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Noticias desde Rumania
La ira que sentía Ginny no se comparaba con nada. Más que pena, dolor o tristeza, su corazón se había llenado de ira. El odio que sentía contra Candeviere podía mucho más que todas sus fuerzas.
La determinación de recuperar su varita había sido tal, que Oswald, sin rechistar, se la había devuelto. Pudo ver en el interior de los ojos de la chica, que ya estaba lista para enfrentar el peligro, y lista, para vengarlo.
Su madre lloraba amargamente, no sabía si por la situación concretamente, o por ella, su pequeña hija. Hermione atendía a Oswald con aquella infusión para los nervios que contenía una que otra pócima, mientras que los mellizos se quedaban a su lado sin moverse ni hablar.
Bill y Percy se preparaban para irse al ministerio, mientras que Fleur, sin Alice, le recriminaba a su marido por pasar tanto tiempo fuera de casa. Arthur no podía moverse de ahí, ya que, por una petición expresa de Franz, debía quedarse con el principal afectado.
Los gemelos por un momento dejaron de reír. No podían procesar que hacía pocos minutos reían con el rubio por el excelente negocio que tenían entre manos. Mientras que Harry, en lugar de tomar sus acostumbradas notas, miraba toda la escena de pie apoyado en la pared. No quitaba los ojos de encima a Ginny. La chica tenía la cara roja, y las lágrimas surcaban su rostro hasta llegar a su cuello. El puño lo mantenía fiero y firme en torno a la varita. Harry notó el temblor que sacudía su brazo producto de la rabia, y no pudo evitar curvar una mueca, que se asemejaba mucho a una sonrisa.
-Te juro…te juro por mi vida… te juro que mataré a ese hombre…-Le murmuró Ginny a Oswald con los dientes apretados, de cuclillas frente a él.
El chico solamente la miraba con fijeza. Los mellizos habían alcanzado a oír parte del juramento, y no pudieron evitar sonreír con dolor.
-Necesito estar solo…-Murmuró repentinamente, levantándose del sillón. No miró a Ginny, sino, que siguió de largo hacia las escaleras, hasta perderse en el segundo piso.
La chica lo quedo viendo, incluso después de que ya había desaparecido. No sabía que estaba sintiendo, pero sí estaba segura de que la culpa le estaba corroyendo las venas, las tripas, y su cuerpo entero.
Se quedó en la posición que estaba, de cuclillas, y no reaccionó hasta que percibió movimiento en su alrededor. La firme mano de Bill se había aferrado a su hombro sacándola del trance. Ella se volteó a verlo, y lo único que pudo hacer fue devolver una vaga sonrisa, producto de la reacción que le producía el gesto de su hermano.
-¿Por qué no sales un rato? Toma aire, te va a hacer bien.
-Ya tomé suficiente aire…-Murmuró levantándose, haciendo una clara alusión al desahogo que había tenido cerca del roble.
-Entonces ve a descansar…-Le dijo Bill tratando de pensar en una mejor posibilidad para sacar a su hermana de allí, pero Ginny sólo pudo mirarlo incrédula y algo molesta.
-¿Descansar? –Preguntó aguantando la rabia, pero sin gritar- Bill, acabamos de despertar… Mírame… aún estoy en pijama.
-Si bueno…-Titubeó- … Era una idea. Creo que todos estamos algo choqueados.
-Lo siento…-Se disculpó la chica sonrojada y secándose las lágrimas- Iré a bañarme.
Bill siguió a su hermana con los ojos a medida que subía las escaleras. Los pies los arrastraba, y sus hombros se movían en leves convulsiones. Era obvio que estaba llorando.
-Esto cada vez se pone peor…-Murmuró Arthur Weasley a su hijo. Los gemelos, Percy y Harry, que estaban cerca, lo miraron preocupados.
Harry vio la hora en su reloj, y recorrió con sus ojos los alrededores de la casa, como si buscara algo. Arthur lo quedo viendo al haber captado su atención. Harry se dio cuenta que lo observaba y le sonrió con amargura.
-Tengo que hablar con Elisa. Hoy elegimos definitivamente las invitaciones.
-Harry…
-Tengo que hacerlo…-Murmuró levantando los hombros- …Se pone de muy mal humor si no cumplo con los deberes de novio.
-Hijo…-Le murmuró Arthur colocándose frente a él y tomándolo por los hombros- ¿Estás seguro de lo que vas a hacer?
-Absolutamente…-Dijo asintiendo con fervor- Pero antes, debo hablar con Oswald, aunque él no quiera. Tengo que llevar un informe al ministerio.
-Si quieres yo lo hago…-Se ofreció Percy, pero Arthur lo atajó con su brazo y le sonrió de una manera tan forzada que se vio ridículo.
-No… Percy… ¿recuerdas que debemos ver lo del asunto…?
-¿Qué asunto? –Inquirió Percy nervioso revisando sus papeles, como si le urgiera haber olvidado algo importante.
-¡El asunto! Hijo.- Masculló su padre con los dientes apretados. Todos lo quedaron viendo incrédulos, incluso Harry, pero entonces Percy entendió a lo que el hombre se refería y sonrió estúpidamente.
-¡Oh! ¡Ese Asunto! –Dijo con una voz extraña, Arthur asintió lentamente con la cabeza y se dirigió a Harry.
-Ve a ver a Oswald, y luego habla con Elisa. Creo que la chica entenderá.
-Eso espero…-Murmuró Harry. Y subió al segundo piso.
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-Escúchame… ¿me harías ese favor? ¡Mírame a los ojos! –Rogó Ginny sollozando. Llevaba encima su vieja bata de baño, y el pelo húmedo. No se acostumbraba del todo a los hechizos de su vieja varita, por lo que no podía secarse el cabello completamente.
-Gin… Por favor, necesito estar solo… -Murmuró Oswald sin quitar sus ojos de la ventana.
-¡Oswald! –Se quejó la chica comenzando a sollozar- ¡Escúchame!
Pero el chico no contestó. Enfadada, caminó hacia él con decisión y lo giró con fuerza. El chico tenía el rostro surcado por sendos ríos de lágrimas secas, y las mejillas rojas. Ella no estaba muy diferente; Sus grandes y brillantes ojos marrones emanaban lágrimas como si fueran un torrente, y la rabia se podía ver a kilómetros de distancia.
-¿Qué es lo que te sucede conmigo? ¡Sé que estás mal! ¡Y sé perfectamente que todo lo que le sucedió a Vincent, a Maggie y a tus padres, fue por mi culpa! ¡Deja de negarlo! ¡Eso es lo que crees! ¡¿Cierto?! –Ginny zamarreó al chico por el cuello de la camisa, y al ver que este no emitía respuesta, su rabia no se hizo esperar- ¡¿CIERTO?!
Oswald se quitó las manos de la chica con calma, y se sentó en la cama de Charlie, la cual usaba para dormir. Debajo de ésta, sobresalía otra pequeña camilla, donde probablemente dormía Vincent.
Ginny lo siguió con la mirada y reparó en que ambos chicos eran muy ordenados, y también, que Oswald no tenía nada dentro de la habitación que le recordara a sus padres, excepto, una pequeña y vieja fotografía colgada a la pared.
Ginny se acercó con cautela y observó la fotografía. En ella, una joven y hermosa mujer, de largo cabello dorado, sostenía en sus brazos a un pequeño niño que no se veía más grande que un bebé. Mientras que un hombre, a su lado, el cual ella conocía muy bien, abrazaba a la mujer por los hombros y al niño le tomaba su pequeña manita.
-Es el único recuerdo que me traje de ellos desde Carminabel –Murmuró acongojado.- Lo demás se quemó. Creo… creo que eso fue lo que más me dolió en la perdida de la casa.
-Oswald…
Ginny se sentó a su lado y le colocó una mano en la espalda. El chico sintió una ráfaga de aire tibio que le recorrió toda la espina dorsal, hasta perderse en su cabeza como una bomba de éxtasis a punto de estallar.
-Ginny…no –Dijo apartándose con rapidez.
Se levantó de la cama y se colocó frente a ella. La chica estaba tan pasmada por su actitud que no podía sentirse más despreciable de lo que ya se sentía.
-Sólo dime la verdad…-Sollozó- Quiero que me digas si crees que yo soy la culpable.
Oswald cerró los ojos, apretándolos con tal fuerza, que llegó a ver luces de colores en el interior de sus parpados.
Ginny se llevó una mano a la boca, ya que aquel gesto con los ojos había delatado el silencio del chico. Estaba claro lo que él creía, así que, para evitar la vergüenza, se levantó sigilosamente y caminó hacia la puerta.
Estaba empapada y tenía frío, su cabello húmedo mojaba su espalda, sus pies descalzos y el suelo. Su mano se apoyó sobre el pomo de la puerta y lo giró con lentitud, pero justo cuando ésta se abría unos centímetros, la mano de Oswald volvió a cerrarla.
Ginny se quedo quieta, con la mano sobre el pomo y con el brazo de Oswald apoyado en el marco, un poco más arriba de su cabeza.
Ella no se movió, su cuerpo la había traicionado, y ahora, estaba más confundida que nunca. Sentía la nariz de Oswald casi pegada a su cuello, su respiración le erizaba cada vello de la piel, estaba totalmente embriagada ante aquel leve contacto, ¿qué estaba pasando?
-Perdóname…-Murmuró el chico. Ginny abrió sus ojos como platos y se volteó con lentitud. Nunca imaginó que lo encontraría tan cerca de ella, tan cerca…
-¡Ahhh! –Gritó cuando la puerta la empujó hacia delante. Por inercia estiró los brazos y se agarró del cuello de Oswald para no caer. Ambos chicos perdieron el equilibrio y cayeron al suelo, ella sobre él, y él, tratando de afirmarse de algo, no atinó a nada mejor que agarrarla de la cintura.
Los dos estaban desplomados sobre el suelo. La bata de Ginny se había levantado unos centímetros, y la mano de Oswald estaba peligrosamente cerca de su pierna.
Ante el impacto, se habían golpeado las cabezas mutuamente, y no podían pensar con claridad, ni siquiera sabían que había sucedido.
Maldiciendo, Ginny se volteó para ver quien había sido el idiota que había arruinado aquel momento, sin embargo, su reacción fue totalmente diferente. El corazón se le detuvo unos instantes, y apenas podía respirar. Tras ellos, parado en el umbral de la puerta, estaba…
-¡Harry! –Dijo ella parpadeando confusa, aún le dolía la cabeza producto del golpe.
-Veo que ya lo consolaste lo suficiente…-Murmuró Harry más serio que nunca, y con un brillo de odio en sus ojos.
-¿De qué rayos estás hablando Potter? –Preguntó Oswald quitando a Ginny sobre él y sobándose la cabeza.
-Venía a hablar contigo para pedirte que me acompañaras al ministerio… a declarar…
Ginny percibió en la voz de Harry un extraño tono, entre tristeza, rabia y… ¿celos?
- Que sutil eres… -Masculló Ginny con el semblante serio.
-¿De qué hablas? –Le contestó Harry apretando los dientes.
-¿Crees que es el momento de pedirle a Oswald que te acompañé a declarar? –Preguntó impresionada.
-Es una obligación…-Dijo Harry sin cambiar su postura ni su mirada- Además, ¿Crees tu que es el momento de besuquearte con el deudo?
Ginny enrojeció hasta los pies, no sabía si de vergüenza o de rabia. Harry dibujó una sonrisa curva en sus labios, mientras que Oswald lo miraba atontado. ¿Cómo alguien podía hablar tanta imbecilidad junta? Aunque aún así, estaba también sonrojado.
La chica no dijo palabra alguna, sólo se limitó a ver a Oswald fugazmente antes de salir con rapidez de la habitación de Charlie, sin olvidar antes, pasar a llevar a Harry “accidentalmente” con el codo.
La puerta se cerró tras él. No se inmutó por la reacción de Ginny, aunque un gesto de su boca delató que el golpe le había dolido. Oswald se giró y se lanzó sobre su cama, observando la foto de sus padres. Para él, Harry no existía en esa habitación.
-Debo hablar contigo…-Murmuró Harry, aún apoyado en el marco de la puerta. Oswald ni siquiera lo miró.- Deja de dar lástima. Podrás engañar a Ginny pero no a mí.
Oswald solamente movió los ojos, aunque su rostro se había contorsionado en una mueca de odio puro hacia Harry. Éste no hizo gesto alguno, esperaba que el rubio reaccionara de ese modo, aunque un extraño sentimiento de culpabilidad le comenzaba a apretar el estomago.
-¿Qué dijiste Potter?..-Murmuró inclinándose levemente en la cama. Harry entornó los ojos y se acercó lentamente.
-Ya me escuchaste. –Contestó sacándose los lentes y limpiándolos con un pañuelo que traía en el bolsillo de su chaqueta- Lamento mucho la perdida de tus padres. Puedo entenderlo puesto que yo pasé por lo mismo, aunque claro, era un bebé y no lo recuerdo. – Se volvió a colocar los lentes y observó a Oswald desde arriba- Aunque sí sentí en carne propia la perdida de otros seres queridos bajo el dominio de Voldemort, pero aquello lo superé y supe sobrellevarlo. Por lo mismo, no te voy a aceptar que te hagas la víctima, Mcclay. Estas cosas hay que tomarlas con fuerza y no largarse a llorar como un niño. ¡Deja de dar lástima! ¡Demuestra lo que eres y deja de engañar a Ginny con esa actitud de niño bueno!
-¿Disculpa? –Dijo levantándose de la cama- ¿me dices a mi que deje de engañar a Ginny? ¿Y que me dices de ti?
Oswald y Harry estaban enfrentados cara contra cara. Ambos eran altos y podían verse directamente a los ojos. Los azules de Oswald con los verdes de Harry producían una extraña chispa de colores eléctricos que brillaban entre ellos. Harry apretó los puños y Oswald escuchó como unos huesos crujían bajo sus nudillos. El semblante de serenidad que solía tener siempre cuando se enfadaba estaba comenzando a distorsionarse. Harry estaba realmente enfadado.
Oswald en tanto, trató de mantener la calma, obligándose a olvidar las palabras de Harry con respecto a la muerte de sus padres, pero no podía.
-Yo no tengo que dar ninguna explicación.- Zanjó Harry, desafiándolo al empujarlo con su pecho.
-Deberías… Pides explicaciones y resulta que el que más hace daño aquí eres tú.
Oswald devolvió el empujón con su pecho. Lo curioso de la pelea, era que ninguno levantaba la voz ni los puños, parecían dispuestos a matarse con la mirada, que cada vez lanzaba más destellos y rayos eléctricos.
-No te metas conmigo Mcclay, no sabes con quien estás tratando.
-Claro que lo sé...-terció Oswald empujando a Harry con más fuerza- … Con la mano derecha de Candeviere, y el enemigo número uno de Ginny, la chica que quieren matar. Porque, ¿no me vas a decir que te importa que Ginny muera verdad?
Harry abrió sus ojos como nunca. Sus puños crujieron tan fuerte que Oswald juró que se había quebrado los huesos.
Sin decir palabra alguna, el chico se giró con rapidez sin soltar los puños y salió de la habitación dando un portazo, dejando en el suelo un enrollado pergamino amarillo.
Oswald, totalmente atónito por el comportamiento de Harry, se acercó para recoger el pergamino. Lo desenrolló y leyó su contenido, el cual estaba escrito con una prolija y fina letra de color verde esmeralda. El mensaje decía:
“Al señor Oswald Karl Mcclay, presente:
Junto con saludarle y entregarle nuestro más profundo pésame por la reciente perdida de sus cercanos, se le solicita presentarse a la lectura del testamento de sus fallecidos padres, Karl Jhons Mcclay y Alondra Erinda Mcclay. Lamentando el desafortunado incidente, le informamos que además, debe declarar como deudo y tomar posesión de sus bienes este miércoles a las once horas en el ministerio de magia en el piso subterráneo. Muchas gracias. Acónito Wolgrang.”
Oswald volvió a enrollar el pergamino y se sentó nuevamente en la cama. Sus ojos se perdieron en el viejo suelo de madera, mientras en su cabeza se dibujaba la radiante sonrisa de sus padres y la triste mirada de Ginny antes de salir de la habitación.
Sus mejillas se sonrojaron al instante al recordar lo cerca que había visto las pecas en la nariz de la pelirroja.
No sabía si sonreír o llorar, así que prefirió cerrar los ojos y dejarse caer en la cama. Al cabo de un instante, Oswald estaba totalmente dormido, mientras que desde la fotografía colgada en la pared, sus padres lo miraban con ternura.
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Esa mañana Candeviere había llegado temprano al ministerio. Todos los empleados andaban radiantes de felicidad, ya que el hombre parecía irradiar alegría por donde fuera que pasara. Canturreaba y silbaba rítmicas melodías, parecía que ese día nada podría salir mal.
El hombre estaba sentado en su escritorio esa mañana leyendo El Daily Mirror, el cual anunciaba en la primera plana la trágica muerte de los padres de Oswald.
Si alguien hubiera estado sentado frente a él, habría sentido la repugnancia que causaba aquella maquiavélica sonrisa al leer la noticia.
Sin dejar de cantar, pasó a la última página, donde estaban los juegos y crucigramas. Se dedicó a perder su tiempo en uno de ellos, cuando un golpe en la puerta lo distrajo por un momento.
-Adelante –canturreó.
-Me dijeron que andabas de buen humor hoy…
Candeviere levantó la mirada del periódico, y lo primero que su rostro dibujó, fue una expresión de total desconcierto. Su boca se abrió a penas, y sus ojos dejaron de parpadear. Necesitaba todos sus sentidos alertas para poder procesar lo que estaba viendo.
-¿Morgan? –Preguntó aturdido.
-y Bien… ¿Qué te parece?
Morgan estaba de pie delante de él, como nunca antes su padre lo había visto. Sus ojos se pasearon desde los pies de su hijo hasta la cabeza, sin perder detalle. Se levantó del escritorio y caminó torpemente hacia él, sin parpadear en ningún momento, por si llegaba a perder algún detalle en caso de que cerrará los ojos.
Su hijo estaba frente a él, con el cabello corto y limpio, con los zapatos lustrados, y un traje que al menos debería haber costado todo un año de sueldo. Vestía un pantalón y chaqueta negros, acompañados por una camisa blanca sin corbata. Según pudo notar, debido a la pequeña costura que sobresalía del bolsillo de la chaqueta, el chico había comprado el traje en una de las tiendas muggles más caras de Europa, al igual que los negros y lustrados zapatos.
-Bueno, ¿qué te parece? –Preguntó Morgan sonriente, girando con los brazos abiertos para que su padre lo viera mejor.
-Sorprendente… -Murmuró Candeviere rodeándolo y mirándolo por todos lados. –La verdad… ¡cielos! ¡Eres otro!
-Pero… ¿te gusta? –Preguntó Morgan algo asustado, ya que su padre no dejaba de observarlo con sorpresa.
-¿Qué…? ¡Oh, si! ¡Claro que me gusta! ¡Claro, claro! –Dijo riendo mientras golpeaba a su hijo en la espalda- ¡Me impresionas! ¡Mírate! ¡Pero como has cambiado!
-Me alegra que te guste...-Dijo algo sonrojado- Creo que así me podré acercar mejor a Ginny…
Al decir aquel nombre, nuevamente el rostro de su padre se desfiguró. Algo en su semblante había cambiado. Seguía con los ojos brillantes por la alegría que le causaba haber asesinado a los padres de Oswald, pero su boca estaba tan fruncida que parecía decir lo contrario.
-¿Ginebra? –Preguntó, apretando los labios hacia dentro. – Espero que estés haciendo esto por tu trabajo, y no porque te guste esa mocosa.
Candeviere volvió al escritorio caminando con las manos en su espalda. Se sentó en la butaca y cruzó las piernas, apoyando su brazo en la rodilla. Se afirmó la barbilla y contemplo a su hijo desde su sitio.
-Hijo...-Continuó al cabo de un instante; relajó su postura y se acomodó en el asiento para poder ordenar unos papeles sobre el escritorio-… la verdad es, que no puedo darte una opinión femenina sobre tu apariencia, porque claro, soy tu padre, y no puedo pensar como mujer. Pero sí te puedo decir, que aquel cambió que has hecho con tu persona me impresiona. ¡Eres otro! ¡Al fin te deshiciste esa horrorosa melena! Y claro, va a costar bastante pagar el traje, pero que va, eres el hijo del ministro, mereces lo mejor. Siéntate.
Amablemente, Candeviere le ordenó a su hijo que se instalara en el asiento que tenía frente a él. El chico hizo caso enseguida, y se acomodó en la silla esperando indicaciones de su padre.
-Hace unos instantes hice una acotación. –Murmuró el hombre, colocándose unos delgados anteojos para leer unos informes.- Espero hijo, que esto que has hecho contigo no tenga nada que ver con que te estás enamorando de la chica, ¿me equivoco?
Morgan tragó saliva duramente. No parpadeó, y en ningún momento dejó de ver a su padre a los ojos, de ese modo no se delataría, ni en debilidad ni en sentimientos.
-¿De qué hablas? –Preguntó lo más seguro y desafiante que pudo- ¿Crees que me gusta ella? ¡Por favor! Hay mejores partidos que esa chica. No, la verdad es que te pregunté si te gustaba mi apariencia porque es probable que a ella le atraiga si me muestro más ordenado y elegante. Recuerda que estuvo de novia con Potter, y la verdad es, que el chico hasta el día de hoy sigue siendo un buen partido para todas las mujeres.
Ni siquiera él mismo se creía sus propias palabras. ¿Cómo lo había hecho? Ni idea. Solamente había tratado de jugar las mejores cartas, de modo que su padre no lo castigara nuevamente y le dejará el camino libre para seguir en la conquista de Ginny. Aunque le costó esconder sus celos al recordar lo de Harry, y claro, había otro detalle del cual se estaba olvidando.
-Claro, tienes razón. –Contestó su padre- Me parece muy bien que te estés preocupando por aquellos detalles. Pero, te recuerdo Morgan, que Potter siempre va a ser mejor partido que tú, y claro, porqué no decirlo, también el hijo de los Mcclay.
-¿Te refieres a Oswald? –Preguntó Morgan con el semblante sombrío.
-Así es…- Dijo Candeviere sonriendo- Pero bien, para que veas que te quiero, hijo mío, te estoy ayudando a alejar ese chico de la mocosa. Como te podrás haber dado cuenta, Oswald Mcclay puede incluso hasta ser mejor partido que Harry Potter, y eso que Potter está con esa chiquilla insoportable, este…
-Elisa…
-¡Ella! –Candeviere volvió a recoger el periódico donde lo había dejado y comenzó a mirar el crucigrama con mucha atención- En fin… Morgan, antes de actuar, debes alejar al chico. Creo que con la muerte de sus padres y el accidente de sus amigos será suficiente, poco a poco comenzará a temerle a la chica, entonces, será el momento para actuar.
Morgan lo miró por un largo rato sin decir palabra. Todo lo que había hecho consigo mismo era para poder conquistar a Ginny, más que para engañarla como su padre quería. Su propósito era ese, enamorarla de verdad. Aunque con Harry y Oswald revoloteando alrededor de ella, iba a ser difícil.
Lentamente en su cabeza comenzó a formarse una extraña imagen, y sintió que su corazón se apretaba. Si había algo que estaba empezando a atormentarle, eran los celos. Quería a Ginny para él, de verdad, la quería, y no se había dado cuenta hasta caer en el detalle de aquellos dos apuestos chicos. No sabía si eran ideas suyas o si de verdad lo estaba sintiendo, pero por primera vez, comprendía la ira de su padre al saber que sus planes se estaban yendo por el drenaje. No, no iba a dejar que alejaran a Ginny de él, y haría cualquier cosa por tenerla a su lado.
Se levantó con lentitud del asiento. Su padre había sumergido la cabeza en el crucigrama y estaba masticando la punta del lápiz totalmente concentrado.
-Me voy, nos vemos en la noche…-Murmuró Morgan alejándose hacia la puerta. Su padre levantó los ojos y se enderezó, lo observó por unos instantes y volvió a agachar la cabeza en el crucigrama.
-Buena suerte hijo...-Dijo mientras se golpeaba la mejilla con la punta del lápiz.- ¡Oh! Antes de que te marches…
Morgan se giró con lentitud cuando ya había posado su mano en el pomo de la puerta. Su padre tenía una graciosa expresión en el rostro y lo observaba incrédulo mientras jugaba con el lápiz.
-Me podrías decir...-Murmuró- ¿Quién rayos es el duque de Asturias?
Morgan arqueó las cejas extrañado, Candeviere levantó los hombros y se volvió a concentrar en el crucigrama.
-Estos idiotas muggles, cada vez hacen los crucigramas más difíciles….
Morgan sonrió levemente. Candeviere no siempre se expresaba como una persona normal, y le agradaba que de repente dejara de ser el ministro, para convertirse en un padre como cualquiera.
Y con esa sonrisa, salió del despacho.
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Ginny acababa de lograr un hechizo para secar su cabello, aunque había conseguido que quedase esponjado y eléctrico, tanto como el de Hermione.
Por suerte Maggie la ayudó, y con un simple hechizo, su cabello volvió a ser tan liso como siempre.
Estaba sentada frente al espejo, mirándose fijamente, y tratando de buscarle una explicación al rostro que le devolvía una amarga expresión. ¿Por qué tenía que ser ella una portadora? ¡Justamente ella!
Hundió su cabeza entre sus brazos, sin llorar. Estaba frustrada, lo que ella quería eran explicaciones, ¡había vuelto a su hogar para obtener explicaciones!
Levantó la cabeza y volvió a observarse en el espejo. Se sorprendió consigo misma cuando notó la diferencia entre la chica que estaba frente a ella, a la que había salido de Brixton hacía un año.
Por suerte, su autoestima había subido, y ahora se consideraba una chica bonita, pero nunca tanto como podía ser, por ejemplo, Elisa, a quien había visto en unas fotografías que Hermione había sacado en la fiesta de compromiso.
Se sentía extraña, fea, sucia, como cuando vagaba por Londres, peor aún, se sentía peligrosa. ¿Cómo podía compararse con Elisa siendo ella un peligro público? Tenía tantas cosas en las que pensar, ni siquiera se había detenido para ver con detalle lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Los Floy acababan de librarse de una muerte segura, y, aunque ella había vivido el calvario de verlos a punto de morir, aún no reparaba en que estaban vivos, que estaban cerca de ella, que Vincent estaba en el primer piso probablemente hablando con su madre, y que Maggie se estaba duchando. Hermione, su mejor amiga, estaba de vuelta. Ahora podrían hablar tantas cosas pendientes e inconclusas que habían quedado en el tintero hacía seis años. Bill y Fleur tenían una hija, una niña preciosa y traviesa, y tampoco había tenido tiempo de asumir bien su rol como tía. No había tenido siquiera unos segundos para jugar con ella, o para contarle un cuento.
Los gemelos eran a los que menos veía. De vez en cuando se quedaban a alojar en la Madriguera, como lo era los fines de semana, pero el resto de los días pasaban en su tienda de chascos y en su departamento. Percy y su padre trabajan arduamente en el ministerio y no los veía hasta la noche. ¡Percy! A él si que no lo veía hace tiempo, y ni siquiera había reparado en ello, tenían que cubrir los años perdidos de alguna manera. Su madre era con quien más pasaba en casa, y tampoco se dignaban a llevar una buena relación. Parecía que su propia madre quería esquivarla, era como si hiciese todo lo posible para no encontrársela. Siempre había una excusa para no ver a su hija, y aquello a Ginny no le hacía ninguna gracia.
Por último, aparecían Harry y Oswald, con los cuales ya no sabía como sobrellevar la relación. Oswald parecía que le temía, o al menos eso creía hasta que estuvo a punto de pasar algo inesperado en la habitación de Charlie. Y con Harry, las cosas eran parecidas, porque, primero parecía que la odiaba, y después, le hacía una escena de celos frente a Oswald.
Ginny sentía que su cabeza daba vueltas, era todo tan confuso. ¿Cómo podía vivir así? Parecía que hubiera salido de una pesadilla para entrar en otra. Ya no sabía si era mejor seguir escapando, viviendo escondida en Brixton, o estar ahí, en su casa, en medio de la guerra misma.
Volvió a mirarse al espejo. Si algo había en su reflejo que la tranquilizaba, era que no se sentía sola. Como si ella misma se comprendiera, como una hermana gemela la cual sabía por lo que está pasando la otra. Se pasó la mano por su cabello y se lo peinó con los dedos. El día anterior había sido una carrera, yendo hacia todos lados, de allá para acá, esquivando, saltando, llorando. Definitivamente, no quería más guerra. Su reflejo suspiró, y ella asintió con la cabeza recostándose en el respaldo de la silla.
-¿Qué haré con mi vida? –Se preguntó a si misma viéndose al espejo. El reflejo levantó los hombros y Ginny sonrió. Le divertía hablar consigo misma, y contestarse.
Súbitamente, acudió a su mente una imagen. Recordando lo que había ocurrido el día anterior, en su cabeza se dibujó la silueta de Morgan Candeviere cuando le ofrecía su brazo para ir a tomar un café. Era extraño, pero había descubierto en la compañía del chico, alguien con quien se podía hablar casi de igual a igual.
Su reflejo se miró incrédulo, y ella solamente podía recordar la sincera conversación que habían tenido. Era tan difícil entender lo que ocurría. Sin embargo, Morgan y ella no eran tan diferentes. El chico era hijo del asesino, el hombre que quería matarla, pero, al mismo tiempo, estaba pasando por algo similar a ella. Era víctima de una soledad la cual se caracterizaba por estar siempre rodeado de gente. Ella estaba pasando por exactamente lo mismo. Se sentía sola, a pesar de que su casa prácticamente se había transformado en un hotel.
Se quitó la bata y comenzó a vestirse. Tomó unas pocas prendas que tenía sobre la cama, se colocó una chaqueta, y notó, por el rabillo del ojo, que del bolsillo de su abrigo caía un pequeño pedazo de cartón.
Lo recogió, y se encontró con la tarjeta de presentación del café donde había ido con Morgan. La miró pensativa, se sentó en su cama, y recordó la conversación del día anterior, cuando descubrió la trágica vida que el chico llevaba.
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-Gracias…-Dijo ella cuando Morgan le corrió el asiento para que sentara.
El local era pequeño y tenía un aire barroco, lo que se representaba por las finas y antiguas terminaciones. Era un lugar muy bonito, y todo lo que lo decoraba irradiaba antigüedad, y una elegancia poética poco usual en el Londres moderno.
-Que lindo…- Dijo observando el lugar.
-¿Te gusta? –Preguntó él sentándose a su lado- Siempre he venido aquí, el café es realmente delicioso.
-Es muy bonito…-Insistió Ginny nerviosa. Observaba los alrededores, a las meseras, a los mozos, al mesón de pasteles, y a los clientes, pero no se atrevía a ver al chico a los ojos.
-Es curioso…-Murmuró él, lo que provocó la curiosidad de Ginny, quien se giró para mirarlo.
-¿Qué cosa?
-No lo sé… Desde, bueno, desde que te vi en Carminabel, he tenido la sensación de conocerte desde mucho antes.
Ginny parpadeó confusa. No sabía si le estaba coqueteando, si la estaba halagando, o si le estaba tomando el pelo. De todos modos, como “táctica” de conquista, era de verdad una mala carta.
-Morgan…yo…
-No, en serio. Sé que sonará extraño, pero desde que te vi he tenido la extraña sensación de que te he visto antes.
Ginny se rascó la cabeza confusa. También ella sentía eso, pero no era algo que le inspirara mucha curiosidad. De algún modo, lo que a ella le pasaba con Morgan le producía incomodidad y un sentimiento medio masoquista. Claro, como no, si era el hijo del ministro, pero aún así, había algo en él que se le hacía muy familiar desde que lo había visto en Carminabel.
-Vaya…-Dijo-… Bueno, son cosas que ocurren. Tal vez en algún momento nos topamos, y no lo recordamos.
Morgan sonrió y Ginny le devolvió la sonrisa. No quería decirle que a ella le sucedía lo mismo, tal vez era mejor mantener el secreto hasta que fuera necesario contarlo. Recién lo estaba conociendo, y no quería parecer intrusa al decirle que ella también tenía el mismo sentimiento.
-Bueno… este… ¿qué quieres tomar?
-No lo sé… ¿Qué me recomiendas?
Morgan sonrió con malicia y Ginny arqueó las cejas. El chico tomó una pequeña carta que estaba colocada en el servilletero y la leyó con rapidez.
-¿Dejas que elija por ti?
-Está bien…-Murmuró nerviosa y mirando hacia todos lados.
-Descuida, te va a encantar.-Le dijo guiñándole un ojo, y llamó a la camarera.
-Buenas tardes… ¿Van a ordenar? –Preguntó con amabilidad. Era una chica que vestía un traje negro con delantal blanco.
-Sí, tráiganos dos Cappetella, por favor.- Dijo Morgan. La chica asintió, anotó la orden en una libreta y se alejó hacia le mesón.
-¿Cappetella? –Preguntó Ginny extrañada- ¿Qué es eso?
-Ya lo verás. –Contestó Morgan con un dejo de misterio en su voz.
Ginny agachó la cabeza, estaba nerviosa. No había procesado completamente la situación. Ella, Ginebra Weasley, estaba tomándose un café con el hijo del asesino, Morgan Candeviere. ¡Que ironía!
Sin percatarse de que Morgan la observaba, Ginny comenzó a reír, no podía creer lo que estaba ocurriendo y aquello le parecía gracioso.
-¿De qué te ríes? –Le preguntó. Ginny levantó los ojos risueña.
-¿No lo vez? –Le dijo- ¿Acaso no te das cuenta de lo que está pasando?... Morgan, tú y yo somos como enemigos, ¿qué crees que diría tu padre si supiera que estamos juntos, aquí, tomándonos un café?
Ginny se sorprendió cuando Morgan, en lugar de reír, colocó una expresión seria y sombría. Incomoda, ella volvió a mirar a los alrededores, para ver si la camarera venía con los cafés, entonces, la débil voz del chico interrumpió sus pensamientos.
-Me mata…-Murmuró- Se deshace de mí. Pero claro, antes, me tortura.
Ginny se giró espantada, ahora era él quien miraba la superficie de la mesa. Tenía las manos juntas y temblaba levemente. Ella apretó los labios, sintiéndose culpable, y una extraña sensación recorrió su espalda. No sabía de donde había sacado las agallas, pero por alguna razón, elevó su mano y las posó sobre las del chico. Morgan levantó la cabeza con los ojos muy abiertos y las mejillas rojas. Ella sonrió con compasión y él le devolvió un gesto agradecido, justo cuando la camarera llegaba con los cafés.
Ambos se enderezaron en sus asientos para poder hacerle espacio a la bandeja, y Ginny observó con curiosidad que ambos cafés eran de un color anaranjado, y estaban cubiertos con una deliciosa y olorosa crema de chocolate.
-¿Estos son los Cappetella? –Preguntó oliendo su café, el cual desprendía un delicioso aroma dulce.
-Así es. –Dijo él sorbiendo el suyo con una pajilla.- ¿Delicioso verdad?
Ginny probó el suyo y comprobó que el chico no mentía, era simplemente delicioso. Morgan sonrió al ver como el rostro de Ginny se trasformaba al probar el aromático café.
-¡Es exquisito! –Exclamó- ¿Qué es lo que tiene?
-Es de Lúcuma…-Dijo él- Y tiene algunas especias picantes.
-Jamás había probado algo como esto, tienes muy buen gusto.
Morgan volvió a sonreír con melancolía, y Ginny lo notó. El chico jugaba con la cucharita en su tazón, y parecía muy triste.
-Disculpa… ¿dije algo malo? –Preguntó preocupada.
-No… no es eso. –Dijo él, sacando cucharadas de la crema de chocolate- Este café lo tomaba siempre cuando era pequeño. Venía con mi madre, ella siempre me lo compraba.
Ginny lo escuchaba interesada e impresionada. Nunca se había puesto a pensar en que Morgan tuviera una madre, aunque era lógico. Pero era difícil creer que Marcel Von Candeviere se hubiese casado, aunque aún así tuviera un hijo. El hombre era apuesto, sí, tenía que admitirlo, y lo más probable era que por ello haya conquistado a alguna bella mujer. Pero nunca le había preguntado a Morgan sobre ella.
-¿Tu madre? –Preguntó- Nunca la habías mencionado.
-No. Es que ella, bueno… Murió hace dos años. –Dijo triste, y Ginny exhaló un leve gritito.
-¿Qué? Pero… ¿Cómo? Oh, lo siento… La verdad no quería…
-Descuida, nunca he hablado del tema con nadie. Pero creo que contigo puedo hacerlo.-Morgan sacó del bolsillo de su pantalón una billetera negra de cuero, y de ella extrajo una vieja fotografía- Ella era mi madre, Ángela Romai, su apellido de soltera. Murió en un accidente.
Ginny tomó la fotografía y se encontró con una mujer de diminuta figura y de belleza exótica. Su cabello era negro y su piel blanca, y tenía los ojos levemente rasgados.
-Era muy bonita… -Observó.
-Sí, era una mujer muy bella y buena. Siempre estaba conmigo, a veces ayudaba a mi padre en el ministerio, pero la mayor parte del tiempo me cuidaba. –Sorbió un poco más de café, y una vez que tragó, volvió a su historia, la que Ginny escuchaba con gran interés- Cuando ya tuve la edad suficiente para cuidarme por mi mismo, ella comenzó a viajar con mi padre por causas de negocios, hasta que… ocurrió el accidente.
-¿Qué ocurrió?
-Fue una emboscada, a papá trataron de matarlo, pero mamá salió mucho más dañada. Recuerdo haber escuchado que ella perdió mucha sangre, y que no resistió. –Los ojos de Morgan brillaban, Ginny estaba segura que, de haber estado solo, habría llorado- No la volví a ver después del accidente. Ella murió en Praga, y luego los funerales se realizaron aquí, pero no tuve oportunidad ni siquiera de despedirme.
-Oh… Morgan, que horrible… Yo, la verdad…
-No te preocupes… -Dijo él levantando los hombros-… creo que ya lo he superado. No del todo, claro, aún la extraño. Pero debo aprender a vivir sin ella.
-Y… ¿Qué hizo tu padre cuando ella murió? –Preguntó Ginny nerviosa. Recordar a Candeviere le causaba escalofríos.
-Nada. Bueno… sufrió, claro. De hecho aún vive el luto, viste siempre de negro, pero no lo demuestra. Mi padre no es de esos hombres que muestran dolor ante cosas como esta. A mi me obligó a permanecer impasible, y cada vez que me veía llorar, me hacía callar. Solía decir que los hombres no lloraban, mucho menos si se trataba del hijo del ministro.
-¡Que horrible! –Gritó Ginny molesta- ¿Cómo te pudo decir eso? ¡Es tu padre, por Merlín! Siento decir esto, pero, ¡Es un monstruo!
-Lo sé…-Contestó el chico sonriendo con amargura- Pero es lo único que tengo, es mi padre, igual lo quiero.
Ginny sintió un revoltijo en su estomago. ¿Por qué le costaba tanto trabajo unir las cosas? Todo lo veía por separado, y ahora no se había siquiera detenido a pensar que Morgan quería a su padre, ¡Pero si era obvio! Habrá sido el asesino, habrá sido un hombre cruel, pero seguía siendo el padre de Morgan, y el hombre que le había dado vida.
-Morgan, ¿De verdad pretendes arriesgarte a ser mi amigo cuando tu padre lo que quiere es matarme? ¿No será un contratiempo para ti? Me refiero, a que no quiero arriesgar la relación que tienes con él, después de todo, el cumple aquel rol.
-No Ginny –Contestó Morgan terminando de beberse su café- Aún no entiendes. Yo jamás he tenido amigos, y por primera vez siento contigo la misma compañía que sentía cuando estaba con mamá. Además, ya te lo dije, siento como si te conociera de siempre, y aquello me hace muy bien, siento que puedo contar contigo.
-Pero… ¿y tu padre?
-Por él no te preocupes. Trataré de mantenerte protegida, no quiero que él me quite a la amiga que podría salvar mi vida de esta oscuridad. Ya me quitó el privilegio de estar con mi madre en sus últimas horas, no dejaré que haga lo mismo contigo.
Ginny sintió que su corazón se hinchaba de orgullo y admiración. Aquel chico llevaba una vida horrible, y no podía más que respetarlo. Sobretodo si estaba dispuesto a arriesgar su vida con tal de proteger a la única amiga que tenía.
Ambos habían acabado su café, y Morgan pagó la cuenta. Ginny quedó fascinada con el lugar y con las sinceras revelaciones que el chico le había dicho. Sin dudas que ese día lo recordaría por mucho tiempo, hasta, podría tomarlo como ejemplo de valentía.
Ya estaba cerca el atardecer, y Ginny tenía que partir a buscar a Hermione al aeropuerto. Por suerte, Morgan se había ofrecido amablemente a llevarla, lo que era un alivió. Como no había tenido suerte con Oswald, no le quedaba otra opción que aceptar el cordial ofrecimiento de su nuevo amigo. Así, ambos partieron al aeropuerto, dónde Hermione se llevaría una gran sorpresa.
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Ginny sonrió con melancolía. Aún sentada en su cama, observaba la pequeña tarjeta que indicaba la dirección del café donde habían ido. El orgullo y temor que sentía hacia Morgan, no se comparaba a nada que hubiese sentido anteriormente. Aún no entendía, a pesar de que el chico era muy amable, que era lo que le causaba esa extraña incomodidad al estar cerca de él. Porque, después de pensarlo arduamente, se había dado cuenta que no era por el sólo hecho que era el hijo de Candeviere, no, había algo más, y le frustraba no saber que era.
Su casa estaba sumida en un absoluto silencio. Oswald tenía que hacer mil cosas ese día para poder solucionar lo del velorio, y quien sabe cuantas cosas más, debido al entierro de sus padres. Era claro que su familia entera estaba viviendo el luto del pobre chico. Incluso, hasta la ducha que Maggie se estaba dando parecía no emitir sonido alguno.
Unos golpes en su puerta interrumpieron el tranquilo e incomodo silencio. Ginny se levantó de su cama, dejó la tarjeta sobre la mesita del espejo, y fue a abrirla. Se impresionó un poco cuando se encontró con Oswald. El chico tenía las mejillas hinchadas al igual que los ojos, y su voz sonaba entrecortada y ronca.
-¿Puedo pasar?
Ginny asintió en silencio y se hizo a un lado para que entrara. El chico se paseó un rato por la habitación antes de sentarse en la cama de la chica.
-En unos minutos tendrás que salir...-Dijo Ginny nerviosa y con una sonrisa. Oswald la quedó viendo incrédulo- Maggie se está duchando y no creo que quiera que la veas entrando semi desnuda a mi cuarto.
Oswald sonrió, después de mucho rato de haber llorado y dormido. Aunque las sonrisa se le notaba levemente.
-No te preocupes, no te quitaré mucho tiempo-Dijo colocando las manos en sus rodillas- Vine a decirte que iré a la reunión del testamento de mis padres, ahora, en un rato, en el ministerio.
Ginny se sentó a su lado, observándolo con tranquilidad, aunque no le agradaba para nada la idea de que fuera a meterse donde estaba el enemigo.
-¿Estás seguro que quieres ir? –Le preguntó.
-Tengo que hacerlo…-Dijo con tristeza- Candeviere puede haberme quitado a mis padres, pero no dejaré que se lleve lo que por derecho me pertenece. Sé que es peligroso entrar en contacto con él, pero también se supone que nadie sabe lo que él es realmente.
-Pero, ¿y si te hace algo?
-No se atreverá- Dijo Oswald tajante juntando sus manos- Está en el ministerio, en su lugar de trabajo. Ahí, él es un hombre intachable. No se atreverá a tocarme ni el más mínimo cabello.
-Aún así es peligroso- Dijo Ginny preocupada tomándole las manos. Oswald la miró a los ojos y le sonrió levemente.
-Gracias por preocuparte…-Dijo muy tranquilo, aunque sus ojos brillaban con una chispa que ella conocía: venganza- Está tarde iré con Harry a ver lo del testame…
-¿Con Harry? –Interrumpió Ginny antes de que Oswald terminará de hablar, el chico no se inmutó.- ¿Por qué con Harry?
-Porque trabaja en el ministerio. Él, con Franz Polak, el amigo de tu padre que vino esta mañana, son los encargados de mi caso. Franz va a investigar, y Harry va a ayudarme a resolver lo del asunto legal. Además, tengo que hacer el papeleo en el mundo muggle. Recuerda que mis padres eran cónsules.
-Cielos…-Murmuró Ginny cansada- Es demasiado…
-Pero tengo que hacerlo… -Contestó él levantándose de la cama- En fin, venía a contarte lo que tengo que hacer.
Oswald caminó con lentitud hasta la puerta con las manos en los bolsillos. Ginny también se levantó, y sintió como su corazón se apretaba cada vez más ante cada paso que su amigo daba.
-Espera… -Dijo. Oswald se giró y Ginny corrió hacia él. El chico se sorprendió cuando la chica se lanzó contra su pecho, aferrándose con fuerza.
-Gin…
-¡Por favor cuídate! –Dijo aguantando las ganas de llorar, y apretándose contra el pecho del chico cada vez más.
-Si… me cuidaré, no te preocupes. –Murmuró él, totalmente embargado de emoción por la dulzura de la chica.
Ginny levantó la cabeza para verlo a los ojos. El chico con su mano le acarició el rostro. Ambos revivieron al mismo tiempo esa sensación de deja vú, cuando se encontraron en una posición similar antes que Harry los interrumpiera. Ginny cerró los ojos, no sabía si de miedo, o si de ansiosa. Y el chico hizo lo mismo. Era como estar sobre una nube, algo que no sentía hace muchos años, cuando estaba saliendo con Harry. Ambos comenzaron a acercarse, cada vez más, y más… Ahora sí, nadie podría interrumpir aquel momento, nadie…
-¡Hey! –Gritó Maggie desde el otro lado de la puerta, tratando de abrirla- ¿Quién cerró la puerta?
Oswald sintió un leve golpe en su nuca, y Ginny abrió los ojos espantada. ¿Qué estaba haciendo? Los dos estaban tan cerca como antes, a pocos centímetros de que sus bocas se tocaran. No sabía si maldecir o agradecer. Oswald se sobó la cabeza con la mano y Ginny se alejó de él totalmente roja. Él estaba en un estado similar, pero lo disimulaba con su semblante de tristeza.
-¡Ginny! ¿Estás ahí? ¡Abre que me estoy congelando!
Oswald hizo sonar su garganta avergonzado, y se hizo a un lado para que Ginny pudiera abrir la puerta. Corrió el cerrojo y Maggie entró totalmente empapada envuelta en una toalla. Ginny cerró los ojos, esperando el grito de espanto de su amiga al encontrarse con Oswald dentro de la habitación. Pero, por el contrario, en lugar de gritar, el silencio se hizo tan absoluto como cuando estaba sola.
-¿Qué está pasando acá? –Dijo por fin. Ginny notó que la boca de la chica dibuja una mueca cómplice y risueña.
-Nada. –Contestó Ginny avergonzada- Estábamos hablando.
-¿Con la puerta cerrada? –Inquirió la morena arqueando las cejas.
-Se cerró. –Contestó Oswald nervioso.- Pero sí, estábamos hablando.
-Claro…-Canturreó Maggie sonriendo.
-¡Es verdad! –Dijo Ginny totalmente roja- Oswald tiene cosas que hacer hoy.
-Oh…-Murmuró Maggie. Ahora ella parecía avergonzada- Escuché decir al señor Weasley que tienes que ir al ministerio.
-Sí…-Contestó Oswald, agradeciendo que su amiga cambiara el tema- Debo ir a declarar.
-Cuídate ¿si?
-Descuida, Ginny ya me lo dijo.
Maggie sonrió, y luego, casi instantáneamente, como si se hubiese percatado de algo nuevo, miró a Oswald fulminándolo con los ojos.
-¡Oswald!
-¿Qué? –Saltó el chico asustado.
-La verdad es que lamento mucho lo que te ha sucedido, pero… ¡Quieres hacer el favor de salir de la habitación!
Oswald no había notado que la chica estaba semi desnuda, y se sonrojó tanto que inmediatamente, y sin despedirse de Ginny, salió corriendo de la habitación, cerrando la puerta.
-No puedo creerlo…-Dijo Maggie sentándose en la cama de Ginny mientras se secaba el cabello con la varita.
-¿Qué no puedes creer? –Preguntó Ginny mirándola desde arriba.
-Que haya interrumpido algo importante. –Dijo sonriente- Vaya, tu si sabes como consolarlo.
-¡MAGGIE!
-¿Qué? Es la verdad. No me lo niegues. Seguro me vas a decir que no te mueres por besarlo, ¿verdad?
Ginny desvió la mirada enfocándose en un poster de los Chudley Canons que tenía pegado en la pared. Sus mejillas ardían, pero no quería darle la razón a Maggie, sabía que se delataría si la veía a los ojos.
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Tiare y Emir habían aparecido en un oscuro callejón, el cual daba a la puerta trasera del ministerio. El chico parecía agobiado y enojado, mientras que ella estudiaba un mapa que traía consigo en el bolsillo de su vestido floreado.
-La oficina de Andrew Kines está en el tercer piso. –Murmuró ella mientras ojeaba el mapa- Recuerda que anda en un viaje de negocios por Francia, y no debería volver hasta en dos semanas más. Si te preguntan algo tú…
-…Digo que se me quedaron unos informes que le debo presentar a Comê Dumont…-Dijo el chico como si repitiera un aburrido poema escolar.
-¡Excelente! Lo has entendido a la perfección. –Se alegró ella dando palmaditas mientras saltaba.
-¿Y quien es mi jefe? –Preguntó rascándose la cabeza. Tiare suspiró cansada y se puso frente a él.
-Arthur Weasley –Dijo lentamente- Ar-thur Weas- ley. ¡Debes recordarlo! Es importante si te lo topas por ahí.
-Claro, claro...-Dijo el chico sin darle importancia.
-Es pelirrojo. Es muy pecoso y algo calvo en la coronilla, ¡ah! Y es alto y delgado.
-Bien, creo que con eso no deberé confundirme. No creo que haya muchos pelirrojos al interior del ministerio.
-Si lo hay, está su hijo, Percy Weasley- Dijo Tiare sacando del interior de su túnica el mismo frasco transparente que tenía en la mansión- Pero es mucho más joven, no deberías confundirte por ello.
Emir levantó los hombros como si le diera lo mismo, y Tiare hizo una extraña mueca con su boca, temiendo que su compañero la defraudara.
-Por favor Emir, -Le rogó- Necesito que hagas bien tu trabajo. Te prometo que después que salgamos de ésta no te molesto más. Pero debemos llegar a esos papeles, es la única esperanza que tenemos.
-¡Esta bien! ¡Está bien! –Dijo Emir con una voz que no denotaba mucha preocupación- Lo haré, no te preocupes. ¡Soy un gran actor!
-Claro… -Murmuró ella nerviosa- Bien, señor actor, dígame, ¿cómo se llama su personaje?
-Andrew Kones.
-¡Kines! ¡Por favor Emir, Concéntrate!
Tiare se sentó sobre una caja de cartón que estaba al lado de un basurero. Emir, culpable, se sentó a su lado.
-Lo siento...-Dijo apenado- Sabes que tengo problemas para poner atención. Es por eso que Meng siempre me deja fuera de las reuniones.
Tiare levantó la mirada y lo observó con tristeza. El chico de verdad parecía arrepentido, pero aquello aún seguía siendo un problema. Tenían que infiltrarse en el ministerio, y el único que podía ayudarla en ese momento, era él.
-Escucha –Dijo ella decidida- Confío en ti, sé que lo harás bien. Sólo te pido que pongas mucha atención. Piensa que si podemos conseguir esos papeles ahora, salvaremos nuestras vidas. Recuerda que también está la vida de la humanidad en juego.
-Entiendo… -Murmuró Emir levantándose de la caja y extendiéndole una mano a Tiare- Bien, hagámoslo. ¡Andrew Kines entra en acción!
Tiare sonrió y le agarró la mano. Cuando estuvieron de pie, la chica observó la hora en el reloj que traía en su muñeca. Le hizo una seña a Emir y ambos se escondieron tras unas cajas. A los pocos minutos, Candeviere salía del edifico seguido por una escolta de magos, los cuales vestían con túnicas de color verde oscuro.
-Ya salió... –Murmuró la chica- Perfecto, tenemos una hora antes de que regrese. ¿Listo Emir?
-Listo. -Contestó el chico con la voz ronca pero decidida.
Tiare le quitó el tapón al frasco de vidrio que contenía la poción multijugos. Hizo aparecer dos vasos con su varita y a ambos le vertió el líquido de manera equitativa. Extrajo de su bolsillo dos pequeños sobres, los cuales, al abrirlos, dejaron a la vista dos mechones de cabellos: Uno rubio y otro negro.
-Andrew Kines es rubio. Este será tu vaso.- Dijo agregándole los cabellos al vaso que estaba más cerca de Emir.
-¿Cómo conseguiste los cabellos?
-Estaban en el concilio –Contestó resueltamente- Meng siempre guarda estas cosas en caso de que se necesiten para alguna emergencia.
-¿Cómo sabes que estos son del sujeto que me dices? –Preguntó Emir desconfiado.
-Los tenía Meng, Emir. –Fue lo único que dijo la chica. Como si aquello fuera la prueba más obvia.
El chico levantó los hombros contrariado y tomó el vaso. Cerró los ojos con asco y bebió el líquido con rapidez.
-¡Yiak! ¡Que asco! –Dijo limpiándose la boca con la manga de la túnica.
Tiare hizo lo mismo con su vaso. Unos segundos después de algunas muecas y caras de asco, ambos chicos estaban uno frente al otro con dos cuerpos totalmente distintos. Emir, era un hombre alto y delgado de prominente barba y cabellos rubios, y su piel era tan pálida como la cera. Mientras que Tiare, había tomado el lugar de una imponente mujer, de pómulos marcados y piel morena. Era tan alta como Emir, y su cabello tan corto, que apenas le cubría las orejas.
-¿Quién eres? –Le preguntó Emir con una voz aguda y rasposa.
-Rosaline Blench – Contestó con una voz gruesa y profunda- Soy parte del departamento de aurores. Soy la encargada de los servicios especiales, trabajo con Harry Potter.
-¿Y por qué tu te vas al área de los aurores? –Se quejó el otro.
-Porque es lo que mejor se me da. Además, te necesito en el tercer piso, la oficina de Candeviere está ahí.
-¿Y qué vas a hacer tú?... Si no es buscar la oficina de Candeviere, me refiero.
-Tengo que inmiscuir pruebas dentro del departamento.. –Contestó colocándose una larga túnica que traía guardada en un pequeño bolso mágico
-Oh…-Fue lo único que pudo decir el chico. Tiare le entregó una túnica de color verde oscuro, muy similar a las que usaban los agentes que resguardaban a Candeviere cuando salía del ministerio. -¿Y qué debo hacer yo?
-Debes tratar de entrar en la oficina de Candeviere. Cuando lo consigas, me avisas.
-Oh, claro… ¡pan comido! –Dijo el chico mirándola con odio.
-No te preocupes, todo va a salir bien. Candeviere estará justo una hora fuera del ministerio. Sólo debemos tratar de cumplir cada coordenada del plan en ese lapso. ¡Ah! Y recuerda Emir, la poción sólo dura una hora.
La chica se encamino dando grandes zancadas hacia la vereda principal, donde muchos magos que pasaban por ahí, al verla aparecer, le sonreían con respeto. No así a Emir, puesto que nadie se percato de su insignificante apariencia al lado de la tremenda mujer.
-Me pagarás esta humillación Tiare…-Murmuró el chico con los dientes apretados.
-Ya tendrás tiempo para eso. –Contestó ella sonriente.
Y así, disfrazados, ambos entraron al ministerio. Sólo tenían una hora para cumplir su cometido, antes que Candeviere volviera de su almuerzo.
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Un fuerte sonido de metal crujió con eco en el aire. Keitaro caminaba impasible por encima de una larga alfombra roja, la cual estaba rodeada de unas paredes curvas que formaban un arco, como un túnel. Éstas eran de concreto y cerámica, y tenían un color blanco fantasmal. El oxígeno escaseaba, y tan sólo un pequeño ventilador aireaba el lugar.
La puerta de metal que había causado el estruendo se había cerrado a sus espaldas. Keitaro caminó tranquilamente por ese largo túnel, hasta llegar a otra compuerta construida del mismo metal: Un fierro grueso y mal oliente, totalmente cubierto de azufre y óxido.
Cerca de la puerta había una pequeña pantalla. El hombre levantó su mano y con la otra sacó una navaja de su pantalón. Se cortó la palma sin hacer el menor ruido de dolor, y posó la mano sobre la pantalla. El artefacto se encendió enseguida, emitiendo destellos de luces verdes y rojas. Cuando el aparato reconoció la sangre de su dueño, la puerta se abrió, dejando a la vista otra puerta; pero ésta, curiosamente, era de madera.
Keitaro se limpió la herida y la navaja con un paño húmedo, y con la mano sana extrajo de su pantalón una varita muy extraña, la cual en su punta tenía un hueco, como una argolla de madera. Hizo un movimiento y murmuró unas palabras. Cientos de ruidos y lamentos escaparon de la puerta, los cuales resonaron tenebrosos por todo el túnel.
Cuando los sonidos fantasmales acabaron, la puerta crujió y se abrió con suavidad, dejando a la vista una enrome bóveda. El lugar parecía una gran piscina, y estaba repleta de joyas, monedas de oro y alhajas. Algunas antiquísimas estatuas adornaban los alrededores, y muchos tapices y alfombras voladoras cubrían las murallas. También habían pedestales en los cuales se posaban enromes trofeos; y algunos esqueletos de dinosaurio, y dragones de cuatro alas, se erguían imponentes en la entrada de la bóveda.
Keitaro inspiró el aire de aquel lugar con orgullo, como si se deleitara al hacerlo. Descendió por una escalera de caracol y caminó con lentitud por entre medio de las montañas de oro. Se detuvo un momento para observarse en un maravilloso espejo que estaba incrustado de diamantes y esmeraldas, y luego siguió avanzando hasta llegar donde había un cofre de cristal, en cuyo interior se encontraba aquella carpeta negra y vieja que Candeviere le había entregado.
Sus ojos se desorbitaron cuando abrió el cofre y extrajo la carpeta. Trató muchas veces de abrirla, pero sólo conseguía que una fuerte descarga eléctrica chocara contra su cuerpo. Maldiciendo, volvió a colocar la carpeta en su lugar, y comenzó a lanzarle hechizos para desembrujarla. Nada sucedió.
-Maldito imbécil… -Murmuró- Si cree que me voy a quedar con…
-No conseguirá nada…-Dijo una voz a sus espaldas. Keitaro sintió como el pánico se expandía por su cuerpo y cerró los ojos con fuerza.-…El libro está protegido por un antiguo embrujo, solamente quien lo hechizó puede romperlo.
-¿Cómo te atreves a entrar aquí? –Dijo Keitaro ardiendo de ira y temor- No te he dado ningún permiso para hacerlo. ¡Regresa!
Omanshai no contestó. Keitaro escuchó como el chico se acercaba con cautela, caminando por entre las monedas de oro y las estatuas. El silencio era absoluto.
-¡HABLA MALDITA SEA! –Gritó aterrado.
-Entrégueme el libro, y juro que no lo hechizaré…
Keitaro abrió los ojos de par en par. Omanshai estaba justo tras él, y no tenía su casco para protegerse. La ira comenzó a acumularse en todo su cuerpo hasta llegar a su cabeza. Sudaba de sobremanera y no sabía como controlar el pánico en su voz.
-¿Cómo osas amenazarme chiquillo de mierda? ¡Soy tu amo! ¡Me debes respeto!
-Entrégueme el libro, señor, y nada le sucederá.
-¡Jamás! –Dijo Keitaro cerrando el cofre, Omanshai se acercó aún más. El hombre podía sentir la respiración del chico cerca de su nuca, pero nunca se dio vuelta para verlo a la cara.
-¿Para qué lo quiere si no lo puede leer?
-Le pertenece al señor –Contestó Keitaro tratando de mantener la calma- Lo cuido para él.
-¿Entonces por qué quiere abrirlo?
-¡Eso no te incumbe! –Gritó el hombre con los dientes apretados y sudando como nunca.
-Entréguemelo, señor.
-¡Tu tampoco puedes abrirlo! ¿Para qué lo quieres?
-Tengo mis planes…-Murmuró el chico, con la voz tan vacía de emoción como siempre. Keitaro sintió un escalofrío, y un terrible temor se apoderó de él cuando sus pies comenzaron a vibrar, como si estuviera cayendo al vacío.
-¡No lo hagas Omanshai! –Dijo Keitaro ardiendo de rabia y pánico.- ¡No te atrevas a hacerlo!
-¡Entonces entrégueme el libro! –Gritó Omanshai, y Keitaro por primera vez reconoció en la voz del chico un dejo de odio.
-¡Jamás! –Gritó Keitaro aferrándose con todas sus fuerzas al pedestal que sostenía el cofre. Parecía que batallaba contra algo invisible que trataba de jalarlo hacia abajo. Sudaba como nunca y estaba tan rojo que parecía apunto de estallar. Pero entonces, recordó algo, y eso era lo único a lo que Omanshai no podría resistirse. Debería dejarlo en paz como fuera- ¿Cómo te atreves a hacerme esto? ¿A mi? ¡Yo, que te salve de las garras de la muerte!
Repentinamente, Keitaro sintió que su cuerpo dejaba de pesar y que el vacío comenzaba a desaparecer. Omanshai se mantenía en silencio, aunque sus latidos se escuchaban por todo el lugar debido al eco.
-Sí, Omanshai… Yo te salvé… Yo te crié… ¿Y así me pagas? ¡Todos estos años cuidando de ti para que vengas a hechizarme! ¡A volverme otra de tus víctimas!
-¡No son mis víctimas! –Gritó Omanshai. Y Keitaro se impresionó al oír en la voz del chico, miedo y culpabilidad.
-Si, si Omanshai… Son tus víctimas. Tú las hechizas, él las mata. Pero ¿Quién se las lleva?
-Lo hago para cumplir el pacto que… - Omanshai se quedó en silencio, y Keitaro sonrió.
-Sí, así es Omanshai, el pacto. Tú, tienes un pacto conmigo y el amo. No puedes hacer lo que quieras. Eres mi esclavo hasta que termines con el trabajo que Marcel Candeviere te asignó.
-Sólo quería vengar la muerte de mi padre.
-Sí… lo sé. –Contestó Keitaro sin darse vuelta, y con un tono paternal tan falso como él mismo- Es por ello que debes luchar hasta el final, para vengarlo. Esa es la razón por la que me debes respeto a mí, chico. Yo te salvé de aquella matanza, me debes tanto respeto como a tu propio padre.
-Lo siento señor…-Murmuró Omanshai apenado- No volveré a hacerlo. He sido un idiota, un necio, y estuve a punto de cometer una locura.
Keitaro suspiró aliviado, cerró los ojos con suavidad y utilizó el mejor tono de voz que tenía para poder hacerlo sentir más culpable.
-Ahora… vete…-Murmuró fingiendo congoja- ... Necesito estar solo, y pensar en tu traición.
A los pocos segundos, la presencia de Omanshai había desaparecido, y Keitaro volvía a estar solo en la bóveda.
-Mi contrato, mis reglas... –Murmuró maquiavélicamente, mientras acariciaba el cofre-… Pronto, muy pronto serás mío, y podré saber porque este idiota te quiere tanto… tanto…
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Harry y Oswald caminaban por un largo pasillo que estaba rodeado de magos. Muchos de ellos se les acercaban, algunos para darle el pésame a Oswald, y otros, para entregarle a Harry algunos papeles e informes.
Ambos chicos no se dirigieron la palabra en mucho rato. Parecía que ninguno disfrutaba estar cerca de la compañía del otro, o bien, Oswald se sentía así por el hecho de haber pisado suelo enemigo.
-Bajaremos al nivel subterráneo.-Dijo Harry después de un largo silencio.- Ahí te espera Acónito Wolgrang, él es el encargado de los testamentos y defunciones.
-Bien…- Asintió Oswald incomodo mientras entraban al elevador.
-Te dejaré en su oficina, luego iré a reunión con los aurores para investigar el caso.
Oswald no se movió ni hizo ningún gesto. Los dos chicos nunca se miraron a la cara, Harry siempre estaba con la vista al frente, y Oswald con los ojos en el suelo.
Inmersos en su propio mundo, Harry se proponía a cerrar el elevador cuando una mujer increíblemente alta y morena entró justo antes que las compuertas se cerraran.
-¿Rosaline? –Preguntó Harry incrédulo- ¿Qué haces aquí? Te hacía de vacaciones, sobretodo después de aquel ataque el mes pasado.
-Oh…-Dijo Tiare con una voz muy ronca. Nunca esperó encontrarse con Harry tan rápido-…Si, este, bueno…
Harry arqueó las cejas y Tiare hizo sonar su garganta. Oswald los observaba a ambos de manera curiosa, sobretodo a la mujer, que parecía más alta que un semigigante.
-Lo que sucede, es que se me quedaron algunos informes que deseo investigar antes de volver a las vacaciones…-Dijo Tiare tratando de recordar los antecedentes de la mujer. A pesar de sus nervios, su actuación era formidable.
-¿Informes de qué? –Preguntó Harry muy interesado.
Tiare miró hacia abajo y reparó en Oswald, quien la veía de reojo. La chica se impresionó ante el apuesto chico y exhaló sonoramente. Después volvió a concentrarse en Harry. Le llamaba mucho la atención que aquella mujer de la cual estaba disfrazada fuera tan alta, o más imponente, que su propio jefe.
-Informes sobre los asesinatos…-Murmuró en voz baja para parecer profesional. Harry volvió a arquear las cejas.
-¿Has averiguado algo?
-Tengo mis sospechas…-Fue lo único que contestó, tratando de mantener la vista al frente para parecer importante, y el semblante serio. De modo que Harry no sospechara de ella.
-Bien, sabes que confío en ti. Eres mi pilar de apoyo en este trabajo. Esos inútiles del departamento, como Corson, me tienen harto.
Tiare arrugó la frente, y Harry se enderezó, como si lo intimidara. Nunca se habría imaginado que Harry hablará así de su equipo, ya que era conocido por su buen trato y amabilidad.
-Después del ataque recuerdo muy poco ciertos… sucesos…- Mintió- ¿Qué es lo que hizo Corson ahora?
Supuso, por la forma de hablar de Harry, que aquel sujeto al cual se refería no era alguien muy audaz, así que por conclusión, era alguien que solía cometer muchos errores.
-¿Qué crees? –Preguntó Harry tratando de hablar en voz baja, porque Oswald los miraba de reojo.
-No lo sabré si no me lo dices...-Dijo Tiare irguiéndose imponente.
-¡Me extraña! –Rió Harry curvando la boca en una mueca- ¿De verdad no sospechas qué fue lo que hizo?
-Creo que puedo esperarme cualquier cosa.-Dijo Tiare sacando conclusiones- Es por ello que ya no me imagino nada.
-¿Recuerdas aquella misión que nos habían asignado en Turquía?
-Si, por supuesto…-Dijo Tiare cruzando los brazos y mirando hacia el frente, mientras el elevador se detenía en uno de los subsuelos. Trató de recordar con exactitud lo que había estudiado de aquella mujer- ¿hizo algo que me perdí?
-Antes de que nos asignaran la misión, el idiota cambió los papeles por accidente. ¡Me enteré ayer por la mañana! Aquella familia que encontramos muerta no fue por una falla de cálculo, ¡fue porque Corson había ordenado mal los papeles que asignaban las misiones de emergencia!
-¡No! –Gritó Tiare tratando de sonar lo más enfadada e impresionada posible- ¿Y te enteraste ayer?
-Si –Dijo Harry apoyándose en la pared del elevador, para dejarle espacio a un grupo de Magos y aviones de papel. Oswald se instaló en una de las esquinas más alejadas, de modo que ya no podía oírlos con claridad- Fue un verdadero caos, creo que jamás me había enojado tanto.
-¡Harry! ¿Cómo estás? –Saludó un mago de bigote que llevaba un sombrero de hongo- ¿Rosaline? Te hacia de vacaciones.
Tiare rodó los ojos y trató de parecer lo menos ansiosa posible al contar el porqué de su aparición.
Los magos que habían entrado al elevador también la saludaron, y se comenzó a sentir incomoda. Un reloj sobre el indicador de pisos marcaba ya casi veinte minutos desde su llegada, no le quedaba tiempo, debía encontrar esos papeles antes que Candeviere regresara.
-Harry, creo que yo me cambiaré de elevador. La verdad quería ir al cuarto piso, pero me entretuve.- Dijo sonriendo levemente, algo que consideraba apropiado si era dueña de tan gigantesco cuerpo.
-¡Claro! Te alcanzo en unos minutos, me gustaría hablar contigo sobre esos casos.
-No te preocupes –Dijo Tiare rápidamente mientras trataba descender en unos de los pisos- Sólo buscaré los informes y me iré. Mi herida no está del todo saludable.
-Entonces, nos vemos. Espero que regreses pronto, ¡necesito tu ayuda! –Gritó el chico antes que las puertas se cerraran y Tiare desapareciera al otro lado.
El elevador descendió un nivel más, y la voz mágica anunció el subsuelo donde se encontraban todos los departamentos de reuniones y misterios. Harry le hizo una seña a Oswald con la cabeza. El chico estaba quieto en un rincón del elevador mirando por el espejo el reflejo de los demás magos. Siguió a Harry, y éste se despidió del resto de los miembros que también descendían y que se iban por su lado.
-Te dejaré en la oficina de Acónito, está al final del pasillo. –Dijo Harry caminando con rapidez. Su voz denotaba preocupación- Toma, estos son los papales que le debes entregar.
Harry se detuvo en medio de un pasillo que tenía muchas puertas, cada una frente a la otra. Sacó de debajo de su brazo una carpeta y le entregó unos pergaminos amarillo oscuro. Oswald los recibió con tristeza, y Harry sorpresivamente le apoyó una mano en su hombro.
-Todo va a salir bien. Te ayudaremos.
-Gracias –Contestó Oswald con una sonrisa amistosa.
-La oficina es esa puerta de ahí, la que tiene el nombre de “Departamento Legislativo de Legados Mágicos”. Debes decirle a la secretaria que tienes una cita con Acónito. Lo demás, depende de ti.
-Si, lo comprendí –Dijo Oswald triste, y Harry movió la cabeza como si asintiera levemente.
-Suerte –Le dijo, y se alejó a paso rápido hasta el elevador. Oswald lo vio perderse una vez que entró en él, y luego se giró para seguir su camino hasta la oficina.
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Ginny estaba ayudando a su madre a colocar la mesa para el almuerzo. Por alguna razón, la mujer les había pedido a las chicas que sacaran los mejores platos y servicios, además de colocar el mejor mantel, para la comida de esa tarde. Maggie ayudaba a la pelirroja, mientras que Hermione ayudaba a Molly en la cocina.
-¿Qué te traes con Oswald? –Le preguntó Maggie una vez que las dos se quedaron solas colocando los platos.
-¿A qué te refieres? –Preguntó entre desganada y curiosa.
-¡No finjas! –Le dijo Maggie golpeándole con el dorso de su mano en el brazo- ¿crees que soy tonta? ¿Qué no me di cuenta lo que estaban haciendo encerrados en tu habitación?
-Maggie, por favor, baja la voz… -Rogó Ginny tratando de hacer ruido con los platos. La morena se apoyó en la mesa y se cruzó de brazos viéndola risueña.
-Sabes que siempre me ha gustado la pareja que hacen, te lo dije en una ocasión.
-Si, cuando estabas ebria, para tu cumpleaños. –Dijo Ginny colocando los servicios.
Maggie rió divertida, y se giró para ayudar a Ginny con la mesa. Desde la cocina se escuchaban algunos murmullos y conversaciones rápidas.
-¿Qué tanto cuchichean? –Preguntó Ginny curiosa.
-¡No me cambies el tema!
-Maggie, ¿crees que es el momento de hablar de esto? ¡Por favor! Los padres de Oswald acaban de morir… Y es por mi culpa.
-¡Otra vez con eso! –Gritó Maggie enojada- ¿Cuándo vas a entender que tú no tienes la culpa de nada?
-¡Claro que la…! –Gritó, pero inmediatamente bajó la voz- Claro que la tengo –Murmuró apenada- Primero ustedes, que me ayudaron y me mantuvieron escondida, y ahora los padres de Oswald, quienes me salvaron la vida. Dime una razón Maggie, sólo una razón por la que no debería sentirme culpable.
-¿Una? Bien. –Contestó la morena colocándose frente a su amiga- Vincent y yo no estamos muertos.
-¡Pero podrían haberlo estado!
Maggie resopló y su flequillo se agitó con un gracioso movimiento. No había caso, no sabía como convencer a Ginny de que no era culpable, y por lo mismo, mucho menos iba a poder quitarle aquel sentimiento.
En ese momento la señora Weasley y Hermione salían de la cocina muy risueñas. Maggie y Ginny se miraron con curiosidad, la mujer traía en su mano un sobre.
-¿Qué es eso? –Preguntó Ginny, pero la mujer escondió el sobre en el delantal que traía puesto.
-No quiere decir que es –Dijo Hermione colocando una bandeja con ensaladas sobre la mesa- Va a esperar que llegue toda tu familia, incluyendo Harry.
Ginny notó que su madre sonreía de un modo muy especial, y que le brillaban los ojos como cuando todos sus hijos estaban en Hogwarts y volvían para navidad.
-Al menos dinos quien lo envía. –Pidió Ginny parpadeando.
-Eso, arruinaría más la sorpresa- Dijo la mujer dando unas palmadas donde tenía escondido el sobre.
-Debe ser de verdad algo genial para que tenga que esperar a que lleguen todos…-Le dijo Maggie a Hermione. Ésta última sonrió nerviosa.
-Bien, terminen de colocar la mesa –Dijo la mujer caminando hasta la cocina- Y una vez que lo hagan, necesito que me ayuden a desgnomonizar el jardín.
Se escuchó un quejido generalizado por parte de las tres mujeres, mientras la señora Weasley volvía a sus quehaceres en la cocina.
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Harry había llegado al tercer piso, donde en esos momentos tenía una reunión con Arthur Weasley. Caminó con rapidez para alcanzar a llegar al cuarto de juntas, cuando chocó con un hombre muy delgado y de cabello claro.
-¡Disculpa Andrew! –Dijo Harry recogiendo algunos papeles que había tirado al suelo.
Emir se había quedado estático, sin saber como reaccionar. No quería encontrarse con nadie importante, y justamente Harry se había interpuesto en su camino.
-¡Ah, Harry! –Dijo tratando de ser amable, aunque sus piernas temblaban. No sabía actuar tan bien como Tiare.
-Tengo prisa –Se disculpó Harry, guardando los papeles que se le habían caído- Reunión con Arthur, tu sabes.
-Oh, si, claro, claro, por su puesto…- Fue lo único que dijo, y Harry lo quedó viendo extrañado.
-¿Te sientes bien?
-¡Si, perfectamente! –Contestó Emir como si fuera un autómata. Pero entonces, se dio cuenta que Harry aún lo miraba confusamente.- ¿Sucede algo?
-No, quiero decir… ¿tu no deberías estar con licencia?
Emir se quedó congelado, ¿licencia? Tenía entendido que andaba de viaje. No se había dado cuenta que ni siquiera tenía preparada alguna explicación lógica.
-¿Licencia, dices? –Preguntó rascándose la cabeza.
-Si, si, claro...-Dijo Harry arqueando las cejas- ¿No te habías tomado esa poción por accidente?
-¿Poción? –Preguntó Emir temblando y más confuso que nunca.- ¿Qué poción?
Harry no quitó aquella expresión de desconcierto, y Emir cada vez se sentía más indefenso y en evidencia.
-La poción que te agrandó la cabeza…-Murmuró Harry con el semblante serio.
-¡Oh! ¡Esa poción! –Dijo el chico riendo para alivianar la tensión, aunque Harry seguía investigándolo.
-¿Seguro que estás bien? –Inquirió Harry, como si supiera que le estaba ocultando algo. Emir comenzó a sudar.
-Si, si, perfectamente. Fue sólo un… pequeño daño… cerebral, nada importante.
-¿Daño cerebral? –Volvió a preguntar Harry, cambiando el tono de su voz a aquel que usaba cuando interrogaba a los mortifagos.
-¡Sip! –Contestó Emir sonriendo como idiota, y Harry se puso aún más serio.
Emir se había dado cuenta que Harry sospechaba algo, y comenzó a mirar el suelo nervioso. Sentía que la respiración del chico se tornaba gruesa, como si estuviera a punto de descubrirlo. Había oído en algunas reuniones del concilio, en las cuales había puesto un poco de atención, que Harry sabía legeremancia, así que evitó por todos los medios mirarlo a los ojos. Aunque eso sólo hacía que pareciera más inseguro de lo que ya estaba.
Harry no dejaba de verlo con seriedad, como si lo estudiara. Así que comenzó a sonreír amigablemente para ver si podía alivianar la tensión, pero el chico no hizo gesto alguno.
Se sentía atrapado, estaba seguro que el mago que había derrotado a Voldemort lo había descubierto. Pero entonces, un sonido musical y chirriante, venido de algún lugar, distrajo a Harry, quien cerró los ojos frustrado.
-No, no ahora…-Murmuró abrumado. Sacó del bolsillo de su chaqueta un celular muy moderno y contestó con desgana. –Elisa…
-¡Hola cariñito! –Sonó una voz aguda desde el otro lado del auricular. El volumen de voz era tan alto, que hasta Emir logró escucharla.
Harry se giró y comenzó a caminar en dirección contraria a la que venía, y se metió al interior de una oficina vacía. Emir suspiró aliviado, y se alejó corriendo para buscar la oficina de Candeviere.
Harry se apoyó en un escritorio que estaba repleto de documentos, y en el cual sobrevolaban algunos aviones de papel. El chico dejó la carpeta a un lado, y se refregó los ojos bajo los lentes.
-¿Qué sucede? –Preguntó cansado.
-Creí que me acompañarías a ver lo de las invitaciones –Dijo la chica desde el otro lado, parecía enojada.
-Lo siento cielo, no podré ir. Ocurrió una tragedia y…
-¿Tragedia? –Chilló la chica más enojada aún- ¡Una tragedia sucederá si no vienes ahora mismo Harry James Potter!
-Elisa, escucha…
-¡Nada! Amor, estamos postergando esto cada día más, el matrimonio será en seis meses y aún no enviamos las invitaciones.
-Lo sé, lo sé- Dijo Harry suspirando cansado e inclinando la cabeza hacia atrás.- Es que no puedo ir hoy, ha ocurrido una tragedia.
-¿Qué sucedió ahora? –Preguntó la chica totalmente hastiada- ¿Otra redada? ¿Volverás a viajar? Mira que con que te hayas mudado donde esa familia creo que es suficiente. ¿Cuándo estaremos juntos? ¿Cuándo volverás? Te extraño…
-Si, yo también te extraño…-Dijo Harry sacándose los lentes- Pero son cosas de trabajo, así me conociste.
-Si, lo sé…-Murmuró la princesa con desgana- pero soy tu novia Harry, tu futura esposa, deberíamos pasar más tiempo juntos.
-Sí, lo sé…-Repitió Harry nuevamente. Se colocó los lentes y abrió la carpeta donde tenía los papeles- Pero ahora no puedo, no hoy, tal vez mañana.
-Todos los días son un “tal vez”… ¿Qué acaso no te importa nuestro matrimonio?
-¡Claro que sí! –Dijo Harry sorprendido- Por algo te pedí que te casaras conmigo, ¿no?
-¿Entonces?
-Mira, -Dijo Harry decidido- Hoy no puedo verte porque han asesinado a dos importantes cónsules, que por cierto, eran los padres de un… conocido. Tengo que investigar ese caso. Pero te prometo que mañana veremos las invitaciones, o bien, escógelas tú, de todos modos tienes mejor gusto que yo.
-¿Me prometes que mañana nos veremos?
Harry rodó los ojos, la voz de la chica se había convertido en arrumacos y modismos infantiles.
-Yo…
-¡Harry! Por favor…
-Está bien, pospondré la reunión de las portadoras para pasado mañana.
Harry se alejó el auricular del oído cuando del otro lado se oyó un gritó tan agudo como el de una banshee. Luego volvió a acercárselo y suspiró.
-¡Te amo! ¡Eres el mejor! –Gritó Elisa histérica.
-Bueno, ¿estarás tranquila ahora?
-Si claro. –Contestó la chica hablando agudamente.
-Bien, porque necesito que no me llames en todo el día, estoy lleno de importantes reuniones. Si nos vamos a ver mañana creo que es mejor que adelante trabajo.
-Pero me llamas en la noche –Dijo ella ronroneando, y Harry sonrió levemente.
-Está bien.
-¡Gracias cariñito! ¡Te amo! ¡Adiós!
-Adiós…
Harry apagó el celular y se volvió a rascar los ojos. Se refregó la cara cansado, tomó la carpeta, guardó el celular en el bolsillo y salió de la oficina.
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Emir vagaba por el ministerio respondiendo el saludo de cuanto mago curioso se le cruzaba por el camino. También respondía cosas rápidas y algo incomprensibles cuando le preguntaban como se encontraba su cabeza.
Lo único que deseaba era encontrar lo antes posible el despacho de Candeviere, llamar a Tiare, sacar los papales y salir de ahí.
En su carrera, hubo un momento en el que tuvo que detenerse y esconderse en una esquina, porque vio a Harry con un hombre alto y pelirrojo entrando a una oficina, supuso que ese era Arthur Weasley, según la descripción que le había dado Tiare.
Se aferró el corazón con miedo, ¿cómo haría para llegar a la oficina de Candeviere con tanto mago suelto por ahí?
Tiare estaba en el cuarto piso encerrada en la oficina de Harry. Supuso que Rosaline tendría el permiso para hacerlo, así que se dedicó a buscar algo de información. Tras el escritorio había un gran reloj que marcaba ya la media hora, no le quedaba tiempo, debía hacerlo rápido. Hurgó entre los papeles y libros que estaban revueltos sobre la mesa, y además de encontrar algunas fotografías de una familia de pelirrojos y de una chica de ojos azules con corona, no halló nada que hablara de las portadoras.
Así que, mirando hacia todos lados por si algún intruso se atrevía a espiarla, sacó de debajo de su túnica un sobre transparente, el cual dejó dentro de uno de los archivos que tenía Harry sobre el escritorio.
Ya había cumplido parte de la misión, que era dejar pistas contundentes que hablaran sobre la culpabilidad de Candeviere. Ahora, sólo faltaba que Emir pudiera conseguir su propósito, el cual era entrar en la oficina del tercer piso.
Una vez que los aurores y Harry desaparecieron tras entrar en la oficina de reuniones, Emir se adelantó y corrió con rapidez para poder llegar hasta el otro extremo del edificio, donde se suponía que estaba el despacho del ministro. Trató de parecer un empleado con prisa, más que un empleado nervioso, ya que muchos magos y brujas lo quedaban viendo con curiosidad cuando pasaba velozmente frente a ellos.
Por fin, después de esquivar y saltearse los obstáculos, encontró al final de un corto pasillo una gran puerta de roble tallada, el cual tenía una placa de bronce que rezaba: “Marcel Von Archivald Candeviere, Suprema señoría, ministro de magia de Gran Bretaña”.
Por prudencia, lo primero que hizo fue golpear la puerta para ver si alguien respondía a su llamado, pero nadie contestó. Recorrió con el rabillo de sus ojos los alrededores para ver si alguien lo observaba, y cuando se percató que estaba solo, sacó su varita e intentó abrir la puerta, nada pasó.
Recordaba que Tiare le había dicho algo camino al ministerio que tenía relación con los hechizos que podían proteger la oficina. Así que, usando el único arsenal del cual se sentía orgulloso, sacó de debajo de la manga de su túnica una varita dorada, la cual usaban solamente los miembros del concilio internacional de magos. Volvió a mirar a su alrededor, para comprobar si venía alguien, y cuando notó que no había peligro, utilizó la varita.
Un débil rayo de luz dorada se desprendió de la punta, y la puerta hizo un leve chasquido, lo que indicaba que estaba abierta. Emir no podía sentirse más orgulloso de ser parte del concilio; poseer aquel privilegio era algo que no merecía cualquiera, ni siquiera él.
Entró sigilosamente, y se encontró con una muy ordenada habitación, la cual tenía un amplio ventanal tras el escritorio, y cuyos extremos eran adornados por dos hermosas cortinas de terciopelo rojo. Toda la oficina estaba alfombrada, y los muebles parecían de caoba fresca. Los libros, las carpetas, todo estaba en su justa posición. Candeviere no podía darse un mejor lujo.
Estudiando el territorio, Emir se dejó llevar por la curiosidad que le inspiraba la habitación, y se acercó al escritorio para ver que hacia un ministro durante el día. Sus ojos se abrieron con sorpresa cuando se encontró con el ejemplar del Daily Mirror, y la fotografía de los padres de Oswald en la primera plana. Molesto, el chico notó que los rostros estaban rayados caricaturescamente con bigotes y lentes, y no pudo más que entender el odio de Tiare hacia aquel hombre.
-Este sujeto está loco...-Murmuró.
Repentinamente, sintió como en su estomago algo se convulsionaba, y pudo ver en el reflejo del ventanal que su cuerpo estaba volviendo a la normalidad. Espantado, sacó su varita normal, la de madera, y la utilizó para avisar a Tiare, quien apareció al instante.
-El hechizo...-Murmuró Emir asustado. Puesto que la duración de la transformación, duraba lo mismo que el almuerzo de Candeviere.
-¡Te demoraste demasiado! –Se quejó Tiare sintiendo como sus entrañas rugían.
-Intenta escabullirte por el ministerio fingiendo ser quien no eres y con falsa información. –Le reprochó el chico enojado.
-¿De que hablas? –Preguntó alterada la chica mientras se agarraba el estomago.
-¡Da igual! ¡Tenemos que salir de aquí! ¡Nos descubrirán!
-¡No Emir! –Dijo Tiare agarrando al chico por el brazo con la potente mano de mujer que estaba empezando a cambiar.- Es la única oportunidad que tenemos, ¡debemos encontrar esa información!
-¡Tiare, el tiempo!
-¡Emir!
-¿Qué te hace creer que tiene aquí la información? ¡Es muy obvio!-Se quejó el chico espantado tratando de escabullirse de la mano de la chica.
-¡El es el ministro! ¡Debe tener la información de todas las portadoras! ¡Se supone que las protege!
-¡Si estás tan segura, entonces busca tu! ¡Yo me largo!
-¡NO, EMIR!
Antes de que Tiare pudiera evitar cualquier cosa, Emir había desaparecido bajo su mano. La chica se hallaba sola, en una habitación vacía y elegante, y con olor a muerte. Un reloj en la pared indicaba que tenía sólo cinco minutos para salir de ahí. Pero, lo que no sabía, era que Candeviere iba en camino, y estaba solamente a unas pocas cuadras.
-Cobarde...- Murmuró aterrada.
Asustada y sintiendo las convulsiones de su piel al transformarse, comenzó a buscar con rapidez cualquier cosa que le llamara la atención, alguna pista o algo que hablara de las portadoras. Revolvió el escritorio, abrió cajones, sacó papeles, desarmó carpetas y libros, pero no había nada.
Candeviere venía caminando por una calle llena de comercios y locales mágicos. La gente detenía sus compras o sus almuerzos sólo para admirarlo y pedirle autógrafos, o simplemente, para estrecharle la mano.
El hombre era seguido de tres subsecretarios, los cuales iban con él a todas partes siempre. La escolta no era menor, puesto que, a pesar de ser un número pequeño, los tres hombres eran grandes y fornidos, de hecho, uno parecía tener más cara de trol que cualquier cosa.
Solían intimidar a la gente y aquello evitaba que se le acercaran demasiado al ministro. Aunque éste de vez en cuando se dejaba querer con halagos y regalos, posando para fotografías y riendo falsamente.
-Señor, debe apresurarse, la reunión con los aurores ya comenzó.- Dijo uno de los guarda espaldas.
-Tienes razón...-Dijo Candeviere, mientras le hacia cariño en la cabeza a un pequeño niño y lo despeinaba.
Se despidió de la gente y comenzó a caminar con rapidez para poder llegar a tiempo a esa bendita reunión, la cual, trataría de un tema muy especial, algo que a él le servía mucho, el tema de Nora Duval, la próxima portadora.
Tiare había sacado casi todas las carpetas del escritorio y los archivadores. Había acumulado una gran cantidad de papel en el piso, pero ninguno decía nada sobre las portadoras. Tal vez, Emir tenía razón, y Candeviere no iba a ser tan idiota de tener la información de las mujeres ahí, justo en frente de las narices de todos. Pero no, sabía que no era esa la razón. Los únicos que tenían pleno conocimiento de lo que era Candeviere eran los miembros del concilio, pero el resto del mundo mágico, incluso los propios trabajadores, lo ignoraban. Por ende, aquellos papeles los podía andar trayendo con total libertad dentro de su propia oficina. Después de todo, como ministro de magia, tenía todo el derecho de poseer esa información, y aquello, era lo más peligroso.
Candeviere acababa de entrar al ministerio. Caminaba con rapidez, ondeando su larga capa negra a medida que daba cada paso. Los magos, que iban y venían de las chimeneas que se localizaban en el vestíbulo, se detenían para saludarlo o sonreírle, pero el ministro seguía su carrera sin mirar a nadie y con el semblante serio.
Los guardias que lo seguían, lo abandonaron cuando el hombre tomó el elevador. A cabo de pocos instantes, Candeviere se haya caminando en el pasillo del tercer piso.
Tiare cayó de rodillas al suelo sujetándose su estomago. Un calambre le recorrió todo el cuerpo, y cerró los ojos tratándole tolerar el dolor. Para cuando los abrió, sintió un enorme peso sobre ella, trató de levantarse pero tropezó contra el escritorio. La túnica de Rosaline Blench le quedaba como una gran tienda de campaña, y su espalda con suerte se podía todo el peso que equivalía tanto género, casi, como una tonelada de papas.
La chica se quitó parte de la túnica y se aferró al escritorio para levantarse. Exhausta por tener que aguantar el dolor de la transformación, pudo observar en el reflejo del ventanal que estaba frente a ella, que ya había vuelto a ser la misma.
-Oh….no… -Murmuró.
Candeviere estaba a pocos pasos de su oficina, pero justo cuando doblaba en la esquina del pasillo, donde Emir se había ocultado, Arthur Weasley apareció de repente interrumpiéndole el paso.
-¡Ah, señor Candeviere! –Dijo muy risueño.
-¿Qué sucede Weasley? –Preguntó Candeviere deteniéndose frente a Arthur y mirándolo con superioridad.
-Lo estábamos esperando, señor. La reunión ya comenzó y usted no está presente.
-¡Oh, si! –Dijo Candeviere sonriendo y posando su mano en el hombro de Arthur, apretándolo- Dime, Arthur, ¿es muy necesario que asista a esa reunión?
-Claro que si, señor…-Murmuró el padre de Ginny con una extraña sombra en sus ojos- …Creo que hemos detectado a una de las portadoras.
-¡Oh! –Dijo Candeviere apretándole más el hombro. Arthur inclinó la cabeza para mirarse- Suena muy interesante…
-Y lo es…-Dijo una voz en las espaldas del señor Weasley. Candeviere dejó de apretar su hombro, y ambos hombres se dirigieron a la persona que hablaba.
-¡Harry! –Rió Candeviere con emoción- ¡Que alegría verte hoy, muchacho!
-A mi también me alegra verlo hoy Marcel…-Dijo Harry con la misma sombra de Arthur- Ha llegado tarde, disculpando mi atrevimiento.
-Lo siento…-Dijo Candeviere con una sonrisa bonachona- Lamento haberlos hecho esperar, estaba en un almuerzo importante.
-Descuide…-Murmuró un chico de cabello castaño que salía de la oficina donde estaba Harry- …De todas formas no podemos avanzar mucho si usted no está.
-Pero que eficiencia –Sonrió el ministro- De todos modos, creo que podrían haber comenzado sin mi. Aunque claro, Harry, habría esperado tu informe.
-Como siempre, señor. –Contestó este cruzándose de brazos.
-¡Bien! Se nos está haciendo tarde ¿Entramos? –Ofreció Arthur a toda la comitiva que se había juntado en el pasillo para hablar con Candeviere.
Tiare tenía su corazón agarrado con todas sus fuerzas, hasta con las uñas. Candeviere ya debía de estar en el ministerio, pero por alguna razón se estaba retrasando, y aquello era una ventaja si necesitaba ordenar el despacho y poder salir lo antes posible.
Recogió su pequeño bolso, el cual traía dentro del bolsillo de la túnica de Rosaline, y escondió la misma dentro de éste.
Sacó la suya y se cambió rápidamente de ropa. No acababa de acomodarse el cabello cuando frente a ella, en la repisa de los libros, vio algo que le llamó mucho la atención.
Se acercó con lentitud y recogió un gran sobre, el cual estaba estampado con un sello de cera, y que decía con letras brillantes “confidencial”.
El corazón de Tiare comenzó a acelerarse, hasta se le había olvidado que Candeviere podía estar a punto de entrar en cualquier momento. Con las manos temblorosas abrió el sobre, ya que el sello estaba roto desde antes, y sacó un gran puñado de papeles que estaban enganchados entre sí, y que también, llevaban adjuntados algunas fotografías.
Candeviere se acaba de sentar en la mesa de reuniones, cuando un extraño presentimiento le palpitó en la sien. Algo no andaba bien, y comenzó a ponerse nervioso. Harry lo notó, ya que estaba sentado a su lado, pero no dijo nada, hasta que se percató de algo importante.
-Faltan los infórmense de defunción…- Dijo investigando los papeles que él tenía en su carpeta.
Candeviere se giró para verlo, y se levantó como un resorte de la mesa. Todos lo quedaron viendo impresionados, pero el hombre simplemente les dirigió una sonrisa y se acomodó la capa.
-Están en mi oficina -Dijo- Vengo enseguida.
-Podría enviar a alguien –Sugirió el chico de cabello castaño.
-No Milovish, -Lo zanjó el ministro- iré yo, gracias.
Harry no dejó de observarlo hasta que salió de la oficina. Estudió sus papeles y suspiró preocupado. Arthur hizo un leve movimiento con la cabeza, habían vuelto a quedar en las mismas. Después de casi una hora esperando a que Candeviere llegara, éste había vuelto a desaparecer.
Tiare estaba inmersa en el archivo y las descripciones. Eran las fichas de todas las mujeres que habían asesinado, y también, la de las supuestas portadoras que faltaban. No sabía si el resto de las fotografías estaban aprobadas o no, pero sí había reconocido a una, la de Sonsioré, la niña que había visitado, y la cual estaba fichada como “Encontrada”.
El odio comenzó a carcomerle las entrañas, ¿Qué clase de psicópata era ese monstruo? ¿Acaso era capas de matar a una niña inocente?
Inmediatamente, se guardó la fotografía y el archivo, y comenzó a indagar en el resto de las fichas.
Habían muchas mujeres, algunas estaban timbradas con un sello que decían “Falso”, y otras con un “investigar”. Claramente le puso mucho más interés en las que estaban por “investigar” y comenzó a memorizar toda la información que podía. Si sacaba los papeles de la carpeta la descubrirían.
Había vaciado casi toda la carpeta cuando algo más llamó su atención. Era una hoja escrita a mano, y que estaba escondida entre unas viejas cartas sin importancia.
Tiare la tomó y comenzó a leer. La letra era ilegible, aunque algunas frases eran perfectamente leíbles. Sus ojos y su rostro comenzaron a distorsionarse cuando encontró una frase que decía claramente:
“…El poder de las nueve acabará con el mal. Pero si el mal tiene a las nueve, acabará con la salvación. La profecía no se cumplirá, no hay que dejar que se cumpla, no puedo caer otra vez…”
-¿Caer otra vez? –Murmuró asustada- ¿Cómo que caer otra vez?
-Caer, como tú caerás cuando acabe contigo, niñita… -La voz de Candeviere resonó como un tenebroso siseo, y a Tiare se le cayó la carpeta de las manos. El hombre estaba a un centímetro de su nuca, y con la varita apuntándole la espalda.- Nadie se mete en mis cosas, y sale vivo para contarlo…
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Harry y Arthur habían llegado a la Madriguera esa tarde totalmente enfadados. Cuando les preguntaron que había sucedido, contaron que Candeviere los había abandonado por razones más importantes y que se postergaba la reunión para la próxima semana. Justo, la semana en la que comenzaban nuevamente las redadas.
-No puedo creer que sea tan poco respetuoso con los empleados…-Murmuró Arthur a su esposa mientras la ayudaba a preparar una ensalada.
-Pero Arthur, es el ministro, claramente debe tener cosas más importantes que hacer...-Murmuró la señora Weasley con la voz levemente acongojada.
-¿Más importante que ayudar a las portadoras?
Molly Weasley levantó los hombros, y Ginny, quien estaba con Hermione y Maggie ayudando también, se quedaron viendo preocupadas.
-¿Por qué no cambiamos el tema? –Pidió Ginny sonriendo nerviosa. Su padre la miró con ternura, y la ayudó a colocar unas especias en la bandeja que estaba armando.
-Bien, ¿De qué quieres hablar? –Preguntó una vez que llevaron la bandeja al comedor donde estaba casi toda la familia sentada.
-No lo sé… Que tal, de lo que mamá nos quiere hablar.
-¡Eso! –Dijo Fred, quien había llegado con George poco antes que Harry y Arthur, y los que curiosamente tenían una venda en la cabeza- ¿Para qué nos pediste que viniéramos a almorzar hoy?
-Debe ser importante – Dijo George observando unos bollos orneados que traía Hermione en unos platos- Para que haya hecho un almuerzo como éste. ¡Mira Fred! ¡Son de verdad! –Dijo mostrándole un bollo a su hermano.
-¡Ya cállense los dos! –Dijo la mujer llegando al comedor con una hoya rebosante de comida- Creo que es mucho más importante que nos cuenten el porqué tienen esas vendas en la cabeza.
La mujer sonrió divertida, y Ginny pudo notar el sobre que traía desde la mañana en el bolsillo de su delantal de cocina. Los dos hermanos se miraron, e inmediatamente, como ella nunca antes los había visto, se sonrojaron en el acto.
-¿Qué les sucedió? No han querido contar nada desde que llegaron. –Les preguntó.
-Una idiotez sin duda… -Inquirió Percy mirando a sus hermanos como si fueran niños inmaduros.
-¡Nosotros no hacemos idioteces! La gente es la idiota que nos compra –Dijo Fred levantando el dedo y dándose aires de sabelotodo.
-¡Así es! Nosotros ofrecemos diversión al por mayor. Si saben que las grajeas de sapo producirán verrugas con pus verde moco, entonces ¿para qué las compran? ¡Claro! Porque quieren faltar a clases. –Corroboró George apoyando a su hermano.
-¿Y los idiotas somos nosotros? ¡La caja dice que no vendemos el antídoto!
-Pero aún así nos compran.
Ambos hermanos estrellaron sus manos en el aire e hicieron un ridículo saludo. Percy movió la cabeza con reprobación, y Ginny les sonrió al encontrarse de acuerdo con su argumento, pero aún así, insistió.
-Aunque tienen razón, aún no explican porqué tienen esas vendas en la cabeza. –les dijo. Los gemelos se volvieron a sonrojar.
-Cuenten –Comenzó a insistir Bill –Todos queremos saber.
-¿En qué lío se metieron ahora? –Preguntó Harry risueño.
-¿Eso es común en ellos? –Le preguntó Oswald a Ginny, quien había llegado poco después que Harry a la Madriguera.
-Toda la vida –Contestó ésta con una sonrisita traviesa- ¡vamos cuenten!
-Cualquier cosa que hayan hecho, no creo que sea peor que las fiestas de Maggie –Dijo Vincent quien se había mantenido callado. Su hermana se sonrojó y lo fulminó con la mirada.
-¡Hey! ¡Yo no ando revelando por ahí lo detalles de tu vida privada! –Le espetó molesta y levemente sonrojada.
-Ya, ya, cálmense todos –Rió Arthur. Inmediatamente todos callaron y se enfocaron en los gemelos- Bien chicos, cuenten su historia, ¿Qué pasó?
Ambos exhalaron un suspiró al mismo tiempo, causando una risita por parte de toda la familia e invitados. Alice estaba como siempre pendiente de cada detalle de sus tíos, aunque a Fleur eso no le agradaba del todo.
-Lo que sucedió…-Comenzó George- es que estábamos vendiendo como siempre en nuestro pacifico local, cuando…
-…Cuando una hermosa morena se nos acercó pidiendo una poción amorosa –Continuó Fred.
-Obviamente nosotros accedimos a vendérsela en el acto –Dijo George.
-Pero antes debíamos comprobar la calidad…- Dijo Fred con aire soñador.
-Así que le ofrecimos que la probara para ver si reaccionaba al instante con alguno de nosotros.
-George sería la víctima, por está vez –terció Fred- y yo le daría el antídoto.
En aquella parte del relato, Molly Weasley ya había comenzado a emitir bufidos de reprobación. Aunque los demás escuchaban entre risas.
-Así que me tomé la poción –Dijo George sonrojándose- Pero nos equivocamos de frasco.
-En un abrir y cerrar de ojos, George estaba totalmente desnudo frente a la chica –Dijo Fred riendo a carcajadas, aunque su gemelo a pesar de la vergüenza igual sonreía.
-La chica gritó espantada y toda la tienda se dio cuenta de mi desnudez, y me vieron tal como mami me trajo al mundo…-Dijo george haciendo pucheros y riendo.
-Le quise dar el antídoto –Dijo Fred- Pero entonces nos dimos cuenta que todos los clientes nos miraban con espanto ¡y claro! ¿Cómo no? Si a George le había comenzado a salir pelo por todas partes.
-¡Parecía el Yeti! –Gritó entusiasmado.
-La gente comenzó a gritar desesperada, todos creían que era un monstruo, así que me apresuré para echar el antídoto, pero resultó que tropecé y la botella me cayó encima, y ¿advienen qué?…
-¡Era otra botella de poción! –Gritó George.
Ambos hermanos se largaron a reír a carcajada limpia. Toda la familia los siguió, excepto la madre, quien aún los miraba con reproche, aunque dibujaba una leve y apretada sonrisa en sus labios, como evitando reír.
-Al final los dos parecíamos Pie Grande –Continuó Fred secándose las lágrimas- pero la gente no creía eso, así que nos empezaron a atacar con palos y todo lo que fuera pesado y doloroso para dejarnos inconcientes.
-La cosa es, que al cabo de unos minutos el efecto pasó y volvimos a ser nosotros mismos, sólo que…
-No teníamos nuestra ropa.
-Eso explica muchas cosas…- Murmuró Ginny en voz alta, recordando que cuando habían llegado a la madriguera venían vestidos con túnicas de bruja.
-La verdad sí, -Aceptó George riendo- pero no es nuestra culpa que trabajemos rodeados de chicas.
-En todo caso, tuvimos suerte de tenerlas ahí, además de salvarnos la vida de esos salvajes, nos prestaron algo de ropa.
-¿Y las vendas? –Insistió Harry.
-¿Escuchaste la historia Harry? –Preguntó George- ¿Y qué tal los palos que recibimos?
Todos estallaron a carcajadas, incluyendo los propios gemelos. Eso definitivamente era una excelente broma para cualquiera que se atreviese a hacer algún daño de tipo pasional.
Al cabo de un instante, cuando las risas se apagaron, todos quedaron en silencio, y se dieron cuenta de que Molly Weasley tenía en sus manos aquel bendito sobre que había cargado consigo toda la mañana.
Ginny, emocionada, intentó leer el remitente, pero su madre lo tenía muy bien agarrado. Arthur la miraba con ternura, pero el resto, no entendía nada.
-Este almuerzo lo hice… para celebrar…- Dijo con la voz cargada de emoción.- Durante muchos años vivimos un calvario ante la ausencia de nuestros hijos. Pero ahora, las cosas van a comenzar a cambiar.
-¿De qué hablas? –Preguntó Bill sosteniendo a Alice en su regazo.
-Está mañana, me llegó esta carta –Dijo mostrándola- Viene desde Rumania.
-¿Quieres decir…? –Comenzó Percy.
-Así es…-Contestó ella- Charlie ha escrito, y Ron también…
Ginny sintió que su corazón se apretaba, Ron, su querido hermano, su mejor amigo, su compañero de sangre, él, había escrito. Comenzó a sentirse ansiosa, quería saber el contenido de aquella carta ¡ya! Y también supuso que Hermione querría saberlo, porque sus ojos estaban levemente cristalizados.
-La leí está mañana, y la verdad, es que me intriga bastante…-Murmuró- Se las leeré.
Ginny se aferró a su silla, todos estaban en silencio, listos y dispuestos para escuchar el contenido de la carta. Sin embargo, Harry se mantenía impasible, con la mirada fija sobre el plato de los bollos.
La señora Weasley desdobló la hoja y comenzó a leer:
- “Queridos mamá y papa: ¿Cómo están? Nosotros aquí perfectamente. El tiempo ha estado cálido y no se ha visto indicio de lluvia ni de invierno por ningún lado. Los dragones que criamos el año pasado ya están listos para volar, Ron ha aprendido a montar a Ratigan perfectamente, de hecho, pareciera que están más conectados que nunca. Yo también me encuentro en perfecto estado, al igual que Victoire, que por cierto les envía sus saludos. Ya la conocerán, les va a encantar. En fin, el motivo de esta carta es para anunciarles que volvemos a Inglaterra, sí madre, aunque no lo creas, volveremos. Los dragones ya pueden mantenerse por si solos, además, creemos que necesitamos un tiempo en familia, hace ya cuatro años que no nos vemos. Ron está ansioso, desde que supo que Ginny había vuelto a casa no ha hecho otra cosa que hablar de ella –Ante este comentario, Ginny comenzó a llorar- lo único que desea es verla, al igual que yo. En fin, sólo espero que tengas nuestras habitaciones listas, porque sabemos que hay más huéspedes en casa. Sabes que no tengo problema para compartir habitación, aunque Ron… Bueno, eso es un problema…- La señora Weasley calló por un instante y apretó los labios. Su marido, que estaba a su lado, le sujetó el brazo instándola a continuar. La mujer suspiró, miró a Harry y continuó- Bueno, eso es un problema, porque Ron… porque Ron pide expresamente que Harry no este en la Madriguera cuando volvamos. Si él está, Ron no regresará. – Molly cerró los ojos angustiada, no tenía cara para ver la expresión de desconcierto de Harry en ese momento, y mucho menos Ginny, quien estaba comenzando a planear como sacar al chico de la casa- Volveremos en cinco días, estaremos en contacto. Besos a todos, los queremos, Charlie y Ron.
Molly cerró la carta. Ahora todos los ojos estaban fijos en Harry, quien parecía tan desconcertado como jamás se le había visto.
-No volveré al palacio si eso desean…-Dijo nervioso- Si quieren duermo en el sótano, pero no pienso irme de aquí.
Ginny se mordió los labios, algo en lo que Harry decía era cierto. Tenía dos opciones, o vivía aquel calvario de odio que el chico sentía por ella, evitando ver a su hermano, a quien no veía hace años; o, planeaba alguna estrategia para sacar a Harry de la casa. Aunque no era eso lo que quería exactamente. No, tenía que buscar una forma de que ambos chicos pudieran convivir en la misma casa.
Notas de la Autora:
¡Por fin capítulo 11!
Debo pedir perdón por EL DIA de atraso jajaja
Sé que dije que publicaría el 12, pero me atrasé un poquito (sólo un día), no se enojen ¿ya?
En fin, ya va quedando menos para el final, ¡si! Aunque no lo crean. El capítulo 12 será el cierre de esta primera parte, ¡y luego comenzará la aventura!
¿Acaso creyeron que esto ya era parte de la acción? ¡Pues no! ¡Ahora se viene lo que de verdad es bueno!
Sólo queda un capítulo para acabar con el “Reencuentro del Pasado”, y Ginny se está dando cuenta que las cosas cada vez se complican más, tanto como para el entorno familiar, como amoroso.
Debo admitir que en el capítulo anterior dije que en éste sucederían algunas cosas que no salieron. Despreocúpense, esas cosas aparecerán en el capítulo 12. Creo que tomarán más importancia si se cuentan al final.
En fin, algunas cosas sobre este capítulo. ¿Qué les pareció? De a poco he ido agregando algunas escenas de Harry y Ginny, porque esto no puede avanzar más rápido, y claro, tampoco se puede con la princesita dando vueltas como ave carroñera.
¿Pobre Oswald verdad? ¡Por favor no me maten! Es que son cosas que deben suceder, aunque adoro a este chico, siento que lo estoy haciendo sufrir demasiado. ¡No es que quiera hacerlo! Pero es necesario. Además, en el futuro va a seguir sufriendo.
Por otro lado, ¡odio a Candeviere! Es un macabro y maldito psicópata ¿Qué le va a hacer a Tiare? ¿Qué sucederá con lo que ella averiguó? ¿Qué significa? ¡Uff! ¡Todo se vuelve cada vez más confuso! ¿Qué es lo que está sucediendo verdaderamente? ¿Y Omanshai? ¿Qué es lo que hace? ¿Por qué Keitaro le tiene miedo cuando está sin el casco? Bien, todas esas preguntas serán respondidas, pero no ahora, ¡Muajajajajaja!
Deberán esperar un poco.
Ahora, si les interesa, dejaré una pequeña aclaración:
Lo de la piscina de Keitaro: Me lo imaginé como la piscina que tenía el Tío Rico Mcpato y que usaba como bóveda. Sólo que aquí, Keitaro, la tenía armada como si fuese un museo especial dentro de una gran caja.
Ahora sí, lo que todos esperan ¡CHAN!
Avances del último capítulo:
Capitulo 12: El ruido del desván
El sueño de Nacet, que se había anunciado en el capítulo anterior, hace aquí su aparición con una escena muy especial. Ginny trata de tejer los sucesos pero le es imposible. Morgan reaparece y le envía una carta a Ginny, la que obviamente es interceptada por Hermione. Candeviere se enfrenta con Tiare, y la chica pasa el peor día de toda su vida, y que probablemente, sea el último. Sabremos de algunos personajes importantes que serán mencionados y que harán su aparición en la segunda parte.
También sucederá algo muy extraño, ya que la Madriguera se verá azotada nuevamente por los ruidos del trasgo de las tuberías, y que habita en el desván. A Ginny siempre la asustaron con él cando era niña para que no entrara ahí, por lo que está vez no sabrá como reaccionar.
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¡Nos vemos en un mes!
Próxima actualización: 12 de Julio (espero)