|
Author of 13 Stories |
¡Hola de nuevo a todos/as! Os vuelvo a pedir disculpas por el nuevo parón. No os preocupe que vaya a dejar el fic, tengo intención de continuarlo, aunque sea de cuando en cuando, y os agradezco a todas vuestra paciencia y vuestra fidelidad. Ya estoy trabajando en los siguientes capítulos aunque ya sabéis lo de siempre: el trabajo y los otros fics me quitan tiempo e inspiración.
Agradezco sus reviews, su apoyo y sus comentarios a todas las chicas que dejaron reviews: Danitabf, TheNextMrsMolkoX3, Aya K, floh black y JemiiTaa - Lilyy(k). Igualmente, me hace ilusión que haya gente que haya agregado este fic a sus Favoritos y/o a sus Alerts, gracias a vosotras también. Intentaré esforzarme para que este fic merezca la pena.
El hombre es un lobo para el hombre
Thomas Hobbes
Capítulo 13: Reliquias de un oscuro pasado
13 de octubre de 2007. 54 de Danforth Street, casa de los Mathews. Ipswich.
Pese al amor por el riesgo, Chase no llevaba su temeridad hasta el punto de jugársela tontamente. Su lema era “no apostar cuando no llevara las de ganar”. Le gustaban las emociones fuertes (y estar pavoneándose en las mismísimas narices de un Witchfinder era un juego bastante fuerte), pero no en plan estúpido. Para llevar la delantera, necesitaba saber dónde se metía. Tenía que reconocer el terreno.
Por eso, cuando aquella mañana de sábado oyó el motor del Volvo de Mathews rugir alejándose de la casa, vio su oportunidad. Con el viejo fuera y, con suerte, la chica aún durmiendo, era la ocasión perfecta para husmear por la casa en busca de información de cualquier tipo que pudiera resultarle útil.
Su investigación en el despacho de Mathews, sin embargo, resultó decepcionante. Sus archivos incluían investigaciones, exámenes y apuntes relativos a la historia de Nueva Inglaterra y Europa en los siglos XVII y XVIII, varios documentos relativos a adquisiciones de antigüedades de la época precolonial y colonial, y algunas cartas procedentes de la Fundación Hopkins para la Conservación del Patrimonio Histórico, localizada en Edimburgo, con una temática similar. Todo inocente e inofensivo. Si Chase esperaba encontrar algún documento comprometedor, tipo diario con los métodos de Mathews para detectar y destruir a las brujas, se quedó con tres palmos de narices. A menos, claro, que lo tuviera escondido en algún sitio más recóndito, lo cual tampoco sería de extrañar. Aunque hubiera tenido la suerte de que Mathews fuera un tipo ingenuo y confiado para con él, no debía subestimarlo; no debía subestimar a nadie. Algo tenía que haber aprendido de su derrota a manos de Caleb.
Uno de los cajones del escritorio estaba cerrado con llave. Sería fácil de descerrajar, pero no sabía si era buena idea hacerlo. Aun en el caso de que lo consiguiera sin utilizar sus Poderes (no quería arriesgarse a usarlo en aquella casa, aún no, al menos; incluso con el viejo fuera, no sabía qué grado de sensibilidad ante el Poder podía tener la hija), Mathews se daría cuenta de que había sido forzada.
Mientras pensaba qué sería mejor hacer, fijó su vista en un escudo de armas que, enmarcado en una madera visiblemente cara, dominaba la estancia. Era un escudo heráldico con un yelmo en la parte superior y tres leones rampantes sobre un fondo azur en el centro, el cual descansaba sobre un campo de oro cubierto de armiños. Estaba rodeado por lambrequines azules y una cinta flotante de azur que pasaba detrás del tercio inferior del campo con un lema grabado en metal debajo. Desde donde estaba, Chase no podía leerlo bien, así que se aproximó un poco más.
Absorto en su curiosidad por el lema del escudo, no se dio cuenta de la sombra que se le acercaba silenciosa por atrás hasta que ya la tuvo casi encima, alargando la mano hacia él…
En cuanto percibió el ligero movimiento de aquel bulto que había a sus espaldas, Chase se giró velozmente y, como un resorte, sujetó entre sus dedos la delgada muñeca que se dirigía hacia él. Estuvo muy cerca de utilizar su Poder telequinético para repelerlo, pero una fracción de segundo antes vio de quién se trataba y se detuvo, ejerciendo un intenso autocontrol que jamás había necesitado antes.
– ¡Abby!
– ¡Ay!
Ambos gritaron a la vez; uno por la sorpresa, y la otra por el dolor. Aliviado por la ausencia de peligro, Chase liberó la muñeca de la muchacha de su férrea presa, dejando en aquélla señales lívidas producto de la fuerte presión.
– Joder, me has asustado. – se justificó él.
– Perdona, no era mi intención.
– No, perdóname tú a mí. – dijo Chase, recuperando la compostura y volviendo a exhibir su encanto. Seguramente su expresión al asustarse no debió haber sido muy grata, algo nada conveniente si quería que la chica confiara en él. Tenía que arreglar esa pequeña metedura de pata – ¿Te he hecho daño?
Ella negó con la cabeza, con una sonrisa tímida. Llevaba uno de esos holgados camisones de algodón blanco, con el cuello cerrado y por debajo de la rodilla, que Chase sólo había visto en abuelitas. Antierótico total, pensó él. Muy diferente de los conjuntos con top y pantaloncito que le gustaba ver en las chicas.
Aunque aún parecía algo adormilada, lo escrutó con expresión interrogante:
– ¿Qué haces en el despacho de mi padre?
¡Mierda!, se dijo Chase. Encima, se notaba que había estado registrando. Había dejado abiertos un par de cajones, y tenía varios papeles desperdigados encima de la mesa del escritorio, que no le había dado tiempo a ordenar. Tenía que encontrar una respuesta rápida. Por suerte, se le daba de maravilla improvisar.
– Verás, es que necesitaba unos apuntes para mi trabajo… tu padre me dijo que estaban en su despacho, pero no me dijo exactamente dónde. Y tenía muchas ganas de empezar a trabajar, así que me he puesto a buscarlos. Sí, soy un impaciente, ya lo sé… – añadió con una sonrisa calculadamente abochornada.
– ¿Quieres que le llame al móvil para preguntárselo? – ofreció ella, solícita.
– ¡No! Quiero decir… no, gracias, no es necesario. Puedo hacer otras cosas hasta que vuelva.
– Vale. – asintió ella. Por la expresión de su cara, ella también parecía aliviada por no tener que hacer esa llamada, arriesgándose a molestarle. – Pero será mejor que dejemos esto como estaba. – agregó, tomando los papeles y comenzando a ordenarlos. – Papá es muy celoso de su privacidad, y si se entera de que has estado tocando sus cosas sin permiso, te matará.
– Vaya, lo siento… – se disculpó Chase, y esta vez era totalmente sincero.
– No podías saberlo. Pero tranquilo, él no tiene por qué enterarse.
Chase estaba encantado de que aquella chica fuera casi más confiada que su padre, y además de que estuviera tan dispuesta a ayudarle. Después de ver la interacción entre ella y su padre, sabía que guardar un secreto a sus espaldas era lo más cercano a rebelarse que podía llegar esa muchacha… y podía darse cuenta de que ella tenía muchas ganas de rebelarse. Y él no debía desperdiciar la ocasión para convertirla en su cómplice.
– No sabrás qué hay en ese cajón… ¿no? – Ella se encogió de hombros.
– No sé. Sus cuentas del banco, a lo mejor. Nunca se lo he preguntado… – añadió bajito.
– ¿Y todo ese rollo de adquisición de antigüedades? – preguntó él, señalando las cartas que Abby iba guardando de nuevo en su archivador correspondiente.
– Oh… ¿no te lo dijo? Papá es un gran coleccionista de antigüedades. Colecciona material relativo a la caza de brujas, de la propia época en la que tuvo lugar. Algunas de las cosas que tiene son realmente valiosas. – Chase abrió mucho los ojos por el asombro y Abby se rió ante su expresión de interés desmesurado. – ¿Quieres ver su colección? Después de todo, también serán una buena fuente para tu tesis…
Chase no podía creer en su buena suerte.
– ¿Tenéis esas cosas aquí?... ¿En esta casa?
– Sí, es una colección demasiado voluminosa para guardarla en la caja de seguridad de un banco y demasiado valiosa para tenerla en una simple nave. Por eso mi padre buscó por toda esta zona de Ipswich hasta dar con una casa que tuviera un sótano muy amplio.
– Vaya, me encantaría verlo… si se puede. – agregó Chase al final, teniendo en cuenta la advertencia de la muchacha sobre la manía de Mathews con la privacidad.
– En realidad, papá no me deja bajar ni casi a mí… – explicó ella sonriendo – Pero éste será nuestro secreto. Bastará que te hagas el sorprendido el día que decida bajar contigo. – acabó, confirmando la impresión anterior de Chase.
Antes de salir, la mirada de Chase se volvió a ver atraída por el llamativo escudo. Señalándolo con la cabeza, preguntó, como de pasada:
– ¿Qué es?
Abby apenas le echó un vistazo indiferente antes de contestar:
– Es el escudo de armas de mi familia.
El joven, recordando su curiosidad por el lema del escudo, se acercó un poco más al marco y por fin pudo leerlo en voz alta:
– “Maleficos non Patieris Vivere”. ¿Qué significa? – Ella se encogió de hombros.
– Creo que “no dejarás que el mal exista”, o algo así.
Chase no supo si Abby se equivocaba o había traducido erróneamente a propósito la cita por vergüenza, ya que sus conocimientos en latín no estaban tan oxidados como para no conocer la traducción correcta: “No permitirás que una bruja viva”. Sólo le había preguntado el significado para tantearla. Tenía que ver hasta qué punto era ella totalmente inocente de su herencia. Aunque claro, si ella mentía, él no podía sacar nada en claro.
Este interrogante monopolizó sus pensamientos mientras seguía a la muchacha por las escaleras que bajaban al sótano, para encontrarse con una puerta, de madera aunque se veía resistente, y cerrada con llave.
– Vaya, olvidé la llave. – rezongó ella.
– ¿Sabes dónde está?
– Sí, o eso creo. O tal vez la tenga mi padre.
Chase resopló interiormente. Si Mathews la tenía, ya se podían ir olvidando.
– Espero, voy a ver si está donde creo. Si no, tendremos que esperar a que vuelva papá y te lo enseñe él.
Chase oyó los pasos de Abby subir apresuradamente las escaleras y treinta segundos después bajar con igual velocidad.
– ¡Qué suerte, la encontré! – exclamó entusiasmada, haciendo girar la llave en la cerradura. Parecía más interesada en entrar que el propio Chase.
La puerta se abrió ante los jóvenes con un ligero chirrido de sus goznes, dándoles paso. Al entrar, el olor a cerrado y un extraño ambiente enrarecido golpeó sus sentidos del olfato casi desde el primer paso. Hacía calor, más del que normalmente se esperaría en Massachussets a principios de octubre.
La sala era bastante extensa, y a Chase le recordó uno de esos típicos museos sobre tortura que visitó una vez de niño con sus padres adoptivos, y que le entusiasmó, a pesar de darse cuenta de que los objetos expuestos eran en su mayor parte falsos. Por el contrario, en aquel sótano, para cualquier observador mínimamente atento era obvio que los materiales y reliquias almacenados allí eran auténticos.
Desordenadamente, en unos armeros a lo largo de los muros, se veían espadas de decapitar, grandes armas de larga empuñadura, ancha hoja y afilados bordes. Junto a ellas, varios tajos en los que habían descansado las cabezas de las víctimas, en los que se veían los profundos cortes hechos por el acero, clavándose en la madera. En el espacio abierto había multitud de vitrinas que exponían potros, cinturones, guantes, collares, garfios de largos mangos y afiladas puntas y otros muchos artefactos utilizados por inquisidores y cazadores de brujas.
De las paredes colgaba un grupo numeroso de látigos, fustas de todo tipo y hasta un hacha enorme que, tal y como Chase imaginó con morboso deleite, seguramente debía tener aún algún resto de sangre de las cabezas de herejes o brujos que habría cortado desde su forja. Aunque aparentemente todo aquello se veía limpio, brillante y cuidado con esmero, a pesar de su evidente antigüedad.
El joven deambuló fascinado por aquella habitación de las maravillas, contemplando, examinando y hasta comiéndose con los ojos aquellos objetos que atraían su atención. Pensar que alguno o varios de esos artefactos fueron realmente utilizados en la caza de brujas de Salem o, quién sabía, quizás incluso en su propio antepasado John Putnam, elevaba el morbo a límites increíbles.
Abby, en el umbral de la puerta, se limitaba a observar a Chase, divertida ante su infantil reacción. Ella ya había visto multitud de veces la colección de su padre y no le atraía demasiado, incluso sentía cierta incomodidad ante tal muestrario de la habilidad del hombre para hacer sufrir a sus semejantes. Pero le resultaba curioso ver a aquel muchacho de apariencia seria y cordial tan entusiasmado como un niño en una juguetería.
– ¿Interesante?
– No te imaginas cuánto. – sonrió él, contemplando maravillado el ambiente a su alrededor. Fijó su atención en un anaquel con varios libros de aspecto igualmente antiguo, pulcramente ubicados como una valiosa biblioteca.
Excepto por uno de ellos, que descansaba en un atril de resplandeciente madera lacada y estaba expuesto con la ostentación magnificente de una de las primeras Biblias de Gutenberg. Aunque su aspecto externo no podía ser más vulgar: encuadernada en gastada piel color pardeo, y con los cantos y bordes desconchados y recosidos. Chase leyó el título, también escrito en latín:
– “Malleus Maleficarum”
– Es el “Martillo de las brujas”. – explicó Abby. – Era un libro muy usado por los inquisidores durante la época de la caza de brujas.
Chase asintió. Le parecía haber oído ese nombre a su padre alguna vez, relacionado con los Witchfinders. No era extrañar que ocupara el lugar de honor en aquella cámara.
Sintió una enorme curiosidad por leerlo, pero tras hojear un par de páginas tuvo que desistir: todo estaba escrito en latín y aunque Chase no andaba mal en latín, no tenía tanta fluidez como para leer un texto completo de corrido.
Abby, leyendo la contrariedad en sus ojos, le ofreció:
– Papá debe tener una versión moderna en inglés por alguna parte. Te lo buscaré.
– Te lo agradezco. – él volvió a ofrecerle una de sus más encantadoras sonrisas y, cambiando el objeto de su atención, se aproximó a la pieza de mayor tamaño que había en la sala.
Éste tenía forma vagamente humana, aunque más bien parecía un sarcófago; y era de una madera que se veía muy pesada, remachada con metal labrado cubierto por una capa de óxido. Había una cuerda atada a una anilla en la parte delantera, más o menos donde debiera de haber tenido la cintura, cuerda que pasaba por una polea clavada a una viga de madera que sostenía el techo.
– ¿Qué tenéis aquí, una momia? – preguntó Chase, medio en broma, medio en serio. Abby negó con la cabeza, sonriendo también ante la anticipación de la sorpresa que se iba a llevar su invitado. – Entonces… ¿qué hay dentro?
– Ahora lo verás. – contestó ella, tirando de la cuerda que tiraba de la polea para levantar la tapa. Aunque no pudo levantarla ni un centímetro; Chase tuvo que relevarla y tirar de la cuerda. Pesaba muchísimo, tanto que había que estar tirando de la cuerda todo el tiempo para tenerla atada o bien atar la cuerda de la polea; de lo contrario, el propio peso de la tapa la haría volver a caer.
Cuando por fin la tapa estuvo abierta y Chase hubo anudado la cuerda a un saliente, contuvo la respiración. El interior estaba manchado por la herrumbre, aunque el siniestro tono marrón rojizo oscuro que teñía las paredes le pareció al joven demasiado intenso para ser sólo producto del óxido del tiempo. Pero lo verdaderamente aterrador era que el interior de la tapa estaba sembrado de largas púas, cuadradas y gruesas, cuyos afilados extremos se dirigían, una vez cerrado el “sarcófago”, hacia el interior de la caja. Estaban colocadas con tal diabólico ingenio que cuando se cerrase la tapa las superiores atravesasen los ojos de la víctima y las inferiores diferentes partes del cuerpo, sin tocar las partes vitales; todo con objeto de prolongar la agonía de la víctima.
– Lo llaman “la Doncella de Hierro”. – susurró Abby a sus espaldas, con un estremecimiento. – Tal vez hayas oído hablar de la de Nuremberg. Ésta es algo más moderna, pero funciona igual.
Fascinado de nuevo, Chase desató la cuerda de la polea, bajando y subiendo la tapa un par de veces, aunque con lentitud y no sin esfuerzo debido a la pesadez de ésta.
– Se usaba como una forma de tortura y ejecución mucho más elaborada que las normalmente conocidas. – continuó explicando ella. – Imagínate cómo quedarían los pobres desgraciados que encerraran aquí dentro. – Arrugó la nariz ante la desagradable imagen que ella misma evocaba.
– Como un colador humano… – completó Chase con arrobo. – Genial…
Abby miró su reloj de pulsera y una sombra de preocupación se reflejó en su rostro.
– Tenemos que subir. Se hace tarde y tengo que tener la casa limpia para cuando papá vuelva a comer.
De haber tenido mucho interés, Chase habría insistido en quedarse más tiempo, pero ya había visto lo más importante y no podía ponerse a mirar en profundidad o hacer cualquier otra cosa mientras esa niña estuviera delante, así que no puso objeción. Ya tendría ocasión de moverse con más libertad cuando hiciese otra visita a solas a aquella fantástica habitación, siempre que se acordase de mirar dónde dejaban la llave de la puerta para no tener que arriesgarse a forzar la cerradura.
Sin embargo, cuando se dirigía hacia la puerta, pudo divisar, en uno de los oscuros rincones, dos grandes cajas de madera forradas con múltiples sellos adhesivos que marcaban los lugares por donde habían estado viajando; y señalados por todas partes con la palabra “FRÁGIL” en grandes letras rojas pintadas sobre una plantilla. Uno de los dos cajones era oblongo, alargado; el otro era cuadrangular y de mayor tamaño.
– ¿Y qué hay ahí? – preguntó, acercándose. Aunque al principio lo movía la mera curiosidad, empezó a tener una sensación, vaga al principio, pero cada vez más fuerte a medida que se aproximaba. Era como un sexto sentido que se le activaba con cualquier cosa que tuviera que ver con el Poder. Al darse cuenta, los ojos se le dilataron por la sorpresa, mucho más que con el Malleus Maleficarum, que con la Doncella de Hierro o con cualquiera de las reliquias asombrosas que acababa de ver.
– ¿Qué hay? – repitió, esta vez con un tono más exigente. Alarmada, Abby corrió hasta él y trató de detenerle reteniéndole por el brazo.
– ¡No lo sé, pero por favor no te acerques!
– ¿Por qué? – preguntó él, a medias curioso, pero también molesto e impaciente.
Ella aflojó su presión, pero no lo soltó. Continuó aferrándolo con ojos asustados y suplicantes.
– Realmente no sé lo que contienen, pero deben ser objetos valiosísimos, más que todo lo que hay aquí. Llegaron de Europa poco después de que nos trasladáramos aquí, y ya entonces mi padre me advirtió que ni se me ocurriera acercarme a ellos. Que si tan siquiera las cajas recibían el menor rasguño, me arrepentiría. – explicó atropelladamente. Su rostro era una blanca máscara de terror, y un ejemplo visible de hasta qué punto temía a su padre.
Por un momento, Chase estuvo a punto de dejarse llevar por el ansia y la impaciencia y quitarse a aquella chica de encima por la fuerza para poder saciar su curiosidad sin impedimentos y tener en sus manos el contenido de aquellas cajas cuyo Poder latente parecía llamarlo como sordos cantos de sirena, pero se contuvo. Calma y sangre fría. Debía tener paciencia; ya habría ocasión.
– No te preocupes, no las tocaremos. – le ofreció otra de sus sonrisas encantadoras especiales de Chase Collins – De todas formas, dudo que haya ahí nada más interesante que lo que ya me has enseñado.
Tomándola de la mano, la llevó fuera de la habitación, y tras cerrar la puerta con la llave, ambos empezaron a subir las escaleras que comunicaban el sótano con la cocina.
Como aún era temprano, a pesar de las angustias de Abby, Chase consiguió convencerla de que tenían tiempo para desayunar antes de que ella se enfrentara a la montaña de tareas domésticas del sábado por la mañana. “Además, tienes que hacer acopio de energías”, arguyó él. Así que ella acabó preparando café para él, té para ella, y tostadas para los dos.
Mientras comían, Chase aprovechó la ocasión para seguir congraciándose con la muchacha.
– ¿Y tienes que hacer todas las cosas de casa tú sola?
– No me importa, ya estoy acostumbrada – contestó ella con sencillez. – Papá tiene mucho trabajo. Ya sé que no es muy del siglo XXI, pero si protestara, papá se pondría a despotricar sobre el papel de los hijos, del respeto y todo eso… y, la verdad, prefiero no discutir. Tardo menos en hacer las cosas.
– ¿Quieres que te ayude? – se ofreció él por puro compromiso. Al haber crecido extremadamente mimado por sus padres adoptivos, no tenía ni idea de hacer tareas domésticas, y habría sido una gran faena para él si ella hubiera aceptado. Pero no lo hizo.
– Gracias, pero no hace falta, me las arreglo bien sola. Además, tú eres un invitado, y a papá no le gustaría que te quitara tiempo de tus investigaciones para tu tesis para ayudarme a limpiar.
Chase se encogió de hombros con expresión apenada, aunque por dentro se sentía aliviado. Mostrarse encantador era fácil; tener que trabajar para conseguirlo era un sacrificio que le costaba más trabajo, y que prefería no tener que realizar a menos que fuese estrictamente necesario. Tomó un sorbo de café y empezó a mordisquear una tostada.
– ¿De qué va exactamente tu tesis? – preguntó ella, en parte por genuina curiosidad, y en parte por iniciar una conversación, ya que detestaba esos silencios incómodos.
Chase se tomó unos segundos mientras pasaba el trozo de tostada con otro sorbo de café. Aunque ya tenía prevista la pregunta y la idea general de la respuesta en la cabeza, tenía que ordenar sus ideas para que éste resultara convincente.
– Trato de analizar los vestigios tradicionales relativos a la superstición y la magia que aún permanecen en la memoria colectiva de la comunidad de Ipswich, siguiendo sus huellas desde la fundación del pueblo hasta la actualidad.
Los ojos de la muchacha se abrieron mucho por el asombro.
– ¡Cómo mola! – exclamó con sincero entusiasmo – Y debe ser muy difícil. ¿Cómo es hacer una tesis? – Chase se encogió de hombros, afectando modestia.
– Tampoco es tan difícil. Investigo los documentos antiguos relacionados con el tema, entrevisto a gente que sepa cosas como nativos de aquí que conozcan la historia del pueblo… – enumeró. Cuando empezaba a inventar, Chase podía estarse horas sin parar, era un auténtico mentiroso compulsivo y eso no tenía nada que ver con sus poderes. Pero realmente encontraba el tema apasionante y podría haberse dedicado a la investigación de no haber averiguado la verdad acerca de su herencia.
A Abby se le apareció la idea repentinamente en la cabeza y estuvo a punto de atragantarse con su trozo de tostada en su precipitación por exponérsela a Chase. Tragó con dificultad y al final pudo decir a trompicones:
– ¿Sabes… sabes a quién podrías entrevistar? En mi clase hay unos chicos que he oído que descienden de las principales familias fundadoras de Ipswich. Seguro que ellos o sus padres saben un montón sobre los orígenes del pueblo y cualquier cosa de aquella época…
Chase esbozó una sonrisa, entre triste y condescendiente.
– Ya, pero Abby…
– ¡Y son muy simpáticos! Seguro que te ayudarían mucho, sobre todo Caleb. Él tiene pinta de saber un montón sobre eso; bueno, sobre todo… – continuó ella entusiasmada, sin reparar en la reticente expresión de Chase – Y…
– Abby… – la cortó él con suavidad, pero enfatizando la palabra – Ya les conozco.
La muchacha se detuvo, impresionada.
– ¿Les conoces?
– Hablas de Caleb Danvers y sus amigos… ¿verdad?
Extrañada, ella asintió y él suspiró con pesar.
– Sí, les conozco y ellos me conocen a mí. Y no les caigo muy bien que digamos.
– ¿Qué?... ¿Por qué?
– A mí también se me ocurrió lo de entrevistarles, y traté de acercarme a ellos, ganarme su confianza.
Chase hizo una pausa dramática y Abby, que bebía interesadísima de sus palabras, le conminó a continuar:
– ¿Y qué pasó?
– Al principio todo iba muy bien, pero cuando se enteraron de lo que estaba investigando empezaron a tratarme de forma un poco… hostil, por decirlo de alguna forma.
– No lo entiendo… ¿por qué?
– Qué sé yo… Tal vez sus familias tengan ciertos trapos sucios que mi investigación podría sacar a la luz.
– ¿Estás diciendo que esos chicos tienen algún secreto que ocultar? – Abby frunció el ceño con extrañeza y Chase sonrió de nuevo.
– Quién sabe… después de todo… ¿quién no los tiene? En cualquier caso – prosiguió –, no salí muy bien parado de mi encuentro con ellos. Primero fue Pogue Parry; se le metió en la cabeza que yo quería algo con su chica.
– ¿Con Kate? – inquirió Abby, y él asintió.
– Por supuesto se equivocaba, pero no hubo quien le convenciera de lo contrario. Al principio se lo pasé, porque no estaba demasiado bien; había tenido aquel accidente de moto tan grave…
– No sabía que Pogue hubiera tenido un accidente… – murmuró ella débilmente. Era cierto que al conocerle había reparado en un par de heridas a medio curar en la cara de ese chico, pero nunca se había cuestionado su origen.
– Eso fue antes de que llegaras aquí. El caso es que Pogue le llenó la cabeza a Caleb de mentiras contra mí; y Caleb y yo tuvimos un enfrentamiento un tanto… duro.
Abby no sabía qué responder, no podía salir de su asombro.
– No puedo creer que Pogue fuera capaz de calumniarte sólo por celos… y mucho menos que Caleb fuera capaz de atacarte por rumores sin fundamento.
– Pues es lo que pasó. – concluyó Chase – Aunque si les preguntaras a ellos, indudablemente darían una versión muy distinta… – añadió con una sonrisa torcida.
– No parece propio de ellos… – insistió ella débilmente, pero se dio cuenta de que en realidad no los conocía demasiado bien, así que tampoco podía predecir sus reacciones.
Reflexionó. No, no parecía propio del responsable Caleb o del flemático Pogue lo que Chase acababa de contarle, pero, de ser cierto (y tenía que serlo porque... ¿qué motivos iba a tener él para mentirle?), los chicos de oro de Spenser no eran tan perfectos como le habían parecido al conocerlos. Bajo la capa de popularidad y éxito, estaba descubriendo envidias, rivalidades y mentiras. Aunque bueno, tampoco era para tanto. Después de todo, eran humanos como los demás, con sus defectos y debilidades.
Chase añadió:
– Por todo eso, te agradecería que no les dijeras que me alojo en tu casa.
– Quizás todo fuera un malentendido. – intentó razonar ella – Si te pusieras a hablar tranquilamente con ellos, tal vez…
– Por favor, Abby. – le rogó él, mirándole a los ojos sugestivamente – Esos chicos no son tan simpáticos como parecen, podrían ser peligrosos. En serio. – insistió, al ver la expresión de perplejidad e incredulidad total de su interlocutora – No pueden saber que sigo en Ipswich. No quiero más problemas, ni con ellos ni con nadie.
Chase podía ser realmente persuasivo cuando quería, y Abby rápidamente cedió a la compasión.
– Está bien, no les diré nada. No sabrán que estás aquí, ni que te conozco.
– ¿Lo prometes? – Aunque el tono de la pregunta era tranquilo y hasta cómplice, en el fondo de sus ojos brilló un momentáneo destello de ansiedad, que sin embargo ella no captó.
– Que sí, hombre, no les diré ni palabra de ti. – prometió ella, aunque le extrañó que exigiera tal formalidad ante algo tan sin importancia. – Pero creo que exageras. Son buenos chicos.
Ante aquello, Chase enarcó una ceja con expresión escéptica.
– Si tú quieres creer eso, por mí de acuerdo. Pero ten cuidado con ellos… ¿vale?
Asombrada de nuevo, ella fue a protestar, pero se lo impidió el timbre del teléfono, que en ese momento se puso a sonar. Murmurando una excusa, Abby se levantó y se fue disparada a contestar: podría tratarse de su padre, y cualquier demora le produciría una pésima impresión.
Chase terminó su desayuno con parsimonia, muy satisfecho de su actuación. Adoraba el trabajo bien hecho. Había manejado el asunto maravillosamente, tanto que casi hasta él se lo había creído. Y no digamos ella, aunque seguramente esa mema se habría tragado cualquier cosa que le hubiera contado. Pero la extremadamente convincente versión de los hechos que le había presentado aseguraba que, en caso de que a sus “amigos” o a alguna de las otras dos zorras se les escapara algún detalle de lo que realmente había pasado, apareciera como una malintencionada mentira en contra del “pobrecito Chase”. Después de todo, lo que había contado él era más fácil de creer que lo que realmente había ocurrido. Chase esperaba, a través de aquellos y otros sutiles comentarios, poner a la chica en guardia contra los Hijos de Ipswich y de su propia parte.
Sus pensamientos volvieron después a aquellos dos misteriosos cajones del sótano, que habían despertado tanta atracción en él. Eran lo más intrigante e interesante que había encontrado en días, puede que en semanas. En ellos, tal vez, estaba la clave para su victoria que había estado buscando en el despacho de Mathews, por lo que se alegró ante la idea de que no había perdido la mañana. Tenía que saber más sobre ellos.
“Sea lo que sea que haya en esas condenadas cajas, puedo sentir el Poder en ellas”, se dijo lleno de excitación. “¿Qué demonios serán? Y… ¿qué hace un cazador de brujas con artefactos mágicos? Sea lo que sean… lo descubriré”.
Casi sin aliento, Abby llegó al teléfono a la mitad del cuarto timbrazo; un tiempo medianamente aceptable.
– Casa de los Mathews. – consiguió articular, a la vez que inspiraba aire para no ahogarse.
– ¡Hola, Abby! – En cuanto oyó la voz al otro lado de la línea, femenina, juvenil y cariñosa, la muchacha se dio cuenta de que tanta premura había sido innecesaria. No era su padre quien llamaba.
– Eh… hola, Sarah – Tras saludar, Abby se quedó un poco en suspenso, sin saber qué más decir. Como nunca había tenido una amiga íntima, no estaba familiarizada con las conversaciones telefónicas, fluidas e intrascendentes, entre adolescentes. Por suerte, Sarah no lo notó.
– ¿Qué te cuentas, chica? – le preguntó, y añadió antes de que Abby pudiera responder – ¿Has hecho ya las integrales que vimos ayer?
– Euh… he empezado… algunas… – Abby vaciló, y suspiró. – La verdad es que no. – acabó admitiendo. Nunca se le había dado bien mentir, ni siquiera una simple excusa – Iba a ponerme esta tarde, lo siento.
– No pasa nada, sólo te lo preguntaba por si tenías alguna duda. Cuando tengas dudas me llamas con toda confianza… ¿OK? Que eres capaz de no decir ni pío para no molestar.
– Vale. – Abby sonrió, aliviada. Sarah, no sólo era inteligente (en pocas semanas la había calado lo suficiente como para predecir su reacción con exactitud), sino también amable. Tenía mucha suerte de haberla conocido.
– Pero no te llamaba por eso. Quería ver si esta tarde te apetecía salir con Kate y conmigo.
De nuevo, a la joven le atacó la duda. Ellas solían ir a ese bar del que ya le habían hablado, y que le habían descrito como de ambiente rockero, y sabía que a su padre le iba a gustar menos que nada.
– Eeehhh… la verdad es que no me gustan mucho los bares. – se excusó. “Debo parecer una mojigata”, pensó. “Pero mejor eso que decir: «mi papá no me deja ir»”. En el tiempo que llevaba allí, ya se había abstenido hacer cosas que allí se consideraban normales diciendo la verdad, y la habían mirado como un bicho raro. Reforzaba la imagen infantil de ella que tanto odiaba.
– No vamos a ir a Nicky’s. – repuso Sarah, sin embargo. – Es por Kate, le irá bien salir un poco. Desde que lo dejó con Pogue está bastante depre y no sale de nuestro cuarto más que para ir a clase.
– Ajá. – asintió ella.
Como toda la escuela, Abby sabía que Kate lo había dejado con su novio hacía un par de semanas, aunque no sabía por qué. Un día estaban tan felices y enamorados y al día siguiente rompían, lo cual era una pena, porque hacían una pareja maravillosa. Cuando se enteró, Abby se había sentido intrigada por el motivo de una ruptura tan repentina, pero Sarah le dio a entender que Kate no quería hablar de ello y tenía que respetar su decisión. Desde entonces, Kate había estado mustia como una flor marchita, y Sarah tenía razón: le iría bien salir un poco.
– Como comprenderás, no podemos ir a Nicky’s – continuó Sarah – Pogue estará allí con los demás como todos los fines de semana, y supongo que Kate, que ya tiene que verlo todos los días en clase, no tendrá ganas de tragárselo también el sábado. Así que iremos a otro sitio, no sé, a cualquier cafetería a tomar café o un batido. Sólo chicas.
– ¿Y tú no sales con tu novio?
– A Caleb no le importa. Sabe que Kate lo está pasando mal, seguramente Pogue esté pasando por lo mismo.
– Parece muy comprensivo. – murmuró Abby, pensando lo diferente que parecía ese comportamiento del joven posesivo y belicoso descrito por Chase.
– Sí, es un cielo. – rió Sarah – ¿Qué, entonces te vienes?
– No sé… ya te he dicho que esta tarde iba a hacer las tareas…
– ¡Vamos, mujer! También tendrás que vivir… ¿no? – la animó Sarah – Tienes todo el día de mañana para hacer las tareas.
– Es que… – Abby no quería dejarse convencer, pero en su mente ya sopesaba la idea de aceptar. Aunque tendría que hacer las tareas a escondidas para que su padre no se diera cuenta que estaba trabajando en domingo.
– ¡Por favor! Necesito que me ayudes a levantarle la moral a la pobre Kate. Hace mucho que no salimos sólo nosotras y hablamos de cotilleos y cosas de chicas. Y tú también te lo pasarás bien… ¡venga!
– Venga, vale. – Abby sonrió, claudicando, aunque desde el principio toda resistencia había sido pura fachada, más por vergüenza y temor a su padre que porque no quisiera salir con ellas. De hecho, no debió haberse resistido tanto, para una vez que alguien la invitaba. – Pero tengo que estar de vuelta temprano, o mi padre se enfadará. – Al instante de haber dicho eso se arrepintió, ya estaba de nuevo con “Mi padre esto…” o “Mi padre lo otro…”. Pero si Sarah estaba extrañada, no lo demostró, y su reacción fue de lo más natural.
– Tranquila, te llevaré de vuelta a casa a la hora que necesites. – prometió – ¿Paso a buscarte a las seis?
– Está bien. Nos vemos entonces.
– Hasta dentro de un rato. – se despidió Sarah, y colgó.
Abby no había dicho a Sarah que aún tenía que pedir permiso a su padre, pero confiaba en salir del paso. Su padre sabía que ella era su tutora y, siendo así, no sería difícil poner la excusa de que irían a estudiar a su residencia. Aunque a su padre no le hiciera mucha gracia la idea, cuando se trataba de cualquier asunto relacionado con el estudio solía aplacarse y darle licencia para cosas que de otra forma le hubiera prohibido, como salir de casa con otras chicas, y en sábado. Aunque más le valía que su padre no se enterara de la mentira, o se le iba a caer el pelo.
Sonriendo por la anticipación, se puso con las faenas de casa, de muy buen humor. En el internado prácticamente no salía con amigas y la perspectiva de una tarde con otras chicas, aunque fuera algo tan rutinario e inocente como ir a una cafetería a tomarse un batido, le hacía ilusión hasta un extremo ridículo. Tal vez, se dijo, venir a Ipswich había sido una buena idea después de todo. Puede que allí pudiera lograr lo que no había conseguido en todos sus dieciséis años anteriores: adaptarse, tener amigas y ser una más; y en el futuro, si la suerte le sonreía ya mucho mucho, encontrar a un buen chico que la quisiera (aunque por ahora eso ya fuera mucho pedir). Por ahora, y a pesar de la atmósfera rara que a veces notaba, Ipswich tenía posibilidades para que ella consiguiera llevar allí la vida normal que tanto había deseado. Ella también tenía derecho, como todo el mundo… ¿no?
NA: Sé que no ha ocurrido mucho, pero la presentación de este ambiente es importante. Como ya os habéis podido imaginar, los misteriosos objetos de los cajones tomarán relevancia, y aún más a medida que se acerque el desenlace de la historia. La “Doncella de Hierro” también volverá a aparecer. Ante el entusiasmo que ha despertado en Chase, no os sorprenderá que os adelante que querrá incluirla en sus planes, aunque bastante más adelante.
Otro asunto: JemiiTaa - Lilyy(k), en su review, me comentaba si podía “hacer algo” respecto a Reid. No sé bien si se refería a que saliera en más escenas o le pusiera también un romance a él. De todos modos, he tenido una idea para que él también tenga su parte de romance en el fic, ya que todos los demás la tienen. Ante la falta de personajes femeninos “libres” del canon (y no, jamás lo liaría con Kira XD), he creado otro para él. En realidad, ya tenía en mente la idea para una posible secuela de este fic, pero me temo que, si consigo acabar éste, ya será una hazaña, como para hablar de hacer una secuela.
El riesgo es que dos OCs en un mismo fic queden demasiado “suescos”, pero prometo que intentaré darles personalidad y que no queden demasiado planos, que a mi juicio es lo criticable en este tipo de personajes. Espero que os parezca bien. Si aun así a alguien no le gusta, pues... chicos, lo siento.
Aunque tengo tanto trabajo como siempre, intentaré que el próximo capítulo llegue prontito. No super pronto, que eso no sería propio de mí XD, pero intentaré que el parón no sea tan largo. ¡Besos a todos/as!