|
Author of 54 Stories |
26.
Scott llevaba unos cuantos días prácticamente desaparecido. Parecía un fantasma, vagaba por la casa como si mirase sin ver. Daba sus clases y realizaba los trabajos administrativos de la escuela como un autómata. Apenas comía y el resto del tiempo lo pasaba encerrado en su habitación o conduciendo. La situación era demasiado familiar, todos recordaban haberle visto así tras el regreso del Lago Alkali, cuando habían dado a Jean por muerta.
Tal vez se tratase de eso, puede que la hubiera perdido de nuevo. Intentaron hablar con él del tema, pero Scott hizo como si no oyera y continuó su camino al dormitorio que antes había compartido con Jean. Jean Grey, la mujer de su vida, le había vuelto a abandonar. No se acordaba de ella y era precisamente aquello lo que le hacía sentir tan deprimido. No era capaz de recordarla y se odiaba a sí mismo.
No la amaba, los sentimientos de antes no habían vuelto. Sin embargo, el trozo de pasado que Lindsey le había mostrado había hecho que Scott se diera cuenta de por qué la había querido. Era perfecta, o casi. Y ahora ya no estaba. Le había salvado la vida. No sabía muy bien cómo ni por qué, pero mientras le besaba, Jean había abierto los ojos de golpe con gesto horrorizado. Scott parecía un muñeco de trapo, ni siquiera daba la impresión de estar consciente. De pronto, Jean había gritado un “¡ya basta!” y con su telequinesis había mandado a Scott lejos de allí. Le había liberado en el último momento.
“Fue su última buena acción: salvarme la vida. Seguro que si me viese ahora, se arrepentiría. Una suerte que prefiriera que Logan la ensartase. Aunque…”.
Debía intentarlo, quizá no estaba muerta. Tal vez había buscado otro cuerpo como el del Profesor. Sí, tenía que ser así, no podía estar muerta. Se levantó tan ofuscado por la idea que no fue consciente de que no se había impulsado con su cuerpo, sino con sus poderes. Abrió la puerta sin tocarla y bajó las escaleras levitando. No se daba cuenta. Los objetos se movían a su paso y no era capaz de verlo. Solo tenía una cosa en mente: ir a Cerebro y encontrarla.
—Chaval, ¿qué estás haciendo?
La voz a sus espaldas hizo que se volviese. Logan le miraba en jarras con cara de mosqueo. Un Logan más bajito de lo que recordaba, pues ahora Scott le sacaba una cabeza. O tal vez era el hecho de que no tocase el suelo. Bajó la vista y se sintió estúpido al ver sus pies flotando en el aire. Se posó sobre el piso e imitó la postura de Lobezno. No soportaba que le llamase “chaval”, no era ningún niño.
—¿Qué quieres, Logan?
—¿Te encuentras bien?
—Perfectamente. Ahora, si no te importa…—Se giró con la intención de proseguir su camino. Logan le agarró del brazo antes de que lo lograra.
—Chico—Vio la rabia en los ojos de Scott y decidió cambiar de tono—, Scott, no estás bien. Te pasas la vida en tu cuarto, no hablas con nadie y vas tan autista por el mundo que ni siquiera te das cuenta de que llevas el modo megacañas activado.
—Pagaré los desperfectos.
—Pero… tú eres gilipollas. No es eso. La gente de la escuela empieza a preocuparse.
—“La gente”. Y tú no. Claro.
Miró a Logan a los ojos con arrogancia. Tenía miedo por él, aunque lo negase. Ya habían tenido esa conversación o una parecida. Como todo lo demás, no estaba en su memoria, pero ya la había visto. Solo que aquella vez, cuando había tenido lugar, no había sido capaz de adivinar el significado oculto tras el “quizá es hora de que los dos sigamos adelante” de Lobezno. No era un “enterremos el hacha de guerra”, como había pensado. Ahora estaba claro.
—Deja de decir chorradas, niño. Cuéntame, ¿qué te pasa y adónde vas?
—¿Y a ti qué te importa? Tiene gracia, ¿no crees? Por ir a por los dos te quedaste sin ninguno. Pero ya se sabe, quien mucho abarca, poco aprieta.
Logan tardó un segundo en comprender. Cuando lo hizo, montó en cólera. El chico estaba mal, rematadamente mal. No sabía qué mierda se le habría metido en la cabeza, pero a Papá Lobezno se le había agotado la paciencia. Se iba a enterar. Nadie se burlaba así de él y se iba de rositas.
El chaval vio venir el puñetazo, tenía que haberlo visto. Sin embargo, no movió ni un músculo. Lo encajó en su prominente pómulo y, movido por la inercia, se fue al suelo sin hacer nada para evitarlo. Una vez aterrizó, de sus labios salió una carcajada llena de amargura. Sangraba abundantemente por la nariz y tenía los ojos húmedos.
—Joder. Lo siento, chico. No quería hacerte daño.
—Sí que querías. Ahora lárgate y déjame en paz.
—Deja que te lleve a la enfermería al menos, quizá…
—Ni lo sueñes.
Logan le tendió la mano para ayudarle a levantarse, pero Scott ni siquiera la miró. Se levantó usando el “modo megacañas”, como Logan lo llamaba, y volvió a quedarse levitando, esta vez de manera intencionada. Por un momento, hizo que su telequinesis empujase ligeramente a Logan en el pecho, una especie de “no te me acerques”. Después, se giró en el aire y continuó su camino. Iba dejando gotitas de sangre como miguitas de pan para quien quisiera seguirle, pero ni se daba cuenta.
Entró en Cerebro y se sentó en la silla que había tras el panel de control. No la necesitaba, pero sabía que más adelante tendría que utilizarla. Le hacía falta estar totalmente concentrado, no podía malgastar parte de su atención en estar tranquilamente levitando. La búsqueda no sería nada fácil, pero se prometió que, si estaba viva en otro cuerpo, la encontraría costase lo que costase.
Se colocó el casco y pensó en lo que sabía de ella. El Profesor le había enseñado a predecir cómo sería la huella mental de alguien a partir de algunos datos sobre el individuo en cuestión. No era estrictamente necesario, pero simplificaba la búsqueda. Y Scott sabía que había muchos rasgos que no cambiaban al mudarse de cuerpo. La mente sería poco más o menos la misma, así que su huella permanecería intacta.
—¿Dónde está el crío?—preguntó Logan abruptamente al Profesor después de comer. No había vuelto a saber nada de él y le preocupaba que ese cretino se hubiera marchado. Actuaba de un modo que a Logan le resultaba demasiado familiar.
—En Cerebro. Lleva unas cuantas horas conectado y se niega a salir—respondió el Profesor con serenidad.
—Pues hay que sacarle como sea.
—No podemos. Si Cerebro dejase de funcionar bruscamente, podríamos matarle accidentalmente. Por ese motivo, la puerta lleva un dispositivo de seguridad. Mientras Cerebro está en funcionamiento, no se puede abrir.
—¿Y cortando la corriente? Le va a dar algo como no salga.
—Cerebro tiene un generador para esos casos. Además, cortar la corriente podría causarle la muerte. Lo siento, Logan, pero debemos esperar a que sea él mismo quien decida salir.
—¿Y si le convence? Puede hacerlo, ¿no?—El Profesor suspiró y sacudió la cabeza.
—En condiciones normales estamos en empate técnico. No podríamos forzar al otro a hacer nada sin luchar. Y la disputa estaría demasiado igualada como para intentarlo. En estos momentos, sin embargo, el combate estaría extremadamente desequilibrado. Scott está conectado a Cerebro, lo cual potencia enormemente su telepatía. No puedo hacer nada más que aguardar.
No la encontraba. Estaba seguro de que estaría viva, pero ahora no conseguía dar con ella. Se sentía frustrado, se odiaba a sí mismo por ser un maldito patán incompetente e inútil. Tenía que seguir intentándolo hasta conseguirlo. Se encontraba cada vez más fatigado, su mente le pedía a gritos que tirase la toalla. Pero no podía, debía continuar. Era su deber encontrar a Jean Grey y traerla de vuelta a la mansión. Y no pensaba moverse de allí hasta que lo lograse.
Percibió un toquecito en su mente. Era el Profesor. Sí, le había notado antes, no sabía cuánto hacía. Sin muchas ganas, le preguntó que quería. Necesitaba toda su concentración para seguir buscándola y no podía entretenerse en conversaciones tontas.
“Está muerta, hijo. Déjalo estar”.
“No puede estar muerta. Seguro que en el último momento…”
“No. Ojalá tuvieras razón, pero no es así. Yo también la he buscado, Scott. Intenté encontrarla y solo me sirvió para descubrir que estaba muerta”.
“No es cierto”.
“Me temo que sí. Y aunque no lo fuera, estás agotado. Tienes que parar un poco. Ahora no conseguirás nada si sigues, tu mente está exhausta. Ya la buscarás otro día”.
“Tú también lo piensas, ¿verdad? Tú también crees que estoy loco”.
“Al contrario. Creo que estás más cuerdo que nunca. La cordura es dolorosa e intentas protegerte del dolor, pero sabes que no es posible darle la espalda al mundo”.
“Ahora salgo”, respondió vacilante tras una pausa, “Dile a Logan que estoy bien. No me ha roto la nariz ni nada parecido”.