
Después de un accidente al ver ella trasgredidos todos sus límites decide borrarse para siempre del mundo mágico, sin saber que alguien va a tener que rescatarla de su nueva vida y hacerle partir todo desde cero. [R&Hr, post HBP]
Rated: Fiction K - Spanish - Romance/Drama - Hermione G. & Ron W. - Chapters: 7 - Words: 19,167 - Reviews: 86 - Favs: 30 - Follows: 27 - Updated: 03-28-08 - Published: 01-12-07 - id: 3337957
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Capítulo dedicado a Lil Granger y ella sabe por qué xD (no me mates amigaaa xDDD mejor 2 meses después que nunca o no? xD)
La caja de los recuerdos
-¿Por qué? –Ron empezó a ojear el libro. –Capítulo 1: ¿Qué es un mago? Harry, por favor esto tiene que ser una broma…
-Una broma no será para ti el capítulo cinco –Ron buscó el capítulo mencionado. "De relaciones con los muggles". –Es muy útil. Cuando Hogwarts vuelva al esplendor de siempre, se lo sugeriré a McGonagall como lectura de primer año, o que lo incluyan con la carta de admisión –Se detuvieron ante la puerta de la oficina del papá de Ron. -¿Te dejo aquí? Tengo que ir a leer cierto libro sobre maleficios a Grimmauld Place…
-No, voy contigo. Paso a despedirme de papá y… así aprovecho de hacer la tarea –Alzó la guía.
Capítulo 6: Al límite de lo permitido
-No es tan malo, quinto lugar –decía Kaitlin, saliendo de un gran edificio.
-Es horrible, no me gusta perder –confesó Hermione, y se subió en la parte trasera del auto de sus padres junto a su amiga.
-No importa, sigues siendo la mejor en clase, aunque te falten más de la mitad de las materias…
-Y aunque tenga dos años más que ustedes, Kait –puso los ojos en blanco-, ya debería estar terminando el colegio!
-Hija, cálmate –dijo su madre sin dejar de mirar al frente, pues acababa de abandonar el estacionamiento-. Para eso tienes profesores particulares a diario, para ponerte al día.
-Si hubieras entrado de inmediato al año que te corresponde no podrías dormir con toda la carga académica que eso significaría –razonó Kaitlin.
-¿Kaitlin, te llevo a tu casa? Hermione tiene Inglés y yo debo ir a la clínica.
-Si puede llevarme, señora Granger, por favor…
-Claro.
Hermione apoyó la cabeza en la ventana y miró hacia afuera, esperando que el tiempo pasara rápido, pero sucedió precisamente al revés. Dos semanas se pasaron demasiado lentas, y eso que la primera incluía Halloween de fiesta, lo que no logró conmocionar a la castaña. Noviembre empezó descargando tórridas lluvias sobre Londres y dejando atrás recuerdos lejanos que parecían cercanos. Hermione estaba en la salita de su casa, era sábado por la tarde y le dictaban clases de Geografía con un gran mapamundi desplegado sobre la mesa, ella sin poder concentrarse. ¿Dónde estaba el pelirrojo? Ahora lamentaba más que nunca el no haberle pedido ni un dato.
-…podemos encontrar con plantaciones importantes de tabaco, Hermione? –preguntaba el profesor, pero ella tenía su mente muy lejos-. ¿Granger, me presta atención? Señorita…
-Sí, eh… Kenia –respondió rápido, al ver el dedo del profesor sobre aquella ciudad de África.
-¿Kenia, segura? –levantó el dedo y se cruzó de brazos.
-Ese país es Kenia, segura –contestó, afirmando con la cabeza. Se temía que no tenía nada que ver.
-¿Oyó mi pregunta? –Hermione alzó la cabeza y avergonzada, negó.
-Lo siento…
-Yo lo siento por usted, porque es usted quien necesita alcanzar a sus compañeros, no yo.
-Bien, disculpe –se azoró-. ¿Descanso?
-Dos minutos –respondió el profesor, negando con la cabeza.
Hermione se acercó a una mesa que tenía un recipiente con dulces y, sacando uno, aprovechó de escudriñar por la ventana que daba al frente de la casa. Llovía con fuerza y el cielo estaba oscureciendo.
Ron metió su varita en el bolsillo interno del abrigo, así no se tentaba, y se acercó al portón.
Hermione distinguió a una borrosa figura café en la entrada del condominio. Ron golpeó la ventana del portero y cuando éste abrió, él se quitó el sombrero que cubría su cabeza pelirroja. Hermione abrió mucho los ojos y una sonrisa asomó a su boca.
-Quisiera ver a la señorita Granger.
-¿De parte de?
-Ronald Weasley.
-Ahora le comunico… espere. No es necesario.
Voltearon al mismo tiempo. El cerrojo del portón se abrió solo y Hermione salió corriendo de su casa con las pantuflas puestas. Apenas llegó hasta Ron se colgó de su cuello y cerró los ojos.
-¡Dios, cuánto tiempo sin verte!
Ron se sonrojó hasta las orejas, pero no había tiempo de pensar en el hecho.
-Hermione, te vas a resfriar… -le susurró. Ella se separó de súbito y se miró la ropa. Cinco segundos y mojada de pies a cabeza.
-Entremos.
El portón se cerró a sus espaldas mientras iban hacia la casa. Ron se detuvo al llegar a la puerta. Hermione, que ya había cruzado el umbral, se giró y miró a Ron aguantando la risa.
-No te preocupes por mis padres, no están. Pone tu abrigo en el armario aquel –apuntó a una puerta cercana- y si no es mucha molestia quítate los botines… -Ron miró sus pies y, en efecto, estaba cubierto de barro. –Voy por un par de toallas y algo seco, espera aquí. –Hermione se perdió por un pasillo. Ron hizo lo que ella le había indicado y luego miró en derredor, observando el pequeño hall de acceso y parte del living que se veía a través de una puerta. Allí un sujeto de más o menos 40 años revisaba un cuaderno. ¿Quién diablos sería? –Ponte esto –Hermione llegó de pronto y dejó unas pantuflas simples color café en el suelo junto a Ron-. Son de mi padre, no se molestará. Tiene demasiados pares de pantuflas como para pasar tan poco tiempo en casa. Ah, y toma una toalla, tu cabello gotea un poco –le lanzó una toalla celeste. Ella misma se había cambiado de ropa. Ron se sorprendió de que, sin magia, se demorara tan poco.
-¿Granger? –dijo una voz desde el living. Hermione pegó un saltito, al parecer ya se había olvidado de la presencia de su profesor. Entrando a la sala, dijo:
-Disculpe profesor Dave, es que acaba de llegar una visita –miró de reojo a Ron, quien seguía en el hall.
-¿Y la lección de hoy?
-Sigamos el lunes –puso cara de ruego-. ¡Por favor! Después de Cívica…
-¿No tienes Álgebra?
-La señorita tiene licencia médica hasta el miércoles… ¡por favor! –repitió y juntó las manos.
-Está bien –El profesor, resignado, recuperó sus mapas, libros y cuadernos, los metió en su bolso y se dirigió al hall, donde estaba parado Ron -¡El lunes a las cinco y media, Granger! –exclamó-. Hasta luego –se despidió de Ron con una reverencia y salió de la casa.
-Ron, pasa por favor, no te quedes ahí.
-¿Quién era?
-Profesor de Ciencias Sociales… Toma asiento –apuntó uno de los sillones y ella se sentó en otro. Ron, al avanzar, ojeó la sala de estar. Era la segunda vez que estaba en casa de Hermione y la salita se mantenía igual a dos años atrás, salvo por unos nuevos floreros y una pintura. La primera vez que había estado allí fue para recoger a Hermione unas vacaciones junto a su papá. Aquellos días que se hacían tan lejanos…-. ¿Dónde te habías metido? –lo sacó de sus pensamientos.
-Estaba muy ocupado, ya sabes… el trabajo –inventó rápidamente.
-Sonará un poco impertinente… pero me gustaría saber tu teléfono o cualquier cosa para poder comunicarme contigo.
-No tengo teléfono –mintió. En la Madriguera había un teléfono, pero primero nadie lo usaba, segundo no se sabía el número y tercero, qué sucedería si Hermione llamaba un día cualquiera y él no estaba en casa o lejos del teléfono, cualquiera podría contestar y ya estaba harto de las reprimendas por el lío con Hermione.
-¿No tienes… -se ruborizó un poco-. Vale. Entonces no importa…
-Pero tengo una lechuza –Ron sonrió, conciliador-. Te puedo enviar notas si quieres, pero no sé para qué… -Fue interrumpido por el sonido de la llave en la cerradura de la puerta principal y un murmullo de voces que se incrementó al abrirse.
Los padres de Hermione habían llegado a casa y no había tiempo de esconder a Ron, porque ya lo estaban viendo, parados junto a la entrada de la sala de estar, mirando pasmados al pelirrojo. Hermione se habían sonrojado completamente.
-Hola mamá, hola papá –los saludó y se puso de pie al mismo tiempo que Ron-. Él es Ron Weasley… Es… es… -miró a Ron buscando ayuda.
-Un compañero de la escuela…
-…que vino a trabajar conmigo en Geografía! –terminó apuntando sus cuadernos que aún permanecían sobre la mesa de centro.
-¿Dónde está el profesor Dave? –preguntó su madre, con el ceño ligeramente fruncido.
-Él estaba con nosotros, pero tuvo una emergencia en su casa –dijo Ron mirando a la señora Granger.
-¿Por qué te cambiaste de ropa? –le preguntó el señor Granger a su hija. Ella abrió mucho los ojos. ¿Cómo su papá era capaz de fijarse en tal detalle?
-¡Me mojé! Me mojé cuando salí a recibir a Ron, porque al parecer el portero había ido al baño ya que no estaba en su caseta cuando él llegó –Eso era mitad mentira mitad verdad.
-Amigo de Hermione… ¿me acompañarías a la cocina? –preguntó la madre de la castaña, mirando fijamente a Ron con los ojos entrecerrados. Ron miró a Hermione un momento, la que se encogió de hombros, por lo que Ron tuve que seguir a la madre a la cocina. La señora Granger apoyó su cartera en la mesa de comer, la abrió y empezó a buscar algo dentro mientras Ron la miraba impaciente, hasta que ella encontró algo, un plano estuche regular y metálico, y con un dedo le indicó que se acercara-. Toma –dijo, extendiéndole una tarjeta de presentación que sacó del interior del estuche. Luego murmuró: -ve mañana a esta dirección y búscame.
Ron guardó la tarjeta en su bolsillo y salieron de la cocina. Hermione recogía sus cuadernos de la mesa y los llevaba a una estantería mientras su padre encendía la TV y empezaba a ver un partido de fútbol. La madre le dio un pequeño codazo a Ron antes de ir a sentarse junto a su marido.
-Eh, Hermione… -llamó el pelirrojo su atención. Ella terminó de cerrar un cajón y lo miró, ávida -. Debo irme.
-¡Tan sólo llegaste hace unos… -comenzaba Hermione a reclamar, hasta que vio la mirada de advertencia en la cara de su madre-. Vale, te veo después. ¿Te acompaño a la puer…
-No, sé llegar solo, gracias –la cortó él sonriendo con fingida inocencia y tomó su abrigo y sus zapatos para salir de la casa.
-¿Cuál es el problema? –le preguntó Hermione a su madre, sin obtener respuesta, por lo que se marchó ofendida a su habitación.
Ron, caminando hacia el parque para desaparecerse, pensaba y se preguntaba una y otra vez qué querría la madre de Hermione. ¿Sabía que le estaban mintiendo? O pensaría que él andaba tras su hija, lo que no era del todo falso, pero él no estaba dispuesto a admitir aquello menos delante de una muggle que apenas conocía.
La noche dio paso a una húmeda mañana de otoño, y mientras Hermione estaba estudiando en su escuela, él se dirigía a una clínica privada no muy lejos del sector. Se trataba de la consulta de la señora Granger, lugar donde él había sido citado. Entró al blanco recinto con el corazón en la mano, viendo de paso las caras de susto, dolor o inconformidad que presentaban los pacientes. Ron se acercó a un escritorio.
-La señora Granger me pidió que viniera.
-¿Tu nombre? –preguntó la recepcionista, alzando la vista sobre la pantalla de un computador.
-Ronald Weasley.
-Ah, sí –dijo volviendo al PC-, la doctora desea hablarle. Tome asiento y apenas salga otro paciente entras tú.
Ron asintió y se sentó en una banca con cojín de cuero café junto a una señora que ojeaba una revista. No tuvo que esperar más de quince minutos, cuando salió una niña chica llorando de la mano de su mamá que la regañaba.
-Weasley, Ronald. Puede pasar ahora –anunció la recepcionista. Él respiró profundo, se levantó y caminó arrastrando los pies hasta la puerta con la plaquita dorada que ponía Dra. Jean Granger. Puso su mano en el picaporte, cerró los ojos y abrió.
-Hola Ron, me alegra que vinieras –dijo la señora Granger mientras le pasaba un algodón a un artefacto-. Pasa y siéntate frente a mi escritorio. Toma un caramelo sin azúcar de la mesita si quieres…
Él prefirió no tomar nada y se sentó reposando sus manos sobre las piernas, mirando a su alrededor. Nunca había estado en una consulta dental. Observó las sillas, lámparas especiales, objetos –y con un respingo- instrumentos, quizás para qué.
-Ahora sí, bien… -la madre de Hermione se sentó al escritorio y apoyó los codos en la mesa, afirmándose la barbilla-. Ya sé que no eres un compañero de la escuela de mi hija –Ron abrió mucho los ojos, asustado. –Eres su amigo de la escuela de magos –El pelirrojo abrió la boca para responder, pero ninguna palabra salió de su boca. ¡Y él que pensaba que a los padres igual les habían borrado la memoria! O eso le habían dicho al salir del estado crítico "Hermione y su familia". –Te reconocí de inmediato. Ya te había visto el año anterior… y el año anterior a ese, viniste a mi casa con tu padre a buscar a mi niña en vacaciones, también te he visto en el andén oculto. A mí no se me olvidan fácilmente las cosas ni las caras… -Su mirada era como de complacencia y él se dio cuenta que de no explicarse ahora, ella seguiría hablando.
-Discúlpeme, señora Granger –fue lo único que atinó a decir, bajando la mirada.
-¿Disculparte, por qué? Lo único que no entiendo es por qué te estás viendo con mi hija, si ella nos dejó en claro a mi marido y a mí que quería cortar toda relación con el mundo mágico, haciendo entender que tampoco los vería más a… ustedes.
-Porque todo fue mi culpa –respondió tapándose la cara con las manos-. Yo quería protegerla… y todo salió al revés, porque ella se asustó y se le ocurrió esta locura…
-¿Protegerla de qué? Pensamos que se asustó por el gato…
-¿Qué? –alzó la cara y miró a la madre de Hermione con el ceño fruncido-. ¿Ella… no les… -Pero era obvio que ella no les había dicho… ¡cómo no lo había pensado antes! Tampoco él se imaginaba cómo Harry se había quitado el cuento de los Horcruxes con sus padres cuando estuvo a punto de morirse… ¡Siendo un detalle tan importante! Nota mental: interrogar a Harry lo antes posible, ahora sacarse la pregunta con la madre de Hermione. –El gato. Fue mi culpa que lo mataran. Se me escapó una vez que era un gato del demonio… y al parecer alguien se lo tomó en serio –Cabe recordar que los padres de Hermione no habían alcanzado a ver la amenaza a su hija en la pared del garaje. La señora Granger lo miró con cara de no estar totalmente convencida, aún así no insistió en "ese" tema.
-¿Entonces por qué la sigues viendo? –Mirada inquisidora. Todos los sentidos dirigidos a la inminente respuesta.
-Porque… me… preocupa. Supongo –agregó rápidamente, mirando hacia cualquier lado menos a la cara de Jean Granger, pues su mirada de interrogación era idéntica a la de su hija, y él no estaba seguro de poder resistir eso.
-No te tiene que preocupar más, porque está bien segura ahora. No le pasará nada –La señora Granger se levantó de su escritorio a la vez que la asistente entraba con una ficha médica. –Lo siento, pero creo que no la dejaré verte de nuevo.
Ron abrió desmesuradamente los ojos. ¿Ahora no sólo su madre, sino también la de Hermione se oponía a que él la viera?. ¡Y eso que nada era su culpa!
-Pero…
-En serio que te lo agradezco aunque sea innecesario –Fue hacia la puerta y la abrió-. Salúdame a tu padre –miró hacia afuera-. ¿Cornwell, Joseph?
Eso era un vete "sí o sí". Él salió a paso rápido de la consulta y de la clínica. Debía pensar alguna forma de arreglar las cosas, y ahora, discretamente.
SoSoSoS
Esa noche, Hermione se acostó más cansada que nunca y cuanto más cansada se dormía, los sueños raros parecían durar más o al menos dejarla llena de dudas. Eran tantas, que cuando despertó tomó una libreta y anotó lo más rápido que pudo, antes de que se le olvidara:
"Esta vez hemos llegado al final del prado. Hay un gran lago de aguas verdes, inmóviles. Y donde acaba el lago se emplaza un castillo medieval gigante. El ángel me dice que debo aprender a manejarlo".
Ahora que leía lo que había visto, no tenía mucho sentido. ¿Aprender a manejarlo, el qué? Agregó un signo de pregunta entre paréntesis y se levantó a prepararse para la escuela. Una vez allí y en plena clase de inglés, mirando hacia el estacionamiento, se le ocurrió. Arrancó la esquina de la última hoja de su cuaderno y escribió:
"¿Crees que debo aprender a manejar?"
…y se lo pasó a Max, quien estaba más cerca. Él, al reverso del papel, le respondió:
"Me sorprende que no te lo preguntaras antes. Creo que sí"
Entonces quizás eso era, pero no sabía de dónde poder sacar tiempo para lograrlo… Aunque ya que sentía que no lo había logrado con el ajedrez…
-Señor, voy a abandonar el equipo de ajedrez –dijo Hermione plantada en la oficina del organizador de actividades extraescolares.
-¿Por qué, señorita…
-Granger. Porque me quita tiempo… y… tengo muchas asignaturas por repasar.
-¿Está teniendo malas calificaciones?
-No, sólo siento que… quiero avanzar más. ¿Me entiende? –Puso su mejor cara de súplica.
-Vamos a analizar su caso, pero supongo que no habrá problema.
-Espero que lo entiendan…
-Sí, por supuesto.
Lo interesante del asunto era que debía aprender a manejar a escondidas de sus padres. Lo bueno era que el curso de manejo duraba un mes y al siguiente –si lo hacía bien- tendría su licencia. ¿De qué le serviría eso? Aún no lo sabía, pero lo que sí tenía claro era que debía seguir su corazonada, o algo malo podría suceder.
SoSoSoS
-¿Es una especie de insinuación perversa? –Ron golpeó el libro "Ahora que eres un mago" contra la mesa antes de sentarse, en Grimmauld Place.
-Qué agradable forma de saludar. Buenos días, Ron –saludó Harry al bajar su taza de café-. ¿Ya terminaste el libro?
-Me salté varios capítulos.
-Espero que no los importantes. ¿Te sirves algo de desayuno? Tenemos un largo día hoy -Ron lo miró con el ceño fruncido por su evidente falta de interés y Harry se dio cuenta, dejando la tostada que iba a llevarse a la boca en el plato. -¿Bueno, qué?
-Déjame citarlo –Tomó el libro y lo abrió en una página marcada-. Capítulo cinco, apéndice 18. Circunstancias por las cuales se admite que un muggle sepa del mundo mágico –Él no lo vio, pero Harry sonrió en ese instante. –a) Si son familiares directos o tutores legales del niño mago afectado. b) Si tienen una estricta relación laboral que involucre contacto con el mundo mágico. c) Si tienen un vínculo jurídico irrevocable con un mago o una bruja, o con un familiar inmediato de éste o ésta –cerró el libro de golpe-. ¿Entonces?
-Entonces está más claro que el agua, amigo mío. Para poder hablarle a Hermione del mundo mágico tendrías que eventualmente casarte con ella o, por feo que suene, embarazarla y esperar unos años para saber si ese hijo es mago o no –A esta altura Ron ya se había puesto completamente rojo.
-¿No se podría apelar al punto b) y esperar a que trabaje en algo relacionado a…
-¿Y cómo lo harías? Hola –imitó su voz- me gustaría ofrecerte un trabajo que implica relacionarte con magos y brujas, la paga no es muy buena, pero necesito verte involucrada. ¿Bromeas? –volvió a su propia voz- Eso es ir contra las reglas por igual. ¡Ah! Y si te quisieras casar con ella tendrían que estar ambos locamente enamorados el uno del otro, o tener una declaración escrita de compromiso y matrimonio por parte de los padres de ambos como se hacía antes, porque sólo así funcionan los conjuros matrimoniales mágicos, ya sabes. Dadas las circunstancias mejor te inclinas por la boda basada en el amor puro, mal que mal no se te haría tan difícil y sólo te bastaría convencer a Hermione…
-Harry –lo cortó-. ¿Vas a ser Auror o estudiarás leyes mágicas? –Harry soltó una falsa carcajada-. No le veo la gracia, te lo digo en serio. ¿Es cierta toda esa basura?
-Según el libro, sí. Si los antecedentes se te hacen insuficientes puedes ir a una biblioteca.
-Qué denso despertaste esta mañana. Se te olvida una pequeñez: la madre de Hermione NO me quiere cerca de su hija.
-Las suegras… ¡ja! –Ron frunció el ceño.
-¿Te refieres por casualidad a mi madre? –Harry lo miró de reojo y se demoró en masticar su pan, sin contestar-. Por favor, ya no tienes nada con Ginny, de qué te quejas? –Harry siguió comiendo, dando tiempo a Ron de sacar sus propias conclusiones-. ¡Todavía quieres algo con ella! Lo sabía –sonrió para sí-. Pero eres un imbécil, nada ni nadie te impide verla, menos mi mamá. ¿Qué tiene que ver ella? Te sigue amando más que a sus propios hijos, por no decir yo… ¿o qué?. ¡Ah!. ¿Crees que se va a enojar si pones a su propia pequeña hija en peligro?. ¡Si ya…
-Oye Ron, ya cállate de una vez –le dijo Tonks apareciéndose en la cocina. –Hasta arriba se oye tu griterío. ¿Qué pasó ahora?
-Claro, tú no te quejas, para Navidad ya vas a estar casada –se burló Ron, haciendo que el pelo de Tonks se pusiera tan rojo como el suyo.
-¿Y eso qué? Cada uno tiene lo que se merece… -
Pero a Ron se le ocurrió una idea.
-Tonks, tú tienes que ayudarme, por favor –juntó las manos listo para rogar.
Continuará…
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