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N/A: este fic se sitúa justo después del último capítulo de la segunda temporada de "CSI:NY", titulado en España "Ataque en Nueva York" (creo) y, en su versión original, "Charge of this post". Si he de hablar de una motivación para él, Flack es mi segundo personaje favorito de la serie por detrás de Hawkes y me tocó mucho las narices que parezca que son todos polis sin familia (porque Stella, huerfanita, también estaba más sola que la una). Creo que el fic no se contradice con nada de lo que aparece en la serie pero, si así fuera, bastaría con colgarle la etiqueta de OC y listo.
Sin embargo, aquel día no había ido a trabajar. En lugar de eso, se había desplazado a Chicago para visitar a una amiga de la universidad y celebrar su primer día de baja por su avanzadísimo estado de gestación. Faltaban apenas un par de semanas para que saliera de cuentas y el pequeño Eddie ya pasaba ampliamente de los tres kilos. Era un milagro que los de la aerolínea le hubieran permitido volar.
Dejó las llaves sobre el platito del mueble de la entrada y reprimió sus ganas de tirar los zapatos en el primer rincón por mucho que los tacones la estuvieran matando. Colgó el abrigo y se estiró como para desentumecerse. Todo estaba a oscuras. Dudaba que Donnie estuviera allí. Maldición.
Sí, no era nada raro que Donnie trabajase hasta tarde. Le encantaba ser policía, lo llevaba en la sangre y no renunciaría a ello por nada del mundo. Había seguido los pasos de su padre, el patrullero Randy Flack, algo de lo cual estaba orgulloso. Y aquel orgullo se traducía en que aquella noche Gabrielle se quedaría sin el masaje que habría necesitado.
Comprobó el teléfono móvil. Nada. Lo había encendido tan pronto como el avión tomó tierra, pero Donnie no había intentado contactar con ella. Era poco habitual, pero no una novedad. A veces se le olvidaba que ya no vivía solo, por mucho que hiciera algo más de dos años que compartían casa.
Dos años ya, se decía pronto. Cómo pasaba el tiempo. Parecía que fuese ayer mismo cuando Christopher Larochelle, hermano mayor de Gabrielle y oveja negra de la familia, se presentase borracho como una cuba en casa de sus padres y le diera una paliza a su progenitor. Una aterrorizada Gabrielle había logrado encerrarse en su dormitorio atrancando la puerta con una cómoda para así poder llamar a la policía.
Cuando los agentes llegaron, Chris estaba durmiendo la mona en un sofá. Gabrielle no se atrevía a abrir la puerta de su dormitorio. No podía pensar con claridad, tenía demasiado miedo. Todavía tenía en la cabeza la imagen de Chris golpeando a su padre con una lámpara. Sin embargo, aquel hombre de voz grave se puso a hablarle calmadamente desde el otro lado de la puerta. Detective Don Flack decía llamarse. Por cómo sonaba, parecía un hombre de mediana edad, un poli curtido. Gabrielle decidió confiar en él y apartó el mueble.
No estaba preparada para encontrarse con él cara a cara. No era de mediana edad, sino un hombre joven. Su voz engañaba, y mucho. Alto y fuerte, pelo moreno, ojos claros, llevaba con cierta gracia el traje de corte barato que tenía puesto. No podía decirse que fuera guapo, pero sí que tenía algo que le hacía atractivo o, al menos, resultón. Y ese algo, fuera lo que fuese, hizo que el corazón le diera un vuelco a Gabrielle. Conocía la sensación, así que no tuvo ningún problema para identificarla: era un flechazo.
No podía decirse que a los Larochelle les hubiera hecho mucha gracia que su única hija se liase con un poli, pero no quisieron entrometerse demasiado. Era el único disgusto que Gabrielle, una niña modelo por lo demás, les daba. Además, se decían, sería un capricho que se le pasaría enseguida. Ni siquiera les importó en exceso que apenas un mes después de haberse conocido se fueran a vivir juntos. De aquello hacía ya más de dos años. El capricho se había transformado en algo sólido.
Y tanto. Suspiró y se acarició el dedo anular mientras iba a la cocina a prepararse algo. Estaba cansada, pero no tenía sueño y se moría de hambre. Se miró la mano y sacudió la cabeza. No llevaba alianza. Donnie prefería no usarla, así que Gabrielle había decidido que ella tampoco se la pondría, aunque le dolía que Donnie ni siquiera le hubiera explicado los motivos. No había otra, de eso estaba segura. Precisamente por eso le molestaba.
Se dejó caer con pesadez sobre el sofá y se puso a comer su cuenco de cereales con leche. Donnie a veces se reía de ella cuando le veía desayunarlos, le decía que parecía una niña pequeña. Como respuesta, Gabrielle solía fruncir el ceño, poner voz infantil y exclamar “¡No es verdad¡Vas a ir a mi papá!”. Pensar en el ello le hizo sonreír.
Mientras rumiaba los cereales, comprobó nuevamente el móvil. Seguía sin haber nada. Decidió telefonearle y ver si tenía para mucho. Le costaba dormirse si él no estaba en la cama. Buscó en las últimas llamadas y rogó que lo tuviera puesto y se lo cogiera. A veces no lo hacía o incluso colgaba. Era su modo de decirle “ahora no, estoy ocupado”.
Apagado o fuera de cobertura. Resopló y apagó el terminal. Deshizo su peinado y se atusó los cabellos. Ya era prácticamente la una, a saber cuándo volvería Donnie a casa. Ya no importaba, ella se largaba a la cama. Aprovecharía que Eddie estaba tranquilito para intentar dormir algo. Últimamente le costaba mucho conciliar el sueño y, cuando lo conseguía, soñaba que a Donnie le pasaban toda clase de cosas terribles.
Se lavó los dientes, se desnudó y se metió entre las sábanas. Se colocó de lado y observó la foto de la mesilla antes de apagar la luz. En la imagen aparecían ella y Donnie sonrientes y agarrados de la cintura en Central Park. Sonrió, dio un beso al Donnie de la fotografía, le llamó adicto al trabajo y se echó a dormir. No había caído en la cuenta de que la luz roja del contestador automático parpadeaba.
Despertó hacia las diez de la mañana. Había conseguido dormir del tirón y sus sueños habían sido agradables: Donnie y ella paseaban con su bebé por la Quinta Avenida. Pero solo era un sueño. La cruda realidad era bien distinta: Donnie no había dormido en casa. Gabrielle se desperezó y se metió en la ducha. Casi nunca trabajaba tanto y menos ahora. Tras el embarazo y la boda, Donnie le había prometido que las interminables jornadas lo serían un poco menos. Pensaba decirle cuatro palabritas en cuanto lo viera.
Se secó el pelo y lo recogió con cuidado. Le gustaba lo que veía en el espejo. No era ninguna idiota, sabía bien que su cuerpo y su rostro tenían ese “algo especial” que hacía que los demás la mirasen por la calle incluso a pesar de su enorme barriga de embarazada. Ser consciente de ello le hacía sentir halagada, pero no se arreglaba para los demás, sino para sí, por sentirse bien consigo misma. No importaba que Donnie no estuviera, ya se daría de cabezazos contra la pared por no haber llegado antes cuando la viera con aquel conjuntito de lencería fina.
Iba a ponerse a ordenar un poco de la casa cuando algo llamó su atención. Una luz roja y parpadeante. El contestador marcaba que tenía un mensaje. El teléfono no había sonado de madrugada, estaba segura. Entonces¿cuándo habían llamado¿Cómo es que no se le había ocurrido comprobarlo? Tanto maldecir a Donnie y resultaba que el pobre sí que la había avisado. Sacudió la cabeza y pulsó el botón para escuchar el mensaje.
Lo que escuchó hizo que se tambalease. Se trataba de Donnie, sí, pero no era él quien había telefoneado, sino alguien del hospital. Donnie estaba ingresado y, según el mensaje, muy grave. La mujer que había realizado la llamada rogaba que se pusiera en contacto con el hospital lo antes posible, pues era urgente.
No perdió el tiempo. Se calzó, revisó que llevaba todo lo que necesitaba en el bolso y salió corriendo a la calle. No tuvo muchos problemas en encontrar un taxi y pedirle atropelladamente que la llevase al hospital. El taxista se lo tomó en serio. Pensaba que estaba tratando con una parturienta, cosa que Gabrielle no negó, y la dejó en la puerta de urgencias en tiempo récord. Le dio una buena propina y echó a correr como una loca. Poco importaban los diez centímetros de tacón de aguja.
En cuanto supo dónde estaba Donnie, irrumpió como un elefante en una cacharrería. Se maldijo por haberse puesto los primeros zapatos que encontró en vez de algo más cómodo y se apresuró a mirar por la cristalera de la habitación. Solo había una cama vacía.
Ahogó un grito y se cubrió la boca con las manos mientras notaba sus ojos llenándose de lágrimas. Llegaba tarde. Joder, había llegado tarde. Retrocedió un par de pasos, todavía jadeante por el esfuerzo, y sollozó ruidosamente. Era una estúpida, una niña mimada que se había preocupado solo del masaje que necesitaba en vez de pensar que Donnie podía estar en peligro. Sintió ganas de estamparle un puñetazo al cristal de pura rabia, pero oír una voz femenina a su espalda hizo que se detuviera en el último momento.
—Disculpe¿puedo ayudarla?
Gabrielle se volvió. La que hablaba era una mujer enjuta con el pelo castaño claro muy rizado y encrespado. La reconoció al instante. Donnie le había hablado muchísimo de ella. Gabrielle incluso le había ofrecido que la invitase a cenar algún día, pero parecía que él se obstinaba en ser por un lado Donnie y por otro, el detective Flack.
Se avergonzaba de ella y del braguetazo que había pegado sin quererlo, Gabrielle era plenamente consciente. Donnie no quería presentarle a nadie de su entorno laboral, siempre le salía con excusas baratas que Gabrielle hacía como que se creía para no liarla. Pero sabía que era porque pertenecían a mundos distintos y no quería llevar a una princesita como ella al mundo real.
—Venga, la ayudaré a sentarse.
La voz de aquella mujer la devolvió al presente. Vio su reflejo un momento en el cristal. Estaba pálida como una muerta, su exterior no ocultaba que se encontraba a punto de desmayarse. Tomó asiento con la ayuda de la mujer y se esforzó para no llorar.
—Soy la detective…
—…Stella Bonasera—la interrumpió Gabrielle casi sin voz. Tragó saliva y la miró. Tanto su voz como su cuerpo temblaban ostensiblemente—. Pues yo soy Gabrielle Flack, esposa del detective Don Flack. ¿Dónde está¿Se ha…
—No—Se apresuró a responder Stella, todavía no repuesta de la sorpresa. ¿Flack casado¿Desde cuándo?—. No. Se lo han llevado para hacerle un TAC.
Gabrielle suspiró con alivio. Seguía vivo. Echó la cabeza hacia atrás y trató de respirar hondo para relajarse. Stella la observaba con atención. Aquella mujer no le pegaba para nada a Flack. Traje de chaqueta y falda de Versace, camisa Armani, joyería sencilla pero exquisita de Tiffany’s, zapatos Manolo Blahnik, bolsito Louis Vuitton. Una tía con pasta y clase.
—No sabía que Flack estuviera casado—dejó caer. Gabrielle se encogió de hombros y se pasó una mano por el abultado vientre.
—Siempre ha querido mantenerlo en secreto. Llevamos dos años juntos, nos casamos al poco de quedarme embarazada, por el bebé, ya sabes. Donnie dijo que así, si algo nos pasaba a alguno de los dos…—Se calló de golpe y perdió la vista en la habitación de Donnie. Un par de lágrimas le rodaban por las mejillas— Parece que acertó. ¿Qué le ha pasado?
—Había una bomba en un edificio. Don y Mac¿sabes quién…
—Sí. Mac Taylor, el jefe del laboratorio criminalístico.
—El mismo. Don y Mac estaban intentando desalojarlo cuando explotó. Don tenía una herida muy fea en el pecho, lo trajeron muy grave y le operaron de urgencia.
—No he hablado con ningún médico, no quería pararme. Quería llegar aquí cuanto antes—Agachó la cabeza y sollozó—. Estaba en Chicago. Volví tarde y ni siquiera me di cuenta de que el contestador… Y yo pensando que estaría trabajando hasta tarde. ¡Dios, qué estúpida soy!
Gabrielle se echó a llorar. Stella la abrazó con fuerza. Comprendía su dolor y no sabía cómo podría aliviarlo. Los médicos decían que había motivos para ser optimistas, pero la evaluación neurológica de Flack tendría la última palabra y, aun así, aquello no significaba que estuviera completamente fuera de peligro.
—Tenía que haber aceptado el empleo que le ofrecía mi padre—musitó entre lágrimas.
El señor Larochelle no le tenía mucho aprecio a su yerno. A decir verdad, no le gustaba lo más mínimo aquel larguirucho que se había llevado a la niña de sus ojos y se jugaba el tipo en el trabajo a diario. Por eso, le había ofrecido un puesto de jefe de seguridad en la empresa de un conocido. Donnie lo había rechazado de plano, poco importaba que el salario fuera muchísimo más alto y que su labor no comportase ningún riesgo. Era policía, parte de una larga estirpe de agentes que habían servido a la ciudad de Nueva York. No pensaba dejarlo por mucho que aquel ricacho insistiera.
Gabrielle habría querido convencerle, pero sabía que no habría manera. Donnie adoraba ser policía, podría decirse que era su vida. Además, bastaba que su padre sugiriese algo para que su marido se negase. Ninguno ocultaba el desprecio mutuo que se tenían. Por eso, no le sorprendió el furioso “¡No empieces tú también¡No tienes ni idea, así que cállate!” que Donnie le había gritado cuando, una vez en casa, ella había intentado insinuar que tal vez debería considerar lo del trabajo. No le había sorprendido, pero sí dolido. Y sabía que Donnie era consciente de que todavía no le había perdonado aquellos gritos injustificados.
—Se pondrá bien—dijo Stella, no sabía si para sí misma o para Gabrielle—. Ya ha pasado la peor parte, se pondrá bien. Es un tío duro—Gabrielle sonrió y asintió mientras buscaba un pañuelo para limpiarse y su estuchito de maquillaje para retocarse.
—Sí, eso dice él.
Después de eso, ambas mujeres se quedaron en silencio. Estaban pensativas, probablemente dándole vueltas a temas parecidos. Cada una se sentía una extraña ante la otra, en especial Stella. Don era su amigo, o eso pensaba. Y a pesar de todo, le había ocultado que tenía esposa y esperaba un hijo. Nunca, ni una sola vez había mencionado a Gabrielle. No tenía sentido.
Gabrielle pareció darse cuenta de lo que estaba pensando Stella. No dejaba de ser una poli que desconfiaría de que alguien como ella estuviera allí. A fin de cuentas, Donnie nunca había hablado de su esposa a nadie, o eso parecía. Por ello, decidió despejar sus dudas antes de que empezara a interrogarla. Seguro que no lo haría aposta, pero era simple deformación profesional. A Donnie también le ocurría cuando estaba molesto por algo.
Sacó su carné de conducir y se lo entregó a Stella. La detective lo examinó con gesto interrogante. Gabrielle Emily Flack. No mentía. Sin palabras, se lo devolvió con una inclinación de cabeza en forma de agradecimiento y aceptó el Smint de hierbabuena que Gabrielle le ofrecía.
Ninguna de las dos volvió a decir nada durante unos minutos. Gabrielle estaba sentada muy recta, intentando ponerse más o menos cómoda. Tenía los ojos cerrados y trataba de relajarse lo máximo posible. Stella, por su parte, la observaba en silencio y se preguntaba cuánto tardarían en volver con Don. Deseaba preguntarle algo a Gabrielle, indagar un poco, pero no sabía muy bien cómo enfocar aquello y la mujer de Flack tampoco parecía muy dispuesta a hablar en aquellos momentos.
Afortunadamente para ambas, la espera no se prolongó mucho. Las puertas se abrieron y dieron paso a un celador que empujaba la camilla de un Don de ojos cerrados escoltado por Mac Taylor y Sheldon Hawkes. En cuanto aparecieron, Stella y Gabrielle se pusieron en pie de un salto. El celador prosiguió su camino y entró en la habitación para colocar a Flack en su cama mientras que Mac y Hawkes se quedaban fuera. Las dos les observaban con expresión interrogante, sin atreverse a preguntar.
—¿Cómo está?—inquirió finalmente Stella. Mac la miró con su sempiterna expresión grave mientras que los labios de Sheldon dibujaban una pequeña sonrisa.
—Se recuperará. El TAC no muestra lesiones. Hemos podido cruzar un par de frases y parecía encontrarse bien. Además, su neurólogo parece bastante optimista—explicó Hawkes sin poder ocultar su alivio y su alegría.
Mac, por su parte, se acercó a Gabrielle. Se presentó y le estrechó la mano. La joven quedó sorprendida cuando el detective Taylor la llamó por su nombre.
—¿Donnie le ha hablado de mí?
—Nos ha pedido que avisáramos a Gabrielle, su esposa. Y también nos ha contado que muy pronto sería padre de un hijo, un varón. Enhorabuena.
—Gracias. Entonces¿está consciente¿Puedo pasar a verle?
—Está cansado—respondió Hawkes—, pero despierto. Necesita un poco de descanso y tranquilidad, pero le vendrá bien saber que estás aquí.
—En ese caso, pasaré con él y procuraré no ponerme de parto todavía. Si Eddie ha esperado ocho meses y medio para salir, podrá esperar unos días más por muy gordo que esté.
Gabrielle entró en la habitación. Ver a Donnie así, con tantas vendas y el oxígeno, le impresionaba mucho. Tragó saliva y respiró hondo para no volver a llorar. Debía ser fuerte para él, la necesitaba. Esbozó una sonrisa y alargó la mano para acariciarle la frente. Antes de que llegara a hacerlo, Donnie entreabrió los ojos.
—Gabrielle—murmuró.
—Hola, mi amor¿qué tal estás?
Don frunció el ceño y la miró. “Reventado en el más amplio sentido de la palabra” era la definición más correcta, pero no podía decirle eso. La pobre tenía una cara de pánico que le recordaba a la primera vez que la vio.
—Bien. Un poco cansado. Tus tacones son inconfundibles.
—No te he despertado¿verdad?—Donnie sacudió la cabeza ligeramente y sonrió— Siento no haber llegado antes, pensaba que…
—Mejor, ya sabes que a ratos ronco—Gabrielle rió y negó con la cabeza.
—No roncas, te lo digo para hacerte rabiar.
—Te parecerá bonito. ¿Qué tal Eddie?
Desde fuera, Mac, Stella y Sheldon observaban a la pareja conversar. Flack parecía súbitamente revivido con la presencia de su mujer. Su cansancio era más que evidente, pero se esforzaba por encontrarse mejor. Los cinco sabían que se le acabaría pronto la batería, aunque siempre podría recargarla con unas horitas de sueño.
—Parecen muy unidos—apuntó Hawkes—. ¿Sabíais que estaba casado?
—No, no tenía ni idea. ¿Y tú, Mac?
—Tampoco.
—Me alegro por él—sentenció Stella con una sonrisa satisfecha. Justo en aquel momento, el teléfono móvil de Mac empezó a sonar—. Esto es un hospital.
—Sí, y nosotros, policías de servicio—gruñó antes de descolgar—. Mac Taylor… bien, enseguida estaremos allí— Colgó—. Ha habido un asesinato en la 69.
—A trabajar.