|
Author of 8 Stories |
Muchísimas gracias a todos por seguirme esta saga de drabblers ha llegado a su fin… ¡espero que les haya gustado!
Advertencias:
1- El elenco de esta historia pertenece a esa genial serie llamada Saint Seiya, de Masami Kurumada. Solo los tomé prestados para fines perversos, jejejeje.
2- Esta historia contiene Yaoi. Si, Yaoi, llámese dos hombres guapos de animé danzando horizontalmente en una cama. Si no les gusta, pues no lean y ya.
3- Drama hasta los teque-teques. Si no les gusta, también les invito a que dejen de leer.
4- Críticas... Hechas de buena manera, y constructivas. Críticas hechas de mala manera (Llámese con groserías) así como con pequeños dejos de “superioridad”, serán desechadas, por muy certeras que hayan sido. No tengo paciencia con los sabelotodos que vienen a criticar a los demás con aires de superioridad y condescendencia, como si lo supieran todo. Es muy desagradable. Así mismo, rectifico además que cualquier crítica que implique un juicio directo o indirecto contra la mentalidad, orientación o lo que sea de la autora, en el mejor de los casos, será ignorada y en el peor de ellos, burlada con todo mi sarcasmo.
¡Disfruten!
Selene18-
Cuando el corazón se cansa
(Epílogo)
El tiempo no cesó su imparable recorrido; fluyó como un río desbocado en plena época de lluvia, como el mismo mar en medio de una tormenta, sin importar que pudiese llevarse por delante.
Hablé con el señor Poseidón sobre el asunto con Sorrento, ya que me sentía sumamente impotente y no sabía qué hacer para revivir el espíritu que murió a manos mías.
–Lo mejor para “resucitar” su espíritu es comenzar de cero, Kanon…– me dijo el señor cuando le expuse el caso; como dios, intentaría borrar todo recuerdo que tuviese de mí, para que de ese modo, pudiese recomenzar una nueva vida, un nuevo porvenir, porque a su ver, era inadmisible que un jovencito que recién comenzaba la vida cayera en semejante negrura. Él no iba a permitirlo, y menos tratándose de Sorrento, quien era un ser muy preciado para él.
–Pero eso implica que no te recordará; para él, será como si nunca hubieses existido. –Me advirtió severo –Y bajo ningún concepto le recordarás lo pasado; tu castigo será cargar con el peso de tu conciencia para siempre, mientras que Sorrento volverá a gozar de la alegría que con tanta crueldad le arrebataste. Lo justo, justo es, Kanon de Dragón Marino… ¿quedó claro?
Yo asentí, preparado para asumir mi penitencia; tenía demasiados cargos de conciencia, así que uno más ya no importaba. Además, lo mejor era que Sorrento viviera sin mí; de ese modo tendría oportunidad de volverse una mejor persona, y no el remedo de ser vivo que era por culpa mía.
Días después, todos mis recuerdos fueron borrados de la mente de Sorrento, tal como el señor Poseidón lo decidió. Desde ese entonces, sentí las buenas vibras flotar desde el pilar del Atlántico Sur, así como las melodías cargadas de sentimiento que siempre tocaba antes de que yo me atravesase en su camino.
Admito que lo extraño… demasiado. Estuve acostumbrado a tenerlo a mi lado, a abrazarlo, a llevarlo a dormir. Aún tengo el recuerdo de su olor, de su calor e incluso del sonido de su respiración lenta y acompasada cuando dormía; incluso dejé la colcha donde había estado acostado para así tener un recuerdo suyo y regodearme en el calor y olor de aquellas sábanas, del mismo modo que un cachorro se duerme a gusto en una vieja prenda que tiene el olor de su dueño…
Todo era parte de mi castigo, obviamente; el vivir eternamente con su recuerdo, el vivir con el peso de mi conciencia, el extrañarlo, el desear y no poder tenerlo. Incluso robé una de sus fotos antes de que volviese a su pilar, tan sólo para esconderla en mi mesa de noche, y mirarla durante esas horas interminables y vacías de ocio que me esperaban, esas horas que antes yo devotaba a invadirlo en su pilar y a hacer de las mías con él y que ahora regresaban tan vacías como yo mismo.
No puedo quejarme… yo mismo me lo busqué. Como dijo Poseidón, lo justo, justo es, y todo aquel tiene en este mundo lo que se merece, tarde o temprano. Esa es otra lección que aprendí de todo esto… y quizás es la más importante de todas.
Fin