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Hola!!! A ver, no me vayais a matar antes de leer mi explicación de por qué he tardado siglos en actualizar.
Creía que ya lo había hecho. Os prometo que creía que ya había actualizado, por supuesto me resultaba extraño no haber recibido ningún review, pero bueno, no le presté demasiada atención porque entre la vida universitaria, la personal y la laboral apenas tengo tiempo para respirar.
Ayer hablé por Messenger con una amiga, Isabel, de España, y me comentó que cuándo iba a subir el último capítulo de “Amor entre Lirios”, imagináos mi sorpresa cuando me di cuenta, efectivamente, que no lo había subido aún.
Por eso os pido perdón por la tardanza, lo cierto es que lo tengo escrito desde hace ya bastante tiempo pero la cabeza a veces se me va y realmente creía que ya lo había colgado.
Quiero agradecer especialmente a los que me dejaron reviews el capítulo pasado que son:
, setsuna17, friaza, yukino14, Willy-kawaii, mica-prongs, Sami-Mararurder girl, Olga, Paaulaa, azuca-chan, lorena, Kagomekaoru, cattita, Vanesa-Brasil, sonia sandria, Daburu-Tamashi, astrid, pecha-chan, Keikleen, Nurieta, Belin03, AIK-17, Amis cr, Jane Black
Y ahora sí, sin más, os dejo con el último capítulo. Lamento mucho la demora, en serio. Espero que os guste, un besito y nos leemos abajo
Capítulo 8. Finalmente la felicidad
Kagome intentó concentrarse en lo que estaba haciendo, pero no podía evitarlo, sonreía como una idiota. ¿Cómo no hacerlo cuando había pasado una de las mejores noches de su vida?
(flashback)
La lluvia la había pillado completamente por sorpresa mientras estaba cerca del lago con Kyara. Había saltado sobre su montura y se había dirigido a casa lo más rápido posible que no había sido poco, pero aún así no había conseguido librarse del agua. Dejó a Kyara en el establo y después de asegurarse que los caballos estaban bien y todo estaba cerrado, suspiró, se armó de valor y corrió el trozo que la separaba de allí hasta el porche de la casa, quedando completamente empapada si es que era posible quedar más empapada de lo que ya estaba.
Abrió la puerta de la cocina y se revolvió el cabello en un vano intento por quitarle el agua que parecía sobrar.
-¿Kagome?
Inuyasha caminó hacia ella en cuanto escuchó la puerta trasera abrirse en el momento en que la lluvia azotaba los cristales de la cocina. Kagome le miró mientras se acercaba a ella con una toalla esponjosa y azul en las manos.
-¿Se puede saber dónde estabas? Miroku y Kouga están en el pueblo, salieron a buscarte y la lluvia no les deja volver ahora.
-Kyara estaba nerviosa y necesitaba correr –le contestó ella simplemente-. La lluvia me pilló de sorpresa. No quería preocupar a nadie.
Inuyasha estaba a punto de decirle que con todo el tiempo que llevaba en Lirios Salvajes si aún no había aprendido que debía llevar un chuvasquero siempre sólo por si acaso, sobretodo cuando se nublaba tanto, cuando ella tiritó de frío y estornudó levemente haciendo que Inuyasha rodaba los ojos mientras mandaba su discurso al infierno y la preocupación inundaba sus ojos con aquella ternura.
-Estás empapada –observó.
-No me digas… -contestó ella sarcástica-. Tu vista está perfectamente –añadió.
-Vamos, tienes que quitarte esa ropa y darte una ducha de agua caliente a no ser que quieras tener un resfriado mañana de tal magnitud que no puedas ni levantarte de la cama –le dijo mientras le colocaba la toalla por encima de los hombros y la frotaba sobre la tela de su ropa mojada, rodeándola con los brazos y dándole algo de su calor-. Te prepararé algo caliente… ve a ducharte.
Kagome obedeció y subió las escaleras tiritando dentro de la toalla sin inmutarse ante el pensamiento de que seguramente él la estaría mirando y negando con la cabeza como siempre hacía cuando ella hacía algo que Inuyasha reprobaba. Entró en su cuarto y se quitó las botas y los calcetines metiendo los pies en las calentitas zapatillas blancas de andar por casa; tomó una toalla más grande de su propio armario y se dirigió al baño donde se quitó la ropa, dejando los pantalones vaqueros, la camiseta de tirantes y la ropa interior en el cesto de la ropa sucia antes de dejar la toalla en la banqueta y abrir el agua caliente para meterse luego bajo la misma, exhalando un suspiro de placer cuando el agua caliente entró en contacto con su fría piel.
No escuchó la puerta abrirse cuando él entró con algo de ropa seca, sabiendo de antemano que Kagome tenía la costumbre de ducharse pero salir envuelta en la toalla hasta su habitación para vestirse. No fue consciente de la corriente de aire frío que inundó el baño un segundo ni tampoco del cierre de la puerta ni del ruido que la ropa produjo al caer al suelo directamente de las manos de Inuyasha cuando él la miró amándola con los ojos y recorriendo cada parte de su cuerpo, acariciándolo con la mirada dorada de forma intensa.
Kagome cerró el grifo del agua caliente y tomó la toalla que había colgado junto a la ducha, envolviéndose en ella mientras tarareaba una canción. Cuando se giró y se topó con los ojos dorados de Inuyasha soltó un grito y la toalla cayó sin que ni siquiera se diera cuenta.
-¡¿Quieres matarme de un susto?! –le retó.
Pero él no le contestó.
-¡Maldita sea, te he dicho que no hagas esas cosas, eres demasiado silencioso y nunca sé cuando… -se calló al ver que él la miraba sin decir nada- -¿Inuyasha?-tanteó de nuevo.
Pero él no le contestó. Estaba demasiado absorto mirándola como para darse cuenta de que lo que estaba haciendo estaba mal… de que ella estaba desnuda y de que él la deseaba, en aquel mismo momento.
-Inuyasha, ¿qué…
No le vio tiempo a terminar la pregunta cuando notó como los labios de él la besaban. Kagome no supo qué le había pasado de repente para que la besara con tanto ímpetu, pero desde luego que no se quejó, sino que más bien colaboró con la efusividad de Inuyasha respondiendo al beso con la misma intensidad.
-Desnuda… -susurró a milímetros de su boca separándose él de Kagome. Ella abrió los ojos en medio del beso para mirarle confundida-… estás desnuda y eres perfecta Kagome…
Sólo entonces ella fue consciente de que la toalla había resbalado hasta el borde de la bañera y que estaba desnuda. Desnuda frente a Inuyasha. Desnuda y mojada frente a Inuyasha. Desnuda, mojada y besando a Inuyasha. Y entonces se sonrojó.
Pero a él no parecía importarle demasiado aquello ya que rodeó las caderas de ella haciéndola estremecer y se dedicó a besarla, acariciando su piel desnuda, besando sus labios, sus mejillas y su cuello que olía al gel de ducha que ella siempre usaba… jazmín y lirios…
Un fuerte trueno se escuchó desde fuera y la rama del árbol picó contra la ventana haciendo que él recuperar el poco sentido común que parecía tener en aquellos momentos. Resopló y se apartó de Kagome como si fuera lo que más le doliera en aquel momento y dejando de besarla, la abrazó fuertemente.
-Esto… -bufó-… no está bien preciosa… -la besó en el hombro desnudo.
-Inuyasha…
Había tanta tristeza en su voz que él la miró y comprendió lo que ella estaba pensando.
-No esto, preciosa, sino esto –señaló a su alrededor-. No quiero que tu primera vez sea en un cuarto de baño –sonrió al ver que ella se sonrojaba.
-¿Y quién te ha dicho que sea mi primera vez? –preguntó ella entonces.
El ceño de él se frunció y sus ojos dorados adquirieron un tono más oscuro.
-Más te vale que sea tu primera vez porque si no voy a matar a quien se le haya ocurrido tocarte de este modo… -y para confirmar sus palabras, las manos de él se deslizaron hacia las caderas de ella y de allí a las desnudas nalgas de Kagome que se sonrojó por el contacto tan íntimo.
-Así que dime… princesa… -la besó en la frente apartando el cabello mojado de ella-… ¿es tu primera vez?
Sonrojada a más no poder ella asintió y él se sintió tranquilo y relajado mientras exhalaba un suspiro de alivio. Tomando la toalla que ella había dejado caer antes, la recogió del suelo y la envolvió en ella mientras la abrazaba con fuerza y la sacaba en volandas de allí llevándose un gritito de ella.
La dejó en la cama de su cuarto, cubierta aún con la toalla en la que él mismo la había envuelto, con el cabello húmedo pegándose a sus hombros desnudos y a su frente y se tumbó a horcajadas sobre ella aguantando su peso en las rodillas y las manos para no aplastarla pero sin dejar de mirarla ni un solo segundo porque no parecía poder dejar de mirarla. Le sonrió.
-Si vas a pararme… hazlo ahora Kagome… porque no creo que luego pued…
Por toda respuesta ella rodeó el cuello de Inuyasha con sus manos y le obligó a bajar la cabeza hasta su boca, sin reconocerse a sí misma de lo que estaba haciendo y le besó suave y lentamente.
-No te detengas ahora… -le susurró cuando se separó de él unos segundos.
(fin flashback)
Lo que había seguido después había sido un continuo procesar de gemidos, jadeos, suspiros, palabras de amor, caricias, besos y miradas llenas de pasión, lujuria y amor. Algo que la hacía enrojecer cuando lo recordaba pero algo de lo que no se arrepentía en absoluto.
-¡Kagome, teléfono para ti! –la llamó Miroku desde el salón.
La chica salió de su trance y de la cocina chupando la espátula que había utilizado para extender la crema sobre el pastel que estaba haciendo y cuando pasó junto a su hermano, éste se la arrebató y salió corriendo antes de que ella pudiera protestar siquiera. Resignada a haberse quedado sin su crema, contestó a la llamada.
-¿Sí? –Inuyasha entró en la casa mientras revisaba unos papeles. El último juicio le tenía preocupado ya que parecía que su cliente era culpable a pesar de que él estaba convencido de que era inocente-. ¡Houyo, al fin me llamas, idiota! –se detuvo al escuchar a Kagome-. ¿Dónde diablos te has metido? Me tenías preocup… ¿cómo? –la voz de Kagome pareció apagarse suavemente, como una vela que se consume por una cena romántica echada a perder-… Houyo… lo lamento mucho… si hay algo que pueda hacer por ti… -Inuyasha frunció el ceño. Ese nombre le sonaba de algo. Houyo. ¿De qué?-. Sí, claro que sí, estaré ahí el viernes, ¿te parece bien? No tienes que darlas. De verdad, lo lamento cielo… dime… ¿qué…
Inuyasha había escuchado suficiente. Houyo. Cielo. ¿Cielo? Atravesó la estancia y se encerró en su pequeño despacho con un portazo. ¿Quién demonios era ese Houyo y por qué Kagome tenía que llamarle cielo? De acuerdo, ella lo había con casi todo el mundo, tenía la costumbre de llamar a la gente con apodos cariñosos como “cielo” o “cariño”, pero era un chico… ¡estaba llamando “cielo” a un chico llamado “Houyo”! Frunció el ceño sin percatarse de la mirada que su hermano le estaba dirigiendo desde el butacón del fondo de la habitación.
-Houyo… -susurró Inuyasha-… ¿de qué diablos me suena a mí ese nombre?
-Es amigo de Kagome –Inuyasha se sobresaltó ligeramente pero al ver la mirada de burla de Kouga fingió que sólo había sido un escalofrío por que estaba la ventana abierta, pese a que estaban en verano y no hacía ni una pizca de calor. Kouga sonrió al ver a su hermano actuar de aquel modo-. Te hablamos de él, ¿recuerdas? Uno de sus amigos de la Universidad que al parecer estaba completamente enamorado de Kagome y…
-Ya recuerdo quién era, gracias –contestó ácidamente Inuyasha-. ¿Y por qué la llama?
Kouga levantó una ceja.
-¿Quizá porque son amigos?
-No tiene gracia –replicó Inuyasha cuando vio la mirada divertida de su hermano. Kouga rió suavemente. Inuyasha era un celoso por nacimiento; siempre había sido así y no esperaba que fuera de otro modo nunca. Era protector con Colmillo, con Kyara, con Miroku, Sesshomaru y él, ¿cómo no iba a serlo con Kagome si ya lo era cuando sólo eran unos niños?
-Sí la tiene… desde este lado, por supuesto –contestó él.
Inuyasha le fulminó con la mirada.
-Sabes que no sirve que me mires así –le dijo Kouga tranquilamente retomando su lectura-. Pierde su ferocidad después de las tres primeras docenas de veces.
Inuyasha estaba a punto de decir algo más cuando él volvió a hablar mirando hacia la puerta.
-¿Era Houyo? –preguntó. Ella asintió-. ¿Qué tal está?
Kagome se sentó en el sofá y hubo algo en su mirada que hizo que Inuyasha se acercara hasta ella y se sentara en el brazo del sofá a su lado.
-¿Estás bien, princesa?
Hacía un par de semanas que Kagome e Inuyasha habían decidido que al menos dentro de casa no iban a ocultarse, una decisión que tanto a Miroku como Kouga les había parecido no solo acertada sino que además habían aprobado con vítores y sonrisas.
-¿Está bien Houyo? –preguntó Kouga.
-Su madre ha muerto –dijo Kagome-, estaba muy unido a ella y bueno… no me gustaría dejarle solo.
Kouga le dirigió una mirada a Inuyasha que había abierto la boca para decir algo y el chico de ojos dorados se calló sin apartar la mirada de Kagome, entendiendo la mirada de su hermano perfectamente; a veces le asustaba lo que Kouga podía llegar a parecerse a Sesshomaru.
-Claro –le contestó el menor de los hermanos-. ¿Necesitas que te llevemos?
-No, me iré el viernes, pero necesitaría un coche y además…
-Yo te llevaré –dijo entonces Inuyasha con el ceño fruncido.
-No es necesario –contestó Kagome sin perder la sonrisa, ignorante del enfado de Inuyasha -. Puedo ir y volver en dos días y…
-Tengo que ir a la ciudad a resolver un par de cosas –recordó que tenía una reunión pendiente con Kikyo y se encogió de hombros-. Nos iremos el viernes de madrugada.
-Bien… -se levantó del sillón y le dio un beso en la mejilla en señal de agradecimiento-. Gracias.
-Ni se te ocurra decirlo –dijo Inuyasha antes de que Kouga abriera la boca.
-¿Qué?
-Kouga… -amenazó Inuyasha.
-No iba a decir nada… -aseguró Kouga sin perder la sonrisa.
-No, claro… -contestó irónico el mayor mirándole un segundo antes de salir de allí a grandes zancadas como cada vez que estaba enfadado.
Kouga sonrió. Le gustaría ir a la ciudad, el encuentro entre Inuyasha y Houyo podía ser lo que menos… interesante.
-¡Ni hablar! –gritó él mientras reía a carcajada limpia con tanta fuerza que hacía temblar la cabeza de Sango, recostada en su propio pecho.
-¿Por qué no? Es un nombre bonito… -insistió la mujer.
-¡Venga ya! –exclamó él divertido -¿Jin?
-Es un nombre bonito… -se defendió Sango haciendo un puchero.
-¡Oh, no, no me vas a convencer poniendo esa carita!
-No quiero convencerte –afirmó ella divertida-. Sólo quiero que te des cuenta de que Jin es un nombre mucho más bonito que cualquiera de los que tú vayas a decir.
-¿Ah si? Mmmmm –fingió pensar Miroku-. Tatewaki –dijo finalmente.
Sango se levantó de donde estaba tumbada mirándolo con reprobación, reproche, burla y sorpresa.
-Estás bromeando… -dijo-. Por favor… dime que estás bromeando y que no estoy prometida a alguien que tiene un gusto tan malo con los nombres para nuestros hijos, por favor…
-¡Eh! –fingió ofenderse Miroku.
-¿Tatewaki? –se burló ella -. Dime que es una broma… Tus hermanos se llaman Sesshomaru, Inuyasha, Kouga… Son nombres que imponen, fuertes… y tú ¿quieres llamar a nuestro hijo Tatewaki?
-Yo creo que Tatewaki es un…. –se calló y miró a Sango-. Espera un segundo, ¿por qué has mencionado el nombre de mis hermanos y el mío no?
-No estamos hablando de eso –cambió de tema ella-. Ahora dime, ¿Tatewaki? Y en el caso de que sea niña ¿qué será, Haruna?
Miroku no contestó pero miró a Sango con una mezcla de esperanza e incredulidad.
-¡Ah, no! Me niego a que mi hija se llame Haruna. Si estás pensando en serio en esos nombres para nuestros hijos, te aseguro que no tendremos ninguno, Miroku –le dijo ella enfadada haciendo un gesto para levantarse de su lado.
Él rió e impidió que se levantara pese a los pataleos de ella.
-No me importan los nombres… -dijo Miroku entonces sujetando la cintura de ella para que no se removiera-. Me importa casarme contigo, tener una casa de dos plantas con un porche para sentarme a jugar con los tres niños y los dos perros; y habitaciones grandes para que puedan tener su propio espacio. Me importa consentirles en todo y enviártelos a ti cuando hagan alguna trastada. Me importa abrazarles por las noches y darles un beso mientras les arropo y tú nos miras desde la puerta sonriendo. Me importa dormirme cada noche abrazándote y me importa querer envejecer junto a ti…
Sango no dijo nada durante unos segundos. Lo que Miroku acababa de decir era simplemente… perfecto. Sonrió.
-Quiero eso –dijo Sango entonces. Miroku la miró-. Quiero lo que acabas de decir… Quiero una casa, y dos perros, y tres niños… quiero vestirles para que vayan al colegio, regañarles cuando no estudien y ayudarles a aprender. Quiero ver como juegas con ellos y como te pones de su parte cuando hagan alguna travesura… Quiero envejecer a tu lado Miroku… Quiero lo que tú has dicho.
-Entonces, ¿Tatewaki?-tentó él.
Sango rió antes de tomar su almohada y golpear a Miroku en la cara, iniciando así una guerra de almohadas entre risas y caricias camufladas.
Bankotsu extendió el cheque con la manera eficaz de quien lo había hecho cientos de veces, sopló un par de ráfagas de aire caliente para que se secara y luego lo guardó en el sobre donde ya tenía escrita la dirección del destinatario.
Era su último dinero. Esperaba que de alguna forma, eso le trajera suerte. Estaba pagando por matar a alguien y era consciente de ello. No estaba orgulloso de hacerlo, pero sabía lo que hacía.
Según su abogada todo iría bien. El documento estaba redactado, Kagome sólo tendría que ir, firmar, poner las cosas a nombre de él y luego… luego sólo tenía que morir.
Nunca le gustó Kagome. Ni siquiera siendo un bebé. Le recordaba a su hermana demasiado. Con aquellos grandes ojos que parecían culparlo siempre de estar agotando la fortuna de la familia, con aquel cabello negro como la noche y aquella sonrisa siempre dispuesta en los labios, con aquel interés por todo y por todos…
Había sido un gran alivio que su madre se la cediera a los Taisho. Por supuesto eso era lo que había pensado antes de enterarse de que la hereditaria de todo iba a ser Kagome dejándole a él sin nada.
Pero ahora todo se solucionaría. Todo volvería a ser como siempre debió de ser. Esa chiquilla fuera de su camino y el dinero en su bolsillo.
Kouga sonrió cuando vio llegar a Sesshomaru con su habitual seriedad. Dejó de lado a Colmillo al que estaba cepillando y sumergió las manos en la fuente de agua fresca que tenían en el porche trasero para limpiarse.
-¡Pero mira quién ha vuelto! –bromeó al ver a Sesshomaru tomar la toalla blanca y pasársela-. Gracias –la aceptó para limpiarse-, ¿qué te trae por aquí?
-Bueno, esta siempre será mi casa –se encogió de hombros él.
Kouga rió.
-¿Tan pronto has discutido con tu esposa?
Maru se recostó contra la pared de la casa y negó suavemente.
-No, Rin es excepcional –confesó-. En realidad, quería hablar contigo.
Kouga le miró. Había algo en la mirada de Sesshomaru que le hizo darse cuenta de que fuera lo que fuera a decirle, era algo serio.
-La broma de los muñecos fue cosa de Miroku –se defendió bromeando Kouga.
Sesshomaru rió suavemente.
-No era eso precisamente, pero gracias por la información, aunque te aseguro que cuando llegue tu momento te lo haré pagar aunque la idea fuera de Miroku –repitió sus palabras-. Es curioso como Rin se fija en los pequeños detalles… -comentó para nadie en concreto pero sin dejar de mirar a su hermano.
No necesitaban decirse nada más. No era necesario y los dos lo sabían. Sesshomaru lo sabia. No importaba desde cuándo, sólo que lo sabía.
-Lo dije y lo dije en serio Maru, no voy a interponerme entre ellos –su mirada era seria y estaba dolida, pero entera.
-Lo has visto ¿verdad? –Kouga le miró-. La manera en que Kagome le mira… -su hermano menor asintió con una sonrisa mezcla de tristeza y resignación-, Kouga, no podemos elegir de quien nos enamoramos.
-No, supongo que no… -se contentó Kouga dando una calada al cigarrillo-. Aunque eso ayudaría bastante.
-Pero haría las cosas demasiado aburridas –le replicó Sesshomaru.
-Rin me ha pedido que os invite a cenar esta noche, como estáis los dos solos… -se encogió de hombros.
Kouga sonrió. Sesshomaru e Inuyasha se parecían en muchos aspectos y uno de ellos era no decir nunca lo que sentían, o al menos, intentar no decirlo o que no se les notara demasiado.
-¿A qué hora tenemos que estar allí? –preguntó Kouga simplemente.
Sesshomaru sonrió.
Inuyasha volvió a beber de su copa de vino mientras retorcía la servilleta en su regazo; entendía que Houyo, estuviera deprimido, pero de verdad, ¿tenía que tomar la mano de Kagome de aquel modo? Parecía que alguien sobraba en esa cena por mucho que le costara, parecía que era él.
Entendía que ese hombre estuviera deprimido, acababa de perder a su madre, era normal, pero ¿tenía que estar tocando l mano de Kagome de aquel modo? ¿Es que era idiota o simplemente no se daba cuenta de que él estaba allí delante?
-Dime, ¿cómo va tu libro?
Inuyasha levantó la cabeza de su plato para mirar a Kagome que se sonrojo ligeramente.
-Escribiéndose –le contestó-. Es una suerte que mi inspiración esté en Lirios Salvajes… -bromeó ella-. Porque ahora que he regresado, no podría alejarme de casa otra vez…
¿Un libro? Inuyasha parpadeó. Aquello ya era demasiado.
-Disculpadme… necesito un poco de aire…
Ignoró la mirada de Kagome y se levantó de la silla después de besarla en la frente con tranquilidad, caminando hacia la salida y aspirando el aire con un par de bocanadas mientras sacudía la cabeza.
¿Desde cuándo a Kagome le gustaba comer ensalada con aliño de limón? Él no sabía eso, pero Houyo al parecer sí, porque cuando ella la había pedido, él inmediatamente había sugerido que le pusieran ese aliño en concreto. ¿Y desde cuando a Kagome le gustaba el arte moderno? Nunca le había gustado, siempre solía decir que eran cuados sin sentido en los que no veías nada. Y además, ¿desde cuándo estaba Kagome escribiendo un libro?
Él debería saber eso. Era él quien la ayudaba a subir a los árboles, y era él quien le enseñó como pescar su primera trucha y fue él quien le enseñó a nadar en el lago y quien amenazó al primer chico que intentó propasarse con ella y era él su hermano y era él su pareja. Él debería saber eso, no Houyo. ¿Por qué diablos él no sabía eso?
Se sentó en el banco que había fuera del restaurante, sin importarle demasiado que la gente le mirara; no le importaba que la gente lo hiciera, de hecho, hacía mucho que había dejado que la gente le mirara o cuchicheara de aquella forma.
-¿Estás bien? –preguntó Kagome llegando a su lado. Él la miró-. Has salido de ahí como si estuvieras persiguiendo a Naraku –bromeó.
A pesar de todo, él sonrió a medias mientras abría las piernas para que ella se sentara en medio de él.
-Estoy bien… -le contestó besándola en la cabeza-…. Perdona, es que necesitaba…
-No estás bien y no me gusta que me mientas –le dijo ella.
-Nunca me dijiste que estuvieras escribiendo un libro…-dijo él simplemente.
No parecía un reproche y ciertamente no lo era, sólo era una constatación. Kagome le miró sin saber exactamente a qué se refería Inuyasha.
-Cuatro años Kagome… No sé nada de ti durante esos malditos cuatro años y no lo soporto… -confesó-. No soporto que él sí sepa cosas que yo ignoro, no soporto que hayas visto cosas, probado comida y dado paseos de los que no sé absolutamente nada…
-Nunca te dije que no vinieras…
-Pero tú tampoco viniste a Lirios Salvajes –le replicó él.
Kagome se levantó y le miró.
-Sabes por qué me fui de Lirios Salvajes…
-Por mi culpa, lo sé…
-Inuyasha, no fue por tu culpa, fue porque necesitaba hacerlo… -él la miró suavemente y ella le sonrió-… necesitaba olvidarte, saber si podía olvidarte… Pero no pude… Cielo, Houyo conoce parte de mi pasado… pero quiero que seas tú quien conozca mi futuro…
Entonces lo supo. Por la forma en que ella le miró en aquel momento, por la sonrisa que tenia en su rostro, por la luz que provenía de las farolas de la calle que iluminaban su rostro y sus ojos… Supo que tenía que hacerlo. Supo que no importaba si era algo estúpido, irracional o sin sentido, que no importaba si los demás no lo aceptaban, sólo sabía que tenía que hacerlo; que necesitaba hacerlo.
-Cásate conmigo –dijo entonces Inuyasha de repente. Ella parpadeó.
-¿Qué… qué has dicho?
El hombre se levantó y la tomó de las manos mirándola fijamente a los ojos.
-Cásate conmigo. Aquí y ahora. Cásate conmigo Kagome… deja que esté en tu futuro a partir de ahora… Te quiero… cásate conmigo.
No había nada de romántico en aquella declaración, en aquel lugar frío ni en aquel modo de proponérselo; no había habido cena, ni flores, ni vino ni anillo ni hincamiento en el suelo. Y a pesar de todo, la sonrisa que ella le dedicó fue tan dulce que cualquier podría haber interpretado correctamente su gesto.
Dos semanas después de aquella improvisada declaración, Kagome permanecía de pie, mirando a través de la ventana. Siempre le había gustado ver la noche desde aquella pequeña balconada del piso superior. Veía la luz de la luna bañando los prados y los árboles, el viento meciendo la copa de los mismos y lanzando susurros al aire que ella podía sentir.
En el piso de abajo se escuchaban las últimas risas de Miroku y Kouga, las palabras para calmarles de Sesshomaru y las amenazas de Sango, Rin y Ayame, que, misteriosamente, parecía haber encontrado un lugar en el corazón de Kouga. Escuchó a Inuyasha reír y después amenazarles con una paliza si no se marchaban de una vez y les dejaban solos.
Arriba, en la habitación ella sonrió y se abrazó a sí misma, sabiendo que empezaba una nueva etapa aquella noche. La luz reflejó el brillo dorado de su mano y Kagome se encontró a sí misma contemplando el anillo, como si aún no creyera del todo que fuera real, que estuviera allí.
(flahsback)
-¡Me niego a que te vayas! –dijo Kagome mirando a Kouga-. Dile que no puede irse Inuyasha –pidió mirando al hombre que tenía al lado y que sonreía mientras bebía un poco de su copa de vino.
Era una cena improvisada, los cuatro hermanos, Kagome, Rin y Sango quienes aún no salían de su asombro de saber que estaban celebrando de manera íntima la boda que había tenido lugar en la ciudad esa misma semana.
-Kagome… -empezó a decir Inuyasha.
-Lirios Salvajes es tuyo Kagome –le interrumpió Kouga-. Siempre fue tuyo… Te adueñaste de las tierras, los árboles, el lago, los caballos y de la cocina –bromeó ganándose que ella le diera un ligero golpe en el brazo-. Es tu hogar –sonrió al mirar a su hermano mayor -. Es vuestro hogar –alzó una copa-, y espero que seáis muy felices aquí.
-No tienes que irte Kouga –afirmó Kagome-. Esa casa es demasiado grande para nosotros dos… Con Maru y Miroku fuera… -miró a sus dos hermanos-… Quédate.
-¿Y dejar que Inuyasha intente matarme por no dejaros? –bromeó Kouga ganándose una mirada divertida por parte de Inuyasha mientras el resto de la mesa reía divertida-. No, además, creo que es hora de irme.
-Kagome tiene razón Kouga –insistió Inuyasha-. No tienes que irte.
Kouga miró a Miroku y sonrió de lado. Una mirada imperceptible que Miroku respondió mientras notaba la mano de Sango entre las suyas. Él sabía por qué se iba. Mientras Kagome e Inuyasha no estuvieran juntos aún tenía una pequeña esperanza, pero ahora que ambas alianzas brillaban en sus manos, no podría quedarse con ellos a cada minuto pensando en qué hubiera ocurrido si le hubiera dicho a Kagome que estaba enamorado de ella.
(fin flashback)
Escuchó los pasos de Inuyasha entrando en la habitación y sonrió tranquila; siempre estaba tranquila cuando él estaba cerca, no sabía por qué, pero era así.
-Hola… -le susurró.
-Hola… -notó su silencio y frunció el ceño-¿Qué ocurre? –preguntó -¿Ya te has arrepentido? –bromeó a continuación.
Inuyasha le sonrió.
-Nunca voy a arrepentirme de esto - informó Inuyasha abrazándola por detrás-. He hablado con Totosai, han detenido a Naraku –ella se tensó sin darse cuenta-. No nos molestará en una buena temporada.
-Bien… -suspiró aliviada-. ¿Sabes si mi tío…-era mejor terminar con aquella conversación lo antes posible.
-Será juzgado en tres semanas –contestó él abrazándola más fuerte cuando sintió que ella se estremecía ligeramente-. ¿Estás bien?
-Sí, sólo… -se encogió de hombros-… asusta pensar que alguien de tu propia familia sólo te quiere para conseguir tu dinero –añadió con una media sonrisa.
-Si te sirve de algo, nosotros no te queremos por eso –la besó en la sien y ella sonrió.
No, no hacía falta que se lo dijera, pero la reconfortó que lo hiciera.
-Al final lo hizo bien, ¿verdad? –preguntó entonces ella.
Inuyasha estiró sus brazos abandonando la cintura de ella y rodeó las caderas de Kagome con los brazos y apoyó su mentón en la cabeza de él, mirando hacia el mismo lugar donde ella miraba; la besó en la cabeza y suspiró.
(flashback)
El restaurante estaba a rebosar, cómo no estarlo. Era uno de los restaurantes más famosos de la ciudad por su cocina experimental y siempre deliciosa. Se dirigió al pequeño estrado donde un hombre de etiqueta le miró dando su aprobación y sonrió inevitablemente.
-Soy Inuyasha Taisho –se presentó-. La señorita Kikyo Tanake me está esperando.
-Desde luego señor, por favor, sígame.
Obedeció. Kikyo estaba tan impresionante como siempre. Nunca lo había dudado. Y su parecido con Kagome era extraordinario… pero había algo… Kikyo nunca brillaba con la luz natural que tenía Kagome y su sonrisa no iluminaba su rostro y era demasiado elegante para montar a caballo, despeinarse, o hacer la comida descalza y vestida sólo con una camisa ancha. Era extraño como dos personas tan iguales podían ser tan distintas…
-Kikyo.
-Inuyasha –le invitó a sentarse-. Estás tan guapo como siempre, ¿qué vas a tomar?
-No tengo hambre Kikyo. ¿Qué es lo que quieres?
-Siempre directo ¿verdad? –él le sonrió-. Como quieras, querido, ¿le has dicho a Kagome que tiene que ir con…
-No. Y voy a hacer todo lo posible para que no vuelva allí; no después de que me dijeras la verdad y no desde que me dijiste que…
Pero Kikyo le interrumpió con una sonrisa.
-Siempre tan protector con ella… Kagome tiene suerte.
-Creí que esto no iba a ser nada personal –se limitó a decir Inuyasha.
-Y no lo es –abrió su bolso y deslizó un sobre grande sobre la mesa-. Esta es una copia del contrato que Kagome recibirá en pocos días –le tendió el sobre y sonrió cuando él la miró enfadado-. No me mires así Inuyasha… cuando leas las cláusulas que he incluido te sorprenderás.
-¿Qué quieres decir con eso?
-Kagome es libre de hacer lo que quiera con su dinero –le dijo ella mientras él abría el sobre y releía el contrato extrañado-, su tío no podrá hacer nada, ni siquiera si ella muere; el dinero pasaría a Lirios Salvajes en pase de fidecomiso; Bankotsu está arruinado y lo estará para siempre.
-¿Por qué lo has hecho? Creí que querías…
-Porque aunque tú la quieras a ella, yo te quiero a ti –le dijo simplemente levantándose de la mesa y recogiendo su bolso-. Y sólo quiero que seas feliz. Bien, y ahora si me disculpas, tengo una cita en la ópera –le sonrió.
-Kikyo –la llamó. Ella se giró al pasar junto a él en la mesa-. Gracias.
Fue la primera vez que la sonrisa de Kikyo iluminó su rostro pero pese a ello, Inuyasha no pudo encontrarla tan hermosa como a Kagome.
(fin flashback)
-Sí, lo hizo –corroboró él-. No es una mala mujer –añadió.
Kagome sonrió.
-Sólo se enamoró de ti –contestó ella girando su cabeza un poco para mirarle y recibiendo un suave beso en los labios a cambio.
-Pero yo me enamoré de ti hace mucho tiempo… incluso antes de saberlo… -la besó de nuevo en la punta de la nariz con suavidad y ella rió.
-Te quiero, lo sabes ¿no?
-Por supuesto que lo sé –le contestó él con cierta arrogancia.
Kagome rió. Feliz. Feliz por su arrogancia, feliz por sentirle tan cerca de ella. Feliz por estar a su lado. Y Feliz porque ese “por supuesto” encerraba un “te amo” más fuerte que cualquier otra cosa e incapaz de ser borrado por nadie.
Sonrió cuando su esposo corrió las cortinas de la cama y la levantó del suelo en un abrazo poderoso e íntimo, dejándola sobre la cama. Su mirada prometía una noche muy larga. Kagome sonrió. Una vez le había dicho a Sancho que Lirios Salvajes era su hogar, había mentido. Mientras Inuyasha se inclinó para besarla, se dio cuenta de algo, su hogar era allí donde estaba él… y siempre lo sería.
Bueno, ahora sí, FIN
Quiero agradecer a todas las personas que me habéis estado leyendo, que me habéis dado vuestro apoyo y que habéis tenido la paciencia para esperar mis actualizaciones. De verdad que es por lectores como vosotros por los que escribo aunque no tenga apenas tiempo ni para respirar :D
Espero que hayáis disfrutado de esta historia tanto como yo he disfrutado escribiéndola.
Ya sólo me queda decir que espero que no sea la última vez que nos leamos…
Y recordad: seguir imaginando, seguid leyendo, seguid escribiendo… porque a veces es lo mejor que podemos hacer para escapar de la realidad y sumergirnos en un mundo de fantasía donde podemos ser lo que queramos ser.
Gracias a todos.
Un besito, nos leemos!!!