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Un Cuervo
Author of 5 Stories

Rated: M - Spanish - Romance/Horror - Hermione G. & Draco M. - Reviews: 17 - Updated: 05-18-08 - Published: 08-05-07 - Complete - id:3705390

”… Levántame

De entre tus pies levántame, recógeme,
del suelo, de la sombra que pisas,
del rincón de tu cuarto que nunca ves en sueños
Levántame

Porque he caído de tus manos
y quiero vivir, vivir, vivir…”.

Jaime Sabines.

Alexandra Riddle, escribo desde mi distancia y tu ausencia.

Con ansiedad de hallarte nuevamente, mis palabras nacen y se dirigen a tu encuentro: en medio del café, se posa a tus pies este beso.

PRIMERA PARTE

AMANTE

Es fascinante darse de bruces contra la “infinita comprensión”, contra el “apoyo incondicional” de los amigos, ¿no creen? Supongo entonces que no sirven ahora de nada mis palabras de consuelo por la muerte del Director; se te han olvidado las horas que te he visto llorar en los últimos días. Y tú… ¿pretendes decirme que hubieras esperado todo de mí, menos esto? Sería conveniente que pensaras en todo lo que yo llegué a esperar de ti. Ahora me miras y tu expresión es tan semejante a la de Malfoy. ¿Y me acusas de traicionarlos?

Acres reclamos colándose por las habitaciones, por los pasillos, deslizándose hasta el sótano, reverberando en el ático de la estrafalaria edificación, la Madriguera – morada cálida por definición, si bien en el momento se percibía opresora, fría y presa de una oscuridad atenazante.

Tres y media de la mañana. Tres almas en vela, enfrentada una en desventaja contra el par que demandaba, acusaba ineludible con la mirada.

Cierto rencor tembloroso se asomaba a la voz de Hermione Granger, vuelta sospechosa, culpable y próxima a sufrir una ejecución a todas luces ilógica. A la vista de los ojos castaños ahora enrojecidos por las lágrimas a punto de volcarse.

Frente a ella, Harry Potter y Ronald Weasley guardaban un gélido silencio que a la joven mujer le escocía hasta las arterias. Sentados a la mesa, la miraban desde la distancia, desde la altura insuperable de erigirse como posibles verdugos.

Harry desviaba la mirada, los iris verde olivo saltando del piso al techo, a los muros, a cualquier parte menos hacia ella. En más de tres ocasiones había estado a punto de golpear la mesa, apretando los puños hasta que los nudillos palidecían.

Ronald, en cambio, no apartaba los ojos: la miraba casi obsesivamente, con el rostro revuelto de indignación, incredulidad y algo que a Hermione le hería sin parangón: los atisbos de un asco que amenazaba con trascender, encarnar en lo profundo del joven pelirrojo. No hablaba, tal vez enmudecido por una decepción profunda. Se mantenía inmóvil como la piedra y Hermione comenzaba a entender que no habría vuelta atrás en los ojos azules de aquel niño testarudo, ahora casi un hombre.

Fue Harry quien respondió al intento de Hermione por defenderse.

¿Qué esperas que haga? ¿Aplaudir ante tu estupidez? ¡Claro que no esperaba verte haciendo lo que hiciste! ¿Cuándo pensabas decírnoslo, si acaso lo consideraste en algún momento, Hermione? – la voz de Harry amenazaba con abandonar el susurro y tornarse en una diatriba de mayor proporción, algo que levantaría sin duda del lecho a los habitantes de la casa.

¿De verdad piensas que podría traicionarlos, Harry?

Eres tú la que lo ha dicho, Hermione. Tú misma te delatas, te atrapa la culpabilidad. Quiero decir… – hizo una pausa cínica – Dumbledore no tenía dos días de muerto y Ron y yo te encontramos besando a ese pedazo de escoria… no puedo creer que estuvieras involucrada en algo tan… asqueroso.

Ron dejó escapar un leve suspiro y bajó la mirada con pesadumbre. Después habló con voz entrecortada y temblorosa.

¿Desde cuándo, Hermione? ¿Y cómo mierda es que comenzaste? ¿Cuántas veces?

Hermione se llevó la mano a la frente, en un gesto de asombro herido que delataron los ojos tan abiertos e incrédulos. Sentada en un pequeño banco a escasos metro y medio de la mesa en la que los dos muchachos parecían alejarse de ella irremediablemente, se irguió dolida ante la ráfaga de cuestiones, imprecaciones y gestos de los dos ejecutores.

No hagas esto Ron, por favor…

Respóndeme, Hermione. Dímelo si en algo te importa el haber puesto en riesgo a todos… ¡Habla!

Tiene razón, Hermione. No sólo nos ocultaste algo que deberíamos haber sabido desde el primer momento: comprometiste la totalidad de nuestras acciones, la seguridad de Ron y su familia, la mía de paso, de la Orden del Fénix entera, si aún queda alguna utilidad en ella.

Por un momento el abundante cabello de Hermione cubrió el rostro contrariado, mientras ella trataba de recapitular lo sucedido durante la última semana: seis días habían transcurrido desde que abandonaran Hogwarts, a la mañana siguiente del sepelio de Albus Dumbledore. La chica había confiado en que nadie habría sido testigo (no podía ser) del encuentro – para el mundo entero prohibido, no para ella – sostenido en la soledad, que ahora sabía violentada, del último vagón, antes de partir el tren.

Se había despedido de manera “impropia” de alguien que debería haberse dado a la fuga sin mirar atrás, después de lo ocurrido en la torre de Astronomía. ¿En verdad tendría que haber huido?

No importaba ahora: después del adiós, siempre confuso y aparentemente privado, Harry y Ron se habían apartado de ella. Al encontrarlos en el vagón del cual saliera media hora antes, el pelirrojo adujo tener que efectuar la ronda de prefectos a través del tren (a Hermione le extrañó la presteza con que partió sin invitarla a hacerle compañía); Harry se marchó a uno de los vagones de punta, murmurando entre la palidez de sus gestos que deseaba estar solo para reflexionar.

Hermione aceptó estas explicaciones en vista de los acontecimientos recientes, y mantuvo una charla apagada e interrumpida con Luna, Neville y Ginny, los acompañantes que restaban en el compartimiento.

No vio a sus dos amigos hasta el momento de llegar a la estación de King’s Cross y lamentó la premura con que ellos partieron al encuentro de los Weasley, casi sin dirigirle una despedida que mereciera tal nombre – había comenzado a temer en aquel momento que algo pudiera habérsele escapado al visitar el vagón de cola del Expreso.

Sus padres la recibieron con alegría, aunque el miedo se reflejaba en los rostros amables que le dieron la bienvenida en la estación: habían sido plenamente informados de la situación vivida en el Colegio de Magia y Hechicería. El matrimonio Granger no dudó por un segundo que, habiendo estado involucrado Harry en los hechos, Hermione habría tomado parte de los mismos, naturalmente. Cuando vieron las heridas en el labio inferior de la chica, perdieron el aliento por un instante.

Después aceptaron las explicaciones que aquella joven y hermosa razón de su existir expuso. No reclamaron ante los deseos expresos de Hermione, acerca de acompañar a Harry en su búsqueda por ciertos instrumentos mágicos que no lograron entender del todo; Hermione pasaría los próximos cuatro días en casa, para partir después a la Madriguera, a la expectativa por la boda de Bill Weasley y Fleur Delacour.

Esperaba el momento de reunirse con los dos amigos para planear la celebración y alistarse posteriormente para la búsqueda de los cuatro Horcruxes restantes. Ansiaba la compañía de aquellos dos más que nunca: sentía que debía aprovechar cada momento en su compañía, en la paz y descanso que pronto les serían arrebatados.

Se llevó una enorme decepción, seguida del silencio torturante por parte de Harry y Ron, que intentaban evitarla en lo posible, parecían no advertir su presencia y contestaban a sus preguntas y comentarios con monosílabos secos y groseros. Hermione soportó el trato cruel durante el primer día, pero al caer la noche del segundo, esperó a que la Madriguera se encontrara sumida en el sueño tranquilo de los ilusionados, para abordar a Harry y Ron, que parecía la aguardaban en la cocina.

Preguntó, entre molesta y asustada, qué demonios sucedía con los dos jóvenes y sintió la tierra abrirse bajo sus pies – fauces minerales dispuestas a destrozarla sin piedad – al recibir la pregunta como una saeta flamígera entre los ojos: “¿Piensas explicar en algún momento tu pequeño encuentro sentimental en el vagón de cola?”.

Harry había usado aquel tono sarcástico y corrosivo que a Hermione le hacía rabiar y maldecir por dentro, pero esta vez no pudo reaccionar al instante: quedó paralizada, plantada en su lugar con un rictus de espanto adueñándose de su cara. Un rigor mortis de vergüenza, ira, culpabilidad, miedo infinitos.

Y, desde hacía una hora aproximadamente, no había hecho más que recibir, uno tras otro, los brutales golpes verbales que Harry había lanzado sin piedad sobre ella, furioso por considerarla una verdadera traidora

Ahora Ron había hecho el cuestionamiento que la joven más temía. Después de soportar los discursos referentes a la lealtad y la seguridad de todos, que Harry tan prestamente había dispuesto para ella, el chico pelirrojo había llegado al punto que más le asustaba: ¿qué había realmente en aquella orgía de sentimientos y sensaciones experimentada desde hacía casi un año?

Hermione miró a Harry en busca de ayuda: recibió una mirada resentida y un gesto de hiriente duda.

Responde, Hermione… Ron está acertado al decir que nos has puesto en riesgo a todos… fue una idiotez.

¿Quieres decirlo de una vez, con un demonio? – Ron habló esta vez con desprecio.

La triste figura de Hermione se encogió por un momento en el banco, respirando con agitación. Tomó aire a profundidad y volvió la mirada hacia ellos con decisión, valerosa en su cólera.

¿Qué satisfacción quieres Ron? ¿Qué buscas colmar: tu curiosidad, tu orgullo? ¿Tu morbo? Tal vez los tres. Tal vez quieras una sola imagen con la cual acompañarte cuando estés a solas en la cama – la voz de Hermione sonó, aún en susurros, contundente e intimidante.

Surtió efecto: Ron enrojeció hasta las raíces del cabello. Intentó responder, pero las palabras se atoraron con vergüenza en su garganta.

Y tú Harry… todo gira en torno a ti, a tu maldita profecía, al mundo entero que trata de asesinarte ¿o no? A cuántos mortífagos detrás de la esquina, debajo de la cama y ocultos en el armario puedes encontrar dispuestos a arrebatarte – la ironía esgrimida como arma cortante sacudió a Harry. – Me miran como si nunca hubiera dedicado mi tiempo a ustedes. Me juzgan tanto que pareciera que no he demostrado lo suficiente cuánto me importan. He sido testigo de mil y un estupideces cometidas por ustedes dos. Por una vez en mi vida decidí probar por mi parte… y saltan como desquiciados al saberlo. Por supuesto que era conciente de las consecuencias de mis actos, no me crean tan estúpida, – miró con la boca torcida de enojo hacia Ron – y decidí que enfrentaría las consecuencias cuando éstas llegaran. Sabía que reaccionarían así, por eso mantuve las cosas en secreto… además de que ninguno de los dos hizo lo más mínimo por interesarse en mí: estaban demasiado ocupados con sus particulares desgracias como para voltear a buscarme detrás de sus pasos.

Harry y Ron se miraron por un segundo incómodo: Hermione tenía, demoledor, sólido y brutal, un punto irrebatible.

Me acusan con más certeza de la que pueden procurarse. Mírense ahora: son un par de niños sufriendo un regaño. Agachan la cabeza, bajan la mirada y se sonrojan. No tienen ningún derecho a cuestionarme, y aún así lo hacen. ¡Perfecto! Quieren saberlo todo. No tendría por qué revelárselo, pero ya me tienen harta. Adelante, si eso necesitan para poner fin a sus magníficas ideas acerca de mi “traición”.

Un momento de silencio envolvió la cocina de la Madriguera. El crujido de los tablones del ático llegó hasta ellos, como cada noche.

Hermione los miró con resentimiento: lo que estaba a punto de confesar le arrancaría de tajo de los corazones de aquellos dos jóvenes, confinándola tal vez a una soledad que nunca había logrado dejar de temer. De cualquier manera, tal vez fuera ya demasiado tarde para detener la tremenda tempestad que se había asomado desde el momento mismo en que ella accedió a comenzar aquella insensatez.

Respiró profundo y, conteniendo las ganas nauseabundas de llorar, dio comienzo a la historia del último año de su vida.

1

Piensan que fui injusta, que obedecí únicamente al más egoísta de los impulsos, que perseguí mi solitaria satisfacción. Soy culpable entonces de lo segundo y tercero; pero les prohíbo por completo lanzarme a la cara la primera acusación: no pueden considerarse injustas las acciones de una mujer que se siente olvidada, una mujer a la que se ha ignorado excepto para lo más conveniente.

Sí, actué por desesperación e ignorancia – y aunque pudieran pensar en una vergüenza doble, no es así: únicamente me apena no haber sido más humilde – porque las continuas tragedias de los dos adolescentes que me habían acompañado hasta hace unas cuantas semanas en el camino, no hicieron otra cosa que gastarme, dejarme agotada.

Y puedo seguir con el reclamo, pero ya comienzo a cansarme de ustedes: me olvidaron, me dejaron atrás y dieron por sentado que yo estaría atada como una mascota a sus pies. Estaría dispuesta a perdonar todo; mejor dicho, lo estaba: después de mirar cómo se complacen lastimándome… no siento algo que valga la pena por ustedes.

Y de nuevo vuelvo al circunloquio. No es esto lo que les ocupa a ustedes, no. Lo que realmente urge es que sacien su curiosidad. Quieren saber cómo, por qué, dónde… cuántas veces y a quién dediqué mis besos.

Comenzó a principios del curso anterior: Harry tan triste y abandonado por la muerte de Sirius. Ronald cargando la frustración de siempre. Yo, deseando poder hablar con ustedes, en casa de mis padres. Los días en compañía de mi familia son un respiro siempre que me siento a punto de estallar a causa de los que me rodean aquí. Sin embargo, siempre acabo extrañando las risas y las tardes en que sencillamente no hay más que hacer que caminar, mirarnos y tal vez discutir un poco.

Después de preparar lo necesario para el inicio del sexto curso, vine aquí y la Madriguera fue, como siempre, maravillosa. Todo iba tan bien en aquellos días, ¿no?

Estar con mis amigos, ¿qué podría superar mi fortuna? Claro, asistir a Hogwarts. Y así fue. Después de visitar Diagon Alley y ver a Malfoy hacer lo que le había sido encomendado con Borgin, claro.

Es en este punto donde comienza el fin del mundo, según ustedes. Pero hay que recordar claramente la situación: los deberes, los exámenes y lo complicado de las clases raramente nos permitían un momento de descanso. Unos y otros, hechos uno con el cansancio, a veces no despertábamos sino hasta bien entrada la tarde, los fines de semana.

Ronald estaba absorto en sus intentos por no fallar en la más elemental redacción de Transformaciones, preocupado acerca del equipo de quidditch (al cual entró por intervención mía, cabe aclarar), comenzando a notar la vulgaridad que le atraía en los gestos de Lavender.

¿Harry? Por supuesto, Harry estaba convencido de que Malfoy era un mortífago y no dejaba de repetirlo, una y otra vez hasta el hartazgo. Lo que voy a decir ahora puede resultarles ofensivo, pero ahora que el tono de la conversación es ése, no veo cómo pueda afectarnos: a causa de ustedes, fue que todo esto sucedió. Ustedes, en complicidad con mi estúpida idea de asegurar su bienestar, propiciaron el acercamiento.

¿Por qué la expresión de sorpresa? ¿Creen que esto es imposible? Piénsenlo un segundo: gracias a ustedes y a mi corta visión, es que es estoy siendo juzgada ahora. Si soy yo la culpable, tal vez quieran pensar en quiénes fueron los cómplices, aún si no directos.

¿Cómo fue el primer contacto?

El pretexto natural: la ronda de los prefectos, la cual llevé a cabo a solas por razones que no por obvias dejaré de mencionar: detestaba las risitas y gimoteos de Lavender, haciendo la atmósfera irrespirable en Gryffindor. Y te detestaba a ti, Ronald. Es curioso cómo vuelves a este estatus con tanta facilidad.

Lo dicho, acudí a la ronda de perfectos a solas, con la intención de poder espiar a Malfoy en su propio recorrido y así buscar alguna pista que confirmase o echara por tierra las sospechas del “niño que vivió”.

Y lo que vi fue algo totalmente diferente a lo que esperaba, pero no adelantaré las cosas.

Caminé por los pasillos del castillo hasta que me dolieron los pies. Sabiendo que no debía hacerlo, salí a los terrenos, hasta avistar de cerca la cabaña de Hagrid. Recorrí las torres de Astronomía y Adivinación, incluso visité la torre de Ravenclaw hasta donde me fue posible avanzar. No pasé por alto las mazmorras y aún esperé algunos minutos en aquella área.

Malfoy no se presentó jamás, decidí regresar a la Sala Común. Sin embargo, contradicción pura, recordé lo que había olvidado: el pasillo del séptimo piso, donde la Sala de los Menesteres.

Nada más llegar al pasillo, escuché voces apagadas y me oculté de inmediato: no había fallado esta vez: Malfoy y Parkinson conversaban y reían casi en silencio. No pude saber de qué hablaban, no tenía forma de escuchar a lo lejos. Ellos no se habían percatado de que los veía, o eso creí en un principio.

Tus puños otra vez cerrados, Harry… déjame continuar.

Lo que vi fue por completo diferente a lo que siempre había imaginado, a todo aquello de lo que había sido testigo: Malfoy caminaba abrazando a Parkinson por la espalda, mientras decía no sé qué cosas en su oído. Ella se dejaba acunar, siendo a veces levantada y estrujada, para soltar un quejido de falsa molestia, seguido de una risa muy clara… una risa nunca malintencionada.

Decidí seguirlos sin ser vista, tratando de ocultarme tras armaduras, blasones y puertas. No puedo negar que me había sorprendido lo que había encontrado, y la curiosidad me llevó en su busca.

A veces se detenían y entonces Malfoy se arrodillaba para descalzarla y ella suspiraba, creo que de alivio. Debían dolerle los pies, como a mí. Volvían a entablar conversación y, entre los fragmentos que podía oír, ambos se dibujaban como dos seres diferentes a los que tú has descrito después de que él te rompiera la nariz al inicio del curso pasado, Harry.

No había arrogancia en las voces que escuché, más bien un secreto compartido únicamente por ellos. Parkinson se recargaba en el muro y Malfoy la tomaba por la cintura sin quitarle los ojos de encima. En algunos momentos él acercaba los labios al rostro de ella y volvía a susurrarle, o besaba las mejillas, la punta de la nariz, los labios…

Creo que no hay dudas – Harry, Ron – acerca de la razón por la cual guardo todos estos detalles en la memoria, ¿o me equivoco? No importa, tengo que seguir, aún si ustedes no quieren ya escucharme.

Me maravilló ver a Malfoy siendo por una vez en su existencia, con una sola persona, completamente decente y hasta cariñoso. Era delicado al tratarla y ella correspondía al hombre frente a ella: le acariciaba las mejillas con ambas manos, lo apretaba contra sí y revolvía su cabello con una sonrisa que no puedo definir de otra manera que traviesa.

La fascinación que viví en ese momento tuvo dos efectos: el primero, que al concentrarme en sus gestos, no pude notar otro rasgo de ellos más que la palidez que parecían exudar: en los momentos en que pasaban o se detenían entre las sombras del castillo, ambos parecían emitir un resplandor blanquecino, breve y difuso, casi indetectable… como si reflejaran la luz de la Luna. Más tarde pensaría que se trataba de un par de fantasmas… algo inusual… y hermoso.

La segunda consecuencia, al estar tan absorta en el mudo lenguaje de los cuerpos envolviendo las palabras, fue que bajé la guardia (nunca he sabido, no me ha sido confesado, si en algún momento emití el más leve ruido) y, como si en el mismo instante lo hubiera percibido, Parkinson sujetó las manos de Malfoy, que rodeaban su cintura y miró en mi dirección. Creo que murmuró un “espera”, aunque nunca lo sabré.

Vi los ojos azules volar en dirección mía, buscando. Di la vuelta al pasillo y, sintiendo que el corazón iba a detenerse a media carrera, busqué el pasadizo más cercano hacia la torre de Gryffindor. Corrí lo más que pude, chocando a veces con las paredes en la oscuridad. Entré a la Sala Común sin saber cómo, sin recordar haber dicho la contraseña.

Miré el reloj de pared: las tres de la mañana. ¿A dónde había volado el tiempo? Me reproché a mí misma la distracción que me llevó a perder el sentido de las horas. Me sentí avergonzada por lo hecho, por haber espiado y seguido, por ser observadora no invitada a un momento cuyos actores buscaban íntimo.

Y más aún por tratarse de quienes se trataba: Malfoy y Parkinson… estaba asombrada y algo enojada conmigo misma, negándome a aceptar que, por un momento, la pareja odiada, aborrecida hasta lo indecible, se había presentado completamente diferente a mis ojos, tierna, hermosa, única.

Aquel día, lo recuerdo bien, debía estar en clase a las siete y media de la mañana. Subí al dormitorio aterrada por la posibilidad de quedarme dormida, jurándome no volver a perder la noción del tiempo de aquella manera, jurándome no volver a… ¿a qué?

Aquella noche me fue difícil dormir, convencida como estaba de que debía mentirme e imponerme el nunca volver a seguirlos… aquella noche me mentí como nunca lo había hecho en mi vida. Me sentía humillada y débil.

Estaba realmente enojada y confundida. Avergonzada y temerosa. Además, debía estudiar para los exámenes, los E. X. T. A. S. I. S. llegarían pronto y yo debía estar preparada, tenía que atender a la Orden del Fénix, y la lucha por los elfos, preocuparme por mis amigos, escribir a casa y sacar algunos libros de la biblioteca, repasar aritmancia... tenía un mundo en el cual pensar… pero tenía que verlos nuevamente.


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