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Author of 17 Stories |
Ningún personaje me pertenece, pero sí una Death note y no me da miedo usarla.
Feliz navidad y que el año que viene sea mejor para todos. Muchos besos, abrazos y buenos deseos. Saya - Winry feliz Navidad y gracias por tu apoyo. No soy Papa Noel, pero se hace lo que se puede.
Decimocuarta noche
Humo
Sin duda estaba soñando. Imágenes de su vida pasaban frente a sus ojos como los vagones de un tren descarrilado. Era curioso porque casi en todas aparecía el imbécil de Near, Ese entrometido. Sin embargo, solo era un sueño, uno de aquellos que traspasan la fantasía y el umbral del dolor. Trató de mover el cuerpo y solo consiguió ladear ligeramente la cabeza. Fue suficiente para quitarse la modorra de encima. Un profundo olor a quemado le dio la bienvenida a la realidad mientras le impedía respirar. Estaba tan oscuro como en sus pesadillas, denso, vacío y no podía ver más allá de su nariz. Tampoco ayudaba estar postrado a su suerte en medio de la nada y sintiendo que el cuerpo no le respondía.
“Duele.”
Esa palabra iba más allá de su incomodo significado. El dolor es importante, todavía podía sentir. Si de eso se trataba, entonces sentía intensamente.
Había vuelto a nacer y esta vez lo hizo con los ojos abiertos. Sobre el suelo y en solitario, con tan poco control de sí mismo como un infante. Quizá era que aún seguía flotando en sus ensoñaciones, porque no podía ver nada, pero sí escuchar.
Fuerte y claro una voz conocida que sonaba perdida entre las tinieblas.
Movió los labios pero no salió sonido suficiente para alcanzar aquella voz que llamaba por su nombre. No tuvo más ganas de responder, los huesos pesaban demasiado. La oscuridad estaba ganando terreno sobre sus sentidos y por un momento resultaba más placentero quedarse dormido.
Si él hubiera sido alguien más, como el idiota de Near por ejemplo, seguro se hubiera rendido, pero esa palabra estaba fuera de su vocabulario. Al igual que miedo, había nacido desconociendo su significado. Su mente empezaba a reaccionar ante la situación, el dolor era un buen motor para activarla, sus sentidos volvían a funcionar.
La voz sonaba cada vez más ausente. El muy imbécil se estaba alejando de donde estaba él. No iba a poder ver nada en medio de la densa humareda. Esto iba a ser divertido, un ciego guiando a otro ciego.
El lugar estaba tan caliente como si hubiera vuelto al vientre de su madre, tan apacible como aquello. Casi no sentía su cuerpo. Se le estaban nublando los sentidos otra vez mientras respiraba más lentamente.
“No, aún no.”
Aún tenía que barrer el piso con el trasero de Near. Aún no estaba listo para despegar los pies del suelo. Abrió los ojos tratando de respirar pero sólo humo negro entró a la primera bocanada. Ahora si empezó a desesperarse. Hubiera gritado si es que la tos se lo permitiera. Trató de aferrarse a la vida arañando los escombros que tenía alrededor.
“Maldita sea Matt.”
A riesgo de que esas fueran sus últimas palabras trató de levantarse del suelo tambaleando. Dio unos cuantos pasos como un niño aprendiendo a andar. La muerte llegó entonces y rodeó sus costillas con sus brazos delgados. No tuvo tiempo para forcejear con ella, dejó que lo arrastrara haciendo con sus pies surcos sobre la ceniza caliente.
Cuando creyó que todo estaba perdido volvió a ver el cielo nocturno. Había una escalera de humo tratando de alcanzar las nubes. Los brazos aún lo apretaban sin decir nada, sólo respiraban agitados mientras sollozaban suavecito. Tenían un nombre además y lo conocía muy bien, al único que podía llamar con la certeza de que acudiría a salvarlo.
“No tienes porque llorar, idiota.”
Xxx
“Si prendes otro cigarro te lo voy a apagar en el trasero.”
Matt aspiró una vez más para lanzar el cigarrillo al suelo. No podía dejar la mala costumbre de fumar, como tampoco de correr hacia él cuando lo sentía enojado.
Ahora por su culpa toda la habitación olía a humo y la verdad que no le desagradaba el olor. El sabor que le daba a su boca, tampoco. Ahora sólo quería que se acerque y le acaricie el rostro con los labios. A pesar de que todavía dolía un poco la cicatriz que obtuvo luego de esa noche en la que casi se pierden mutuamente.
“Ten cuidado.”
Matt era tan torpe, tan inútil. Rodeaba su cuerpo con sus brazos largos y parecía que quería destrozarlo. Apretaba con fuerza su espalda, como si le quisiera triturar la columna, rodeaba su cabeza y empezaba a besarlo con desesperación.
Aún lastimaba.
“Lo siento.”
Se disculpó mientras que sus mechones rojizos rozaban la carne sensible que rodeaba la cicatriz sobre su ojo izquierdo.
“Lamento ser tan descuidado…”
Más besos.
“Tan desconsiderado.”
Bajando por su garganta. Cayó entonces sobre la cama y Matt le lamía el cuello como si lo tuviera cubierto de azúcar. El catre rechinó en protesta, pero eso no los detuvo. Mello llevó sus manos sobre las hebras rojas y empezó a tirar de ellas para dirigir sus movimientos. No era que se resistiera, Matt era bastante dócil en todos los aspectos de su vida. Se tropezó en su camino con las gafas que siempre coronaban su cráneo. Matt y sus estúpidos lentes. ¿Para qué los traía puestos? ¿Acaso pensaba que le iba a mojar la cara?
Quizá lo haría luego, mientras no los necesitaba y estaban estorbando. Lo liberó de ellos y las lanzó las los más lejos que pudo deseando que se fueran por la ventana. Matt como siempre no se quejó y continuó con lo que había empezado, devorar su piel. Se concentraba sobremanera en recorrer las venas tibias de su cuello, como un caminito verdoso sobre una columna blanca. Matt adoraba surcarlas con la lengua y de cuando en cuando morderlas ligeramente.
Todos estos movimientos estaban empezando a hacer pedazos al rubio y aumentaban sus ganas de gemir como perro.
Control, no podía perder el control. Ese era el juego favorito de ambos, resistirse hasta el final. Mello nunca perdía en el juego que él inventó. Tuvo que morderse la lengua porque Matt atacaba un punto muy sensible y hacía trampa. Pasaba la lengua alrededor de uno de sus pezones y ahora lo mordía suavemente. Estiraba la piel rosada con sus dientes y la soltaba para volverla a morder. Tiró la cabeza hacia atrás casi partiéndose el cuello en el proceso, arqueando la espalda casi la quiebra también. Cuando regreso sus ojos a Matt este al ataque hundiendo su lengua en medio de sus labios.
Mello atrapó su cabello y lo apartó de su rostro. Con sus manos la guío a donde era necesaria atención urgente. Menos mal entendió el mensaje y lo ayudó pronto a deshacerse de la prenda que aun tenia puesta. Trozos de tela que los separaban pronto salieron volando y cayeron en algún lugar de aquella pequeña habitación. No necesitaban nada muy grande, de todos modos, con tal que pudieron compartir la cama todo estaba bien.
Matt no perdió el ritmo y pronto regresó a acariciar los muslos como colinas de nieve, mientras que su lengua jugaba con la parte más caliente en medio de ellos. Maldita sea, si seguía lamiéndolo de ese modo iba a necesitar ponerse los lentes esos. Le iba a bañar la cara en cualquier momento.
“Ah, Matt.”
Que se detenga, quiso gritar, no quería llegar tan pronto y la noche apenas empezaba. Tuvo que arrancarlo de su cuerpo y de paso se llevó cabellos de su cráneo. Empujo su pecho con uno de sus pies y pudo notar que estaba en desventaja. No pudo contenerse al ver la piel tierna de Matt expuesta frente a él. Adoraba frotarse contra ella cuando este le sujetaba las muñecas y se acomodaba para entrar dentro de su cuerpo.
Dejó que lo cubriera con su pecho y lo besó con la misma desesperación con la que Matt lo hizo un momento antes. No, aún un poco más. En esos momentos aprovechaba para enredarse en su cintura. Cuando no había espacio que los separara era cuando se sentía contento. Matt no le hacía esperar, siempre estaba dispuesto a complacerlo.
Fue breve el momento, fue corta la espera, casi efímera. Como si fuera un solo cuerpo el que compartían por pequeños espacios de tiempo, se sentía tan bien. Matt se movía con un vaivén parecido a las olas en tempestad, Mello se balanceaba como un barco que se deja llevar y pelea para no hundirse. Aunque adoraba esa sensación, de hundirse sobre la cama, con Matt encima, a punto de hacer un agujero en las sabanas, empapándolas con su cuerpo.
Matt lo sostenía sobre sus piernas mientras que Mello arañaba la pared con desesperación. Balanceándose de nuevo mientras que en la habitación sus gemidos eran opacados por el rebotar del catre. Iban a salir flotando en sudor si seguían a ese ritmo, como una embarcación bastante peculiar, en donde sus tripulantes pensaban en comerse vivos el uno al otro.
El modo como Matt lo besaba, el modo como recorría sus piernas, su pecho, su espalda a besos… La manera como lo envolvía en sus brazos cada vez que exhaustos terminaban dando tregua a su libido…
Matt tenía miedo, ese cobarde.
Estaba aterrado, como una mascota que pierde a su dueño.
Se estiraba aun sobre la cama, trataba de alcanzar los cigarros que quedaron olvidados sobre el velador. Era un impulso, no podía evitar fumar tanto como no podía contenerse de tener al rubio cerca cada segundo de su existencia. Como parte de su vida. Lo encendió de prisa y soltó una bocanada de humo que fue formando figuras mientras se diluía hacia el techo.
Mello se estiró abandonando su calor. No se demoró en perseguirlo, lanzó el cigarro al suelo y sus brazos buscaron el cuerpo del rubio a su lado.
“Eres imbécil, vas a causar un incendio.”
Recuerdos aún frescos, el dolor aún dolía.
Matt besó su nuca apretándolo.
“Perdón.”
Esas palabras salían tan de su boca casi con la misma facilidad que sus besos. Mello no estaba seguro de ser capaz de hacer lo mismo que él. Sensación extraña. Quiso pedirle perdón por arrastrarlo sobre sus pasos, por hacer que lo siga sin pedirle explicaciones. Tenía que reconocerlo, sí había algo que le daba más que miedo. Fallarle. Sacudió la melena dorada para dejar que siga mordiéndole debajo de la oreja.
Humo, el temor se hacía humo cuando tenía a Matt a su lado. La luz que brillaba en sus noches más oscuras. Brazos en los que podía huir a refugiarse. Si se hubiera muerto la noche aquella hubiera sido a su lado, como en ese momento estaban ambos, con sus cuerpos entreverados desafiando a la muerte. Ni siquiera ella podría separarlos.