Sí, mucho—contestó, dejándose llevar por el horror vacui.

—Ya, bueno… y… ehh… ¿qué es de tu vida? Andy me dijo que estabas en Estados Unidos.

—Sí, en Jersey. Estoy trabajando en un hospital, en un equipo que lleva casos curiosos, cosas que nadie más podría resolver—Se dijo que le había quedado tan arrogante que House estaría orgulloso de él si le oyera. Incluso puede que se metiera con él para demostrárselo.

—Qué bien… Oye, ¿qué hora es por allí? Con el desfase debe de ser…

—Tarde—confirmó Chase, cortante—. Muy tarde. No podía dormir y he pensado en ti de repente. Si quieres…

—¿Qué te ha pasado, Robbie?

Chase sonrió. Robbie, vaya. Sinead era la única que le había llamado así en su vida. A Chase nunca le había gustado que lo hiciera delante de terceras personas. Al principio incluso le molestaba que le llamase así en privado. Después, con el tiempo, se había enamorado de aquel diminutivo. Era uno de aquellos pequeños secretos que Sinead y él compartirían siempre. Ahora, oírlo de nuevo le llenó los ojos de lágrimas sin borrar la sonrisa.

—He matado a un bebé—gimoteó con voz quebrada.

—¿Cómo, cómo?

—Verás, Sinead…

Cuando el llanto se lo permitía, le fue hablando a Sinead de la muerte de aquel pequeño. Como siempre hacía años atrás y él le hablaba de sus problemas, ella intentaba tranquilizarle y hacer que continuara contándole todo. Si cerraba los ojos, Chase incluso podría imaginársela a su lado, mirándole con los ojos teñidos de cariño, tristeza y comprensión. Su Sinead estaba junto a él aunque estuviera a miles de kilómetros.

—Hay más, ¿verdad, Robbie? El hilo no se corta aquí, no me creo que la muerte de ese niño sea lo único. Venga, mi amor, sigue tirando—Chase sacudió la cabeza como si ella pudiera verle. Se sentía tan mal que ni siquiera fue consciente de que le hubiera llamado “mi amor”.

—No… no puedo.

—¿Por qué?

—Son tantas cosas…

—Lo sé. No es un hilo, es alambre de espino. Pero no te preocupes. Tú sigue tirando, que yo te curaré las heridas de las manos cuando termines. Te las vendaré, les daré un besito y les cantaré el “cura, sana” para que se pongan bien, ¿hace?—como un niño pequeño, Chase rió entre lágrimas y sorbió por la nariz.

—Hace.

Así, le narró a Sinead sus venturas y desventuras desde el final de su relación. Algunas cosas se las contó de modo muy general, mientras que en otros pasajes se detenía y se deleitaba en lamerse sus heridas. Por muy patético que pudiera parecerle cuando se recuperase, en aquel momento lo único que quería era un poco de compasión, recordarse a sí mismo que ese sentimiento existía.

—Bueno… ¿y qué hay de ti?—se aventuró a preguntar cuando consideró que ya lo había soltado todo y se encontraba más relajado.

—No mucho, para qué mentir. Estuve un poco depre cuando lo dejamos, pero enseguida me repuse. A las pocas semanas ya andaba ligando como la que más—mintió descaradamente. Aunque Chase no hubiera sabido la verdad, no le habría creído ni media palabra—. Estuve trabajando en Canberra unos meses y ahora estoy de vuelta a Sydney.

—¿En la misma casa de antes?

—No, me mudé, pero me traje el número. Necesitaba algo más grande.

—¿Más grande?—Sinead hizo un sonido afirmativo al otro lado de la línea— Perdona, ni se me había ocurrido preguntar. ¿Estás casada? ¿Tienes hijos?

—Estoy con alguien. Le conocí en Canberra y se vino conmigo. Es de Nueva Zelanda, pelirrojito, como a mí me gustan.

—¿Lleváis mucho juntos?

—Año y pico, nos casamos dentro de tres semanas.

—Enhorabuena—dijo con el tono más alegre del que fue capaz. Lo último que quería era aquel varapalo en ese preciso momento—. ¿Estás bien con él? Bien de verdad, ¿eres feliz?

—Sí—aseguró con firmeza—. Sí, Robbie, estoy muy bien. Le quiero.

—Prometimos que estaríamos siempre juntos—pensó amargamente en voz alta— y lo incumplimos. ¿Qué cambió, Sinead?

—Tú.

Chase asintió y suspiró. De pronto se le habían pasado las ganas de continuar conversando. De modo abrupto se despidió y colgó. Se sentía un completo imbécil. La quería, la seguía queriendo, ahora estaba seguro. Después de tanto tiempo sin saber de ella, se daba cuenta de que la mujer de su vida continuaba en Sydney casi igual que la había dejado. Solo que ahora tenía a alguien que realmente se la merecía.

Destrozado, se colocó boca abajo y hundió la cabeza tan profundo como pudo en la almohada, de modo que apenas podía respirar. Entonces, con el aire que tenía acumulado en los pulmones, aulló. Dio un alarido con todas sus fuerzas mientras aporreaba el colchón con saña. “Ahorra tu aliento, débil, nadie oirá tus gritos”, había leído por ahí una vez y se había quedado grabado en su mente. Pero le dio igual. Él seguía chillando, dejándose la garganta. Tanto fue así que solo cuando se detuvo a tomar aire fue consciente de que el despertador había empezado a sonar.



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