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5. La temeridad
En el Gran Comedor los alumnos se encontraban bulliciosos y hablaban animadamente frente a las múltiples fuentes de comida de donde se servían su gusto en los platos. Era pascua y los recipientes estaban a rebosar de huevos de colores y sabores variados. Severus hizo rodar un huevo pequeño que tenía entre las manos sobre la mesa, aburrido. Tenía el rostro apoyado descuidadamente sobre la mano desocupada y los codos sobre la superficie de madera de la mesa. Sus compañeros, como todos los demás, hablaban animadamente entre sí, aunque de una manera menos escandalosa, más reservada. A Severus a veces le gustaba la pascua. Solía recordarla como una época tranquila, dulce. Y apresar de que no le gustase admitirlo, encontraba sumamente gracioso aquellos huevos, incluso los que eran blancos. Le recordaban a pequeñas bolas de nieve, le recordaban a su madre haciendo un poco de dulce para él.
Siguió haciendo rodar el huevo, distraído, hasta que un papel arrugado chocó contra su mano. Con pereza, soltó el huevo y abrió el papel para ver su contenido. Y lo que vio lo hizo enrojecer de enojo. Había dos personas dibujadas toscamente, una de las cuales era más grande que la otra y ambas estaban de perfil. El más grande estiraba los labios de una forma exagerada hacia los labios, también estirados, del más bajo, que tenía el pelo reteñido exageradamente con tinta negra y una nariz enorme. Severus apretó los dientes con fuerza y quemó el papel.
Sabía que no debía hacer caso de las provocaciones del cuarteto de Gryffindor que no había parado de echarle en cara su desafortunado encuentro con el conserje. Potter y Black le habían contado todo a los otros dos idiotas, al licántropo y a Pettirgrew, aunque una pequeña (muy pequeña) parte de su ser les agradecía que al parecer, habían cerrado la boca en cuanto al resto de los alumnos.
Pero ellos no se habían contentado con divertirse con sus amigos a costa de él, no. También aprovechaban cualquier oportunidad, cualquier pasillo despejado donde casualmente se encontraran para que Potter tomara a Black por el cuello de la camisa y lo besara con su mano interponiéndose entre sus bocas. Para él era tan desagradable ver a ese par en esa pose, como el que se burlaran de él, pero sabía que no podía responderles, no le convenía hacerlo.
La verdad, era que ya lo estaban hartando. Severus se sirvió un poco de comida y tomó uno de los huevos. Comió de prisa y con el dulce en el bolsillo salió a paso rápido del gran comedor, tenía unas ganas enormes de sentarse en su cama a leer "la guerra de las galaxias", Necesitaba distraerse un poco.
Cuando iba por uno del los pasillos que llevaban a las mazmorras, se encontró con Black que le cerraba el paso con una sonrisa algo siniestra. Severus paró en seco y miró al otro lado del pasillo. Justo como supuso, ahí estaba Potter cerrándole cualquier vía de escape. Apretó su varia y enarcó una ceja en dirección a Black.
-Relájate Snivellus, sólo venimos a tener una amigable charla con tigo - la sonrisa extraña de Black se acentuó y Severus sintió la necesidad de no darle la espalda a ninguno de los dos. Así que cómo único recurso, le dio la espalda a la pared y los dos merodeadores quedaron en su campo de visión.
- Es verdad lo que dice Sirius, nosotros sólo queremos conversar - Potter sonrió con lo que pretendía hacer pasar por amabilidad - Queremos preguntar ¿qué se siente saber por propia boca que el conserje es marica?
-Cierra el hocico Potter y métete en tus asuntos- se sentía enojado, con los nervios a flor de piel. Como cosa rara, ese par de idiotas lo habían acorralado para molestarlo con respecto a eso.
- Ahh, supongo que te quedó gustando ¿no?- Black tenía una pequeña mueca de desagrado mal disimulada y su sonrisa era aún más tétrica - supongo que te decepcionó la falta de lengua.
Potter hizo una mueca de asco genuino y Severus se permitió una pequeña sonrisa irónica - supongo que tienes enviada Black, ya que Potter no es tan directo contigo.
- No vuelvas a decir algo tan asqueroso Snape. Aquí el único marica eres tú- Potter había sacado la varita al mismo tiempo que él y se observaban desafiantes. Cuando Severus intentó pronunciar un hechizó sitió la varita de Black contra sus costillas y cayó en cuenta de su error. Eran dos contra uno, y él estaba en absoluta desventaja. Sin embargo su orgullo y su rabia pudieron más que él. Golpeó con fuerza el brazo de Black y antes de que Potter pudiera reaccionar, su hechizo lo lanzó contra la pared. Black se olvidó entonces de la magia, y se lanzó sobre Severus.
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La lucha había concluido como se esperaría: con la llegada de un profesor. Para la mala fortuna de los tres, la que detuvo la pela fue la profesora de transformaciones, Minerva MacGonagall, que sin escuchar expiación alguna, los envió furiosa a sus salas comunes (pese a sus magulladuras) con la promesa de que al día siguiente tendrían información sobre sus castigos.
Severus se había aplicado un par de pociones curativas que guardaba en su baúl y su apariencia había mejorado ostensiblemente. Su ojo no se veía tan mal y su labio, aunque abierto aún, no se veía hinchado ni rojo, pero su cuerpo seguía adolorido. Black tenía mucha fuerza bruta, fuerza imbécil. Cuando bajó a la sala común, una niñita de segundo le entregó un pergamino enrollado y se fue a toda prisa. Severus se encontró con una nota del profesor Slughorn, quien le reprochaba su disputa con los Gryffindor y le notificaba que su castigo estría al cargo del Señor Filch. Cuando llegó a esa parte de la nota, se sintió palidecer. Por supuesto, los profesores no lo sabían. Severus dudaba que un profesor responsable enviaría a su alumno (más aún en el caso suyo) donde un sujeto como aquel.
Las clases pasaron con una rapidez asombrosa y escalofriante. Su único consuelo frente al encuentro que le esperaba, fue ver a Black en la clase de pociones. Definitivamente no había sido a la enfermería, ni había sabido mejorar su condición por sí mismo y Severus se alegró del aspecto lamentable que presentaba. A la hora del almuerzo, dejó que la información sobre su pelea se filtrara por la mesa de Slytherin, y al final del día, los alumnos miraban a Black como reprochándole por haberse dejado golpear por él. El mismo Black lo miraba con cara asesina cuando se cruzaban por el camino.
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A primera hora de la mañana había sido informado por la profesora MacGonagall de que debía impartirles castigo a tres alumnos. Los dos Gryffindor eran muy habituales para él y ya tenía reservados y debidamente asquerosos los aseos de Myrtle la Llorona, como la llamaban los alumnos. El tercer castigado era Severus Snape. Desde el incidente con el hechizo había evitado al muchacho a toda costa, aún cuando le dolía no verlo, no poder tenerlo cerca como antes, cuando gozaba de su feliz anonimato. No sabía cómo debía mirarlo, qué debía hacer, aunque sospechaba cómo lo miraría a él.
Unos minutos después de haber vuelto de dejar a Potter y Black en los lavabos para que cumplieran los castigos, escuchó unos golpes inseguros en la puerta de su despacho y aspiró hondo
-Pase- dijo con voz débil. La puerta se abrió dando paso a Severus, quien entró mirando a todas partes, tratando de evitar su rostro. Hubo un tenso silencio. Snape se veía realmente nervioso y pálido, mucho más pálido de lo que él recordaba haberlo visto.
- Siéntese - le dijo al joven. Severus apretó las manos y se sentó al borde de la silla como si en cualquier momento se fuera a levantar para huir del lugar. Tratando de serenarse un poco, Severus metió su mano al bolsillo de la túnica y palpó su varita. El contacto de la madera con sus dedos lo hizo recordar una idea que había tenido rondando por la cabeza, pero que había descartado por considerarla temeraria. Miró de reojo al conserje y antes de siquiera pensar, con el corazón en la garganta, le lanzó un ovlibiate.
Filch lo miró con la expresión vacía por unos momentos y luego le preguntó vagamente que hacía allí. Entonces Severus, aún con el corazón acelerado, le tendió la nota de Slughorn. EL conserje pareció recordar esa parte, para su alivio. Lo miró un instante y le entregó pergamino y tinta.
- Escriba mil veces “no debo agredir a mis compañeros” -le dijo con voz extraña. A Severus le pareció un castigo sumamente estúpido, pero se encogió de hombros y se dispuso a cumplir su tarea. De pronto tuvo una duda y levantó el rostro con disimulo, sólo para sorprender la extraña mirada que Filch le dedicaba. Sintió una arcada y comprendió que aunque le borrara la memoria una y mil veces, Argus Filch no dejaría de mirarlo así. Lo que le pasaba a ese hombre, no era cuestión de recordar u olvidar. El pensamiento sólo hacía que Severus se sintiera más fracasado que nunca. Después de todo, a pesar de su imprudente arrojo, su situación no mejoraría.