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Enigmas y tortitas con sirope
-“Allí donde confluyen el agua de la vida y la estrella por todos conocida” –Ginny lo repitió una vez más, la cortina de su rojo cabello derramándose sobre la almohada –“El agua de la vida”.
En la cama plegable diez centímetros más baja de al lado, Hermione repitió la frase entre dientes.
-¿El Ganges? Los indios lo consideran el río sagrado, para ellos es la vida y la muerte –la pelirroja emitió un “mmmmh” indefinido.
-¿Me vas a contar de una vez en qué demonios andáis metidos tú, Harry y mi hermano?
Hermione suspiró. Llevaba esperando la pregunta desde que hacía cuatro horas descifraran el pergamino en la cocina familiar de los Weasley.
-No sé si puedo contártelo. Es algo que tiene que decidir Harry ¿sabes? Él nos lo contó a nosotros como un secreto. No es mi decisión.
-¿Es que estáis salvando el mundo otra vez? –Ginny no pudo evitar una risita. A la luz del Lumos, Hermione sonrió.
-Sólo tienes envidia porque tú nunca lo has hecho –las dos chicas prorrumpieron en carcajadas silenciosas.
-Si me lo tiene que contar Harry, me parece que me quedaré con la duda –la menor de los Weasley apoyó la cabeza en la almohada y bostezó. Hermione no pudo evitar bostezar también.
-¿Por qué dices eso? Harry confía en ti.
-Confía en cualquier persona pelirroja y con pecas apellidada Weasley, no en Ginevra, la niñita de las coletitas adorables –Hermione se alegró de que Ginny no la viera sonreir. –Merlín, estoy terriblemente cansada.
-Yo también, voy a apagar la luz.
-Buenas noches, Hermione.
-Buenas noches.
-¿Hermione?
-¿Mmmh?
-Me alegro de que volvamos a tener conversaciones de chicas en mi cuarto –la voz de Ginny sonaba amortiguada contra la almohada. La chica morena sonrió antes de quedarse dormida.
···
-No me gustan los fracasos, Bellatrix.
La voz sonaba aguda y fría, y el hombre de la capucha alzó un dedo largo y blanco mientras la mujer a sus pies temblaba de pavor.
-Mi sobrino, señor, yo no sabía…
-Silencio. Quiero esa Copa, tráemela y olvida tus patéticas excusas. Y dile a Malfoy que el Señor Oscuro no es indulgente.
-Sí, mi señor.
La mujer se levantó del suelo y retrocedió con la cabeza agachada, como si reverenciara a un rey.
-Bellatrix.
-¿Mi señor?
-Cuéntale esto a tu sobrino. ¡Crucio!
Harry Potter se despertó bañado en sudor.
···
De la cocina emergía un delicioso olor a tortitas y sirope de manzana y caramelo que hizo la boca agua a Harry. A su lado, el estómago de Ron emitió un ronroneo de satisfacción.
-Ahhh. Hogar, dulce, dulce hogar.
-Buenos días, dormilones –Molly Weasley levitó un par de platos que se tambaleaban bajo el peso de la montaña de tortitas que contenían hasta la mesa.
-Mamá, te quiero.
-No dices lo mismo cuando te mando ordenar tu cuarto –la señora Weasley dejó caer un torrente de sirope sobre las tortitas, y Harry estuvo a punto de llorar de la emoción.
-¿’Ónde e’tán ‘as chicas? –preguntó el pelirrojo mientras atacaba su plato.
-Ginny está en el jardín, practicando el nosequé de Bronsqui, y Hermione se levantó temprano y salió a pasear por el prado –la señora Weasley miró por la ventana, pensativa –La verdad es que desayunó apenas un vaso de leche y una manzana, no me extrañaría que se estuviera muriendo de hambre, por ahí fuera, sola…
-Mamá, deja de preocuparte. Hermione sabe cuidarse sola. Preocúpate de tu hijo y ponme más sirope de manzana.
-Utiliza esas dos cositas que tienes llamadas manos, yo tengo que tender estas sábanas y dar de comer a las gallinas –mientras su madre cerraba la puerta del jardín tras ella, Ron tragó el bocado y miró a su amigo fijamente.
-Bueno.
Harry lo miró por encima de su plato de tortitas.
-¿Qué?
-¿Me vas a contar con qué estabas soñando esta noche o quieres que le diga a todo el mundo que tuviste fantasías sexuales con Trelawney?
Harry se atragantó.
-¡Ron, por favor, estoy comiendo!
-Vamos, Harry. Te escuchó gritar media casa, y no me tomes por idiota, te vi cuando despertaste y no tenías cara de felicidad.
El chico troceó una tortita, la bañó en sirope y la masticó lentamente.
-Lo vi.
-¿A quién?
-Voldemort.
A Ron se le pasaron las ganas de seguir comiendo.
···
-En la región de los lagos de arena –el eco de los árboles le devolvió el sonido de su voz mientras las hojas secas crujían bajo sus pies. –Los lagos de arena.
Desde la mitad de aquella colina, Hermione podía ver la Madriguera, con su caótica construcción, y la casa de los Lovegood. Un poco más allá, otra casa pintada de azul se alzaba en medio de un bonito jardín.
-¿Un desierto? –una ardilla que pasaba por allí se sobresaltó al oírla hablar –O también una playa. Incluso bajo tierra, porque hay estratos formados únicamente de arena. No, eso es demasiado rebuscado.
Llegó a un prado abierto, y la hierba brillaba bajo el sol del mediodía, todavía conservando el rocío de la noche. A pesar de que hacía frío, Hermione decidió tumbarse un rato y dejar que el sol le tostara la cara mientras pensaba.
-Los lagos de arena. Lagos de arena. Arena como si fuera un lago. No puede ser la playa, está demasiado cerca del agua, no es una extensión tan grande de arena como para representar un ‘lago’. Además el Cáliz no podría estar cerca del agua, la marea podría moverlo de sitio, por no hablar de los cambios de estación. Así que la única opción es el desierto. Un desierto es como un lago, brillante bajo el sol y muy grande, sus dunas como vaivenes del agua.
-Maldita sea Hermione, el mundo está lleno de desiertos.
Hermione abrió los ojos sobresaltada para encontrarse con un pelirrojo que la observaba desde cinco pies de altura, subido a una vieja Barredora.
-Si hay algo que Molly Weasley no perdona es la hora de la comida, me ha enviado a buscarte –Ron descendió hasta rozar el suelo con las puntas de los pies, todavía subido a la escoba.
-¿Cuánto rato llevas ahí?
-Tranquila, ya sabía de antes que estás chalada y hablas sola –sonrió y se pasó la mano por el pelo, largo y despeinado.
-Muy amable –Hermione apretó los dientes y se puso en pie con toda la dignidad que pudo reunir. Una imagen cruzó su mente como un flash: pecas y pestañas pajizas, labios rojos y dulces. Intentó no enrojecer como un tomate. –Iré andando, muchas gracias.
-Oh, vamos, no seas rencorosa. ¿Es que no tienes sentido del humor?
-No –la chica se apretó un poco más la bufanda y echó a andar colina abajo. Ron resopló y fue tras ella, todavía subido en la Barredora.
-¿Porqué eres tan cabezota?
-Herencia materna. Genético. Supongo que es un rasgo mediterráneo –la ironía se filtró por entre las fibras de la bufanda azul.
-Podemos llegar a casa en menos de dos minutos si te subes en la escoba, maldita sea -la chica constató con satisfacción que Ron comenzaba a irritarse.
-Nadie te ha pedido que me acompañes.
-Es para que no parezca que te has escapado de la quinta planta de San Mungo si te ven hablando sola –ella dejó escapar un bufido de indignación pero siguió caminando -¡Maldita sea, que cabezota eres!
-Sí, ya me lo habías comentado.
El joven saltó de la escoba y la agarró por los hombros.
-¡Oye! ¿A qué demonios viene todo esto, joder?
Hermione alzó los ojos del suelo y a Ron se le retorció el estómago cuando se dio cuenta de que a la luz del sol el ámbar de sus iris reflejaban igual que con las velas.
-Viene a que te besé.
···
Harry no pudo evitar aplaudir cuando la escoba describió un círculo perfecto en el aire y Ginny atrapó la quaffle con velocidad.
-Wow, ese último quiebro ha sido perfecto. Hubiera sido magnífico tenerte en el equipo unos cuantos años atrás. Me hubieras ahorrado un montón de dolores de cabeza.
-Bueno, siempre puedes pedirle a Dumbledore que te matricule otra vez para sacar mejor nota en los TIMOs y unirte al equipo otra vez: el legendario buscador Potter –la chica hizo un aterrizaje espectacular y ambos se echaron a reír.
-¿Sabes? He estado dándole vueltas a lo del pergamino –mientras se quitaba las rodilleras, Ginny observó por el rabillo del ojo cómo Harry se removía en su asiento, incómodo. –En realidad, Hermione y yo hemos estado dándole vueltas esta noche. Muchas emociones en un día.
Se sentó en el banco, justo al lado del chico, y se deshizo la trenza con movimientos precisos, con naturalidad.
-Harry, ya sé que no quieres o no puedes contármelo. Espero que sea que no puedes. Pero lo que quiero decir es que eso no impide que os ayude de alguna forma. Y quiero ayudaros –Ginny puso la mano sobre el antebrazo de Harry y lo observó fijamente. –Déjame ayudarte.
Hubo un par de minutos de denso silencio en que los dos jóvenes se miraron.
-Me acuerdo de la primera vez que te vi, Ginny. Tenías diez años, coletas y una falda a cuadros; –la joven resopló y puso los ojos en blanco con gesto de fastidio –y la misma expresión de terquedad que ahora. Me encantaría que me ayudaras, pero si te cuento en qué estamos metidos pondré en peligro a otra persona más y ya es difícil sólo con Ron y Hermione.
-No hace falta que me lo cuentes, sólo déjame intentarlo con el pergamino. Como si fuera una especie de… pasatiempo especialmente complicado –ella sonrió y a él se le contagió su sonrisa.
-Estoy seguro de que con esa sonrisa siempre ganas las discusiones con los chicos.
-Con Bill funciona, pero Ron se resiste –rieron y de pronto los ojos de la chica brillaron con excitación –Bueno, pues empecemos por el principio con ese pergamino.
-¿Ahora? ¡Pero si estamos a punto de comer!
-¡Vamos, no seas perezoso! –Ginny tiró de su brazo y Harry se levantó del banco.
···
-Nos besamos –precisó él mecánicamente antes de saber lo que decía. Ambos se observaron en silencio, con intensidad, sin decir nada. Luego Hermione bajó los ojos hasta el suelo y dejó el escapar el aire retenido en el pecho.
-Fue un error.
Ron la soltó como si quemara. Abrió y cerró la boca un par de veces y después emitió un suspiro de frustración, demasiado orgulloso para admitir la verdad, demasiado inseguro para intentar siquiera comprenderla.
-Sí.
-Porque los amigos no se besan y tú y yo somos amigos. –Hermione llevaba horas repitiendo mentalmente esa misma frase en su cabeza, convenciéndose de que era verdad –Los amigos de Harry.
Se miraron largamente y en silencio. Por la mente de Ron cruzaron mil imágenes. Por la de Hermione sólo una sensación: lengua suave y saliva tibia.
-Sí.
-Sólo eso.
-Nada más.
-Exacto.
-Entonces todo aclarado –el chico dejó de mirarla a los ojos: de repente tenía un doloroso agujero en el estómago que no tenía nada que ver con la comida. –Vámonos a casa.
Recorrieron el sendero en silencio, separados apenas unos centímetros el uno del otro. Por el camino se cruzaron con un par de ardillas e incluso con un zorro que salió espantado nada más oír sus pisadas crujir sobre las hojas.
Ninguno de los dos se dio cuenta.
···
Un torbellino rojo atravesó el patio trasero de los Weasley y agarró a Hermione por los hombros antes incluso de que la chica tuviese tiempo de cruzar la valla del jardín de la Madriguera.
-¡La estrella polar! –exclamó Ginny casi sin aliento mirándola a los ojos -¡La estrella polar, Hermione! ¡Y el agua sólo puede ser…!
-El Nilo –una lucecita se había encendido en el cerebro de Hermione y se hacía cada vez más luminosa – porque está cerca del desierto, y es el río de la vida, el río sagrado de los antiguos egipcios, el que devuelve el agua cada año a las cosechas de los pueblos de Egipto. Así que el Cáliz…
-Está en Egipto, donde el río y la estrella polar forman un ángulo recto, cosa que podemos averiguar con un mapa estelar, calculando con la fórmula de Heidenberger su potencia mágica –Harry sonrió tan satisfecho que le brillaron los ojos. Ginny daba palmadas de excitación mezcladas con carcajadas victoriosas.
-Incluso podríamos buscar las iniciales de ese R. A. B y comprobar si alguna vez estuvo en Egipto y en qué parte exacta –Ron se quitó el sombrero y le dio vueltas en la mano, pensativo. –Un traslador, tiene que haber un traslador cerca que lo ayudara a transportarlo.
Los cuatro chicos se miraron, igual que lo habían hecho la noche anterior, pero esta vez algo hervía en su interior: la certeza de que iban por el buen camino, el cosquilleo que produce saber que has hecho bien los deberes.
De pronto, empezaron a hablar todos a la vez.
-Tenemos que avisar a Dumbledore.
-Y a mi madre.
-Aún podemos quedarnos a comer –protestó Harry débilmente.
-No pienso viajar otra vez en tren.
-Claro que no, iremos en avión.
-Necesitaremos disfraces.
-Y cuerdas.
-Y varitas.
-Incluso la capa invisible.
-También vais a necesitarme a mí.
Harry, Hermione y Ron volvieron la vista hacia Ginny al mismo tiempo.
-Ni lo sueñes.
-Es peligroso.
-No.
La chica dio un resoplido de indignación y cruzó los brazos sobre el pecho. Su hermano la miró fijamente.
-Gin, basta. Lo has hecho muy bien, pero no puedes seguirnos. No quiero que te pase nada malo ¿vale? Esto es peligroso –ella abrió la boca para protestar pero se calló cuando los azules ojos de Ron se encontraron con los suyos: no se lo estaba ordenando, se lo estaba pidiendo.
Hermione asintió despacio con la cabeza y clavó la mirada en Harry. El chico supo que su amiga intentaba transmitirle un mensaje, que quería decirle algo…
-Cogeré nuestras cosas –Hermione se volvió hacia la casa. Ron masculló algo de lo que Harry sólo entendió “Mamá” “cabreo” y “comida” y caminó hacia la entrada de la Madriguera. De pronto, un silencio incómodo se instaló entre la menor de los Weasley y el heredero de los Potter.
Harry carraspeó.
-Ya sabes… que yo no… -se arregló el pelo con la mano, incómodo –Tú ya sabías que… Lo que quiero decir es…
Se calló cuando ella se alzó sobre las puntas de los pies, atrajo su rostro y lo miró.
-Eres idiota, Harry. Y me gustas. Mi hermano ya me había convencido con esa mirada suya de preocupación, no voy a intentar hacer ninguna estupidez. Si Ron dice que es peligroso, yo le creo.
Estuvieron así unos segundos, justo antes de que la atronadora voz de Molly Weasley impregnase el aire con gritos de incredulidad y preocupación. Ron y Hermione salieron a todo correr de la casa: ella con la mochila de Harry en las manos; él sujetándose el sombrero con un brazo. Harry echó a correr tras ellos y se volvió para observar a Ginny una vez más: todavía con los pantalones de entrenar, los brazos pecosos y el cabello rojizo sobre los hombros.
-¿Sabes, Gin? –gritó justo antes de perderse entre la arboleda –¡Nunca te lo dije, pero me gustaban tus trenzas!
···
¿Habéis preparado todos las palomitas? ¿Os habéis puesto música de Indiana Jones de fondo? ¿Os habéis reído? ¿Habéis saltado en la silla de emoción? ¿Habéis tirado palomitas a la pantalla pensando en los tópicos hollywoodienses que he metido en el fic mientras me abucheabais? ¡Pues dadle al botoncito que a esta vagoneta aún le queda un trozo de raíl de mina abandonada!