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SpAnIsH-lItTlE-gIrL
Author of 52 Stories

Rated: K+ - Spanish - Angst/Romance - Reviews: 8 - Published: 11-29-07 - Complete - id:3919373

Un par de apuntes breves: la parte en cursiva la he traducido yo del original. No he leído los libros en español, aunque no sé hasta qué punto afecta. Y no, no soy Stephenie Meyer, así que los derechos no son míos (si lo fueran, anda que iba a estar yo aquí).


Correr. Hasta que nada tenga sentido. Y seguir corriendo. Hasta que el cuerpo ya no aguante. Y correr. Hasta que las patas ya no te sostengan. Continúa. Hasta que parezca que te duele más que el alma.

Perder la noción del tiempo era tan sencillo. Solo quería estar solo, que todos me dejaran tranquilo. La manada no podía ayudarme, ya no. Ella era quien debía tomar la decisión. Acababa de cometer el error de su vida, se había equivocado escogiendo a esa sanguijuela, ese chupasangres que la dejó sin miramientos, que hizo pedacitos su corazón. Pero ella se lo perdonó. Volvió con él a pesar de los meses de pesadillas y llanto. La había perdido para siempre.

Corre. Corre. No pares.

Él no tenía ni idea. No sabía nada de los meses que yo había pasado intentando convertirla de nuevo en un ser humano. No podía sospechar cómo la observaba constantemente por el rabillo del ojo buscando la más mínima señal que indicase que tal vez sonreiría pronto. No imaginaba las noches en vela que pasé pensando en ella, en cómo escuchar su risa de nuevo. Estaba destrozada, tan rota que llegué a creer que no sería capaz de reparar su corazón, de devolverle el alma que la sanguijuela se había llevado al marcharse sin mirar atrás.

En cambio, allí estaba, corriendo por el bosque, rompiéndome yo ahora. Se lo había dado todo, todo lo que tenía, pero no le bastaba. Me quería, ella misma lo había admitido, me amaba. Pero se había ido con él. Se iban a casar. Lo que sucedería después estaba más que claro. Poco importaba. Ya había tomado su decisión. No había nada que pudiera hacer. Pensarlo me hizo soltar un aullido de dolor según se desgarraba mi alma.

Corrí sin detenerme hasta que se hizo de noche. Después surgió el día. Un día de lluvia, como tantos aquí. Había vagado por todo el bosque, recorrido una y mil veces los lugares que tan bien conocía. No me atrevía a aventurarme más lejos, no quería ir a casa de los chupasangres y hacer algo de lo que fuera a arrepentirme. No por mí, sino por ella. La imagen de Bella de ojos llorosos ante una pira diciéndome “¿qué has hecho, Jacob?” me atormentaba. Nunca me lo perdonaría.

Pensarlo se me hacía horrible, pero mi último acto de amor debía consistir en apartarme del camino, en fingir que nada ocurría y dejar que hicieran lo que quisiesen. Tenía que permitir que la convirtiese en una depredadora más, una asesina. ¿Qué sería de mi Bella? Ya no se sonrojaría ni pegaría esos tropezones, ya no estaría tan llena de pequeños defectos maravillosos que la hacían única. No, se volvería fría, distante y perfecta. Ya no sería mi Bella. Ni yo sería su Jacob. Ese Jacob ya estaba muerto, de todos modos.

Continué corriendo. No estaba cansado, así que debía seguir. Solo pararía al caer rendido de agotamiento, cuando mi cuerpo estuviera peor que mi alma. Y mi cuerpo aún me sostendría durante mucho tiempo. La manada no me necesitaba. Me habían dejado solo como había pedido. Era libre para sufrir, para aullar de cuando en cuando entre zancadas por el amor perdido.

Iba distraído, deshecho, devastado. Nada a mi alrededor importaba. Nada, absolutamente nada. Ni tan siquiera el rugido de un motor, ni una luz aproximándose a mí velozmente en la niebla.

La vi un instante antes de que llegara hasta mí, el tiempo justo para apartarme de la trayectoria de la moto. El conductor también me había avistado. Pegó un volantazo e hizo un extraño. La moto se fue por un lado y él, por otro. Vi su cuerpo volar por el aire y aterrizar entre los árboles. Fantástico. Ahora volverían a buscar a los “osos” por el bosque. Todo por mi culpa.

Me alejé unos cuantos metros a la carrera. No podía dejar al motorista ahí tirado, debía ayudarle. A diferencia de las sanguijuelas, los licántropos éramos protectores y bondadosos, ayudábamos a los más débiles siempre que nos necesitaban. Así surgimos. Así había sido durante tanto tiempo que la realidad y la leyenda su entremezclaban hasta ser una misma cosa.

Debía volver con él. Debía detener mi carrera egoísta y autocompasiva para ayudar a aquel hombre. O mujer, no lo tenía claro. Había ocurrido todo demasiado deprisa. Adopté mi forma humana y me puse los vaqueros. Una parte de mí quería continuar corriendo sin rumbo, pero otra me pedía a gritos que me apresurase. Si tenía lesiones graves, un segundo podía marcar la diferencia.

Estaba tendido boca arriba donde había caído. Llevaba un casco totalmente negro y una chaqueta de cuero demasiado amplia, como si se la hubiera robado a su hermano mayor. No era muy grande, de hecho. Para ser un hombre abultaba demasiado poco. Me acerqué con cuidado y vi que se movía. Tanteaba torpemente la visera del casco y fue cuando vi sus uñas pintadas de azul metálico. Una mujer.

—¿Se encuentra bien?—pregunté con una voz tan ronca que me costó reconocer como mía. Un quejido fue su única respuesta mientras intentaba levantarse—Espere, no se mueva. La ayudaré.

Me acerqué a ella tan deprisa que no debí de ser más que un borrón a sus ojos. Cuando quiso darse cuenta, estaba detrás de ella, sentado con las piernas abiertas para colocarle la espalda apoyada sobre mi pecho. Intentaba quitarse el casco, pero debía de estar demasiado aturdida como para hacerlo ella sola. Con tanta delicadeza como me fue posible, le ayudé a retirarlo.

Cuando la ves, de pronto ya no es la tierra lo que te sujeta, sino ella. Ella es lo más importante y harías cualquier cosa por ella, serías cualquier cosa por ella. Te conviertes en lo que ella necesite, ya sea un guardián, una pareja, un amigo o un hermano.

Mis propias palabras resonaron en mi mente. El recuerdo estaba tan fresco que casi me parecía que acabara de decirlo. Pestañeé con incredulidad y volví al bosque, de mi ayer feliz y esperanzado a mi hoy desolado y vacío. A mi estar sosteniendo a una motorista accidentada con pelo a lo garçon que sangraba por el labio.

Giró la cabeza hacia mí para mirarme. Tenía los ojos oscuros, negros como la noche. Cuando se cruzaron con los míos, me absorbieron y no pude dejar de contemplarla. Mi mente me lo había advertido apenas un instante antes con el recuerdo de aquella explicación.

Allí estaba. Era gravedad lo que nos unía. La había encontrado. Su fuerza de gravedad atrayéndome hasta hacer que el resto del mundo dejase de existir. Sí, era ella. Había encontrado el planeta del que ser satélite.

Sin dudarlo, mi cuerpo se puso en pie como un resorte y cargué con ella. A partir de ese momento sería todo lo que ella necesitase, fuera lo que fuese. Ahora mismo le hacía falta atención médica, una mano a la que agarrarse mientras vendaran sus heridas. Ella también sanaría las mías aunque ni siquiera llegaría a saber que existían. No si no era lo que ella deseaba.

Dejé que se abrazase a mí con fuerza para sentirse más segura. Afiancé mi sujeción sobre su cuerpo para mostrarle que estaba a salvo y su aroma llegó a mí como una bofetada embriagadora. Olía a tierra mojada, al campo un instante antes de que llueva. Sonreí y pasé una mano por su pelo. Sus ojos negros me miraban serenos y curiosos. Ya no estaba solo, nunca volvería a estarlo.

—No te preocupes, todo saldrá bien.

Y al decirlo, supe que hablaba más para mí que para ella.



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