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Espejismos en el desierto
Ronald Billius Weasley abrió los ojos cuando las primeras luces del día lo rozaron y notó el sabor salado de la tierra en la boca. Detrás suyo ardía con lentitud el pequeño hidroavión pintado de blanco, incrustado en la falda de una montaña.
Tosió, y todavía tragó más tierra. Volvió la cabeza para respirar libremente y en ese preciso momento algo metálico a su derecha llamó su atención. Se levantó como pudo (le sangraba el antebrazo izquierdo por el corte abierto y le dolía horrores el pie) y recogió el pequeño amasijo de hierrecitos.
Tardó casi un minuto entero en darse cuenta de que aquello era lo que quedaba de las gafas de su mejor amigo.
-¿Hola? ¿Alguien? ¡Harry! ¡HARRY!
El eco le devolvió su voz amplificada y un quejido indefinido desde detrás de unos arbustos. Corrió hacia el sonido tan rápido como pudo y encontró a Harry con una brecha en la ceja y varios cortes en el costado, respirando con dificultad.
-Tranquilo colega, estoy aquí, estoy aquí ¡episkey!
Los jadeos de su mejor amigo dieron paso a un par de toses y enseguida Harry Potter le devolvía la mirada llena de verde, libre de las gafas de siempre.
-¡¿Qué coño ha pasado? –Ron controló las ganas de gritar tanto como pudo -¡Por los calzones de Merlín ¿qué ha pasado?
-Nos atacaron mientras dormías. Desestabilizaron el hidroavión, creo que nos enviaron algún tipo de maldición: los sensores se volvieron locos, el motor comenzó a fallar, perdíamos gasolina y no sabíamos por dónde… -Harry frunció el ceño -¿Cómo puede ser que no te enteraras de nada, maldita sea? ¡Hicimos más ruido que Hagrid en Madame Pudipié!
El plural del verbo hizo que una pequeña lucecita se encendiera en la cabeza de Ron, haciéndose más y más grande a cada segundo que su amigo hablaba.
-Harry, ¿dónde está Hermione?
Su amigo emitió un sonido a medio camino entre suspiro y sollozo.
-Harry. Dónde. Está. Hermione.
-Estábamos buscándote, en la oscuridad, no veíamos nada y justo entonces explotó el depósito de gasolina, Merlín, casi me mata… No pude hacer nada por ella, no podía moverme, me dolía horrores y no podía encontrar la varita ¡Joder! ¡Quise gritarles, para que la dejaran en paz! –su amigo golpeó el suelo con el puño y levantó una pequeña polvareda que le cubrió el rostro de arena blanquecina, dándole un aspecto todavía más triste -¡No pude hacer nada, mierda!
-¿PERO DE QUÉ COÑO ESTÁS HABLANDO? ¿DÓNDE ESTÁ HERMIONE?
Harry cerró los ojos y bajó los hombros, abatido.
-Malfoy se la llevó. La tienen ellos.
Durante un minuto ambos amigos se sumieron en el silencio. Después, Ron se dejó caer al lado de Harry y enterró la cabeza entre las manos.
···
Abrió los ojos lentamente y contuvo una mueca de asco involuntaria cuando se topó con una esvástica prendida sobre el palo de la tienda de campaña. Se le escapó un taco de esos que la habrían escandalizado si lo hubiesen dicho Harry o Ron.
-Vaya con Granger –Draco Malfoy se balanceó sobre la silla de madera, a su derecha –Qué boca más sucia.
El uniforme militar de color caqui le combinaba estupendamente con los ojos grises, el pelo rubio y la piel blanquecina, pensó la chica. Muy ario. La sorprendió que no luciera el emblema de las SS.
-Voldemort y los nazis. Suponía que incluso ellos eran escoria muggle, pero ya veo que me equivocaba –Hermione torció el gesto –Todo vale con tal de ganar ¿eh, Malfoy? Incluso atacarnos en mitad de la noche con maldiciones y casi matarnos aún a riesgo de quedarte sin saber dónde está el dichoso Cáliz.
El joven rubio bebió agua cristalina de la copa que sujetaba entre las manos, con lentitud deliberada, como si la saboreara. La garganta de Hermione estaba tan seca como el propio desierto a su alrededor.
-El señor Oscuro toma sus decisiones y no es competencia mía discutirlas, Granger. Si ha decidido unirse a los nazis yo sólo cumplo órdenes. Aunque he de admitir que el uniforme es más cómodo que la túnica en este sitio.
-Me das asco –la chica empleó lo poca saliva que le quedaba en escupirle a los pies. Se arrepintió enseguida, cuando él volvió a darle vueltas a la copa entre las manos.
Malfoy alzó una única ceja rubísima.
-No me des más motivos para llamar a mi tía, sangre sucia. Podemos solucionar esto como gente civilizada: tú me dices lo que quiero saber y yo no te hago sufrir innecesariamente –apoyó los antebrazos en los muslos y se acercó un poco a Hermione, mirándola con fijeza. –No queremos dejar esta bonita tienda sucia ¿verdad?
-Hazle un favor al mundo: muérete.
El joven resopló con fastidio.
-Vas a ponerme las cosas difíciles, lo veo venir.
···
-¿Me puedes repetir otra vez por qué demonios estamos metidos en el mercado de este pueblo perdido en medio de la nada? –Harry se agarró el sombrero con fuerza mientras una anciana vociferaba en su oído el precio de las gallinas que transportaba en un cochambroso carro, y procuraba no perder de vista la cabeza pelirroja que lo precedía.
-Porque necesitamos ayuda, Harry, por eso –gritó Ron por encima de los hombres que trataban de atraerlo hacia sus alfombras (algo bastante fácil para alguien que casi les sacaba una cabeza).
-¿Ayuda? ¿De dónde vamos a sacar ayuda en un sitio como este? –Harry decidió prescindir de su chaleco. Ciertamente, le daba un toque muy inglés, pero los chorros de sudor que corrían con libertad por su espalda parecían opinar que sería más saludable parecer menos elegante. Los faldones de su camisa a rayas grises cayeron con libertad sobre los pantalones de pinzas.
-Del sitio más insospechado –Ron se paró en seco delante de lo que parecía la entrada a la casa más ruinosa de todo el pueblo, que ya era decir mucho.
-Si te refieres al sitio más cochambroso, tirado, sucio, enano y parecido a un burdel que he visto en mi vida, entonces sí –Harry se paró al lado de su amigo y le echó una mirada apreciativa a la desvencijada puerta de madera. Ron sonrió un poco, de lado, y se caló el sombrero mientras empujaba la puerta.
-Éstos son los sitios que más me gustan.
Harry suspiró mientras lo seguía por el angosto pasillo.
-No sé porqué no me extraña.
Encorvados y rozando las paredes con los hombres, ambos caminaron por un largo corredor excavado en la piedra blanca hasta lo que parecía ser una cueva escondida detrás de una andrajosa manta que tapaba el acceso. Cuando Ron apartó la manta con cautela, Harry resistió la tentación de frotarse los ojos como en los dibujos animados.
Una gigantesca cavidad resplandecía revestida de dorado bajo las lámparas de aceite que colgaban del techo. Aquí y allá saludaban cofres repletos de monedas y copas doradas, joyas, diamantes, cadenas labradas de plata, vajillas incrustadas con perlas y prácticamente cualquier otra cosa que un millonario como Harry hubiese deseado tener alguna vez. Lujosas alfombras cosidas a mano tapizaban el suelo de arena fina y finas vetas de mármol blanco podían ser contempladas en las paredes excavadas por el agua millones de años atrás.
Harry silbó apreciativamente y Ron reprimió una sonrisa.
-Lo sé, colega. Pero sobretodo no toques nada. Nada en absoluto.
-Lo que tú digas –el joven se guardó las manos en los bolsillos –Yo piso dónde tú pisas.
Ron se caló el sombrero.
-Veo que lo vas entendiendo.
Dos minutos después, Harry tuvo que cerrar los ojos y apretar los dientes para evitar la tentación en forma de jarro de agua fría que descansaba sobre una mesita labrada junto a unos apetecibles pastelillos de miel, y aún más cuando el sonido de un manantial le hizo recordar lo sediento que se sentía y lo agradable que sería sentir el agua fresca contra su piel. La forma en que su amigo apretaba los puños le hizo ver que también estaba luchando contra su propio cuerpo.
Por fin, después de casi diez minutos más de joyas, manantiales, diamantes y pasteles, la silueta de un hombre fumando una pipa de agua se hizo visible frente a ellos, sentado sobre lo que parecía una alfombra vieja y raída que contrastaba con el asiento de plata sobre el que reposaba un juego de té nacarado.
-Ah, viajeros. Qué agradable sorpresa que hayáis llegado hasta aquí –la voz era dulce y ronca y de entre las sombras surgió el rostro atezado de un hombre joven que los observó con intensos ojos negros. –Salam alekhum. ¿Un poco de té? ¿Agua, tal vez?
-Agua –la lengua de Harry decidió traicionarlo en aquel momento. Miró a Ron y lo vio asentir con aquella mirada de "De acuerdo, no hay problema" mientras se quitaba el sombrero en señal de respeto. El joven de tez morena los invitó a sentarse junto a él con un gesto.
Harry trató de no beberse el vaso frío de líquido con demasiada rapidez y observó por el rabillo del ojo cómo su amigo se guardaba un par de pasteles de hojaldre en el bolsillo de la chaqueta.
-Bebed y comed cuanto queráis –dijo el hombre con aquella suave voz –y después podemos compartir esta pipa si ese es vuestro deseo.
-Eres muy amable –trató de decir Ron con la boca llena de hojaldre –pero tenemos mucha prisa, y nos gustaría hablar de negocios, si no es molestia.
-Ah, negocios –la mirada del hombre brilló con astucia mientras daba otra calada a su pipa –Por supuesto. ¿Qué es lo que buscáis? ¿Una corona de rubíes? ¿Un diamante, tal vez? ¿Un báculo?
Ron tragó el bocado y bebió un poco de caliente té verde.
-Esta alfombra.
Tanto su amigo como el otro joven siguieron con la mirada el dedo índice que señalaba hacia abajo, hacia la alfombra más cochambrosamente vieja y raída que Harry había visto en su vida. Los dibujos hacía tiempo que habían desaparecido entre las gastadas fibras, y el borde de hilos rojos conoció tiempos mejores, ya que faltaban al menos tres de cada cinco. Por no hablar del agujero que había justo en el centro.
-¿Esta? –dijeron los otros dos a la vez, su amigo con el tono de sorpresa más genuino y el otro con la peligrosidad reflejada en la voz.
-Sí, ésta. La única alfombra voladora que hay en toda la región.
Durante un minuto larguísimo nadie dijo nada: Ron con la mirada clavada en el hombre moreno, éste fumando su pipa con aparente tranquilidad y Harry tratando de cerrar la boca.
-No.
Harry vio cómo los hombros de Ron se tensaban ante la respuesta del joven.
-En la mochila llevo un giratiempo roto, dos colmillos de basilisco y un trozo de lapislázuli de Madagascar. Sé que no es gran cosa, pero son bastante más interesantes que toda la chatarra muggle que tienes aquí que parece gustarte mucho. Estoy dispuesto a dártelos a cambio de la alfombra.
Los ojos del hombre relampaguearon al oír la palabra giratiempo. Harry empezó a preocuparse de verdad.
-Ron, ¿estás seguro de que…? –cuchicheó.
-Es nuestra única oportunidad de encontrar a Hermione –zanjó el otro sin desviar la vista del hombre que fumaba su pipa. Siguieron mirándose durante otro minuto en silencio.
Harry se puso en pie.
-Bueno, basta. Soy multimillonario y este hombre, evidentemente, no va a vendernos esta alfombra. Algo habrá que podamos hacer para salvar a Hermione, algo que se pueda comprar con dinero, maldita sea, y lo encontraremos –alzó a Ron estirándole del brazo –Vámonos.
Antes de volver a ponerse el sombrero, se apartó el flequillo que le cosquilleaba en los ojos, y el hombre la vio. La cicatriz.
-Espera –el otro se puso en pie y lo observó despacio, con los ojos entrecerrados. -¿Puede ser que seas tú?
Al joven se le colorearon las mejillas y se miró las puntas de los zapatos con embarazo. Carraspeó.
-Harry James Potter –le tendió la mano a modo de presentación, todavía sonrojado, y el otro se la estrechó con efusividad.
-¡Deberíais haber empezado por ahí! –sonrió –Harry Potter, el Niño-Que-Vivió, claro que puedo prestarte mi alfombra… a cambio del giratiempo y los colmillos de basilisco.
Harry escuchó perfectamente a Ron maldecir por lo bajini mientras sacaba las cosas de su mochila y el hombre daba unas palmadas. La mesita y los bancos de plata se apartaron a un lado y la alfombra se enrolló sobre sí misma antes de acudir atravesando el aire con suavidad.
-Muchas gracias, señor… eh…
-Alí Babá –el joven ensanchó al sonrisa y unos dientes blanquísimos deslumbraron bajo su bigote oscuro. Harry se quedó con la frase de cortesía en la punta de la lengua.
-Estás de broma.
Ron se le adelantó y le estrechó la mano a Alí con efusividad mientras sujetaba la alfombra con una mano y el brazo de Harry con otra.
-Encantado, señor Babá, Ronald Weasley. Nos encantaría quedarnos a charlar pero tenemos asuntos que atender –ya estaban prácticamente en la otra punta de la cueva y Alí Babá los despedía con la mano.
Salieron al terrible sol de mediodía y Harry se volvió hacia Ron mientras ambos corrían como locos hacia el desierto, lejos de miradas indiscretas.
-¡Alí Babá! ¿A quién vamos a visitar ahora, a Peter Pan?
-¿Lo conocías? ¿Qué clase de nombre ridículo es Peter Pan? Conozco unos cuantos Peters, pero ninguno es Pan –Ron frenó y desplegó la alfombra con un amplio movimiento. De pronto ya no parecía vieja y raída, sino brillante.
-Por los calzones de Merlín, esto parece sacado de las Mil y una noches –dijo el joven moreno mientras se sentaba sobre la tela tejida.
-En el desierto es imposible aparecerse o usar un traslador por las pocas referencias que puede haber, la mayoría de la gente aparecía sin una pierna o con la nariz a trescientos kilómetros, así que decidieron crear las alfombras voladoras para facilitar el transporte mágico –explicó Ron mientras se sentaba a su lado –Papá me lo explicó una vez que vinimos a pasar las vacaciones a Egipto.
-Brillante –Harry miró a Ron, expectante –Y ¿ahora qué?
-Ahora podemos pedirle a la alfombra que nos lleve hasta El Cairo, Egipto, Asuntos y Cooperación Mágicos Internacionales, tercera planta de la pirámide Nan-Uh.
Una luz se encendió en el cerebro de Harry mientras la alfombra se lazaba despacio sobre el suelo y atravesaba el aire con lentitud para ir acelerando con suavidad.
-¿No es ahí donde trabaja…? –gritó por encima del viento que ahora atravesaban a velocidad de vértigo.
-Neville Longbottom –respondió su amigo a través del aire que empujaba sus voces.
-·-
Tenía tanta sed que le dolían la lengua, el paladar y la garganta. Hacía rato que no sentía los labios cortados y secos, ni las puntas de los dedos, a causa de los lazos de energía azules que le aprisionaban las manos.
Con la cabeza apoyada en el palo al que estaba sujeta, Hermione entreabrió los ojos muy despacio. El tejado de la tienda típica del desierto la protegía del sol, pero el calor asfixiante se colaba por entre las grandes puertas que le dejaban ver la inmensidad del lago de arena amarilla que se extendía a su alrededor.
Se preguntó qué estarían haciendo Harry y Ron ahora mismo. Los visualizó a ambos, altos, uno moreno y otro pelirrojo, tomando una cerveza de mantequilla en Las Tres Escobas mientras se reían de algo que estaban contando.
La rubia cabeza de Draco Malfoy le deshizo el espejismo como un soplido desharía un castillo de naipes. Sus dedos jugueteaban con una jarra de agua.
-Bueno, Granger, ¿se te ha desatado ya la lengua?
-·-
Neville dejó una pila enorme de papeles encima de la mesa de su secretaria.
-Toma, Hannah, guárdame esto.
Detrás de él, Harry cubría su cabeza con un pañuelo y Ron se despedía con mal disimulada preocupación de la vieja chaqueta de cuero que había dejado colgada del perchero del despacho de Neville.
-Pe-pero –la joven rubia lo miró confundida desde sus gafas nacaradas –¡Neville, estos son los informes que necesita el primer ministro dentro de una semana!
Neville asintió mientras se arremangaba la camisa y se calzaba unas botas que aparecieron volando desde la otra punta del despacho. Tres Nimbus 2004 respondieron a su Accio y se pararon delante de la ventana.
-Lo sé, Hannah.
-Entonces ¿por qué me los das? ¿qué está pasando? ¿dónde vais?
Los tres hombres se miraron y de repente sonrieron como no lo habían hecho desde el colegio. Era una de esas sonrisas tipo "He copiado en el examen de Transformaciones y McGonagall no se ha enterado" o "Hoy he parado diez quaffles en el entrenamiento" o "Tengo un paquete de cervezas de mantequilla escondido debajo de la cama".
O "Nuestros culos sexys van a salvar el mundo otra vez".
-Vamos a juntar un ejército –Neville le guiñó un ojo a su secretaria y puso un pie en el alféizar del balcón mágicamente añadido a la pirámide.
-Y a salvar a la chica –Ron sonrió mientras pasaba una pierna sobre su escoba.
-Y a patearle el culo a los malos –Harry inclinó la cabeza a modo de caballerosa despedida, y los tres se perdieron en la noche.
···
¡Heheeeeey chicas agarraos fuerte al látigo que allá vamos y de paso dejadme un comentario pequeñitoooo!
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