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Author of 11 Stories |
(Pequeños spoilers a partir del volúmen 10. Muy pequeños. Sobre personajes secundarios. Pero bueno, yo aviso de todas formas.)
AGOSTO
El otoño había hecho su aparición a finales de agosto. Los dos hombres se habían descalzado y sus pies bailaban en el aire sobre el agua del lago.
- ¿Qué tal lo llevas? –le preguntó Isao, pasándole una cerveza.
Ryoji le sonrió.
- Bien.
- Me alegro. –Isao se bebió su lata de golpe. La vocecita marimandona de Mei retumbaba desde la otra orilla.- Me voy a divorciar.
Ryoji se quedó sin habla.
- Perdón. –Isao se pasó la mano por el pelo.- Lo he dicho mal. Soy gay, y me gusta vestirme de mujer, por eso empecé a trabajar de contable en vuestro bar. Así que le he pedido el divorcio a mi mujer.
Ryoji no sabía qué decir. Así que dirigió la mirada al otro lado del agua, dónde las niñas estaban jugando.
- ¿Lo sabe Mei?
- No. Pero algo se huele. – Isao aplastó la lata con una mano y cogió otra.- Anoche no paraba de repetir que no quiere que nunca, nunca, nunca cambie nada.
-Ya. Nunca, nunca, nunca. Conozco esa sensación.
Isao tomó aire otra vez.
- Había pensado... seguir trabajando por las tardes de contable. Y por las noches...
Ryoji le cortó.
- No te preocupes, no creo que haya problemas. La jefa es buena gente. Y Midori acaba de despedirse. Pero no creo que necesites el dinero. Ganas de sobra con lo otro. ¿No?
Isao miró los arces cargados de hojas amarillas y rojas, y el lago inmenso. Una suave brisa arrastraba las voces de los visitantes de Karuizawa. A lo lejos se perfilaban las montañas. Mei intentaba convencer a Haruhi de que le ayudara a trenzar unas coronas de flores.
- Para ir tirando. – suspiró- Su madre dice que me dejará pasar los veranos con ella. Estaría bien tener una casa aquí, o un hotelito. Cuando fuera más mayor, podría traer a sus amigos a pasar los días de fiesta... –su voz se quebró- Haruhi y tú también estaríais invitados, claro está...
Ryoji le palmeó la espalda y le pasó un paquete de pañuelos de papel.
- Gracias. Lo tendremos en cuenta. – le pasó un brazo por los hombros- Pero ahora no te derrumbes¿eh, macho? – esperó a que Ryoji captara la ironía. Era un truco de Kotoko que siempre le había hecho sonreir. Pero ahora Kotoko estaba muerta, y su amigo estaba deprimidísimo. Así que insistió- No es el momento de portarse como una nenaza. Saca el pecho, muéstrale al mundo tu hombría. –añadió con el tono de voz más grave que pudo poner. Isao levantó la vista y le miró alucinado a través de las lágrimas. – Con dos cojones. Que vas a ser mariquita.