|
Author of 12 Stories |
n/a: Después de un siglo, he vuelto. Os agradezco a todas las que a pesar de todo lo que he tardado habéis seguido comentando y leyendo esta historia. Espero que no os hayáis cansado ya de ella, xD. Me ha costado parir este capítulo un montón, pero por fin… según lo termino lo subo, como siempre.
Este capítulo es especial para Eve Malfoy; por lo mucho que me ha ayudado con él, porque le debo una dedicación muy atrasada de cumpleaños, porque hace unas cenas geniales, porque la quiero con locura y por lo feliz que me siento de que haya entrado en mi vida.
Y por supuesto, para todas las que estáis leyendo y comentando aunque yo sea una plasta y tarde un montón en actualizar. Espero que os guste.
¡Un beso!
Crysania
--
--
--
--
--
Cualquier persona con dos dedos de frente sabe que no es adecuado importunar a alguien mientras estudia, duerme, tiene resaca o trata de masturbarse.
Concentrarse en esa habitación era prácticamente imposible, y Draco se había dado cuenta apenas una semana después de su primer día en Hogwarts; Greg cantaba por el día y hablaba en sueños por la noche, Nott y Vince roncaban, y era extraño que la que la cama de Blaise no fuese ocupada por una acompañante eventual al menos una o dos noches por semana.
Su sueño era inquieto y en general breve, aunque podía ser extraordinariamente pesado si había bebido, estaba enfermo o acaba de hacer un examen. En cuanto a las resacas… bueno, lo normal era que si uno la tenía todos lo acompañaran en ese trance. Excepto en una ocasión, en su segundo año: había intentado emborrachar con ingentes cantidades de cerveza de mantequilla a una chica dos años mayor para aprovechar la ocasión. No sólo no lo había logrado sino que le había costado casi una hora darse cuenta de que el hermano de ésta lo había emborrachado a él. Sólo cuando aquél chico de rostro borroso empezó a aflojarle los pantalones y a tocarle la polla empezó Draco a pensar que tal vez, pero sólo tal vez, no le gustaran tanto las chicas como el creía. O al menos no en exclusiva. Estaba un poco mareado, sí, pero le gustaba sentir en el cuello el roce de la incipiente barba de aquel joven inexperto. Bastante más (sí, mucho más) que el olor a perfume de la chica a la que había estado intentando manosear. A la mañana siguiente les contó a sus compañeros de cuarto que se había emborrachado por primera vez. Y que se había besado con un tío.
Y para hacerse una paja… Merlín, había que pedir turno. Si había alguien que fuese capaz de pelársela en la ducha mientras Greg se peinaba a medio metro cantando entre alaridos “Can’t take my eyes out of you” o los horrores que su madre le había pegado de Celestina Warbeck… era digno de admiración. Si había alguien que fuese capaz de pelársela en el baño mientras Theo recitaba en la habitación las características del Erkling, merecía un aplauso. Y desde luego, si había alguien en este mundo que tuviese huevos de pelársela en la cama, en la semipenumbra que la noche y las cortinas le brindaban mientras el silencio se veía interrumpido por los continuos gruñidos, ronquidos y otros ruidos nasales que Vince regalaba a su audiencia, merecía una paliza.
Pero esa madrugada era distinta y Draco la había tenido dura desde la última hora de clase. Mientras, intentaba olvidar a qué había obedecido exactamente su estúpido propósito de no follar por el que llevaba exactamente cuatro meses y doce días pensando que el siguiente paso antes de su definitivo suicidio social sería excitarse cuando Hagrid se agachara para sembrar sus calabazas.
Por la mañana, clase de Aritmancia. Una clase que el puto cuatro ojos no tenía. Bien. Aunque era de poca ayuda teniendo en cuenta que parecía que había salido de la cama ya empalmado.
Gracias a su amplio registro de expresiones faciales de desagrado, había aprendido a convertir el desprecio en asco y el asco en dolor de estómago. Así que fingir que tenía que ir a ver a Madame Pomfrey durante la hora de Transformaciones no había sido demasiado difícil. Además, ver entrar a Potter por la puerta le había revuelto las tripas de verdad.
Bien. Ahora sólo tenía que pensar qué inventarse para la siguiente clase en la que coincidieran. Y para las del día siguiente y la próxima semana. Y para las que quedaban de curso y los últimos partidos de Quidditch. Después de eso, sólo quedaban las del año siguiente.
.-.-.-.
¿Cómo podía un ser humano ir empalmado tantas horas? Ahora sabía cómo se sentía Longbottom. Dolorido y mosqueado.
Las otras cosas que sentía las guardaba en algún lugar cuya llave había escondido entre los calcetines sucios de Greg, y por Salazar que antes muerto que meter ahí la mano.
Se había saltado la comida. Necesitaba subir al dormitorio, estar solo y tranquilo, tirarse en la cama y mirar al techo. Y qué cojones, hacerse una paja. Nada más entrar soltó la cartera sobre la silla y se quitó los zapatos y la túnica. Se sentó en la cama y se recostó contra la pared.
Motivación. Era la clave. La motivación lo es todo, se dijo.
Se desabrochó los pantalones. Allí había alguien pidiendo guerra, desde luego, y el cinco contra uno era inminente.
De un tirón bajó cualquier prenda que pudiera estorbar y se cogió la polla. Sinceramente, casi le deprimió su propia urgencia. Demonios, no iba más que a hacerse una paja. Pero en fin, así estaban las cosas, y de cualquier modo se correría en minuto y medio.
Nada más sentir la mano subiendo y bajando y la fricción que llevaba esperando todo el día, cerró los ojos. Tenía calor, empezaba a sudar, así que intentó desabotonar la camisa con la otra mano. Era absurdo. A la mierda con la camisa.
Joder… un poco más rápido. Jadeó cuando sintió la lengua en su cuello, los dedos en su abdomen, el olor cargante del aula de Adivinación pegado a la ropa.
Ya no podía pararlo. Ahora era Potter el que imprimía más ritmo con su mano. Y Draco no quería. Pero su mente vagaba y los dedos hacían el resto del trabajo. La pared fría contra la espalda, junto a las escaleras, la pierna entre las suyas, separándolas.
“ ¿Por qué has hecho esto? ”
- Mierda…
Sin querer disminuyó el ritmo y casi al mismo tiempo los recuerdos ya no eran tan nítidos. Sólo quedaba su propio olor y los sonidos de aquél día no llegaban como hacía unos segundos. Visiblemente menos excitado, evocaba sin remedio imágenes mucho menos halagüeñas.
“Esto no ha pasado”
- ¡Joder!
Apartó la mano y lanzó el puño hacia atrás, estrellándolo contra el edredón. No le hizo falta mirar para cerciorarse de que su momentos antes portentosa erección era poco menos que un recuerdo. Aquella ridícula estampa le dio ganas de llorar o de romper algo. Tenía los calzoncillos por las rodillas y había tenido un gatillazo haciéndose una paja.
Y como esperando una señal previamente pactada… pasos que se acercaban a la puerta. Draco saltó de la cama y tiró de los calzoncillos y los pantalones hacia arriba mientras Theo hacía su aparición en el dormitorio. Lo miró de arriba abajo y resopló. El cabrón podría haber pedido disculpas o incluso dar pie a unos breves minutos de embarazoso sonrojo. Pero pasó y cerró la puerta mientras soltaba la cartera. Draco volvió a sentarse en la cama sin molestarse en comprobar si su erección se había marchado ya de vacaciones y Theo hizo lo propio en la de enfrente.
- No creas, es un consuelo. Pensaba que ya no te la machacabas.
- ¿Qué?
- Sí, por lo menos sé que no te has vuelto un ser asexual. Mira, Draco… hace mucho que no mojas, en eso estamos de acuerdo. Y cuando digo mucho no quiero decir mucho para ti sino mucho para el ser humano promedio, lo que es demasiado hablando en tus términos. Temo que el sólo hecho de estar sentado frente a ti hace que se te ponga dura…
- Vete a la mierda.
- … así que creo que me iré y dejaré que termines con el asunto que tenías entre manos.
- Déjalo, Nott.
- ¿Acaso quieres que me quede?
- No, imbécil. Digo que ya no voy a…
Theo frunció el ceño y empezó a rascarse la cabeza.
- ¿Tienes algún… ?
- ¿De verdad crees que voy a hablar contigo de esto ?
- No sé, somos amigos, ¿no?
- No tan amigos, Nott, no te equivoques. No tengo ganas de hablar de pollas.
- Y eso que es a ti a quien le gustan las pollas…
Draco resopló mientras se incorporaba e hizo ademán de acercarse a sus libros.
- Creo que empezaré el trabajo de Herbología.
- Puede que yo también.
El rubio lo miró fastidiado, pero Nott no lo notó, y si lo hizo no dio muestras de ello.
- ¿Te quedas aquí o bajas a la biblioteca?
Draco sonrió de forma extraña antes de responder mientras cogía sus cosas.
- Eso depende, ¿qué vas a hacer?
- Seguramente me quede aquí.
- Entonces yo me voy a la biblioteca.
Esta vez no hubo forma de obviar el desplante y Theo se giró haciendo ondear la túnica.
- Draco, eres un grosero. No quería decírtelo pero la verdad, cada vez eres más desagradable. ¿Qué problema tienes? Cuéntamelo o no lo hagas, pero estoy empezando a aburrirme de tu antipatía.
Lejos de sentirse culpable, tuvo ganas de aconsejarle lo que podía hacer con su mezcla de reproche y comprensión.
- ¿No ves que sólo quiero que me dejes en paz? Me voy a hacer el trabajo. –espetó, acompañando las últimas palabras de un portazo.
A veces Theo hablaba solo. Muy a menudo, a decir verdad. Se había metido en algún lío por no poder evitar esa costumbre durante los exámenes. Pero qué demonios, lo ayudaba a pensar y era la mejor forma de que nadie le llevara la contraria.
- No sé qué se ha pensado este gilipollas. ¿A quién cree que engaña? A mí no, desde luego. Bueno, pues me da igual. Que haga lo que quiera, él es quien tiene un problema y él decide hasta cuando quiere tenerlo.
--
--
--
Era demasiado hermoso para ser cierto. Tal era el júbilo que apenas se elevaba un murmullo de entre los extasiados rostros que dejaban enfriar sus cenas.
Como anticipándose a la acogida que tendría la noticia, el falso cielo del Gran Comedor había sido decorado con cientos de luces brillantes, y de vez en cuando una estrella fugaz surcaba veloz la estancia de una punta a otra.
Ron había soltado el tenedor. Hermione contemplaba su asado sin creer que no fuese a comérselo, sobre todo porque ella ni entendía la razón de tanta emoción ni se atrevía a preguntar. Dumbledore, probablemente poco sorprendido aunque no por ello menos satisfecho, se dispuso a ocupar su lugar en la mesa de los profesores.
- Y eso es todo, ya podéis seguir cenando. La cita es mañana a las ocho en este mismo lugar.
Poco a poco las primeras conversaciones se hicieron eco de la noticia, pero no eran muchos los que tenían ganas de hablar o incluso de comer.
- ¿Es que no piensas comer, Ronald?
- Jo… Josef…
La expresión de imbecilicia era similar en casi todos sus compañeros, pero Ron parecía a punto de llorar sobre su plato. Hermione le dio una patada por debajo de la mesa que, aunque no produjo el efecto esperado, lo ayudó a reaccionar.
- ¡Sólo es un hombre que viene a dar una charla!
Había hablado demasiado alto. Lo supo en cuanto todas las caras de alrededor se giraron hacia ella del mismo modo en que lo habrían hecho si hubiese asegurado que en su tiempo libre mataba gatitos o que no sabía quién era Merlín. Por primera vez en su vida, se sintió una ignorante. Y lo que era peor, Ron la consideró tal.
- ¿Sólo es qué? Por… por favor Hermione, no puedo creer lo que has dicho. –Ron parecía realmente conmocionado, como el resto de la mesa. Sin embargo, la expresión de Ginny reflejaba esa condescendencia que ella odiaba pero que ya había aprendido a descifrar.
- Déjalo Ron, ¿no ves que ella no entiende de Quidditch?
- ¿Quidditch? ¿Va a venir un jugador de Quidditch?
Harry ya estaba cansado de la discusión. En general no le gustaban los gritos y aquello podía alargarse hasta el desayuno si alguien no atajaba el indignado fanatismo de sus compañeros, empezando por el sector Weasley de la mesa.
- Hermione, Josef Wronski es uno de los jugadores más famosos de la historia. Inventó…
- ¡Ah, ya! ¡El amago de Wronski!
Ron parecía a punto de elevarse sobre su asiento.
- ¿Y si sabes quién es cómo puedes decir que “sólo es un hombre que viene a dar una charla” ? ¡Su jugada revolucionó el mundo del Quidditch! ¡Cualquier Buscador que se precie la aprende y se esfuerza por mejorarla día a día!
- Sí, Ron, ya lo he entendido… Pero el tal Wronski debe de ser viejísimo, ¿no?
- No lo llames “el tal Wronski” , por Merlín. Y sí, seguro que tiene más de cien años, y más si es amigo de Dumbledore. Bueno, no sé vosotros, pero yo mañana pienso estar aquí al menos dos horas antes para coger sitio en la primera fila.
Casi todos asintieron fervientemente con la cabeza, incluso Hermione.
- ¿Vendrás tú también? –preguntó extrañado.
- Claro. Es un hombre importante en la historia y aparece en Quidditch a través de los tiempos. Si una persona cuyo nombre figura en un libro va a venir aquí, yo voy a estar ahí.
- De acuerdo… va a estar toda la escuela, es imposible que quepamos todos aquí.
- Ronald, si cabemos para comer también cabremos para esto. Retirarán las mesas y estaremos de pie.
- Bueno, pues yo quiero estar delante igualmente.
Harry pensó que el día siguiente podría ser terriblemente tedioso o maravillosamente emocionante. Y por una vez, no dependía de él.
--
- Te ruego… te suplico que te des prisa. ¡No puedo más y si no te mueves voy a bajar sin ti!
- ¡Ron! – Harry trataba desesperadamente de completar una redacción de la que le quedaban menos de cinco centímetros- ¡Estoy a punto de terminar, pero me estás poniendo de los nervios!
- Seguro que cuando lleguemos está todo lleno y tenemos que ponernos al final, no vamos a ver nada y…
- Ron, aún quedan casi dos horas.
- Pero seguro que ya está ahí media escuela.
- Mira… ve bajando. Yo terminaré esto en diez minutos y puesto que tú eres incapaz de esperar, iré detrás de ti y os buscaré, ¿te parece bien?
Prácticamente estaba respondiendo desde el pasillo.
- Me parece más que bien. No tardes, o deja eso para luego.
- No tardaré.
Por fin algo de paz se adueñó del dormitorio. Harry tenía ganas de ver a Josef Wronski, pero sabía que si no terminaba el pergamino tendría que dejarlo para antes de acostarse, y conociéndose era muy probable que no lo hiciera. Y tampoco le apetecía estar de pie en el Gran Comedor dos horas antes, así que decidió hacerlo sin prisa; las propiedades de los huevos de ashwinder no eran algo para tomar a la ligera.
De repente se le ocurrió que de aquella misma chimenea podría surgir una ashwinder si el fuego estuviese encendido, y la idea comenzó a inquietarlo. Casi siempre se iban a clase sin apagarlo, confiando en que de ser necesario los elfos domésticos de la escuela lo harían. Si nacía una, podría poner huevos por toda la habitación antes de que se dieran cuenta. Y desde luego era poco probable que alguno de ellos notara que había huevos de ashwinder bajo la cama o detrás de una pila de libros o de zapatos.
Era potencialmente peligroso ser ellos mismos. Pero al menos Harry notó que se estaba sugestionando demasiado. Había una posibilidad entre mil de que un nido de ashwinders incendiara su cuarto.
Lo verdaderamente estúpido había sido escoger aquella criatura para hacer el trabajo. A él nunca le habían gustado las serpientes, y seguían sin gustarle. Eran traicioneras y su manera de deslizarse, sutil y sinuosa, le ponía los nervios de punta. Sin embargo, no sabía si debido a la conexión involuntaria con el animal que le proporcionaba el pársel o precisamente a la desconfianza que inspiraban en él, sentía una extraña fascinación por ellas de la que nunca se había podido librar.
La chimenea lo miraba ahora con su único ojo oscuro, apagado. Harry devolvió el gesto y permaneció inmóvil, sin pestañear, observando la negrura enmarcada en piedra como si esperase que saliera de ella una serpiente. Y aunque los ojos empezaron a llorarle, esperó a que el negro se fundiera con otros colores que se no atrevía a imaginar. No había sido obra suya, pero ahora ardía el fuego. No podía explicar si había sido fruto de su deseo, pero de cualquier forma, no quería dejar de mirar. Separó los labios, la lengua inquieta tras ellos. La serpiente brotó de entre las llamas y se arrastró hasta el suelo, llenando la alfombra de brasas. Le temblaban las piernas y las lágrimas caían ya sin control de los ojos irritados. La serpiente se acercaba a él y Harry la oyó sisear por encima del crepitar del fuego. Él quiso sisear a su vez, pero no se atrevió. En lugar de eso, permaneció sentado y dejó que la habitación se llenara de llamas mientras el reptil se erguía desafiante ante él y comenzaba a girar sobre sí mismo. Harry sentía una mezcla de anhelo y miedo que le hizo desear tocar la piel del animal. Alargó el brazo y la serpiente se aproximó sin dejar de girar, cada vez más rápido. Su color empezó a confundirse con el del fuego que ardía a su espalda mientras se agrandaba y quedaba envuelta en un manto negro. El aire se llenó de humo y en pocos segundos todo era gris. El fuego lo devoraba todo, pero Harry ignoraba el calor, observando el tamaño cada vez mayor de la serpiente que ya no era tal. Ropas negras le ceñían el talle, y la túnica azabache y verde que ahora le cubría dejó ver sus manos, tan blancas en contraste. Harry habría jurado que aunque tenía rostro, seguía siseando, como si quisiera comunicarse con él en una lengua que nadie más entendiera. Intentó cerrar los ojos; ahora tenía miedo y lo que había frente a él sonreía de una manera extraña. No supo si sus cabellos reflejaban el fuego o un sol invisible, pero…
Mierda, se había dormido. Respiraba con clara dificultad y sentía el corazón tratando de huir del tembloroso cuerpo. Miró alrededor; la quietud habitual lo recibió. Ningún fuego ardía en la chimenea ni en ninguna otra parte y la humareda gris había desaparecido. Pero por Merlín que le lloraban los ojos y que la vividez del sueño lo había hecho casi real.
Miró el reloj sobre la mesilla de Dean. Las ocho menos veinte. Se levantó, no sin cierta dificultad, y caminó hacia el baño. Iba a lavarse la cara, pero lo pensó mejor y metió la cabeza bajo el grifo mientras se sujetaba al lavabo con lo que él creía que era firmeza. El agua le entró en los ojos, pero era mejor eso que volverlos a cerrar. No, no se atrevía. No era capaz de volver a ver lo que había visto. No era sólo una ashwinder. No era una serpiente.
Harry sabía bien lo que había soñado. Y sabía con quién.
--
- No te comprendo, ¿no vas a ir?
- Claro que voy a ir.
- ¿Cuando? ¿En los bises? El año pasado estuviste más tiempo sobre la escoba que caminando por tratar de perfeccionar tu amago de Wronski, no me digas ahora que con ver a Josef Wronski desde atrás te conformas.
Draco se levantó y dio a Blaise unas palmaditas en el hombro mientras meneaba la cabeza. Sabía que aquello lo irritaba sobremanera, y precisamente por eso lo hacia.
- Calculo que Josef Wronski tendrá unos cinco millones de años, así que no tengo un especial interés en verlo de cerca. Con escuchar me basta. Por otra parte, no me apetece en absoluto pasar la tarde siendo apretado, empujado y zarandeado por decenas de sobreexcitados estudiantes de entre once y dieciocho años que hablan, se mueven y sudan mientras se les dilata el esfínter ante la visión de un teórico del Quidditch. Seguro que desde la puerta lo disfruto más.
Blaise resopló resignado y miró a Theo, que escuchaba de mala gana desde el otro lado del cuarto.
- No insistas, Blaise. Está cabreado, ¿no lo ves? Lleva cabreado no sé cuántos meses. No tiene ganas de ver a Josef Wronski, ni de jugar al Quidditch. Tampoco tiene ganas de estudiar, ni de putear a Longbottom. Ni de comer, si apuramos algo más.
- Cállate, Nott.
- ¿De qué más no tienes ganas? ¿No tienes ganas de dormir o no duermes porque no puedes? Joder, Blaise, ¿sabes que ni siquiera se le levanta?
- ¡Cállate!
Draco se había puesto rojo y trataba de escoger qué puño iba a estrellarle en la cara mientras se lanzaba contra él, pero Blaise ya se había puesto en medio.
- ¡Eh, eh! ¿Vas a pegar a Theo? ¡No me jodas, hombre!
- Déjalo, Blaise. Deja que me pegue. Por lo menos así sabremos que una parte de él se sigue enterando de las cosas, que todavía es Draco y que aún se cabrea cuando lo cabreas.
Blaise empujó a Theo lo suficiente para dejarlo fuera del alcance de Draco.
- Draco, nos vamos. Vince y Greg nos están esperando. Es mejor que te quedes solo un rato. Espero que bajes a ver a Josef Wronski.
En realidad Draco empezaba a estar hasta los huevos de escuchar ese nombre, así que prefirió no contestar. Se había puesto nervioso y no sabía qué cara poner ni cómo actuar, y detestaba ese tipo de situaciones.
Sus amigos se marcharon y él se quedó allí mirando a la pared, como si ella tuviera la respuesta a algún enorme interrogante. Le desagradaba haberse descontrolado con Theo, pero no se había podido contener. Era un consuelo tener la certeza de que disculparse no sería necesario. Además nadie esperaba que lo hiciera y en cualquier caso sería incómodo y violento.
Se tumbó en la cama decidido a hacer tiempo. Quedaba algo más de una hora para las ocho y no tenía intención de terminar en medio del abarrotado salón, así que esperaría a que estuviera lleno para bajar y quedarse atrás.
Últimamente parecía decidido a memorizar las cortinas de la cama. Hiciera lo que hiciera, sus últimos recuerdos estaban llenos de sus colores y de la madera que las sostenía. La mañana le sorprendía contemplándolas y cada noche llenaba aquél espacio impertérrito mientras él miraba hacia arriba, con los brazos detrás de la cabeza, incapaz de conciliar el sueño. Cuando no tenía nada que hacer se tumbaba allí, y también cuando tenía cosas que hacer pero no ganas de hacerlas. Aburrimiento había pasado a ser compañero inseparable, y mucho temía que mientras Frustración siguiera agarrada a su espalda, ni ésta ni aquél iban a abandonar su acogedor dormitorio. Qué cojones, mientras Insomnio y Apatía siguieran celebrando aquella fiesta en su cama donde todos follaban como locos, era obvio que nadie tendría intención de largarse. Y él no sabía cómo echarlos; llevaban allí tanto tiempo que ya eran como de la familia. Probablemente una noche sin Insomnio se le haría demasiado extraña, y ya no sabría afrontar un día sin que Frustración le llevase la cartera o Apatía se sentara sobre él en las clases.
Su nuevo y prometedor desafío era asistir a una charla en el Gran Comedor procurando que unos y otros lo irritaran lo menos posible.
Tal vez Aburrimiento lo dejara hoy un rato en paz.
--
No estaba seguro de poder entrar en el Gran Comedor, porque a juzgar por el aspecto absolutamente desolado que ofrecían los pasillos en su avance, Harry pensó que toda la escuela debía estar allí. El silencio era comparable al que llenaba el castillo durante las vacaciones de Navidad, cuando era extraño ver a más de una decena de alumnos que no estuvieran pasando las fiestas en casa.
Aún abotargado por aquel sueño en el que trataba de no pensar y con el pelo húmedo, avistó la entrada al salón. Las puertas estaban abiertas, y como había imaginado, sería prácticamente imposible entrar mucho más allá del umbral. Cuando llegó, Josef Wronski ya se apoyaba en un atril ante los ojos de su más que atribulada audiencia. Harry se quedó de pie casi al lado de la entrada, rogando para que no entrase más gente que lo cercara contra aquella muchedumbre.
A poco más de un metro de él, Dean Thomas se ponía de puntillas intentando con escaso éxito atisbar algo entre el mar de cabezas que se extendía ante ellos.
- Hola, Dean. ¿Cómo es que no estás delante?
- He tenido que cumplir un castigo con Binns… Como si no hubiera más días.
- Bueno, pero él está muerto, le da igual.
- Ya… y no veo nada. ¿Y tú cómo es que bajas tan tarde?
Harry dudó entre inventar una excusa o decir la verdad, y optó por una combinación de ambas.
- No me encontraba bien, me he tumbado un rato y me he dormido.
Dean se apartó un poco y siguió tratando de sacar partido a su en esos momentos poco útil estatura.
De repente, un escalofrío recorrió la espalda de Harry mientras algo que no supo describir lo recorría de arriba abajo. Se giró pero tras él sólo estaban la puerta abierta y el pasillo desierto. Desechando la extraña sensación, volvió a darse la vuelta y empezó a prestar atención al relato de Josef Wronski de su dura infancia en Polonia.
--
El salón estaba lleno de gente, y aún a varios metros de la entrada pudo Draco apreciarlo. Frenó disgustado, dispuesto a dar media vuelta y regresar al dormitorio. Sin embargo, no le agradaba la idea de quedarse dos o tres horas más tirado en la cama sin hacer nada para que sus compañeros lo encontraran de ese modo al regresar, así que se esforzó por aguantar su desagrado.
Potter estaba en la última fila. Volvió a detenerse sintiendo de nuevo el estómago revuelto y el corazón palpitando en los oídos. Observó desde atrás que tenía los brazos cruzados y que cambiaba el peso constantemente de una pierna a otra, por lo que parecía un tanto aburrido. Draco caminó hacia él parando cada pocos metros y sin dejar de mirar alrededor, hasta que, por fin en la puerta, rodó por la pared justo a tiempo de ver cómo Harry se giraba, sin duda al sentir su presencia intranquila. Oculto de ese modo y sintiéndose ridículo, esperó a recuperar la respiración para, aún vacilando, entrar en el Gran Comedor.
El cuello de la túnica de Potter estaba mojado. Draco se acercó por detrás sin dejar de mirar a los lados, temiendo que algún imbécil le gritara que estaba a punto de pegarle o de meterle una tarántula en el bolsillo. Quería olerle. Estaba muy cerca. Y en ese instante cerca de veinte personas irrumpieron en tropel en la sala, abarrotando el poco espacio que quedaba libre el final. Parecían venir de un entrenamiento de Quidditch, y Draco apostaría sin dudar a que no habían pasado por las duchas.
Tal y como había temido, se apretaron contra él. Trató de evitarlo, pero apartarse habría supuesto alertar a Potter de su extrema proximidad. Y aún quería respirar su olor. Se acercó tanto como pudo, llenándose de su fuerte aroma a cera para escobas. Alguien le empujó contra él, y aunque Potter cambiaba el peso del cuerpo de una pierna a otra, nervioso, no se dio la vuelta ni dio señas de notar de presencia.
Draco cerró los ojos y tragó saliva. La distancia que los separaba era demasiado corta para tratarse de una aglomeración normal. Se sacó las manos de los bolsillos y tentó imperceptiblemente, rozando con la yema de los dedos la nuca del moreno. Después acercó la cara, deslizó la nariz. Harry se revolvió de repente y casi al mismo tiempo la chica que estaba junto a Draco fijó la mirada en él.
- ¿Y tú que miras? –susurró enfadado.
- ¿Yo? Yo nada…
- Pues eso, que no me mires tanto.
Harry se había dado cuenta. Seguro. Y si no lo había hecho es que además de miope era imbécil. La única opción era ser tan obvio como la situación lo permitiera. Draco miró alrededor y volvió a acercarse. Alargó la mano y la puso en la cintura de Harry, provocando su reacción inmediata. Se dio la vuelta e hizo además de apartarse, pero Draco lo atrajo de nuevo, hablando en su oído.
- Cállate y no te muevas ni un centímetro.
La respiración en su cuello era ahora tan evidente como cálida. Y Harry quería apartarse, pero quiso pensar que la multitud se lo impedía. Incluso creyó que la fila de delante estaba retrocediendo, porque él cada vez se echaba más hacia atrás y no era consciente de estar moviéndose. Había cerrado los ojos y sólo notaba la monótona voz que flotaba en el aire, el calor que se elevaba desde el estómago y la mano que se abría paso por entre los pliegues de la túnica y ante la que era incapaz de oponer resistencia.
Draco levantó la túnica asegurándose de que el brazo quedase oculto por la tela de su propia ropa. La camisa del uniforme de Potter estaba inoportunamente metida dentro del pantalón. Tiró de ella despacio y la sacó por la derecha. Sintió temblar el vientre de Harry cuando su mano abierta pasó por todo su torso. Se pegó un poco más a él y puso entre ellos la otra mano para dar sensación de espacio libre. De ese modo, empezó a acariciar el pecho y el estómago y bajó de nuevo hasta alcanzar el botón del pantalón. Se inclinó con una media sonrisa que Harry no pudo ver, susurrando.
- Ahora no vas a poder salir corriendo.
Con la única mano que estaba utilizando, Draco intentó desabrochar el pantalón. Estaba fuera de discusión que llevara al frente también la otra, pues necesitaba que al menos un brazo estuviera visible para la gente de alrededor.
- Pon algo de tu parte, Potter. No soy yo el que está recibiendo las atenciones.
Harry vaciló. Era el momento de largarse. Pero en lugar de eso, carraspeó e hizo amago de rascarse una pierna mientras liberaba el botón para volver a erguirse con rapidez. Draco sonrió débilmente.
- Así me gusta, que seas un buen chico.
Con más libertad de movimientos, Draco metió la mano dentro del pantalón y empezó a tocarle la polla sin dejar de hablar junto a su cuello.
- Seguro que la tienes dura desde la última vez, ¿quieres que estemos así un rato?
Draco vio como Harry cerraba los ojos y ahogaba un jadeo mientras agachaba la cabeza.
- No, no tenemos tiempo que perder…
Con más brusquedad de la que habría deseado, apartó el pantalón y bajó los calzoncillos. La polla de Harry quedó liberada como un resorte, cubierta tan solo por la túnica. Al frente, alguien le llevaba una escoba de carreras a Josef Wronski.
- ¡Y ahora, ante vosotros, Josef Wronski mostrará los primeros pasos que le llevaron a crear su famosa jugada de Quidditch!
Como enloquecidos, decenas de estudiantes se agolpaban hasta las primeras filas. Harry y Draco fueron comprimidos desde las filas de atrás, y el rubio se apretó contra su espalda hasta que no corrió ni el aire entre ellos.
- Ahora estamos donde queríamos…
Olvidando toda precaución, dejó que el griterío y la exaltación que los rodeaban ocultasen lo poco decoroso de sus actos. Sujetó la polla que latía entre sus dedos y cerró la mano en torno a ella. Empezó a masturbarle imprimiendo desde el principio un ritmo tan rápido como el espacio le permitía. Potter temblaba. Podía sentirlo, y podía respirar el sudor de su cuello. Se dejaba caer hacia atrás, y Draco tenía que cargar sobre las piernas con el peso de su cuerpo. Mientras, jadeaba deliberadamente en su oído, sabedor del efecto que producía en el moreno.
- Potter… me muero por meterme tu polla en la boca…
Draco sintió en el abdomen una contracción. La espalda se Harry se arqueaba. Draco retiró de allí su mano izquierda y cogió la del moreno, apretándole los dedos. Entonces, para sorpresa de Draco, Harry se zafó de la mano que trabajaba delante y no sin esfuerzo compuso su ropa hasta volver a ponerla de nuevo casi en su sitio. Bruscamente se giró, encontrándose por fin frente a Draco. Pasó junto a él caminando hacia la salida y tirando imperceptiblemente de su túnica, justo cuando Josef Wronski sacaba a Theo de entre el público de la primera fila y lo montaba en su escoba par asombro y envidia de todos los presentes.
Harry salió del Gran Comedor. Draco aguardó unos segundos, tras los cuales hizo lo propio tratando de esquivar los empujones y pisotones que recibía en su excitada huida. El frío pasillo lo recibió. Miró a ambos lados con más temor del que nunca habría reconocido sentir, y una vez hubo avanzado unos pasos, alguien tiró de él arrastrándolo hacia las sombras que proyectaba la escalera de ascenso al piso de arriba. No medió palabra; empujó a Draco contra la pared despojándolo de su túnica. Lo miró un momento, de arriba abajo, con una expresión llena del deseo y la furia que empaparon su gesto brusco al meter la mano dentro del pantalón de Draco. Empezó a masturbarlo también, olvidando un momento su propia urgencia y sin parar de besarle. Por Merlín que tenía que haber soñado con eso, porque era imposible que la piel de Malfoy contra la suya resultara tan familiar tan sólo después del breve encuentro tras la clase de Adivinación. Tenía que haberlo imaginado en mil ocasiones aunque no lo recordara. Y ya no tenía sentido negar que necesitaba aquello. En ese instante y muchas veces más.
Draco lo llevó guiándolo por la nuca hasta la barandilla. Y como si aquel fuera el entorno perfecto, el lugar más privado del mundo, ignorando cuanto tiempo faltaba para que la práctica totalidad de la escuela saliera por las puertas que tenían a poco menos de diez metros… la mitad de la ropa yacía olvidada en el suelo y el tono de sus jadeos obviaba ya cualquier cautela.
Se agachó. No había mentido; se moría de ganas por hacerlo. Por un momento Harry estuvo a punto de decirle que se detuviera, pero ya era no era capaz. Se lo había imaginado, desde luego. Y aunque aquello resultara catastrófico en un futuro, en ese instante necesitaba experimentarlo más que respirar. Se sujetó a la barandilla, más por tener las manos ocupadas que por otra cosa, mientras Draco se arrodillaba. Y cuando Draco empezó a chupársela, celebró que desde abajo no pudiera ver la expresión de su cara ni el ridículo rictus que la desencajaba. Pasaba la lengua de arriba abajo, consciente de que Harry apenas habría podido moverse si alguien los hubiera sorprendido en esa situación.
- Voy… voy a…
- Cállate…
Draco se detuvo y volvió a ponerse de pie. No esperaba que Harry hiciera lo mismo que había hecho él cuando este empezó de nuevo a masturbarle. En lugar de eso, apoyó contra el del moreno todo su cuerpo y volvió a besarle. La fricción y el calor que irradiaba su cuerpo lo volvían loco. Harry estaba a punto y él quería que fuese de esa forma. Los gritos de éxtasis que salieron del Gran Comedor los acompañaron, rebotando entre la piedra y las columnas.
- Córrete Potter, ahora puedes correrte…
Los pantalones de Draco dieron fe de que había obedecido la orden, y poco después él mismo le siguió. Se separaron lentamente y empezaron a vestirse. En la penumbra, con la parsimonia de quien ignora cuanto tiempo ha pasado en compañía de otro, se besaron y se tocaron hasta que la ropa volvió a estar en su sitio.
A pocos metros, un petrificado Thedore Nott observaba la escena tras abandonar mareado la estancia después de su accidentado viaje en escoba.