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Este fic es de la serie "Quart", basada a su vez en la novela "La piel del tambor", de Arturo Pérez-Reverte. Lo escribimos a medias Sara Kovac (responsable de este primer capítulo) y yo (creadora del segundo). Nada más, esperamos que os guste.
Le miro a través del espejo, aun sabiendo que no debo apartar la mirada de la carretera. Dios mío, no puedo soportar verle así. Es la primera vez que le veo desvalido de esa manera, él que siempre ha sido el fuerte, el que en cierto modo siempre ha sabido lo que tenía que hacer, no como yo que desde hace años siento que voy a la deriva, dejándome llevar por la corriente.
Las manos me tiemblan al cambiar de marcha, cuando le oigo toser. No quiero que él lo note. Quiero que piense que todo va a ir bien, que de los dos, hay uno que no está perdido. No es cierto, pero si lo cree, se sentirá un poco más seguro.
Echo un vistazo al retrovisor una vez más. Ese coche sigue detrás de nosotros. Tengo miedo. Estoy asustada, y no puedo dar la sensación de normalidad que querría.
—Tienes razón— digo, para llenar el silencio que me angustia aún más.—, nos están siguiendo.
Apenas he terminado la frase cuando me doy cuenta de que no es lo más tranquilizador que podía haber dicho. No soy capaz de pensar con claridad. Con él a mi lado, me cuesta mucho. Y más viéndole así, enfermo, despojado de su coraza habitual.
—Iria sabe que nos necesita. Lo que no sabe es que si no encontramos el significado de la partitura, morirá— hace una breve pausa, y algo en mi interior ruega que no continúe—. Como yo.
Lo sabía. Sabía que iba a decir eso y mis manos se crispan sobre el volante al oírlo. Noto que el nudo del pecho se tensa y que los ojos se me humedecen. Las lágrimas duelen, son ácidas y duras. Son lágrimas de negación pura, me digo que no, que no puede morir, que no puedo perderle otra vez, como en Sevilla. Esta vez han sido cinco años... ¿qué haré si le pierdo para siempre?
Por un segundo, ignoro la carretera y clavo mis ojos en él. Me da igual que note que estoy llorando, en este momento lo que debería o no debería hacer no me importa en absoluto. He cometido errores y roto reglas muchas veces en mi vida, y por una vez no pasaría nada porque lo ignorara. Es más fuerte que yo sentir lo que siento por él. Desde que hemos vuelto a encontrarnos, me he estado engañando, regresando a Pedro, fingiendo que entre nosotros todo es igual que antes de que mi pasado regresara y me golpeara en la cara con todas sus fuerzas. Me he dicho una y mil veces que no es posible, que al fin y al cabo y a pesar de lo que pudiera ocurrir hace años, él sigue siendo sacerdote. Pero entonces le miro, y recuerdo, y me rompo de tal manera ante la idea de perderle que todo lo demás pierde sentido y perspectiva.
—No digas eso. No va a pasar nada malo.
Necesito repetirlo, para convencerme de que todo va a ir bien, de que las cosas van a regresar a su cauce. Ya no es sólo por tranquilizarle, sino por calmarme también a mí misma. Para alejar la idea de su muerte, que me sobrepasa.
—No puedes abandonarme otra vez.
Tengo ganas de gritárselo, de llorar, de suplicar. Cualquier cosa que le mantenga a mi lado valdrá. Quiero cerrar los ojos y rezar, rogar para mis adentros que alguien se apiade de nosotros y le proteja.
Noto perfectamente cómo sueno cada vez más desesperada, desvelándome delante de él, sé que la voz me traiciona, que mi mente me traiciona y que no puedo fingir que todo está pasado y olvidado. Casi por sí sola, mi mano se desplaza y aferra la suya como un náufrago que se aferra a una tabla para seguir a flote. La aprieto con fuerza, necesito sentirle a mi lado, saber que está aquí, que le tengo, pensar que no voy a perderle de nuevo aunque la idea se niegue a irse y no deje de atenazarme ese miedo que no puedo controlar.
—No puedes abandonarme otra vez. Si te mueres... No sabes lo que significas para mí.
Lo he dicho, he confesado. Las líneas de la carretera bailan ante mis ojos, tras una película de lágrimas que no termina de desbordarse. Contengo un sollozo y la tentación de cerrar los ojos y dejarlas correr cuando él también aprieta mi mano. Quiero llorar, pero no puedo permitírmelo.
Llegaremos hasta el final. Se salvará.
Nos salvaremos.