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CardCaptor Sakura y sus personajes son propiedad de CLAMP… pero Shen sí es mío, eh! Y más les vale no tocarlo o tendré que hacerles cosas muy feas.
LA GUÍA PERFECTA
Ella sólo quería ser perfecta en lo que hacía, pero el mayor problema fue que se entrometió en su camino un niño problemático… con un padre aún peor. ¿Cuán lejos llegan las buenas intenciones, y qué tan bajo se puede caer? Sakura está a punto de descubrir ambas cosas, aunque no quiera.
Capítulo I
«Vidas perfectas»
Sakura lo había tenido siempre muy claro: quería ser perfecta. Desde niña se había fijado aquella meta, y ahora, a sus veinticuatro años, veía cada vez más cerca su victoria. Toda su familia estaba orgullosa de ella, y ella también lo estaba de sí misma, desde luego. A veces pensaba en ello, como ahora, mientras se dirigía a su trabajo en su pequeño Chrysler Mini Cooper rojo, un coche de por sí ya tan poco agresivo como su adorable conductora. Y es que Sakura, con el largo cabello castaño rematado en bucles que brillaban en luminosos caobas cuando el sol daba contra ellos, los soñadores ojos verdes enmarcados por las pestañas espesas, y un ligero toque de brillo en los labios como todo maquillaje, daba la apariencia de una quinceañera poseedora de una habitación repleta de peluches y perfumes con olor a manzana, cereza o alguna otra fragancia dulzona.
Acomodó cuidadosamente su bebé de reluciente pintura flamígera en su sitio de siempre, entre otros dos coches de mayor tamaño, sin mayor problema —después de todo, era casi perfecta— y bajó de él con los buenos ánimos de siempre. El estacionamiento estaba casi desierto a esas horas de la mañana, siendo que todavía era bastante temprano, pero a Sakura Kinomoto le gustaba poder preparar tranquilamente sus actividades a esas horas de la mañana, cuando tenía la mente más despejada y podía pensar con mayor claridad.
Saludó al conserje en cuanto lo vio y el hombre, de avanzada edad, le abrió la puerta con una sonrisa que en su tiempo podría haber sido galante.
—Buenos días, señorita Kinomoto —la saludó, acompañando su gesto con una leve inclinación de cabeza—. Llega usted temprano, como siempre.
Ella le correspondió su cordialidad con una de sus sonrisas, famosas en todo el recinto por tener la cualidad de encender corazones con facilidad inusitada, y rebuscó en su bolso hasta dar con un llavero repleto de llaves de todos los tamaños y colores.
—Sabe que siempre vengo a esta hora, señor Watase. ¿Cómo está su mujer?
El hombre estrujó la cabellera gris de la fregona para escurrirle toda el agua que fuera posible. Luego comenzó a pasearla por el suelo de baldosas grandes.
—Ya se encuentra mejor, gracias a Dios.
—Cuánto me alegro. Bueno, será mejor que me vaya o sino no me dará tiempo a hacer nada. Nos vemos.
El anciano asintió, mientras continuaba con la limpieza.
—Suerte con su trabajo, señorita Kinomoto.
La mujer anduvo con paso firme sin salir del primer piso, el sonido de los tacones resonando en el pasillo como música celestial para los pocos hombres que, desde la cafetería, reconocieron el sonido y se asomaron para contemplar la bonita vista que era el trasero firme de la señorita Kinomoto, maestra de unas mentes demasiado infantiles como para poder comprender lo afortunados que eran.
Y como Sakura tampoco era consciente de ello, continuó con su camino hasta llegar frente a una de las puertas. Introdujo una llave plateada en la cerradura y la giró hasta que oyó algo destrabarse. Al abrirse la puerta, se encontró con el mismo panorama de siempre: el aula vacía, oscura, las persianas cerradas, las sillas colocadas patas arriba sobre las mesas bajas y la pizarra verde garabateada con tizas de colores.
Sonrió al recordar que sus alumnos habían sido los responsables de tales manifestaciones artísticas y le dio hasta algo de pena tener que borrar el dibujo de un gato que había en una esquina. Sin embargo, aquello fue tan necesario como subir las persianas y pasar la mano por encima del radiador, para ver si la calefacción estaba puesta. Súbitamente apartó la mano cuando se quemó un dedo, que se llevó a la boca, y se sentó en su puesto de vigía, sobre la silla más alta de la habitación que estaba frente al amplio escritorio.
¡Qué afortunada era!, se dijo, mientras comenzaba a colocar algunas cosas sobre la mesa, por haber conseguido aquel trabajo. Ciertamente los niños le gustaban mucho, y, pese a que podían resultar realmente agotadores en algunas ocasiones, el recuerdo de aquellas caras manchadas con témpera roja o los dibujitos que le dejaban encima del escritorio compensaban aquello, y con creces. Sakura había querido dedicarse a la enseñanza desde que era pequeña, y ahora por fin había logrado un puesto en el colegio de Tomoeda, la pequeña ciudad en la que vivía.
¡Es el trabajo de mis sueños!, recordaba haber dicho a sus padres la misma tarde en la que le dieron el sí. Entonces, como siempre, Nadeshiko y Fujitaka la habían felicitado por sus logros, al igual que siempre que llevaba matrículas de honor y notas altísimas a casa, o diplomas, o la congratulación por escrito de algún profesor que se tomara el trabajo de comunicarles el buen rendimiento académico de la muchachita a sus padres. Llevaba toda la vida siendo así, y la verdad era que Sakura no podía quejarse. Siempre había tenido el apoyo de sus padres para todo, y ella se había esforzado meticulosamente por no defraudarlos jamás. La vida le había ido bien; perfecta con aquella técnica tan simple y tan complicada de llevar a cabo a la vez, pero como Sakura era más propensa a la perfección que otras personas, aquello tampoco había sido un sacrificio tan grande, a su parecer…
Más bien, el sacrificio sería permitirse confundirse en alguna cosa; fallar en algo y que alguien se sintiera decepcionado por ello.
Negó con la cabeza, mientras los minutos transcurrían entre pensamientos y anotaciones en la libreta. Aquello nunca ocurriría, porque nunca antes había ocurrido, de modo que no tenía de qué preocuparse, además de apuntar correctamente los nombres de sus alumnos de cuarto curso de primaria y, a un lado, las notas conseguidas en el dictado del día anterior.
Alrededor de media hora después, cuando tan sólo faltaban unos quince minutos para tener que comenzar las clases, Sakura dejó el bolígrafo azul a un lado y se desperezó, para luego dejar resbalar un poco el cuerpo a lo largo de la silla mullida que le correspondía por derecho. Fue entonces cuando el sonido de unos pasos resonó por el pasillo y la figura de una mujer de largo y ondulado cabello negro apareció por el umbral de la puerta, sonrisa en boca y papeles en mano.
—Hola, Tomoyo —la saludó Sakura apenas la vio. La otra chica se acercó hasta su escritorio y dejó la pila de papeles.
—¡Uf, no siento las manos¿Qué tal estás?
Sakura se encogió de hombros mientras observaba a su amiga masajearse las muñecas, como si el tener que cargar con los documentos le hubiera causado una lesión que le duraría de por vida.
—Igual que siempre.
—Trabajando, entonces.
—Me gusta mi trabajo, ya lo sabes. —Sakura echó una ojeada a las hojas que Tomoyo había dejado sobre la mesa—. ¿Son ésas partituras?
Tomoyo asintió solemnemente con la cabeza.
—Saqué fotocopias para todo lo que queda de curso, creo. —Sonrió y se pasó nerviosamente una mano por el pelo—. Pero no pienso dárselas a los chicos todas hoy, o las perderán…
Sakura asintió con la cabeza, consciente de lo que hablaba Tomoyo. Ambas se dedicaban a lo mismo desde hacía años; de hecho, se habían conocido gracias a ello. La diferencia era que Tomoyo se dedicaba especialmente al área de música, algo natural teniendo en cuenta su gran don para el canto y su oído privilegiado… a diferencia de lo que ocurría con su amiga, a la que le había costado bastante sacar nota alta interpretando con flauta dulce cuando era pequeña. Pero ése no era el único contraste entre ellas. Tomoyo era alta y tenía una elegancia y estilo innatos, el cabello largo hasta más abajo de las caderas, negro y ondulado, los ojos de un azul violáceo similar al color de las amatistas, y la piel albina. Por otra parte, Sakura tenía un espíritu bastante más infantil, y aquello se transparentaba tanto en su forma de vestir como su aspecto en general; la torpeza algunas veces, el pelo castaño que parecía rogar por ser peinado con dos trencitas que le llegarían hasta media espalda, el flequillo, los ojos verdes y luminosos, y la piel ni demasiado blanca ni especialmente bronceada.
—Igualmente lo llevas bastante bien —aseguró Sakura—. Siempre que entro a tus clases, los chicos están tranquilos y parecen escucharte… Debes imponer bastante respeto a tus alumnos, Tomoyo.
—No hago nada en especial para ello —replicó la otra. Sakura pensó que, en efecto, ella no tenía que esforzarse para conseguir que los niños le hicieran caso, pues Tomoyo era algo así como una figura maternal y dulce que seguramente podría trabajar con cualquier corazón humano y doblegarlo aun sin que éste se diera cuenta—. Ah, pero deja que te diga por qué vine a verte, querida. Tengo dos cosas que contarte: una es buena, y la otra no sé si te gustará tanto.
Sakura alzó una ceja y se cruzó de brazos, intentando imaginar qué cosas tan interesantes podrían ser aquellas de las que su amiga quería hablarle.
—Empieza por la mala —atacó al instante.
Tomoyo amplió su sonrisa y se sentó encima del escritorio. Luego se acercó más a Sakura y ésta pudo ver que su amiga tenía los ojos violetas muy brillantes y un delatador sonrojo en las mejillas. Ya casi podía imaginar quién saldría en la conversación, la verdad, porque aquellos eran indicios más que evidentes…
—Eriol finalmente me pidió que me case con él —susurró, y parecía esforzarse mucho por no hablar chillando de la emoción—. Me llevó a un restaurante francés carísimo que hay en Tokio ayer por la noche, y al final de la cena sacó una cajita… y se arrodilló y todo para preguntármelo. —Extendió, loca de felicidad, la mano hacia delante para que Sakura pudiera ver el anillo de oro con lo que debía ser un pequeño diamante lanzando destellos en su centro—. ¿Puedes creerlo?
—La verdad, no —contestó la otra sinceramente, pero se dio cuenta de su error en cuanto su amiga frunció levemente el ceño—. Lo siento, Tomoyo, pero sabes que nunca me llevé muy bien con Eriol. Es demasiado… —tardó unos segundos en encontrar la palabra que buscaba— abierto.
Tomoyo hizo un ademán que quería decir que aquello no tenía importancia, cruzó las piernas y volvió la vista soñadora a la ventana. Luego suspiró y dijo:
—Eriol, lo que es, es un encanto.
Sakura puso los ojos en blanco y negó con la cabeza desde su puesto. Conocía a Eriol Hiiragizawa de coincidir alguna vez con él, y, en su opinión, el sujeto dejaba bastante que desear. Podía ser muy simpático, sí, pero las cosas que decía, su actitud o las bromas pesadas que solía gastar dejaban bien claro a cualquiera que tuviera dos ojos en la cara —y que no se llamara Tomoyo Daidouji— que definitivamente se divertía a costa del resto del mundo a su alrededor y que le interesaban bien poco los sentimientos de las personas. Seguramente era por eso por lo que ella no lo soportaba durante demasiado tiempo, porque por el aspecto físico seguro que no era. Sinceramente, el tal Eriol era un sujeto atractivo, a su modo…; del atractivo de quien tiene pinta de intelectual y además una cara bonita y ojos misteriosos de azul profundo. No era desagradable, ni sucio, ni se hurgaba la nariz en público. Sí, definitivamente era su carácter lo que conseguía crisparle los nervios y querer huir constantemente de su presencia. De hecho, no entendía cómo se las arreglaba Tomoyo para soportarlo… ¡y eso quitando el hecho de que estaba loquita por él!
—Sabes que no puedo coincidir contigo en eso, Tomoyo, pero igualmente me alegro por ti… —Era lo único que se le ocurría decir.
—Sí, sí, lo sé. Siempre creerás que Eriol es un pretencioso y un mal tipo, pero yo no puedo hacerte cambiar de opinión. —Se encogió de hombros y luego pareció ocurrírsele algo, porque se volvió hacia ella y la miró maliciosamente—. Y quién sabe si tú no te enamoras de alguien peor que mi novio, al fin y al cabo.
Sakura no supo si se rió de que alguien pudiera ser peor que Eriol o de la absurda idea de Tomoyo sobre el amor, pero soltó la carcajada igualmente y echó la cabeza hacia atrás, haciendo que la melena castaña quedara suspendida en el espacio.
—¡Eso es absurdo!
—Hace tan sólo… —Tomoyo miró su reloj de pulsera— cinco minutos hubieras creído que era absurda la idea de que mi libertino novio me pidiera matrimonio, y sin embargo aquí estoy y acabo de decírtelo.
—Aun así, creo que es más creíble que el hecho de que yo me enamore…, y además de un patán. Sabes que no me gusta la idea…
La otra negó con la cabeza y chasqueó la lengua.
—Sólo saliste con un chico en tu vida, Sakura, y salió mal.
—Por eso mismo considero que el amor es una pérdida de tiempo —explicó, e hizo un movimiento con la mano como si quisiera espantar una mosca revoloteando a su alrededor—. Con Yamato fue suficiente.
—¡Por Dios, tenías dieciséis años!
—Y me bastó, te repito. Además —agregó, impaciente—, tú no estabas ahí. Sólo lo sabes porque te lo conté.
—Sí, pero casi puedo verte. Y tú puedes decir lo que quieras —la retó su amiga, todavía sonriendo—, pero tus ojos no mienten tan bien como tu pico, señorita. Lo que pasa es que te da miedo perder el control. Pero eso no durará eternamente, te lo aseguro, y estoy dispuesta a esperar lo suficiente para verte coladita por alguien. Aunque sea cuando tengas setenta años.
—Pues espera sentada…
Tomoyo alzó la vista al techo en el mismo momento en que Sakura se arremangó para ver el reloj de pulsera. Las agujas marcaban que el inicio de las clases tendría lugar dentro de siete minutos, así que se levantó y la otra mujer, al entender lo que pasaba, la imitó.
—Ya tienen que haber abierto las puertas, seguro —dijo Tomoyo—. Mejor que me vaya. —Puso cara de fastidio cuando tuvo que volver a cargar la pila de papeles y soportó el peso con una mueca teatral de sufrimiento intenso que hizo reír a Sakura. Avanzó hasta la puerta y estaba ya saliendo cuando la señorita Kinomoto recordó algo repentinamente.
—¡Hey, espera, no me diste la buena noticia!
La profesora de música giró sobre sus talones y rápidamente agregó:
—Ah, sí. El director me comentó ahora, apenas llegué, que vas a tener un nuevo alumno en tu clase.
—¿A estas alturas del año? —se sorprendió Sakura. Su amiga asintió con un movimiento de cabeza—. ¿Y eso?
—Y yo qué sé. En fin, que te diviertas. Yo voy a dejar esto antes de que se me caigan los brazos.
Y efectivamente salió por la puerta, dejando como plantada al suelo a una maestra de primaria en vaqueros y con cara de no entender. No obstante, no tuvo demasiado tiempo como para reflexionar sobre el tema, pues algunos segundos después las voces infantiles se dejaron oír a lo largo del pasillo y rápidamente los pequeños individuos hicieron acto de aparición, vistiendo los uniformes acostumbrados al estilo marinero en negro y blanco.
o-o-o-o-o
En cuanto el despertador sonó, un brazo moreno salió de debajo de las sábanas y la mano tanteó torpemente la superficie de la mesita de luz, encontrándose con el sobrecito de pañuelos de papel, la caja de tabaco abollada y vacía, que acabó por caer al suelo, y, finalmente, el causante de tamaño alboroto mañanero. El pobre despertador sintió la furia de la mano pesada caer sobre él en un solo golpe que lo hizo enmudecer de inmediato. La habitación volvió a quedar en silencio entonces, y tanto la mano como el brazo entero volvieron a su lugar bajo las sábanas, al igual que el resto del cuerpo, acurrucado para retener el calor. De seguro allá afuera haría un frío insoportable y se le congelarían las orejas, pensaba el sujeto bajo las sábanas, y aquello, desde luego, no era una idea lo suficientemente atractiva como para hacerlo saltar de la cama. De modo que movió un poco, volvió a acomodarse y cerró los ojos en la acogedora penumbra que lo invitaba a seguir durmiendo sólo un poquito más, pues aún eran las siete menos cinco y podía darse ese lujo hasta que la manecilla larga llegara al doce… Y para eso parecía faltar una eternidad, además de que sus párpados, pesados como estaban, no le permitirían soportarla despierto.
—¡Papá, se hace tarde!
El aludido fingió estar dormido, aunque su hijo no podría verlo porque estaba fuera de la habitación. Quizá, si él mismo se convencía de no estar despierto y oyendo la vocecilla infantil de Shen, no la oiría realmente y al final resultaría que de verdad estaba dormido…
—¡Papá, papá, papá, papá! —La puerta se abrió y el hombre siguió fingiendo estar dormido. Sin embargo, al niño pareció no importarle en lo absoluto y se lanzó encima de la cama, aplastando a su padre en el proceso—. ¡Papá, despiertaaaa!
Él no quería levantarse ni confesar que estaba despierto, pero los saltos que su hijo comenzó a dar consiguieron desesperarlo hasta tal punto que, gruñido previo, se incorporó. Se le puso la piel de gallina cuando las sábanas, manta y edredón que lo abrigaban antes cayeron, dejando expuesto todo aquello entre la cabeza y la cintura. Sus ojos rechazaron de pleno la luz encendida en la habitación, y los cerró inconscientemente.
—Todavía es temprano, Shen… —murmuró, y se pasó una mano por el pelo enmarañado de color chocolate.
—No es tan temprano —oyó que le contestaba el niño—. Son ya las siete y dos minutos.
Shaoran Li abrió los ojos para confirmar que aquello era cierto, y miró el despertador volcado. Efectivamente, eran las siete y dos minutos de la mañana. Y, en otras palabras —el diccionario de Shen—, hora de levantarse y preparar el desayuno. Al girar la cabeza hacia la izquierda, se encontró con que el niño de nueve años estaba de rodillas sobre la cama y lo miraba expectante, con el ceño ligeramente fruncido y el par de ojos ambarinos entrecerrados, como siempre que estudiaba alguna cosa… o la recelaba.
—¿Y por qué no comes cereales con leche, por una vez en tu vida? —le preguntó, esperando que lo dejara dormir un poco más. El crío bufó como si estuviera indignado y frunció el entrecejo todavía más.
—¡Porque hoy es mi primer día de colegio, papá! —se quejó—. ¿O ya se te olvidó¡Un día especial necesita un desayuno especial, no un tazón de cereales con leche…!
Sabiendo que no iba a conseguir nada, Shaoran se dio por vencido y le hizo un gesto a Shen para que se apartara. Cuando lo hizo, se sentó en el borde de la cama, se desperezó y se quedó algunos segundos sintiendo el frío del suelo treparle por los pies descalzos y erizarle la piel.
—Tú siempre quieres un desayuno especial —farfulló, y se dirigió al cuarto de baño para asearse un poco y quedar cuando menos presentable.
Los labios del niño dibujaron una sonrisa arrogante. ¡Qué fáciles de manejar eran algunos adultos, desde luego! Sobre todo su padre, que iba con esa actitud de superado e indiferente por la vida pero que se rendía a la más pequeña exigencia de un niño de nueve años que era lo suficientemente listo como para darse cuenta de ello y usarlo a su favor.
Le pediría algo de lo que había comido él solo la noche anterior, se dijo, mientras oía el agua de la ducha de fondo, porque había visto el recipiente de plástico transparente en el microondas con los restos de una comida que parecía deliciosa y que él ni siquiera había tenido la oportunidad de oler al haberse ido a la cama tan temprano… ¿Habría salido a cenar su padre con alguna de aquellas mujeres tan raras que conocía? Esperaba que no.
A Shen no le gustaba ninguna de ellas; ni siquiera la última, que tenía unos ojos negros muy bonitos. Y es que él podría haberse criado sin una madre, pero consideraba que tenía tanta dignidad como cualquiera como para no conformarse con lo primero que viniera… ¡y mucho menos permitiría que su padre hiciera tal cosa, por supuesto! En el caso de que su padre quisiera casarse —de nuevo— con una mujer, aquélla debía ser definitivamente perfecta. Shen nunca aceptaría menos, ni para su padre ni para él, y eso lo tenía muy claro.
En el baño, Shaoran se puso la camiseta como último complemento y luego pasó la mano por el espejo para desempañarlo. Reconoció el mismo rostro de facciones duras de todos los días, y también notó la barba incipiente. Con un gruñido —que era el segundo de la mañana— agarró la gillette y un pote de crema de afeitar y comenzó con una de las que probablemente serían las labores más tediosas de la vida masculina. Se hizo tres cortes antes de terminar, y los cubrió con cachitos de papel higiénico. Algún día, se recordó por enésima vez, tendría que comprar aquella máquina de afeitar que vio en la tienda de electrodomésticos.
—¡Papá, que tengo hambre! —sonó la voz al otro lado de la puerta. Shaoran salió del baño poco después y le dirigió una mirada que imploraba piedad a su hijo pequeño. Shen miró los trocitos de papel e hizo una mueca de desagrado—. Bueno, al menos hoy no fueron siete, como el otro día.
—Lo serán en cuanto se desafile la cuchilla, no te preocupes.
Ambos salieron de la habitación y bajaron las escaleras, el niño corriendo y el hombre andando, y después se dirigieron a la cocina. Shen se sentó ansiosamente en una de las sillas que había alrededor de la mesa mientras seguía cada movimiento de su padre. Shaoran comenzó a freír algunas verduras en la sartén y sacó la pequeña caja del almuerzo y los palillos.
—¿Estás nervioso?
—No —aseguró seriamente Shen—. A mí no me daría miedo una tontería como esa, papá, deberías saberlo. Es sólo un colegio nuevo…
—Pues espero que te vaya mejor que en el anterior, Shen.
El niño frunció el ceño y bajó la mirada ante el tono serio de su padre. Sabía bien a lo que se refería: las notas en el anterior colegio habían sido bastante malas, los profesores habían asegurado que no participaba en nada y toda esa historia… Y su padre era bastante comprensivo con él, pero parecía estar acabando con su paciencia el hecho de que no sacara adelante el curso por lo que él consideraba falta de ganas.
—Lo intentaré —murmuró.
Y Shaoran esperaba que así fuera. El último boletín que recibió no había sido demasiado alentador; parecía no progresar en ningún área. Sin embargo, él había preferido no presionarlo por aquella justificación que su hijo le había dado, y tenía la esperanza de que en este colegio no se aburriera tanto… o al menos se resignara a aburrirse y decidiera participar en las clases. Quizá los niños de Tokio eran más insoportables que los niños que podría haber en una escuela de la pequeña Tomoeda, e incluso podría hacer algún amigo, y es que Shen siempre estaba tan solo que a veces lo preocupaba bastante. Giró un poco la cabeza para observar a su hijo, que hacía garabatos invisibles con un dedo sobre la mesa de madera. Ojalá en esta vida les fuera mejor a los dos. Lo había esperado saliendo ya de Tokio, avanzando por la carretera, y seguía alimentando aquella ilusión. Había querido moverse hacia una vida más modesta, más tranquila; un poco menos imperfecta que la que llevaban antes, entre el bullicio de la gran urbe de la torre roja.
Shaoran acabó de preparar el desayuno y se lo sirvió a Shen, mientras él guardaba algunas cosas para el almuerzo que cada uno debería tomar en sitios diferentes, pero a la misma hora. El niño no tardó demasiado en acabar la comida y subió y bajó rápidamente las escaleras una y otra vez, porque se había olvidado la mochila, algún libro, el estuche, el monedero o la capucha del abrigo. Finalmente se presentó frente a él como un soldado frente a su superior, y el hombre le dio el visto bueno luego de analizar que cada pequeño detalle del uniforme negro. Sin embargo, alzó una ceja al darse cuenta de que no traía puesto el gorrito blanco y que lo llevaba en una mano.
—Shen¿por qué no te pones el gorro?
El niño puso los ojos en blanco y soltó un bufido.
—¡Es ridículo! —se quejó—. ¡Gorros como éstos hacen ver a los niños como idiotas¡Ya no tengo tres años como para…!
Shaoran detuvo sus protestas quitándole el gorrito de la mano y se lo colocó en la cabeza, luchando con el pelo castaño que había heredado de él. Shen no intentó resistirse, al menos.
—Pues lo siento, pero tendrás que parecer un idiota. No quiero problemas desde el primer día¿entendido?
—Entendido —farfulló Shen, haciendo pucheros a su manera particular y más agresiva que el resto de los niños. Su padre le puso una mano en la espalda y avanzaron hasta la puerta de entrada. Antes de cerrar con llave, Shaoran se asomó una vez más y frunció el ceño: aún no le gustaba la forma en que la luz entraba por el pasillo… Pero ni modo, la casa se la habían dado y no iba a tocar nada. Aunque, de haberla construido él, estaba seguro de que habría quedado mucho mejor, y es que no por nada lo consideraban tan buen arquitecto.
Tal y como lo había sospechado estando metido en su cama, el frío le congeló las orejas en cuanto salió de la casa, de modo que se metió rápidamente en la cuatro por cuatro y destrabó la puerta del acompañante para que Shen también pudiera entrar. El niño subió impulsándose con un salto y quedó sentado. Se puso el cinturón de seguridad y apoyó la frente contra la ventana, sintiendo el vehículo arrancar y avanzar por las calles de Tomoeda.
Tomoeda era una ciudad pequeña, y ellos ni siquiera estaban en el centro, sino en los barrios circundantes de casas de dos pisos con falsos aires de modestia y bonitos jardines, muchas peatonales y un parque con un tobogán en forma de pingüino. Viendo aquello, Tomoeda parecía un pueblito normal y aburrido como todos. No obstante, Shen estaba completamente seguro de que aquel sitio le gustaría mucho más que Tokio y su vida ajetreada, porque a Shen le gustaba estar tranquilo de vez en cuando y tanto ruido a su alrededor no le permitía concentrarse. Allá ni siquiera estando en el parque podía sentarse bajo un árbol a dibujar o leer alguna cosa, que siempre acababa distrayéndose con tanta gente circulando, hablando, gritando o riendo. No parecía ocurrir eso en Tomoeda, que era como un pueblito eternamente dormido… O al menos eso parecía a esas horas de la mañana, claro.
—Pasaré a buscarte en cuanto salga del trabajo. —Su padre lo sacó de sus pensamientos, y Shen se giró a mirarlo—. No te muevas de la puerta del colegio¿de acuerdo? Ya iremos a conocer Tomoeda más tarde. No quiero que te pierdas y luego tener que andar buscándote por ahí.
—No voy a ir a ninguna parte, papá.
Shaoran sonrió y aparcó junto al edificio de fachada blanca y celeste claro. Una puerta de rejas negras separaba el patio de la calle y junto a ella había, en el muro de ladrillo, un cartel dorado que indicaba que estaban frente a la primaria Tomoeda.
—Bien.
Luego de despedirse, Shen bajó del coche con otro salto y comenzó a andar por el patio. Pudo ver a algunos otros niños encaminarse también hacia el interior del recinto, así que los siguió. Pronto se encontró en los pasillos del colegio, que estaban llenos de pequeños casilleros. Sabía que tenía que llegar a la oficina del director, así que avanzó lentamente, fijándose en los cartelitos junto a cada puerta, hasta dar con el que buscaba. Le llevó más tiempo que si lo hubiera preguntado, pero desde luego era lo suficientemente orgulloso como para no querer la ayuda de nadie. Llamó a la puerta con tres golpes y esperó.
—Pase —dijo la voz desde dentro.
El niño se asomó y se encontró con un despacho algo pequeñito, con una mesa al final que miraba hacia la puerta, y un hombre sentado a la cabecera. Quien debía ser el director rondaría ya los cincuenta años y el pelo comenzaba a volvérsele cano. Tenía unos amables ojos claros que estudiaron al niño antes de sonreírle e indicarle con un ademán que entrara y tomara asiento en la silla frente a él. Shen obedeció sin rechistar y se sentó.
—Tú debes ser el chico nuevo —habló el director. Echó una mirada rápida a unos papeles que tenía sobre la mesa y luego volvió a mirar al niño—. Shen Li¿verdad? —El aludido asintió con un movimiento de cabeza—. Soy Goseki Yoshida, el director. —Le tendió la mano y Shen se la estrechó tímida pero decididamente—. Espero que estés a gusto aquí, en Tomoeda. ¿De dónde era que venías…?
—De Tokio, señor.
—Bueno —rió el hombre—, no me cabe duda de que notarás la diferencia.
—Creo que me gusta Tomoeda —murmuró Shen.
—Estoy seguro de que te gustará Tomoeda en cuanto te acostumbres a ella. —El director hizo una pausa y luego se levantó de su asiento. Shen se dio cuenta y rápidamente lo imitó—. Te llevaré a tu clase y la maestra se encargará de presentarte. He pensado que lo mejor será que vayas al curso de la señorita Kinomoto —seguía hablando el hombre, mientras avanzaban por los pasillos iluminados—; es una chica muy amable y seguro que sabrá ayudarte para que levantes tus calificaciones. Si tienes algún problema, debes decírselo. O si no entiendes algo, también.
Shen asentía a todo con la cabeza, algo molesto por el hecho de que parecieran pensar que era imbécil. No obstante, sabía que lo mejor era permanecer callado. Él entendía que su problema no tenía nada que ver con que fuera tonto, o no supiera para qué estaba una maestra y que tenía el deber de brindarle ayuda a cualquier alumno… El problema era que él no necesitaba que ni la maestra ni nadie lo ayudaran; lo único que quería era que lo dejaran tranquilo, y podría aprender solo, como su padre. Y Shen se consideraba muy capaz, pero no parecían querer permitírselo, siempre molestando con aquello de que debía ponerse a la altura de los demás…
—Bueno, muchacho, es hora de que conozcas a tus compañeros. —Shen no se había dado cuenta de que ya estaban frente a la puerta de la clase; siempre que pensaba mucho, el tiempo parecía transcurrir sin que él notara nada. Sin embargo, el señor Yoshida ya estaba abriendo la puerta y asomándose—. Señorita Kinomoto —le oyó llamar—, aquí le traigo al nuevo. Lo dejo en sus manos.
Shen oyó el sonido de los tacones cada vez más cerca, pero se distrajo mirando al director cuando éste inició la retirada, luego de despedirse con una sonrisa. Al volver a girar el rostro en dirección a la puerta, se encontró con que había una mujer en el umbral que lo observaba con expresión cálida y amable en los ojos verdes. Parecía recién salida del instituto, la verdad, pero el niño pensó que a la fuerza debía tener veinte años, como mínimo… aunque aquel suéter turquesa con cuello alto y los pantalones vaqueros no ayudaran mucho a que se creara la imagen de maestra mayor de edad.
—Bienvenido, pequeño —le dijo, inclinándose un poco hacia él. Shen se esforzó porque su rostro no transparentara la incomodidad que sintió al tener a la chica tan cerca y hablándole de aquella forma tan suave—. Soy Sakura Kinomoto y voy a ser tu maestra durante todo el curso. Además, soy tu tutora y puedes contarme cualquier problema que tengas… —Otra vez la perorata de siempre, pensó el niño, pero la tal Sakura acabó rápido con las explicaciones—. ¿Cómo te llamas? Aún no me han traído tu ficha ni nada.
—Shen Li, señorita. Vengo de Tokio, acabo de mudarme —aclaró, pensando que podría ser importante.
Ella amplió su sonrisa y volvió a erguirse en todo su esplendor. Bueno, vista desde allá abajo y ahora que no estaba inclinada hacia él, quizá la señorita Kinomoto parecía un poquito mayor… Aunque tampoco tanto, la verdad. Ella colocó su mano en la espalda del chico y lo empujó levemente hacia dentro del aula, donde Shen se encontró con la mirada curiosa de todos los niños sentados en los pupitres. Cada integrante de aquel pequeño mundo —que no se estuviera metiendo crayones en la nariz o comiendo pegamento— lo analizaba sin tapujos, haciéndolo sentir poco más que un espécimen de laboratorio o un microbio bajo la lupa del microscopio. La sensación no le gustaba nada, ciertamente, pero nuevamente no lo demostró; permaneció inmóvil y serio, mientras la maestra escribía su nombre en el pizarrón verde. Al acabar, se giró de nuevo hacia sus alumnos, se sacudió las manos del polvo blanco de la tiza y lo presentó adecuadamente.
—Bueno, niños —comenzó—, éste es Shen Li y viene de Tokio. Será un poco complicado para él adaptarse al curso ahora que ya vamos por la mitad —seguía diciendo, y Shen se abstuvo de negar con la cabeza y asegurar que no le costaría, en el caso de que le importara acoplarse a aquel rebaño de ovejas con mocos—, y por eso espero que os portéis bien con él y lo ayudéis a integrarse¿de acuerdo?
Todo el mundo gritó que sí y Shen frunció el ceño. Parecían idiotas, todos. Además, podía ver los sombreritos blancos colgados en los percheros al final de la clase, sobre los abrigos grises. Seguro que a ninguno de aquellos niños les importaba usarlos; de hecho, podría asegurar, sin miedo a equivocarse, que hasta les gustaba la experiencia que para él era tan vergonzosa.
—A ver en dónde puedo sentarte… —La señorita Kinomoto volvía a dirigirse a él, y Shen la miró con poco interés en su mirada tras las pestañas espesas—. Oh, ya sé: junto a Ai Kawamura estará bien. Ai¿puedes levantar la mano para que Shen pueda verte?
Una niña de pelo castaño oscuro hasta media espalda y grandes ojos azules que estaba sentada en primera fila alzó la mano al instante, y Shen se dirigió a regañadientes hacia su nuevo sitio… Su sitio junto a una niña que se llamaba Ai, además… ¿Qué clase de nombre ridículo era ese¿Y a qué clase de padres se le ocurriría llamar «amor» a su hija? Desde luego, estaba muy agradecido por tener el padre que tenía, y a quien no se le ocurriría jamás llamar a su hijo «amor», «sonrisa» o algo parecido… No, por supuesto que no. Shaoran Li nunca lo obligaría a cargar con algo como eso, y, en cambio, lo había bautizado con un nombre que a Shen le parecía mucho más interesante, o más culto, si se quiere, pues era el nombre de la constelación de Orión… en chino, claro.
—¡Hola! —lo saludó alegremente la niña en cuanto se sentó. Ni siquiera le había dado tiempo a dejar la mochila a un lado—. Soy Ai Kawamura, pero dime Ai. Yo puedo llamarte Shen¿verdad?
—Preferiría que…
—¿Es verdad que vienes de Tokio, Shen? —El aludido se quedó callado, intentando tranquilizarse. ¿En qué peor sitio lo podría haber colocado la amable señorita Kinomoto, que junto a una charlatana insoportable como aquella niña?—. ¡Me encantaría ir a Tokio algún día! Mi madre vivió en Tokio unos años, pero yo nunca fui. ¿Había muchos niños en tu escuela¿Con quién te sentabas, un niño o una niña¿Cuántos amigos tenías? Yo tengo muchos aquí. Además, ahora tú también eres mi amigo¿verdad que sí¿Y te vas a quedar a vivir aquí…?
La niña seguía y seguía con su parloteo descontrolado, y Shen no pudo hacer más que resignarse e intentar desconectar su cerebro del mundo una vez más. Quizá, si asentía con la cabeza, ella creería que la estaba escuchando realmente… De todos modos, ni siquiera le daba tiempo suficiente como para responder a sus preguntas, así que igual daba.
Vio que la señorita Kinomoto comenzaba a explicar alguna cosa sobre las fracciones y suspiró, aburrido, aunque lo suficientemente silencioso como para que ni ella ni nadie se dieran cuenta. Otra vez fracciones, y otra vez atrasarse… En esos momentos, pese a lo buena y agradable que parecía ser su maestra y pese a los bonitos ojos de su compañera con inagotable verborrea, lo único que deseaba era volver a su nueva casa y hacer algo realmente productivo.
No tengo mucho que decir, de modo que mejor me despido y los dejo a ustedes con el control y la voluntad de apretar el botoncito violeta de abajo, a la izquierda, que dice “Go”… o pasar de largo.
Un saludo a todos.