|
Author of 32 Stories |
Capitulo XXX
Las cosas podrían haberse dado de otra forma. Y aún cuando los rayos del sol, tímidos, se metían por las rendijas de la persiana, su aliento agitado y en estado primero y caliente, rozando su piel con un estilo de veneración desconocida en su persona, podría haberse declarado el hombre más feliz del mundo.
Pero no fue así.
El destino o la vida misma no daban esa clase de concesiones.
Y no estaba seguro de si se presentaría otra oportunidad de aclararse por un período que para él, resultaría eterno.
La miró, a lo lejos no se demostraba tan desmejorada. Aunque hubiese sido testigo del desmoronamiento completo de aquella pelirroja luego de atender el teléfono a esa hora insultante de la madrugada.
Ya no era de mañana, ya no estaba la noche cómplice y perfecta que no cerró de ninguna forma.
No eran ellos dos y su muestra de cariño reveladora y apasionada.
Un "alguien" conocido se apoyó a su lado, tendiéndole un paquete de cigarrillos.
― No, gracias. ― le observó. ― Y tú no deberías fumar.
― Estoy nervioso. ― Sirius Black no era de semejantes declaraciones, pero en sus ojeras, parecidas a las suyas, un extraño negro sombrío combinaba con sus ojos grises completamente apagados.
Escucharon un llanto pronunciado. Gestado desde la angustia misma de la pérdida de un ser querido.
― He escapado. ― anunció nuevamente, una bocanada de humo escapó después de eso. ― No me siento cómodo. Ella...su familia...
― Debes comportarte como lo que no eres. ― su amigo le dio otra calada al cigarrillo. Sirius no contesto, sus ojos se posaban en la gente que poco a poco iba llegando con ropa negra y pésames prefabricados.
Las ilusiones mentirosas se hacían más difíciles de sobrellevar cuando la realidad misma las desbordaba. Y en esa ocasión, lo real había sido determinante y cruel.
― Está...no quiere hablar, siquiera Lily pudo...―
James acomodó sus anteojos, miró hacia abajo estirando la corbata oscura a tono con el ambiente.
― Es exasperante. ― no era reproche, ni de cerca.
― Su padre está muerto, Sirius, ¿qué esperabas? ―
Una respuesta conclusiva. Creyó percibir pena emanando de la presencia de su amigo. Sirius podía llegar a ser muchísimas cosas, pero jamás pondría en jaque o se comportaría de manera inadecuada en un momento como aquel.
Esa misma mañana, no pasadas las cuatro y medía, la voz de Thomas se escuchó en el auricular del teléfono, al tiempo que los ojos verdes de Lily, su Lily, perdían todo brillo posible. Convirtiéndose en una sombra de la persona que segundos antes había estado entre sus brazos en medio de una danza nueva para ambos.
No fue esperado, no hubo agonía. Un simple paro cardíaco había terminado con la vida del que una vez fue John Brox. Y había repercutido de manera poderosa sobre aquellos que le habían conocido. Lily se había roto una manera tal, que comprendió de forma definitiva, si todavía su inconsciente tenida dudas de la gran unión que compartía con sus amigos. Era como si su propio padre se hubiese muerto.
Pronto sería el entierro, cuando acabara la misa que se estaba desarrollando en ese momento.
― Quieren que ayude a cargar el ataúd. ― Sirius lo padecía, lo notó. Tal vez el golpe de ver a su esposa como una autómata, o tal vez el hecho de que los familiares pusieran tal honor sobre sus hombros, le estaban dando como consecuencia que prendiera su quinto cigarrillo en veinte minutos. ― Él te había tomado cariño. ― recitó lo que escuchó apenas llegaron al lugar. Jamás hubiese pensado en eso. Egoístamente, con la mente en su propia consagración como heredero poderoso de un imperio, poco reparó en los resultados sociales que su unión con Elis habían dado.
Siempre pensando en su familia, en sus primas lenguas de víbora, en su madre perversa y codiciosa.
Ahora, con el corazón oprimido por una culpa que venía de su propia vergüenza egoísta, recordaba las pocas ocasiones en que había hablado con el que era su suegro.
En lo bien que le habían recibido, a pesar de la sorpresa. Siendo el centro de una aceptación de la cual no tenía conocimiento.
James se pasó una mano por el cabello enmarañado, intentando quitarse la frustración de encima.
― No tienes buena cara, tampoco. ¿Qué ha pasado? ― eran demasiados años de conocerse, de interactuar y crear un propio lenguaje corporal y único.
El de anteojos esperó a que todo el humo saliera por completo de la boca de Sirius.
― Lily. ― soltó finalmente. ― Y yo...
No hizo falta que cerrara la idea. La vista de ambos se enfocó en la calle, las copas de los arboles continuaban moviéndose a la par del viento.
La soledad del lugar hizo posible la percepción de los pasos de alguien acercándose.
Se giraron.
Thomas asintió lentamente, colocándose a su lado. Tenía su cabello pelirrojo completamente apagado y despeinado. Cosa extraña en él que poseía una apariencia siempre muy pulcra.
Fue un simple gesto. Sirius comprendió al instante y le alcanzo un cigarrillo.
Pasaron tres exhalaciones hasta que algo saliera de la seca y áspera garganta del hombre.
― Acabo de hablar con Vanessa. ― no era lo que esperaban, la curiosidad les picó levemente. ― Su vuelo llegara en cinco horas. ― les observó. ― Comprendo que por ahí sea un atrevimiento pero...
― Necesitan que la vayan a buscar. ― cerró James comprendiendo. El pelirrojo asintió. ― No creo que haya problema.
Thomas sonrió tristemente.
― A lo que me refiero, es si no tienen a nadie conocido que pudiese hacerlo. ― Ni Sirius ni James comprendieron. ― No podre estar con Lily todo el tiempo, la madre de Elis está destruida y la misma Elis me ha pedido que la contenga. ― tomó una gran bocanada de tabaco, llenando sus pulmones con la amarga sensación. ― John era el padre de todos nosotros, y por lo tanto, lo padecemos como tal...― el silencio que prosiguió no fue muy extenso, pero si apaciguador.―...no es momento para que ninguna de las dos este sola.
¿Acaso estaba insinuando que ellos...?
Thomas se separó de la pared, tirando lo que quedaba de cigarrillo y apagándolo lentamente. Su vista no se despegó del suelo sino hasta que tocó su frente, rascándosela.
― Forman parte de sus vidas, de una u otra manera. Y a pesar de lo que puedan llegar a creer, ninguna de esas formas son malas. ― les miró. ― No les estoy hablando de aspectos amorosos o de esa índole. Son conocidos, han pasado muchas cosas juntos, que aunque no los convierta en amigos en algunos casos, no quita que se deba tener una cercanía humanitaria para con ellas en un momento así.
Sirius tenía ganas de decirle que hablase claro, Thomas parecía ser más rebuscado que Remus para hablar. El pelirrojo pareció percibirlo.
― Elis necesita que por un día, la fantasía se convierta en realidad. Que la mentira se sostenga más fuerte que nunca. Necesita que su esposo este a su lado apoyándola. ―
Nunca creyó sentir ese hueco en medio de su pecho. No era un hombre dado a la sensibilidad. Generalmente no tomaba muy en cuenta los sentimientos de los demás, siquiera los suyos. Pero que un conocido dijese algo así, en una situación como aquella, parecía sacado de un rompe cabeza que comenzaba a tener sentido solo al mirarlo desde lejos, desde el alienamiento que le causaba una muerte inesperada.
Thomas carraspeó.
Sirius levantó su cabeza saliendo de sus pensamientos. Se encontró con Elis caminado hacía ellos. Parecía estar entera, tal vez más pálida de lo que pudiese recordar, pero entera. Ya, no era siquiera el vestigio de la sombra de la mujer enérgica y mal humorada que le enfrentaba a diario, pero no la había visto llorar.
Momento.
No.
Se fijó mejor, y aun ningún tipo de marca surcaba el rostro cetrino blancuzco de su esposa.
― Ya van a...―Thomas tocó el hombro de su amiga. Sabía cuan duro sería seguir. Miró a Sirius significativamente y comenzó el regreso a la iglesia acompañado por James.
Elis parecía perderse en las líneas irregulares del piso de piedras añejo, su respiración pausaba era lo único que podía oírse en ese instante, en donde el mismo viento había dejado de soplar.
― Mejor vaya...
― Si no quieres hacerlo...― Era incomodo, estaba acostumbrado a verla con energías de sobra, impetuosa, desbordada. Ahí, con el cabello sin amarrar cayendo muerto a los costados de su rostro carente de cualquier brillo y sus brazos pegados a cada lado de su cuerpo, siquiera parecía la misma persona. ― No hay obligación.
Sirius guardó la caja de cigarrillos en su bolsillo.
― Claro que la hay. ― sonó duro, incluso más de lo que hubiese deseado. La oyó tragar pesadamente. ― Soy tu esposo. ― en ese momento, una fracción de segundo, fue la verdad mas increíble y reconfortante del mundo. No por que fuese él, o tal vez sí. No porque se sintiese menos abrumada con el brazo de Sirius rodeándole los hombros haciéndola caminar hacía la iglesia sino porque por un instante, existía alguien fuera de sus amigos, los cuales bastante mal estaban, que deseaba ayudarla y protegerla de alguna forma. Existía entonces en una mentira cálida, su única esperanza para no desmoronarse allí mismo.
Y todo lo que ocurrió después se sintió atemporal.
No percibió el frío intenso de la tarde recién entrada, ocultando el sol tras nubes grises profundas. Ni el césped mojado por la llovizna de la noche anterior. Siquiera escuchó los lamentos ni condolencias de sus allegados.
El único contacto con su cuerpo, con la realidad misma, fue el tacto tórrido y firme del hombre del que jamás creyó recibir ningún trato humano mínimo de respeto.
O-o-o-o-o-o-o-o-O
El agua terminó de recorrer su garganta seca y recién ahí, apoyó el vaso sobre la fría superficie de mármol negro. Cerró los ojos, la punzada en su ojo derecho iba incrementándose a medida que transcurrían las horas y para ese entonces había llegado a ser en demasía fastidioso.
El pecho continuaba en su tarea de oprimir los pulmones, casi hasta el punto de costarle respirar.
Eran los nervios, los eternos nervios.
El encontrarse en una situación más que complicada y el no saber cómo reaccionar.
Alguien entró en la cocina. Presentía que el estado desmejorado era una cosa que compartían.
― Elis está con Cathy. ― explicó Thomas. Se apoyó junto a su amiga en el filo de la mesada, observando con detenimiento aquel papel tapiz tan conocido y pulcro. La primera vez que lo había visto tardó lo suyo en darse cuenta que eran pequeñas flores. ― Ya le alcanzaron los calmantes. Elis teme que le agarre un ataque de nervios.
― Con lo sensible que es. ― masculló la pelirroja. ― Este golpe será difícil de superar.
Thomas bajó la mirada.
― Ella aún no ha caído. ― objetó con seguridad.
Lily no necesitó responder, siquiera mirarlo para hacerle saber que estaba de acuerdo.
― No tardará en hacerlo. ― redobló la apuesta Thomas. ― Tal vez deba decirle que venga a dormir a casa y...
― Tal vez quiera estar sola. O con Su madre...no, de seguro...
― Cathy va necesitar mucho de ambas. ― cerró Thomas refiriéndose a su amiga y Vanessa.
Fuera, el silencio apacible de la zona residencial fue cortado unos segundos contados por el paso de una camioneta.
La gente iba despidiéndose, los murmullos eran cosa de ese presente, que con solo oírlos, uno podía darse cuenta de su contenido mortuorio.
La casa iba haciéndose mas grande y con ella, la sensación de desasociego.
Ni Thomas ni Lily podían evitar remontarse a aquellos años en los cuales esa propia cocina había sido testigo de sus reuniones tardías los fines de semana. Como el padre de Elis entraba por aquella puerta tallada y antiquísima, regalo de casamiento por parte de una tía lejana. Como con esa sonrisa bonachona preguntaba que harían esa noche y si salían, que no dejasen la puerta del jardín trasero abierta.
Eran toda una vida que formaba parte de un todo, que ahora, se encontraba sin completar.
Lily se mordió el labio. No quería llorar nuevamente. No solo por que el dolor de cabeza si intensificaría, sino porque además, deseaba permanecer fuerte para su amiga que hasta ese momento, no había mostrado señales de haber estado llorando. Si Elis estaba haciendo todo su esfuerzo para mantenerse fuerte para su madre, ella debía ayudarla.
― Comprendo que necesites descargarte, no hace falta que...― Lily le miró. ― Sabes a lo que me refiero. ― tampoco recibió respuesta. El rostro le ella le demostraba que no podría llegar a encontrar las palabras adecuadas para hacerle cambiar de parecer.
Los pasos de alguien les distrajo.
James entró en la cocina. Su cabello lucía bastante desprolijo y sus gafas descansaban en su mano derecha.
― Se han rayado. ― intentó justificarse al encontrarse con ese aire tan desalineado y obviamente, no podía pasar por alto que por las miradas que se estaban dedicando aquellos dos, los había interrumpido en una especie de conversación sigilosa.
Thomas era alguien perceptivo, por lo cual supo que ese era el momento para retirarse. Acarició el hombro de su amiga en forma cariñosa y en menos de dos segundos estaba fuera del lugar.
Lily suspiró.
― Lamento haber interrumpido. Iba a decir que...
― No te hagas drama. ― masculló ella acercándose a James y tomando los anteojos entre sus manos para ver el daño. ― ¿Como ocurrió?
James se sintió estúpido.
― Bueno, es que abrí mal la puerta del baño y...
― Te golpeaste con el filo. ― completó ella. ― No te sientas apenado. Cuando uno no conoce las mañas de las casas ajenas es propenso a este tipo de accidentes. ― volvió a suspirar, observó mejor los lentes. ― Tendrás que cambiarlos.
James se rascó la cabeza. Se sentía no solo apenado por su pequeño altercado, sino también por el hecho de maldecir su suerte y que en vez de estar disfrutando del "día después" estuviese en casa de desconocidos (prácticamente) acompañando el lamento de Lily.
Se tachaba de egoísta. Él no estaba pasándola tan mal como ellos y lo sabía.
― ¿No trajiste los lentes de "repuesto"? ― preguntó refiriéndose a unos que habían comprado meses atrás por una situación parecida en la cual Harry había tenido mucho que ver.
― Creo que sí. ―
Era cuestión de mirarse a los ojos, o tal vez no. El simple hecho de estar en la misma área les hacía conscientes del cambio que habían realizado. Y este no era un resultado suelto en el tiempo y en el espacio.
La noche anterior era la consecuencia de muchos años, de una nueva vida que emprendieron juntos y que con el tiempo, afianzaron a su manera y sin darse cuenta.
Era despertar de un sueño largo, con nuevas ideas, claras, concisas y sin embargo, con ese miedo de emprenderlas que les acompañó aun antes de "dormir".
Después de la etapa de suprema tensión ¿Que vendría? ¿Estarían preparados para enfrentarse a lo que fuese que sucedía después de una noche así?
Era difícil de creer o por lo menos de entender cuando el momento de razonamiento, de meditación del resultado en cuestión fue interrumpido por una situación como aquella.
Querían decirse tantas cosas y aun así, no estaban seguros de pronunciarlas. Porque no estaban seguros de lo que ellos mismos sentían.
Muchos podrían opinar que la situación era fácil. Ambos se querían y punto. Resuelto el tema de Harry no existía excusa.
¿Pero realmente era el final? ¿La resolución?
Racionalizar el amor es cosa de locos, y aun así, se dice que los locos siempre dicen la verdad, por tanto, están más en contacto con aquella realidad (que aunque no única) central de toda las cosas. ¿Entonces tan extraño era de suponer que complicaran la situación al punto de querer encontrarle sentido a lo que sentían?
El camino incierto les asustaba.
Y se querían mucho más de lo que hubiesen imaginado o de lo que percibieron en todos sus años de convivencia. Era la combinación perfecta de nueva realidad, con instinto resguardado en los recuerdos más remotos.
La fusión entre el pasado y presente, con todos sus condimentos.
Y era por todo aquello, que Lily apenas si se podía mantener en pie en ese momento. Intentó arreglar la situación escabulléndose.
― Mejor iré a ver si necesitan algo. ― dijo con voz rota. Le entregó las gafas, sin darse cuenta que su pulso estaba al tanto de su pesar.
James lo percibió. La mano de ella era fría, casi sin vida excepto por lo temblores.
Con un rápido movimiento tomó de su brazo, acercando su cuerpo en una especie de acción protectora. La sensación no era nueva: El desear protegerla. Solo que la diferencia radicaba en que podía dar rienda suelta a sus apasionados arrebatos humanos.
Y la descarga eléctrica que le recorrió no fue por excitación o similar. Era la dicha y el temor - contradictoriamente- de protegerla y la duda de no poder consolarla.
Por que cuando el rostro de ella se acomodó en su pecho, la oyó llorar todo aquello que contenía desde hacía horas. Lo que aun con las lágrimas del entierro no logró desahogar.
La sintió temblar con el pesar de quien se niega a creer una realidad cruel pero obvia y natural.
No hacían falta expresiones verbales.
Y fue en un segundo, en el cual sus ojos se despegaron de Lily para enfocar la figura alta y masculina de Thomas al final del corredor.
La oscuridad propia de la tarde que no llega a iluminar aquel pasillo desprovisto de ventanas, le dio un aire un tanto ambiguo que podría llegar a dar malos entendidos. Y sin embargo, el agradecimiento en el rostro del pelirrojo era de lo más palpable. Se dio media vuelta y terminó por cerrar la puerta que separaba el pasillo del living en donde todos o los que quedaban, aun platicaban.
Dejando detrás de si, el silencio de la privacidad necesitada; permitiéndole a su amiga, ese momento de desahogo pleno con el apoyo de esa persona a la cual más precisaba.
O-o-o-o-o-o-o-o-O
El aire rozaba su rostro a medida que el vaivén particular de aquella acción tomaba impulso con el pasar de los segundos.
Se sentía más frío en sus mejillas y en parte de su cuello en donde las lagrimas habían pasado impunemente.
― Princesa. ― no hizo falta que se girara para ver quién era. Su voz era conocida por ella aun -creía- antes de nacer. Porque existían conexiones en la vidas de las personas que iban mas allá de lo entendible. ― Mamá te está buscando.
No contestó. No enseguida.
En una maniobra natural, levantó sus brazos, aferrándose a las cadenas en un punto de contacto más alto, que le permitiera estar sobre el columpio de pie y aun seguir balanceándose sin peligro aparente.
Era un tres de agosto, como cualquier otro. O por lo menos eso creía. Y comparaba sus cumpleaños una y otra vez encontrando simetrías casi perfectas.
― No lo ha dicho en serio. ― volvió a proclamar la voz de forma más cercana. El leve movimiento del armazón del columpio le dio a entender que ya no estaba sola en ese juego. ― Y lo sabes.
― Si lo sé o no lo sé, no quita el hecho de que duela más o menos. ― contestó finalmente, sintiendo como su cabello suelto rozar su rostro con mayor ímpetu, percibiendo como algunas hebras quedaban presas de sus mejillas húmedas.
Ese alguien rió suavemente, como en un pequeño susurro que no pretende pasar desapercibido pero que tampoco desea ser escuchado del todo.
― Hay veces me preguntó...― cortó unos momentos, para observarla mantener el ritmo. Sus pequeñas piernas se doblaban y desdoblaban a tiempo, permitiendo una perfecta sincronización entre el impulso y la desaceleración propia de quien se columpia. ―...si realmente tienes diez años.
Ella sintió lo mismo. Se sentía vieja en ciertos momentos.
― Elis...―
― Jamás me dará el crédito, ¿no es cierto?
― ¿Dónde aprendiste esa palabra?― quiso saber interesado en su respuesta.
― En la escuela. ― fue lo único que respondió.
Permanecieron unos segundos sumidos en el silencio de aquella noche estrellada. A lo lejos, la luna en cuarto menguante acaparaba la atención de los bohemios enamorados y de algunos cuantos despistados que se les daba por mirar al cielo.
― Comprendo que te enojes con ella. Pero no quiero que sigas con esa idea absurda en la cabeza.
― No es absurda y no es simplemente una idea. Mamá no puede evitar sentirse más allegada a Vanessa. ―
― Así como tampoco puedes dejar de sentirte más cercana a mi ― objetó el rápidamente. Elis lo miró peculiar, como si no entendiera del todo lo que quería decirle. O no. Tal vez si sabía lo que aquello significaba, pero no podía darle la fuerza misma del entendimiento completo. ― Sois mellizas, han compartido un montón de cosas juntas. Su nacimiento es un ejemplo, no todos nacemos acompañados. Pero son personas diferentes con gustos diferentes. Mamá hace el esfuerzo, pero le cuesta acercarse a ti si te cierras. No tienen casi nada en común en cuanto a gustos. A ti no te gusta ir de compras y a ella le encanta hacer de asesora de imagen.
― A mí me gustan más los partidos de tenis. ―
― Como a mí. ― afirmó el hombre. ― Y eso no tiene nada de malo. No debes sentirte en la obligación de parecerte a tu hermana para acercarte a mamá. Ella te ama tal y como eres.
― Pero...―
― Elis. ― el hombre se levantó y caminó esos pocos centímetros para situarse frente al columpio de su hija. La niña detuvo su marcha tan abruptamente que por un segundo de supremo desequilibrio pensó que se caería; el chirrido de las cadenas no duró mucho. Pero una vez que logro recuperarse le miró intensamente, con los mismos ojos castaños que había heredado de él. ― No debes sentir vergüenza por lo que eres ni cambiarte a ti misma para acercarte a las personas. En la vida, vas a encontrarte con un montón de gente diferente a ti, y que en su mayoría o minoría, no serán de tu tipo, sin embargo, no puedes cerrarte a la idea de quererlos.
El hombre se acercó aun mas, percibiendo que aun sobre aquella hamaca, su hija resultaba pequeña en comparación.
― Todas las personas somos diferentes y sin embargo, no importa cuán distintas seamos, siempre habrá un punto en donde nos complementemos. No te olvides de eso.
Se miraron intensamente, con aquella magia que se percibe solo con seres queridos que velan por la felicidad del otro. Bajo el manto de la enseñanza y la comprensión misma. Comparado con aquel guerrero recién recibido, al que le es otorgado su arma definitiva, su compañera. La herramienta para seguir adelante abriéndose paso entre las vicisitudes de la vida.
― Te quiero, princesa...―
― Yo tam...
Fue un bocinazo; sus ojos se abrieron con tal fuerza que el tirón en sus parpados se hizo casi doloroso.
La oscuridad de la carretera cayó nuevamente luego del juego de luces de aquel camión.
― ¿Estás bien? ― la voz a su lado no era ni parecida a la de su padre.
Lo miró.
Jamás, en toda su vida hubiese pensado que estaría en esa situación. No con él, no ahí.
― Elis...―
Tragó saliva, intentando que el nudo en su garganta dejara paso para su voz.
― Si. ―
Estaban entrando a una zona urbana. La velocidad en el automóvil se redujo, solo siendo percibido esto con la observación del paisaje, por que el motor era tan silencioso que apenas si daba parte de estar encendido.
Elis miró su falda. Sus manos se encontraban en una posición un tanto agarrotada, aferradas una al asiento y la otra al reposa brazos de la puerta.
― ¿Quieres que nos detengamos? Podemos tomar algo en una cafetería. ―
― Estoy bien. ― repitió está vez en tono fuerte.
Sirius no dijo nada, sin embargo, cuando pasaron por una calle principal, dobló. Se detuvo a unos metros, justo en frente de un restaurante concurrido y familiar.
― Te dije que estoy bien. ― sentenció ella duramente, al percibirse frustrada por aquella acción.
― ¿Puedes dejar de repetirlo? Aunque lo digas 890 veces, no se va a hacer realidad de un momento a otro. ― lo observó detenidamente. Las manos de él estaban pegadas al volante, presas de una tensión que venía acumulándose desde la madrugada. ― No me molesta tener que salir casi a las corridas de la casa de tu madre, con tu excusa de que quieres volver al departamento, ni tampoco me molesta tener que estar con tus familiares oyéndoles hablar de lo grandioso de que esté acompañándote en un momento tan duro, pero lo que no soporto, bajo ningún pretexto es el hecho de que quieras seguir mintiéndote, Elis.
La castaña sintió la mirada de él, intentando descifrarla. El nudo en su garganta se hizo más intenso. Le dolía el pecho, creía oírlo crujir, partiéndose en dos.
― Todo el día conteniéndote. ¿Para qué? ¿Para no herir a otros? ¿Para qué no vieran tu dolor? No es sano. Es más que obvio que vas a estar triste por... ―
― ¡No lo digas! ― reclamó ella impetuosa, completamente rota.
― Elis...―
― No...―
No quería escucharlo. Percibía que si lo hacía, sí aquella verdad salía de los labios de Sirius, esa realidad se haría más espantosa y tangente.
Él negó, mirando hacía la avenida principal, perdiéndose de a momentos en las luces de los coches que transitaban a esas horas.
― No volverá, él está...― el brazo derecho comenzó a dolerle considerablemente, víctima del golpe propinado por aquella que lo acompañaba. Se sorprendió muchísimo.
Iba a reclamarle, a decirle que no tenía que ser tan bruta y tal desconsiderada. Pero se frenó. La mano que lo había golpeado con tanta saña ahora se aferraba a la tela de su saco con desesperación. No presentaba fuerza el agarre, no más de la necesaria.
Elis se encontraba con la cabeza gacha, temblando de los nervios mismos. No era necesario decirlo, el aire estaba enrarecido a tal punto que Sirius tuvo que reprimir las ganas de llorar.
Porque el mismo cuerpo de Elis no era capaz de contener la pena suprema que padecía.
― Mi...mient...e.― masculló ella.
― No. ―
― Ha...z...lo.―
― No. ― ella tembló más que antes, confundida por el dolor y la rabia ante las respuestas negativas de él.
― Maldi...ta sea...Bl...ack. ― hizo un sonido gutural para limpiarse la garganta. ― ¡Hazlo! ― exigió completamente sacada.
― ¡No lo hare! ¡No te mentiré porque sería dañarte más! ― contestó él con la misma fuerza. El fuego que emanaba de sus ojos era proporcional a su frustración. ― ¡Elis debes entenderlo y comprenderlo, para asimilarlo y poder seguir adelante!
Ella ahogó un gemido.
― Tu padre está muerto, y por más que sea algo natural no es menos doloroso. ― dijo más tranquilo, tratando de que entrara en razón. ― No debes sentirte apenada por sufrirlo. Lo amabas y eso no cambiará nunca.
La mano que tenía libre tapó su boca, intentando refrenar el sonoro gemido de dolor que se escapaba descontrolado de su cuerpo.
En la boca de Sirius, la muerte sonaba mucho más real.
E instintivamente, se aferró a él. Con la misma desesperación que entonaban sus palabras. Con la necesidad de que ese que le planteaba la realidad más absoluta, pudiese aunque fuera un poco, subsanar por unos momentos, la terrible opresión que cargaba en su pecho y que la estaba desgarrando desde adentro, como un par de tijeras al rojo vivo.
Pasó mucho tiempo antes de que pudieran separarse. Eran de alguna manera, el antídoto imperfecto, del dolor imperante.
Continuara
¡¡Hola!!
¡Ya! No me maten, estamos cerca del final y si estoy muerta es medio difícil que sepan como esta historia cierra.
Luego de un tiempo mas que espantoso desde la ultima actualización, acá les dejo con el capitulo 30. No sé si era lo que esperaban, tal vez no. Quiza mas de uno me este puteando por no poner la escena de James y Lily. Pero desde ya, he de decir, que si subo algo de ellos subido de tono (lease Lime o Lemon) será a mi blog y no acá. ¿La razón? Tendría que cambiar el rating del fic, y ni ganas. La verdad. Sobre todo por que sería una escena o dos, y eso en tantos capítulos es una gota de agua.
La historia la termino, como que me llamo Grisel y que sobreviví a la "maligna" gripe A y a su derivado en neumonitis que me tuvo en cama durante una semana completa. ò_ó hierba mala nunca muere, no lo olviden.
Canción sugerida: Dreaming with a broken Heart, de John Mayer.
¡¡¡Los quiero!!!
¡¡Llegamos a los 201 pasajeros inscritos en esta historia!! ( es decir, estoy en la lista de favoritos de esas personas XD) ¡¡¡Muchas gracias por su constante apoyo!!!
Me voy, tengo hambre.
Beshos!
Grisel
Cuponera con acciones insólitas de los personajes de Mi tipo, a usar a gusto sin discriminación, para: - liRose Multicolor - , kittymariposa, Miss Cinnamon. , macaen , roxcio , Criss107 , NerwenInWonderland , allabouthim , Ely-Barchu , Joslin WeasleyC , *Francis, bel, amy_malfoy, Skuld Dark Krisy Weasley , Llams , Evasis , RociRadcliffe , risasevans , Ceciss , besdlyn.7 , Fran Ktrin Black , WeeBarbie, PALAS, Brisa, .