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Livia57adC
Author of 31 Stories

Rated: M - Spanish - Romance - Harry P. & Draco M. - Reviews: 19 - Published: 06-19-07 - Complete - id:3603397

DRACO DIJO SI

(continuación)

Cómo había aparecido un cuarto piso en su edificio, era algo que Louanne Bouchoir todavía estaba tratando de asimilar. Y cómo dentro de ese piso, que supuestamente debería tener el mismo tamaño que los inferiores, había más de veinte habitaciones, superaba ampliamente su capacidad de comprensión, por más que se esforzara. Y teniendo en cuenta, que desde la calle el edificio tenía el mismo aspecto de siempre, la pobre mujer decidió que todo aquello estaba más allá del límite que ella podría jamás manejar. Así que¿para qué darle más vueltas? Era magia después de todo.

Los pintorescos invitados empezaron a llegar el sábado después de comer. Y el apartamento de Harry y Draco, del cual partían las escaleras hasta el mágico piso superior, se había convertido en un bullicioso ir y venir de magos y brujas, charlando y curioseando por todos los rincones. Extrañamente, Harry se sentía más relajado de lo que había esperado; los nervios que había ido acumulado durante los últimos días y que amenazaban con provocarle una úlcera en tiempo record, habían desaparecido y su estómago por fin volvía a ser su estómago. En contrapartida, extrañamente también, Draco estaba a punto de perder los suyos. Principalmente, porque había demasiada gente invadiendo lo que él consideraba su espacio personal. La intimidad que sólo era suya y de Harry.

Y así, mientras Louanne y Marie se habían adueñado de la cocina de la pareja y preparaban té y repartían pastas para entretener al personal hasta las cinco, alucinando las dos como nunca en sus vidas, Harry había arrastrado a Draco hasta su habitación, para averiguar porqué el témpano de hielo que solía ser su compañero, parecía ir fundiéndose y dejando charquitos por donde caminara. Cerró la puerta con un hechizo para no ser molestados y se encaró al hombre que en poco más de dos horas sería su esposo.

- ¿Qué sucede? –le preguntó Draco, intrigado.

- Me pareció que necesitabas un respiro. –respondió el moreno– Estas algo… ¿nervioso?

- ¿Quién está nervioso? –respondió Draco, más a la defensiva de lo que pretendía.

Harry sonrió, derritiéndose por dentro por aquel rubio arrogante y obstinado.

- Anda, ven aquí… –dijo abriendo los brazos– Yo estoy como un flan, así que ahora mismo necesito un buen achuchón.

Draco también sonrió, negando despacio con la cabeza, mientras daba los dos pasos que le separaban de su compañero. Se estrecharon el uno contra el otro en silencio, sintiendo la calidez de los otros brazos en cuerpo propio, dándose mutuamente calma, mientras desde el otro lado de la puerta llegaba el sonido de conversaciones y risas.

- ¿Mejor? –preguntó Harry instantes después, repartiendo besos por el suave rostro recién afeitado.

Draco dejó escapar lentamente el aire y asintió.

- Supongo que sigues empeñado en no utilizar el hechizo de glamour hoy… –dijo el moreno con un deje de preocupación.

- Exacto. –afirmó Draco, percibiendo la mirada algo inquieta de Harry sobre él y preguntándose si iban a empezar otra vez la discusión que venían manteniendo desde que había descartado enlazarse como Philippe Masson.

- ¿Podrías… reconsiderarlo? –intentó el moreno, aún sabiendo la respuesta.

- No empecemos otra vez con eso. –se negó Draco una vez más– Por favor… -tomó los labios de Harry suavemente– …por favor, amor…

- Eres un puñetero manipulador. –suspiró Harry, abrazándole de nuevo.

Draco sonrió. Después de todo, estaba seguro de que gente como Tonks –aparte de ser la única familia decente que le quedaba–, Kingsley y otros miembros de la Orden del Fénix, no estaban allí sólo para celebrar su enlace…

- Ellos ya te han aceptado, Draco. –le sorprendió la voz de Harry, poniendo en palabras los sentimientos que Draco se había guardado muy mucho de expresar– No tienes que demostrar nada.

El rubio levantó la cabeza del hombro de su compañero y le miró con aquella intensidad que hacía que a Harry se le removiera todo.

- Necesito hacerlo, Harry. –reconoció por primera vez en voz alta– Necesito que vean que Draco Malfoy es el hombre con el que has decidido compartir el resto de tu vida.

Harry asintió en silencio, porque en ese momento tenía un gran nudo atorado en su garganta.

Severus besó suavemente la sien de Remus y éste apretó un poquito su mano, entrelazada con la suya. El mago de ojos color miel estaba muy emocionado. Demasiado. Severus le sostenía firmemente contra su cuerpo, consciente de cuánto le afectaba físicamente tanta agitación. El barco había desamarrado haría unos diez minutos y les habían entregado las túnicas a los chicos, con todo el ceremonial requerido para la ocasión. Severus se la había puesto a Draco y Remus a Harry. Después les habían escoltado ante el celebrante, Albus Dumbledore y les habían presentado ante él, expresando en nombre de los dos jóvenes su deseo de ser enlazados. Tras la aceptación del celebrante, éste había convocado a los testigos, quienes se habían situado al lado de su correspondiente contrayente.

La cabeza de Remus bullía de recuerdos. Harry cuando era un bebé, en brazos de Lily; la tragedia de aquella noche de Halloween; la primera vez que volvió a verle, años después, cuando cursaba tercero en Hogwarts y pensó que era una réplica casi exacta de James, a excepción de los hermosos verdes heredados de su madre; los difíciles años siguientes, en los que la adolescencia de Harry se diluyó entre inesperados y terroríficos descubrimientos, peleas, pérdidas y exhaustivos entrenamientos que culminaron en el enfrentamiento que casi le cuesta la vida. Nada había sido fácil para Harry. Pero había sabido encontrar su camino, lejos de él, de sus amigos, y aunque doliera, Remus ahora reconocía que había sido necesario.

- Hacen una hermosa pareja¿no crees? –le susurró a Severus.

Éste emitió un pequeño gruñido que podía muy bien tomarse como un asentimiento a las palabras de su compañero. Si ese día que Potter apareció en su chimenea para descubrirle que había encontrado a Draco, alguien le hubiera dicho que el final de la historia era ese enlace, se habría tomado una buena dosis de cicuta para no verlo. Sin embargo, había sido el primero en enterarse de su relación –nunca podría olvidar la impresión de ver a su ahijado metiéndole la lengua a Potter hasta el fondo de la garganta en esa cocina–, en intentar comprenderla –qué remedio, después de la vehemente disertación de Draco, quiero vivir, padrino, sólo vivir– y en aceptarla. Todo el mundo estaba demasiado pendiente de la ceremonia como para que nadie se fijara en la media sonrisa que se insinuaba en el rostro del adusto profesor en ese momento. De hecho, Severus no estaba muy seguro de que Narcisa y Lucius hubieran aprobado ese enlace. Seguramente Potter hubiera recibido un Avada fulminante y Draco se hubiera pasado los años siguientes intentando disculpar su falta de juicio. Pero él sabía, y no es que no le hubiera costado más de un dolor de estómago reconocerlo, que su ahijado nunca estaría en mejores manos que en las de ese Gryffindor cabezota y temerario. Y para meterle un poco de sentido común a esa relación, ya estaba Draco¿no?

- Son perfectos el uno para el otro. –admitió en un susurro todavía más bajo que el de Remus.

Los ojos dorados del licántropo brillaron de amor y cariño, mientras seguía atento a las palabras de Dumbledore.

- …y que habéis decidido culminar con este enlace. –decía en ese momento el director de Hogwarts- Unid vuestras manos, por favor…

Hermione nunca había presenciado un enlace mágico. Había asistido a bodas entre brujas y magos, entre otras a la suya propia, pero aquel ritual tan antiguo la fascinaba. Absorbía cada palabra, cada detalle, cada gesto, consciente de que probablemente sería la primera y única celebración que podría presenciar de esa índole. El profesor Dumbledore había hecho una pequeña introducción antes de empezar con el ritual propiamente dicho, recordando vida y milagros de ambos contrayentes, que en algún momento habían arrancado más de una carcajada entre los asistentes. No por nada eran Harry Potter y Draco Malfoy, enemigos en clase, en los pasillos de Hogwarts y en el campo de Quidditch, sólo por mencionar lo menos espinoso, a quienes estaba a punto de enlazar. Hermione estaba segura de que las fórmulas ceremoniales que en ese preciso momento había empezado a recitar Dumbledore, eran tan antiguas como el mismísimo Merlín. ¡Y pensar que el francés que había conocido durante aquella cena en casa de Harry, y que en un primer momento le había parecido hasta encantador, era Malfoy! A veces, cuando lo recordaba, le daban ganas de estamparle a Harry un par de tortas. ¿Por qué no había confiado en ellos? Aunque, en honor a la verdad, y tal como estaban las cosas, seguramente de haberlo sabido hubieran freído a Draco a maldiciones y después hubieran preguntado. Hermione esbozó una inconsciente sonrisa, mientras sus meticulosos ojos no perdían detalle. Después de todos el Slytherin había demostrado ser un buen tipo y verlo al lado de Harry ahora parecía hasta natural. Como si nunca hubiera podido ser de otra forma.

Dumbledore hizo una elegante floritura con su varita y las muñecas de Harry y Draco quedaron unidas por una cinta iridiscente. Estaba a punto de unir sus magias y hacer de aquel vínculo algo tan indisoluble como irreversible. Definitivo. A Ron le recorría un cosquilleo extraño por todo el cuerpo sólo de pensarlo, casi como si al que fueran a enlazar fuera a él. Miró de reojo a su mujer, a su lado; estaba tan absorta que el pelirrojo no dudó de que después sería capaz de repetir la ceremonia palabra por palabra. En ese instante, un estallido metálico, parecido a un chasquido eléctrico, resonó por toda la proa del bateaux, al tiempo que una luz tan intensa como fugaz la iluminaba durante unos segundos. Ron parpadeó conmocionado, al igual que el resto de asistentes a la ceremonia. Sabía que la magia de su amigo era poderosa pero¡Merlín bendito!, aquello había sido realmente estremecedor. Incluso la mujer muggle, la más mayor, había pegado un chillido que había hecho dar un respingo al pobre Matt, el médico de los Chudley Cannons, quien estaba a su lado. La magia de ambos contrayentes, cayó como una suave cascada sobre los presentes, empapándoles y dejando en el corazón de todos una sensación de cálida placidez. A Ron le seguía produciendo un sentimiento confuso verles juntos. Y sin embargo, tenía que reconocer que si uno de los dos tenía el alma en los ojos en aquel momento, ése era Malfoy. A pesar de su porte elegante, de su apostura erguida y esbelta, que le daban el aire del insufrible hurón que había sido. Recordó que apenas cuarenta minutos antes, ya vestidos y preparados para irse, Harry le había arrastrado a su habitación y había cerrado la puerta. Ron había entrado en pánico, temiendo que a su amigo le hubieran asaltado dudas de última hora y pretendiera pedirle consejo. Sin embargo, sólo le había preguntado qué tal se le daban los hechizos para cortar el pelo. ¡No jodas que vas a cortarte la coleta!, había exclamado él horrorizado, ¡no puedes, Harry! Su amigo había hecho una pequeña mueca, dando a entender que a él tampoco le entusiasmaba demasiado la idea. A Draco le gustará que lo haga, había dicho a pesar de todo, además, no pega mucho con este traje¿no crees? Resignado a la estupidez que estaba dispuesto a hacer el moreno en aras del amor, Ron había sido lo suficientemente prudente como para llamar a su madre, acostumbrada a cortar el pelo de toda la familia, no fuera que a él se le fuera la mano y desgraciara al novio, ganándose de nuevo las iras de su ex rival de escuela. Cuando Malfoy había entrado en la habitación minutos más tarde para meterles prisa y había visto a Harry, –Ron estaba dispuesto a jurarlo sobre el libro sagrado de Merlín cuantas veces se lo pidieran–, había estado a punto de hacer algo bastante cercano a echarse a llorar. Y ahora, esos ojos grises tenían una mirada de rendida adoración hacia su ya casi esposo, que al pelirrojo le trastornaba el estómago –cualquier emoción fuerte, Ron la sentía siempre en su estómago–, que no dejaba el menor margen de duda respecto a sus sentimientos. Definitivamente, le habían cambiado al hurón. Bienvenido fuera.

Harry estaba seguro de que los latidos de su corazón se habían duplicado, no, triplicado, en aquel corto espacio de tiempo. Podía sentir el pulso de su cuello, allí donde la maldita corbata apretaba el cuello de la maldita camisa, palpitando frenético como si fuera a salir disparado a través de la piel. Cuando tomó la mano de Draco para colocar el anillo en su dedo y notó el ligero temblor, casi sintió alivio al comprobar que no era el único candidato a un infarto emocional. Harry no creía tener palabras para expresar lo que había sentido cuando la magia de Draco había pasado a formar parte de la propia y por la expresión de su compañero, a él le había pasado lo mismo con la suya. El moreno recordó como su magia, a pesar de ser más poderosa, había respondido siempre a la de Draco. Como, aun inconsciente, la había reconocido y provocado que deshiciera el escudo bajo el que se había protegido en aquel incendio, permitiéndole llegar hasta él. O en aquella ofuscada ocasión en que la magia de Draco había salido al encuentro de la suya, para evitar que cometiera una tontería irremediable. Sin embargo, unirlas había causado una descarga tan potente, tan pura, que por uno segundos su respiración se había detenido, sin apercibirse de que al resto de presentes les había pasado lo mismo. Más que verla, sintió la mano que ahora tomaba la suya para colocarle también el anillo. Porque sus ojos no habrían podido apartarse de los de Draco, grises como el cielo de diciembre que les cubría, ni que el barco empezara a hundirse.

- …que lo que ha unido la magia, no lo separe mago o criatura. –sentenció Dumbledore dando, con estas palabras, por terminada la ceremonia.

Cuando una lenta lluvia de pétalos de rosa empezó a caer sobre ellos, Draco no habría podido decir si sus pies estaban todavía sobre la cubierta o sencillamente flotaban sobre ella. A pesar de que, entre vítores y aplausos, Harry acabara de darle el beso más torpe que jamás le hubiera dado. Antes de que los invitados se abalanzaran sobre la pareja para felicitarles, Fleur hizo aparecer rápidamente su cámara para inmortalizar el momento.

- Un beso para la posteridad, chicos. –pidió, enfocándoles con gesto profesional.

- Como este sea tan penoso, Potter, pido desde ahora mismo el divorcio. –amenazó Draco con una sonrisa que trató de ser maliciosa y se perdió por el camino, para encontrar otra absolutamente radiante.

- Más quisieras, Malfoy.

Ambos sonrieron a la cámara, envueltos en la suave lluvia de pétalos que no cesaba y esta vez los labios de Harry tomaron los suyos con el aplomo y la firmeza de siempre.

- ¡Perfecta! –exclamó Fleur, satisfecha– ¡Seguro que ha salido para enmarcar!

A partir de ese momento, Draco se vio envuelto en una vorágine de besos, abrazos y buenos deseos, que aún haciendo acopio de toda su sangre fría, no sabía muy bien cómo manejar. Reconocía que era bastante extraño estrecharle la mano a Longbotton, o que Lovegood le diera un beso dando pequeños saltitos –esa chica era rara de narices. Casi tanto como que el matrimonio Weasley, Arthur y Molly, le dieran una cálida bienvenida a la familia, en nombre de todos sus miembros. A pesar de todo, fue Ron Weasley el que le dejó completamente desmontado.

- Harry no se cortaría la coleta sin una buena razón. –dijo el pelirrojo– Sabiendo que cuando vuelva a Londres, el equipo se le va a echar encima.

Draco alzó una ceja, aunque refrenó el gesto completo; ese tan característico con el que un Malfoy, sin hacer uso de la palabra, mandaba a alguien a perderse en un lugar no muy agradable. Se preguntó si el día de su enlace iba a tener bronca con Weasley por culpa de una coleta.

- Quiero decir que eso sólo viene a demostrar cuánto te quiere. –continuó Ron, moviendo nerviosamente sus grandes manos, como si no supiera qué hacer con ellas– Yo dejé de comer cebolletas por Hermione¿sabes? A pesar de que me gustan mucho.

Draco asintió en silencio, algo más relajado, siguiendo con curiosidad la disertación del pelirrojo, que ahora apoyándose en una pierna, ahora en la otra, tampoco parecía tener muy claro dónde quería acabar.

- No soy muy bueno intentando decir cosas, así que…

A pesar de que eran de la misma altura, Ron Weasley era mucho más corpulento. Y Draco quedó prácticamente estrujado dentro de su abrazo.

- Gr..gracias, Ron. –jadeo casi sin respiración.

El pelirrojo sonrió, algo incómodo y se retiró, consiguiendo por fin hacer algo útil con sus manos: meterlas en los bolsillos. Antes de que Draco pudiera recuperarse de la impresión, alguien le tomó del brazo y susurró en un tono ligeramente irónico:

- ¿Podría concederme cinco minutos de su tiempo señor... Potter?

Draco se volvió y abrazó a su padrino, quien le estrechó fuertemente durante unos segundos y después le soltó con algo de brusquedad. Un par de cachetadas, algo torpes, en su mejilla y el joven pudo darse por satisfecho con las pruebas de afecto recibidas. Caminaron hacia estribor hasta llegar a la barandilla y contemplaron en silencio las ondas que el barco dibujaba en el agua mientras se deslizaba sobre ella. A medida que el sol iba descendiendo, el frío era más acusado y el viento que agitaba los cabellos de ambos era húmedo, salpicado de pequeñas gotitas.

- Hoy he pensado mucho en mis padres. –confesó Draco tras unos instantes– Sobre todo en mi madre.

Inconscientemente su mano se posó encima de la túnica, donde estaba el colgante que ella le había dado.

- Estarían orgullosos de ti, como yo lo estoy. –afirmó Severus,– Del hombre en el que te has convertido, superando todos los escollos que la vida ha puesto en tu camino.

Draco dejó escapar un pequeño suspiro y después miró a su padrino esbozando una sonrisa algo triste.

- No estoy muy seguro de que Harry fuera lo que ellos habrían querido para mí, padrino. Seguramente, ahora mismo se sentirían tan decepcionados que padre ya me habría maldecido y desheredado.

- ¡Como si eso te importara! –bufó Severus, en un intento de reconfortarle.

- No, no realmente… –admitió el joven– Pero sabes que la opinión de mi padre siempre contó mucho para mí. –titubeó unos instantes antes de continuar– Sé que me querían… que antepusieron mi vida a las suyas…

Severus alzó una mano, indicándole que se detuviera. No era un día para tristezas, si no de alegría y celebración.

- Creo –dijo en tono sardónico, mirando a la orilla que pasaba rápida frente a ellos– que después de que en un primer momento evitáramos que Lucius le lanzara un Avada a Potter, y después de que Narcisa te recordara dónde están tus raíces y cuál es tu linaje… tus padres no serían tan ciegos como para rechazar a alguien capaz de protegerte con su vida, Draco.

Draco observó cómo Harry en ese momento abrazaba cariñosamente a Louanne, hecha un mar de lágrimas.

- No, aunque supongo que tampoco darían saltos de alegría. –dijo.

- Bueno, –sonrió Severus maliciosamente– tal vez cuando tu madre le hubiera hablado de sus clases de protocolo, de sus intenciones de obligarle a aprenderse el árbol genealógico familiar de arriba a bajo y de abajo a arriba y le hubiera insinuado que ser jugador Quidditch seguramente no estaba a la altura de lo que se esperaba de tu esposo, a Potter le hubiera faltado tiempo para salir corriendo.

Draco miró a su padrino con expresión otra vez risueña.

- Y yo hubiera salido corriendo detrás de él. –afirmó, sonriendo abiertamente.

- Si, supongo que sí. –admitió Severus en tono resignado– ¿Eres feliz, Draco? –preguntó después, clavando sus profundos ojos negros en los de su ahijado.

- Como no te puedes imaginar, padrino.

Severus desvió su mirada unos instantes hacia el hombre que en esos momentos doblaba con gran esmero la delicada túnica que Harry acababa de quitarse, seguramente temeroso de otro ataque de lágrimas de la francesa.

- Pues cuida esa felicidad y consérvala, Draco. La vida es muy corta. –su voz pareció a punto de quebrarse durante unos segundos, pero recuperó inmediatamente su tono irónico– Después de todo¡y gracias a Merlín! sólo hay un Potter por generación.

- Y sólo un Remus Lupin. –dijo Draco, a su vez, consciente de dónde estaba la mirada de su padrino.

Severus asintió en silencio, con una pequeña sonrisa en sus labios, antes de decir:

- Creo que vienen a reclamarte…

Harry se acercaba a ellos con una sonrisa de oreja a oreja.

- Remus quiere hacer un brindis en nuestro honor. –dijo tomando a Draco de la mano. Después, dirigió una mirada de entendimiento a Severus– Será mejor que esté a su lado…

Mientras el adusto profesor se encaminaba hacia el grupo de invitados con expresión sufrida, Harry retuvo a Draco unos instantes para poder besarle.

- Todavía no puedo creerlo. –susurró dándole vueltecitas al anillo que él mismo había puesto en el dedo de su esposo.

Draco se deshizo de su mano para asirle por las solapas de la americana, mirándole con provocación.

- ¿No te han dicho que estás muy guapo con este traje, Potter?

- Prácticamente a cada paso que doy… Potter. –sonrió Harry.

Draco arrugó la nariz.

- Que conste que el buen gusto es totalmente Malfoy.

- Que conste… –admitió el moreno, buscando sus labios otra vez.

Pero una algarabía de gritos y reclamos les obligó a interrumpir sus arrumacos, exigiéndoles su presencia.

- Seré breve. –anunció Remus, sonriente y feliz, una vez los recién desposados se unieron a ellos y todos tuvieron su copa en la mano.

Severus, a su lado, rodeó discretamente con su brazo la cintura de su compañero, en silencioso apoyo.

- No voy a mencionar hechos que todos conocemos, pero sí a congratularme de que a pesar de ellos, estos dos jóvenes estén hoy aquí con nosotros. Como tampoco puedo dejar de agradecer, que la vida juegue a veces esas extrañas pasadas, como la que les permitió volver a encontrarse, enamorarse y compartir la vida que han construido juntos.

Vítores y aplausos, mayoritariamente del sector Weasley, capitaneado por los gemelos. Remus carraspeó un poco en su dirección, hasta lograr silencio y después se dirigió a Draco.

- Sé que tu padrino, poco amante de los alardes públicos, te ha soltado su discurso en privado…

Hubo risitas y unos entusiásticos ¡que hable Snape, que hable Snape! por parte de dos alborotadores pelirrojos, que Severus cortó con una de sus peculiares miradas.

- …pero sabes que cuentas también con mi cariño y el afecto de todos nosotros.

Molly Weasley y McGonagall, una al lado de la otra, aunaron temblores de barbilla y lagrimitas. La Sra. Bouchoir, aunque no entendía nada y no lograba que su hija tradujera a la velocidad que ella deseaba, –demasiado distraída en cierto pelirrojo cazador de dragones– puso en marcha su propia fuente por pura empatía.
Draco sintió como Harry le estrechaba un poco más contra él y depositaba un suave beso en su mejilla. Sin mirarle y manteniendo su postura erguida y aparentemente serena, se limitó a apretar un poco más la mano que tenía entrelazada con la de su esposo.
Remus dirigió entonces sus ojos, algo más cristalinos, hacia Harry.

- Ojalá, James y Lily pudieran estar hoy aquí. –dijo– Y Sirius.

Draco notó como el cuerpo de Harry se tensaba un poco, y sus labios marchitaban ligeramente la sonrisa que había sostenido hasta ese momento.

- No sé como habrían sido las cosas si ellos hubieran tenido la oportunidad de verte crecer, Harry. –Remus sonrió con una mezcla de nostalgia y tristeza– Seguramente muy distintas. –se contestó a si mismo seguidamente. Después su sonrisa se hizo más viva– Porque en este preciso momento no estaríamos tan tranquilos y relajados. –aseguró, evitando que su discurso escapara por derroteros no muy aptos para la ocasión.

Hubo sonrisas de entendimiento por parte de profesores y amigos de los mencionados y un pequeño murmullo de comentarios, que Remus acalló alzando sus manos para reclamar silencio.

- Supongo que algunos de vosotros no podéis ni imaginar lo que era tener a James y a Sirius juntos, –continuó– aunque sólo fuera cinco minutos, y pretender que las cosas no se salieran de madre en menos de tres.

- Algunos si podemos, Lupin. –masculló Severus.

Y esta vez las carcajadas fueron generales. Aunque al Profesor de Pociones, extrañamente, no parecieron molestarle demasiado.

- En definitiva, y teniendo en cuenta que he dicho que sería breve, –prosiguió Remus agradeciendo la oportuna intervención de su pareja– quiero alzar mi copa por Harry y Draco. Por que tengan una vida larga y feliz, y la llama de su amor no se apague nunca.

Al grito unánime de por Harry y Draco, todo el mundo alzó su copa y bebió.

De reojo, Remus vio el gesto de Severus, llevándose la mano al estómago, haciendo un gesto de malestar.

- ¿Qué te pasa? –preguntó preocupado.

- Indigestión de azúcar, Lupin.

Los ojos dorados parpadearon unos segundos e inmediatamente después Severus recibió un pequeño puñetazo en el brazo.

- ¡A veces no sé cómo te aguanto! –exclamó Remus, a pesar de todo, sonriendo.

Después de besarle y con un ahora vuelvo un poco roto en su garganta, Draco vio como Harry se dirigía hacia Remus para darle un gran abrazo. Al cabo de unos segundos, tuvo la impresión de que su esposo estaba dando rienda suelta a sus emociones y que había bastante humedad de por medio. Tenía el rostro hundido en el cuello de Remus, quien acariciaba los negros cabellos mientras le hablaba. El compañero de su padrino parecía también estar desatando toda la emoción que había contenido durante su discurso. Draco decidió que era un buen momento para departir con sus invitados, mientras dejaba que Harry se desahogara a gusto.

Severus, que se había apartado un poco cuando Harry se había acercado a ellos, contemplaba la escena con el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre el pecho. En un alarde de infinita paciencia, fue capaz de contenerse durante más de cinco minutos. Después, buscó con la vista a Draco, quien en ese momento hablaba animadamente con los Sres. Weasley, Dumbledore, McGonagall y su prima Tonks. Se dirigió hacia a ellos con el ceño todavía apretado.

- Anda, ve a buscarle antes de que entre los dos hagan subir el nivel del río. –le dijo a Draco.

- Cómete un canapé, Severus. –ofreció Dumbledore amablemente, mientras él mismo cogía otro de la bandeja sobre la mesa justo a su lado– Tu ahijado tiene verdadero talento para complacer el paladar.

Draco se limitó a sonreír, sin ninguna intención de mover un sólo pie de donde estaba. Harry era mucho más emocional que él y si necesitaba ese rato a solas con la única persona que le quedaba cercana a sus padres, iba a tener todo el tiempo que necesitara. Se pusiera como se pusiera su padrino. Refunfuñando, Severus tomó el canapé que Draco le ofreció y le hincó el diente. Se zampó los tres siguientes sin decir esta boca es mía.

- Ejem…

Draco volvió el rostro para encontrarse con Hermione Granger a dos palmos de su nariz.

- Espero que no tengáis intención de dormir en vuestro apartamento hoy… –susurró la castaña, mientras miraba hacia otro lado, como si no estuviera hablando con él.

- ¿Por…? –preguntó Draco con fingida inocencia.

- Digamos que no sería muy seguro entrar en vuestra habitación esta noche… -murmuró ella, con la mirada fija en los gemelos.

- Lo habíamos previsto, no te preocupes. –respondió Draco y a continuación preguntó con expresión maliciosa– Y dime¿qué hicieron en tu noche de bodas?

Hermione dejó escapar un suspiro de exasperación, como si recordarlo todavía le hiciera subir la tensión.

- Entre otras cosas que no mencionaré, –explicó con un repentino rubor– la cama no dejó de dar vueltas por la habitación en toda la noche. La puerta de la habitación estaba encantada para no dejarnos salir hasta el día siguiente por la mañana, así que tuvimos que meternos en el armario para que esa loca cama no se nos llevara por delante. –ante la espontánea carcajada de Draco, Hermione no tuvo más remedio que reírse también– Tuvimos suerte de que Bill se apiadara de nosotros y nos sacara a las tres de la mañana del maldito armario. Pero cualquiera se fiaba, así que acabamos en el Caldero Chorreante.

- ¡Argggg!! –exclamó Draco con cara de asco– ¿Y todavía les sigues hablando a tus cuñados?

Ella se encogió de hombros, con una sonrisa traviesa.

- No creas que no me lo cobré…

- Te creo… –aseguró él, convencido de que había sido algo contundente y retorcido.

Fue entonces cuando sintió que unos brazos familiares le rodeaban y el olor a melocotón del cabello de Harry inundó el aire a su alrededor.

- Llevas demasiada ropa, Malfoy. –susurró la voz junto a su oído.

Una oleada caliente recorrió el cuerpo de Draco. Ya no haría falta que le preguntara a Harry si estaba bien. Evidentemente, lo estaba. Cada uno había lidiado con sus fantasmas familiares y los había exorcizado a su manera. Hermione hizo mutis por el foro, con una sonrisita en los labios.

- Ven.

Draco tomó de la mano a su esposo y le llevó hasta la proa. Esta vez fue él quien apoyó el cuerpo de Harry contra el suyo, reprimiéndose las ganas de tocar más allá de lo que ojos ajenos debieran ver, mientras ambos contemplaban el paisaje que se deslizaba antes sus ojos.

- Siento como si toda nuestra vida estuviera concentrada aquí. –dijo– Como si jamás hubiéramos vivido en otra parte; que no hubiera otro mundo que no fuera París.

Harry asintió, comprendiendo perfectamente lo que Draco trataba de decir.

- Porque tus ojos son el cielo de París, amor. –y volvió el rostro hacia su rubio esposo para poder extasiarse en ellos.

Draco sonrió y descendió hasta los labios entreabiertos y ansiosos que esperaban su gesto. La boca de Harry jamás le pareció más dulce; sus labios más suaves y deliciosos; su lengua más dócil, dejándose envolver por la suya. Un adorable gemidito quedó atorado en la garganta del moreno, obligando a Draco a detenerse.

- Demasiado público. –susurró.

Harry dejó escapar un pequeño suspiro de resignación, mientras se arrebujaba más contra su esposo, quien todavía llevaba su túnica, un poco aterido por el frío de diciembre y la humedad del río.

- Notre-Dame… –musitó Draco.

La espléndida catedral gótica se alzaba frente a ellos, recortándose contra el cielo crepuscular como en una de esas postales que vendían para los turistas. Pronto rodearían la Île Saint-Louis y retomarían la orilla de la que habían partido hacia el embarcadero del Port de la Conférence. En el fondo de su corazón, Draco seguía sintiendo esa extraña inquietud, si bien ahora envuelta en pétalos de rosa, no por ello menos perturbadora. Por unos segundos, mientras París pasaba ante sus ojos, sintió la misma desagradable punzada que meses atrás, cuando Bill Weasley entró en su cocina y supo que la burbuja en la que había vivido durante cinco años estaba a punto de reventar. Lo reafirmó cuando la vacilación de Harry le había hecho tragarse el Obliate que ya tenía en la punta de la lengua, en un intento desesperado de que aquel casual e inesperado encuentro no les afectara. Y ahora, luchaba cada día con ese miedo irracional que se había instalado en el fondo de su alma desde que su tía había irrumpido en el restaurante, buscando a Harry. El que escondía y fingía que no existía para que su ahora esposo no sospechara que se le retorcían las entrañas ante el sólo pensamiento de que pudiera volver a encontrarles. No por él, a quien esa loca no había sido capaz de reconocer bajo su glamour. Su terror radicaba en que pudiera arrebatarle a Harry; que se llevara la vida del hombre en torno a la que giraba la suya. Le estrechó con más fuerza contra él y el moreno soltó un gruñidito de satisfacción. Uno de esos que dejaba escapar en la cama, cuando saciados el uno del otro, se enroscaba contra su cuerpo pálido y caliente para dormir. O el de esas mañanas en las que no había que levantarse temprano y al gruñido le acompañaba una sonrisa todavía dormida, cuando el aire de la habitación olía a croissant recién hecho y a café con leche.

Y era entonces cuando Draco deseaba París más que nunca. El París de esos cinco años. El que ahora veía escurrirse entre sus dedos con tanta rapidez como el Sena se abría para dejar paso a la quilla de ese barco. Y a pesar de que sabía que no cortarían definitivamente los lazos que les unían a aquella hermosa ciudad, –La Petite Etoile seguiría allí, en manos de Noah y Marie– ya no sería lo mismo. Se animó a si mismo pensando que, después de todo, Harry no jugaría muchas temporadas más. Y que entonces no le costaría convencerle para dejar Inglaterra y volver para instalarse definitivamente allí. Y si no…

- Siempre nos quedará París. –suspiró en voz alta, sin poderse resistir a pronunciar la famosa frase de Bogart en Casablanca, una de sus películas favoritas desde que descubrió el cine en blanco y negro.

Harry le miró con curiosidad durante unos instantes. Después sus ojos regresaron al río, cuyas aguas se veían ahora negras por la creciente oscuridad.

- Siempre quedaremos nosotros, estemos donde estemos, Draco. –susurró.

Dirigió su mano hacia los músicos que estaban animando la velada, a los que de pronto les entraron unas irrefrenables ganas de tocar “As time goes by”. Draco sonrió sobre su pelo, tan oscuro como el cielo en aquel momento.

- Te amo. –musitó.

Harry volvió nuevamente el rostro hacia él y esbozó una sonrisa inocente.

- Porque todavía no me has visto bailar. –dijo mientras se daba la vuelta, tomaba a Draco por la pechera de su túnica y empezaba a llevarle hasta donde los demás demostraban ya sus dotes como bailarines, con mejor o peor suerte.

- ¡Merlín bendito¿Debo asustarme? –preguntó el rubio con ironía, dejándose arrastrar con indolencia.

Harry se detuvo a pocos pasos de los músicos, sin soltarle. Se mordió el labio con fingida inquietud y preguntó en tono preocupado:

- ¿Recuerdas lo que costaron tus elegantes zapatos? –Draco alzó una ceja, algo sorprendido y después asintió- Pues cuando acabemos desearás olvidarlo.

Entonces Harry sonrió. Con sus labios. Con sus ojos. Con su cuerpo entero. Y Draco comprendió que París estaría siempre donde estuvieran ellos.

FIN

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