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Después de despedir al viejo Rosier, Dolohov regresa a la fiesta en compañía de Evan. Hasta Narcisa Black ha perdido parte de su compostura glacial y uno de los tirantes de su vestido le cuelga sobre el hombro mientras baila con Malfoy.
En un extremo de la sala Rabastán bebe con saña, acodado en una columna. El elfo doméstico de los Black le mira sumiso y acobardado. Cuando apura el vaso, el adolescente propina una patada a la criatura para que se de prisa en rellenarlo. Al otro lado de la sala, Rodolphus finge desinterés mientras interpreta una mazurca al piano, aunque en realidad, de tanto en tanto, mira de reojo a su alrededor.
Antonin Dolohov se muestra cautelosamente discreto en público pero, interiormente, se jacta ante si mismo de poseer un don para la observación del comportamiento humano. No tiene nada que ver con la Legeremancia, en la que tampoco es malo, todo sea dicho, sino con la capacidad de no dejarse distraer por lo obvio.
Por eso, cuando observa la expresión de Bellatrix sospecha que hay gato encerrado.
Antonin llegó a Gran Bretaña precedido por sus logros académicos en Durmstrang y la relevancia política de su tío Casimir Larysz. En realidad detesta a su tío, es un viejo cruel y dictatorial que maneja la familia de la misma manera que dispone las piezas sobre un tablero de ajedrez mágico. Y no le tiembla el pulso cuando conviene sacrificar algún peón en el avance hacia el jaque mate. Antonin sabe que él es uno de esos peones sin demasiada importancia y, precisamente por eso, se enorgullece aún más del estatus que ha conseguido en los dos años que lleva al servicio de Lord Voldemort. No tiene ningunas ganas de regresar a Lodz.
Bellatrix, que se ha descalzado, se levanta de la butaca y se acerca a su esposo. Se coloca a la vera del piano como la cabaretera de alguno de los cafés nocturnos que Antonin frecuentaba en Varsovia o en Lozd.
Que su cara exprese satisfacción no es extraño, es el día de su boda. Pero Antonin, que, como solo él mismo y su Señor saben, ve más allá de lo obvio, comprende que esa no es la única razón.
La música cesa bruscamente y da paso a un acorde brusco y desafinado cuando Rodolphus acorrala a Bellatrix encima del piano. Todas las cabezas se vuelven hacia ellos. Suenan risas y algún aplauso.
La pálida pareja en el centro del salón ha detenido su danza y Malfoy alza una ceja ante las efusiones de los recién casados. Pero, más allá de esos ojos grises, Antonin adivina una esquirla de envidia que nadie más detectará.
Rabastan sustituye a su hermano al piano y los novios se disponen a dejar definitivamente la fiesta, entre una salva de aplausos, ahora si, secundada por todos los presentes. Le sorprende la entrada sigilosa de William Crabbe, precisamente en ese momento, tratando de ocultar un misterioso terror que Antonin archiva cuidadosamente en su cerebro para más tarde.
Antes de irse, el novio abraza a su hermano. Un músculo en la mandíbula de Rabastán se tensa imperceptiblemente cuando el mayor de los Lestrange le susurra algo al oído.
No, Antonin nunca será tan buen guerrero como Rodolphus, mano derecha militar del Amo. No se moverá en las aguas turbulentas del mundo mágico británico como una escurridiza anguila, tal y como es capaz de hacer Malfoy. No se cree capaz de imitar la refinada crueldad de Mulciber, o la pasión destructiva de Bellatrix. Pero tiene otros talentos, mucho más sutiles, que el señor Tenebroso también es capaz de apreciar.