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Rated: K+ - Spanish - Friendship/Romance - Sakura K. & Syaoran L. - Reviews: 10 - Updated: 01-08-08 - Published: 01-04-08 - id:3991699

Esta es una historia de y para fans. Los personajes presentes en esta historia fictia le pertenecen a CLAMP


Prólogo

- ¡Quiero a mi mamá!

Los cinco muchachos guardaron repentinamente en silencio. Aquel grito había taladrado todas y cada una de las conversaciones que podían estar aconteciendo en ese instante en el parque Pingüino. El murmullo habitual del ambiente cesó, permitiendo oír unos sumisos quejidos extenderse por sobre el silencio. Las comenzaron a gimotear, sin llegar a pronunciar nada entendible. Dos niñas extraordinariamente parecidas se abrazaron, y cuando una se disponía a saltar sobre la restante, ésta la interrumpió.

- ¡Quietas! – pidió la mayor, poniéndose de pie sobre la caja de arena y elevando la mirada, queriendo detectar la fuente del sonido. – Es alguien llorando – declaró, y antes de oír nada, salió corriendo, desapareciendo tras unos arbustos.

El trio de niñas observó el lugar donde se había perdido su hermana, y segundos más tarde, volvieron su mirada al único varón que se hallaba junto a ellas. Lucía más pequeño, las observaba con una mirada severa alzándose sobre sus ojos color ambar. Su cabello color chocolate liberaba tenues destellos bronces cuando él alzó la cabeza con presunción, casi a la defensiva para observar a las niñas.

- ¿También crees que es un llanto normal? – preguntó la que, en apariencia, parecía la mayor del trío.

- ¿Qué más puede ser, Shiefa? – contestó el muchacho, desviando el tono de su voz ahora a lo sarcástico.

No iba a caer en las historias de sus hermanas mayores. Desde que tenía memoria –hace pocos años, a decir verdad- recordaba como ellas siempre intentaban atemorizarlo con toda clase de historias, sin embargo, nunca lograron su cometido, y en el peor de los casos, ellas mismas acababan asustadas. Shiefa, una niña que no superaba los siete años, con el cabello marrón sujeto en dos tomates; pensaba contestar, y de acuerdo a su gesto –ojos entrecerrados y una pequeña arruga surcando su entrecejo-, no parecía ser nada alentador, sin embargo, antes de poder emitir cualquier palabra, la voz de la mayor de sus hermanas –la que las había abandonado anteriormente- la interrumpió.

- ¡Hey!

- ¡Ay, no¡El monstruo se comió a Fanren!

Pese a lo asustadas que parecían las niñas, cuando vieron que su pequeño hermano se puso de pie, comenzando a correr atolondradamente, siguiendo la voz de su hermana, el resto de lo imitó.

Una vez que el único varón logró abrirse paso entre los matorrales -usando garras y dientes, metafóricamente hablando-, su cabello lucía aún más alborotado de lo normal –sin embargo, no le prestó mayor importancia- y éste lucía un par de hojas como recuerdo de la batalla.

- ¡Fanren! – llamó con su voz infantil, buscando con la mirada a su hermana.

Había olvidado que, cruzando esos matorrales, llegaría directamente a una pequeña calle con poco tránsito que bordeaba una laguna. Esos matorrales eran parte del cerco vivo que enmarcaba un pequeño parque, al que solía ir a jugar a diario con sus hermanas, sin embargo, eran pocas las veces en que usaban esa salida. Tanto se distrajo recordando ese escenario -no muy diferente cuando se salía de forma normal del parque- que no divisó de inmediato donde estaba su hermana, sin embargo, luego de pestañear un par de veces, divisó el cabello de Fanren a un lado de la calle –el más próximo a la cerca que la separaba de la laguna-, y aunque no se atrevió a cruzar, era capaz aún de escuchar los sollozos.

- Quiero a mi mami – oyó entre sollozos. “Al menosse dijo sin emitir sonido “ya no son gritos”, es decir, no era nada doloroso para su hermana.

- ¡Oh! – el pequeño niño se había distraído viendo la espalda de su hermana. Tanto, que había olvidado que las tres restantes habían corrido tras de él y ahora se habían repartido a su lado. – Así que sí era un llanto.

- No pongas esa cara, Syaoran, podía haber sido un fantasma, no lo niegues – reprendió otra de las niñas cuando su hermano le había dedicado una mirada de fastidio a Feimei, la que había hablado primero al llegar a su lado.

- Yo no creo en los fantasmas, Fuutie – se defendió el único varón, moviendo su rostro de nuevo hacia Fanren, quien mantenía su posición (de cuclillas, dándole la espalda a ellos). Supuso, entonces, que el pequeño ser llorón debía estar del otro lado, entre sus brazos, o quizás era tan pequeño que estaba frente a ella.

- Voy a ver – anunció la que parecía mayor de las tres que acompañaban a Syaoran, y quien, por lo demás, había guardado silencio hasta ahora.

- ¡Ten cuidado, Shiefa! – la despidieron al unísono Fuutie y Feimei, Syaoran se limitó a seguirla con la mirada, ceñudo.

Syaoran olvidó cuanto tiempo tuvo que contemplar a su par de hermanas mayores ocultando al pequeño objeto llorón del otro lado de la calle. Luego de unos minutos –no sabía en realidad, no tenía mayor noción del tiempo, siquiera sabía ver bien la hora-, optó por tomar asiento en el suelo, al poco tiempo se le unieron sus dos hermanas, quienes murmuraban entre ellas distintas teorías, sin embargo, él no les prestaba mayor atención. Nunca lo hacía. Se les habría unido a sus dos hermanas mayores (más mayores), pero sabía que no podía cruzar la calle solo. Supo que algo había cambiado en el escenario porque Fuutie y Feimei, a su lado, guardaron silencio abruptamente –cosa muy difícil de conseguir empleando métodos generosos-, y si bien sus ojos estaban fijos sobre sus dos hermanas, sólo entonces distinguió el real cambio: Shiefa se había puesto de pie y –luego de mirar hacía ambos lados de la calle- corrió hasta llegar donde ellos, tras ella, sin llegar a correr y con un par de agigantados pasos de diferencia, se acercó Fanren, pero no venía sola.

- Sean buenos con ella, está pérdida – anunció Shiefa segundos antes que Fanren y una pequeña (¡diminuta!) niña los alcanzaran al otro lado de la calle.

Fanren anunció los nombres de todos sus hermanos mesuradamente, presentándoselos a la pequeña niña, quien parecía increíblemente atemorizaba. Era pequeña en cuanto a porte, muy delgada y con un rostro igualmente pequeño. De piel blanca tan tersa que parecía porcelana. Su cabello estaba algo enmarañado y sujeto en dos coletas altas, era largo y terminaba en delicadas ondas, delgado y de una tonalidad castaña clara, algunos mechones se adherían a su rostro producto de las lagrimas… y hablando de las lagrimas: un par de éstas aún se divisaban en sus enormes ojos verde jade, brillantes por el llanto y con un ligero rastro rojizo bajo éstos que delataba, para cualquiera ajeno al quinteto de hermanos, que había estado llorando. Llevaba un pequeño vestido amarillo, con el bordado de un patito sobre el pecho y un par de zapatos negros sobre unas calcetas con encaje blancas.

- ¡Que pequeñita! – exclamó Feimei, estrujando a Syaoran como si él fuese el culpable. En palabras vulgares: enternecida.

- ¿Cómo te llamas? – fue Fuutie quien preguntó, algo más juiciosa que Feimei, al tanto que la exclamación de su hermana había espantado un poco a la pequeña, quien se había apresurado a ocultarse tras el cuerpo de Fanren, sin soltar la mano de ésta.

- Quiero a mi mamá – murmuró tímidamente la pequeña, viéndola con precaución desde la espalda de su protectora.

- ¿Dónde está tu mamá? – intentó nuevamente Fuutie, con una sonrisa paciente e inclinándose para contemplarla mejor, intentando igualar su altura.

- No sé… - contestó de igual forma compungida la pequeña, haciendo un puchero inconcientemente.

- ¡Vamos a buscarla! – y de nuevo Feimei alzó la voz, soltando a su hermano y alzando un puño al cielo, adoptando la pose de una superheroína.

La pequeña optó por ocultarse más tras la espalda de Fanren, intimidada por el exceso de energía que manifestaba Feimei. Sus cuatro hermanos le dedicaron una mirada reprobatoria, a la cual respondió rápidamente, encogiéndose en su lugar.

Luego de un rato, queriendo recuperar la confianza de la niña, rodearon los matorrales para poder subirla en un columpio y mantenerla ahí mientras Shiefa y Fuutie se separaban, partiendo a buscar a los alrededores algún adulto que busque una pequeña.

Syaoran ocupó el columpio junto a la pequeña, hasta el momento no había emitido palabra alguna más que un saludo (“hola”) cuando Fanren lo presentó. Feimei, luego de la reprimenda visual que recibió por parte de sus hermanos, optó por guardar silencio y ser quien balanceaba con parsimonia a la pequeña en el columpio. Fanren le conversaba, cuidando no perder la confianza que la niña había depositado en ella.

- Y por eso siempre vengo con mis hermanos aquí – terminó de relatar Fanren, sonriéndole cariñosamente a la niñita que la miraba atenta y movió su cabeza afirmativamente una vez que Fanren concluyó su relato.

- A mi hermano igual le gusta venir aquí – comentó la pequeña, volviendo a mover su cabeza, haciendo notar que era todo un hecho lo que acababa de salir de su boca.

- ¿Y por qué no te había visto antes? – siguió hablando Fanren, casi olvidando que su hermano y su hermana estaban presentes, después de tanto tiempo en silencio.

- Yo no vengo – no pareció lamentarse por eso, de acuerdo a su tono – a él no le gusta.

- ¿Por qué?

- A los hermanos grandes no les gusta venir aquí con los pequeños.

- Yo sí vengo con los míos

- Son todos grandes – respondió a la defensiva.

- ¿Qué edad tienes? – Fanren insistía en el cuestionario, esta vez su sonrisa fluctuaba con un poco de desentendimiento. La pequeña apartó su mano de la cadena del columpio, llevando su palma contra el rostro de Faren, alzando cuatro dedos - ¿Cuatro? – ella volvió a sacudir su cabeza afirmativamente - Pero si mi hermanito tiene cuatro.

El par de enormes ojos verdes pareció recién reparar en el niño que se balanceaba de mala gana a su lado, aporreó sus espesas pestañas negras, intercambiando miradas con él –quien parecía completamente indiferente-.

- ¡Tu eres un hermano pequeño! – casi saltó del columpio, y parecía bastante feliz por el descubrimiento. Syaoran sólo movió la cabeza, asintiendo recelosamente. - ¿Quieres ser mi amigo?

Eso sí que es extraño” pensó Syaoran, viendo incrédulo a la pequeña ojiverde que, por primera vez, sonreía. Y sonreía para él. Tardó en contestar a pesar de las miradas exigentes de sus hermanas. “ Ella es extraña”, sin embargo, casi de forma inconciente, movió afirmativa y pausadamente la cabeza.

- ¡Qué bueno! – Se alegró Fanren, turnando su mirada entre Syaoran y la pequeña.

- ¡Sí! – la acompañó la desconocida ojiverde, sin atreverse a soltar sus manitos de las cadenas del columpio, sin embargo, acentuando aún más su resplandeciente sonrisa. – Mi hermano dice que los niños grandes no son amigos con los pequeños¡pero los dos somos pequeños! – era más conversadora de lo que parecía, después de todo - ¿Cómo te llamas, nuevo amigo?

Syaoran, que seguía con el ceño fruncido, iba a contestar luego de unos segundos en los que se dedicó a estudiar la expresión de la niña, además de analizar nuevamente todas sus palabras, y cuando se disponía a dejar escapar cualquier sonido, se vio abruptamente interrumpido por un grito.

- ¡Sakura! – gritó un niño que apareció corriendo de entre los matorrales sin mucho cuidado, luego de unos segundos, Fuutie apareció tras él, con las mejillas sonrojadas por correr tanto.

- ¡Hermano! – exclamó la ojiverde que contestaba al nombre de Sakura, olvidando el cuidado que tenía de no soltarse de las cadenas, se dejó caer y partió al encuentro de él. - ¡Te extrañé, hermano!

¿Qué lo extrañó?” el trío de muchachas –incluida Fuutie, que respiraba agitadamente- compartió los pensamientos de Syaoran. Sakura rodeó con sus brazos el cuerpo de su hermano, quien se sobresaltó por el gesto y terminó resoplando con fastidio, sin llegar a responderle el abrazo.

- Gracias por cuidarla – habló por encima de la cabecita castaña de Sakura, dirigiéndose a sus receptores que observaban incómodos la escena. A decir verdad, él también parecía algo incómodo en los brazos de la pequeña, pero optaba por mostrarse indiferente.

- No hay de qué – fue Fanren la que habló, por supuesto, era a quien le correspondía (a vista de sus hermanos), por ser la mayor.

- Tienes que agradecer a estos niños, Sakura – le recordó su hermano, apartándose un poco a la vez que inclinaba la cabeza para contemplar el rostro de la niña.

Sakura, luego de contestar la mirada de su hermano durante segundos, se apartó rápidamente, olvidando todo lo que lo había “extrañado”, y salió corriendo a un extremo del parque, cuando Syaoran y el hermano de Sakura se alistaba para emprender carrera tras ella –previendo que volvería a perderse-, ella se detuvo e inclinó, dándoles la espalda, y tan rápido como se fue, volvió corriendo hasta ellos, acercándose primero a Fanren, Feimei y Fuutie que había avanzado hasta ellas.

- Gracias, son muy lindas – les dijo Sakura, sonriendo de forma amplia y cuan dulce le permitía su rostro (y aura), les tendió una de sus manos, entregándole a cada una de las muchachas una margarita blanca, finalmente, a Fanren, le dio dos. – Para tu otra hermanita¿ya?

Fanren no pudo contestar, el gesto la encontró desprevenida, y cuando vio que la expresión de la pequeña comenzaba a alterarse, volvió a su espacio, cabeceando torpemente y agregando un “esta bien” por si no se había dado a entender como correspondía. La pequeña Sakura, luego de unos segundos, regresó sobre un par de sus propios pasos hasta llegar frente a Syaoran, y siquiera le dio tiempo para observarla cuando le acercó su rostro y apoyó una de sus manos sobre el cabello de él. Syaoran sintió su rostro arder, desconcertado, vio como Sakura se alzaba en puntillas y finalmente se apartaba, fue entonces cuando una sensación extraña en su cabello lo hizo elevar una de sus manos, sin llegar a tocar su cabeza.

- Gracias a ti también, además que eres mi amigo.

Fue entonces que Syaoran comprendió que la sensación extraña en su cabeza era nada más y nada menos que una margarita blanca que la pequeña había acomodado por sobre su cabello, afirmándola tras la oreja del niño. Él observó el rostro aniñado de Sakura con detenimiento, no sabía mucho de arte, pero sabía que era la expresión más dulce y que más calidez le podía transmitir en una milésima de segundo; observó como los ojos jades de ella, con sus destellos y el cabello con textura engañosa, igualmente brillante, y con ese color, eran los colores que completaban el cuadro perfecto sobre el lienzo aperlado que era su piel clara. Tampoco comprendía mucho de los patrones de belleza de los cuales tanto hablaban los adultos, mucho menos se había sentado a pensar como demonios serían los ángeles; pero sabía que Sakura, con tan sólo esbozar una sonrisa como aquella y observarlo de esa forma, era el concepto belleza en su plenitud. Desconocía el amor, no sabría reconocer si estaba “flechado”, pero sabía que estaba encantado: encantado de una forma aún más peculiar, atractiva y obsesiva que la vez que se sintió “encantado” por el chocolate, o su equipo nuevo de esgrima.

- ¡Adiós! – se despedía Sakura con voz dulce y cantarina, llevaba su pequeña manito en alto, agitándola a modo de saludo y la restante iba sujeta con firmeza a la de su hermano.

- ¡Adiós, Sakura¡Nos vemos! – gritaban al unísono las hermanas de Syaoran, despidiéndose de igual forma: contagiadas con la sonrisa de Sakura y las manos en alto. – Hey, Syaoran – esta vez fue Feimei quien habló, parecía haber recuperado la confianza ahora que Sakura y su hermano habían desaparecido de sus vistas. - ¿Piensas quedarte con esa flor ahí?

- Sí – contestó tajante el interrogado, y si bien el tono que había usado Feimei era jocoso, ninguna se atrevió a decir nada al respecto de regreso a casa, donde se reunieron con Shiefa.

Ir al parque era costumbre de Syaoran y sus hermanas, al menos una corta ida estaba incluida en el horario de sus actividades diarias. Sin embargo, pasaron los días, hasta semanas, y si bien en el parque se habían topado con Touya, el hermano de Sakura –como se había presentado una vez- más de una vez; él solía ir a jugar con sus amigos, por lo tanto, Sakura nunca lo acompañaba. Sin darse cuenta, ir al parque resultaba cada vez más aburrido para Syaoran, y su única motivación para ir comenzó a ser la esperanza de reencontrarse con la pequeña ojiverde. Quizás por este motivo, no se dio cuenta como pasó el tiempo y, de un día a otro, era trece de julio: su cumpleaños. Almorzó junto a toda su familia, recibió pequeños regalos y otros no tan pequeños de parte de sus padres, sin embargo, no era un muchacho caprichoso y se mostró agradecido frente a todo.

- Syaoran – lo llamó Feimei con tono melodioso y hasta empalagoso, una vez que Syaoran le dio permiso para ingresar a su habitación, ella entró corriendo y se dejó caer de un salto sobre la cama. - ¿Te gusta andar en bicicleta?

- No sé andar en bicicleta – le recordó con seriedad Syaoran, mientras terminaba de acomodar en su closet las nuevas prendas de ropa que había recibido como regalo.

- Eso no importa – casi chasqueó la lengua para restar importancia, sin embargo, siguió igual de dinámica y alegre - ¿te gustaría montar en la mía (conmigo) cuando vayamos al parque?

- ¿Por qué? – no pudo evitar sonar extrañado, observándola con detenimiento para ver que planeaba.

- Para hacer algo distinto, aprovechando que es tu cumpleaaaños – y sí, Feimei volvió a canturrear.

No tuvo que insistir mucho más para convencer a Syaoran, Feimei tuvo que pedalear lentamente para no estropear el viaje especial de su hermano de ida al parque, no pudo evitar sentir la ilusión de encontrarse con Sakura en cuanto piso la arena, sin embargo, sus ilusiones se vieron rápidamente derrumbadas luego de echar una mirada panorámica y tan sólo ver, como era habitual, a Touya jugando con sus amigos y un balón. Durante la tarde sus hermanas intentaron enseñarle a montar la bicicleta, sin embargo, no lo consiguió; ésta era demasiado grande para él.

- Syaoran sube rápido a la bicicleta – le ordenó Feimei, quitándole el balón con que él jugaba y arrojándoselo a Fuutie, su melliza. Increíble, era una orden. Y de Feimei.

- ¿Qué?

- ¡Date prisa!

Quizás fue la actitud extraña de Feimei la que lo obligó a callarse sus cuestionamientos y obedecer, ella no solía actuar así, de hecho, aunque tenía la misma edad de Fuutie, ella era la más inmadura de todas –incluso tendría el atrevimiento a decir que incluso más que él-. Debían ser alrededor de las seis y muchas, no sabía bien, lo importante es que el cielo estaba un tanto anaranjado, anunciando la pronta caída de la noche, es decir, tiempo de regresar a casa, sin embargo, no había que tener tanta prisa¿no? Al menos eso pensaba. Le sorprendió ver que sus hermanas –Shiefa, Fuutie y Fanren- no fueron en bicicleta hasta el parque, detalle que no había notado hasta ahora, y no porque no supieran montar, lo segundo extraño era que ellas no se marcharon junto con Feimei y él.

Miles de teorías cruzaron su cabeza, incluso que Feimei, su hermana, había sido reemplaza por un extraterrestre que tomó la forma de ella, tan sólo así podía explicar esas actitudes tan extrañas¿pero qué podía querer un extraterrestre con él? No parecía apetitoso y era pequeño.

- Baja – otra orden. Definitivamente esa no era su hermana, mejor obedecer si quería continuar con vida.

Se bajo, por supuesto, y tras él lo hizo su hermana. Estaban en una calle que no conocía, varias casitas iguales se alzaban frente a una arboleda desconocida para él. ¿En qué momento habían llegado ahí? Eso le pasa por no saber controlar bien el tiempo en que desarrolla teorías paranormales al interior de su cabecita.

Feimei aparcó la bicicleta contra una cerca, la calle parecía tranquila, por lo tanto, no se preocupó, pero aún así no quería estar solo: la siguió hasta quedar frente a una puerta de madera, a la cual, por supuesto, su hermana llamó.

- Hola – saludó ella sonriéndole a un niño moreno de cabello azabache, no muy mayor que ella.

- ¿Eh? – respondió Touya, turnando su mirada entre el rostro sonriente de Feimei y el de desconcertado de Syaoran.

- ¿Está Sakura? – preguntó con naturalidad Feimei, ladeando un poco la cabeza para curiosear a través de la puerta entreabierta.

- ¿Qué? – “¿¡Qué no entiende japonés!?” quiso evitarlo, pero pensar así fue inevitable para Syaoran, y como no quería ser descubierto, inclinó el rostro - ¿Qué hacen aquí? – especificó Touya.

- Busco a Sakura – le reitero llena de paciencia la hermana de Syaoran.

Touya, con un gesto impaciente, terminó apartándose de la puerta, dejándola entreabierta y adentrándose en la casa. Feimei no intentó entrar, optó por balancearse sobre sus pies, turnando su peso entre sus talones y el empeine, y cuando finalmente unos pasos correteando se oyeron al interior de la casa, abrió los ojos de par en par.

- ¡Olvidé asegurar la bicicleta! Iré a ver – anunció a Syaoran, alejándose de su hermano antes que él pudiese siquiera intentar pronunciar algo.

Syaoran la siguió desconcertado con la mirada¡Esto era lo más extraño que podía estar haciendo su hermana en un solo día! Bueno, no era necesario ser un extraterrestre para comportarse así, bastante pesadas eran sus hermanas como para tornarse así si lo deseaban, especialmente cuando querían hacerlo parte de sus bromas.

- ¡Amigo! – la voz infantil, dulce y melodiosa que ya comenzaba a olvidar se alzó a su espalda, obligándolo a abrir los ojos de igual forma que Feimei: de par en par.

Una sensación de alegría brotó en el estómago de Syaoran, no sabía que el pastel de cumpleaños tuviera propiedades para provocar cosas así, por cierto. Inconcientemente llevó sus manos a sujetarlo, temiendo que éste escapara, y antes de poder contestar, Sakura lo había abrazado de la misma forma efusiva que había empleado con Touya el día que la conoció, a diferencia que esta vez lo abrazó por la espalda. ¡Diablos¿Cómo explicar lo que sucedía? No el abrazo –porque sus hermanas siempre lo abrazaban- sino que… ¡Llevaba días, semanas queriendo ver a Sakura de nuevo! Y había olvidado que él nunca había sido bueno sociabilizando, nunca había sido bueno para conversar siquiera con sus hermanas; tantas ansias eran las que tenía por encontrarla, que nunca pensó qué haría cuando eso sucediera. Además, ahora lo notaba, este abrazo no era como los de sus hermanas, no eran como esos abrazos molestos de esas féminas que lo asfixiaban, lo fastidiaban y lo hacían sentir las ganas inmensas de salir corriendo; tampoco eran como los eventuales abrazos que le daba su madre, reconfortantes por su extrañeza, cálidos por su maternidad, pero fríos por jerarquía. Sakura no tenía nada de eso, sus brazos estaban enrollando su cuerpo con confianza, despertando sus sentidos, haciéndolo creer en las fragancias a las cuales nunca le había prestado atención anteriormente; eran dulces como ella, cálidos como su madre, delicados como una flor.

- Que bueno que hayas venido¡quería verte! – continuó diciendo la niña, soltando por fin a su amigo de entre sus pequeños brazos.

- ¿Sí? – lamentaba su pregunta/respuesta monosilábica, pero intentó sonar lo menos frío que le fue posible, aunque sí sentía un inexplicable frío una vez que se vio libre de los brazos de Sakura, sin embargo, ahora era capaz de voltearse para mirarla.

- ¡Sí, sí, sí! – por cada ‘sí’, su cabeza se sacudió delicadamente, azotando su cabello esta vez suelto y peinado: tan opuesto a como lo conoció Syaoran, pero igualmente hermoso. – Mi hermano dice que me puedo perder si voy sólo con él al parque.

- Estarás conmigo – aseguró valientemente Syaoran, frunciendo el entrecejo.

- ¡Eso dije yo! – y pareció alegrarse por coincidir con su pequeño amigo, porque además de su tono exclamativo, dio un pequeño brinco sobre sus pies – pero mi mamá dijo que iremos todos el sábado para ver a mi amigo y a sus hermanas grandes.

- ¿De verdad? – no esperaba una negativa como respuesta, por lo tanto, ni se molestó en reprimir la inusual y leve sonrisa que asomó sobre sus labios.

- ¡Sí! – pero Sakura parecía no aburrirse nunca de afirmar con su voz cantarina y dulce siempre – Irás¿cierto?

- Siempre voy – y con mayor razón iría el sábado. No se molestó en ocultar su sonrisa, y de hecho, cabeceó del mismo modo en que solía hacerlo Sakura.

Carecía de una explicación que detallara el por qué de su emoción al enterarse que, finalmente, coincidiría con Sakura en el parque. Es cierto, aún faltaban un par de días –tres-, pero eso no lo desalentaba en lo absoluto, de hecho, le daba tiempo para preparar un par de juegos y así sentir que podía estar con ella tranquilamente, porque lo que es ahora, le costaba un mundo pronunciar siquiera una palabra.

- ¡Syaoran!

A estas alturas había memorizado cada detalle de la voz de Sakura, y sabía perfectamente que ese llamado no había sido hecho por ella, sino que por su hermana, la chica que no se había acercado desde que Touya desapareció tras la puerta frente a él.

Movió la cabeza, observando por sobre su hombro a Feimei, quien con una mano lo llamó. No quería reconocerlo, pero su hermana podía tener razón, ya estaban bajo el ocaso, donde los matices anaranjados se entrelazaban con los azulados sobre su cabeza, y si llegaban muy tarde probablemente tendría problemas con Ieran, su mamá.

- ¿Tienes que irte? – esa era la voz que le resultaba tan estimulante como una melodía de Bethoven a un bebé; era la voz de Sakura, nada más.

- Sí – murmuró pausadamente, volviendo el rostro para fijar sus ojos en los jades de la niña.

- ¡Pero nos veremos el sábado! – el tono esperanzado de ella lo hacían recuperar las ganas de sonreír, y de paso, asentir nuevamente. - ¿Cómo te llamabas?

A decir verdad, no había podido contestarle la primera vez que ella le preguntó.

- Syaoran – pronunció él de forma clara y permitiendo que una sonrisa invadiera su rostro de inmediato.

- Syaoran – repitió ella, queriendo memorizarlo así. Pareció pensativa mientras hacía uso de sus cuerdas vocales, sin embargo, unos segundos después, volvió a sonreír con naturalidad. – Nos vemos, Syaoran.

Syaoran retrocedió un paso, asumiendo que ya debía retirarse, y al hacerlo, casi tropieza con el vacío que producía el peldaño sobre el que estaba parado y el inferior. Cuando recuperó el equilibrio, oyó la risita encantadora de Sakura, e inusualmente, le fue imposible molestarse frente a la sumisa mofa de ella. Elevó su mano, despidiéndose, porque estaba convencido que no podría hablar aunque se lo propusiera, y acabó volteándose por completo, huyendo hacia donde estaba su hermana.

Estaba acomodándose en la bicicleta, sobre la cual Feimei ya estaba montada –muy sonriente, por cierto-, cuando, luego de pestañear un par de veces, ordenando sus ideas, recordó que debían aclarar aquel asunto.

- ¿Cómo sabías que vivían acá?

- Tuvimos que seguir un par de veces a Touya, es algo escurridizo – contestó Feimei, revisando que su hermano estuviera listo y acomodando su pie sobre el pedal. – Es muy bueno montando su bicicleta.

- ¿Por qué lo hiciste? – preguntó Syaoran, sujetándose firmemente al sentir que Feimei comenzaba a avanzar. Por supuesto, ignoró por completo el último comentario de su hermana.

- Porque es tu cumpleaños

- ¡SYAORAN!

De nuevo esa vocecita. En cuanto aquellas dulces notas cruzaron los oídos de mencionado y su hermana, ésta última detuvo la bicicleta, moviendo –al igual que el castaño- la cabeza para poder ver por sobre su hombro. Ahí estaba Sakura, trepada en la cerca de madera de su casa, con su cabeza a penas asomando por sobre ésta, sin embargo, lucía sonriente.

Syaoran casi brincó de la bicicleta, podía tolerar un pequeño reto con tal de hablar esos últimos minutos con la niña de la baya. Se acercó corriendo, subiéndose a la base de concreto sobre la cual se alzaba la cerca, queriendo quedar a una altura similar a Sakura, sin embargo, ésta continuaba estando levemente por encima de él.

- ¿Es tu cumpleaños? – preguntó Sakura. No sonreía, pero sus ojitos brillaban intensamente (si es que era posible que fuesen aún más brillantes).

- S-sí – contestó atolondradamente, sacudiendo la cabeza con torpeza.

- Y-yo… no sabía – parecía realmente apenada, incluso se hundió un poco en su lugar, ocultando la parte inferior de su cara tras la cerca.

- No importa – la consoló Syaoran. No podía expresarlo en palabras, pero la forma en que se sentía era algo que se identificaba perfectamente con la frase ‘verla fue el mejor regalo’, aunque nunca fuese a reconocerlo.

- Te prometo que para otro cumpleaños, cuando esté contigo, te daré algo muuuy lindo hecho por mis propias manitos¿ya? – sí, había recuperado toda su energía y de paso, esa bella sonrisa que sólo los músculos de su rostro y sus pequeños dientes blanquecinos podían esbozar.

Los días para el tan ansiado sábado, donde volvería a reunirse con Sakura, no pasaron tan lentos como Syaoran podría creer, y es que él pertenecía a un club de fútbol, y aún estando en las series menores era realmente bueno, por lo tanto, lo habían hecho participar en un torneo que se llevaría a cabo durante los tres días de diferencia entre su cumpleaños y el dichoso sábado… ¡y como titular! Sí, era pequeño, pero sabía lo que significaba. Pero a partir del jueves las cosas no salían tan bien como esperaba: el jueves y viernes llovía torrencialmente, pero él no se dejaba desalentar, no faltaría a los partidos y, por lo demás, había buen tiempo pronosticado para el sábado, luego de que pasaran esas nubes.

Horror. Esa palabra lo describía todo. El torneo no se suspendió por el mal clima, y por supuesto, Syaoran jugó. Las consecuencias no tardaron en llegar, y es que sudar y someterse a la lluvia, propenso a violentos cambios de temperatura, nunca han sido un buen regalo para la salud. Así acabó en cama, con fiebre, el sábado. Intentó convencer a sus padres de que estaría bien, podría ir incluso dentro de una burbuja, pero debía ir al parque; su tutor podría acompañarlo, aunque por supuesto no intercedió en la disputa, pero quienes sí lo hicieron fueron sus hermanas… ¡y a favor de Syaoran! Sin embargo, todos los intentos fueron en vano, incluso el de escapar a hurtadillas, y terminó con una orden de reposo para todo el fin de semana.

No se había levantado de su cama. Tenía la vista fija al techo, con el entrecejo duramente fruncido durante muchas horas que no supo calcular. Rechazó la comida y, aunque se sentía incomodo con el calor que le ocasionaba la fiebre, sumándole unos incómodos y esporádicos escalofríos –además de jaquecas-, se mantuvo testarudamente ahí, rechazando cualquier cuidado que se le ofreciera.

¡Tantos días esperando el dichoso sábado para eso! Incluso se le habían ocurrido un par de juegos y estaba seguro que esta vez no tendría problemas para conversar con la pequeña Sakura. Además el día estaba hermoso, lo sabía porque esos malditos destellos ingresaban por la ventana, y lo fastidiaban. Seguramente Sakura había ido al parque, esperando encontrarlo, y él estaba ahí.

Como era de esperar, estuvo varias horas peleando en su foro interno, horas que acabaron agotándolo y desistiendo a Morfeo. Despertó muy entrada la noche, lo sabía por la tonalidad que había adquirido su dormitorio. “Debe ser hora de cenar” pensó, rectificando sus pensamientos al voltear el rostro y hallar sobre la mesita una bandeja con la cena, parecía caliente aún. Al menos ya no sentía molestia en su cabeza por algún tipo de neuralgia menor.

- Syaoran, despertaste¿cómo te sientes? – habló Shiefa, quien acababa de ingresar a su habitación. Se acercó sonriente hasta la cama de su hermano, tomando asiento en el borde de ésta. – Luces menos pálido.

- Estoy bien –contestó tajantemente. Sabía que ninguna de sus hermanas tenía la culpa, pero eso no quitaba que no se sintiera fastidiado.

- ¿Viste lo que te dejó Fanren? – preguntó, desviando su mirada a la mesita de noche. Syaoran la siguió, notando algo en lo que no se había detenido antes.

- No – y se apresuró a alcanzar el papel que se extendía junto a la bandeja.

- Nos encontramos a Sakura en el parque – comenzó a contar Shiefa, observando en la tenue oscuridad la expresión de Syaoran al contemplar el papel – te había llevado eso de regalo y le pidió a Fanren que te lo diera.

Escuchó perfectamente a Shiefa, pero no llegó a responder pues, en ese instante, prefería enfocar toda su atención al dibujo que Sakura había hecho para él. Sí, para él, porque arriba decía su nombre. Claro, él sabía escribir porque su tutor le había enseñado, sin embargo, estaba conciente que la media de los niños no aprendía hasta un par de años después. En la parte superior del dibujo decía ‘Sakura’, lo cual no le extrañó pues en su mayoría, los niños comúnmente sabían escribir sus propios nombres, sin embargo, a un lado, y con algo de torpeza, estaba escrito ‘Syaoran’. Inconcientemente deslizó sus dedos por sobre su propio nombre, sintiendo el tiempo que Sakura empleó para trazar su nombre con cuidado, además, para aprender a escribirlo: seguramente le pidió a alguien que le enseñara. Abajo salía un dibujo de lo que él creía era el parque, lo sabía por un pingüino gigante que había en una caja de arena. Arriba de éste estaba lo que se suponía era una niña, un dibujo que quería ser más allá de los comunes alambritos, y Syaoran supo que era Sakura porque pintó los ojos de color verde. Al final del tobogán había un niño –“Yo”-, con una flor en la cabeza y una sonrisa. Un regalo sencillo, un regalo lleno de sentimientos que Sakura depositó en el papel, y de sentimientos que Syaoran extraía con tan sólo tocarlo o verlo.

- Syaoran – llamó Shiefa con cuidado, observando la sonrisa de su hermano mientras regresaba el dibujo sobre la mesita de noche con especial delicadeza.

Syaoran volteó a verla, reparando en la mirada preocupada de su hermana. Por supuesto, desvaneció de inmediato su sonrisa, no acostumbraba a sonreírles porque sí. Guardó silencio, esperando que ella hablara.

- La mamá de Sakura habló con nosotras – comenzó a contar.

- ¿Su mamá? – se acomodó un poco, quedando sentado en la cama y encendiendo la lamparita que ocupaba un pequeño espacio en su mesa de noche. Ambos entrecerraron los ojos durante unos segundos, acomodándose al cambio de iluminación.

- Sí, ya sabes… nos agradeció por la vez que se perdió, y tenía muchas ganas de conocerte

- Ah

- Sakura debe hablar mucho de ti

- Habla muchísimo – y suponía que, por eso, no sería extraño que hablara de él.

- La verdad es que sí – coincidió Shiefa, esbozando una sonrisa y desviando la mirada, fijándola en la ventana. – La señora Nadeshiko (la mamá de Sakura), nos contó que se mudaran – Syaoran no se perturbó por la noticia: no eran vecinos, Tomoeda no era un lugar muy grande y tampoco solía visitarla, no podía cambiar mucho las cosas – a Tokio.

De acuerdo, eso sí cambiaba mucho las cosas. Habían viajado a Tokio, por supuesto, tenía parientes lejanos por allá, y sabía que era un lugar muy lejano a la ciudad donde ellos vivían, además de distinto, ajetreado y gigante.

- Llevaron a Sakura hoy porque ella hablaba mucho de su amigo, ella no entiende bien lo que significará mudarse, pero querían que esté una última vez con él.

Diablos, no podía contestar. No sabía qué contestar. ¿Despedirse? No eran amigos tan cercanos, habían estado sólo dos veces juntos; claro, Sakura era una niña cariñosa y confianzuda, pero eso no significaba que su relación fuese muy estrecha, sin embargo, algo se removía en su interior, y es que estaba conciente que algo especial tenía su amistad.

- Se irán mañana.

No volvió a ver a Sakura. No se despidió de la pequeña ángel de ojos jades y cabello de seda. El domingo pasó lento: comió, durmió, reposó; se sentía mucho mejor que el sábado por la tarde, sin embargo, continuó en cama y, esta vez, siquiera insistió en levantarse y salir. Sus hermanas le habían ofrecido llevarlo en bicicleta a despedirse de Sakura, pero se negó. Conservaría las fotografías mentales que él había tomado durante sus encuentros, se las arreglaría para conservar las distintas sensaciones que provocaban sus gestos, sus roces, sus fragancias. Guardó la flor apretada en el primer libro que encontró, sabiendo que así se secaría y no se marchitaría, pudiendo almacenarla de una forma más bella.

- No te preocupes, Syaoran, es sólo la lista de materiales.

- Pero para torturarnos hasta el examen tenían que incluir estos dos¿cierto?

- Creo que eso sólo te tortura a ti.

- ¡Demonios! No porque ustedes no tengan dificultad con la clase de lengua tengo que ser igual, Eriol.

Sentados a la sombra de un árbol, sintiendo como la brisa primaveral jugueteaba con sus cabellos, estaban aquel trío de muchachos que no superaba los 17 años. Syaoran acababa de alzar sus brazos, introduciendo sus manos entre sus cabellos color chocolate, y una vez allí, las sacudió, alborotándolo aún más de ser eso posible. Sus ojos ambarinos se mostraban trastornados, dirigiendo miradas impacientes a su amigo, Eriol Hiragizawa, quien correspondía con sus ojos azulados y risueños, precedidos por unas gafas.

- Sólo tienes que leer con calma, todavía ni comienzas a hacerlo y ya crees que te será imposible. Te limitas mucho, Syaoran – Eriol, con una pequeña sonrisa y haciendo uso de su voz imperturbable, ignoró la mirada casi bestial que le dedicó su amigo de piel trigueña.

- Claro – contestó éste con tono sarcástico, cruzándose de brazos – como siempre me ha ido tan bien en lengua, leyendo sólo Cumbres Borrascosas, no tendré ningún problema ahora que nos hacen leer libros filosóficos – continuo hablando, haciendo uso de su mismo tono irónico, sin embargo, ahora retomaba su mirada gélida.

- Syaoran – tomó la palabra una muchacha de piel blanquecina con una sonrisa delicada y cálida. Su cabello color azabache iba recogido en una trenza que se acomodaba por sobre su hombro y a la vez, sus ojos amatistas habían estado observando cariñosamente la conversación entre los chicos. – El arte de amar es un libro maravilloso, si quieres puedo leerlo nuevamente, hacer unos apuntes al costado y te presto mi copia. Luego podríamos analizarlo juntos¿no crees?

- Y yo puedo ayudarte con El ocaso de los ídolos – agregó Eriol, luego de oír con atención a su compañera y regresando la mirada sonriente a su testarudo amigo.

- Tomoyo – habló Syaoran, queriendo recuperar la calma y meneando lentamente su cabeza – no deberías preocuparte por mi, también estás por comenzar tu curso.

- Lo dices como si fuera una molestia. No, déjame hablar – pese a la rápida interrupción que Tomoyo realizó a su amigo, continuaba oyéndose paciente y delicada. – Cuando lo he necesitado, ustedes me han ayudado, es lo mismo.

Para Syaoran lo no era, pero no insistiría porque ya habían vivido situaciones similares y era conciente que Eriol acabaría poniéndose del lado de Tomoyo. Había que reconocerlo, Tomoyo iba un curso más abajo que ellos pero continuaba siendo una chica muy inteligente y organizada, lo cual, por supuesto, durante sus años en la secundaria le había dado muchos éxitos.

- Está bien – desistió en un suspiro, observando como Eriol y Tomoyo ampliaban sus sonrisas, sin embargo, no llegaban a parecer petulantes. – Pero sólo porque mi madre me regañó por la calificación que obtuve el curso anterior.

- ¿Se quedarán a cenar? – preguntó Eriol, alzando la cabeza y dejando que los rayos del sol extrajeran los destellos azulados de su cabello color noche al ver como una de las empleadas de su mansión se acercaba, cruzando el amplio jardín.

- No, mañana tendremos practica en el club de fútbol, aprovechando que nos dieron este sábado en el instituto – contestó Syaoran, a medida que se ponía de pie. Sus amigos no tardaron en imitarlo.

- Joven Eriol, la cena está servida

- Muchas gracias, Mika – la empleada hizo una leve reverencia a los presentes y volvió a retirarse.

- Yo me marcharé con Syaoran – anunció Tomoyo, alzando el rostro para ver a sus amigos. El ambarino asintió pausadamente.

Luego de las despedidas, Syaoran comenzó su retirada en compañía de su mejor amiga, Tomoyo. La conocía desde primaria, desde entonces él era compañero con Eriol. No era secreto para nadie que Eriol tenía talento para muchas actividades, entre ellas tocar piano, así él conoció a Tomoyo y acabó presentándosela a su mejor amigo, si bien Syaoran difería mucho en carácter en relación a Eriol y Tomoyo, su amistad había perdurado a través de los años y podían complementarse muy bien en diferentes actividades.

- En mi casa sí te quedas a cenar

- No sueles aceptar un no como respuesta, Syaoran

Pero ella se había negado a desistir a la ayuda que le había ofrecido con El arte de amar. El libro, por supuesto.

Entre ellos, pese a que Syaoran era por lo general alguien hermético y conciso, no solía presentarse el problema de sufrir silencios. Primero: para él no significaba ninguna dificultad desenvolverse normalmente con Tomoyo –al igual que con Eriol-; segundo: a Tomoyo nunca le faltaban temas que tratar.

- ¡SYAORAN! – se oyó una voz más allá del amplio comedor. Era Fuutie que llegaba casi corriendo con su largo cabello marrón revoleando tras ella, con un par de libros entre sus brazos.

El par de amigos más las hermanas del muchacho dirigieron su mirada a la recién llegada, quien no había cenado con ellos por estar estudiando para un examen de segunda de derecho.

- No grites – pidió Syaoran, masajeándose la cien mientras la recién llegada dejaba caer los libros entre él y Tomoyo.

- Agradece que no están nuestros padres – dijo Fanren, apoyando su rostro sobre la palma de su mano mientras vigilaba los movimientos de su hermana.

- Mira – Fuutie extrajo de uno de los libros, con una sonrisa victoriosa, una flor que si bien estaba seca, se distinguía como una margarita.

- ¡OH! – alzaron la voz todas las hermanas Li, arrimándose en la mesa y olvidando delicadeza alguna para observar con más detalle la flor. Syaoran, rápidamente se deslizó con su silla, queriendo guardar la distancia con ellas.

- Fuutie – llamó Tomoyo luego de reír suavemente a la actitud del cuarteto de hermanas, que parloteaban en un idioma casi desconocido para Syaoran (no precisamente desconocido, pero sonaba mejor que decir que no se les entendía nada). - ¿Qué tiene esa flor?

- ¡Ah! – volvieron a pronunciar al unísono el cuarteto de muchachas. - ¿Syaoran nunca te habló de su amiga de la infancia? – preguntó Feimei, con una sonrisa radiante, dedicándole una mirada significativa a su hermano.

- No era mi amiga – puntualizó Syaoran con tono receloso. Claro, si sus hermanas comenzaban con esas insinuaciones, aunque haya sido hace muchos años, lograban avergonzarlo.

- Creo que no conozco esa historia – declaró Tomoyo, luego de observar divertida la reacción de Syaoran.

- Syaoran era un bebé – Shiefa empleó su mejor tono que divagaba entre lo soñador y lo empalagoso. – Tenía como cuatro o cinco años.

- ¡Cinco¡Lo llevé para su cumpleaños – interrumpió Feimei, acomodándose en su silla y llamando la atención de todos los presentes al golpear su copa con una cuchara.

- Soy toda oídos – “maldita, Tomoyo” pensó Syaoran a penas Tomoyo terminó de pronunciar estas palabras.

- ¿Recuerdas cuando te contamos que íbamos al parque Pingüino? – comenzó a relatar Feimei, al ver como Tomoyo asentía, continuó – Una vez encontramos a una niña llorando.

- Yo la encontré – aclaró Fanren con tono cantarín

- Sí, bueno. Era una niñita adorable¿cierto que sí, Syaoran?

- Uhm – Murmuró él, apoyando su codo sobre la mesa para dejar que su mentón reposara sobre su palma. Por supuesto, evitando ver a Feimei (o cualquiera de sus hermanas). Sin embargo, aunque fue un murmullo sin una respuesta explícita contenida en él, todas chillaron enternecidas.

- Ella quiso ser amiga de Syaoran, y Syaoran se enamoró – Esta vez fue Fuutie quien intercedió, poniéndose de cuclillas entre su hermano y Tomoyo para igualar alturas y verlos divertidas. Tomoyo parecía disfrutar de la historia tanto como las hermanas Li.

- ¡Y estaba muy triste porque ella no regresó nunca más al parque! Entonces, averiguamos donde vivía, y para su cumpleaños lo llevé a visitarla a su casa.

- ¡Oh! Debió alegrarse mucho – supuso Tomoyo, llevando sus palmas sobre cada una de sus mejillas, como solía hacer cuando una idea le resultaba encantadora.

- ¡Pues claro! Le volvieron los colores al rostro, Tomoyo – dijo Feimei, sacudiendo la cabeza como si fuese todo un hecho. – Esa flor se la regaló esa niñita cuando ella le propuso ser amigos en el parque, Syaoran la llevó todo el día en el cabello.

- ¡Qué pequeña más adorable! – esta vez Tomoyo se dirigió a Syaoran, a quien le sonrió como si él acabara de declararle que será padre y ella sería la madrina de su bebé.

- Pero Syaoran no la vio nunca más, porque él día que ella fue a despedirse de él al parque, él enfermó, pero le dejó... ¡ESTO! – y del mismo libro, de la parte trasera, Fuutie extrajo un dibujo infantil. Todas las muchachas, incluida Tomoyo, se abalanzaron para contemplarlo.

El dibujo pasó de unas manos a otras, y Syaoran sintió arder sus orejas a medida que distintos comentarios fluían de los labios femeninos. Él no recordaba ese dibujo, claro que recordaba a la niña, pero sólo como un recuerdo muy vago y no hechos concretos a diferencia de sus hermanas, probablemente porque ellas eran mayores.

Cuando el dibujo llegó a manos de Tomoyo, se inclinó para contemplarlo, olvidando su vergüenza y permitiendo que la curiosidad lo invadiera. Ahí estaban, un par de nombres escritos con un pulso torpe, su propio nombre escrito con lápiz verde –su color favorito-. “Sakura”, Ahora recordaba como se llamaba. El dibujo, a decir verdad, era lindo para ser plasmado por un infante, sin embargo, carecía de técnicas y los rasgos bellos propios del dibujo. Volvió a acomodarse en su asiento, olvidando por completo todo lo que aquel dibujo le había provocado hace doce años.

- Tenía los ojos verdes – dijo Tomoyo, aún con los ojos fijos en el dibujo, dejándose encantar por este. Syaoran había retomado su pose antigua, no se molestaría porque Tomoyo se encismara: era muy romántica e ilusa.

- ¡Eran hermosos! Nunca he conocido a nadie más con ojos como aquellos – dijo Fanren, dando un sorbo a su jugo y alzando la mirada soñadoramente.

Tomoyo conservó la flor y el dibujo. La charla, por supuesto, se extendió un tiempo más, y la mejor amiga de Syaoran acabó sumándose a las hermanas de éstas para insinuarle cosas respecto a su amorío infantil, sin embargo, nunca nada directamente. Cuando, uno a uno, fueron abandonando la mesa, y el par de amigos subieron a la habitación de Syaoran, Tomoyo continuaba sujetando el dibujo y la flor.

- ¿Por qué traes eso?

- Deberías guardarlos – contestó Tomoyo, con su cálida y pequeña sonrisa, acercándose al escritorio que se disponía en una esquina de la habitación y dejando el par de cosas allí.

- ¿Para qué? Apenas recuerdo a esa niña – él avanzó hasta la silla de su escritorio, dejándose caer en ésta y extendiendo los brazos hacia el techo, desemperezándose.

- Es lindo almacenar detalles del pasado, ya ves como ha pasado el tiempo y tus hermanas se han encargado de traerte muchos hechos del pasado en una hora.

Claro, porque además de hablar de la pequeña Sakura, comenzaron a irse por las ramas y tocando temas como la primera vez que él montó una bicicleta o sus primeras batallas a combos y patadas.

- Tienes razón – admitió a la vez que se erguía, sujetando el dibujo – no recordaba la existencia de esto.

- ¿Y a la niña¿La recuerdas? – esta vez la parsimoniosa voz de Tomoyo llegó de otro sector, pues ésta se estaba acomodando sobre la cama, sentándose allí.

- No, no recordaba nada… - alzó la mirada hacia los libros que ocupaban una repisa sobre su escritorio, frunciendo el entrecejo – o poco. Como que la conocí porque se perdió, o que la visitamos en bicicleta con Feimei, pero ningún detalle.

- ¿Cómo era ella? – Preguntó Tomoyo con tranquilidad, ladeando la cabeza. Syaoran la observó, y supo que en la cabeza de su amiga estaba formulando toda una novela con los hechos que narraron sus hermanas y las respuestas que esperaba él daría.

- Uhm… no lo recuerdo exactamente – contestó, volviendo a entrecerrar los ojos al escarbar en su memoria – Tenía los ojos verdes, claro, pero no me pidas distinguir el matiz del verde, o la forma de los ojos porque no lo recordaré. Recuerdo descripción, no la imagen.

- Puedo intentar hacerla yo – Syaoran sonrió ante el aliento de su amiga.

- Yo la encontraba pequeña, y teníamos casi la misma edad. Cabello castaño, como en el dibujo – observó el dibujo, queriendo guiarse por éste – sí, era largo – coincidió.

- Es raro encontrar japonesas con esas características, Syaoran¿la reconocerías si la vuelves a ver?

- No lo sé – volvió a extender los brazos, llevando las manos tras su nuca para reposar ésta sobre sus dedos entrelazados – recuerdo, eso sí, que siempre quería acordarme de su imagen, luego de dejar de verla varias veces intenté recordarla.

- Es complicado retener imágenes mentales a esa edad – Syaoran coincidió asintiendo con la cabeza.

- Bueno, supongo que mis hermanas la recordarán mejor, pregúntale a ellas si quieres filmar una película – Tomoyo rió, pero fue interrumpida por el timbre de su teléfono celular – Bajo de inmediato – dijo al teléfono luego de contestar.

- Te acompaño abajo, sino interrogarás enserio a mis hermanas.

El lunes primero de Abril llegó pronto, y con él, el inicio de un nuevo curso. Los dos primeros días de clases solían ser menos estrictos con la asistencia u horarios, sin embargo, eran pocos los que abusaban de ésta. Como era costumbre durante cada día de clases, el trío de amigos se reunió en la entrada del instituto e ingresaron caminando juntos. Tomoyo no hizo comentario alguno sobre la cena en la casa Li, en cambio, se entretuvieron comentando el esguince que sufrió Syaoran en el dedo corazón izquierdo. Cuando sonó el primer timbre, Tomoyo se separó de ellos, sugiriéndole a Eriol que sujetara a Syaoran en caso de que éste deseara quemar los apuntes de lengua.

Pese a que el círculo de amigos más cercanos de Tomoyo estaba integrado por dos varones, siendo ella la única mujer, e independiente a la diferencia de cursos entre ellos; Tomoyo continuaba siendo una muchacha cariñosa con cuanta persona la conocía, delicada y femenina.

Llegó al aula que le correspondía, ocupando su lugar habitual luego de dedicar saludos a sus compañeros. Se entretuvo conversando con Naoko Yanagisawa sobre un próximo festival musical en el cual ella cantaría por pertenecer a los coros y posiblemente Naoko y Eriol la acompañaría con violín y piano respectivamente.

- Silencio – pidió el profesor apenas sonó el segundo timbre. Él ingresó puntualmente seguido de una muchacha – Como verán la señorita Sakura Kinomoto viene desde Tokio a integrarse a este curso. Acomódate donde gustes, Kinomoto.

Sakura. Tokio. Dos palabras claves que hicieron que Tomoyo prestara más atención de la usual al profesor, sin embargo, su expresión se mantuvo imperturbable, analizando a la muchacha. Tenía unos ojos verdes color jade, bastante inusuales en los japoneses, mucho más inusuales por el matiz que se explayaba en éstos. Su cabello castaño claro se extendía hasta un poco más debajo de los hombros, con una textura ambigua, predominantemente lacia, sin embargo, adquiriendo unos pequeños y delicados rizos en las puntas. “¡Es ella!” pensó Tomoyo, permitiendo que sus ojos centellaran al interior de su corazón, que por cierto, brincaba como niño en navidad. Rápidamente alzó la mano, sin dejar de mover delicadamente sus dedos al hacerlo.

- Aquí hay un lugar libre, Kinomoto – anunció Tomoyo, señalando el lugar junto a ella que daba hacia la ventana.

Claro que quedaban más lugares libres, pero Sakura, luego de desplazar un poco su timidez para sonreírle un poco a Tomoyo, optó por tomar el que ella le había ofrecido. Parecía buena chica, y había sido la primera en romper el hielo e integrarla con esa gesto sencillo.

- Gracias – susurró con dulzura Sakura al llegar a su lugar, dejando la mochila sobre la mesa y comenzando a ordenar silenciosa y rápidamente sus pertenencias allí.

- No es nada. Soy Tomoyo Daidoji – se presentó la amatista, igualando la sonrisa que Sakura le ofrecía. La castaña no tardó en enseñar su reluciente dentadura al estrechar la mano que le tendía la muchacha.

- Un gusto, Daidoji

- Deja las formalidades: Tomoyo está bien, Sakura

Sakura le dedicó una última sonrisa, conforme con que Tomoyo se tomara la confianza de llamarla por su nombre. La clase de historia inició rápidamente luego de que el profesor Ueto aclarara detalles sobre el nuevo curso, fijara algunas evaluaciones y les entregara a los alumnos el horario. Tomoyo, durante la clase, se concedía minutos para fijar su atención en la alumna nueva que tomaba apuntes con esmero. Era más bella de lo que imagino, y había que admitir que la luz que se extendía por la ventana junto a Sakura la privilegiaba. Es cierto que Tomoyo, al igual que ella, tenía una piel sana, suave y blanca, pero la de Sakura seguía teniendo un matiz inusual, la luz le arrancaba destellos aperlados así como de su cabello fino y sedoso que caía como dos pequeñas cataratas sobre cada hombro cuando la muchacha se inclinaba escapaban destellos dorados. Los ojos, sin embargo, entre tanta hermosura, eran detalles especialmente encantadores: tan cálidos y dulces como una laguna bajo los rayos del sol. Toda la imagen de la muchacha parecía brillar.

No te preocupes, Sakura. Syaoran no olvidará nunca más tu imagen

Y la ojiverde acabó estornudando suavemente, llamando la atención de las personas más próximas y sacando una risita a Tomoyo.


Quizás me resultó un poco largo para ser el prólogo, pero es que no quería dejar ningún cabo sin atar por el momento : ) Críticas, sugerencias, comentarios cualquiera son bien recibidos. Es muy importante para mi saber lo que les pareció este fanfic, es el primero que escribo -bueno, obviamente he escrito ideas inconclusas al azar... y que nunca vieron la luz- y publico. Si gustan, les traeré algo más dentro de poco : )

C'ya



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