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SpAnIsH-lItTlE-gIrL
Author of 53 Stories

Rated: K+ - Spanish - Angst/Romance - Published: 09-14-07 - Complete - id:3783621

Bum, bum, bum, bum… La cabeza retumba, viene y va como una barcarola. Es como estar metido en el interior de un barco que se moviera a la deriva. El sonido llega amortiguado, como pasado a través de un tamiz grotesco que lo deforma. Duele. Los ojos queman. El cuerpo se vuelve cada vez más pesado. El corazón se pudre y se envenena, como decía la siniestra confesión que me ha telefoneado el padre Campos. Y solo el Apóstol Santiago puede ayudarme. Tiene gracia.

Miro al frente para no mirarla directamente. Cinco años hace ya. Un lustro, a veces pienso que perdido, otras que ganado. Es la eterna dicotomía, justo como ahora. No la miro, pero atisbo. La vigilo por el rabillo del ojo vidrioso que arde y lagrimea. Me estoy muriendo. Quizá así tenga paz. Paz como la que sentí en aquel momento que atesoro como mi recuerdo más preciado y a la vez más culpable. Paz y turbación, condena y liberación. Ángel caído.

Trago saliva y toso un par de veces. Es ingenioso, sin lugar a dudas. Condena a todos los guardianes, los une para que ya no puedan actuar en solitario. Al menos espero aguantar lo suficiente como para llegar hasta allí, al que se supone que es el verdadero sepulcro del Apóstol. Pobre hombre. Si levantara la cabeza, volvería a bajarla horrorizado. Seguro que no es esto lo que él, el gran Santiago Matamoros, pretendía. O quizá sí, cualquiera sabe. Ay, solo a un hereje irredento como yo se le ocurre pensar en esto mientras agoniza junto a… mientras agoniza y le siguen camino a una muerte segura.

—Tienes razón—secciona Macarena el hilo de mi pensamiento absurdo—, nos están siguiendo.

Ladeo la cabeza e intento no darle demasiada importancia. No me sorprende. Ha perdido la razón, se ha dejado llevar por la locura, se ha convertido en asesina solo por un secreto. Me pregunto qué tendrá que ver su padre en todo esto. Lo que es seguro es que no aprobaría su conducta. Ojalá no hubiera estado tan fino con mis investigaciones, se lo he puesto en bandeja. Le he dado todas las piezas del puzzle. El problema es que ella sola no sabe armarlas. Le hacemos falta vivos. Por el momento.

—Iria sabe que nos necesita. Lo que no sabe es que si no encontramos el significado de la partitura, morirá—pongo una mueca despectiva, como si todo esto me divirtiera y no me importase, como si tan solo fuera una broma de mal gusto o una de esas malditas historias que terminan en un final tan feliz como inverosímil—. Como yo.

Ni siquiera sé por qué he dicho esa crueldad. Necesitaba compartir mi amargura, tal vez. Aunque no, no es amargura lo que siento. Es más bien fatalidad con una pizquita de indiferencia, otra de asco y una gran dosis de impotencia. Justamente ahora que nos hemos reencontrado. Ahora que tenemos tantas cosas que contarnos y que quedarán sin ser dichas, flotando en mitad de ninguna parte.

Adónde irán los besos que guardamos, que no damos. Dónde se irá ese abrazo si no llegas nunca a darlo…

Macarena me mira un momento antes de centrarse otra vez en la carretera. Noto su cuerpo tenso, sus ojos teñidos de un dolor que la desborda y anula. Me voy a morir y es ella quien casi llora por los dos. Al menos moriré teniéndola cerca. Triste consuelo el mío. He vuelto a verla. El Señor ha querido que nos volvamos a encontrar justo para arrebatármela ahora que otra vez volvía a pensar en lo que sabía que nunca sería. Me dan ganas de reír de rabia.

—No digas eso—comienza angustiada—. No va a pasar nada malo.

Lo dice más para sí que para mí. Mi suerte está echada, la acepto sin miedo porque sabía que un día pasaría así. Quién iba a decir que el sacerdocio era una profesión de riesgo a los que desde fuera creen que la Santa Madre Iglesia es un remanso de paz, una balsa de tranquilidad y espiritualidad. El centro de poder más antiguo del mundo siempre se ha debatido en luchas intestinas. No soy tan arrogante como para creer que soy algo aparte de una pieza más, un peón que cae abatido en el camino. Aunque nunca imaginé que sería así.

—No puedes abandonarme otra vez—dice con voz cada vez más queda y temblorosa.

Coloca su mano sobre la mía y me la estrecha. Esa mano hábil y sabia que tan bien conozco, que reconocería en cualquier lugar del mundo. Esa mano culpable que me mostró un lugar vedado a hombres como yo. Tres votos. Y rompí el único que había sabido cumplir con eficiencia hasta aquel momento. La obediencia nunca fue conmigo y en cuanto al voto de pobreza… prefiero no blasfemar innecesariamente por lo que pueda pasar.

—No puedes abandonarme otra vez. Si te mueres... No sabes lo que significas para mí.

Me agarro a su mano como si esperara encontrar en ella la salvación como una vez lo hice. No es para mí y aun así nunca me he arrepentido ni lo he considerado un error. Solo soy un hombre, la carne es débil y otras excusas malas. Sucedió y fue especial por el significado que ocultaba. El mismo que hay en su mano sobre la mía. El mismo que se entrevé en sus ojos húmedos y que se deja oír en los sollozos que ahoga con torpeza.

Al menos le queda ese tipo, Sangro, el estafador reinsertado. Los he visto juntos y parecen felices. Parecen, esa es la cuestión. No estoy seguro de que Macarena esté bien con él, pero quién soy yo para juzgarla. No puede llamárseme experto en estos asuntos ni se me pasaría jamás por la imaginación preguntarle si la hace feliz. En el fondo temo que su respuesta sea afirmativa.

Miro por la ventanilla y trago saliva nuevamente. Me cuesta admitirlo, pero las lágrimas que me nublan la vista ahora mismo no se deben al veneno.

—Y tú para mí—digo tan bajo que ni siquiera sé si me ha oído. Ni si quiero saberlo.



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