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: B s . A A A    : full 3/4 1/2   : E E   : Light Dark Anime/Manga » Card Captor Sakura » La guía perfecta

ChoCoLaTe-CoN-MeNTa
Author of 10 Stories

Rated: M - Spanish - Romance/Humor - Sakura K. & Syaoran L. - Reviews: 569 - Updated: 07-28-07 - Published: 03-23-07 - Complete - id:3454951

Epílogo

—¡Otra vez! —se sorprendió Shaoran, mirando el tablero y perdiéndose la sonrisita de Sakura. Revisó la jugada, hizo mil elucubraciones mentales para intentar descubrir alguna solución que no se le ocurría, y finalmente dejó escapar un suspiro—. Es la segunda vez que me ganas…

—En dos partidas —extendió ella.

Shaoran se cruzó de brazos y recostó el cuerpo contra el respaldo de la silla, recibiendo aquel golpe directo al orgullo de la mejor forma que pudo. Se mantuvo ceñudo durante un rato, observando a su rey ser cercado por un alfil, una torre, un caballo… ¡y el último peón de su enemiga! No podía negarlo; era un jaque mate sin precedentes. O, bueno, con el precedente de la partida anterior, que también le había ganado con la misma silenciosa maestría.

—Ni siquiera Shen me gana jugando al ajedrez —murmuró—. Esto es increíble.

—Por eso nunca acepté una partida contigo —dijo Sakura, observando el gesto enfurruñado de su marido con una chispa innegable de alegría ardiéndole en los ojos verdes—. Sabía que te repatearían mis victorias, Shaoran. Juego mejor que tú.

Él empezó a acomodar nuevamente las piezas en el tablero, ordenándolas para lo que parecía ser una nueva partida, y Sakura no pudo evitar ampliar la sonrisa al ver que no estaba dispuesto a aceptar su derrota, para variar. Divertida, se acomodó en su asiento sin quitarle los ojos de encima. Le encantaba pelear con él por tonterías, porque enfadado estaba todavía más guapo.

Además de que después venían las reconciliaciones, apuntó mentalmente. Y eso sí que no se lo perdería por nada del mundo. Ni una sola vez se había quejado de esa parte del matrimonio.

Pensándolo bien, no se arrepentía de su matrimonio, en la totalidad del asunto. Haberse casado con Shaoran había sido la mejor decisión que pudiera tomar, y sabía que ese sentimiento de agradecimiento que tenía hacia él era recíproco. Le encantaba su nueva vida, y no dudaba de que a Shaoran también. Al fin y al cabo, si eran felices¿qué otra cosa cabría esperar?

—Es la suerte del principiante —lo oyó decir—. Quiero la revancha.

Sakura se rió.

—Ahí te equivocas: no soy principiante. Durante mi época en el instituto, el ajedrez fue uno de mis pasatiempos favoritos —explicó—. Incluso gané unos cuantos torneos a nivel local, y uno a nivel nacional.

Shaoran detuvo su mano sobre la reina, y se quedó mirando a Sakura con sorpresa. Erudito o no, esa mujer siempre conseguía cerrarle la boca.

—Bueno —dijo, en cuanto se hubo recuperado del impacto—, la verdad es que nunca tuve tiempo de estudiar todos tus diplomas y trofeos. Podrías comentarme tus logros de palabra, antes de humillarme. Te prometo que te creería.

Sakura se miró las uñas, como si fueran repentinamente muy interesantes.

—¿Qué gracia tendría? Te crees muy listo, señor Li, y a mí me gusta sorprenderte. —Alzó la vista, y se encontró con que Shaoran ya no estaba haciéndole caso a las fichas sobre el tablero. En vez de eso, la miraba con atención—. Quién sabe; quizá te sorprenda con otro niño genio, un día de estos. Creo que estoy capacitada para darte uno que sepa ganarte en una partida de ajedrez.

—Ah, sí, un niño perfecto, como su madre —se mofó él—. ¿O una niña perfecta?

—Una niña perfecta, pero gruñona como su… ¡Oye, eso es mío!

Shaoran le dio un mordisco al trozo de bizcocho que encontró al otro lado de la mesita, mirándola con sorna. Sakura tenía la frente arrugada y estaba a un paso de los pucheros, o de soltar improperios. ¡Él ya se había acabado su porción mucho antes!

—¿Quién es la gruñona ahora, eh?

Sakura estaba a punto de lanzarse sobre él para reclamar sus derechos, pero el sonido de la puerta abriéndose y cerrándose después en el recibidor hizo que se distrajera y se girara un poco para poder ver quién podía ser. Desde su puesto, en el salón de la casa de Shaoran, a donde se había mudado después de la boda, se encontró con las cortinas con bordados y las estanterías repletas de adornos que ella se había encargado de buscar, intentando borrar un poco de la anterior decoración, tan pragmática para su gusto. Por un momento, se dijo a sí misma que se notaba mucho que había una mujer viviendo en aquella casa.

—¡Te dije que no lo hicieras, Shen! —Sakura y Shaoran agudizaron el oído, reconociendo la voz de Ai en el pasillo, y esperaron pacientemente a que los pasos se acercaran más y más—. ¡El profesor te había advertido muchas veces que no podías mezclar…!

—Ssssh, cállate. ¡No es para tanto!

—¡Pero si estás…!

Cuando ambos aparecieron tras la puerta del salón, la primera palabra que se les ocurrió a Shaoran y Sakura para completar aquella frase fue: verde. Estaba verde, literalmente hablando. De la cabeza a los pies, verde. Como si se hubiera sumergido en un bote gigante de pintura. Pintura verde.

—Dios mío, Shen. —Sakura no sabía si asombrarse, enfadarse o echarse a reír—. Estás muy…

El chico se miró las manos y el cuerpo distraídamente, pensando que el uniforme de instituto se había echado a perder completamente.

—¿Verde? —sugirió.

—Sí. Ésa era la palabra que estaba buscando.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Shaoran, apoyando el codo en la mesita y arqueando una ceja—. Ah, déjame adivinarlo. Hoy tenías clase de Química.

Ai afirmó con la cabeza, contestando a la pregunta en lugar de Shen.

—El profesor le dijo que no podía mezclar esas bases, pero Shen no le hizo caso y…

—¡Ya te dije que me confundí de probeta, pesada! Estaba intentando entender lo que antes había explicado el señor Monoke sobre los átomos, y me distraje. Juraría que soltó alguna tontería en medio del discursito.

Sakura suspiró. ¿Qué tenía Shen con eso de mezclar ingredientes? Era imposible dejarlo cocinar, y ahora creía hacerse una mejor idea de por qué. Probablemente, nunca habrían tenido a un profesor de Química con el que Shen se llevaba a matar dentro de su cocina, pero supuso que ya se distraería con alguna otra cosa para confundir la pimienta con el azúcar, o el pescado con los filetes de ternera…

—¿Qué importancia tiene? —se quejó Ai, mirándolo con los grandes ojos celestes—. Él es el profesor, tienes que poner lo que él explique en sus exámenes, aunque creas que son tonterías. Si sigues así, va a suspenderte, igual que pasó la última vez.

—¡Pero yo tenía razón!

—¡Pero él te pone la nota!

Shen miró a su amiga de una forma que podría haberla hecho retroceder, si no lo conociera tan bien. A esas alturas, Ai sabía que no estaba realmente enfadado. Al menos, no enfadado con ella.

Él acabó mirando hacia otro lado y guardó silencio, mordiéndose la lengua. No pensaba decirle a Ai que el suyo era un buen argumento, por mucho que lo pensara.

—Shen. —La voz dulce de Sakura lo obligó a mirarla, y se encontró con el par de ojos del mismo color que tenía ahora su ropa, su piel y su pelo. No notó ni un poquito de reproche en aquella mirada—. Prométeme que intentarás aprobar el siguiente examen de Química que te haga el profesor Monoke.

Aunque Sakura no lo hubiera dicho, Shen sabía que eso significaba, en realidad: «Prométeme que contestarás a las preguntas del examen con las respuestas que el profesor crea adecuadas, aunque tú pienses que está equivocado». Y, en cualquier otra situación, habría sacado las púas como un puercoespín y opuesto completamente a la idea, pero…

Pero era Sakura, y él no sabía decirle que no.

Bufó.

—De acuerdo, de acuerdo. Voy a aprobar el examen.

Ella le sonrió como recompensa, y Shen se puso colorado antes de mirar el suelo. Nunca había pensado que alguien podría extorsionarlo a él, cuando era el experto. Aunque, de todas formas, no le importaba tanto el sacrificio de ceder, si Sakura después podía alegrarse con las calificaciones que obtuviera y jurarle que estaba orgullosa de él.

—Ve a ducharte —le dijo Shaoran—. O después te será más difícil quitarte ese color.

Y habría tenido que comentar que se lo decía por experiencia, pero no le pareció tan buena idea.

El chico asintió.

—Tú sube a mi cuarto a buscar las libretas —le dijo a Ai—. Yo me doy prisa y luego nos vamos a la biblioteca.

En menos de lo que canta un gallo, los dos adolescentes desaparecieron al final de las escaleras, dejando solos a los adultos.

—En cuanto Shen se emancipe —murmuró Shaoran, y Sakura lo miró—. En cuanto Shen se emancipe, podemos intentar lo del otro niño. No antes. Suficiente con él, de momento.

Sakura suspiró, asintiendo. Acercó la mano al tablero de ajedrez y movió uno de sus peones hacia delante.

—Por primera vez, estamos completamente de acuerdo en algo.

Shaoran sonrió antes de imitar su movimiento con el peón negro que tenía a la derecha, aceptando el reto.

o-o-o-o-o

—¿Podría decirme dónde encontrar un ejemplar de Vampiros, Hombres-lobo y aparecidos, por favor? Y también alguna biografía sobre Vlad Tepes, si es que la hay.

La bibliotecaria, una mujer de piel arrugada y peinado digno de fotografiar, arqueó una ceja al oír la petición del muchachito. Como si no fuera lo suficientemente extraño al venir medio pintado de verde, consultaba acerca de libros de esa calaña. Por un momento, se preguntó si no sería alguna especie de aspirante a brujo, o un pirado con hambre de esoterismo.

—Ese libro está en el depósito —le informó, mirando la pantalla del ordenador—. Y hay dos libros sobre Vlad Tepes, que también están en el depósito. Nunca los pide nadie, así que están guardados ahí desde hace años.

—Ah. Bueno, pues tráigamelos¿no? —Shen disimuló una mueca de dolor cuando Ai, que estaba de pie, a su lado, le dio un codazo que la mujer no vio gracias al mostrador que los separaba—. Por favor —agregó, a regañadientes.

La bibliotecaria no se puso muy contenta al saber que tenía que bajar a revolver en el depósito para encontrar los libros, pero prefirió no quejarse, por temor a que aquel adolescente extraño de piel verdosa y ojos penetrantes bajo las cejas espesas quisiera hacer prácticas de vudú con su persona. Se levantó de su silla, luego de darle un papel que rellenar con sus datos. En cuanto desapareció tras una de las puertas de su lado del mostrador, Ai se asomó para ver lo que su compañero comenzaba a escribir en el papelito.

—¿En serio necesitas esos libros para el trabajo de Historia, Shen? —le preguntó—. Creí que teníamos que escribir sobre la Primera Guerra Mundial y los enfrentamientos coloniales entre las grandes potencias europeas. ¿O es que el tal Vlad Tepes participó en el conflicto y el profesor se olvidó de mencionarlo¿Quieres hacer un trabajo más extenso para que te pongan más nota? Recuerda que el profesor de Literatura del año pasado se enfadó mucho contigo cuando copiaste prácticamente toda la biografía de aquel escritor, siendo que él ni siquiera lo había pedido, y…

—Drácula no participó en la Primera Guerra Mundial, Ai —la refrenó, sin querer escuchar la sarta de preguntas que ella probablemente tendría para hacerle—. Y, obviamente, no necesito nada de su biografía para el trabajo de Historia.

—¿Entonces…?

—Diversión. Entretenimiento. Ocio, o como tú quieras llamarlo.

Ella asintió.

—¡Oh!

Shen acabó de rellenar el formulario, aprovechando el silencio de su amiga, y, en cuanto acabó, volvió a dejar el bolígrafo sobre el mostrador y se apoyó en él de espaldas, con los brazos cruzados. Tendría que esperar a que la bibliotecaria regresara con sus libros, y luego ir con Ai a buscar los que eran realmente necesarios para aquel estúpido trabajo que le interesaba más bien poco, pero que sabía era esencial para la nota del trimestre. Y no le daría disgustos de más a Sakura, si podía evitarlo. Por muy pocas que fueran sus ganas de hacer nada sobre un tema que ya conocía bastante.

Aburrido, paseó la mirada ambarina a su alrededor, descubriendo las estanterías rebosantes de libros de todos los tamaños, colores y temas, algunas personas rebuscando entre los volúmenes, otras leyendo junto a las ventanas y algunas películas y periódicos a un lado, junto a la puerta. E iba a acercarse a ver si alguna cosa más le interesaba y servía para renovar su lectura semanal, pero unas vocecitas a su izquierda le llamaron la atención, haciendo que se girase.

Los cuchicheos venían de una parejita que estaba apoyada en la fotocopiadora, riendo alguna gracia y haciéndose arrumacos. En algún momento comenzaron a besarse, y Shen se sintió incapaz de apartar la mirada, invadido por la curiosidad. No era como si lo viera en la tele, o en su casa, porque si los besos eran dados por su padre, le daban cierto repelús que, suponía, venía con eso de ser su hijo. En realidad era como cuando se iba al parque y se encontraba con aquel mismo cuadro cientos de veces, de parejas abrazadas en los bancos o mientras caminaban, de todas las edades y gustos. En esos momentos en que no podía evitar preguntarse…

—Shen… ¡Tierra llamando a Shen! —El aludido vio una mano agitarse justo en sus narices, y parpadeó—. ¿Hay alguien ahí?

Ai se dio cuenta de que él volvía a aterrizar cuando giró el rostro para mirarla con cierto enfado, probablemente por haber interrumpido alguno de sus pensamientos sobre cualquier cosa. Y a ella no le gustaba molestarlo cuando pensaba, pero no había creído que él hubiera estado de verdad concentrado en lo que ella pensó en un principio. Aunque… ¿qué otra explicación había? Shen estaba, efectivamente, observando a los chicos de la fotocopiadora mientras se besaban. Por muy extraño que eso pudiera parecerle, a ella o a cualquiera…

Arrugó el ceño, sintiendo que aquello se aclaraba de repente en su mente, justo cuando la bibliotecaria regresaba y dejaba dos libros sobre la mesa; uno bastante fino, y el otro que valía como por cinco del primero.

—Vamos —dijo Shen, llevándose los libros y alejándose rumbo a las estanterías, para comenzar a buscar el material del trabajo de historia. Ai notó la mirada de la mujer, y se apresuró a despedirse por él.

—Gracias por los libros —le dijo, y se marchó corriendo tras su amigo. La mujer suspiró, pensando que la juventud estaba perdida.

Cuando encontraron los libros que buscaban, deambularon por los pasillos hasta encontrar un corredor que se abría entre dos estanterías, justo en el extremo derecho más alejado del núcleo de la habitación, y se sentaron en el suelo. No había gente alrededor, tal y como era mejor para poder concentrarse, así que se acomodaron como les dio la gana, esparciendo los anchos volúmenes a su alrededor.

En el momento en que Shen abrió el primero y pasó una página, oyó que Ai le decía:

—Sientes curiosidad por eso también¿verdad?

Sin entender, el chico parpadeó. Ya podía tener quince años, que seguía quedándose como colgado de un pino cuando ella sacaba temas de conversación que no venían al caso.

—¿A qué te refieres?

—A lo de antes. Estabas viendo a esa pareja besarse junto a la fotocopiadora —explicó ella, y Shen sintió el comentario casi como una acusación. Supo que se estaba sonrojando por el calor que le abrasó las mejillas, pero intentó por todos los medios no apartar la vista de los ojos celestes de Ai, para no dejarle notar que lo había pillado in fraganti—. A ti te encanta saberlo todo, así que… ¿eso también te interesa¿Quieres saber cómo se siente besar a alguien¿Por eso los mirabas tanto?

Shen abrió los ojos como platos, incapaz de evitar ese gesto.

¡Estúpida niña, no podía conocerlo tan bien y seguir siendo persona!

¡Él era infalible, por todos los Cielos, y ella no tenía derecho a sacar conclusiones —acertadas— sobre lo que hiciera, porque simplemente no era justo¡Ella no era la de las teorías no-erróneas!

—¿Qué dices¡Estás loca!

Sabiendo que había dado en el clavo, Ai por fin sonrió, haciendo que él se sonrojara todavía más. Y no podía ver el tono rojo en las mejillas de Shen con claridad, por eso de que aún tenía la piel algo verdosa, pero conocía tan bien esa cara de espanto que ni siquiera necesitaba comprobarlo para saberlo. Después de todo, sus gestos no eran ninguna sorpresa para ella.

—Sabes que no estoy loca —refutó, y comenzó a acercarse a gatas hasta donde estaba. Shen empezó a retroceder, a su vez, intentando huir del ataque—. Nunca has besado a una chica, y entonces quieres saber qué se siente. Admítelo, te mata la curiosidad, como siempre. Por eso te metes en problemas. No aguantas saber menos que los demás.

Shen sintió que su espalda tocaba ya la estantería, y tragó pesado al darse cuenta de que no podía seguir retrocediendo.

—¿Qué te hace pensar que nunca besé a una chica? —farfulló.

—Lo sé porque nunca me lo has contado —contestó ella, como si fuera obvio.

¡Y, lo peor de todo, continuaba acercándose!

¿Por qué, ahora que tenía quince años, Ai se había vuelto de repente tan bonita? Ya había tenido muchas veces aquél problema de no poder dejar de mirarla, incluso más seguido que seis años atrás, y era desesperante. Algunas veces desearía que no tuviera unos ojos tan celestes como el cielo, las pestañas tan espesas, o que el pelo castaño fuera menos oscuro, para captar de forma menos perfecta la luz y no crear esos reflejos hipnotizantes… además de tener el aroma a un campo lleno de flores, y… y…

—N-no te cuento todo¿sabes? —protestó como pudo, con el retumbar del corazón casi dejándolo sordo—. A-además… si lo hubiera hecho¿q-qué?

Ai se rió.

que no lo has hecho. ¡Te conozco!

—¡No… es… cierto!

Por supuesto, Ai estaba completamente segura de que no se equivocaba. Y también estaba segura de que Shen no podría enfadarse si llevaba a cabo lo que se le ocurría, porque algo en ella le decía a gritos que él sentía lo mismo. Lo había sospechado desde el momento en que Shen dejó de negarse a regalarle algunos de sus dibujos. Y ahora, con sus ojos a tan poca distancia…

La chica sintió que se sonrojaba también, consciente de que no iba a echarse atrás en ese momento. Los brazos y las piernas le temblaban al avanzar, pero era necesario asegurarse de que sus hipótesis eran ciertas. Porque, en el método científico, después de las hipótesis venía la experimentación y la comprobación¿cierto…?

Y llevaba tanto tiempo enamorada de él…

Mucho antes de que la sobrepasara una cabeza en altura, o que le cambiara la voz y se le ensancharan los hombros, o que se le ocurriera llenar su habitación de imágenes del Che Guevara, de Marx y de Nietszche a la vez, o de que le pidiera ayuda para entrar a hurtadillas a aquella conferencia en pos del anarquismo, convenciendo a más de un asistente de que en realidad ambos tenían dieciocho años.

Le había gustado desde que era el niño genio y desadaptado de su clase en la primaria. Y le seguiría gustando cuando fuera un adulto genio y desadaptado en una universidad, luego de acabar la secundaria. E incluso como anciano genio y desadaptado. ¡Le gustaría de cualquier forma! Y era hora de que Shen se diera por enterado de que no había cambiado de opinión desde entonces.

—Si ya lo has hecho —murmuró—, entonces déjame que lo compruebe¿de acuerdo?

Shen supo que aquélla no había sido una de sus preguntas habituales, no por el hecho de que Ai no le permitiera contestarla, sino porque, antes de que pudiera siquiera pensar de más o protestar, ella había desaparecido la distancia entre los dos y apoyado su boca en la suya, sin moverla, traspasándole su calor a los labios y haciendo que un auténtico choque de corriente eléctrica se extendiera por todo su cuerpo.

Y se quedó completamente estático, pero sólo hasta que sintió aquella vocecita en el oído que, como tantas otras veces, le hacía comprender algún problema enrevesado. La misma que ahora le estaba diciendo que Ai no tenía por qué ser precisa, concreta y únicamente una amiga…

De hecho, a él le gustaba. Aunque acabara de ponerse al corriente.

Y, al segundo siguiente de su descubrimiento, ya había tirado de ella para prácticamente echársela encima y poder profundizar el beso. La experimentación siempre le había parecido la fase más interesante del método científico, después de todo. Y con razón.

Aunque quizá le hubiera molestado saber que Ai ya había adivinado todos sus movimientos mucho antes de que los pensara siquiera. Pero igual daba; después de todo, no se lo diría…

Shen se creía muy listo, pero ella sabía que no lo era tanto.

FIN


Notas de Choco-chan: Bueno, ahora sí que se acabó xD. Creo que tengo una manía especial con esto de los epílogos, aunque, desde luego, esto no se compara a los epílogos interminables de C.A. Aunque... esto era completamente necesario. Quería terminar la historia de Ai y Shen, y para eso teníamos que saltar en el tiempo. De paso, dejarlos con la certeza de que la parejita de adultos también terminó perfectamente, y con muchas partidas de ajedrez por delante (que no se note que me encanta hacerlos pelear).

No sé muy bien qué decirles, salvo agradecer a todos los que siguieron la historia, y, por supuesto, pedir reviews (aunque creo que esto ni falta hace ya, porque ustedes se portan bien siempre xD). Ando poco emotiva, me parece, de modo que¡emociónenme! Yo sé que pueden.

¡Los !

¡Besitos!


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