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¡Hola a todos! Por fin acabé esta historia...me ha dado unos quebraderos de cabeza increíbles. No quiero alargarme, ya que de por sí el fanfic es bastante largo, auqnue confío en que no se os haga insufrible. Algunas aclaraciones: el título lo he sacado de un disco de una cantante celta que me gusta mucho que se llama Loreena Mckenitt -ya entenderéis el por qué lo elegí.-. En cuanto a la tram, observaréis que hay varios saltos en el tiempo y, que pese a que casi todo me lo he inventado, entremezclo partes del manga y el anime según me convenía. Me he esforzado mucho para que quedara agradable de leer y para que, pese a la profundización que hay sobre L, no quedará OOC, así que espero no decepcionar... Una cosa más: este relato NO es yaoi; en ningún momento quise dar algún matiz homosexual a la relación de L con Watari y con Light Yagami. Si queréis leer algo mío yaoi en mi perfil encontraréis varios fanfics; porque vaya, me encanta el LightxL. Bueno, no sé que más añadir... sólo que ojalá que os guste. Agradecería mucho que me dejárais reviews ya que me he implicado mucho en esta historia y me interesa saber qué impresión ha causado. Va dedicado con muchísimo cariño a Harazyn y a Nersh, por animarme a seguir escribiendo y por esas "peazo" conversaciones sobre L y Light que nos pegamos en el messenger. Espero de todo corazón que no os defraude.
“The Mask and the Mirror”
“El hombre no tiene peor enemigo que él mismo; pero un amigo no es sino un segundo yo.”
Marco Tulio Cicerón
“Todos los hombres vienen a este mundo solos…y solos lo abandonan.”
Thomas de Quincey
La nieve caía pausada y quedamente formando un esponjoso manto inmaculado sobre el gris asfalto. En la lejanía se lograba escuchar el acompasado y sentencioso tañer de unas campanas otorgando a la escena un ambiente de solemnidad.
Frente a una imponente reja de labra rematada por cruces un hombre ya entrado en años, de vestir austero y aire de auténtico gentleman inglés junto a un niño envuelto en un gran abrigo y una larga bufanda guarda unos minutos de silencio ante el inmenso edificio de alzado sobrio que ante ellos se levanta.
La Wammy’s House; el orfanato fundado por Quillish Wammy, ese hombre que en aquellos instantes le decía “adiós”. El orfanato donde ese niño había pasado los primeros años de su vida.
Ensimismado en sus pensamientos, con la mirada perdida en los copos de nieve, sólo volvió a la realidad cuando sintió la presión de una diminuta manita apretar la suya propia, enguantada en negro. Éste le respondió cariñosamente con el mismo gesto y le miró a la cara.
Casi cubierta en su totalidad por una enorme bufanda color beige se asomaba una pálida carita con las mejillas arreboladas a causa del frío clima londinense. Uno no podía evitar fijarse en aquellos inmensos ojos oscuros como el carbón, llenos de la candidez y la inocencia infantil, pero también cargados de una inteligencia y una madurez impensables en un chico de tan corta edad. De repente una ligera brisa helada agitó sus despeinados cabellos negros y le provocó una leve tos.
Volvió a tironear de la mano del caballero, ésta vez con más insistencia.
-Watari, hace mucho frío.
-Tienes razón. Es hora de irse… L.
En la quietud nocturna un elegante Rolls Royce surca las calles perdiéndose a través de aquel mundo nevado que parece sacado de una novela de Dickens. El pequeño se acurruca en el mullido asiento trasero y se lleva el pulgar a la boca. En la distancia, el son de las campanas se desvanece poco a poco… y, delicadamente, como si de una canción de cuna se tratase, consigue sumirle en un plácido sueño…
17 de noviembre de 1987. Una increíble historia estaba a punto de comenzar.
Éste solía decirle que había cambiado mucho: en todo ese tiempo había alcanzado un nivel cultural impresionante. Tenía grandes conocimientos de todas las ramas de Ciencias y Letras, fruto de sus largas horas de estudio y lectura ociosa; dominaba a la perfección varios idiomas y; lo que era más importante, su capacidad deductiva crecía sin cesar. ¿Cuántos casos había resuelto ya? Más de tres mil quinientos…
Pero el detective negaba con la cabeza y declaraba que no, que no había cambiado en absoluto; tan sólo se había hecho más grande en lo que al físico se refiere. Y Watari no tenía más remedio que darle la razón en algunos aspectos, pues sí que era cierto que L podía llegar a actuar como un niño chico.
Cuando L se ofuscaba no había persona en este mundo capaz de hacerle cambiar de opinión, pero su resignación podía ser levemente disminuida gracias a las palabras de Watari al recordarle el enfado silencioso que se apoderó de él cuando le dejó con tres años en el orfanato.
“-…no quiero.
El hombre enchaquetado suspiró y se inclinó ante el pequeño.
-Elle, es por tu propio bien. Aquí te tratarán perfectamente, yo me haré cargo personalmente de ello. Tendrás una educación exquisita y te instruirás en todas las materias. Además podrás jugar con otros niños y…
-No quiero. –el chiquillo torció el gesto: la negrura de sus ojazos se tornó vidriosa y aguantó como pudo un puchero.
Watari colocó sus manos en sus hombros y le miró con toda la ternura que pudo.
-… y vendré a visitarte con frecuencia. Siempre que pueda. Sólo te pido cinco años aquí, Elle. En ese tiempo lo prepararé todo para que llegues a convertirte en el mejor detective de la Historia. Transcurridos esos cinco años vendré a recogerte y nunca más volveremos a separarnos.
L sacó la manita derecha del bolsillo y se limpió las lágrimas que acabaron por rodar por sus mejillas.
-Me… ¿me lo prometes?
-Te lo prometo. –juró el caballero, ofreciéndole un bombón de chocolate que guardaba en el pantalón. Como cabía esperar, aquel obsequio logró arrancarle una sonrisa golosa.
-Vale...voy a ser bueno y me voy a esforzar mucho para que estés orgulloso de mí.
Con el chocolate aún deshaciéndose en su boca, L vio a través de la alta verja de la Wammy’s House a Watari alejándose… de repente se detuvo y se volvió:
-¡Vendré muy pronto a visitarte, Elle!
El pequeño sonrió y agitó la manita por entre los barrotes….”
L se reía con ganas cada vez que oía esa historia. Porque le resultaba cómico que, hoy en día, a sus 24 años, aún Watari pudiera sobornarle con dulces.
-¿Ves como no he cambiado nada?- concluyó con picardía, llevándose a la boca la fresa que coronaba su ya devorado trozo de tarta.
Watari recogió el plato junto con la taza de café que había acompañado a la peculiar cena del detective.
-Tú ganas. Y ahora, intenta dormir un poco. Mañana te espera un duro día de trabajo. El caso Kira exige tu genialidad al cien por cien y ya hace varias horas que se ha hecho de noche.
La noche…
L aborrecía con toda su alma a la noche, porque implicaba la hora de dormir. El oscuro manto de Nix cubría la bóveda celeste, arrebatándole el color de la vida a seres y a cosas, reduciendo la existencia a un triste panorama que se paseaba por la gama del color negro: un paisaje de naturalezas muertas. L sentía verdadero terror por la noche y evitaba en la medida de lo posible el dormir. Al acostarse, el detective se encontraba con su faceta más desconocida. En la soledad íntima de su cama, los espectros del subconsciente de L despertaban de su letargo diurno y le torturaban en múltiples y variopintas pesadillas. Pero L no soñaba con monstruos y quimeras. L no soñaba con lo que a las personas corrientes les produce temor. No… L soñaba consigo mismo.
Se revolvió entre las sábanas.
…Pese a no poder vislumbrar sus facciones con total claridad debido al ocultamiento de sus ojos por un largo flequillo negro L se reconoció a sí mismo sin dificultad.
Rodeado de aquella Nada insondable, asfixiante en su incorporeidad y blancura hiriente, donde el silencio más absoluto sólo era roto por el acelerado latido de su corazón; L no pronunciaba palabra alguna.
Contemplaba a su alter ego con curiosidad pese a no mover perceptiblemente ni un solo músculo: el lugar ofrecía un aura cristalina y tremendamente frágil la cual provocaba el temor a ser reducida a mil pedazos con el más mínimo aspaviento o sonido.
Por ello, aguardó.
-¿Con quién hablo?
El pálido joven dio un pequeño vuelco, sorprendido de veras al escuchar la voz de su oponente. Sorprendido por la autoridad que emanaba aquel tono, hasta casi parecer que todo el ambiente se había sumido aún más si cabe en el mutismo, intimidado ante tal determinación. Sorprendido al descubrir en aquella voz su propio timbre.
No respondió. Sentía la ausencia del aire en ese mundo paralelo, ahogándolo en aquella espiral de silencio inmaculado tan doliente.
El otro L mostró una extraña sonrisa que le heló la sangre en las venas al muchacho.
-¿Hablo con L?
Una brisa fría como un témpano le rodeó, susurrándole atropelladamente palabras robadas directamente de su propia caja de recuerdos.
“…Yo soy L…”
El blanco cegador se rasgó con un desagradable y ensordecedor sonido que le hirió los tímpanos; pero ese punzante dolor fue olvidado con prontitud al observar estupefacto cómo se desplegaba ante él una auténtica galería de imágenes en movimiento.
Y se vio a él mismo como L, investigando solitariamente y sin descanso infinidad de casos, rememorando al instante cada uno de ellos.
-¿Hablo con Erald Coil?; ¿…o quizás con Danuve?
“…No se preocupe: los llamados “tres grandes detectives del mundo”, L, Coil y Danuve son yo mismo. No se lo diga a nadie, por favor….”
Nuevamente, cientos de imágenes bombardearon cada rincón mostrándole sus tres identidades como detective.
Mas la insistente voz del otro L seguía increpándole con acritud.
-¿Hablo con Ryuuzaki?
“…A partir de ahora referiros a mí como Ryuuzaki, como medida de prudencia…”
Fotogramas de él mismo trabajando junto a los miembros de la investigación del caso Kira se entremezclaron sin orden ni criterio con las anteriores.
-¿…hablo con Ryuuga Hideki?
La sonrisa malévola sesgaba la finura de sus labios cada vez más, regocijándose sin tapujos ante la situación.
“Representante de los nuevos estudiantes: Ryuuga Hideki”
L recordaba su faceta como universitario, su lado más acorde con los 25 años con los que contaba.
El sonido se hizo enloquecedor y Lawliet no podía ya asimilar tanta información que le golpeaba hasta hacerle sangrar el alma, llenándole la mente de heridas abiertas; heridas que él había puesto todo el empeño a lo largo de su vida en mantener cerradas. Ahora los grilletes que mantenían en un intranquilo sueño a su “yo” más íntimo se deshacían por momentos y L casi podía sentir los eslabones desintegrándose como delicada arena por entre sus dedos.
Se llevó las manos a la cabeza protegiéndose los oídos y cerrando los ojos con fuerza, buscando desesperadamente aislarse de aquella pesadilla. Aislarse de sí mismo.
Intuyó que aquello no cesaría hasta que él osara contestar a la pregunta formulada.
Y, alzándose por encima de tal hipnotizante tormento, su voz gritó con rabia:
-¡Yo soy Elle Lawliet!
La irónica mueca se esfumó y fue sustituida por un rictus de preocupación contenida.
-Entonces, no tengo nada que mostrarte.
Ni una sola imagen. Ni un solo sonido.
La etérea figura se difuminó y se perdió en un tenue murmullo en el que L logró atisbar una risa melancólica.
Y la oscuridad y el silencio le envolvieron sin remedio en un letal abrazo relegándole a la más absoluta y espantosa soledad…
Un grito ahogado rompió con violencia la calma nocturna y L se encontró incorporado sobre la cama con la camiseta empapada en un sudor frío, tratando de que su respiración y el latido de su corazón volvieran a su ritmo normal. Se apartó los húmedos mechones del flequillo azabache y, dando un gran suspiro, intentó reorganizar su mente para así pensar con lucidez y objetividad.
Repentinamente, sintió una presencia a su lado y al instante comprendió que se trataba de Watari. El anciano le tendía con amabilidad un vaso de lo que parecía leche caliente. L lo tomó, sopló ligeramente y bebió un sorbo: estaba muy cargado de azúcar, como a él le gustaba. Le agradeció interiormente que hubiera salido de él mismo el ponerle tantos terrones; normalmente L tenía que pedirle el azucarero para echarse tres cucharadas más como mínimo.
-¿Te encuentras mejor?
L calló. Inexplicablemente sentía vergüenza por aquella situación. Watari demostraba tenerle en gran estima; el detective podía sentir con cada gesto y palabra suya la admiración que le profesaba y eso era lo que, en su fuero interno, más le hacía feliz, más que cualquier halago de importantes organismos internacionales por un caso maravillosamente resuelto. Por ello, el que su fiel mayordomo le hubiera descubierto en aquel momento de debilidad le causaba bastante apuro. Era como echar por tierra la imagen del gran detective L, el metódico, calculador, eficiente y brillante L. Con esas muestras de flaqueza el joven sentía que decepcionaba al único ser del planeta que le conocía realmente. O eso creía. Pues con ese amor propio que le hacia ser frío y escueto al hablar, no hacía sino colocar un muro de secretos entre Elle Lawliet y Watari. Cuando estaba a solas con él sentía que se debatía entre todas sus personalidades, sin decantarse por ninguna en particular; eso le inquietaba, pues no se sentía identificado en absoluto con ese chico de mil pseudónimos que charlaba, sinceramente en apariencia, con el anciano.
Lo que L desconocía era que durante años, durante muchas noches, Watari había estado junto a él en aquellos dolorosos momentos. L se retorcía en sueños, preso de sus turbaciones más oscuras, gemía e intentaba aferrarse a algo abstracto, algo que él nunca había tenido y no acertaba a averiguar qué era. Watari, prudente, no deseaba despertarle con brusquedad, por eso optaba por sentarse en la orilla de la cama y ofrecerle su mano. L, inconscientemente, la agarraba con fuerza e incluso con cierto alivio, acercándola a su rostro. Y Watari esperaba en silencio a que el pálido chico se apaciguara, sintiendo su interior vibrar de emoción cuando, en contadas ocasiones, notaba la calidez de unas lágrimas mojar su palma.
Esas pesadillas eran frecuentes en su niñez, y conforme se hacia mayor disminuían en el tiempo pero a la vez eran cada vez más angustiantes; parecía que el miedo aguardaba tras una puerta de su subconsciente para salir arrasando con todo a sus paso en el momento menos adecuado.
Watari nunca le comentó nada de aquellos sucesos, ya que L amanecía despejado y sin aparentar recordar lo ocurrido. Mirando a aquel joven, veinteañero ya pese aparentar menos edad, con sus numerosas extravagancias y rarezas, el anciano comprendía el recelo que le causaba a todo el mundo su forma de pensar y actuar, y hasta su sola presencia.
Y es que L era asombrosamente extraño.
Desde su más tierna infancia había sido peculiar; cada ápice de su ser sugería la genialidad latente bajo aquel cuerpecillo. Sus enormes ojos negros denotaban una inteligencia y una madurez impropias de un niño. Con esos ojos L era capaz de establecer un perfil psicológico de cualquier persona con altos índices de probabilidad de ser completamente correcto. Los humanos le parecían predecibles como animales, con patrones de conducta repetitivos y simples en su mayoría; por consiguiente, aburridos. En calidad de excelente fisonomista L se regocijaba en el caso Kira, el mayor reto al que se había enfrentado nunca: por fin alguien inusual, por fin un ser humano fuera de lo común. Y esa persona era, sin duda, Yagami Light.
No obstante, la seguridad que rebosaba acerca de esa conclusión contrastaba con su visión de sí mismo. A solas frente al espejo, L se quedaba sin palabras ante aquel chico de aire ingenuo que le devolvía la mirada desconcertado. Contra más se observaba más perdido se sentía y menos conciencia tenía de su propio ser. Esa era la razón por la que recurría a su manía de sentarse siempre con los pies apoyados en el asiento y abrazado a sus rodillas: era una manera de cerrarse en sí mismo, no fuera a ser que lo poquito que había de Elle Lawliet se escapara y no volviera. La misma excusa tenía el estar continuamente mordiéndose el pulgar: gesto por demás infantil e irritante pero que al joven le tranquilizaba. Todo lo que implicara tocarse le hacía saber que él estaba allí, que era real.
Pero, bajo aquellos vaqueros gastados y aquella camiseta blanca, bajo aquella piel pálida y aquellos despeinados cabellos negros, bajo aquellos ojos…. ¿quién existía en realidad?
-No es nada. No te preocupes, Watari… quizás no debí tomarme anoche toda esa tarta.- musitó en voz baja finalmente, con una media sonrisa que no consiguió borrar la intranquilidad de su rostro.
L y los dulces… Watari sabía que en cuanto a costumbres alimenticias L era una batalla perdida. Ya tenía más que comprobado que su estómago no admitía nada que no contuviera azúcar; lo insólito era que siguiera con vida basándose únicamente en una dieta de pasteles, tarta, chocolate, caramelos, helados y demás chucherías. En cuanto a bebidas, té y café exclusivamente. El joven devoraba sin cesar tales alimentos sin engordar ni un solo gramo; de hecho, se encontraba un poco por debajo de su índice de masa corporal adecuado. Ciertamente parecía que toda la glucosa la quemaba haciendo funcionar la materia gris y, tratándose de L, la compleja e incansable máquina que era su cerebro necesitaba cantidades ingentes de combustible. A Watari le exasperaba eso: intentaba por todos los medios que tomara comida sana, como cuando intentó que se comiera un plato de melón con jamón. El joven, sin hacer ningún comentario al respecto, retiró con el tenedor las lonchas y se tragó de un bocado los pedazos de melón. En fin, al menos había conseguido que probara algo de fruta… Watari recordaba como si fuera ayer las quejas de un desesperado Roger acerca de esa actitud del niño cada vez que aquel visitaba el orfanato. No quería comer otra cosa que no fueran dulces y se negaba a dar una explicación plausible ante tal capricho: se quedó tan delgado que no tuvieron más remedio que ceder a su deseo.
Lo cierto es que el anciano no conoció al chiquillo taciturno y callado que deambulaba por los pasillos como un melancólico fantasma, sin apenas relacionarse; un extraño niño que intimidaba a los demás con su mirada escrutadora, su hablar adulto y sus hábitos sin sentido. Watari sólo conoció al pequeño que corría, tropezándose incluso, para abalanzarse en sus brazos en cuanto era informado de su llegada al orfanato. Con la inocencia propia de los infantes le preguntaba si le había traído caramelos, aunque conocía de sobra la respuesta. Watari entonces sacaba de ambos bolsillos del abrigo sendas bolsas repletas de golosinas de todos los sabores que provocaban que los ojos del chiquillo brillaran de felicidad. Así, pasaban las tardes hablando y comiendo dulces. Eran esos días en que Watari le visitaba lo primero y único que venía a la mente de L cuando se pedía a sí mismo un recuerdo entrañable y realmente dichoso.
El mayordomo era cada vez más consciente de la tortura de L; cada vez sentía más en su propia piel el dolor que le destruía lenta y macabramente por dentro. No tardó en deducir de dónde partían las raíces de éste, pero; por alguna razón que ni él mismo era capaz de identificar, prefirió guardar silencio al respecto y hacer de tripas corazón hasta considerar que el joven tuviera la edad adecuada para afrontarlo.
El error de Watari recaía en que, tratándose de L, desde el primer instante el niño lo hubiera comprendido y habría actuado en consecuencia, debido a su inteligencia. No obstante, haciéndole justicia, Watari optó por aguardar a que la madurez emocional del chico se desarrollara plenamente: pese a sus 25 años, L aún actuaba y pensaba en ocasiones como un chiquillo.
Tal vez ya era hora de mostrárselo.
El joven de cabellos negros se acabó de beber la leche de un solo trago y se relamió. Siempre se le subían los ánimos tras tomar algo dulce: su fina sonrisa de agradecimiento fue suficiente para que Watari se decantara finalmente por uno de los caminos en los que se bifurcaba su mente en aquellos instantes.
-Elle, mañana te mostraré algo importante para ti. Podrás verlo si quieres, es tu decisión.
L le observó primeramente con una ceja enarcada, pero luego su gesto volvió a su habitual neutralidad. Porque sabía perfectamente a qué se estaba refiriendo. Porque él también sabía que algún día ese momento tenía que llegar. Lo que ninguno de los dos alcanzaba a comprender era por qué habían huido de él hasta entonces…
El día amaneció sin nubes, bañado por una tibia luz difusa que dibujaba en el cielo hermosas pinceladas rosáceas y ocres como si de una acuarela impresionista se tratase. Era uno de esos días en los que L dedicaba unos escasos minutos a la simple contemplación del alba, inmerso en su propio cielo de pensamientos, tratando de transmitir ,aunque sólo fuera un poco, ese aura de indolente quietud a sus nubes, cargadas de una lluvia que nunca se decidía a derramarse.
Antes de que el jefe Soichiro Yagami y los demás miembros del equipo de investigación llegaran al hotel donde se alojaban esa semana, Watari le pidió a L que le acompañara a su habitación. El muchacho obedeció, movido por la curiosidad… ¿Qué querría enseñarle? Sus dudas se disiparon de un plumazo cuando vio al anciano abrir el armario y sacar de la caja fuerte un precioso cofrecito damasquinado que sin duda sería una importante herencia familiar. L intuía… intuía lo que se avecinaba.
-Aquí guardo detalles de mi vida que son muy valiosos para mí… hasta ahora había guardado también un recuerdo que no me pertenece, pero ha llegado el momento de que vuelva a su legítimo dueño.
L no desconocía en absoluto la existencia de aquella cajita labrada. De hecho, la conocía demasiado. Había acompañado a Watari hasta donde el joven alcanzaba a recordar: desde que comenzaron a vivir juntos el mayordomo la había llevado consigo y en cada uno de los numerosos viajes por el mundo que realizaban la guardaba con recelo en la habitación del hotel de turno.
Como era de esperar, L se percataba siempre de esa actitud y sabía perfectamente dónde la escondía en cada ocasión. Las cajas fuertes no suponían un impedimento demasiado grande para él: era muy habilidoso con las manos y con un poco de maña, tras varios intentos, un día consiguió abrirla.
Miró fijamente el cofrecito, con una sonrisa divertida en los labios… y, finalmente, volvió a cerrar la caja fuerte. Tenía una leve sospecha de lo que podría encontrarse en su interior, y era mucho más cómodo para él el no tener que hacer frente a ello.
Watari introdujo una llavecita de plata en la cerradura y sacó un objeto. Por encima del hombro de éste L pudo vislumbrar fotografías antiguas en sepia y en blanco y negro, cartas y varios objetos pequeños entre los cuales sólo pudo distinguir una cadena dorada con un camafeo en el cual la efigie de una mujer aparecía tallada.
Conteniendo el aliento, tomó lo que le ofrecía Watari.
Era una fotografía a color, pero tremendamente gastada. En ella estaban retratados de cuerpo entero un hombre y una mujer de mediana edad.
Al segundo, L supo que éstos no eran sino sus padres.
El hombre era alto y muy delgado, con el pelo castaño oscuro bastante alborotado. Su aspecto era serio e inteligente, de mirada segura y calculadora. A su lado, la mujer sonreía abiertamente agarrada al brazo de su marido: su melena era larga y negra, tan negra como sus grandes y bellos ojos.
Por supuesto L se había tomado su tiempo hacía ya mucho años en recopilar información sobre sus padres. Rebuscando en la hemeroteca y en Internet se topó rápidamente con algunos datos sobre ellos.
Él era un científico de cierto prestigio en el mundo de la Microbiología y ella era traductora de inglés, francés, alemán, ruso, italiano y español. No cabía duda de dónde había sacado esa facilidad de aprendizaje tanto en materia de Ciencias como de Letras. Ambos fallecieron en un accidente en 1981: L contaba con apenas dos años.
Sin embargo… no quiso averiguar más. Se sentía como investigando a unos extraños, como si de un caso más sin resolver se tratara; no veía en aquellas personas a sus padres, pues no guardaba ningún recuerdo de ellos, por mucho que se estrujara el cerebro buscándolo.
Temblor. Lágrimas. El corazón desbordado.
Nada de esto sucedió.
L se sintió mal consigo mismo; estaba viendo por vez primera una imagen de sus padres y su alma no había vibrado nada más que por la intriga. Cualquier huérfano con un mínimo de sensibilidad se habría emocionado de veras ante algo así.
Pronto averiguó el porqué.
-Watari…te lo agradezco mucho. Como imaginarás yo ya busqué información sobre mis padres hace mucho.
El anciano asintió.
-Pude abrir muchos archivos de fotografías…y sin embargo no lo hice. ¿Por qué sería? Supongo que era una manera inmadura de huir de esa realidad… el poder de la imagen es increíble y quizás temía esta situación: encontrarme con unos individuos que no me inspiran instinto paternal. – L volvió a mirar la fotografía con una expresión que Watari nunca había visto en él – me parezco mucho a ellos¿verdad?
El mayordomo volvió a asentir.
-Watari… hay algo que sí me gustaría saber.
-Lo que quieras.
-¿Cómo os conocisteis mi padre y tú?
-Por aquel entonces yo me ganaba la vida realizando numerosos inventos, desde simples juguetes a complejas maquinarias para diversos estudios. Tu padre resultó ser un aficionado a los pequeños mecanismos: relojes, cajas de música, juguetes…contra más diminuto fuera más le fascinaba y más anhelaba comprender su funcionamiento. Me recomendaron a él para enseñarle esos entresijos de la mecánica y con el tiempo nos hicimos buenos amigos. Era un hombre francamente inteligente y asimilaba todo con pasmosa rapidez… aunque me exasperaba su manera de coger todo únicamente con el pulgar y el índice…
L y Watari intercambiaron una mirada cómplice. Después el ademán de L se tornó grave.
-¿Cómo acabé en tus manos, Watari?
- Antes del accidente sólo te había visto una vez: un día tu padre llegó al taller donde trabajábamos acompañado de tu madre portando un bebé de unos dos años en brazos. Para que te entretuvieras mientras nosotros charlábamos te dimos un simple juguete que consistía en separar dos partes aparentemente unidas irreversiblemente. Imagina nuestra sorpresa cuando, al despedirse, tu madre me entregó estupefacta los dos fragmentos separados.
Entonces ocurrió… un fugitivo de la cárcel se estrelló con su coche contra la acera por la que tus padres solían volver cuando él la recogía a ella de la Universidad en la que daba clases. Tu madre murió en el acto… tu padre llegó con vida al hospital pero tenía heridas internas bastante graves. Me hizo llamar.
Cuando llegué, antes de que pudiera pronunciar palabra alguna me tomó del brazo con las pocas fuerzas que le quedaban y me dijo con firmeza: “Quillish, cuida de Elle. Ese niño va a ser un genio. Sólo tú puedes educarle para ello. Quillish: haz que Elle entre en la Historia. Haz que todo el mundo sepa de su genialidad. Te lo pido…”
No vacilé un instante: “Lo haré”. Adam Lawliet musitó un “muchas gracias” con una triste sonrisa sesgando sus labios; después se recostó en la camilla y expiró.
L, de espaldas a Watari, miraba por la ventana con las manos metidas en los vaqueros sin pronunciar palabra. Pero Watari sabía que le estaba escuchando perfectamente.
-… cuidé personalmente de ti hasta que cumpliste los tres años. Con todo el dinero que conseguí como inventor fundé la Wammy’s House para refugio de los niños desamparados. Allí pasaste cinco años mientras yo lo preparaba todo para que llegaras a cumplir el último deseo de tu padre. El resto ya lo sabes.
L se mordió el pulgar y se volvió para observar a Watari.
-¿He hecho mal en contarte todo ésto?
-En absoluto Watari. No puedes saber cuánto me has ayudado. Ahora tengo claros mis orígenes y quién es mi familia. –le aclaró el joven. Seguidamente volvió a mirar melancólicamente por la ventana: los rayos dorados del sol comenzaban a secar las perlas de rocío posadas en el alféizar.
-Voy a ir preparándolo todo para cuando lleguen los demás…
El anciano se dirigió hacia la puerta; cuando la abrió y se disponía a salir, notó la cabeza de L apoyada en su espalda.
-Watari…gracias. Nunca podré agradecerte como te mereces todo lo que has hecho por mí. Si no he sentido nada especial al ver la fotografía de Adam y Elizabeth Lawliet es porque… a quien yo considero mi padre es a tí. Yo soy lo que soy gracias a tí: mi padre se sentirá muy orgulloso de que hayas cumplido tan fielmente tu promesa. Gracias, Watari.
El mayordomo sintió unas lágrimas humedecer sus ojos. Hasta ahora se había preguntado si había hecho o no lo correcto relegando a ese chico a un modo de vida preestablecido.
-Seguro que a partir de ahora tendré menos pesadillas. – Susurró L con tono divertido, para amenizar un poco el ambiente.- ¡Y cuando vuelvas tráeme otro pastel de fresas como el de ayer!
-Eres incorregible…- declaró finalmente un sonriente Watari.
Las pesadillas de L decrecieron, efectivamente, al aclarar en su mente esa inquietud acerca de su identidad… pero la paz no duró mucho: pronto los problemas de L comenzaron a multiplicarse conforme se implicaba más en el caso Kira: temía por su vida, algo que nunca le había pasado. Pero sentía que era su deber el seguir adelante con la investigación y llevar a cabo todos los métodos, se salieran o no de la ortodoxia, para llevar a ese asesino de masas a la horca.
Y ahora resultaba que, por vez primera, su teoría sobre Light Yagami se tambaleaba.
No había tenido más remedio que quitarle las esposas con las que durante meses habían estado encadenados con el fin de que el detective controlara las veinticuatro horas del día todas y cada una de sus acciones.
Mientras el padre del joven castaño, Matsuda, Mogi y Aizawa celebraban que, al fin, el obstinado detective hubiera desistido en su impertérrita sospecha sobre Light, el pálido chico salió de la sala de ordenadores sin que nadie notara su ausencia.
Se dirigió con lentitud hacia su habitación. Caminaba arrastrando los pies, guiándose por instinto a lo largo de los interminables pasillos, pues su mente vagaba por otros lugares; lejos, muy lejos de esas frías paredes. Su presencia sólo era constatada por el tenue tintinear de las esposas al chocar con su pierna en aquel apesadumbrado caminar. En medio del silencio, aquel ruido era un insistente y hasta insultante recuerdo de lo sucedido. Una vez en su dormitorio se dirigió directamente al cuarto de baño y abrió el grifo: L sintió el agua helada correr por entre sus manos, provocando que el finísimo vello que cubría su antebrazo se erizara; tomó agua y se la echó al rostro: el escalofrío cruzó esta vez toda su columna vertebral, pero se sintió más despejado.
Se apartó los negros mechones del húmedo flequillo, y levantó la cabeza para encontrarse con su reflejo.
Su palidez se había tornado algo cenicienta, dándole un aire macilento nada agradable. Su expresión era aparentemente neutra, sin emoción, mas sus ojos reflejaban, contra su voluntad, una tristeza indescriptible. Su reflejo le devolvía la mirada con aquellos ojos opacos, enmarcados en unas ojeras más severas que de costumbre.
Los ojos de L… podrían haber sido hermosos. Eran grandes y de un negro intensísimo, pero un negro mate, sin vida, pura oscuridad en consonancia con su psique. ¿Dónde quedó el brillo? Cuando era niño los ojos de L resplandecían con un destello alegre y curioso, sin restar inteligencia y madurez a su mirada; desgraciadamente ese resplandor se fue apagando conforme el pequeño cumplía años; oscuras nubes cubrían hasta sumir en la inexpresiva negrura ese sol, símbolo de la candidez infantil. L se preguntaba de dónde provendrían esas nubes… Y así, L consiguió velar su alma y su mente con una máscara que le hacía ingenuo y casi estúpido a los ojos ajenos. Nadie sabía qué pasaba realmente por su cabeza y eso era precisamente lo que él anhelaba: un muro que hiciera de él un ser insondable. La seguridad que esto le reportaba le complacía, pero el precio a pagar era vivir el resto de su vida acompañado del espectro de la soledad.
Unió las puntas de los dedos índice y pulgar en torno a sus lacrimales, frunciendo el entrecejo.
Y cuando volvió a abrir los ojos se encontró cara a cara con el L de mirada velada. El L que le atosigaba en sus pesadillas.
“Qué patético…”
Silencio sepulcral como toda respuesta.
“Fíjate, el gran L derrotado… tu historia no se sostenía por más tiempo¿verdad?”
L clavó sus pupilas en el espejo con firmeza.
-¿Qué historia?
“Como si no lo supieras… Desde un principio te encaprichaste de Light Yagami y quisiste confabular todo para que él se rebelara como Kira; todos tus movimientos se dirigían a ese fin. Tú no pensabas verdaderamente que Light fuera Kira…querías que él fuera Kira.”
- Falso, mis deducciones están fundamentadas y las llevé por un discurso lógico.
“Querías que Light fuera Kira para mantener tu orgulloso ego intacto.”
-Mentira. Sé que él es el asesino.
“¿Dónde está esa convicción en tu tono, L? Ya has visto lo ocurrido: tu teoría ya no es aplicable a Light Yagami y a Misa Amane. Te equivocaste.”
El detective rodeó con fuerza las cadenas.
-Cállate.
“Te equivocaste.”
El fantasma de L alzó para su sorpresa el rostro: sus facciones ya no se hallaban ocultas bajo el flequillo. El joven vio sus enormes ojos cargados de maldad; vio su maquiavélica sonrisa regocijada en aquella tortura psicológica.
“… y si el gran L se ha equivocado… ¿quién queda¿quién eres cuando has dejado de saber hacer lo único para lo que vales¿quién eres cuando lo único que da sentido a tu existencia se vuelve contra ti?
-Cállate.
“Asume la derrota, L. Asume el final.”
-¡Cállate!
Arrojó con violencia los grilletes contra el espejo, estallando éste en mil añicos con un espantoso estruendo. L tuvo tiempo de ver la sonrisa arrogante de su oponente antes de quebrarse el cristal.
Su respiración agitada tardó en normalizarse y su jadeo entrecortado sólo se vio incrementado cuando sin querer pisó los fragmentos de vidrio que habían quedado diseminados por el suelo. Los cortes no fueron profundos, si bien la zona es extremadamente sensible y por ello la sangre fluyó con abundancia al rasgarse la fina piel albina. L se inclinó y retiró con cuidado los trozos provocando que también sus manos quedaran manchadas del líquido carmín.
“Duele…”
Dirigió sus pasos de nuevo por la inmensidad del edificio, sintiendo el escozor de las heridas quemándole, dejando en su parsimonioso deambular un casi invisible hilo de sangre, contrastado con el blanco metalizado que inundaba el inmueble; indicando el lugar al que se dirigía el detective: la sala de trabajo de Watari.
Con un mecánico seseo las compuertas se abrieron y el joven pudo observar al mayordomo enfrascado en los numerosos ordenadores que poblaban el interior de la estancia, únicamente iluminada por el resplandor artificial de los monitores. El anciano se volvió.
-¿Qué sucede, Ryuuzaki?
El interrogado permaneció cabizbajo; entonces Watari reparó en la sangre de sus pies. L alzó la mirada y le mostró las manos ensangrentadas. La estampa que se ofrecía con el joven en tal estado era extremadamente extraña y de un cierto trascendentalismo inquietante.
-¿Qué te ha pasado?
-He roto el espejo del lavabo al arrojarle las esposas y he pisado los trozos.
Watari le miró con gesto preocupado: las reacciones violentas no eran comunes en L; por lo general podía alardear de un control mental admirable: nada le alteraba, para bien o para mal. Por ello el mayordomo intuyó que su mente debía estar rozando el límite. Se levantó y buscó un botiquín para sanarle los cortes; los limpió y seguidamente les aplicó un cicatrizante para luego proceder a vendarlas con una suave gasa.
-… gracias, Watari. Siento las molestias que te estoy causando por mi niñería.
- No es necesario que te disculpes. Si tan sólo no tuvieras la costumbre de andar descalzo… Con la edad que tienes y aún tienes que llegar a hacerte daño para escarmentar de algunas cosas….
L le detuvo en mitad de la frase y le agarró del brazo con un atisbo de ansiedad.
-Watari… estoy…estoy inquieto.
El anciano dio un fuerte suspiro y se dirigió a la mesa, de la cual tomó una tetera con café con la que llenó una taza que ofreció al joven y volvió a sentarse L por su parte se colocó a sus pies, a un lado, con las piernas encogidas y comenzó a echar terrones de azúcar en la bebida.
-No sé que me pasa. No entiendo nada de lo que está pasando aquí… o lo que es peor, siento que estoy rozando la Verdad con la punta de los dedos pero que todo está configurado para que yo no pueda hacerme con ella. Están pasando demasiadas cosas en estos últimos meses, mi cabeza lleva recopilando y enlazando información y estoy convencido de que mi teoría acerca de la identidad de Kira es correcta. Sin embargo, los acontecimientos recientes han tambaleado un poco mis creencias, si bien no he cambiado de idea. Pero… ya nadie del equipo parece confiar en mí. Y ese shinigami…ese Rem…pensé que una vez resuelto el misterio sobre el modus operandi del asesino el caso quedaría prácticamente resuelto… pero ahora que poseemos ese cuaderno de matar, e incluso conocemos al dios de la Muerte iniciador de todo esto no hago sino tener más y más dudas… el shinigami se niega a contestarme a las cuestiones claves, las cuestiones que me llevarían directo a Kira. Directo a Yagami Light….directo a Amane Misa…- L se llevó un dedo a los labios en actitud meditabunda.
Watari le escuchaba en silencio.
Entonces L le miró a los ojos.
-Nunca te lo he preguntado, Watari….tu opinión acerca de mi sospecha. Dime¿Crees que Light-kun y Misa-san son Kira y el segundo Kira respectivamente¿crees que es correcto mi razonamiento?
Watari le contestó con una sonrisa comprensiva.
-Tú me has mantenido siempre al corriente de tu cadena de pensamientos y me ha parecido lógica y fundamentada. Gracias a tu inteligencia has llegado hasta aquí; demostrando hipótesis descabelladas sobre el caso Kira que nadie creyó en su día. Está haciendo un gran trabajo, L.
El joven agradeció sus palabras con una media sonrisa, que al segundo volvió a mudarse por un ademán turbado.
- Me frustra esta situación…el que no dependa de mí el avanzar… se ha levantado una barrera ante mí y no sé como sortearla… nunca me había sentido así. Esto se me está yendo de las manos…. Dos cuadernos, el momento en el que se conocieron Amane y Light, la muerte de Higuchi, las reglas del Death Note que se contradicen con mi teoría, la actitud de ese shinigami… demasiados factores a tener en cuenta. Me considero capaz de llegar al quid de la cuestión, pero….
-¿Pero?
-Tengo un mal presentimiento. –La mirada del chico se perdía en el ondular del humeante café. No quería mencionarle al alter ego que le torturaba y le decía a la cara sus peores temores. – últimamente…ando melancólico; recuerdo con frecuencia mi infancia, con detalles nimios como el olor de los pasteles en la merienda y de las sábanas de mi cama, el sonido de los niños riendo, jugando, llorando, corriendo… el tacto de las frías rejas que cerraban el orfanato…y sobre todo…las campanas. El tañer de las campanas de la iglesia cercana. ¿Lo recuerdas?
…vibrantes, intensas, penetrantes… el son de aquellas campanas acompañó a la infancia de L con su delicado y cristalino tañer al llamar a los fieles a la oración y al festejar los enlaces; y con su profundo y solemne repicar de réquiem de muertos… L tenía grabado ese sonido con total nitidez en su desván de recuerdos.
-Sí; aún me parece escucharlas…
L se aferró a la pernera del pantalón de Watari.
-Yo las escucho. Cada día suenan más fuertes… a veces lo inundan todo y pienso que me van a dejar sordo…No acabo de comprenderlo. Esta intranquilidad, este presentimiento… Siento que se está conspirando contra mí y que no voy a poder hacer nada para evitar…el fin.
Se hizo el silencio. Repentinamente L cambió el tono y miró con fijeza a Watari.
-Watari… no tiene por qué quedarte aquí. Vete, por favor.
-Elle… lo que dices no tiene ningún sentido. Sabes bien que nuestros destinos está unidos: si Kira consigue averiguar tu nombre es prácticamente seguro que ese mismo método pueda aplicarlo conmigo. No creo que, en esa situación, estar en un lugar u otro suponga una ventaja.
El joven se mordió con fuerza el pulgar. Sus palabras eran ciertas, por mucho que le pesaran.
-Además…prometí que siempre estaría a tu lado, Elle Lawliet. Y hasta el final, no pienso romper ese juramento.
-Gracias, Watari…me tranquiliza saber que, pase lo que pase, estaremos juntos para afrontarlo.
L se levantó y salió de la habitación; en el umbral se paró y le habló a Watari con el tono más seguro que fue capaz de adoptar.
-Y no me hagas mucho caso. Es sólo que hoy ando algo melodramático.
No quería que se preocupara.
En ese instante se percató de que había comenzado a llover a cántaros. Adoraba la lluvia, por ello decidió subir a la azotea para disfrutar a sus anchas de ella y tener unos minutos de soledad introspectiva.
Para su sorpresa, Light Yagami le encontró allí.
“¿No escuchas las campanas, Yagami-kun?”
Bajo aquel torrencial de lluvia la desgarbada silueta de L era apenas atisbada, tal cortina de agua estaba empapando su cuerpo. Se le veía tan frágil, tan abatido… todo su ser evocaba una tristeza que fue capaz de, si no conmover, por lo menos impactar sobremanera en Light. Hablaba de un modo extrañamente trascendental y el joven de cabellos color miel no alcanzaba a comprender el significado oculto de sus palabras dada la ambigüedad con la que se expresaba L. No obstante, esa aparente sumisión, esa constante disculpa le complacía pues ver al detective humillado incluso antes de su derrota era una grata antesala a su muerte.
Pero lo cierto es que L no le habló con segundas intenciones. No quiso engañarle. En honor a la verdad, no quiso ver en él, al menos por unos efímeros instantes, al asesino Kira.
….L sólo quiso ser su amigo.
Trató de sincerarse con él, de abrirle su corazón lo mínimo para que éste lograra percatarse de su sufrimiento. No pretendía que le moviera el sentimiento de la lástima, pues sabía que arrancar esa emoción en Kira era ambición más que imposible y él ni siquiera quería una sarta de palabras de consuelo.
El detective no era en absoluto propenso a los sentimentalismos. Pero en esa insólita situación, por mucho que el joven se viera cada vez más a sí mismo como a un extraño, L tenía un deseo.
Lo que L quería, lo que L necesitaba más que nada en ese momento, aunque hubiera sido el acto más hipócrita de toda la vida de Yagami Light, era un abrazo. Un simple gesto que escondía más sentimientos contradictorios que los que sus labios fueron capaces de pronunciar jamás. Aunque mortífero, un abrazo seguía siendo un abrazo…
Y sin embargo, éste no llegó nunca. Predecible: Light Yagami era el asesino de masas Kira, y L era el detective dispuesto a todo con tal de atraparle; ninguno era capaz de dejar a un lado su verdadera identidad.
Quizás si las cosas hubieran sido de otro modo; quizás si el Sino de cada uno no hubiera sido la mutua destrucción…
“….pese a todo… gracias por haber sido mi amigo.”
Se dirigieron nuevamente hacia la sala donde les esperaban todos ya que L había recibido una llamada de Watari. Tal vez las cosas se pondrían interesantes después de todo…
L se sentó delante del ordenador, en el cual aparecía una “W” en caligrafía gótica, lo que indicaba que estaba en conexión con el mayordomo.
-Watari, escúchame. Vamos a establecer contacto con algún país que nos permita emplear un reo a muerte con el fin de probar la autenticidad de este cuaderno. En base a la regla de los trece días otro condenado escribirá el nombre de ese criminal; si al cabo de ese tiempo el sujeto sigue vivo le ofreceremos una amnistía… ¿crees que con esos términos podremos negociar?
Ante tal osadía todos los presentes comenzaron a increpar al detective exaltados. Ya estaba sacando las cosas de quicio.
L trataba de explicarles en vano su teoría al respecto, pero estaba esperando la aprobación de Watari.
Un sonido inusual le hizo volver la cabeza hacia el ordenador.
-¿Qué te ha pasado, Watari?
Una siniestra silueta se recortaba en la luz rojiza que inundaba la sala de trabajo de Watari. La monstruosa figura del shinigami Rem se fundió con la pared tras haber hecho su trabajo: escribir el nombre de Watari y L en el Death Note. Conforme se consumía en fina arenisca más feliz se sentía de haber renunciado a su vida por proteger a Misa… ya no tendría a ese molesto detective sospechando eternamente de ella…
El anciano se tambaleó y se sostuvo como pudo en el borde de la mesa del teclado.
A través de los monitores pudo ver el rostro desconcertado de L.
-¿Watari?
Su corazón se detenía irreversiblemente, pero antes de sucumbir, tenía que cumplir con su último deber para con L. Con un esfuerzo sobrehumano consiguió pulsar el botón rojo. El botón con el que se borraban automáticamente todos los datos relativos a la investigación del caso Kira.
-¡…Watari! – la voz de L se quebró; pareció un chiquillo asustado.
El mayordomo cerró los ojos y cayó al suelo.
“All data deletion”. Todas las pantallas que les rodeaban reprodujeron esa frase.
-¿Qué significa eso?- preguntó el jefe Soichiro, inquieto.
La mirada de L aparecía velada por una sombra.
-Le pedí a Watari que en el caso de que le sucediera algo eliminara toda la información sobre el caso ya que lo más probable es que acabara en manos de Kira u otra persona no conveniente. -“Watari h a muerto”- Sólo yo sé el verdadero nombre de Watari, no entiendo cómo lo ha podido averiguar Kira –“Watari está muerto y eso significa que….”- …un momento¿dónde está el shinigami?
Todos buscaron a su alrededor asustados; como era de esperar, ni rastro del dios de la Muerte.
“Ahora lo entiendo todo…”
-¡Escuchadme todos! El shiniga…
Yagami Light contuvo el aliento.
L no alcanzó a terminar la frase. Su corazón dio un vuelco que le hizo ahogar un gemido ronco.
Toda la escena pareció congelarse…nadie parecía creer lo que estaba sucediendo…
Sentado en su extravagante postura el detective perdió el equilibrio: la cucharilla de café que sostenía entre los dedos cayó con un fuerte tintinear y su cuerpo se inclinó, ya sin fuerzas para mantenerse erguido.
La silla se estrelló contra el suelo, pero Light tuvo la suficiente rapidez como para llegar a tiempo de agarrar a L entre sus brazos impidiendo que este se golpeara la cabeza contra el duro suelo.
El pálido joven se aferró a su hombro, desesperado, atravesado por un dolor indescriptible. Light sintió las uñas del detective clavándose en su piel; notaba su cuerpo agitarse internamente de forma compulsiva, para luego irse apagando lentamente….
“Yagami…Light…”
Una mezcla de terror y alivio se apoderó de L cuando observó la diabólica sonrisa de superioridad con la que le obsequiaba su asesino.
El repicar de campanas se hizo más intenso y absorbente que nunca y una bella luz purísima comenzaba a bañar todos sus recuerdos de la niñez…
“Entonces…yo no estaba equivocado…”
La palidez de L se acentuó al contraste con sus ojos negros desmesuradamente abiertos, con la mirada fija en Kira; mas su alma vagaba ya muy lejos, muy lejos de allí…
“Pero…yo…”
En el último instante en el que el hálito de vida permaneció en el doloroso cuerpo de L los ojos del joven se transformaron. Y Light puedo ver los verdaderos ojos de L: sus pupilas se encogieron, dejando ver el color de su iris: el negro más profundo que se podía imaginar vetado por suaves trazos de gris perla.
En los brazos de Light Yagami; en los brazos del asesino Kira, yacía Elle Lawliet.
Registrando en sus pantalones vaqueros en busca de pertenencias personales uno de los doctores encontró una fotografía. Hizo entrega de ella al jefe Soichiro Yagami, quien velaba al joven con verdadera tristeza.
El policía observó a las dos personas que aparecían en la fotografía, reconociendo al momento rasgos característicos de L en uno y en otro. Eran los padres del detective, sin duda.
Se preguntó quién recordaría al detective y a su mayordomo. Quién lloraría su ausencia, quién llevaría flores a sus tumbas…
¿Qué fue revelado y qué fue ocultado¿…qué fue máscara y qué espejo?
EPÍLOGO
…Elle Lawliet corría… corría a través de la más pura y hermosa Luz. A lo lejos alguien le esperaba, pero la Luz era tan intensa que sus contornos se difuminaban provocando que toda la figura resplandeciera.
Cuando por fin llegó al final del camino se protegió el rostro con las manos hasta que sus ojos se acostumbraron al radical cambio de iluminación.
A través de sus dedos pudo vislumbrar a Watari.
Ahí estaba él… como siempre…vistiendo su sempiterno traje de chaqueta negro y tras él, la Wammy’s House, bañada con delicados copos de nieve blanquísima, se alzaba tal y como la recordaba… el anciano se quitó el sombrero de alas anchas descubriendo así una enorme sonrisa, a la vez que tendía los brazos hacia delante invitándole a que corriera más…sólo un poco más…
Finalmente, fue un pequeño de grandes y brillantes ojos negros, a juego con su alborotado pelo, quien se abrazó, henchido de felicidad, desbordado por una paz tanto tiempo anhelada; a aquel hombre que encarnaba la Bondad, la Confianza y la Fidelidad más absoluta.
“Elle, bienvenido a casa”
FIN
Chise2602
“Si te dignas a guardarme a tu lado en el camino del peligro y de la osadía, si me permites que comparta contigo los grandes deberes de mi vida, entonces conocerás a mi verdadero ser.” Rabindranath Tagore
Ahhh...¡espero que os haya gustado! Muchísimas gracias por perder vuestro tiempo leyéndome. Un beso y hasta pronto! .”