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Valdemar
Author of 13 Stories

Rated: T - Spanish - Romance/Adventure - Harry O. & Liz A. - Reviews: 50 - Updated: 10-17-08 - Published: 05-08-07 - id:3528643

¡Hola de nuevo! En este capítulo y en los siguientes, la tensión irá in crescendo. Gracias, como de costumbre, a masg, a JohannaHope y a TheNextMrsMolkoX3 por sus comentarios y su apoyo al fic.


Capítulo 26: Ravencroft

Visto desde fuera, Ravencroft parecía uno más entre varios bloques de una zona industrial poco poblada a las afueras de Manhattan, donde se ubicaban fábricas abandonadas y almacenes. Por supuesto, nadie de las zonas colindantes conocía la función de aquel bloque aparentemente igual al resto; por poco poblada que estuviera aquella zona y por muchos sistemas de seguridad que tuviera la institución, seguramente habría cundido el pánico entre los vecinos, que, aunque escasos, habrían bastado para formar un escándalo.

Como todos los días, la joven aparcó su coche en el área de visitantes. Podría decirse que ya tenía la plaza reservada allí, aunque tampoco es que le hiciera falta; nunca llegaban tantos visitantes a aquel sanatorio para criminales especiales como para que se necesitara una reserva de aparcamiento.

El coche de Liz era viejo y desvencijado, solía calarse a menudo y casi nunca arrancaba a la primera; pero era lo mejor que había podido permitirse con su exiguo sueldo sin tener que recurrir a su padre. No solía utilizarlo casi nunca salvo para ir a Ravencroft; para el resto de sus desplazamientos por la ciudad prefería coger el metro. Ella odiaba el tráfico urbano, pero casi nadie iba nunca por aquella zona que estaba prácticamente aislada, así que allí no tenía que preocuparse de eso.

– Hola, Walter. – Tras traspasar el acceso de entrada, Liz se detuvo y dejó el bolso sobre una de las bandejas que había en una pila. Después, se sacó todas las cosas que tenía en los bolsillos y el cinturón y las horquillas del pelo y las dispuso desordenadamente en la bandeja al lado del bolso, sin olvidar apagar antes el móvil, ya que tenía que estar apagado para que la señal no interfiriera en determinados aparatos electrónicos que había allí (una vez se le olvidó hacerlo, y como el vigilante no dio con el botón que lo apagaba, directamente le quitó la batería). A continuación, se colocó ante el vigilante, de pie y con los brazos extendidos.

– Buenas tardes, señorita Allen. – El vigilante la saludó con un asentimiento de cabeza y la cacheó con la rapidez de la rutina. Sabía que ella nunca escondería nada, pero el protocolo de seguridad le obligaba a repetir aquel gesto diariamente cuando ella entraba en el sanatorio. Ambos conocían muy bien las reglas del centro y las acataban ya casi como un acto reflejo.

– ¿Qué tal la pequeña Christina? ¿Cómo sigue de su resfriado? – preguntó ella mientras se ponía la identificación de visitante en la solapa, como todas las tardes.

– Oh, aún tiene tos y algo de flemas, pero está mejorando.

– ¡Me alegro!

Liz y el vigilante de la puerta del turno de tarde se conocían muy bien, no en vano se habían estado viendo casi todos los días durante los últimos tres años. En ese tiempo, Walter le había hablado tanto de su mujer y de sus tres hijos que Liz sabía más de ellos que de su propia familia.

Cuando ocurrió el accidente de Mark, el padre y la madrastra de Liz se escandalizaron. Para ellos, Mark dejó de ser aquel joven “inteligente y prometedor”, para convertirse a sus ojos en un paria. Liz jamás supo si fue porque lo habían sorprendido robando, o porque el accidente lo había transformado en un freak, un ser parecido a esos mutantes que tanto temían; tal vez se debiera a ambas cosas. El caso fue que nunca volvieron a mencionarle, y cada vez que Liz intentaba sacar el tema hacían ver que nada había ocurrido, como si él nunca hubiera existido. Liz se sintió horrorizada por su actitud. De su padre ya había esperado algo así, ya que era bastante estricto y nunca se habían llevado bien, pero de ella…

Liz aguantó lo justo hasta su graduación en el Midtown High, y ese mismo día, al regresar a casa con el diploma bajo el brazo, explotó. Tras cantarles las cuarenta a sus padres, y decirles lo que realmente pensaba de su hipocresía, llenó su maleta y se marchó de Queens para no volver jamás. Con ello, dejó atrás todo lo que había conocido, la seguridad del hogar que siempre la había protegido, su infancia. Una vez en Manhattan, había sobrevivido con pequeños trabajos, como ser camarera o cuidar niños y ancianos, mientras se preparaba para titularse como auxiliar de enfermería; y una vez lo consiguió, logró también que la admitieran en el Bellevue gracias a un golpe de suerte.

Hasta el momento, nunca se había arrepentido de dejar su casa y su vida de niña mimada y protegida. Aunque al principio le fuera bastante difícil adaptarse, siempre estuvo segura de que aquel primer y único desafío a sus padres la había hecho madurar y convertirse en una persona distinta y mejor que la muchachita superficial y egoísta que había sido.

Y, hasta entonces, ayudar a Mark a superar el día a día era lo único que había dado sentido a su vida. Daba igual que fuera un convicto de robo, que estuviera desquiciado, o que tuviera esos poderes tan peligrosos y ese aspecto de bicho raro. Debajo de ese aspecto aún estaba el Mark que ella tan bien conocía, y al que tanto quería. Había sido la persona que más había querido, por lo menos hasta que Harry Osborn había reaparecido en su vida. Y seguía queriéndole, pese a que últimamente se comportara de forma tan posesiva y siniestra.

Despidiéndose del vigilante con una sonrisa, Liz se encaminó hacia el área de máxima seguridad, efectuando una ruta que ya había hecho más de mil veces, recorriendo con la familiaridad de la costumbre los fríos y blancos pasillos iluminados por neón. Aunque no hubiera sabido su número, ese día la celda de Mark era inconfundible: era la única de todo Ravencroft desde donde se oía música clásica. Como siempre, Liz esperó hasta que el vigilante, que podía verla desde las cámaras de seguridad, accionó el mando automático que abría la puerta reforzada de la celda para que ella pudiera entrar. No había otro modo de abrir esa puerta, protegida con un sofisticado sistema informático.

Al penetrar en la amplia estancia, Liz no se sorprendió al oír a todo volumen los compases de “Un bel di vedremo” de Madame Butterfly, de Puccini, interpretada por la voz soberbia de la Callas. Era una de las favoritas de Mark; la ópera siempre lo relajaba, se podía decir que era uno de los casos donde se aplicaba el dicho de que “la música amansaba a las fieras”, y por eso los cuidadores de Ravencroft permitían que pusiese esa música en su celda a pesar de que iba en contra de las ordenanzas.

El gigantesco individuo permanecía de pie, en medio de la habitación, con los ojos cerrados y una mano levantada siguiendo el compás de la melodía, totalmente sumergido en aquella música conmovedora. Incluso bajo su engorroso traje protector, se veía elegante y, en cierta manera, bello. Su rostro de piel dorada estaba como transfigurado. En esos momentos, parecía imposible creer que pudiera hacer daño a una mosca, pese a que aquel hombre tenía uno de los mayores potenciales destructivos de todo el país.

Liz permaneció allí, apoyada contra el quicio de la puerta de la celda, sin querer interrumpir aquel momento especial de su querido Mark, sonriendo conmovida al verlo tan feliz. Dios sabía que no debía tener demasiados momentos felices allí encerrado. Pero a la vez, se sentía inquieta. Él sólo se ponía a escuchar ópera a solas cuando se sentía nervioso o irritado, como una forma de tranquilizarse. Aquello significaba que no debía estar de muy buen humor, y aunque ya no tenía aquel instinto asesino de los primeros meses, él siempre era del todo impredecible.

Cuando acabó la hermosa aria, Mark se dirigió a la cadena musical y bajó el volumen hasta un nivel que permitía conversar normalmente.

– Hola, Lizzie. ¿Te gustaron las violetas? – preguntó mientras se sentaba en la enorme y resistente silla, diseñada especialmente para él.

Al recordarle aquello, esta vez fue Liz la que se puso de mal humor. En buen lío se había metido con Harry por culpa de las dichosas flores. Pero, pensándolo bien, Mark no tenía ninguna culpa, él sólo había hecho lo mismo de todos los años. Había sido Harry el que había hecho mal al abrir un paquete que no debía.

– Claro, Mark… – sonrió para que él no se sintiera decepcionado – Como siempre, eran preciosas, muchas gracias. ¿Cómo te las arreglas para mandarme flores desde aquí todos los años?

– ¡Ah! Secreto profesional… – sonrió Mark. En realidad, había sobornado a Walter, el vigilante, para que cada año hiciese el encargo en una floristería – Espero que hayas pasado un buen cumpleaños.

Aquella fuerte pelea con su prometido no era la idea que Liz tenía de un “buen cumpleaños”, pero no dijo nada. Mark aún ignoraba la existencia de Harry, y ella todavía no sabía cómo contárselo. No lo habría comprendido.

Pero él sí tenía algo que decirle. Se la quedó mirando de arriba abajo, con una mezcla de ironía y suspicacia que al final acabó inquietándola. Sólo con aquella mirada, conseguía hacerla sentirse culpable.

– ¿Qué pasa, Mark? – le preguntó ella con una sonrisa nerviosa – ¿Por qué me miras así?

– ¿Sabes, Liz? – repuso él con tranquilidad. – Antes de que me metieran aquí, aborrecía la prensa del corazón; no veía qué interés puede tener la gente en las vidas de personas que no conoce. Pero ya sabes, aquí encerrado el aburrimiento es mortal, y acabas descubriendo que incluso esa basura, en ocasiones, resulta de lo más instructiva. Gracias a ella puedes enterarte de cosas realmente interesantes.

Ella le miró a los ojos con expresión perpleja, sin entender.

– ¿De qué estás hablando?

Con cierta dificultad debido al traje de material aislante, Mark se levantó y sacó un fajo de papel de debajo de su cama, era un periódico. A Liz le sorprendió que le permitieran tener papeles o cualquier material inflamable en la celda, pero no dijo nada. Daba la impresión de que alguien se lo hubiese pasado de contrabando y Mark lo hubiese escondido.

Él le alargó el periódico, era una edición atrasada del Daily Bugle. A ella le resultaba familiar, no sabía por qué…

– Página 62. – le indicó la lacónica voz del hombre.

Ella pasó las hojas hasta llegar a la requerida y su corazón dio un salto de angustia cuando reconoció aquella página y aquella foto. Aquella sección era la crónica social del Bugle, y uno de sus artículos hacía referencia a una fiesta celebrada por la inauguración de la planta química de OsCorp, fiesta a la que había asistido con Harry el mes anterior. Salían juntos en una foto, con él abrazándola por la cintura; y por si eso dejara lugar a la más mínima duda, el pie de la foto se encargaba de despejarla:

En la imagen, el señor Harry Osborn, accionista mayoritario y presidente de Industrias OsCorp, acompañado de su futura esposa, la señorita Elizabeth Allen”.

Ella miró hacia su interlocutor, tragando saliva. Éste parecía sereno, pero sus ojos ardían.

– Harry Osborn. De todos los tíos que hay en Nueva York, tenías que elegir a ése… – murmuró molesto, una frase de la que Liz no alcanzó a comprender su significado. Pero antes de que pudiera replicar nada, Mark preguntó agriamente – ¿Cuándo ibas a decírmelo, Lizzie? ¿Cuando volvieras de tu luna de miel por las Seychelles?

Liz se estremeció. Tal y como ella esperaba, él se había disgustado, pero por fortuna no se había puesto agresivo. Aún. Tenía que andar con pies de plomo, para no enfadarlo aún más.

– In-intenté decírtelo, de verdad… – tartamudeó, intentando explicarse – Pero no me atrevía. Temía que…

– ¿Me volviera loco y destruyera todo el edificio? – Mark parecía divertido.

–… que te enfadaras, sí. Te pones muy violento cuando te enfadas.

– Sí, eso dicen… – El hombre suspiró, y se levantó, caminando torpemente debido a los impedimentos del tejido de amianto reforzado de su traje. – ¿Crees entonces que tengo razones para enfadarme? Has logrado pescar un pez verdaderamente gordo y dar un buen braguetazo. Debería alegrarme por ti, siempre supe que eras una chica lista.

– No hables así… – replicó Liz, ofendida – Haces que parezca sórdido y mezquino. No me caso con él por el dinero.

– No, claro… – repuso Mark sarcástico, sin creerse una sola palabra. – Entonces… ¿qué es? ¿Estás enamorada de él?

Ella levantó la cabeza, dispuesta a no dejar pisotear su dignidad.

– Sí, le quiero. Más que a nada en el mundo.

Él la miró herido.

– Así que era eso. Ahora lo entiendo todo, tu extraño comportamiento de estos últimos meses. Tantas excusas, tantas mentiras… y todo por un estúpido enamoramiento. – replicó, con una chispa de rencor en su voz – ¡Y encima no has podido elegir peor! Mira Liz, entiendo que quieras vivir tu vida, casarte, formar una familia. Está bien, lo acepto, sabía que tarde o temprano tendría que pasar. Pero escoge a cualquier otro. No a ese tío. No a un Osborn.

El desconcierto se reflejó de nuevo en los ojos claros de Liz.

– ¿No a un Osborn? ¿Qué tiene que ver que sea un Osborn?

Mark Raxton desvió la mirada, incómodo por la pregunta.

– Conozco a esos tíos con dinero… – acabó respondiendo – Te prometen la luna mientras les dure el capricho, pero en cuanto le des el menor problema, no vacilará en darte la patada.

– ¡No hables así de él, tú no lo conoces! – exclamó Liz, indignada – Harry nunca haría eso; él me quiere.

– Seguro que sí… – En la voz de Mark había el más punzante de los sarcasmos – Me gustaría saber qué opina de nuestro… especial vínculo.

Liz agachó la cabeza y no contestó. El hombre dorado soltó una carcajada.

– No le has hablado de mí, ¿verdad? ¿Qué le has contado para justificar lo que haces por las tardes, el viejo cuento de la abuelita enferma?

– ¡Se lo diré! – insistió ella llena de irritación – Cuando sea el momento oportuno.

– ¿El momento oportuno? – repitió él – Si aún no se lo has dicho, es que no crees que te quiera lo suficiente como para entenderlo. Ni siquiera tú confías en él. No es un buen comienzo, Lizzie…

– ¡¡Cállate!! – Ella ya estaba realmente enojada y le dio la espalda, alejándose de él – ¡Deja de atormentarme o no volveré a visitarte nunca más!

La mueca divertida de Raxton se desvaneció y su rostro se contrajo, con una oscura expresión de odio en sus ojos.

– No harías eso.

– Si no dejas de hablar mal de Harry, no te quepa duda de que lo haré.

– En realidad eso es lo que has querido todo el tiempo… ¿verdad? – susurró Mark sombríamente, con aquella tenebrosa ira en su interior creciendo a cada segundo. – Tener una excusa para deshacerte de mí. Me prometiste que estarías a mi lado para siempre, pero apenas aparece ese guaperas con pasta sólo piensas en dejarme tirado para largarte con él.

Liz se giró de nuevo, sorprendida por la acusación. Se sentía dolida, pero sobre todo culpable, porque en el fondo de su alma sentía que Mark tenía parte de razón. Él lo había descubierto desde el principio; siempre había sido el más listo de los dos.

– No, Mark, eso no es cierto. – intentó defenderse, sin embargo. – Quiero a Harry, es cierto, pero tú sabes lo mucho que me importas y que yo nunca te dejaría...

– ¡¡Mentira!! – rugió él, sobresaltándola – ¡Me has estado mintiendo todo el tiempo y sigues haciéndolo! ¡Vas dejar que me pudra aquí olvidado del mundo, mientras tú te vas a darte la gran vida con ese niño mimado! ¡Vas a abandonarme, igual que todos los demás!

La joven miró inquieta el termómetro que estaba colgado en un lugar prominente de la pared, y se estremeció al ver que subía rápidamente. Después, volvió su vista hacia el hombre y su alarma aumentó cuando vio que el pecho y los brazos de su traje ignífugo empezaban a oscurecerse y a burbujear. Atemorizada, empezó a retroceder lentamente.

– ¡Mark, contrólate! – suplicó – ¡Estás quemando tu traje otra vez!

– ¡Al infierno con mi traje y al infierno con todo! No permitiré que me abandones, Liz. Antes sería capaz de matarte… ¡antes mataré a ese bastardo que te ha apartado de mí!

La cólera de Raxton era fácil de despertar, pero muy difícil de apaciguar. La piel dorada del hombre empezó a brillar, poniéndose al rojo vivo como el metal candente, y estalló en llamas como en un caso de combustión espontánea. El traje, incapaz de contener el tremendo calor que desprendía el cuerpo de su propietario, empezó a desintegrarse y a caerse a trozos; y la propia piel de Mark parecía que se derretía por momentos como metal fundido. Liz lo observó horrorizada. Nunca se acostumbraría a ello, aunque ya hubiera ocurrido otras veces antes.

– ¡Mark, por favor, tienes que resistir!

Él no pareció escucharla, estaba como enloquecido y la temperatura de su cuerpo subía cada vez más: en ese momento debía llegar al par de cientos de grados. No podía dejar de arder; una vez que perdía el control sobre su temperatura y sus llamas, le costaba muchísimo recuperarlo. Imparable, se dirigió hacia ella e intentó sujetarla.

Chillando, Liz se agachó, esquivando el mortal contacto de aquellas manos, y rodó por el suelo. A toda velocidad, se arrastró por el suelo a gatas hasta llegar a un extremo de la habitación, donde se encontraba, en lugar bien visible, un pulsador rojo, que era la señal de alarma para casos de emergencia como aquél. Temiendo no llegar a tiempo, Liz descargó un manotazo sobre el pulsador con todas sus fuerzas.

Instantáneamente, unos potentes chorros de vapor helado brotaron de fisuras ocultas en el suelo y en el techo. A ella la dejaron al borde de la hipotermia, pero conseguirían bajar la temperatura de Mark y apagar las mortales llamas que despedía, devolviéndole de nuevo su apariencia metálica dorada. Pronto, la habitación quedó envuelta en aquel vapor refrigerado y la visibilidad fue nula.

Liz se agazapó contra un rincón y se encogió sobre sí misma temblando, no tanto por el frío como por el miedo. Ya se había enfrentado antes a otras crisis violentas de Mark, pero aquélla era la más terrible hasta entonces. Era la primera vez que ella temía por su vida.

No podía ver nada, y eso era lo peor, no saber lo que estaba ocurriendo a su alrededor. En otras ocasiones, el vapor helado, aparte de apagar el fuego de Mark, también enfriaba su ánimo, calmándolo e incluso aturdiéndolo; pero no podía estar segura de su estado hasta que el vapor desapareciera y pudiera verlo.

De repente, un sonido hiriente llegó hasta sus oídos. Era el chirrido horrible del metal aplastado, junto con el crujido de plásticos, cemento y ladrillos destrozándose y cayendo al suelo: Mark acababa de derrumbar una de las paredes. Supuestamente éstas estaban blindadas, pero pocas cosas eran capaces de resistir su fuerza sobrehumana.

Todo ocurrió muy rápido. Durante unos segundos, todo quedó en silencio, y a continuación parecieron activarse una especie de ventiladores que absorbieron e hicieron desaparecer el vapor.

Enseguida, penetraron en la estancia varios hombres vestidos con trajes ignífugos y armados con una especie de extintores portátiles, pero mucho más sofisticados y rellenos de nitrógeno líquido vaporizable, una sustancia mortal para el ser humano, pero la única que podía contener a Raxton. Con ellos venía otra persona, una hermosa mujer de cabellos negros y ojos oscuros y almendrados, vestida con una bata blanca. Era la doctora Ashley Kafka, la directora de Ravencroft y psiquiatra de Mark.

– ¡¿Elizabeth?! ¿Qué ha pasado? – preguntó, intentando disimular su preocupación y mantener la calma. – ¿Dónde está Mark?

Liz tardó en contestar. Sólo jadeó hondamente, intentando recuperar el aliento tras el miedo que había pasado. Su cabello, cejas y pestañas estaban cubiertos de cristales de hielo, y exhalaba vaho en su respiración por el ambiente gélido que habían creado los chorros de vapor. Miró hacia todos los rincones de la celda y, salvo a la doctora Kafka y a sus hombres, no vio a nadie más. Raxton había desaparecido.

– No… no lo sé. – balbució, negando con la cabeza. – Se ha ido.

A lo lejos, empezaron a sonar las primeras alarmas de incendio que indicaban que Mark había comenzado su camino de destrucción y fuego para salir de Ravencroft. Todos los efectivos de seguridad se abalanzarían hacia él, pero Liz sabía que, si quería escapar, nadie podría detenerle.

Uno de los hombres que acompañaban a la doctora Kafka se inclinó hacia Liz y tiró de ella para obligarla a moverse y sacarla de allí en previsión de lo que pudiera ocurrir; porque aunque ella había pensado que lo de destruir el edificio sólo había sido una perversa broma por parte de él, nunca se sabía. Temblando, ella obedeció.

Casi sin poder reaccionar, como en una especie de shock causado por el pánico, se dejó arrastrar por el hombre a lo largo de los pasillos que tan bien conocía hacia la salida, mientras sus oídos eran martirizados una y otra vez por las alarmas. Pudo ver a muchos médicos y también a enfermeros y celadores que corrían de un lado con cara de angustia y armados con extintores pero éstos ya normales, intentando llegar y sofocar los varios puntos de incendios que Mark había dejado tras de sí en su huida. Dada la naturaleza del edificio, estaban evacuando a los visitantes y a todo el personal que podían, pero los internos no debían, ni podían, ser desalojados de allí.

Prácticamente fue empujada a la salida, y enseguida el ululato de las alarmas de incendios se vio superpuesto al de la sirena del camión de bomberos, que llegaba en ese momento. La mezcla de aquellos dos penetrantes sonidos la dejó medio ensordecida por acumulación de estímulos acústicos.

Sudando, pero a la vez helada por la angustia, contempló junto con el resto de personas evacuadas cómo los bomberos se apeaban del camión, y empezaban a repartirse por el edificio para intentar evitar daños mayores y sofocar el fuego en los puntos de mayor riesgo de difusión.

Los policías que llegaron con los bomberos empezaron a preguntar a todos los presentes sobre las circunstancias del incendio. La doctora Kafka debía haberles contado lo que había pasado. También debía haberles hablado de ella, porque cuando la pillaron por banda, se pusieron a hacerle cientos de preguntas sobre Mark, sobre la relación que mantenía con él y sobre los motivos que podía tener para haber tenido ese ataque de ira destructiva; y no la soltaron hasta cerca de hora y media después. Y que ni se le ocurriera protestar, ya podía dar gracias de que no se la llevaran a comisaría.

Liz contestó a todas aquellas preguntas con toda la paciencia que pudo, aunque, sin saber muy bien por qué, se guardó para sí toda alusión a Harry. En lo que a ella respectaba, no sabía por qué Mark se había puesto tan agresivo de repente.

Después de lo que le pareció un rato interminable, aquellos policías se cansaron de hacerle preguntas y por fin la dejaron marchar. Para entonces, el incendio estaba extinguido en su mayor parte y apenas se podían ver algunas columnas de humo ascendiendo hacia el cielo, que ya empezaba a tomar los primeros tintes rojizos del atardecer. Aliviada, Liz dio unos pocos pasos hacia el aparcamiento para pasar a por su coche e irse por fin a casa cuando se detuvo, pálida.

Desde que todo aquello había acabado, primero con el shock y después con todas aquellas preguntas de esos policías que la habían entretenido tanto rato, no se había parado a pensar en lo que realmente había sucedido, ni en lo que eso implicaba. Ahora que podía hacerlo, se daba cuenta de lo grave de la situación, y aquella nueva realidad caía sobre ella, pesada como una losa.

Mark estaba libre; libre y enloquecido de odio. Y sabía lo de Harry.

El corazón se le heló de pánico. Su cobardía y su estúpida insistencia en no hablar habían provocado aquella terrible situación. Transtornado por los celos, Mark había amenazado con matar a Harry para quitarse de encima a quien consideraba un rival por su afecto, y en su estado actual era perfectamente capaz de hacerlo. ¡Harry estaba en peligro mortal por su culpa!

A punto de llorar por el terror y la culpa, se llevó por acto reflejo la mano al bolsillo del pantalón, donde habitualmente llevaba el móvil. Más que nunca, ya no tenía caso seguir guardando silencio. Tenía que avisar a Harry cuanto antes del peligro que lo amenazaba, contárselo todo, y si eso significaba que él la odiara y no quisiera volver a verla, lo aceptaría de buena gana. Después de todo, ella se lo había buscado y lo único que le importaba en ese momento era que él estuviera a salvo.

Pero no llevaba el móvil en el bolsillo. Su angustia aumentó cuando recordó que lo había dejado todo, bolso y móvil, en la entrada de Ravencroft, precisamente donde se había producido uno de los mayores focos del incendio, ya que Mark había salido por ahí. Maldijo mil veces entre dientes y rápidamente se dirigió a uno de los bomberos que estaba hablando con otras personas recién evacuadas.

– Perdone… – atrajo su atención – Los efectos personales de los visitantes, ¿no hay manera de recuperarlos?

– Oh… – respondió el bombero – Creo que hemos conseguido recuperar algunos, aunque no todos. Después de todo, lo que nos importa es proteger a la gente que hay dentro.

– Claro, claro… – asintió Liz rápidamente – ¿Podría decirme dónde…? – Antes de que terminara la pregunta, el bombero ya había señalado un rincón al lado de uno de los camiones, donde alguien había colocado una gran bolsa ignífuga de color rojo.

Liz se precipitó hacia la bolsa y la registró, dándose de codazos con otras personas que también querían encontrar sus cosas. Tras unos minutos de búsqueda intensiva y angustiosa, pudo dar con su bolso, pero no encontró ni rastro de su móvil. Era normal que no lo hubieran recogido, pensó con desaliento. Estaba fuera del bolso y seguramente los bomberos sólo se habían detenido a recoger los bultos más grandes. Lo más probable era que nunca recuperara ese móvil.

¿Qué podía hacer entonces? En su desesperación, abordó a la primera persona que vio hablando con un móvil, una rolliza mujer de unos cincuenta años con un traje pantalón de pana naranja y el pelo rizado y tan rojo como el de Mary Jane (aunque se veía a kilómetros que en el caso de la mujer aquel color se debía a un tinte no demasiado bueno), y le arrebató el móvil de la manos.

– ¡Eh, oiga, pero qué hace! – protestó la mujer, indignada – ¡Policía!

– Lo siento, señora, pero realmente necesito llamar ahora. Es una emergencia. – trató de calmarla con voz agotada, y se excusó con el interlocutor al otro lado de la línea – Perdone, volverá a llamar. – Colgó y rápidamente marcó el número del móvil particular de Harry. – Por favor, contesta… – suplicó al vacío del auricular.

Un tono, dos, tres, cuatro, y la llamada se cortó, tal vez la hubiera cortado él mismo; Liz sabía que Harry no solía contestar a llamadas de teléfonos cuyos números no conociera.

– Mierda… – murmuró contrariada, y volvió a llamar, mientras la mujer seguía observándola, aún molesta por la grosería de haberle quitado el teléfono mientras estaba manteniendo una conversación, y aún más molesta porque aquella chica tuviera el descaro de estar usando su teléfono durante tanto tiempo.

Esta vez el teléfono marcó un número indeterminado de tonos antes de que ella se diera por vencida y aceptara que él no iba a contestar. Tras unos segundos pensando en lo que debía hacer, decidió intentarlo de nuevo. Rápidamente apretó el botón que interrumpía la llamada y llamó al teléfono de su ático. Tal vez, si estaba allí… se sintió aliviadísima al oír el sonido típico que indicaba que alguien lo descolgaba.

– ¡¡Harry!! – exclamó, pero enseguida su alegría se deshinchó cuando oyó la voz de quien contestaba.

– ¿Señorita Liz?

– Oh, Bernard, es usted… – intentó contener su desaliento, e hizo un esfuerzo para no transmitirle su angustia. Bernard no debía saber nada de eso, estaba bastante mayor y no debía inquietarlo más de la cuenta – Estoy intentando localizar a Harry. ¿Está por ahí?

– No, señorita, lleva todo el día fuera. – Liz suspiró desmoralizada.

– ¿Tiene alguna idea de dónde se encuentra ahora mismo?

– Por lo que sé, debería estar en la oficina.

– Vale, intentaré llamarle allí. Pero de todas formas, en cuanto lo vea, por favor pídale que se ponga en contacto conmigo. – se lo pensó un poco y recordó que ya no tenía su móvil – Que me llame a casa, y si no estoy, que me deje en el contestador una forma de contacto, la que sea. Es urgente. – remarcó.

– Así lo haré, señorita. – prometió el mayordomo.

– Gracias. – se despidió ella rápidamente, y colgó. Enseguida se puso a marcar otro número, esta vez el particular del despacho de su novio. Por desgracia, los únicos números que conocía bien de memoria eran los del móvil de Harry y de su casa. El de la oficina no lo recordaba tan bien, sobre todo porque al tenerlo en la memoria de su propio móvil nunca había necesitado marcarlo, así que realizó varias llamadas a números equivocados o inexistentes. Volvió a maldecir entre dientes. Si seguía así tendría que volver a llamar a Bernard para que le diera el número correcto, aunque eso también le iba a hacer perder tiempo.

– ¡Pero oiga…! – exclamó de nuevo la dueña del móvil, enojada al verla haciendo tantas llamadas. Liz levantó la mano para acallarla y que no le interrumpiera.

– Por favor. Sólo una llamada más. – replicó sin hacerle demasiado caso, e inspiró hondo, concentrándose en recordar el número correcto. Al final lo consiguió y marcó a toda prisa, pendiente de la respuesta del teléfono. Por desgracia, ésta era inexistente. Al igual que en la primera llamada, el tono sonaba y sonaba sin acabar de ser descolgado.

Con otro gran suspiro y llena de cansancio, Liz tuvo que aceptar su derrota.

– Está bien. Gracias por todo. – Devolvió el teléfono móvil a su propietaria, quien aun entonces siguió mirándola con desaprobación; y comenzó a alejarse del grupo con paso lento producto del agotamiento psicológico, descorazonada, sin saber cómo avisar a Harry de lo que se le venía encima. Después, como en un flash, recordó que aún tenía las llaves del coche, ya que no había llegado a sacarlas de su bolso.

Revolvió en el bolso hasta encontrarlas, y corrió hasta el aparcamiento. A la tercera desesperada intentona, consiguió hacer arrancar el coche, y salió disparada hacia las oficinas de OsCorp. Normalmente solía tener cuidado con la velocidad, y más con un coche tan viejo como el suyo que era menos seguro y más proclive a los accidentes, pero en esa ocasión aceleró tan a fondo como se lo permitió el motor arrancando rugidos de protesta del coche. Ella ni se enteró. Iba rezando entre dientes sin casi darse cuenta de que lo hacía.

Nunca había tenido más miedo en su vida.


NA: ¿No os ha pasado alguna vez que, cuando más intentas localizar a una persona, no lo consigues? Ni el móvil ni nada… es frustrante.

Bueno, gracias de nuevo por seguir leyendo. Ya estoy trabajando en el próximo capítulo, así que pronto tendréis la actualización. La tensión aumentará y empezará a haber sorpresas. Creo que es a partir de ahora cuando el fic empieza a ser movidito otra vez, así que no os lo perdáis.



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