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Nota de la autora: Muchísimas gracias por sus reviews :). Me alegró ver que les gustó el capítulo pasado, era una forma de ponerme de buenas con ustedes.
Aviso que en este capítulo hay sexo explicitísimo, espero no herir las susceptibilidades de nadie, ¡de todas maneras están advertidas!
Quería recomendarles que vean el fanfiction con ancho de ½. Al costado derecho superior de la página está eso de login, debajo está Help, debajo están las opciones de tipo de letra, y en esta misma línea están las opciones del ancho. La última, o sea la de ½ es la que más se acerca a la disposición original de los párrafos.
VERANO ROSA
Capítulo XII: La Caperucita y el Lobo.
“¿De dónde vienen esas voces?” pensó Isabelle.
Debido a los dolores de cabeza no sabía si lo que oía era producto de su imaginación o si efectivamente alguien, o más de alguien, estaba empeñado en no dejarla dormir con su cháchara.
Estaba harta de su mala suerte. Nunca, NUNCA un hombre la había rechazado. Ella era de las chicas que se aprovechaban de los sentimientos y del ego de los machos, los alababa para que le compraran cosas y cuando ya no eran interesantes un simple “Ya no me gustas” era suficiente. A Merlín gracias ninguno fue lo suficientemente insecto para arrastrarse. Y ella lo prefería así, odiaba el drama.
Pero Remus, Remus John Lupin era diferente. Ella lo supo desde el principio. Esos ojos ambarinos con ausente destello la atraían de sobremanera. Irónicamente él siempre le recordó a un vampiro, tan pálido y escurridizo, como si en cierta época del mes le diera hambre y volara lejos a saciarse con la sangre fresca de alguien. Y dada la real naturaleza del castaño bien podría haber sido cierto, sólo que no era vampiro sino hombre lobo, aunque ambas criaturas se alimentaban parecido.
Isabelle recordó cuando tuvieron sexo. En la manera que tuvo el hombre para resistirse, y en cómo se entregó a las bajas pasiones. Simplemente había sido excepcional, por lejos el mejor amante que había tenido en su vida.
Recordaba el tamaño de su miembro. Se relamió los labios y suspiró nostálgica.
Isabelle se quedó divagando en el pasado y la gran diferencia con el presente austero y egoísta. Se levantó de la cama sintiendo que iba a vomitar, pero quería saber quién estaba molestándola.
La fogata seguía prendida pero no había nadie a su alrededor. Las voces venían de la tienda de Nymphadora.
A contraluz se veían claramente dos siluetas, al parecer estaban jugando cartas.
“Que tipa más idiota, tiene a Remus consigo y no logra más que hacerlo jugar con esos bobos juegos muggles”
Isabelle se dio la vuelta justo cuando Nymphadora se puso de pie y comenzó a sacarse el pantalón. Isabelle volvió a la tienda donde reposaba justo cuando Remus se abalanzó sobre la pelirrosa. Isabelle volvió a recostarse en la cama justo cuando Remus hundía sus labios y lengua en la humedad de la metamorfomaga.
Esa noche Isabelle, oficialmente, pasó a ser historia.
X
Estaba maravillado.
Tenía a la mujer que más deseaba en el mundo a milímetros de saborear su sexo como si de helado se tratase. Por fin el momento había llegado. “Es la primera vez que hago esto” le confesó una vez. Lo recordaba perfectamente. Sobre todo porque no le creyó. “Cómo una chica como ella va a ser inexperta”.
“Hugh, eres un idiota” pensó con el ego rebosante y una sonrisa en los labios.
Nymphadora se sentía dentro de un trance. Era como si una coqueta coreografía la tuviese poseída y no quisiera exorcizarse. Bordeó con la mirada los muslos del lupino, sus caderas, su abdomen. Todo lucía tan exquisitamente duro. Imaginó esa porción de su cuerpo estrellarse contra ella, el latigazo de placer fue instantáneo. Acercó sus manos hacia el miembro excitado. Lo rodeó con la palma derecha y sus largos dedos comenzaron a acariciar la piel suave, erizándole los sentidos al castaño, quien cerró los ojos.
Lengua, labios y acallados gemidos se unieron a la proeza sexual. Lamiendo, succionando, besando y en ocasiones mordiendo la dermis encendida del licántropo.
Los gemidos del macho eran tan roncos y profundos que lograban desinhibirla. Pensaba qué podría hacer para calentarlo todavía más. Él todavía no perdía la cabeza. La de arriba.
- Remus… - susurró de pronto.
- S-si – logró articular con dificultad.
- Ponte de pie, por favor - el castaño abrió los ojos y la miró confundido – oh, vamos, no te haré nada malo.
La sonrisa era ahora de Tonks.
Se puso de pie y esperó que ella hiciera algo.
La pelirrosa lo tomó de la mano y lo apoyó contra la pared. Remus quiso devolverse al ver que ella se alejaba hacia su mochila. Ella se percató y esta vez lo estrelló contra la pared de la tienda.
Abrió los ojos asombrado de su fuerza.
- Quieto.
La mujer volvió con un elástico para el cabello. Se arrodilló entre las piernas del castaño, y puso el elástico rodeando la base del miembro.
Remus estaba anonadado. “¿Y eso para que será?” pensó al instante.
Dolía un poco, el elástico ejercía presión.
Nymphadora volvió a la carga. Lamió los muslos de él, dejando un rastro de saliva como cause. Luego fue el vientre, ombligo, mordiendo sus caderas y succionando la piel de la ingle. Notaba como él se tensaba y le servía de aliciente. Aventuró sus caricias hacia los testículos del lupino. Rozando, apretando y finalmente degustando.
Era cierto que era la primera vez que hacía eso. Y por la reacción de él parecía que también era la primera vez que una mujer le dedicaba especial atención al dichoso par. No eran tan grandes. Se metió uno a la boca.
- Puta ma…
Procuró mojarlo con su saliva y quitárselo suavemente, ejerciendo presión con sus labios carnosos. Era sublime como reaccionaba Remus. Parecía que necesitaba con urgencia apoyarse en algo. Sus manos se agarraban de la pared con vehemencia.
De pronto sintió cómo unas manos pequeñas se apoderaban de sus nalgas y lo empujaban hacia delante. Con los ojos cerrados sintió su erección humedecerse por completo. Eso sólo podía significar una cosa.
Abrió los ojos y miró hacia abajo.
Nymphadora lograba lo que ninguna otra mujer había logrado. Poder albergar por completo su virilidad en la boca.
Verla hacer eso le quitó todo el control que le quedaba. Se apoderó de sus cabellos y la instó a acelerar el trabajo. Y ella, a diferencia de lo que podría haber pensando alguna vez, se dejó abusar placenteramente. Más bien, ella abusó, no iba a permitirse dominar, no en esa instancia.
Siguió lamiendo la piel tersa, dejándose arrebatar por la textura y el aroma suave de la dermis.
Remus no se explicaba cómo tanto placer no lo hacía escurrir aún. Todo parecía el excitante preludio de un sexo abominablemente intenso. El corazón lo amenazaba con un infarto inminente y él se dejaba seducir por la adrenalínica sensación.
Perdió la noción del tiempo. Hasta que…
- Dora… - la mujer interrumpió su labor y lo miró. Los labios le brillaban – si sigues me… me…
- ¿Te vas a correr?
El lupino volvió a abrir los ojos con asombro. No estaba acostumbrado a que una mujer le hablara así, menos ella.
Y en franco rigor ella también estaba asombrada.
- Si – afirmó el castaño.
- No importa.
Nymphadora volvió a lo suyo, pendiente de la mirada excitada del macho. No se iba a dejar cohibir por él. Lo miró fijamente mientras aceleraba el ritmo, conciente de que en cualquier momento se derramaría.
El lupino no consiguió mantener la mirada. Desplazó sus manos hacia la pared, en un mudo intento por recuperar la compostura que la pelirrosa extinguía suavemente. Se sentía al borde de un abismo que lo esperaba ansioso, nada más unos segundos más y dejaría explotar el deseo tantas veces menguado.
Uno, dos, tres, cuatro segundos. Hasta que finalmente…
Un gemido ronco y profundo se le escapó de la garganta. Las piernas parecían habérsele dormido. Al violento orgasmo le siguió la calma, la respiración se fue acompasando lentamente. Abrió los ojos con suavidad, como si acabara de despertar de un largo sueño.
- ¡OH! – se apresuró a decir – perdona, no quise… - Tonks estaba de rodillas en el suelo, con parte del pecho y manos bañadas en una sustancia blanquecina, lechosa. Lo miraba con suma curiosidad – ¿te ayudo a limpiarte?
Remus hizo ademán de salir a buscar su varita pero ella lo detuvo. Sólo que esta vez no lo empujó, sino que volvió a aferrarse del miembro, dejando al dueño mudo y nuevamente asombrado.
La mujer volvió a deleitarse usando su lengua y sus labios, atrapando esa porción de Remus en su boca como si fuese el más preciado juguete. Notó que seguía erecto aunque había perdido cierta fuerza. Y también notó que parte de la sustancia blanquecina se encontraba en la punta.
No sabía mal.
Era un poco fuerte y salado, pero el hecho de saborearlo la llenaba de un erotismo incalculable. Sentir derramar por su garganta algo tan íntimo la seducía y la animaba a abrir los ojos y mirarlo de forma penetrante. Y allí estaba él, observándola con ojos cansados de placer, pidiéndole de forma muda clemencia. Llevó su cabeza hacia atrás por enésima vez, cerrando los ojos y tragando sonoramente. Estaba rendido.
De pronto ella dejó su labor y se puso de pie. Lo miró intensamente, tanto que él volvió a abrir los ojos. Fuego con fuego en la habitación, bajo un cielo triste y nublado. Sin embargo no podía ni podría extinguir la pasión de ambos. Él se acercó a ella. La tomó de los muslos y la obligó a abrazarlo con las piernas. La llevó hacia la cama y se recostó, con ella sobre él. Desnudos ambos, cuerpos sudados que no querían satisfacerse aún.
- ¿Recuerdas la música del antro? – le preguntó ella, una vez el lupino se recostó totalmente horizontal.
- Si
- ¿No te pareció sexy?
- Si
- ¿Has visto cómo las muggles bailan esa música?
- No
- ¿Te muestro?
- Claro
Remus pensó que ella se pondría de pie, pero Nymphadora siguió sobre él, mirándolo fijo, penetrante.
Comenzó a moverse suavemente, sutilmente, de adelante hacia atrás, pero no era un movimiento seco, muy al contrario. La pelirrosa arqueaba la espalda en una danza serpenteante, donde toda la fuerza se la llevaban las caderas, que amasaban la piel del lupino. Acariciaba el miembro del macho de arriba hacia abajo, mientras el ímpetu de ella lo mantenía pegado al pubis.
Aquello era imposible de ignorar, irremediablemente esos movimientos ondulantes lograban excitarlo más de lo que ya estaba. Estaba cansado de no poder dominar la situación, pero no podía con la fuerza erótica que imponía Nymphadora, hipnotizando sus sentidos, su piel, su mente. Él era un ser totalmente visual, totalmente auditivo, totalmente táctil, totalmente padecía de todos los sentidos.
“Bendita sea esta mujer” pensó, al observar como ella le enseñaba su sexo, pequeño, rosa, húmedo y suave, con cada movimiento.
Alargó sus manos hacia las caderas de ella, podía sentir los huesos de las crestas ilíacas estrellarse contra su palma de manera suave, instándolo a seguir tocando su cuerpo coqueto. Aventuró una mano hacia la vulva.
- No – dijo ella, quitando la mano del lupino con brusquedad. Le pareció que el macho hizo un puchero.
- Quiero tocarte, vamos, déjame…
- No, ya te dije.
- Pero quiero hacerte el amor como yo quiera, si no me dejas tocarte no po…
Nymphadora se abalanzó hacia su cuerpo y tomó las manos de él, poniéndolas al lado de su cabeza.
- ¿Y que tal si lo hacemos a mi manera?
“Lo hemos hecho todo a tu manera” pensó él.
- Pero a qué le tienes miedo – dijo él, mirándola fijo a los ojos oscuros - ¿temes que sea muy brusco?
- No te tengo miedo, Remus Lupin – la pelirrosa se acercó a milímetros de su boca, y cuando él quiso besarla, se retiró, dejándolo con las ganas, algo molesto.
- ¿Me estás retando? – preguntó enaltando la ceja.
Ella sonrió.
- ¿Debería abstenerme de hacerlo?
- Por supuesto.
Esta vez soltó una carcajada.
- Uuh, que miedo – dijo con ironía – me va a salir el lobo.
Ya llevaba aguantando mucho tiempo.
Se zafó de las manos que lo mantenían preso y con un movimiento rápido, puso a la mujer debajo de él.
- No me pongas a prueba, no te conviene.
Nymphadora se sorprendió, se había acostumbrado en esos instantes a ser la dominatrix, ahora tendría que dejarse hacer. Trató de alejar el cuerpo de Remus con sus manos, pero él las tomó de forma salvaje y las puso alargadas sobre su cabeza, luego tomó ambas manos sólo con una suya. Y aún así podía hacerle frente a la fuerza de la mujer, que trataba con necedad de zafarse.
- No me gusta así.
- Así cómo.
- Que no me permitas mover.
Soltó una carcajada.
- ¿Y qué has hecho todo este tiempo conmigo?
No contestó.
- ¿Te molestaste?
No contestó.
Procedió a besar su cuello, comenzando cerca de la oreja, delineando la mandíbula, el mentón, alternando lamidas y besos húmedos. Con la otra mano separó sus piernas, piernas esquivas que hacían fuerza para impedírselo, mas no podían con la fuerza del lobo. Apoyó todo su peso en su pelvis, obligándola a sentir su hombría, anhelante y erecta por su cuerpo. Ella gimió casi sin quererlo, la sensación la desbordaba de pronto. ¿Debería temerle a la pasión de un licántropo?
Él hacía resbalar su sexo por la viscosidad de ella, masturbándose en sus labios y besándola con locura por el cuello, ascendiendo por la garganta, lamiendo sus mejillas y refregando su torso por los exquisitos pechos de ella, masas de piel caliente que se erguían con ímpetu ante su insolencia.
Ya no podía seguir aguantando, quería penetrarla pronto.
Aplicó mas fuerza en el agarre de sus manos y sujetando su cadera aceleró su carnal violencia, deteniéndose a mirarla detenidamente en medio del acto. Ella, con sus dulces ojos cerrados, le dedicaba una fachada inexorable del placer, con la frente sudorosa y mordiéndose el labio inferior con loca locura.
“¿Debería hacerlo ahora?” se preguntó el lobo, haciendo un esfuerzo abominable por ocupar la cabeza, ahuyentando el viril deseo de satisfacer su fantasía, casi obligando el pálido cuerpo que yacía bajo él al delirio, a la perdición.
Se detuvo de pronto, y la ausencia de sus jadeos permitieron escuchar los sensuales gemidos de la bruja, sonido eco de la pasión que la desbordaba, plegaria coqueta de demencia. Lo miró, con una mirada ardiente y penetrante, brillante de deseo. Él le devolvió la mirada, como si quiera embestirla con ella también. Acercó el glande hacia la dichosa abertura, lentamente, quería oír pedir por su sexo. Ella, muda, mas con sus ojos profundos pidió por esa exclusiva porción de carne que rogaba por ella.
Remus procedió.
Se sentía ancha, suave y cálida. Excesivamente cálida, parecía quemarle las entrañas y encenderlas de pasión, todavía más. Si bien Nymphadora había sido penetrada por Remus antes, ahora podía disfrutarla muchísimo más, ahora se sentía partícipe de la unión, no abusada inocentemente como la anterior, ahora le gustaba la fuerza, la pseudo violencia que él encaminaba sobre su cuerpo.
Fue suave con ella, haciéndolo lentamente, siempre atento a su reacción. Le costaba mantener su respiración bajo control, sentía que en cualquier momento el corazón iba a salírsele de las fauces y que iba a venirse sin mayor anticipación. Por primera vez en su vida eso le preocupó, estaba tan al borde del orgasmo que cualquier segundo extra dentro de esa exquisita cavidad era una tortura.
Sintió las pequeñas manos de la pelirrosa sobre su espalda, mientras él seguía quieto dentro de ella, besándole el cuello y atento a cualquier pormenor. Las manos se resbalaron por toda la longitud de su espalda, se detuvieron en sus nalgas y las apretaron ligeramente. Él sabía lo que eso significaba.
Desplazó su boca hacia la de ella, y mientras la besaba comenzó a estocarla, despacio.
Su sexo era sumamente tibio y estrecho, más estrecho que cualquier otro que hubiese poseído con anterioridad. Si bien estaba húmeda, no era lo suficiente para lubricar su miembro en toda la extensión. Comenzó a sentir que el interior de ella se resecaba de pronto. Se detuvo.
- ¿Qué sucede? – preguntó ella, con una voz exquisitamente suave.
No sabía cómo explicarle.
- No estás tan húmeda y no quiero lastimarte – respondió al fin.
Nymphadora lo miró unos segundos. Estiró una de sus manos hacia el cuerpo del lupino, lo retiró de su ser y se mojó dos dedos con su propia saliva. Luego los introdujo en ella bajo la mirada atenta y excitada de Remus, que veía por vez primera masturbarse a una mujer.
- Ya está – agregó.
Pero él continuó mirándola, fijamente a los ojos, con una expresión voraz. A ella le costó asimilar lo que había hecho, una vez lo comprendió se sonrojó, y desvió su mirada. Ante ese gesto el castaño no pudo más que derretirse y la besó con locura, olvidándose momentáneamente que debía volver a penetrarla. No fue que recordó hasta que la pelirrosa comenzó a gemir mientras él saboreaba su boca.
Apoyó su cabeza entre el cuello y el hombro de ella, mientras que con una mano guiaba por segunda vez en esa mañana su sexo hacia el de Nymphadora. No fue difícil entrar, pero la cavidad continuaba sintiéndose muy tibia y muy estrecha. El estar en esa posición le entregaba todo el control a él, y esto, extrañamente, lo ponía nervioso. Recordó lo que le había hecho a su mujer antes, cómo había dejado amoratados sus pechos, su mente divagó mientras él, mecánicamente, introducía y sacaba su miembro de ella. Intentó imaginar el dolor que le produjo esa vez, recordó haberla visto cerrar sus ojos y sostener firmemente la colcha de la cama, sus gemidos entrecortados. “¿No estaré lastimándola de nuevo?” se preguntó.
La miró. Estaba con sus ojitos abiertos de par en par, brillantes por él, mirada que divagaba entre los ojos castaños del lupino y en su boca de opacos labios. Lo atrajo hacia ella por la nuca, besándolo y lamiendo su piel, en una danza erótica que le dejaba claro que el dolor había quedado atrás.
Poco a poco fue aumentando la velocidad, procurando introducirse cada vez más hasta el fondo. Ella gemía, o ronroneaba más bien, cada vez que el ritmo incesante de sus latidos le permitían hacerlo. Por momentos sentía que se ahogaba de placer bajo ese cuerpo sudoroso que la mantenía dulcemente cautiva.
Siguió estocándola, cada vez mas rápido y más profundo, cargando su peso en la embestida.
De pronto ella gimió, pero de dolor.
Remus se detuvo asustado, la miró.
- ¿Te lastimé?, ¿quieres que me detenga? – lo preguntó todo muy rápido.
- No – dijo ella, acariciándole la mejilla mientras le sonreía con dulzura – sólo que no lo hagas tan profundo.
- Mejor tú arriba.
Ella no tuvo tiempo de protestar. Simplemente al castaño le bastó un segundo para posarla encima de él. Y volvía la mirada voraz al rostro del macho.
Estar así, desnuda y a merced de Remus, la cohibía un poco. Sabía que tenía que introducir el miembro del lupino en ella y luego moverse. Dicho de esa manera no sonaba difícil, pero al agregar la mirada que él posaba sobre ella, todo se volvía más complicado.
Lupin quiso hacerle el trabajo más llevadero, él mismo tomó su sexo. Nymphadora levantó sus caderas, enseñándole cuan rosa era. Sin embargo, él no hizo nada más. Se detuvo a mirarla. De pronto se le antojaba saborear esa viscosidad excitante. Todavía con su miembro en la mano, comenzó a masturbarse mientras miraba su vulva, sexo que estaba esperando por la porción de carne que estaba entre sus manos, pero él no parecía aludirse.
Estaba en shock, esa imagen era exageradamente sexual, nunca se había detenido a pensar cuan excitante era ver a un hombre, su hombre, masturbarse enfrente de ella, y por ella. Lo miró al rostro y él no se inmutaba, tenía la mirada fija en ella, en esa parte de ella. Respiraba cada vez con más violencia, y cuando a Tonks le pareció que eyacularía, la atrajo hacia él, rápida y furtivamente. Posó su vulva sobre su cara nuevamente, y se dedicó a sentir la tibia cavidad con vehemencia, succionando y lamiendo todo lo que había a su paso, desencadenando en ella un furioso orgasmo, orgasmo tan violento que le adormeció las ingles durante unos segundos.
Se escurría de nuevo, pero esta vez no en el cuello de su mujer, sino en la colcha de su cama.
Nymphadora exhaló un último gemido, y él volvió a la carga. La posó sobre su sexo, empujándola suavemente hacia abajo, permitiéndole tiempo a ella para decir basta si le dolía. Pero no se quejó, se dejó resbalar hasta el fondo, entre su sexo y el pubis de Remus no había más que calor.
La imagen de tenerla sobre él, atrapándolo por completo, volvía a excitarlo de sobre manera, la incitó a moverse tomándola por las caderas, de forma suave, alternando caricias por su abdomen, su espalda, sus nalgas, sus pechos; toda la piel que se atrevía a cruzarse ante él, toda la piel de ella, él era su dueño en ese momento.
La pelirrosa, todavía algo cohibida por él, decidió moverse. Cada roce le generaba un éxtasis inmenso, era imposible no gemir ante ese descomunal placer. No sabía con exactitud cuantos orgasmos iban, y si bien se sentía cansada, las ganas que ponía él la animaban hasta un límite desconocido.
A Remus se le antojó besarla, pero recostado en la cama no podía. Se sentó, la atrajo hacia si por la cintura, abrazándola firmemente, obligando a juntar su torso con los pechos dulces de ella. A medida que el beso se tornaba más sensual él se iba apoderando de ella, la empujaba hacia él, imponiendo su fuerza lobuna por enésima vez esa mañana. A medida que escuchaba sus gemidos perdía la cabeza, notaba que ella también perdía la cordura, los ronroneos eran más y más profundos, algo roncos.
Ella posó su boca cerca de su oído. Escucharlos tan cerca casi le provoca un paro cardiaco. Le siguió a sus gemidos. Siguió obligando la estocada violentamente erótica.
Sobrevino otro orgasmo y la pareja se detuvo al fin.
La percusión de sus corazones era audible para ambos.
Se miraron. Ella lo besó y él la tomó para posarla bajo su cuerpo. Todavía con el miembro erecto se volvieron a besar, con un Remus lleno de ganas y energía, sin embargo notaba que ella estaba cansada. Dejó el beso y se recostó a su lado. La iba a abrazar pero ella se dio la vuelta, dándole la espalda. La abrazó entonces, sin la intención de evitar que sus palmas se desviaran hacia los pechos de ella. Hacia el vientre, hacia la vulva. Tocó y se percató de la humedad, del calor. Introdujo un dedo mientras le besaba el cuello. Todo muy suave, mucha fricción, los pliegues de su anatomía escondida lo seducían enormemente. Nymphadora, presa del placer, colocó una mano encima de la mano de él, incitando la rapidez, acelerándole el ritmo.
Orgasmo y relajación total. El sueño la atrapó a ella primero.
Él, antes de rendirse a Morfeo, observó las nalgas de su mujer, divagando por su cintura, sus muslos. Recordó que nunca había penetrado a una mujer desde atrás. Siempre le había parecido muy impersonal. Sin embargo, el cuerpo de la pelirrosa lo llevaba a los límites.
Se durmió pensando en que mañana, podía volver real su nueva fantasía.