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Tiff Dincht
Author of 10 Stories

Rated: K+ - Spanish - Romance/General - Eriol H. & Tomoyo D. - Reviews: 164 - Updated: 07-06-09 - Published: 06-11-07 - id:3588681

El piano

Por: Tiff

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Ésta es nuestra vida. En este mundo de riqueza, la importancia de cada persona reside en los triunfos y los fracasos, en las compañías que te definen. En este mundo superfluo, la apariencia abre las puertas y las ambiciones erigen las máscaras que destrozan todo lo humano. Aquí, todo reside en lo efímero, en lo banal. Después de todo, y al final, el prestigio es lo único que cuenta…


Capítulo VI: Entre traumas y motivaciones

El reto ideado por la joven Daidouji se había mantenido vigente y en marcha por ahora dos semanas. En el transcurso de ese lapso, Eriol había dedicado sus tardes libres, sus periodos entre clases y un fin de semana entero –originalmente destinado a un rato de recreación con Sakura- embebido en la ardua tarea de encontrar el famoso piano que la amatista tanto se empeñaba en encontrar. Y es que, a pesar de habérselo guardado en un principio, lo cierto era que la joven llevaba ya años intentando localizarlo, llegando en todas esas ocasiones a callejones sin salida o a ligeras estafas monetarias, que siempre lograban desmoralizarla por algún tiempo empeorando su ya de por sí difícil humor. Se había burlado de ella un rato al confesarle este hecho, y la joven había permanecido con la mirada impávida sin pronunciar siquiera un sonido de advertencia. Seguro que sabía lo que se le venía encima al ojiazul.

Encontrar un objeto de esa magnitud, a pesar de todas las predicciones que había hecho, estaba resultando una tarea difícil en realidad. Lo que había pensado no le llevaría más de una noche, ahora ocupaba una considerable cantidad de su tiempo, retrasándole en los deberes escolares, las clases extracurriculares y los compromisos sociales obligatorios con los que se mantenía en contacto con los próximos proveedores de su futuro exitoso y ostentoso. Además, y por si fuera poco, tenía que encargarse de las clases especiales de tutoría de Tomoyo todas las tardes sin excepción por al menos una hora; suplicio que ya le traía de los nervios también.

Como se lo había imaginado desde el principio, esa mujer no era una persona fácil de tratar, mucho menos cuando se le intentaba enseñar algo que no era de su agrado. Quería encontrar un piano con todas sus fuerzas, pero en realidad no parecía entender ni pío de música. Leía las partituras con dificultad y, a pesar de que decía haber logrado memorizar cada una de las notas, se confundía constantemente en los tiempos. Sus calificaciones en otras materias y una que otra discusión filosofal que había tenido con ella, le demostraban que esa eterna batalla con las notas musicales se debía más al déficit de atención que mostraba en el asunto, que a su falta de inteligencia. Y si, además le añadía que siempre llegaba a clase con algún bocadillo para rellenarse la boca, todo se convertía en un asunto perdido. En una tarea colosal.

Por si todo eso fuera poco, se estaba cansando ya del asunto de realizar buenas acciones. Al inicio del reto, pensó que no tendría que cumplirlas ya que tenía confidencia en poder localizar el piano sólo con esa primera pista. Sin embargo, al ver que no lograba encontrarlo, había decidido acelerar el proceso intentando conseguir un nuevo indicio de parte de Daidouji, un plan que había resultado aún más complicado que el terrible proceso de enseñarle a cantar. Al parecer, la chica tenía un criterio muy reducido a la hora de efectuar la selección de lo que ella llamaba “buenas acciones”. Ayudar a ancianas a cruzar la calle, dar direcciones a un extraño para que encontrase su destino, o abrir la puerta a la amatista siempre que podía, no figuraban entre el repertorio de obras caritativas merecedoras de alguna pista, acarreándole solamente un ruidillo de desaprobación de parte de la chica. ¿Qué clase de acción desinteresada esperaba de su parte? ¿Pretendía ver cómo se lanzaba en medio del tráfico para salvar a algún extraño de morir bajo las llantas de algún desquiciado, como sucedía en las películas? ¿O querría que asistiera a algún orfelinato para verle cogido de la mano con una docena de niños hambrientos de afecto? Si eso esperaba, nunca obtendría otra palabra de sus labios. Se haría viejo esperando la oportunidad. Y se le acabaría la fortuna, o al menos los ahorros de toda su vida.

Ya estaba gastando una considerable cantidad en esos momentos. Había contratado dos detectives –que cobraban una suma exorbitante- exclusivamente para seguir la pista de aquellos objetos salidos de la mansión de los Daidouji. Habían conseguido un extenso y completísimo inventario de los objetos vendidos e ingresados a la mansión en los últimos veinte años. Sin embargo, de entre las numerosas listas de objetos ostentosos, no figuraba ningún piano. Ni un órgano, ni un teclado. Ni un objeto musical. ¿Cómo era posible que en esa búsqueda exhaustiva no hubiera aparecido siquiera un indicio del instrumento? La única explicación posible era que nunca hubiera estado en ese lugar. Sacar ilegalmente un objeto tan grande era virtualmente imposible. Seguramente Daidouji lo recordaba de otro sitio. De una casa de campo, de un departamento propiedad de su madre, podía ser incluso en la casa de algún amigo de la familia… conseguir esa información era vital.

Pero claro, eso lo dejaba nuevamente con el problema principal: La falta de cooperación de la chica.

-Llevo aquí cinco minutos. ¿Piensas decir algo, o te dejo a solas en tu mundo feliz?- Eriol parpadeó un par de veces para librarse de su estupor. Miró hacia adelante instintivamente y se encontró de frente con una curiosa y hostil mirada amatista que ya conocía bastante bien. Al ver que al fin captaba su atención la joven se limitó a ignorarle, dedicándose mejor a rebuscar en la mochila algún bocadillo. Su rostro se iluminó cuando descubrió una bolsa grande de Ruffles con cebolla. Suspiró apesadumbrado, sabiendo esta vez, lo que se le venía. Otra tarde intentando sacarle cualquier indicio de melodía. Otra tarde tratando de arrancarle una sola nota de la boca llena. Otra tarde infernal.

Así eran todas con Tomoyo Daidouji.

Juguetes Daidouji, “donde nacen las sonrisas”, es una compañía multinacional famosa incluso en los países tercermundistas. Maneja toda clase de artefactos ingeniosos que ellos designan como “juguetes”, desarrollados por un vasto equipo de profesionales de amplia experiencia dedicados al negocio por años. Su éxito, además de las asombrosas estrategias de venta y monstruosa campaña publicitaria, se basa en la versatilidad de sus productos. Se fabrican desde los juguetes más comunes hasta los más sofisticados del mercado, vendiendo con estos últimos la idea del status sobre la diversión. Muñecas, carros de control remoto, figuras de acción, entretenimiento didáctico para los más pequeños, sofisticadas y resistentes computadoras personales, cámaras fotográficas y de video para niños, son algunos de los productos más vendidos a pesar de sus precios exorbitantes.

Una línea especial en la compañía, que genera miles de dólares en ganancia al año debido a su slogan “la mujer del futuro”, es el lote dedicado a la célebre línea de accesorios de belleza para niñas “Fantasy”. De esta línea se logran obtener los productos más novedosos en el mundo de la moda, fabricado en miniatura para las más pequeñas. Planchas para el cabello, rizadores, esmaltes, sombras y labiales hipoaleargenicos, perfumes con frescos aromas frutales, atuendos de pasarelas parisienses y delicadas uñas postizas decoradas; todo de la más alta calidad, proporcionan el 20% del ingreso total al año para la compañía, colocándola sólo por debajo de los artefactos electrónicos de última generación.

Con su publicidad, se intenta apelar a uno de los instintos más básicos y explotados por la humanidad: la vanidad. El afán de sobresalir para no perder la identidad en un mundo globalizado cubierto por estereotipos, incita a su adquisición desmedida. Los medios masivos de comunicación se encargan de anular la brecha generacional, para atraer a un ejército cada vez mayor de mujeres del futuro, revocando con ello el afán de individualidad añorado…

Sonomi Daidouji, mujer inteligente, astuta y fría para el mundo de los negocios, había ideado el concepto entero de “Fantasy” hacía ya casi diez años, resultándole en un éxito rotundo desde el primer año de su lanzamiento. Haberla nombrado presidenta de Juguetes Daidouji había sido una de las mejores decisiones tomadas por el consejo de la compañía, acarreándole un aumento en las ganancias de casi el 25% y colocándole en la cúspide del mercado.

La idea de la nueva línea había salido de su experiencia personal. El deseo más grande al ser una niña, era convertirse lo más rápido posible en una mujer. Utilizaba todos los medios posibles para lograrlo. Los cosméticos de su madre, su ropa, y sus caros accesorios, habían llenado en parte el extenso vacío plagado por ilusiones de adulto, más nunca le habían satisfecho por completo. Ser femenina, sofisticada y envidiada era lo que ella más deseaba en el mundo; capricho que no se le había concedido nunca en un mundo para grandes que ella intentaba moldear a su tamaño. Con esa nueva línea, les proporcionaba a las niñas como ella la satisfacción de ser hermosa y glamorosa sin ser graciosa al utilizar los productos de mamá. No se burlarían de ellas -sobándoles la cabeza con una sonrisa condescendiente- cuando asistieran a una reunión con altos zapatos de tacón varios números arriba de su medida; o cuando quisieran sorprender a su padre con un vestido de gala con el escote colgándoles hasta la cintura…

Les había dado esa oportunidad a todas las niñas, y ellas habían sabido apreciar el gesto armando lloriqueos espontáneos en los pasillos de prestigiosos centros comerciales. La habían hecho acaudalada como nunca lo había soñado, y eso era algo que tenía que agradecerles.

Ahora, y sin trabajar tantos años como su madre, podía disfrutar de una fortuna millonaria sin haberse esforzado mucho. Gastaba cantidades descomunales en sus costosos caprichos –dedicados exclusivamente a su persona y amantes- y en ostentosas fiestas que celebraba al menos una vez al mes, haciendo derroche de una vasta cantidad de su fortuna en sólo una noche de lujos. Claro, esas fiestas le habían acarreado un sin número de beneficios que aún seguía cosechando. Múltiples alianzas y acuerdos se habían logrado a través de estas fastuosas reuniones. Magnates de todo el país y de afamadas empresas extranjeras, habían encontrado a una comerciante prodigio como anfitriona, que les había auspiciado su entrada mercantil al país con todas las facilidades posibles que podía ofrecer el gobierno nipón. Tardaría muchos años antes de perder a todos los conocidos que había adquirido por medio de la vida que llevaba, y estaba segura que no tendría que preocuparse por el futuro de la compañía hasta el día de su muerte.

Sin embargo no sabía que ocurriría después de que ella faltara. Como única heredera, tenía derecho a reclamar el 100% de los bienes de la compañía al morir su madre, cosa que sucedería de la misma forma a su muerte con sus propios descendientes. O descendiente, tenía que corregir. A menos que adoptara un varón –ilusión que siempre había añorado y nunca se le había concedido- tendría que dejarle toda su fortuna a su única hija: Tomoyo Daidouji. Dios bien sabía que la chiquilla era tonta y nada astuta para los negocios, o al menos no mostraba el interés apropiado y la completa dedicación. Como le parecía a ella, la jovencita no estaba interesada en suceder el emporio familiar, y dedicaba la tarde a estudios que seguramente no le llevarían a ser nadie en el futuro. Para Sonomi era un tema preocupante. No era que le interesara del todo el que no deseara sucederla, dedicándose en cambio a quien sabe que negocio que la dejaría en la pobreza; lo que en realidad le atraía angustia delirante, eran las habladurías que se suscitarían alrededor de ella misma al notar los demás que su propia hija no le rendía pleitesía como al parecer lo hacía en la actualidad.

Esa idea la aterraba. Pensar que los demás ya no la verían como la mujer perfecta –en negocios, aspecto, elegancia, y sobre todo un modelo ejemplar de madre-, era algo que no podía soportar. No cuando su hija se revelara a sus deseos al cumplir la mayoría de edad. El trato entre ambas comenzó cuando Tomoyo alcanzó los catorce años. La chica se había rehusado a llevar un hermoso vestido rosado en una fiesta de alcurnia, bajando a recibir a todos los invitados ataviada en unos gastados jeans azules, una playera holgada y una monstruosa gorra roja que ocultaba un espantoso corte de cabello que ella misma se había hecho esa tarde. Aún podía recordar la humillación que había sufrido al verla bajar por las escaleras, con la cabeza en alto, cual reina orgullosa dirigiéndose a atender a sus súbditos. Se la había llevado a su habitación hecha una furia, y la había encarado con expresión altiva.

-No me someteré un día más a tus caprichos, ni iré a entretener a viejos pervertidos vestidos de etiqueta.-

No podía creer lo que había escuchado. Su hija se había revelado en el peor de los momentos pensados. Ese día se la presentaría a su abuela –dueña del emporio entero- quien había estado en el extranjero, para conocer la opinión de la vieja. La ira la había cegado. Sólo podía recordar como sentía que se le desorbitaban los ojos y se le crispaban los puños antes de lanzarse contra ella. Todo había terminado en la sala de urgencias del hospital después de la fiesta. La joven había llegado con una contusión en la cabeza, un ojo morado, una fractura con necesidad de cirugía en una muñeca y tres costillas rotas que habían logrado colapsar un pulmón. Había estado en terapia intensiva cinco días seguidos, dejándola sin otra opción que quedarse a su lado. Había despertado el mismo día que la transportaron a su habitación fuera de ese pabellón, confiriendo su estado a una caída de escaleras que Sonomi no comprendió.

Había entendido por completo poco después, cuando la chica le pronunció su propuesta.

Ambas se necesitaban. Eso había dicho. Sonomi la necesitaba para conservar su pulcra imagen, y ella la necesitaba por su dinero. Sabía bien que no conseguiría los fondos para asistir a la escuela prestigiosa que deseaba si la dejaba desamparada, y detestaba la idea de la casa hogar en la que le tocaría estar hasta encontrar una familia adoptiva. Por ello, jugarían a la familia feliz por un tiempo. Ella asistiría a todas las fiestas importantes que tuvieran lugar, y a cambio Sonomi debía mantenerse alejada de ella el tiempo restante, proporcionándole una cuota mensual con la cual cubrir sus estudios por completo. Ambas vivirían en la misma casa, pero harían como si no existiera la otra. En las fiestas, Tomoyo haría acto de presencia como una dama elegante y entretendría a sus invitados, como buena anfitriona.

Al cumplir la mayoría de edad, podría dejar la casa de su madre con todos los beneficios que significaba ser la heredera de los Daidouji, manteniendo la fachada perfecta de su madre y otorgándole además, el favor de la abuela, que en ese entonces buscaba a un presidente para su compañía multinacional. El plan de familia perfecta sin ser una familia de verdad.

Ambas habían cumplido su parte del acuerdo y así vivían en paz.

No se veían más que en contadas ocasiones para fiestas y reuniones de alta sociedad, en donde interpretaban su papel de madre e hija amorosas con absoluta destreza, ganándoles aún más créditos en su creciente popularidad entre los invitados. Después, las dos desaparecían por caminos diferentes, y no se volvían a dirigir la palabra hasta la siguiente celebración.

En la actualidad, había pasado ya casi un mes desde la última vez que habían intercambiado tres frases completas o habían permanecido más de diez minutos juntas. Debían verse al menos una vez antes de la gran fiesta que celebrarían los Suoh para pulir los detalles acerca de sus vacaciones –ficticias- en Nueva Zelanda y sus papeles en las clases de escultura a las que supuestamente asistían cada tres días.

Su hija la enorgullecería –al menos en eso- al desempeñar bien su rol. Se tomarían del brazo y bromearían con camaradería, presentándose mutuamente ante todos sus conocidos. Reirían con elegancia y batirían las pestañas a los magnates en un incansable juego de seducción, al momento de rodear la pista de baile con refinados movimientos rítmicos. Tomarían una copa y brindarían por el futuro de la compañía, y alguien añadiría sus vítores por la pequeña familia feliz, para que ambas siguieran tan hermosas y unidas como siempre. La tarea social quedaría cumplida a media noche, y la joven se excusaría para retirarse, dándole antes un cariñoso abrazo a su madre. Ella se quedaría hasta entrada la madrugada y después haría su salida triunfal del brazo de su novio, dejándoles a todos una impresión justificada de refinada exquisitez.

Todo saldría perfecto como en muchas otras ocasiones. Como sucedía después de esa fiesta fallida de catorce años. Como era desde el inicio del trato. No tenían que decirle al mundo que su vida familiar perfecta era sólo un fiasco para mantener las apariencias. Que sus sonrisas eran máscaras fugaces pétreas que se resquebrajaban al sonar las doce campanadas, como había desaparecido el vestido de Cenicienta. No tenía que confesar acerca del creciente odio que sentía contra su hija, y mucho menos que el sentimiento era mutuo.

Todo era cuestión de mantener la farsa.

Ni todos los carros del mundo, ni los más lujosos, los más rápidos o los más clásicos, valían una tortura como esa. Y eso ya era mucho decir para un fanático como Syaoran Li. Para él, no había cosa más estimulante que el olor a piel de los tapices de un auto clásico, o la velocidad a la que llegaban esas lujosas máquinas de ocho cilindros traga gasolina. La música le apasionaba, claro que sí. Componía y tocaba con gracia divina. Sin embargo, las cuerdas de su guitarra y la entonación de su voz no lograban conquistar la misma sensación. Una podía traerle tranquilidad absoluta, la otra adrenalina pura. En su opinión, la segunda era la mejor.

Por eso ser amigo de Eriol desde el principio le había resultado tan sencillo. Él, que no necesitaba amigos, que mantenía una actitud indiferente ante las personas que le dirigían la palabra, y que no estaba acostumbrado a ser el centro de atención –viniendo de una familia humilde de un barrio de clase media- se había mostrado accesible con aquel chico de cabello y ojos azulados. No recordaba muy bien cuándo se habían conocido, y estaba seguro que tampoco el inglés. Suponía que se habían topado en algún aula que tenían en común, y habían intercambiado algún comentario irrelevante que les había parecido gracioso a ambos. Sospechaba que se habían hecho amigos de momento en momento, de comentario chusco en comentario chusco. El día que sí recordaba a la perfección, era el día en que su nuevo amigo le había mostrado su auto recién adquirido. Ah sí. Había sido un 1 de Octubre del primer año de instituto superior. Recordaba que hacía frío y que iba enfundado hasta las orejas con una bufanda multicolor tejida y regalada en su cumpleaños por su abuela; no le hacía demasiado feliz, pero había servido mejor que nada al momento de protegerse contra la ventisca. Al terminar las clases de aquel día, Eriol se había ofrecido a llevarlo a casa. Él había aceptado sin mucho entusiasmo, pero agradecido de no tener que pasar una hora apretujado entre la gente del metro. Se había hecho un nudo más alto en la bufanda al salir al inusual clima gélido de otoño, renuente a pescar un resfriado unas semanas antes de los exámenes bimestrales. Esperaba que el engreído inglés encendiera la calefacción, sería un bonito gesto de su parte después de observarle entrechocar los dientes con fuerza abrumadora. Pero claro, tal cosa no había sido necesaria. La visión que se había presentado ante sus ojos, acentuada aún más la sensación por la fría neblina arremolinada a su alrededor, le había quitado el frío y la capacidad de articular palabra. Por primera vez en su vida daba agracias a Dios -y a los fantásticos genes de sus padres-, por haber heredado una sagaz inteligencia y por haber obtenido una beca para ingresar a un instituto relleno de petulantes hijos de papi. Al menos para eso servían, para mostrarle su sueño hecho realidad.

El flamante Porsche, edición limitada, descansaba ante sus ojos con sombría elegancia, destacando de entre los otros lujosos -pero menos espléndidos- autos estacionados a sus costados. Hubiera destacado incluso en una exposición de los modelos del año.

-Es un Porsche 911 GT3, aún no salen al mercado.- recalcó casi sin aliento.

-Es mi encargo especial.- había contestado el ojiazul alzando los hombros con indiferencia, al parecer menos entusiasmado que el castaño por el costoso auto de su propiedad. –Anda sube.- Y Li había corrido felizmente hacia el asiento del copiloto, despejando los senos nasales para cuando tuviera la oportunidad de saborear el concentrado olor de la piel recién estrenada.

-En realidad pensé que querrías conducir.- le dijo Hiragizawa arrojándole las llaves a las manos con destreza y deslizándose suavemente al asiento del copiloto al que momentos antes el castaño había querido ingresar. De no haber cerrado la puerta tras de sí, Li se hubiera lanzado a besarlo. Estaba muy seguro de su orientación sexual, por lo tanto, aquel despliegue sería una mera muestra de gratitud.

Ese había sido el primer auto lujoso que había conducido. Eriol se había ganado su amistad desde ese momento y, a pesar de que al principio había sido simple interés por sus nuevas adquisiciones automotrices, después había pasado a profunda y trascendental amistad. No era tan malo y superficial como la mayoría de las personas pensaba. Tan, por supuesto. Él más que nadie conocía sus aspectos escabrosos, pero también conocía más que nadie su parte benévola, que yacía enterrada bajo todo aquel ardid de prestigio y dignidad. No por nada había permanecido a su lado los tres años de la escuela preparatoria, metido en un grupo al que no le interesaba pertenecer, y del que en otros tiempos, hubiera huido despavorido. No faltaba más. El tipo de personas (o la mayoría de ellos) que lo conformaban, formaban parte de lo que él denominaba “escoria con capital”, refiriéndose a los niños ricos que se dedicaban a mantener sus uñas, sus peinados, y sus relaciones sociales al precio que fuera, al parecer exentos de los valores morales que el resto de la población aplicaba en su vida cotidiana.

(Como sea. Su conformismo lo había llevado a observar la impunidad sin intentar detenerla, así que no había mucho que criticar.)

Eso aparte, jamás se había considerado cruel y banal como ellos. Y muy en el fondo, sabía que Eriol tampoco era así. Sólo necesitaba una pequeña ocasión para demostrarlo, una pequeña oportunidad en donde no tuviera más remedio que mostrar su parte generosa y humana para que él mismo se diera cuenta de sus capacidades ocultas.

Y por supuesto, necesitaba esa misma oportunidad para darse cuenta de la verdadera personalidad de las personas que solía tener a su alrededor. Era malísimo para valorar las verdaderas intenciones de las personas a las que les tenía aunque sea un poco de aprecio. Era como si un velo se interpusiera entre él y la realidad, transmitiéndole su entorno en pequeños destellos intermitentes que sólo alcanzaban a proporcionar un débil atisbo del escenario entero. Lo veía todo fragmentado, discriminando entre lo que su inconsciente quería ver y lo que prefería mantener lejos de su atención.

Era incapaz de notar, por ejemplo, que su novia era una completa arpía que sólo lo utilizaba como excusa para pavonearse por la ciudad, enganchada del brazo de un futuro heredero multimillonario y lord. O lo sabía e intentaba evitarlo. O aún peor, lo sabía y no le importaba. A ese extremo podía llegar la ceguera voluntaria de su amigo, una de la que nadie podía sacarlo. Las palabras habían llegado a ser insuficientes en esa colosal tarea. Las insinuaciones y los sarcasmos habían funcionado aún menos. Había pensado que una terapia de electroshock era el método más apropiado para su negación, pero sabía también que podía ir a la cárcel por intentarlo. Por eso lo había dejado pasar al fin y al cabo. Tratar con cabezotas no era lo suyo. (¿Y Daidouji?) Bueno, con cabezotas que no le fueran atractivos.

Sin embargo, en ese preciso momento se recriminó más duro aún su despreocupación por el asunto. De haber perseverado en la cuestión de develarle al ojiazul el verdadero rostro de su “encantadora” novia, no habría tenido que atravesar los nueve círculos del infierno en dos semanas. A Dante le hubiera dado un ataque de envidia.

Llegar a ese punto sin retorno, que de seguro le dejaría secuelas psicológicas irreversibles y terribles pesadillas en la noche; debería haberle acarreado el beneficio de montarse en al menos una centena de deslumbrantes y ostentosos automóviles. Eso sólo por transportar, calladito, al demonio en el asiento del copiloto. No cubría el hecho de que hablara como si se fuera a acabar el mundo ese mismo día. Esa tortura, como había dicho, no valía lo que estaba recibiendo. Simplemente era inexcusable.

-…No me ignores Syaoran Li. Mi padre tiene influencias ¿sabes? Tu reputación de nerd insufrible no te va a servir para cuando yo termine contigo. Tu estúpida beca y excelencia académica van a valer mierda si acaso empiezo a pensar siquiera en abrir la boca ¿entendiste? Yo no soy como las otras chicas idiotas con las que has tratado, y a mí no me vas a torcer la boca con ese ademán despectivo, porque no soy ninguna tonta. ¿Me estas escuchando?-

Bueno, hasta ahí llegaba su paciencia. Con toda la delicadeza que le permitió su creciente irritación, estacionó el coche de su amigo en una calle que le pareció adecuada y apagó el motor. Sin decir nada alcanzó su mochila del asiento trasero, abrió la puerta y salió del auto de un rápido movimiento, notando con placentera alegría que la verborréica sarta de idioteces a su espalda se había evaporado por completo. Se asomó nuevamente adentro por su ventanilla, y le sonrió gustosamente a la castaña, que lo miraba anonadada.

-Espero sepas conducir.- dijo sin borrar la sonrisa de su rostro, y le arrojó diestramente las llaves a la joven, que logró atraparlas en pleno vuelo.

-¿Qué?- Alcanzó a formular a la espalda del mejor amigo de su novio, cuando este se alejaba con paso triunfante hacia el otro lado de la acera. -¡Syaoran Li, más vale que esta sea otra de tus malditas bromas de mal gusto!- le gritó enfadada sin quitarse el cinturón. El castaño hizo ademán de no escucharla. -¡Llamaré a Eriol y juro que terminarás en el hospital!- para cuando la chica logró zafarse del cinturón de seguridad, Li ya estaba haciéndole señas a un taxi. Para cuando abrió la puerta del auto, el joven ya le daba instrucciones al conductor para llevarlo a quién sabe donde. -¡Li, más vale que regreses, Li!- Pero el castaño le sonrió de oreja a oreja y se despidió infantilmente con los dedos extendidos, moviéndolos de derecha a izquierda enérgicamente.

-¡Hijo de puta!- le gritó al compacto amarillo, arrojándole el pequeño bolso lo más fuerte que su delicado brazo le permitió, fallando a su objetivo por varios metros.

¿Qué si sabía conducir?

¡Doble mierda!

Incluso ella había podido oír la sarta de maldiciones que lanzaba Sakura Kinomoto al pobre oído del ojiazul a través de su celular, a pesar de estar casi al otro lado del aula vacía. Le pareció gracioso en realidad. Ver la cara aturdida y fastidiada del ‘Rey’ Hiragizawa al soportar los aterradores gritos provenientes del otro lado de la línea, había sido una experiencia invaluable. Nunca lo había visto teniendo que aguantar el interminable berrinche de su novia encaprichada. Era hilarante.

Sin embargo, antes de que pudiera soltar una risilla, el joven colgó el teléfono hecho una furia.

Ella adquirió rápidamente un rostro neutral. -¿Algún problema?-

-Sí. Debo irme.- replicó secamente alcanzando sus cosas del escritorio, arrojándolas con enojo dentro de su portafolios Armani.

-¡Que tristeza! Pero si acabamos de comenzar.- replicó ella con una pésima pena fingida, dándole un tono sarcástico notable a kilómetros.

-Por supuesto.-

La chica lo miró inmutable. –Por cierto, no vendré mañana así que no me esperes.-

Y entonces sí, Eriol dejó lo que hacía y la observó con detenimiento. -¿Qué dices?-

-Voy a la fiesta de los Suoh.- dijo mientras se metía otro puñado de Ruffles en la boca, como si fuera la cosa más obvia del mundo.

Los goznes giraron e hicieron click al instante. -¿Es hoy?-

-Claro. Tú mejor que nadie debería saberlo. Tu familia es invitada de honor.-

-¿Cómo lo sabes?-

-La mía también lo es.-

Pero claro. Los Daidouji no podían quedar fuera de una reunión de esa clase. Sus contribuciones a las obras de la familia Suoh eran estrafalarias. Las asociaciones entre ambas, -que rebasaban en porcentaje incluso a las de su familia- valían millones de dólares. ¿Cómo no había pensado en eso antes?

-¿Irás entonces?-

-¿Queda otro remedio? Acepto sugerencias.-

-No pensé que te gustaran las fiestas.- constató el heredero de los Hiragizawa sin tratar de ocultar el asombro en su voz, olvidando por un momento el mal humor que su novia le había hecho saborear.

-Así es el negocio. Una cosa por otra.-

Él se encogió de hombros, dando por hecho el comentario de la chica. Todo fuera por el prestigio.

-¿Sabes algo?- empezó a decir el inglés en un tono neutro de negocios, como el médico que le llama la atención a un paciente que no quiere tomarse sus píldoras. –No deberías asistir.-

La amatista entornó los ojos con desprecio. -¿A no?-

-No.-

-Retiro mi comentario de hace rato. Métete tus sugerencias por el cu…-

-Estás enferma.- afirmó Eriol en voz grave sin dejarla terminar. –Deberías descansar, al menos eso si tu estúpido ego no te permite consultar a un doctor.-

Ella lo miró entre sorprendida y enfadada, pero no le importó. Vamos, siendo tan mala actriz como era, ¿Cómo esperaba que no se diera cuenta de su cruento resfriado? No importaba que ya hubiera dejado de hacer estragos en su voz desde hacía un tiempo, estaba seguro que pronto sería necesario mantenerla tendida en una cama antes de que toda la cosa evolucionara a una fea pulmonía. Tenía ya casi dos semanas entre un ir y venir de síntomas que nunca terminaban de desaparecer del todo. Un día aparecía revoloteando por el aula como si nada le ocurriera, y al siguiente llegaba sonrojada a tenderse en su pupitre de cara, aquejada por una fiebre que apenas la dejaba concentrarse. No se había atrevido a tocarla para cerciorarse por miedo a que dejara de asistir a las tutorías, pero estaba seguro que así era.

Si seguía así, pronto tendría que dejar de ir a la escuela, en el peor de los casos, por varios días; significándole a él un valioso tiempo desperdiciado.

-No necesito descansar.-le espetó ella con furia contenida, levantándose de un tirón de su silla. –Preocúpese por sus asuntos, su majestad.-

Los ojos azules se entornaron con peligrosidad. –Es lo que hago. No me sirves de nada si no puedes cantar.-

Tomoyo se levantó de su asiento en un rápido movimiento indignado, cargando con todas sus cosas en los brazos. Lo miró de forma hostil y se dirigió rápidamente a la salida del salón, topándose con la puerta cerrada como obstáculo al llevar las manos ocupadas. Eriol la miró un momento y soltó una risita. Antes de que su boca pudiera soltar el comentario mordaz que pretendía frenar la huída de la amatista obligándola a utilizar su ingenio en su respuesta, se abrió la puerta del salón con un susurro amortiguado. En el umbral, apareció una figura alta –aún en comparación con el metro setenta y cinco de Eriol- bastante conocida para ambos. Yue los miraba con severidad.

-Ya van casi tres semanas desde nuestro acuerdo, y no he recibido un solo reporte de ninguno de los dos.- les dijo con su profunda voz de tenor, en un tono de amenaza que reservaba para las reprimendas de sus alumnos holgazanes. –Más vale que no estén aquí perdiendo el tiempo.- Claro, dos adolescentes solos en un aula vacía mucho después del tiempo reglamentario de clases, seguros de que nadie les molestaría… Si no había ido a supervisar personalmente las tutorías de esos chicos, era porque tenía la firme creencia de que ambos se detestaban a muerte.

-Yo le pasaré el reporte Profesor Tsukishiro. Ya terminamos las tutorías de hoy.- mencionó la amatista en un tono meloso impropio de su carácter, produciendo un ataque de escalofríos vertebrales a los hombres presentes.

-B-Bien.- Yue se hizo a un lado con un corto paso titubeante, y la joven pasó como bólido a través del pequeño hueco que había dejado tras de sí, demasiado cerca para su gusto. Sin querer, alcanzó a olfatear un tenue rastro de shampoo de fressias que captó su atención de inmediato. Inspiró profundamente y se rió por lo bajo. Tomoyo Daidouji era una chica impredecible. Con esa pinta, cualquiera podría imaginarse que despediría un nauseabundo olor a sudor y cerveza; y salía de repente con la sorpresa de una reconfortante fragancia floral que anunciaba con tumultuosa indiferencia la feminidad escondida bajo la varonil fachada. ¿Era acaso su manera inconsciente de revelarse en contra de la máscara que significaba una indumentaria estereotipada para un sexo que no era el suyo? El conflicto interno de esa chica parecía ser aún más profundo de lo que él había supuesto en un principio. Estaba luchando contra algo terriblemente enorme en su subconsciente, algo monstruoso que no tenía nombre ni rostro y que se confundía entre las sombras de conflictos superficiales, acechando, filtrándose lentamente entre las debilitadas fisuras de su personalidad. Le parecía un extravagante jarrón de Ming defectuoso que, a pesar de su exorbitante precio y calidad, padecía de la falta de un segmento diminuto en su estructura, haciéndolo extremadamente frágil. Pronto, producto de todos sus conflictos, el orden se resquebrajaría por completo, obligándola a enfrentar sin más tapujos a la oscura mancha negra escondida tras la fina porcelana. A su peor temor sin máscaras.

Eriol pasó a su lado empujándole con el brazo sin el menor rastro de cortesía, sacándolo de sus cavilaciones. Lo observó con un gesto glacial, y el inglés le devolvió la misma mirada hostil reservada para sus peores enemigos. Altivo y enérgico, se encaminó hacia la salida del edificio por el lado opuesto al que se había marchado la amatista. Yue giró sus hermosos ojos azules y siguió a la chica sin mucha prisa. Lo único que lograban esos dos jóvenes era proporcionarle un irritante y gratuito dolor de cabeza.

-…Recuerda, nos pasamos por Auckland y subimos a la Sky Tower a disfrutar de una fantástica y acogedora cena en el restaurante principal. Otro día estuvimos en Wellington, donde visitamos el museo de Te Papa y el monte Victoria, para después pasearnos por el hermoso puerto…-

-Sí, tú visitaste y tú te paseaste por el hermoso puerto.-

Sonomi Daidouji miró a su hija de una manera amenazante y abrumadora. De no haber estado sentada al otro lado del salón, le hubiera propinado una merecida bofetada por interrumpirla con sus ironías.

La reunión que en ese momento llevaban a cabo, era de una importancia vitalicia. Cualquier error en el más mínimo detalle, levantaría sospechas que se esparcirían por todo el salón como la peste. No podían jugar en un ámbito como ese. No podían cometer el más mínimo desliz si querían mantener la fachada perfecta. La suspicacia de los hombres y mujeres de negocio que asistían a ese tipo de reuniones, era proporcional al puesto que ostentaban en cualquiera de sus compañías. Presidentes, vicepresidentes, gerentes del más alto nivel, e hijos de cualquiera de estos empresarios, eran los invitados selectos a semejantes reuniones de alcurnia. Asistir a la fiesta anual de los Suoh, era pertenecer a la realeza financiera japonesa. Era tener un lugar asegurado entre los millonarios más envidiados de la ciudad. Y la dueña de Empresas Daidouji “donde nacen las sonrisas”, no estaba dispuesta a ceder ni un ápice de su actual imperio, y mucho menos debido a la idiotez de su próxima heredera.

-No tenemos tiempo para lidiar con tu inmadurez.- le espetó venenosamente, recibiendo una mueca indiferente departe de la joven. -Debes aprender al pie de la letra todo lo que te estoy diciendo. No aceptaré ni un error de tu parte.-

-¿Qué tipo de error, madre?- la amatista pronunció la cuestión en un tono frío y sarcástico, notable sobre todo en la última palabra de su sentencia. -¿El hecho de que nos hemos visto dos veces este último mes, o el de que, en lugar de “pasear” con tu hija como presumes, te la pasas de viaje con un cerdo diez años menor que tú?-

Sonomi cruzó la habitación en tres largas zancadas, alcanzando a su hija por el cabello. Tomoyo la miró desafiadoramente sin mostrar gesto alguno de dolor.

-No juegues conmigo, niña.- la vena en su frente era una visión desagradable a esa distancia. Imaginó que explotaría de un momento a otro, y de una manera inexplicable, emanaría sangre de esa herida empapándole toda la ropa con un chorro. La idea casi la hizo vomitar. –Puedes arrepentirte.-

La amatista desvió la mirada y la fijó en su mancha favorita de la alfombra de ese despacho. Parecía unos anteojos, cosa que le reconfortaba en cierta medida y le ayudaba a mantener la boca cerrada. Por mucho que le costara y aprendido a base de golpes y fracturas, sabía qué era lo mejor tratándose de Sonomi.

-… nos pasamos por Auckland y subimos a la Sky Tower a disfrutar de una fantástica y acogedora cena en el restaurante principal. Otro día estuvimos en Wellington, donde visitamos el museo de Te Papa y el monte Victoria, para después pasearnos por el hermoso puerto…- la joven recitó la letanía en un solo suspiro derrotado. Era la única manera de mantener a su madre a raya cuando se trataba de contacto corporal violento. Si no la quería sobre de sí, arrancándole mechones de cabello ensangrentados nuevamente, debía memorizar línea por línea sus vacaciones ficticias en Nueva Zelanda.

La dueña de las empresas Daidouji sonrió complacida, soltando el cabello de su hija. Le acarició delicadamente el mechón ofendido para acomodarlo pulcramente en su sitio y recorrió con su estilizada mano manicurada el contorno del rostro de la joven. –No peleemos hoy querida. Mantengamos una sonrisa en el rostro para sostener el orgullo de la familia ¿quieres?-

Y sin esperar respuesta, lanzó una exclamación hacia la puerta, con la que llamó a una decena de empleados de caras largas y ropa de boga. Peinadores, manicuristas y pedicuristas, maquillistas y expertos en moda se abalanzaron sobre ellas con extrema eficacia, seguros de merecerse el sueldo que estaban a punto de ganar.

La mansión de los Suoh se encuentra ubicada en una de las zonas residenciales más exclusivas de Tokio. A su parecer, existen sólo tres de esas zonas en esta región. En cada una de ellas, se encuentran distribuidos equitativamente los magnates más poderosos del país. Dos de ellas se encuentran ubicadas en dos extremos de dos puntos cardinales de la ciudad, y la restante en un conveniente punto a la mitad de ella. La familia Suoh se encuentra en el extremo sur, un poco más allá de la apretada civilización contaminada. Los edificios de apartamentos no son problema en la visibilidad, y los caminos internos son todo menos transitados. A cualquier hora del día se puede ir y venir en ese enmarañado y gigantesco complejo de mansiones, sin la necesidad de hacer fila para pasar algún semáforo alguna vez. El ambiente es tranquilo y relajado. Los únicos sonidos que se escuchan, son los tenues susurros de actividad en algunas casas, amortiguados siempre por gruesas paredes de concreto; los sonidos de la naturaleza, resumidos en aves específicas de la temporada, y el sonido espaciado de andares de automóviles por las calles desiertas. La quietud, valorada en ese sitio de castidad infame, se ve rota sólo en ocasiones especiales de mucha previsión. En estas zonas, los magnates realizan celebraciones ocasionales espléndidas, en las que no se escatiman gastos. Un derroche de fortuna realizado con peculiar desfachatez. En estas noches esporádicas de júbilo, desfilan por la alfombra roja personajes famosos en el mundo de los negocios, y una que otra estrella de cine y musical. Las limusinas llegan cargadas con sus inquilinos multimillonarios, y las cámaras de sociales se aglomeran en torno de las escaleras, ansiosos por adquirir la mejor exclusiva. Otros, menos pretenciosos o ajenos al mundo de la publicidad, arriban por la entrada privada de la mansiones.

Sin embargo, y despertando la envidia de muchos millonarios, la fiesta anual de los Suoh es la mejor. No podía ser de otra manera viniendo de la familia más rica de todo Japón. Su sola preparación llevaba varios meses de esfuerzo continuo departe de los talentosos colaboradores, además de una descomunal cantidad de dinero. El lema de cada reunión, era ofrecer a los invitados lo mejor del mercado mundial. De esta manera se mantenía su prestigio y su lucidez. Las mejores fiestas de disfraces o de ambientes temáticos.

El tema de su más reciente celebración, es el carnaval. Adoptando la idea principal de Rio de Janeiro, le han añadido influencias japonesas notables, produciendo un choque de culturas agradable a la vista. Algo que los invitados de esta noche, agradecen con sumo regocijo.

Al arribar, Eriol Hiragizawa es uno de ellos.

El joven ojiazul miró por la ventana de su limusina a la calle empedrada, frente a la mansión de los Suoh. Un circo, literal, se llevaba a cabo en la acera. Malabaristas ataviados de colores vividos y equilibristas montados en sus zancos, danzaban de un lado a otro con suma destreza, paseándose entre los invitados. Una docena de geishas en kimono, recibían a los que descendían de sus limusinas sin cerrar los delicados paraguas de papel tintados de tonalidades veraniegas. Las luces blancas al cielo, acertaban a iluminar cometas enormes de largas y elaboradas colas, que parecían flotar con vida propia a varios metros sobre las cabezas de los asistentes, producto seguro del delicado hilo de pescar que los sostenía con firmeza. Una música de fanfarrias sonaba continuamente, agregándole el toque adicional a una algarabía ya ruidosa.

El vehículo se detuvo un momento ante la fila de espera. Los magnates se tomaban su tiempo para aparecer frente a las cámaras. Eriol aprovechó el minuto para inmortalizar todo en su memoria. Las luces, los disfraces, los matices, los rostros… todo confundido en un boceto surrealista imperfecto al vislumbrar los borrones oscuros de los trajes de pingüino.

A su lado, se escuchó una exquisita risa femenina. Una mano enguantada le sostuvo del brazo obligándole a romper la ilusión al regresar al oscuro interior del automóvil. Lo recibió la deslumbrante sonrisa de una exuberante mujer pelirroja que acababa de conocer esa misma noche. Sus padres los habían presentado hacía sólo una hora, cuando le habían recogido en su lujosa casa en el centro de la ciudad. Como caballero, era su deber acompañar y entretener a la fina dama. O al menos eso era lo que le habían enseñado, y lo que estaba decidido a realizar al pie de la letra. La mujer charlaba con sus padres animadamente, sin retirar su larga mano de la manga del joven. Aún mirándola de perfil a esa tenue luz amarillenta, su belleza resultaba apabullante. El cabello cobrizo recogido en un estilizado moño sobre su cabeza, dejaba al descubierto un exquisito cuello de cisne que desembocaba grácilmente en dos pechos firmes sin sostén, cubiertos parcialmente por un delicado vestido carmesí de seda. De su rostro fino y simétrico, resaltaban dos hermosos ojos aceitunados inteligentes, que no dejaban de lanzarle miradas ocasionales de discreta seducción.

Entonces ese era el plan ¿eh? Engatusarlo con una aristócrata rica con extensas propiedades, para ampliar el dominio Hiragizawa… Introducirla poco a poco en su vida para que se enamorara de ella y se casara a los pocos años, teniendo la ingenua idea en la cabeza de que él había sido el constructor de su propio futuro. Pero claro, él no era tan idiota. Sabía bien que su vida entera estaba regida por la obra y gracia de sus padres, y que todas las decisiones que estaba haciendo iban encaminadas al mantenimiento del prestigio de su familia. La carrera que pensaba empezar en la música, pronto se vería truncada por los planes que tenían para él. Como principal heredero de los Hiragizawa, su deber era continuar con los pasos empresariales de su padre, para llegar a la presidencia de la compañía en un futuro a mediano plazo. Su habilidad con el piano sólo le serviría para adjuntarse algunos logros entre los futuros colaboradores de su emporio multinacional, dejando de lado los sueños infantiles de ser un compositor conocido algún día. Harían todo discretamente, por supuesto, para no “arruinar” su felicidad futura creándole imposiciones ante las que seguramente se sublevaría. No lo conocían bien si pensaban eso. Nunca hubiera podido revelarse ante los deseos de sus Dioses, no importando que tan fuerte fuera su voluntad por crearse su propio destino. Simplemente, era algo que se tenía que hacer. Algo irrevocable.

-Estaba deseando venir a esta fiesta. ¿Tú no, Eriol?- el ojiazul le sonrió cortésmente a la pelirroja a manera de respuesta. No era cuestión de deseo, si no de deber. En realidad no recordaba nada que hubiera deseado por sí mismo, y no por imposición de su prestigio y vanidad.

Pero sí que hay algo… La voz de Daidouji.

Ah, claro. Esa era tal vez la única excepción. Era lo único que había despertado en él el deseo intenso de la posesión. Y sabía que al principio no había sido por vanidad, si no por el simple placer de la evocación. Algo en aquella voz y su exquisita interpretación de una simple nana, le había acarreado un sentimiento inexplorado de nostalgia por el pasado. De un momento en el que todas las cosas tenían su correcto significado y en el que la vida mantenía su sentido propio, alejado de las apariencias y las máscaras. Cuando las personas valían más por los sentimientos que despertaban y no por su futura plusvalía...

-Ya es hora hijo.- la voz de su madre sacándolo de sus cavilaciones. –Anda, levanta la cabeza y sonríe para las cámaras.-

Los miembros de la familia Hiragizawa desfilaron uno a uno sobre la alfombra roja ante las cámaras, acompañados de preciosas geishas en kimono. En poses sofisticadas debidamente estudiadas, pronto ocuparían gran parte de la sección de sociales de los periódicos matutinos del próximo día, encabezando la larga lista de alabanzas que siempre procedían de tales reuniones de alcurnia. Los titulares desde luego, detallarían el magnífico hallazgo de la nueva novia del hijo de la familia, nombrándola en seguida como la futura heredera de todos los bienes del próximo Lord. Sacarían una ficha completa acerca de la vida de ambos, y de esta manera obtendrían sus quince minutos de fama hasta que se consumara la boda o, en el mejor de los casos para los medios, se terminara su noviazgo en medio de un escándalo de infidelidad.

Entraron al recibidor quince minutos después cuando las cámaras agotaron sus rollos, sin haber despegado los labios para contestar las preguntas de la prensa. Por todos lados se empezaron a codear con los más altos mandos de las mejores empresas de Japón, que se acumulaban en pequeños grupos que sorbían champagne de sus copas de cristal cortado. Los que levantaron la cabeza y los vislumbraron de entre la multitud, les saludaron con enormes muestras de cortesía, estrechándoles las manos mientras se deshacían en halagos. Dejaron su recorrido cuando se encontraron a mitad del salón de bienvenida, donde se instalaron con sus respectivas copas en mano para iniciar una charla de negocios con uno de sus asociados.

El barullo pronto resultó insoportable. Eriol intentaba escuchar a la pelirroja –de la que no recordaba el nombre a pesar de que los habían presentado- inclinándose hacia ella muy a su pesar. Su olor asfixiante a vainilla le pareció empalagoso y pronto tuvo que echarse para atrás para respirar, aunque sólo alcanzó a aspirar una bocanada de humo de puro. Cerró los ojos medio segundo para intentar contener su irritación. La noche apenas acababa de comenzar y aún faltaba el fastuoso banquete y el baile de salón, además de la acostumbrada ronda social que realizaba para saludar a todos los invitados. Si quería mantener la compostura para sacar a relucir el encanto de su familia, debía empezar a controlar su temperamento en esas horas tempranas.

Se inclinó nuevamente ante su acompañante para escucharle en su plática, manteniendo la cabeza ladeada para evitar el sofocante aroma. Sin ponerle mucha atención en realidad, dejó vagar su vista por entre el montón de cuerpos amontonados a su alrededor, entreteniéndose con la tarea de identificar a los presentes. No conocía a más de la mitad de ellos, y la otra porción le resultaba confusa entre un mar de nombres y rostros que no tenían concordancia. Alcanzó a ver a la familia Hiwatari, dueña de una importante compañía dedicada a los materiales de construcción; al señor y la señora Kitsuragi distribuidores principales de pescados y mariscos en Tokio; los Tsukamoto, expertos desarrolladores de software de primera calidad; los asociados Stronghall, dueños de una poderosa red de hospitales privados; los anfitriones de la fiesta, los Suoh, con su belleza rubia afrancesada, riendo cariñosa y sinceramente con su único hijo y con su preciosa novia de cabello corto, algo que nunca había experimentado en carne propia…

Un estridente tumulto de risas se desató a sólo unos pasos de él a su espalda, llamando la atención de los presentes. Volteó por instinto y se encontró rápidamente con la fuente de la algarabía. Un grupo de ocho personas al menos, rodeaban a una distinguida mujer de mediana edad, prestándole toda su atención. Por su parte, ella contaba una divertida anécdota acerca de sus más recientes vacaciones en Auckland, con una comicidad elegante de las que pocas personas gozaban.

La mujer a su lado siguió la dirección de su mirada y sonrió con autentica complacencia, acercándose al oído del ojiazul para hacerse oír por encima del ruido. –Esa es una de nuestras compradoras más distinguidas. Acude con nosotros siempre que se acerca un nuevo evento social. Su nombre es Sonomi Daidouji.-

La mención del conocido nombre captó la atención del inglés inmediatamente. Observó detenidamente los rasgos de la fina mujer, y se sintió avergonzado consigo mismo por no haber notado la enorme semejanza. La nariz respingada, el mentón exquisito, la delicada curva del cuello y esa magnífica piel de porcelana… los enormes ojos grisáceos enmarcados en finas arrugas experimentadas parecían ser los únicos rasgos distintos en ambas mujeres. Su mirada se paseó inminentemente por el círculo de rostros que la rodeaba, sin llegar a distinguir su objetivo. En su mente, se imaginaba la graciosa pintura de una chica de gorra y pantalones desgarbados enfundada en un rincón de la habitación tratando de pasar desapercibida, desentonando trágicamente con el primor del ambiente. Ignorada por los presentes, esperaría a que terminara la velada para hacer la inadvertida salida de un mundo que era demasiado para ella. Que terminaría por aplastarla con su glamour y su refinado cinismo.

No podía perder la oportunidad de verla quebrada antes de lo previsto. De mirar la ruina física y mental que parecería en medio del mar de intelectualismo y elegancia que ella no había llegado a heredar… La pelirroja a su lado le tomó del brazo y le empezó a jalar discretamente hacia el salón principal, siguiendo a la concurrencia. Esperando su turno, se quedó viendo a un pequeño grupo de hombres un poco mayores que él, que miraban embelesados a una persona que no alcanzaba a ver debido a la altura de los otros.

-¿Quién crees que tenga así a…?- empezó a decir dirigiéndose a su acompañante, cuando la pequeña multitud se despejó, dejando avanzar al centro de atención de los jóvenes, que le siguieron en fila india.

Los ojos azules se agrandaron y la boca se abrió inesperadamente, en un gesto de súbita sorpresa.

-No es posible…-

Continuará…

Hola a todos!! Mucho tiempo de no leernos jaja, en realidad no sabía cómo seguir, y tuve que continuar hasta que todo se reacomodó en mi cabeza en un sentido coherente, más o menos acorde a la historia original que tenía en mente… Es fácil que cambie toda la trama justo a la mitad del relato, y por eso hay que tenerlo todo bien planeado jaja así no se sufre como me tocó sufrir a mí… Sin embargo, creo que ya está todo reacomodado nuevamente, y al menos el siguiente capítulo está completamente estructurado.

Nuevamente, gracias por leer a pesar de la tardanza y que esta serie ya no está en boga. Para mí, será una de las que más me ha marcado en cuanto a inspiración para escribir, debido a sus personajes entrañables. Pronto sabrán más de mí con otro capítulo de mi otra historia y nuevamente a proseguir con esta trama! Gracias por todo el apoyo y los reviews! Me ayudan mucho a continuar y darme cuenta de mis errores.

Nos leemos en el próximo capítulo!

Tiff



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