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Silence Messiah
Author of 11 Stories

Rated: M - Spanish - Drama/Romance - Alastor M. - Reviews: 3 - Updated: 03-29-07 - Published: 01-27-07 - id:3363354
Sydestory de Tiniebla

por Silence Messiah


Moody y las Fiestas



Los dedos se cerraron con elegancia sobre la taza de té, aunque su dueña enseñaba los dientes en una gloriosa carcajada que la obligaba, a causa del esfuerzo, a recostarse sobre el sillón marrón claro, mientras aquella cascada rubia y ondulada se esparcía y desordenaba por él.

Moody, que siempre había sido un hombre muy mañoso y singular, miró a su sobrina con el ceño profundamente fruncido, y dio un buche a su petaca, que volvió a meter en un bolsillo de su túnica. Le dedicó un gruñido especial.

- No veo qué encuentras tan gracioso, señorita Moody. Podría ser peligroso.

- ¡Oh, por favor! Tío Alastor, solo eran Hinkipufs, y tú saltaste como un gamo asustado.

- Eres joven¡Y no comprendes los peligros que tiene la lucha contra la magia oscura! –la voz ronca de aquel se lleno de advertencias y seriedad, pero su sobrina lo desdeñó con un gesto y una sonrisa.

- Viejo paranoico, solo eran el regalo de navidad de Billy Single. Yo estaba allí cuando los dejó sobre tu mesa y, créeme, no parecía en absoluto bajo una maldición imperius.

- Tú eres demasiado descuidada -llevó su mano nerviosa al bolsillo y sacó la petaca, desenroscando el tapón con furia.

- Bah, relájate un poco.

- Hay que permanecer en Alerta Permanente¿Qué clase de auror eres?

- Una muy cansada.

Moody gruñó y dirigió su mirada a la puerta.

- ¿Cuándo va a llegar tu hermana? Quiero discutir con ella los términos de esa oferta tan... jugosa que le ha hecho el Ministerio -bastaron sus palabras para que Morgana se incorporara levemente y lo mirase con los ojos muy abiertos.

- No serás capaz de disuadirla para que no acepte el trabajo¿Verdad?

- ¿Y por qué no? -replicó incómodo-. Si esa sucia rata de Crouch puede tentarla con trapos sucios, yo también. ¡Por Merlín que estoy dispuesto a hacerlo!

- No es lo mismo, Rowan es tu sobrina, no la de Fudge -Morgana se levantó del sillón con gesto elegante, e igualmente dejó la taza en la mesita de té. Luego envió a su tío una mirada cargada de esceptismo-. Si Rowan acepta el trabajo, cobrará el doble.

- Eso no debería de ser un atractivo.

- Tiene familia, Alastor Moody.

- Y un marido podrido en dinero -realizó una mueca-. Vamos, Montgomery podría sacar de la miseria a tres familias y convertirlas en gente de bien con un chasquido de sus dedos. Gana millones al mes, y por el Dios que no existe, te juro que logra que su familia no pase hambre, así que te prevengo sobre ataques sensibleros: como verás, soy afortunadamente impermeable.

- Y desgraciadamente cabrón.

- ¡Chist, te recuerdo que hablas con tu viejo tío, jovencita, así que modérate!

Morgana entornó sus ojos azules y fríos. Moody, que había vuelto a beber de su petaca, emitió un gruñido de desaprobación.

- El equipo sin Rowan queda cojo, no podemos permitirnos perderla.

- No digas tonterías, tenemos aurores mejor capacitados que Rowan o yo misma. Tu problema es que no confías en nadie más.

- Eres tú la que dice estupideces, sabes perfectamente como piensa la mente Slytherin, te criaste entre ellos: necesitamos ese conocimiento.

- No todos los mortífagos son Slytherin.

- No, pero sí casi todos.

- Te recuerdo que Hamilton era Hupplepuff, y hasta ahora es el más buscado.

- Hamilton es un caso aparte, está rematadamente loco, Morgana. Eso, también deberías saberlo.

Morgana se acercó por la ventana y miró por ella, murmurando en voz queda:

- Gryffindor tenías que ser.

Morgana corrió los visillos de la ventana del hall, y reprimió un suspiro quedo y preocupado al ver que su hermana aún no llegaba del trabajo. Tenía burocracia que saldar antes de venir a la reunión familiar que habían organizado entre todos.

Morgana tembló, pero cuando Moody le preguntó si tenía frío, ella quedó callada: no lo admitiría delante de su tío, pero a cada día que pasaba, su existencia le pesaba dos kilos más.

No era un secreto quién era ella, cómo se escribía su apellido, ni tampoco lo que significaba. Los civiles la conocían, pero los mortífagos también. Morgana tenía miedo de morir, nunca la certeza de que podría hacerlo había estado tan pendiente sobre su mente: ellos la vigilaban, sí; sabía que conocían todas sus rutinas, que cuando la luz de su habitación de su casa en Betterton Street no estaba encendida, debía de ser Sábado y estaría en casa de su novio, retozando en la cama bajo los efectos del vino, pensando que quizá ellos se recreaban en sus pechos llenos de juventud madurada, en su piel blanca y su pelo rubio y salvaje.

La vigilaban con el celo de un cazador que conoce a su presa lo suficiente como para divertirle pasar las horas mirándola. Ella podía sentir su escrutinio cuando llegaba al Café de delante del trabajo, o cuando pisaba las aceras de su calle.

Tenía miedo, pero no se lo confesaría a su tío. Definitivamente, sería lo último que haría.

Dos toques en la puerta le avisaron de que Rowan había llegado. Fue a abrir apresuradamente, y en un descuido levantó un dobladillo de la alfombra con la punta de su tacón. Tuvo que volver a plisarla de un zapatazo, pero llegó antes de que volviesen a tronar nudillos contra la madera.

- ¡Tío, tu sobrina ha llegado! –anunció una voz alegre desde el otro lado.

La puerta se abrió y con ella entró la luz. Rowan sonrió encantada de verla, y al hacerlo, los pómulos se le colorearon aunque estaba pálida a causa del frío. Detrás de ella y vestido con vaqueros, guantes y un gorro de invierno, Taylor Montgomery llevaba en brazos a las gemelas Joanne y Mary, que la saludaron con sus cabecitas rubias, muy sonrientes y encantadoras.

- Sentimos haber llegado tan tarde –se disculpó su melliza mientras se quitaba el abrigo y lo colgaba en el perchero, al lado de la puerta-, pero la carretera estaba horrible y no queríamos correr.

- No pasa nada –Morgana se acercó a su cuñado y le dio un beso-. Hola, Kyle, pasa¿No tienes frío?

- La verdad es que sí –le tendió a las dos pequeñas, que ella acogió con una falsa teatralidad de carga excesiva, y tras cerrar la puerta fue también a quitarse el abrigo.

Atrás quedó el invierno de Londres. Tras la puerta se abandonó tanto al frío como al dolor, y solo quedó la familia y su amor. Rowan tomó en brazos a Joanne y dio un abrazo fuerte a su hermana. Otra navidad con vida, pensaba decirle con el silencio, pero al hablar esto fue lo que pronunció:

- Te quiero, ojala mamá estuviese con nosotros.

- No pienses en eso –Morgana se separó un poco de su hermana y miró a su sobrina. Era muy fácil hacerla reír, y le encantaba.

- ¿Cuándo viene Hatfield? –preguntó Taylor como de pasada.

- Dentro de una hora, almorzó con sus padres esta tarde y quería estar con ellos un rato. ¿Importa que le esperemos?

- No, que va –Rowan meció a Joanne, que gorgojeó-, todavía tenemos que esperar a Lionel y a Hilda, así que no pasa nada –entró en el salón buscó a su tío.

Lo encontró en el marco de la puerta, mirándola como si se le hubiese muerto el perro o algo por el estilo. Rowan dejó a Joanne en brazos de su marido y se acercó a su pariente, estrechándolo entre sus brazos con cariño.

- ¡Feliz Navidad, tío Alastor!

- Sí, sí, para ti también –replicó hastiado, aunque le devolvió el gesto. Taylor, que se había acercado, le dio una palmada en la espalda.

- Felicidades, Alastor, me alegro de que hayas podido venir a la cena.

- No me lo perdería por nada del mundo –replicó- ¿Lionel va a venir, al final?

- Oh, sí –Morgana dejó a Mary dentro del parque infantil que había comprado cuando sus sobrinas nacieron. Taylor, que comenzaba a sentir el peso de su hija, la imitó enseguida. Como ambos se quedasen hablando de lo grandes que estaban las niñas, de lo guapas que eran y de lo graciosas, Rowan retomó la conversación con su tío.

- Hilda le dijo anteayer que no pasaba nada por no cenar con sus padres en nochebuena, supongo que la ablandó la salud de papá –miró hacia las escaleras que daban al segundo piso-. ¿Cómo está?

- Tu hermana lo trajo ésta mañana de la residencia y no se ha movido de la cama desde entonces –aquel hecho parecía molestarlo, y no fingió que no lo hacía.

- La muerte de mamá aún le duele, voy a subir a verlo –suspiró, encaminándose a las escaleras. Moody se encogió de hombros, indiferente al tema: simplemente volvió a internarse en la cocina a por un poco de agua, pues el whisky no le calmaba la sed.

Mientras tanto, Morgana y Taylor se habían ya sentado en los sillones y hablaban sobre las hijas de este.

- Solo tienen un año, pero te juro que a veces pienso que lo entienden todo –aseguró.

- Eres un exagerado, dices eso porque eres padre primerizo y todo te parece maravilloso –se burló ella.

- Ya te quiero ver a ti con un niño, verás como se te cae la baba –la miró en silencio, con intención. Sus cejas se alzaron lentamente y curvó los labios en una sonrisa- ¿Cuándo va a pedirte Jack que te cases con él?

- No creo en el matrimonio como una firma, Taylor, querido.

- ¿Le dirías que no si te lo pidiese?

- Jack y yo ya hemos hablado del tema. A decir verdad, a ninguno le importaría firmar un papel, pero lo consideramos ridículo.

- Sí, bueno, pero es una seguridad.

- Esas cosas románticas y pastelosas te las dejo a ti y a tu mujer, yo no las quiero para nada –sonrió-. Pero sé por qué preguntas esas cosas, y el tema del hijo es algo que estamos considerando.

- ¿Nos harás tíos pronto?

- No lo creo.

- Me partes el corazón, Morgana Moody. Lionel ya va a por el primero, te estás quedando rezagada.

- Por dios, solo tengo veintinueve años –se quejó. Montgomery levantó las manos a modo de defensa.

- Solo bromeaba.

- Pues eres mejor golpeador que comediante –replicó suavemente. Alcanzó de la mesa una taza de té que sorbió despacio -. Por cierto¿Cómo te va la preparación para la Liga? He oído que tu club está muy bien preparado

- Somos los favoritos –dijo.

- Me alegro mucho, Taylor.

- Voy a centrarme en McCormack cuando juguemos contra los Pride of Portree: es la mejor buscadora de la liga.

- La vi jugar en los mundiales de hace dos años y estuvo estupenda, aunque tú tampoco estuviste nada, nada mal.

- No, pero perdimos contra Irlanda.

- Y Bélgica les ganó después.

- Oh, sí –las mejillas se le encendieron-, nadie habría podido imaginar que Jean Renoir fuese tan agresivo cuando se le presiona, lo tenía por un jugador bastante más ágil que potente.

- Me estás hablando en chino, yo solo conozco a ese belga por menciones de terceros.

- Es un chico muy joven, pero alto, muy alto. Seguro que lo has visto anunciando la Nimbus 1000.

- ¡Ah, sí! –no consiguió reprimir una mueca de desagrado-. Que feo es el pobre.

Taylor se rió con ganas, enseñando una hilera de dientes perfectos que normalmente estaban escondidos bajo unos labios finos. Había belleza en su risa, se decía Morgana, que lo observaba complacida. En realidad, había belleza en todas las facciones de su cuñado: quizá tenía las cejas gruesas y rubias, como su pelo, pero le daba un matiz noble a su mirada castaña. Montgomery era de constitución musculada, aunque no demasiado como para resultar desagradable: se parecía a un jugador de fútbol americano, pero una versión más culta y tranquila.

Era Bateador de Puddlemere United, y su nómina ascendía a más de un millón de libras al mes, para rabia de sus más allegados enemigos. En lo personal, Morgana consideraba que no era justo que Taylor ganase casi el doble que ella solo por darle con un bate a una pelota loca, pero el mundo estaba mal repartido.

Él la miró de arriba abajo con fraternidad.

- Estás muy guapa con ese vestido negro de lana.

- ¿Te gusta? –se tocó el vuelto del cuello, donde llevaba un collar de cuentas azul claro-, no me costó casi nada.

- Sí, me gusta: te hace muy elegante con esos tacones y ese collar.

- Gracias, tú también estás muy guapo –reconoció a sus vaqueros oscuros y su jersey azul de salir-, el pelo te queda bien así de corto¡lo tienes tan liso! –suspiró de envidia.

El timbre se oyó por toda la casa.

- Voy a abrir, échales un ojo a las niñas, anda –Taylor se levantó.

Morgana se acercó hasta el cercado infantil y comprobó con calma que las niñas se entretenían en morder y empujar los juguetes de plástico blando. Estaban tranquilas y ocupadas en lo suyo, lo cual no desafiaba a la costumbre familiar.

Estaba acariciando la cabeza de Joanne cuando alguien la abrazó por la cintura.

- He llegado antes de tiempo, espero no haber sido descortés por no haberla llamado, señorita Moody –susurró una voz grave en su oído.

Morgana se giró para mirar a Jack. Le sonrió sanamente y no osó torturarlo sin un beso, que le dio de forma larga y húmeda.

Taylor juzgó oportuno desaparecer con su mujer al piso de arriba.

Cuando se separaron, ella alisó los pliegues de su chaqueta negra y le sonrió al desajustar un poco la corbata. Él seguía el brillo complacido de sus ojos grises con los suyos, verdes y oscuros.

- Bienvenido a casa, señor Hatfield, le esperábamos.

- Me alegro de estar aquí –acarició su pelo rubio-. Por cierto, que he visto a tu hermano buscando aparcamiento al final de la calle. Me dijo que tenía llave, así que no debemos preocuparnos por él¿No?

- No, no debemos hacerlo –lo tomó de la mano y lo condujo a la cocina, donde Alastor levantó la cabeza de su periódico.

- Buena tardes, chico.

- Buenas tardes, señor Moody –se acercó para estrecharle la mano brevemente y con una sonrisa tensa. Las relaciones entre Hatfield y Moody no eran muy buenas, nadie sabía por qué.

Morgana abrió el mueblebar.

- ¿Quieres algo de beber mientras bajo a papá con Taylor y Rowan?

- Déjame una ginebra.

- No me queda ginebra –alzó dos botellas -. ¿Whisky o Martini?

- Martini.

- Bah –despreció Moody-. Los chicos de hoy no saben beber.

- Eres un nostálgico.

- Le das la vuelta a todo.

Rowan puso los ojos en blanco y se acercó a su novio, confiándole bajito.

- Tardaré poco, aguanta.

Jack asintió distraídamente. Cuando Morgana se fue intentó entablar conversación con Moody, pero sus esfuerzos fueron infructuosos.

En el piso de arriba, el matrimonio Montgomery intentaba que el Patriarca de los Moody se levantase de la cama para ir a cenar.

- Vamos, papá –suplicaba Rowan, quien se encontraba sentada a un borde de la cama-, van a estar todos allí abajo: han venido hasta tus nietas, hasta Hilda. ¿No quieres ver a la futura madre de tu tercer nieto?

- Lionel nunca me la presentó, será por algo.

- Sí te la presentó, papá –Rowan acarició la cabeza de su padre.

- Ah, sí, puede que sí lo hiciera… -murmuró el anciano-. Ya no recuerdo… ya no recuerdo las cosas como antes.

- No pasa nada, es normal, a tu edad –la voz se le quebró levemente, pero trató de fingir normalidad.

Taylor observó a su esposa mientras intentaba convencerlo de que se levantara, y pensó con desasosiego que debía de ser muy doloroso encontrar a un padre tan sumamente menguado. Él había conocido a John Moody cuando aún vivía su mujer, y en solo un año había pasado a ser ni la sombra de lo que una vez había sido.

Rowan lo acariciaba con palabras dulces y cálidas. Tenía el rostro despejado de su pelo liso y rubio al llevarlo sujeto con dos palos chinos, podía ver la expresión de tristeza y compasión en sus facciones.

- Venga, John, cenarás pavo con tu familia –intentó estimularlo.

- Ah, Taylor, chico¿Has venido tú también?

- Estamos todos.

- Sí, papá –aseguró Morgana desde la puerta-. Estamos todos, Lionel acaba de llegar con Hilda. Vamos –entró en la habitación y retiró las mantas- te ayudaremos a bajar.

- No quiero… bajar.

- No seas tonto, vamos –Rowan, ayudada por Morgana, lo tomó de las axilas y lo sentó en la silla de ruedas que su marido les había alcanzado.

Taylor se encargó de transportar al anciano de mirada vidriosa hasta la planta baja, usando la magia más simple.

John estalló en llanto al mirar a su hijo menor. Abrió los brazos cuando Lionel Moody, el tercer mellizo, lo llamó con cariño y se acercó a darle un abrazo.

- ¿Cómo estás papá?

- Bien, bien, tirando voy.

Alastor desaprobó la conducta efusiva de su hermano, parapetado en la puerta de la cocina, mientras enrollaba el periódico entre las manos, pero no hizo ningún comentario.

Lionel, que era un hombre fuerte y alto (mucho más que cualquiera de los presentes) tomó de la mano a una mujer de pelo rizado y castaño.

- Papá, ya conoces a Hilda, mi mujer.

- Sí, sí, ven querida.

La mujer, que evidentemente estaba embarazada, se inclinó para darle un beso al anciano.

- Hola, papá –saludó con dulzura.

Rowan y Morgana se miraron y sonrieron: Lionel y su mujer eran una pareja poco menos que ideal. Ambos eran bastante elegantes, aunque en el cuerpo de su hermano hubiese los tatuajes celtas más insólitos y extraños que hubiesen visto en su vida, y tenían además una presencia de carácter sobria pero amable.

Lionel tenía la nariz un poco prominente y llevaba la cabeza rapada debido a una calvicie prematura: en vez de pelo, en su calva se hallaban símbolos tribales tatuados en tinta negra, bajo las gafas de sol que se ponía para conducir sobre la nieve.

Hilda era mucho más baja que él, y también un poco gordita, pero tenía los ojos enormes y negros, y una mata de pelo rebelde y esponjosa.

Todos se sentaron en la mesa grande del comedor y Jack sirvió el pavo. El hombre de pelo negro sonrió a su novia mientras lo trinchaba, y se respiró felicidad en el ambiente.


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