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SINFONÍA PARA EL DIABLO (PARTE SEXTA)
Por Daniel Snyder
Versión castellana de Miguel García
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Tokio-3 se había convertido en una ciudad de espíritus. No
simplemente abandonada; estaba impregnada con un influjo de recelo
casi tangible. Solo se requería de seguridad mínima para restringir la
entrada de gente, y los soldados que custodiaban sus límites tenían
períodos de servicio de no más de seis meses. Nadie quería estar allí.
Ningún ser viviente quería estar allí tampoco. No había perros
merodeando las calles vacías de la ciudad, aunque había meriendas
fáciles para aprovechar en la comida pútrida de los anaqueles de sus
tiendas. No volaban pájaros por sus cielos. La pesca mar adentro
era insignificante. El único agente cuyas marcas eran apreciables
en la ciudad era el tiempo. El tiempo roía los edificios, derribaba los
semáforos y enviaba grietas por el cemento que componía las calles.
Con el tiempo, los despojos de todo en la ciudad caerían al interior
de la portentosa cavidad de su centro, por sobre el Geofront.
Lilith, el ángel de la cruz, se había ido en una columna de fuego
despiadado, feroz, que la había elevado por aquella cavidad. La
llamarada que acompañara su partida había destruido la ciudad por
sobre los segundos pisos. Había también succionado todo el oxígeno
del aire en su partida; los vientos de su estela desnudaron de árboles
las faldas de los cerros, y de basura las calles.
Así, Tokio-3 se convirtió en una ciudad donde nadie quería vivir, y
donde ninguna cosa era capaz de sostenerse. Ocho años después
de los acontecimientos terribles, el bosque se había expandido
marginalmente para recuperar la tierra que una vez había ocupado.
Pero dentro de los límites de la ciudad no había hierba o maleza
alguna. Y aún así, Aida Kensuke les había dicho --aunque algo
crípticamente-- que allí podían encontrar a Ayanami Rei. Shinji se
preguntaba cómo sería su calidad de vida, si le estaría yendo bien.
Al encontrarla, tuvo una respuesta.
Quizá ella los había estado esperando, allí junto a su edificio. Seguía
vestida con su uniforme de colegio. Sonreía, una sonrisa de verdad,
que mostraba cada uno de sus dientes. Una parte distraída de la
mente de Shinji le dijo que por primera vez la veía sonreír así, con los
ojos abiertos de par en par y las manos entrelazadas por delante de
ella.
Ayanami Rei era un conjunto de huesos perfectamente articulados,
que yacían en el cemento, mirando hacia arriba, a donde su
apartamento había estado una vez.
--Nadie sabe qué pasó --dijo Kensuke--. Tal vez sobrevivió al
desastre y alguien le dijo que se fuera a su casa. Tal vez volvió acá
porque para ella su casa era esta. No... no se me había ocurrido
antes. Alguien me dijo hace un par de meses que había unos restos
humanos en la ciudad, pero nadie se había dado el tiempo de
recuperarlos.
--¿Y POR QUÉ CARAJO NO? --le gritó Shinji a la ciudad vacía--.
¿Acaso igual no es un SER HUMANO?
Kensuke apartó la mirada.
--No era responsabilidad mía, Shinji. No puedo supervisar cada
orden. Además..., la ciudad debería haber estado evacuada antes
de que apareciera el Decimoséptimo Ángel. Nadie sabía que se
trataba de Rei, en todo caso. No fue nada personal. Pensaron
que era alguna niña que llegó perdida acá y murió.
Shinji tiró los pocos artículos contenidos en su bolso. Recogió el
cráneo de Rei y lo metió en el fondo, seguido por las vértebras
cervicales.
--¿Sabes qué, Kensuke? Renuncio. Ya me HARTÉ de NERV.
--Entiendo, Shinji.
Toji y Hikari habían seguido el ejemplo de Shinji y estaban reuniendo
los huesos de las extremidades de Rei.
--Es que no entiendo... A mi padre le dan comida y ropa, y al
mismo tiempo, Asuka estaba abandonada y a Rei no le dieron ningún
respeto como ser humano. Esto es culpa de NERV. --Shinji estaba
introduciendo con gran cuidado costillas en el bolso--. Así que
cuando vuelvas a Nueva Amsterdam, diles a todos que ya me cansé,
y que no voy a ser ni siquiera empleado extraoficial de NERV, ¿me
oíste?
--Sí, Shinji. Tienes razón.
Sacaron de la ciudad, empacado, el esqueleto de Rei, por calles una
vez cotidianas, ahora muertas. En la falda de un cerro al suroeste
de la ciudad, unos pocos árboles contemplaban la urbe de más abajo.
Era un sitio tranquilo, reflexivo. Shinji, acompañado por sus amigos,
escarbó una tumba donde los restos de Rei pudieran descansar al fin.
--Me voy a encargar de que instalen una lápida aquí --ofreció
Kensuke--. O algo así. Nunca conocimos a Rei, ¿verdad? ¿Alguna
idea de qué le hubiera gustado aquí, Shinji?
--No sé. Con lo que hagas basta. Gracias, Kensuke.
La mañana siguiente encontró a Ikari Shinji en su departamento,
mirando de modo inercial por la ventana. Había estado viajando
continuamente durante seis días. Aunque había prometido a sus
empleadores volver al trabajo al día siguiente, descubrió que no
quería. La idea de volver a una oficina donde no era valorado,
únicamente para llenarles las manos de dinero a otra gente, le
produjo náuseas. La náusea le hacía pensar en hospitales.
Los hospitales le hacían pensar en cielos rasos de hospital.
La conexión le hizo estremecerse, despavorido. Había llegado a
aborrecer el estado de su vida. Aborrecía su trabajo, aborrecía vivir
solo, y se aborrecía a sí mismo porque todo fuera así. ¿Por qué no
podía haber mantenido a sus amigos juntos al salir del colegio?
¿Por qué no podía haber salido a buscar un trabajo de verdad?
¿Era demasiado tarde para él?
Miró en torno a la habitación. Sus pertenencias eran pocas en
número: la computadora, unas pocas prendas, un par de muebles;
no había necesitado más, pensó. En el banco estaba el grueso de
un año de sueldo. En realidad, lo único que tenía era...
Shinji cruzó el departamento y abrió la puerta de un armario.
Su violonchelo yacía descansando como el tronco de un desnudo.
La madera castaño rojizo era tibia en la luz de la mañana. Tras
afinar un poco, las cuerdas sonaban aún hermosas y añorantes
bajo el arco. "Bueno --se dijo--, imagino que no sé escribir novelas,
o compilar crucigramas, o matar gente. Pero sé tocar el violonchelo.
Ya va un buen tiempo desde que intenté componer, pero... ya no me
queda nada más".
Dos días después llegaron noticias de que las Naciones Unidas se
encontraban construyendo un monumento a la memoria de la gente
que había muerto en Tokio-3. Shinji calculó que en realidad solo
había conocido a unas cuantas decenas de personas durante sus
días en esa ciudad. Pero había una historia que él podía contar
acerca de esas memorias, y Shinji planeaba terminar su réquiem
antes de que Kensuke pudiera oficiar su memorial.
La sinfonía empezaba delicada y cadenciosa en clave de mi mayor.
El chelo solista ejecutaba una melodía plana, insípida; pero el alma
con que Shinji la tocaba brindaba vida y una sensación de quebranto
a esas notas del todo predecibles. Luego de unos minutos, el
sintetizador recién adquirido por Shinji añadía un acompañamiento
orquestral en do sostenido mayor. El compás pasó de compasillo a un
compasillo binario, apropiado para una marcha, y acordes disonantes
de contrabajo con cuartas suspendidas parecían asediar al
violonchelo principal...
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Copyright 2000 Daniel Snyder. Copyright de la traducción, 2007
Miguel García. Se autoriza su reproducción en cualquier forma digital
o binaria. Sin embargo, queda estrictamente prohibida toda copia
impresa. Shin Seiki-Neon Genesis Evangelion es propiedad intelectual
de GAINAX. Toda semejanza con personas vivas o fallecidas es solo
coincidencia.
Me di cuenta, en el curso de escribir este relato, de que había varias
similitudes entre mi historia y las de otros. El concepto de Toji
convirtiéndose en terapeuta físico deriva de "The One I Love Is...",
de Alain Gravel, en tanto el hacer que uno de los Pilotos estudie
psicología proviene de "Farewell (to the Final)", escrito por Daruma y
Ka-Wing Tam. Si bien no opté conscientemente por emular esas dos
historias, el hecho es que leí ambas antes de escribir esta. Toda
similitud ha de ser considerada como elogiosa y no simplemente
imitativa.