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CONEJO.
No me puedo parar. Es un hecho fehacientemente comprobado con el solo hecho de intentar ponerme en dos pies.
Lo peor es que el estar estancado en la cama me ha hecho pensar y siento que mis hombros son de plomo por la culpa que arraigan.
No es muy recomendable tener sexo anal seguido en la semana.
Es mala idea el querer estar metido dentro de tu amante insasiable (tanto como tú) cada vez que él está libre.
Es una muy mala idea el usar todas las artimañas para convencerlo de caer en la lujuria contigo todas las veces que tú, y solo tú, quieras.
Sabiendo todo esto, por lo tanto, es una terrible, terrible idea el darle a tu pareja la oportunidad de vengarse por todas las que le debes cuando SABES que le debes demasiado.
Por las razones ya antes mencionadas uno se da una idea de las deudas que tenía con mi pareja.
No puedo comprender cómo Joseph pone esa cara tan extasiada (ojos entreabiertos, mejillas sonrosadas y esa lengua dando vueltas juguetona por sus labios) cada vez que yo estoy sobre él tomándolo como si la vida se me fuese en ello.
Bueno, entendí al final porqué, pero lo que me deja descolocado es que sé que ayer fue suave en comparación conmigo y yo siento que no me puedo sentar sin que la columna se me parta en dos.
El sigue dormido a mi lado, desparramando su cabello en las almohadas y me giro un poco para tocarlo llegando de pleno el ya conocido (pero no por ello menos doloroso) desgarro de anoche.
Está bien, desgarro no es la palabra exacta (ni siquera sangré), pero me duele como mil infiernos. Prometo que la próxima vez que escuche a Joseph: Hoy no, Seto; Hoy no de verdad será NO. Lo juro por lo más santo que tengo.
Y naturalmente, el ser un tanto más lento cuando tome a Joseph.
¡Si todavía recuerdo cuando después de acostarnos por primera vez me dijo que se había sentido un tanto mal en el principio pero que luego sintió que se completaba conmigo!
Yo no sentí como si me pasara un tren entremedio de mis piernas, ni como un mástil que amenazara con partirme en dos ni mucho menos el sentimiento de coplementarme con Joseph; más bien diría que ahora siento que comprendo en carne y hueso cuando las madres dan a luz.
Siempre cuando Joseph me decía: Seto pareces un conejo cuando andas así, sé que lo decía tanto en broma como en serio. Y no sé como soporta satisfacer mis caprichos sexuales cuando se me viene en gana sin quejarse, la culpa pesa en mis hombros por todas las veces en que estaba cansado por un día de trabajo extenuante o, peor aún, cuando decía: Todavía no me recupero de la de anoche, gatito.
Mis manos vuelven a tentarse con tocar al hombre que tengo a mi lado y despertarlo gimiendo en mi oído, pero el dolor en mi parte baja me recuerda que si yo necesito un descanso después de ser tomado, Joseph lo necesita aún más.
Tragándome el dolor de mi trasero, me pongo de pie y me dispongo de hacer el desayuno tratando de no despertar al cachorro.
Creo que debo disculparme, de algún modo, por todas las veces que ha estado quizás igual que yo.
Nunca es tarde para comenzar, ¿verdad?
Mi trasero me ruego por que sea más temprano porque ya se resiente y recién he salido de la alcoba.
Será un largo día.
FIN