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Anya.Naivea
Author of 8 Stories

Rated: T - Spanish - Romance/Adventure - Ginny W. & Harry P. - Reviews: 201 - Updated: 11-23-09 - Published: 01-31-08 - id:4044860

Confesiones

Este capítulo es especial, se sale un poco del argumento del fic. Esto se debe, a que es un capítulo únicamente sentimental. Los personajes se confiesan sus sentimientos, y las relaciones se establecen. De todos modos surgirán conversaciones referentes a las Portadoras, pero no será tan importante como en los próximos.


La mañana antes de navidad era la favorita de Ginny. Después de seis años lejos de casa, casi siete, era imposible no sentirse emocionada. La primera navidad con su familia después de tanto tiempo, no era para menos.

El sol, como siempre en aquella época mágica, brillaba esplendoroso en el cielo, iluminando el hermoso jardín bañado de nieve. Ginny se asomó a la ventana y sacó la cabeza para ver de dónde provenía tanto grito. Sonrió al encontrarse con los gemelos jugando a hacer bolas de nieve hechizadas. Percy corría hacia todos lados tratando de entrar a la casa, pero las bolas encantadas se lo impedían a toda costa, y a pesar de que sus gritos de auxilio eran capaces de levantar a un muerto, no había persona en el mundo que acudiera a su auxilio. Bill y Charlie se carcajeaban junto con Ron y Harry a un lado de los gemelos, y juraba que su madre también parecía jubilosa.

Entró la cabeza con rapidez, ya que el frío se colaba a pesar del deslumbrante sol, y cerró la ventana. Maggie roncaba con la boca abierta, y no pudo evitar reír divertida. Maggie podía parecer una dama frente a los más importantes condes, pero no podía evitar dejar su femineidad de lado a la hora de dormir. No quiso despertarla. Se colocó su bata y salió de la habitación.

Hermione había escrito que pasaría la navidad con ellos, como los viejos tiempos, y volvió a sonreír. ¡Todos iban a estar juntos! Incluso Harry había dejado de lado a Elisa, ella tenía su importante fiesta en el palacio, para el cual estaba invitado, pero jamás iba a dejar en segundo lugar a su familia, y aquello, la hacía sentir un enjambre de mariposas en su estomago que no podía evitar.

Cuando puso un pie sobre el primer escalón, sus ojos destellaron, y sus mejillas se entibiaron levemente. Oswald había salido de la nada y estaba frente a ella sonriéndole con euforia.

-¡Buenos días! – Cantó, y le entregó un pequeño bastón de caramelo. Ella lo recibió divertida y encorvó una ceja.

-¿Y esto?

-Los hizo Maggie anoche.- Le explicó con los ojos brillantes, Ginny aguantó la respiración.

Desde que lo había besado en el palacio, todas las mañanas de esa semana habían sido iguales. Ninguno de los dos había dado el primer paso para aclarar la situación, ella, porque no sabía que quería él, y él, porque no sabía si ella estaba lista. Sólo se limitaban a sonreír con las mejillas encendidas y a darse un tímido beso en ellas. Después de eso venía un largo silencio y la aceleración del pulso, un tamborileo con el que “se podía hacer música” según los gemelos.

Ginny apretó los labios y apartó la vista avergonzada, él hizo lo mismo.

-Con razón está tan exhausta.- Rió para si misma recordando a Maggie con la boca abierta. Oswald inclinó la cabeza hacia un lado incrédulo.- No importa.- Le dijo.

-¿Desayunas?

Le sonrió y volvió a respirar. El aroma a café recién hecho y a pan de pascua le llenaron los pulmones produciendo un feroz rugido en su estomago, él soltó una dulce carcajada.

-Creo que sí.- Contestó por ella, y la chica se sonrojó.

Caminaron juntos hasta llegar a la mesa de la cocina, dónde Molly tarareaba una melodiosa canción navideña que no lograba reconocer. Le impresionó la cantidad de platos que su madre había dejado a un lado, y también, le llamó la atención la calidad de la porcelana.

-¿Viene alguien más? – Preguntó temerosa imaginándose que la radiante vajilla era por Elisa, su madre se giró con una sonrisa.

-Sí…- Contestó mientras sacaba otra caja forrada de terciopelo rojo, Ginny exhaló un gritito.- Es el servicio que Harry nos regaló para nuestro aniversario de bodas hace dos años.- explicó ruborizándose cuando abría la caja para sacar un lujoso arsenal de tenedores y cuchillos.

-¿Viene alguien importante? – Preguntó sintiendo que la sangre se le enfriaba. A su lado, pudo sentir que Oswald se movía incomodo.

-No, en verdad.- Dijo acomodando los tenedores sobre los platos.- Sólo tendremos un poco más de gente este año.

-¿A qué te refieres? ¿Quién vendrá?

Molly esbozó una dulce sonrisa y señaló con el mentón a Oswald.

-Nuestros queridos invitados de honor.- manifestó con una sonrisa. Oswald repentinamente se quedo de piedra.

-Por nosotros no se preocupe, Molly.- Dijo con mucha rapidez, casi tropezando con las palabras.- Estoy seguro de que a Maggie y a Vincent, así como yo, no nos interesan tantos lujos.

-Eres un encanto, querido.- Lo elogió con una brillante sonrisa maternal que a Ginny la llevó a juntar ambas cejas. No había dejado de comportarse así desde que los había visto besarse. Repentinamente, sus mejillas volvieron a tornarse un rojo más fuerte.- Pero la verdad, quiero usar esta vajilla. No la hemos usado nunca y no quiero ofender a Harry.

-¿Quién viene, entonces? – Inquirió nuevamente la chica, quería olvidarse de Harry y de sus supuestas sospechas hacia esa elegante vajilla. No toleraría a Elisa otra vez en su casa. Y su familia tampoco.

-Oh, cierto.- Recordó su madre con una risita.- Bueno… vienen… Penélope, ya la conoces, la novia de Percy, Angelina, la novia de Fred, Fleur con Bill y Alice… Humm….- La mujer cerró los ojos como si le costara un gran esfuerzo recordar.- ¡Hermione, por supuesto! Están ustedes tres, tú, querido, Vincent y Maggie…- La mujer se detuvo un momento frunciendo los labios en una mueca chistosa. Ginny sabía que ocurría, su afanosa madre no le llevaba mucha corriente a la idea de que George estuviera saliendo con la melliza.- Y… Violet.

-¿Violet? – Preguntó Ginny sorprendida.- ¿Quién es Violet?

-La novia de Charlie.- Contestó sorprendida.- Creí que lo sabías.

-¡¿Charlie tiene novia?! – Gritó contenta.- ¿Desde cuando? ¿Cómo? ¿De dónde…?

-Charlie la conoció hace tiempo.- Le dijo Molly deteniendo sus gritos con la mano.- Se reencontraron hace unas semanas. Según Ron, parece que llevaban tiempo gustándose, hasta que por fin mi niño se decidió a pedirle noviazgo.

-¿Ron lo sabía? – Preguntó incrédula levantando una ceja, Molly suspiró.

-Ella es rumana, Ginny.- Le explicó con paciencia.- Violet Belínskaia, creo que se llama. Se conocieron por allá, era lógico que Ron la conociera.

-¡Ah! Es como con Katerina.- Le dijo a Oswald, como si le explicara a él, Molly la vio con curiosidad.

-¿Quién es Katerina?

-Oh… bueno….- Enmudeció. ¿Cómo le iba a explicar a su madre que Katerina era la novia de Malfoy actual mejor amigo de Ron?- Una chica que nos presentó Ron que también venía de Rumania.

-Oh…

-De hecho, fuimos a la casa de su abuela hace un par de semanas.- Dijo Oswald y Ginny le pegó un codazo en las costillas.

-¿Ah sí? ¿Y se puede saber con el permiso de quien se fueron a meter a la casa de un extraño?

Ginny percibió en su madre una mirada de horror. Parecía altamente preocupada por su falta de responsabilidad a la hora de meterse al hogar de un desconocido, pero Oswald rápidamente lo reparó.

-Era la casa de Nadezdha Romanova, seguro que ha oído de ella.

-¡Nadezdha Romanova! ¡Por Merlín! Ella era mi maestra de pociones en Hogwarts.- Estalló emocionada, aunque su voz denotaba un leve dejo de incomodidad.

-Es… especial.- Comentó Ginny sacando una tostada del canasto de pan sobre la mesa.

-Y lo es.- Corroboró su madre.- Ella fue la que nos metió en la cabeza la idea de hacer Amortentia y otras muchas pociones de amor.

-Sí…- Murmuró Oswald mirando un punto fijo sobre la mesa, como si pensara en algo. Ginny lo estudió con interés, ¿Qué había pasado por su cabeza?

-Ella… Nos mostró las pociones que tenía, las que había mejorado he inventado. Además tuvimos que ayudarla a ordenar.- Contó a su madre, pero Molly de un momento a otro pareció perder el interés en lo que su hija le contaba. Tenía el ceño fruncido - ¿Mamá?

-¿Les dio de probar alguna? –Inquirió nerviosa, Ginny arqueó una ceja negando con la cabeza.- Ah… menos mal.

-¿Por qué lo preguntas? ¿Hay algo malo?

-No…no- Tartamudeó, y luego se volvió a dedicar a la vajilla, alejándose hacia la sala del comedor.- Desayunen rápido que tengo que usar la cocina.

Ginny no probó más bocado, la cena de esa noche sería suficiente para calmar el hambre de toda la semana, así que sólo comió la tostada que había sacado, igual que Oswald.

Ambos se quedaron solos y en silencio, solo se oían el sonido al masticar su respectivo desayuno, el de Molly colocando los platos sobre la mesa, sus respiraciones nerviosas y un ronquido lejano.

-¿Y ya sabes qué quieres que te regale esta noche?

Ginny se atragantó.

-¿Me vas a hacer un regalo? – Preguntó con voz jadeante. Él sonrió sonrojándose levemente, manteniendo sus ojos sobre lo poco que le quedaba de tostada.

-Es la idea.- Masculló levantando los hombros, como si no le diera importancia, pero Ginny inmediatamente se dio cuenta de que estaba siendo modesto.

-No sé lo que quiero… no se me ocurre.- Contestó mirándose las manos sobre su regazo. Observó al chico por el rabillo del ojo y notó que parecía decepcionado.

-Oh, bueno, si se te ocurre algo….

-Te digo, claro.

Oswald se levantó de la mesa, Ginny suspiró apesadumbrada. El chico se fue de la cocina tan rápido como se levantó, dejando su plato bajo la varita de Molly que en ese momento lavaba la losa.

Se comió su último pedazo de tostada y también se levantó, arrastrando los pies en dirección al segundo piso.

Cuando pasó por la sala, se impresionó al ver la hermosa mesa que su madre había armado, además del equilibrio que mimetizaba los colores del mantel con el árbol. No podía estar más orgullosa de su logro. El árbol de navidad llegaba hasta el techo y estaba repleto de adornos zumbantes y lamparitas parpadeantes. Incluso esa gruesa guirnalda rojo brillante que en algún momento se confundió con sus mejillas.

-Vaya…- Murmuró, y Molly se giró para verla justo cuando colocaba el último tenedor de plata en el plato de Arthur.- Te quedó increíble la decoración, mamá.

-¿Lo dices en serio? ¿No crees que está… un poco sobrecargado? – Le dedicó una mirada inquisidora al árbol, pero Ginny negó fugaz con la cabeza.

-En absoluto.- Confesó.- ¡está Genial!

-Me alegro.- murmuró su madre acercándose al árbol y tomando una esferita.- hace años que no celebramos una navidad tan deslumbrante.

Ginny se sobrecogió. Su madre le dedicó una sonrisa tan llena de amor que sus pies, de manera automática, avanzaron hacia ella para abrazarla.

-Ni yo.- Dijo apretándose a ella. Pudo sentir como su cabeza se humedecía producto de las lágrimas de la mujer.- ¿Dije algo?

-No, mi niña. – Molly la apartó con cuidado y le tomó el mentón obligándola a mirarle a los ojos.- ¿Sabes que te amo por sobretodo, verdad cielo?

-¡Por supuesto, Mamá!- Contestó impresionada por la pregunta. Los labios de Molly temblaban, pero no derramo ninguna lágrima.

-Entonces… Espero que algún día me perdones…- balbuceó, y Ginny junto tanto las cejas que dibujaron una línea.

-¿Perdonarte? ¿Por qué?

-Por todo… creo… creo que no he sido una buena madre este último tiempo, y necesito saber si podré obtener tu perdón algún día.

-No sé de que rayos estás hablando.- Dijo exasperada por la nueva actitud de su madre, parecía tan… vieja e indefensa.- Pero si quieres que te perdone por sea lo que sea de lo que estés hablando, por supuesto que lo haría. Eres mi madre, ¿cómo no podría perdonarte tus errores? Tú perdonaste los míos, es lo menos que puedo hacer. ¡Por Merlín, mamá! Tienes siete hijos, era obvio que en algún momento algo se te escaparía de las manos.

Molly apretó los labios con tanta fuerza que se llegaron a poner blancos. Los ojos se le aguaron y abrazó a su hija con desesperación.

-¡Eres un ángel, mi cielo! ¡No mereces una madre como yo!

Ginny abrió los ojos como platos al escuchar esas palabras. Cierto era que en un principio creyó que le sería difícil aceptar las disculpas de su madre, pero, ¿cómo negarle el perdón después de que se ponía así?

-¡Mamá! – Le devolvió el abrazo, la mujer sollozó.

-Espero que algún día me perdones.- Rogó esperanzada.- Aunque no me lo merezca.

-¿Cómo puedes decir eso? ¿Pensarlo siquiera?

-De verdad hija, créeme cuando te lo digo…- Murmuró la mujer apartándose y ensombreciendo su mirada. Ginny se asustó.- De verdad, espero que me perdones. Y si no lo haces, te entenderé con todo mi corazón.

Molly le entrego una última sonrisa a Ginny y se alejó con rapidez hacia la cocina. Ella la quedó viendo mientras se marchaba, fijándose especialmente en como levantaba los hombros para proferir un sonoro ruido con la nariz mientras se sonaba.

Parpadeó un par de veces antes de sentir que la agobia penetraba en su pecho. Su madre no estaba bien, y realmente parecía afectada y temerosa de algo. Observó el árbol viéndolo desde abajo, un luminoso Ángel, vestido con una tunica dorada que lanzaba destellos al techo, reposaba en la punta. Frunció los labios.

Un sonido chirriante llegó desde el segundo piso, inhaló aire. Maggie debió haberse despertado y estaba usando la ducha, las cañerías solían hacer más ruido de lo normal. Lanzó una mirada inquisidora al techo y rodó los ojos. Después, se volvió hacia las escaleras y subió corriendo.

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El suave sonido de una banda de Jazz que provenía del salón llamó la atención del ministro. Tres menudas mujeres, vestidas con un uniforme que mezclaba una falda negra con delantal blanco, armaban lo que era un enorme árbol de navidad de ramas doradas. Las guirnaldas decoraban cada ventana, puerta y mueble. Las estatuas de los corredores y las gárgolas habían sido cambiadas por imágenes de renos, duendes y de Santa Claus. Unas bellas campanitas hechizadas que tocaban música navideña colgaban de las lámparas de lágrimas, y pequeños gnomos de jardín junto con luminosas haditas decoraban el patio.

En el centro de la sala, observando como las tres criadas terminaban de decorar el árbol, estaba Morgan, con la mirada perdida en las ramas doradas.

-Detesto la navidad.- Masculló Candeviere acercándose a su lado, Morgan levantó los hombros.- Detesto tantos adornos, brillitos y villancicos.

-Recuerda que es sólo una máscara.- Murmuró Morgan con la voz apagada. Apuntó con su varita el estéreo de dónde provenía la música y le subió el volumen.- Los Lavaguard y los Blancher no tardarán en llegar. Debes aparentar que eres un político que gusta de las fiestas familiares.

Candeviere frunció los labios. Morgan escuchó un leve tintineo y se giró levemente para ver de dónde provenía. Su padre agitaba una copa de coñac, balanceando el dorado liquido por entre los hielos que chocaban con el cristal. También contemplaba el árbol.

-¿No crees que sea mucho? – Preguntó escéptico, y su hijo curvó la boca en una mueca indefinida.

-Me da igual, tampoco me gustan estas fiestas.- Murmuró sin ánimos.

-¿Qué diablos te ocurre? – Le espetó su padre al notar el tono de voz que estaba utilizando.- ¡Has actuado así toda la semana!

-Nada.- Contestó levantando los hombros. No quería recordar que parte de su estado de ánimo se debía al extraño alejamiento de Tiare.- No me gusta esta época, deberías saberlo. –Su padre entornó los ojos curioso.- Nos parecemos.- Le explicó.

-Entonces recuerda tus palabras.- Dijo Candeviere con un poco más de humor abrazando a Morgan por los hombros.- Es una máscara, debes fingir.

-Siempre con una sonrisa idiota en los labios.- Masculló, Candeviere lanzó una carcajada.

-¿Hay que cantar? – Murmuró abriendo los ojos con espanto, Morgan rió divertido.

-A tu querida Clotilde le fascinan los karaokes.

-¡Merlín! – Exclamó, y Morgan levantó una ceja.- Quiero decir, ¡Dios!

Nunca, jamás, iba a admitir delante de su padre que la navidad le gustaba. Pero la verdad era, que siempre en esas fechas, el hombre que estaba a su lado parecía ser dominado por un júbilo que no era frecuente en él. Eso le agradaba.

Durante los días siguientes que precedieron al actual, Morgan había vivido en un tipo de transe del cual no podía despertar. No podía entender que había sucedido con Tiare. Por más que intentó comunicarse con ella los últimos días, desistió ante una amenaza de Uzume, la líder que secundaba al concilio, diciéndole que si seguía insistiendo le darían una muerte sumamente dolorosa. Aquella oferta en algún momento sonó tentadora, si le daban la muerte ya no tendría que vivir esa doble vida que lo llenaba de dolor. Pero entonces recordó a Ginny, su primera amiga, una de las víctimas más importantes. Ella, justamente, ella, se había hecho su amiga. La única en la cual podía confiar en ese momento. No, no podía morir. Tenía que seguir luchando contra su padre para mantenerla con vida, y no sólo a ella, sino, que a todas las demás portadoras. No podía fallar de nuevo.

Apretó sus labios con fuerza, Candeviere se acercó un poco más a él y supo que lo estaba observando.

-Mi estomago.- Dijo apresuradamente antes de que el hombre le preguntara qué sucedía.- No debí haber probado los canapés crudos.

Se agarró el estomago con fuerza, rogando de que se viera lo más convincente posible, y salió corriendo del salón principal. Justo cuando llegaba al borde del escalón que daba al segundo piso, una melodiosa musiquita resonó en la casa, las visitas habían llegado.

-Acción.- Murmuró con una sonrisa melancólica.

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Los postres eran su especialidad, aunque jamás se dio el tiempo suficiente de practicar su mano de cocinera; mucho lo había aprendido de la señora Weasley. Rió divertida al recordar alguna escena de su pasado que involucraba a un saco de harina y a Ron. Jamás era bueno mezclar a un mago con técnicas muggles.
Se pasó la muñeca por la frente para despejarse un mechón rebelde que se escabullía por debajo de su pañuelo para cocinar. Tenía las manos totalmente blancas producto de la harina, y el delantal, con dibujos de vaquitas de su madre, estaba bañado en algo que parecía salsa de chocolate.

-¡Hermione! – Llamó una voz desde la sala.

-¿Si mamá?

-La abuela Judy y tu tío Sam vienen esta noche, preguntan si quieres algo en especial para cenar.

-Oh…- Murmuró apretando los labios, había olvidado decirle a sus padres que la señora Weasley la había invitado a pasar la navidad en la Madriguera.- Este…

Se limpió las manos con un paño de cocina y salió a la sala con el semblante avergonzado. Su madre esperaba con el auricular del teléfono sujetado con su hombro, apoyada en el mueble del mismo. Inmediatamente la vio, su expresión se entristeció.

-Oh…- susurró la mujer esta vez.- ¿Me esperas un momento, Sam? – Se dirigió a Hermione que ya estaba a su lado.- No me digas que no pasaras la navidad con nosotros Mione.

-Bueno… yo…- Respiró.- Molly Weasley me invitó a pasar las navidades con ellos la semana pasada, olvidé decírselos.

-Pero hija, ya esta todo listo, tu abuela viene para verte especialmente a ti.- Masculló desesperada. Su madre solía desquiciarse cuando algo se salía de control.- ¿Qué les diré ahora?

-Diles la verdad.- Propuso con una mueca como si fuera lo más obvio.- ya tengo veintidós años, creo que es obvio que para una chica de mi edad pasar la navidad con los padres ya no es lo que está de moda.- su madre puso cara de pocos amigos y ella rodó los ojos, le quitó el auricular.- ¿Alo? ¿Tío Sam? ¡Hola! Sí, sí, muy bien, ¿y tú? ¿Qué tal todo allá en Liverpool? ¿Oh, en serio? Eso es muy interesante… sí, sí, por supuesto. Tío, ¿Sabes? Lamento mucho esta triste confusión, pero yo tenía planes para esta noche y mi madre los olvidó.- Jane Granger hizo una mueca de aprensión.- Verás, tengo una fiesta navideña con mis amigos, ya sabes, todos de mi edad o mayores incluso. Comprenderás que no puedo pasar esta noche con mi familia y dejar de lado esta espectacular fiesta. ¿Qué si puedes venir?- inquirió con una risita.- Lo siento, pero es sólo para menores de treinta y tu los pasaste hace rato.- Se produjo una larga pausa que fue quebrada por la divertida carcajada de Hermione.- Esta bien, claro, por supuesto, los visitaré antes de año nuevo. Un abrazo, mándale saludos a la abuela. Yo también los quiero. ¡Adiós!

Colgó el teléfono y se giró para ver a su madre con el rostro plagado de una expresión resuelta.

-Sólo tenías que decirle que tenía otra fiesta, ellos lo entienden, saben que no soy una niña.

-¿De verdad vas a una fiesta con chicos mayores que tú?

Hermione volvió a rodar los ojos.

-¡Mamá! ¡Claro que no! Es la casa de los Weasley. Es que no podía decirles que iba a pasar la navidad a la casa de otra familia, eso sí les hubiera roto el corazón.

-Está bien.- Se resignó su madre dando un suspiro.- Después de todo, no será la primera navidad que pasas con ellos ni la última que pasas con nosotros.

-En absoluto.- Contestó Hermione con una sonrisa.- Además, los últimos seis años los he pasado con ustedes, que éste no lo sea no significa que prefiera a los Weasley por sobre ustedes.

-¡Claro que no, cariño! – Se defendió su madre agitando las manos.- ¡Jamás quise decir eso!

-Entonces, ¿me dejas?

-Sí, por supuesto, ve y diviértete.

-¡Gracias, mamá!

Hermione abrazó a su madre de manera rápida y con las manos en alto, para no mancharla con la harina que tenía en ellas.

Se fue corriendo a la cocina para terminar las galletas que estaba horneando y exclamó un gritito de júbilo, que mezclaba una risa emocionada con un entusiasmo perturbador.

Cortó la masa de las galletitas y colocó los árboles y los monitos de nieve dentro del horno, marcó el tiempo y se apoyó de espaldas en el borde del mesón.

No había dejado de sonreír. Lo vería esa noche. Rogaba porque todo volviera a ser como antes.

No había olvidado el cumpleaños de Elisa, y es que esa fiesta estuvo cargada de sorpresas. Además del sorprendente e inesperado beso que su mejor amiga se había dado con Oswald, también ocurrieron otras cosas.

Sus mejillas se encendieron cuando recordó una especial escena que esperaba volver a repetir esa noche.

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Tiare paseaba por la mansión tocando con su varita cada vela que flotaba a su paso. Meng había vuelto de china sólo para poder pasar la navidad con su concilio, pero no había tenido tiempo de hablar con él.

Deseaba hacerlo, porque Tanesda, Emir y Feroz, no eran las mejores opciones a la hora de querer desahogar las penas.

Suspiró con suavidad y sin querer apagó la última vela que había prendido. Bufó molesta y arrojó la varita al suelo. Era una nimiedad, pero estaba totalmente colapsada con lo de Morgan.

Recordó cuando desistió la idea de juntarse con él, creyó que era mejor engañarlo, aceptó su invitación y no llegó jamás. Pero eso aún le provocaba una horrible quemazón en el estomago.

Estaba tan inmersa en sus pensamientos de odio a sí misma que no se percató cuando unas pisadas se acercaban con lentitud.

-¿Qué te hizo la varita que la tratas así?

Tiare se giró. Meng le sonreía con dulzura paternal, era un gesto imposible de evadir. Trató de devolverle el gesto, pero sabía que su boca estaba dibujando una mueca torcida y adolorida.

Meng no dijo nada durante un rato, contempló a su discípula con gesto cariñoso, recogió la varita, se la entregó, y luego la tomó por los hombros.

-¿Te apetece caminar?

Ella sólo asintió.

El maestro la guió a través de un largo pasillo que daba a la parte trasera del enorme jardín.
El hemisferio sur del planeta, en esos momentos, gozaba de un cálido verano. Ambos caminaron por el patio mientras disfrutaban de la fresca brisa que refrescaba el calor. La diferencia horaria era de cuatro horas. En la isla el sol reposaba tras sus espaldas, preparándose para ocultarse dentro de un rato más.
Sintió como Meng aflojaba sus hombros para girarse y ponerse frente a ella. Se vieron a los ojos un instante, pero ella no toleró su mirada mucho tiempo, así que desvió la cabeza hacia otro lado.

-Uzume me contó lo que sucedió con nuestro espía.- Dijo. Tiare se sorprendió al escuchar la voz de su maestro cargada de entusiasmo. Creyó que estaría enfadado.

-No sé si lo que hice fue correcto…- Murmuró apesadumbrada.- Él se portó muy bien conmigo, aunque me haya engañado. Durante ese tiempo en el que compartimos él fue un chico genial, un caballero. ¡Se atrevió a ayudarnos para detener a su padre! Todavía no lo comprendo… ¿Por qué lo hizo?

-Seguramente, no hizo nada.- Contestó el anciano contemplando el cielo, que se comenzaba a tornar del azul celeste a un rosa anaranjado.

-¿Cómo? – Inquirió curiosa.

-Hija, si Morgan Candeviere hubiese estado trabajado en nuestra contra, jamás, y escúchame bien, jamás, se había atrevido a ingresar al Concilio como lo hizo.

-No lo entiendo.- Admitió confundida.- Él y su padre idearon un plan para entrar al concilio, me engañó. Las coordenadas fueron para despistar, ¡nos ha estado despistando todo este tiempo!

-No lo creo, mi niña.- La interrumpió Meng con una sonrisa placentera, y Tiare parpadeó.- ¿De verdad crees que te engañó? ¿No habrás oído mal?

-¿Oído… mal?

-Lo espiaste, hija mía. ¿Qué tal si lo pillaste justo cuando trataba de confundir a su padre?

-Pues, si quería confundirlo podía decirle cualquier cosa, pero no contarle que me conocía.

-¡Ah! Entonces supongo que dijo tu nombre.

Tiare abrió levemente los labios para protestar, pero en lugar de eso pensó un instante y luego negó con la cabeza.

-¿Cómo sabes entonces que él estaba hablando de ti?

-¡Dijo que tenía relaciones con el concilio y que una chica estaba comiendo de su mano!

-Debo presumir entonces que inmediatamente te sentiste aludida, ¿no es así?

Meng enarcó una ceja, divertido. Tiare en cambio, pasó por una gran variedad de colores antes de alcanzar el rojo vivo que destellaban sus mejillas.

-Bueno…yo…. Tiene sentido, ¿no? –Se trató de defender- A mi no me gusta, pero seguramente…lo… lo sospechó.

El anciano lanzó una carcajada ahogada y volvió a abrazar a la chica.

-Hija mía, hija mía… Si hay algo que aprendí de ti desde el primer día que pisaste esta mansión, es que nunca te quedas con las primeras opiniones. ¿Por qué esta vez ha de ser diferente?

-¿Está insinuando que vaya a encarar a Morgan? – Preguntó perpleja- ¡Me está enviando a la muerte!

-No, mi niña. Tu crees que ir a dónde él es encontrar la muerte, yo, por mi parte, creo que ir dónde él es, encontrar respuestas.

-¿A qué se refiere, Meng?

-Pregúntale qué se trae entre manos, dile lo que viste, y si él tiene intenciones de matarte, bueno, creo que estás totalmente capacitada para defenderte. Por algo perteneces al concilio.

El maestro le guiñó un ojo y se alejó, escondiendo sus manos en las mangas opuestas. El sol se estaba ocultando, y Tiare tenía sólo segundos para adivinar qué tenía que hacer.

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El la espiaba, le gustaba hacerlo, era hermosa. La observaba con cautela mientras fregaba en el río una tunica vieja. Llevaba puesto un delgado vestido blanco que estaba bastante sucio; él se fascinaba con la silueta de la muchacha, y como el vestido a la altura de sus piernas se sumergía en las frías aguas mientras lavaba sus harapos.

Parecía agotada, pero él sabía que jamás se mostraría tan humana y frágil frente a los maestros. Contempló como se pasaba el antebrazo por la frente y suspiraba agotada. Se veía extenuada.

Desde que había llegado al pueblo la gente no dejaba de visitarla para pedirle medicinas, concejos y hechizos. Ella se prestaba con muy buena actitud a ayudar a todos quienes lo pidieran, incluso pasaba días sin dormir ni comer; Algo para lo que las meditaciones no ayudaban mucho.

Después de espiarla durante tantos días, se había dado cuenta de que al momento de meditar su mente se encontraba en otro lado y no en el método de concentración. Estaba más delgada de lo normal, su piel dibujaba moretones, y su rostro unas densas ojeras.

Parpadeó para quitarse de encima un insecto que se le había cruzado y que le había bloqueado el parámetro de visión. Fue sólo un segundo. Apenas volvió a abrir los ojos para mirarla, ella… no estaba.

No la escuchó partir, y dudaba que se hubiera ido, porque la vieja tunica reposaba sobre una roca. Entonces, comprendió la terrible situación en la que se encontraba.

Saltó de su escondite, y con una velocidad anormal logró quitarse de encima la chaqueta y las botas, para luego lanzarse al río.

El cuerpo de Nacet flotaba sin rumbo Fijo a causa de la corriente. Un par de veces chocó contra algunas rocas y él gimió al notar un leve hilo de sangre que la acompañaba en el trayecto. Dejó que la corriente se lo llevara para alcanzar a llegar a ella, y agradeció que el tronco de un viejo árbol la atrapara entre sus ramas.

Nadó con rapidez y la aferró con fuerza entre sus brazos. Luchando contra la corriente trató de ayudarse con las ramas del árbol para poder salvarla y llegar a la orilla. Finalmente, después de minutos de trabajo, ambos estaban a salvo, aunque ella estaba totalmente inconciente.

-Nacet…- Susurró.- ¡Nacet!

La mujer no se despertó. La puso boca abajo para poder ayudarle a expulsar el agua subiéndose a su espalda, pero la chica seguía inconciente.

Los cascos de un caballo resonaron a lo lejos. Inmediatamente se le quitó de encima para no causar una mala impresión al dueño del animal, y rogó por lo demás que pudieran ayudarlo.

-¡Ayuda! ¡Por favor! ¡Necesito ayuda!

Los cascos disminuyeron, dando pasó al flamante corcel pocos segundos después por entre los árboles. Su cara se contorsionó. De todas las personas que podían ayudarlo, justo él aparecía en el bosque.

-¿Yerko? – Preguntó Trístan conmocionado al verlo recostado sobre el cuerpo inconciente de Nacet. Sus ojos se desorbitaron al ver a la muchacha.- ¿Qué has hecho?

-¡No he hecho nada! ¡Ella sola se cayó al río!

-¡Nacet!

Trístan no lo escuchó. Se bajó del caballo con tal rapidez que Yerko juró que había volado. Inmediatamente se encontraba haciéndole a la chica presión en el pecho y respiración boca a boca. El rescatista frunció el ceño molesto, ese era su acto heroico, no del chico bonito ese.

No había terminado de lanzar maldiciones mentales cuando la tos ahogada de la chica llegó a sus oídos. Ambos se inclinaron sobre ella para verla, pero Trístan le impidió que se acercara más.

-¿Trístan?

La voz de la chica era trémula, y una horrible herida se abría en su frente.

-Mantente callada.- Le susurró Trístan, y Yerko se impresionó del increíble amor que irradiaban esas palabras.

-La puedo llevar al pueblo.- Se ofreció con timidez, aunque sabía cual sería la respuesta.

-No.- Dijo el chico tomando a la sacerdotisa en brazos.- No pueden verla enferma, Calahad y Tervian vendrían a verla y la castigarían por desfallecer. Se supone que los druidas no pueden enfermar. La dejarían morir si fuese necesario.

-¿Trístan? – volvió a llamar la voz de la chica, y Yerko se tensó.

-Pero si es humana, ¿cómo esperan a que no enferme?

-Ella no siguió con las tradiciones, si supiera meditar como es debido no estaría como está. Algo bloquea sus emociones, debe estar limpia de ellas para poder estar sana eternamente.

Trístan la llevó hasta su caballo y se montó en él cargándola con cuidado. Yerko se acercó dando largas zancadas, debía tener algún crédito por salvarla.

-Al menos avísame si se pone bien.- Le espetó.- De no haber estado aquí probablemente la habrían encontrado muerta.

-¿Qué hacías aquí? – Preguntó enarcando una ceja escéptico y algo molesto.- ¿La espiabas? – La mirada repentinamente se transformó en furia.

-Agradece que lo hice.- Confesó sin remordimiento.- De lo contrario ya no estaría viva.

Yerko escuchó como Trístan apretaba los puños hasta hacerlos crujir, pero no le contradijo. En cierta manera, le debía parte del trabajo.

-No le digas a nadie lo que ocurrió. La llevaré al norte, para cuidarla hasta que mejore.

-¿Qué? – Exclamó contrariado mientras el chico alzaba las riendas del caballo para girarse.- La gente preguntará por ella.

-Diles que se fue a un viaje espiritual, Tervian estará encantado de saber como su sacerdotisa se vale por si sola.

Tristán agitó la rienda y el caballo relincho, alejándose rápidamente.

-¿Dónde la llevaras?

No hubo respuesta, el caballo ya se había alejado.

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Morgan agitó la cabeza con brusquedad, estaba sentado en su cama con la vista perdida en algún rincón de la alfombra. Se había sentado para cambiarse de zapatos, entonces sintió el calido aroma del perfume de alguna de las invitadas, e inmediatamente se perdió en algún lugar de su mente.
Aquella visión había sido más vívida que la última vez, incluso podía sentir el fresco aroma del río, y el apestoso aliento del caballo.

Agitó una vez más la cabeza. La expresión de la chica desfallecida y casi ahogada le causó una extraña incertidumbre. La impotencia que sintió Yerko al no haber sido escuchado, ni mucho menos recompensado por su heroico acto, le hizo sentir una presión en el pecho. Similar a cuando su padre lo trataba de inútil a pesar de todos sus esfuerzos por agradarle.

Se levantó tambaleándose, se quitó la camisa y se colocó otra limpia. Tomo una chaqueta de satén que estaba recostada en una percha y se la puso sobre la camisa. Se miró al espejo que reposaba al otro lado de la puerta del closet. Se pasó ambas manos por la cabeza para arreglarse el cabello, y se acomodó el cuello de su traje.

Se giró para verse la espalda, y sonrió con tristeza. Aún estaba medio adormilado a causa de la visión, y trató de desperezarse haciendo algo más cotidiano.

Cerró el closet y suspiró, era hora de salir en sociedad. Se apretó las mejillas para acostumbrarlas antes que las ancianas amigas de su padre lo hicieran.

Tomó el pomo, inhalo una buena cantidad de aire, y lo giró.

Apenas había movido la puerta un centímetro cuando un sonido fugaz a sus espaldas llamó su atención. Se giró sobresaltado y con el corazón en la mano. Sobre su cama flotaba un pequeño cometa de fuego.

Corrió hacia él cerrando la puerta. Se lanzó sobre su cama y desdobló el papel ansioso. Sus ojos se abrieron con sorpresa y felicidad cuando reconoció la letra.

Necesito hablar contigo. Te espero en la plaza Chamon a la media noche. Si la navidad hace milagros, espero que éste lo sea. Tiare

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Lo que transcurrió del día sirvió para que la familia Weasley recobrara un sentido familiar mucho más apegado. Ginny y Maggie se la pasaron todo el día metidas en la cocina ayudando a Molly con el pavo y las papas doradas, mientras que Vincent, Ron, Oswald, Harry, los gemelos, Charlie y Percy, se encargaban de limpiar, asear, ordenar, decorar y hacer del ambiente algo mucho más festivo. Era la primera navidad en años en que la madriguera rebosaba de gente.

A falta de Arthur Weasley, Bill había pasado a ser el jefe de hogar. Fleur ayudaba a su suegra con todo lo relacionado a la organización, mientras que Alice se encargaba de revolotear con la vieja escoba de Ron por toda la casa, causando uno que otro desastre.

Lo peor fue cuando se le ocurrió meterse al garage, dónde los gemelos habían guardado los fuegos ratifícales de su propia creación. La blanca niñita había terminado más negra que un carbón, intensificando los gritos de su madre al doble, incluidos los de Molly.

A la mujer se le había ocurrido que para esa fecha tan especial, debían estar vestidos más elegantes de lo habitual, por lo que confeccionó ocho hermosos vestidos para Maggie, Ginny, Fleur, Alice y Hermione, e incluso hizo para las novias de sus otros hijos, quienes habían confirmado su visita.

Las cuatro mujeres ya se habían cambiado, y Ginny se había impresionado lo mucho que su madre había mejorado la costura esos años. Con razón le iba tan bien en el negocio del diseño.

Su vestido, así como el de Maggie, era largo de ceda verde y estaba bordado con un hermoso hilo rojo carmesí. El de la melliza seguía el mismo diseño, pero el de ella era azul, y el hilo, plateado.

Aunque les gustaba como se veían, no podían dejar de sentirse disminuidas por Fleur y Alice. Madre e hija llevaban el mismo vestido de color plateado. Parecían dos hermosos ángeles.

Los hombres en cambio prefirieron utilizar el mismo traje que habían llevado al cumpleaños de Elisa. Ginny se ruborizó cuando Oswald apareció con Vincent en las escaleras. Le recordó todo lo que había ocurrido y se comenzó a poner nerviosa.

-Vaya.- Susurró.- De verdad que tu madre tiene muy buena mano para los vestidos.

-¿Verdad que sí? – Contestó nerviosa jugando con el faldón para desviar sus ojos de los del chico.- Ha mejorado mucho desde que estuve en Hogwarts.

De repente se quedó callada. Sintió un extraño calor muy cerca de ella y tuvo que elevar los ojos para saber qué estaba pasando. Oswald se había acercado más de lo necesario y la contemplaba con el mismo brillo que tenía en los ojos el día que se besaron.

Retrocedió un paso.

-Iré a terminar la cena.- Dijo con rapidez, y se giró con vergüenza al sentir la mirada divertida de Oswald.

Aún no eran las nueve de la noche, y estaba esperando ansiosa a que llegara Hermione, necesitaba a su mejor amiga para que pudiera tranquilizarla, aunque la última vez que los visitó parecía que tenía la cabeza en otra parte.

-¡Te voy a matar pavo maldito!

Corrió velozmente para entrar a la cocina, donde Maggie batallaba con dientes y uñas tratando de ponerle el relleno al pavo.

-¿Qué rayos estás haciendo?

-¡Esto no me va a ganar! ¡Es imposible! ¿Cómo no le van a caber las hojas de lechuga?

Ginny apretó los labios divertida, tratando de aguantar la carcajada. El despuntado cabello de la melliza estaba totalmente desordenado, y sus mejillas, rojas.

-Deja que te ayude. – Se ofreció.

Se acercó para poder abrir la boca del pavo, por donde entraba el relleno, y Maggie lo pudo poner sin problemas. Sonrió enseñando los dientes cuando lo hizo en menos de un segundo.

-¿Dónde tienes la cabeza? – Curioseó Ginny sonriendo, y Maggie la miró con misterio.

-¿Sabes que me va a regalar George? – Preguntó pícara. Ginny negó con la cabeza, la chica se acercó.- Él no sabe que lo sé, pero descubrí guardado entre sus cosas un hermoso anillo.

-¿Qué? – Saltó Ginny con los ojos como platos, Maggie la chistó.- ¿No me digas que te va a pedir matrimonio? – Masculló asombrada, y Maggie se carcajeo melodiosamente.

-¡Que va! No, para nada.-Rió agitando la mano.- Pero ¿No es emocionante? ¡Un anillo!

-Sí, sí, claro, muy emocionante.- Contestó atónita. ¿Qué se traía su hermano entre manos?

Se quedó con aquella imagen de George regalándole un anillo a su amiga cuando el crepitar de la chimenea llamó su atención. Se miraron con Maggie y salieron corriendo a la sala para ver qué ocurría.

Ginny sonrió feliz al encontrarse con Hermione sentada en la mitad de su living.

-¡Hermione!

La voz de Ron se escuchó por encima de todas las demás que habían acudido para saludarla. Ginny quedó en la mitad de camino, porque justo en ese momento su hermano se le adelantó para levantar a la chica del suelo y saludarla con un increíble abrazo.

-¡Que bien que decidiste pasar la navidad con nosotros! – Le dijo Ron, y todos se quedaron viendo. Incluso Harry, (a quien Ginny no lo había visto hasta ese momento porque había estado limpiando el jardín de los gnomos), parecía impresionado con la actitud de Ron.

Por un momento se olvidó de ellos cuando se encontró con los ojos de Harry que la habían descubierto observándolo. Inmediatamente desvió la cabeza, avergonzada. La última semana no había sido nada fácil pasar cerca de Harry, y no era porque se comportara mal con ella, todo lo contrario: era porque el chico no hacía nada. Era como si ella no existiera, ni siquiera se dirigía a ella de manera directa. Cuando estaban en la mesa, si la sal estaba justo delante de ella, se la pedía al que estaba sentado a su lado. Cuando preguntaba la hora, y ella contestaba, él hacía como que no la oía; La ignoraba olímpicamente.

Para cuando volvió a posar la vista, él ya se había girado para saludar a Hermione. Molly había llegado con el mismo vestido que Ginny traía puesto, pero éste era de color lila. Hermione a cambió le entregó una bandeja forrada con plástico. Pudo notar galletitas de muchos colores en el interior.

-¡Hermione!

Se acercó a abrazarla, pero notó algo extraño cuando su amiga le devolvió el abrazo. Era como si no estuviera concentrada en el saludo. Algo no común en Hermione Granger.

-¿Qué tal el viaje en chimenea? – Le preguntó para despertarla, pero Hermione miraba por sobre su hombro.

Ginny se giró, Ron y los gemelos reían de algo que ella desconocía, pero alcanzó a notar la fugaz mirada que su amiga y su hermano se lanzaban.

-¿Qué está ocurriendo? – Inquirió cruzándose de brazos y levantando una ceja, Hermione apretó los labios en una sonrisa sagaz y se ciñó de hombros. -¡Oh, vamos! ¡Dímelo! Desde la fiesta que andan extraños.

-¿Y qué me dices de ti? – La contraatacó cambiando su mirada por un segundo de Ron hacia ella.

-¿Qué hay conmigo? – Contestó a la defensiva.

-Hay un beso que todavía ronda en la memoria de cientos de invitados en esa fiesta. ¿Recuerdas como lo relató el Daily Mirror?

Ginny se sonrojó como la grana. Al día siguiente de la fiesta una fotografía de ella besándose con Oswald recorrían las planas de espectáculos de los periódicos. Era el gran escándalo acontecido en la ciudad.

Levemente, una vez que pasó esa imagen por su cabeza, se giró con lentitud hacia dónde estaba su hermano. Harry hablaba con Bill de algo que parecía ser trabajo.

Súbitamente su corazón se aceleró, y sintió que su respiración comenzaba a disminuir.

-¿Ginny? – Jadeó Hermione preocupada sacudiéndola- ¡Ginny!

-Por eso se comportó así…- Masculló para si misma, y Hermione parpadeó.

-¿De qué hablas?

Agitó la cabeza. No le iba a dar explicaciones a su amiga. Harry se iba a casar, en la fiesta había dejado bastante claro cuanto amaba a la chiquilla esa. Tal vez todo era idea suya. Una mera coincidencia. Porque… No podía estar molesto por que ella y Oswald… No, no podía ser.

-Ginny, ¿qué diablos te pasa?

-¡Nada! – Dijo azorada volviéndose a Hermione, ya hasta había olvidado porque tenía tanta curiosidad hacia su amiga.

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Después de haber ayudado a Hermione a cambiarse y a colocarse el vestido que Molly le había regalado, ambas se prepararon para lo que les esperaría esa noche. Ya habían llegado a la casa Angelina, Penélope y Violet, la novia de Charlie. Era muy bonita pero demasiado pálida, para gusto de Ginny. Tenía el cabello de color castaño, y muy corto, casi como corte de varón, aunque hacía una linda mezcla con los ojos que eran de un azul pálido. Además era demasiado alta, parecía que ambos tenían el mismo tamaño. Era enorme y muy delgada, de brazos y piernas largas. Lo único que la afeminaba de sobremanera era el lindo vestido que Molly le había hecho de color púrpura, y una cinta plateada que adornaba su cabeza como un cinto.

Charlie parecía más que enamorado de ella, ya que no paraba de abrazarla, darle besos y hablarle en rumano.

Penélope por su parte, había hecho acopio de su vestido de color turquesa, lo que resaltaba las pecas de su piel. Percy también parecía fascinado.

Por otro lado, Fred estaba más que de acuerdo con el bello vestido color canela que su madre le había hecho a Angelina. La chica se veía realmente bella ante el contraste que causaba su piel morena con el color rojizo del vestido.

Todas las chicas estaban bellísimas, incluso la matriarca, quien se había colocado un bello vestido rojo con verde, lo más acorde para la fiesta navideña. Ginny se sobrecogió cuando Oswald le tomó la mano para ayudarla bajar las escaleras, mientras Ron hacia lo propio con Hermione. No quería fijarse en el rostro de su amiga, tenía algo más interesante en que fijarse. Harry estaba sentado en el brazo del sillón dónde estaba Bill observándolos, a ella y a Oswald, con cara de pocos amigos.

-¿Quieres beber algo? – le preguntó el chico caballerosamente. Ginny parpadeó antes de darse cuenta que le estaban hablando.

-¿Qué… eh? ¡Ah! No, gracias.

-Por cierto.- Murmuró acercándose a su oído, tanto, que Ginny estaba segura que le había besado el cuello.- Estas hermosa.

Lo miró a los ojos totalmente sonrojada, más bien, ardiendo. Nuevamente él la veía con aquel destello brillante que irradiaba deseo. Quitó sus ojos con rapidez, sólo para darse cuenta que Harry los seguía observando con una expresión de total odio.

-¡Niños, la cena está lista!

La voz de Molly Weasley anunciando la cena funcionó como una orden mágica. Todos corrieron a sentarse a la mesa en menos de un segundo.

Ginny tomó su lugar a un lado de Oswald, como siempre, y curiosamente, como nunca, Harry, se sentó frente a ella. Pudo notar que Maggie le hacia gestos desde el otro lado de la mesa preguntando qué ocurría, pero sólo se limitó a levantar los hombros, estaba consternada.

Harry tronaba los dedos sobre la mesa mientras Percy y Charlie ayudaban a Molly con el pavo, Ginny no podía ver hacia ninguna parte. Trató de enfocarse en el corte que estaba haciendo su hermano mayor, pero no podía, sentía los ojos de Harry sobre ella. Levantó los ojos para comprobarlo, y los volvió a bajar con rapidez cuando lo confirmó.

-¿Te ocurre algo? – Le preguntó Oswald mientras recibía su plato y recogía el de ella para que le depositaran el pedazo de pavo.

-No,- Negó con rapidez mirándolo bruscamente por el movimiento de la cabeza.- Muero de hambre.

Oswald le sonrió y la besó con rapidez en la mejilla. Jadeó sorprendida al no esperarse una reacción así de parte de él, y sin quererlo volvió a fijar sus ojos en Harry. El chico afirmaba el tenedor con las puntas hacia arriba dispuesto a lanzarlo directo hacia ellos si se le daba la oportunidad.

-Gracias.- Se escuchó la voz de Hermione. Ginny agradeció que le sirviera para distraerse porque inmediatamente se giró hacia ella.

Su amiga recibía el plato de las manos de Charlie, quien servía al otro lado de la mesa. Como nunca, ella ocupó su lugar a un lado de Ron, parecía fascinada con algo que desconocía; Ahí estaban, solos, su mejor amiga y su hermano.

¿Qué se había perdido? Ambos tenían los ojos brillantes y estaban deslumbrados el uno con el otro. Su amiga no le había contado todos los detalles de la fiesta, excepto, que no fue la única que besó a un chico.
Hermione había hablado tan rápido ese día que solamente logró entender la mitad. Recordaba del relato, que Ron cansado, se había rendido de darle explicaciones. Hermione no iba a ceder… Hasta que su hermano y Malfoy discutieron.

Cuando su amiga le contó aquel detalle, recordó que el chico ya no estaba con Katerina cuando salieron de la piscina con Oswald. De hecho, después no lo vieron por ningún lado. Entonces, supo porqué era, y también, la razón de ensoñación de Hermione.

Cuando ella se fue con Oswald al patio, adentro del salón se armó una trifulca de mediana intensidad. Hermione no quiso bailar con Ron porque sabía que era la excusa para hablar con ella, y no quería dar su brazo a torcer. Esa fue la gran clave para terminar con todo aquello. Malfoy le recriminó que se buscara a alguien que no fuera “sangre sucia”, y al parecer eso afectó más de lo debido a su hermano mayor. Con las copas demás, y la euforia que todo le estaba provocando, amenazó a Malfoy de pelea. No entendió mucho del relato, porque su amiga estaba tan emocionada que tropezaba con las palabras. Pero, el punto fue, que Malfoy optó por marcharse antes de manchar su nombre en una pelea. También creyó haber oído que Katerina se molestó mucho con su novio. Aunque lo extraño de todo fue justamente el último punto, que Malfoy se marchara sin oponer revancha.

En fin, cuando Ron defendió a Hermione, que era la prueba que ella necesitaba, se lanzó a sus brazos y le agradeció el que haya regresado el chico que ella conocía. Después de eso, se fueron a bailar, él le explicó algunas cosas, y ella, terminó por robarle un beso.

Algo “obvio y que se venía venir”, según las propias palabras de su autora. Pero para Ginny seguía siendo un disparate sin pies ni cabeza. Algo faltaba en ese puzzle, y si conocía bien a la bruja, no se lo iba a decir jamás.

El punto era, que ahora Hermione estaba totalmente hechizada con Ron, como nunca antes la había visto.

-Hablé con su padre hace un rato.- Interrumpió Molly las cavilaciones de Ginny, y todos se giraron a verla, estaba sonriendo.- Sí, bueno… me dijo que allá estaban celebrando con todo el concilio oriental, y que iban a festejar el año nuevo en el antiguo imperio. Van a haber dragones orientales.

-Son hermosos.- Comentó Charlie.- Sólo he visto uno en mi vida y estaba a veinte metros de distancia.

-¿Qué tan bellos son? – Preguntó Hermione interesada, Charlie le sonrió.

-Son como grandes serpientes voladoras. Se parecen mucho a las anguilas, pero tienen cientos de colores, su piel brilla y lanza destellos como el arcoiris.

Todos profirieron un grito se asombro, mientras Molly volvía a enfocarse en el pavo para poder repartirlo junto con sus hijos.

-Arthur está bien.- Dijo finalmente colocando un pequeño pedacito en el plato de Alice.- Nos hecha de menos como es lógico, pero tiene tanto para conocer que ha tratado de mantenerse ocupado. Esta noche van a celebrar en un bello palacio. Va a haber cientos de invitados. Así que no lo pasará mal.

Molly dijo eso con tanta tranquilidad que todos se impregnaron de ella. Aquello significaba que Arthur estaba bien, que todo andaba en marcha. De lo contrario no estarían celebrando en China.

-¿Te dijo cuando volvía? – Preguntó Percy sirviendo un pedazo de pavo en el plato de Vincent, al que se le inclinó un poco. Maggie lo miró sorprendida, porque su hermano nunca se permitía errores tan mínimos como ese, y Ginny logró escuchar una risita de parte de Oswald.

-¿De qué te ríes? – Le preguntó llevándose un pedazo de pavo a la boca.

-De Vincent.- Contestó tomando un poco de vino, Ginny curvó la boca.

-¿Por qué? – Preguntó mirando al mellizo. La respuesta fue otra risita que el chico camufló con una tos poco disimulada.

-¿No lo notas?

Ginny juntó las cejas. Vincent estaba apoyado sobre la mesa con la vista enfocada en su plato, aunque de vez en cuando lanzaba rápidas miradas sin que nadie lo notara a la pareja que estaba sentada frente a él.

-¿Qué? – Jadeó.- ¿Está celoso?

-De Hermione.- Afirmó Oswald bajando la voz.

-Pero, pero… ¿Le gusta, en serio?

-¿No lo habías notado?

Ginny negó con la cabeza, y volvió a mirar a Vincent que parecía molesto.

-Creo que desde el primer día que fue a la casa de ellos en Carminabel.- Meditó elevando los ojos al techo. Ginny tomó un trago de vino de la copa de Oswald para aclarar su mente.

-Pero… pero…- Se dirigió a Vincent nuevamente y se preguntó porqué jamás se acercó a ella, o hizo algún intento por conquistarla. Pensándolo de manera coherente, sin querer ofender a Ron, él mellizo y la chica habrían hecho una pareja muy compatible.- ¿Por qué nunca hizo nada?

-No lo iba a hacer.- Dijo hablando bajo, justo cuando Charlie se sentaba en su sitio y hacía un brindis. Todos elevaron su copa, se sorprendió cuando Harry chocó la suya con la de Oswald tan fuerte, que derramó un poco de vino.

-¿Por qué? – preguntó atontada viendo a Harry de reojo.

-Hermione le recuerda a su ex.- Masculló limpiándose la mano dónde el vino había caído, dirigiéndole a Harry una mirada amenazadora. Pero el aludido solamente se limitó a sonreír con maldad.

-¿Le recuerda a su ex? – repitió con una punzada en la cabeza. Había dos informaciones que estaba procesando y le daba miedo cambiar de tema por equivocación. Harry se estaba comportando como un idiota.

-Vins tuvo una novia que fue su mejor amiga desde la infancia, Clair. Terminaron hace algunos años, cuando yo salía con Rosalie… - Al llegar a ese punto, enmudeció. Ginny comprendió que él no sabía que ella conocía la historia sobre sus novias, así que trató de parecer impresionada para no delatar a Maggie.

-¿Tuviste una novia? – Preguntó pareciendo interesada, él rió.

-Ya lo sabías, no te hagas la tonta.- Rió divertido mientras se llevaba a la boca un poco de papas. Ginny enrojeció, así que trató de seguir la conversación de antes.

-Entonces… ¿Cómo era Clair?

-La vívida imagen de Hermione, podrían pasar por hermanas.- Contestó levantando los hombros.-Pero Clair era un poco más alta, y su cabello no era tan inflado.

-Oh…y… ¿Qué pasó que terminaron?

-Clair decidió que con Vins eran mejores como amigos, que la relación no funcionaba bien, al menos para ella. No estaba enamorada, claramente.

-¿Decidió? Entonces, ¿Ella terminó con él? – Oswald asintió.- Vaya… debe haber sido doloroso.

-De hecho, lo fue. Nunca has visto a Vincent llorar, y jamás lo harás. Guardó su dolor como si jamás hubiera sucedido nada, pero con Maggie sabíamos cuanto estaba sufriendo. Como podrás comprender, él decidió que la amistad no podría seguir si uno de los dos estaba enamorado, así que cortaron por lo sano y…

-Se separaron.- Terminó Ginny abatida. Contempló a Vincent y supuso como se debería sentir al ver a Hermione, tan parecida a Clair, haciéndole arrumacos a alguien que parecía ser su novio.- Que lástima… Y ¿No ha tenido más novias?

-No. Se dedicó a estudiar y retomar los libros de filosofía y magia que había dejado de lado. Por eso es que sabe tanto. Pero no le he conocido ninguna otra conquista.

Ginny agachó la cabeza y comenzó a jugar con la comida sobre su plato. Observó a Vincent por el rabillo del ojo y encontró en él una expresión que ya había visto, pero no sabía donde, hasta que, sin quererlo, depositó nuevamente sus ojos en Harry.

Como si hubiera descubierto el más importante de los secretos, movió con rapidez sus ojos del mellizo al chico que estaba sentado frente a ella. Ambos… tenían la misma expresión.

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Morgan se sentó en la banca frente a la fuente de agua que ahora estaba congelada. La nieve se aglomeraba en todos los rincones de la plaza, y el frío se colaba a través de su gabardina. No llevó regalo, y tampoco esperanza. Si aquello era un nuevo mal entendido, no quería pasar el mal trago de nuevo.

Se calentó las manos y encogió los hombros por el frío. Pensar que podría estar en su casa celebrando… con gente falsa… pero celebrando y comiendo algo calentito.

Cerró los ojos para evadir una fuerte ráfaga de viento helado que lo azotó, y gruñó.

-Sólo esperaré un minuto más, si no llegas, te juro que…

-¿Qué? ¿Me vas lanzar una maldición?

Morgan se levantó del asiento impulsado por la adrenalina. Se giró con cuidado, casi como en cámara lenta, hasta encontrarse con dos ojos castaños que lo miraban expectante.

Sonrió emocionado al descubrir a Tiare vestida con ese enrome abrigo de esquimal, aunque ella no parecía muy contenta de verlo.

-Que bueno que viniste.- Dijo él acercándose, pero ella retrocedió un paso.- ¿Qué sucede?

-Eso quiero que me expliques-contestó ella a la defensiva, Morgan parpadeó confundido.

-No entiendo…- Confesó aturdido.- ¿Qué es lo que ocurre? ¿Por qué no querías verme? ¿Te hice algo? Esta semana ha sido una tortura, yo…

-¡Basta! – Exclamó apuntándolo con su varita dorada, y el semblante del chico se transformó en uno preocupado.- ¡Basta de mentiras! ¡Acabemos esto de una vez!

-No entiendo de qué estás hablando…-Dijo con tristeza acercándose, pero ella volvió a retroceder soltando una risa escéptica.

-¿Por qué lo hiciste? – Sollozó.- ¿Por qué me mentiste? ¿Cómo… cómo pudiste?

-¿Qué? –Exclamó aturdido- ¿Mentirte? ¿De qué rayos estás hablando?

-¡Ya, deja de hacerte el tonto que no te sale! – Lagrimeó tratando de aguantar el llanto. No entendía porque él se comportaba como si nada, parecía tan… sincero.

-¡Es que de verdad no entiendo! ¡Me dejaste plantado el día del cumpleaños! ¡No me contestaste las cartas ni las llamadas! ¡No te has comunicado conmigo en una semana! ¡Explícame! Porque si se trata de ser idiota, bueno, entonces lo soy, porque no entiendo nada. – Explotó avanzando sobre la espesa nieva dejando un rastro. Esta vez Tiare no se movió.

-¿Por qué te comportas así? Se nota que tu padre te enseñó muy bien a actuar.

-¿Qué? ¿Qué tiene que ver mi padre en todo esto?... ¿Actuar, dijiste?

-¡Claro! ¡Pero cómo fui tan idiota, Dios! Eres el hijo del ministro, era obvio que serías como él.

-Hey, hey, hey, aguarda un momento.- La chistó agitando sus manos.- Tu sabes mejor que nadie que yo no me parezco ni una pizca a mi padre, ni siquiera me agrada ser su hijo, ¡no me siento orgulloso de serlo!

-¿Entonces por qué le dijiste que nos conocíamos? ¿Ah? – Lloró finalmente.- ¿Cuál era la idea? ¡Te entregué información confidencial del concilio y tu vas y le sueltas todo! –Comenzó a caminar de un lado para otro dando manotazos al aire, Morgan estaba totalmente confundido.- ¿Cómo pudiste hacerme esto? Te entregué mi amistad, mi confianza, mi cora…- Se detuvo.

Morgan tenía la boca a medio abrir, tratando de procesar todo lo que ella le había dicho, pero nada coincidía. ¿Qué él le había soltado información a su padre? ¡Nunca había hecho tal cosa!

Se acercó con cuidado a Tiare, por miedo a que lo atacara. Sollozaba en silencio, agitando los hombros mientras miraba al suelo. Con cuidado, apoyó su mano sobre el hombro de ella, pero con un rápido movimiento se la quitó de encima, colocándose frente a él y apuntándole al pecho con la varita.

-No me toques, sabes que puedo defenderme, y no tendré piedad de ti.- Gruño con ira, Morgan seguía con el semblante triste.

-Si alguien te fue con ese cuento de que yo le había hablado de ustedes a mi padre, es mentira.- Admitió, aún sin entender. Ella volvió a reír con sarcasmo.

-No lo niegues más.- Sollozó desviando su mirada.- Te…vi.

-¿Me viste? – Inquirió levantando una ceja, ahora sí que no entendía nada.

-¡Sí! ¡Te vi! ¡Te vi y escuché todo! Usé la bola de cristal de Tanesda y te vi contándole a tu padre que nos conocías, te vi diciéndole que me estabas engañando para sacarme información. ¡Vi y escuché todo!

Morgan abrió tanto la boca que parecía desencajada de su mandíbula. ¿Así qué eso había sido? Una sonrisa se dibujó en sus labios, ¡era sólo un mal entendido! Aunque…

-¿Me estabas espiando? –Preguntó con la misma sonrisa, y Tiare se enfadó.

-¡Eso no te importa! –Dijo sonrojándose.- ¡Pero me engañaste! Y el punto es que ya lo sé, así que, o te entregas ahora, o te aniquilo aquí mismo.

Morgan estalló en una carcajada, Tiare alejó la varita pasmada, aquella reacción sí que no se la esperaba.

-¿De qué te ríes? ¡No ves que estoy enfadada!...y….y... ¡Armada!

-Tiare, si me dejaras explicarte…

-¡No! Ya oí suficiente.

-Es que no lo entiendes, yo no estaba hablando mal de ti. – Confesó relajándose, ella frunció sus labios.

-Te escuché…- Pronunció lentamente. Pero algo parecía tranquilizarla, ya no estaba enfadada.

-¡Claro que sí! Es decir…-Tomó aire.- Lo dije…

-¡Ajá! ¡Lo sabía! ¡Eres un…!

-¡Detente! – La controló sujetándola por los hombros, esta vez ella sólo liberó uno.- Sí, dije eso, pero fue para despistarlo, verás…. –Volvió a tomar aire.-… Verás, escuché que si descubría que yo lo estaba engañando me mataría…- Ella jadeó.-… así, que se me ocurrió, que la única forma de mantenerlo bajo mi control era fingiendo que estaba de su lado. Sí, le dije que había conocido a una chica del concilio, pero no dije que eras tú. Si le decía que tú eras mi contacto él sabría que te salvé de la muerte en ese sótano, eso sólo habría sido peor para ambos, y tú me necesitas para salvar a las portadoras.

-Estoy… confundida.- Murmuró bajando los ojos.- Entonces… ¿nunca me utilizaste?

-¡Jamás lo haría! – Admitió acariciándole la mejilla sonrojada.- Tenía que protegerte… La única forma que tenía de hacerlo era admitiendo que tengo contactos en el concilio. Le entrego información falsa, ya sabes, como las coordenadas y todo eso, diciendo que tú me las diste, pero… siempre estarán erradas. Entonces, comenzará a dudar de ustedes, y los dejará en paz…

-¿De verdad estás haciendo todo esto por protegernos? –jadeó avergonzada, se sentía terrible.

-Por supuesto.- Se acercó un poco más.- Te lo iba a contar el día de la fiesta pero…- Frunció la boca con dolor, recordando cuando ella lo dejó plantado.

-Vaya… pero… tu me tienes que entender… oírte hablar así, como tu padre, con esa sonrisa diabólica, de verdad me espantaste…

-Soy un excelente actor, ¿verdad? – Sonrió con autosuficiencia, y ella lo golpeó en el brazo.

-De todos modos, ¿Cómo sabré que no me estás mintiendo? – Inquirió cruzándose de brazos, él se acercó con lentitud. La luz de la luna iluminó el rostro de la chica que resaltaba un rojo carmesí bastante brillante sobre su piel morena.

-Creo que hay una forma…-Susurró.

Ella se sobrecogió, dejando caer la varita sobre la nieve. Él se acercó con lentitud, tomó su rostro con una mano mientras que con la otra la atraía por la cintura, la chica jadeó.

-Me lo debes por haberme hecho sufrir durante toda una semana…-Sonrió con malicia, ella abrió los labios para protestar pero fueron acallados cuando él súbitamente la besó.

La euforia que sentía en esos momentos no se comparaba con nada. No podía pensar, sólo sentir. La chica se relajó y se sujetó a su cuello con fuerza, él, la estrechó más hacia su cuerpo.

Parecía irónico, pero Morgan debía agradecer a su padre por haber querido asesinarla, sino, jamás habría bajado a las mazmorras.

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Después de la cena y del postre, todos se prepararon para la media noche. Molly hizo un último brindis con un poco de Whisky de fuego en honor a Arthur, justo cuando la campanada de las doce resonaba por toda la casa.

Los primeros en salir corriendo hacia el enorme árbol de navidad fueron los gemelos, Alice y Maggie, ya que Angelina nunca se iba a rebajar al nivel de inmadurez de su novio. Los siguieron Charlie y Violet con Percy y Penélope, Vincent con Fleur y Bill, y Ron con Hermione y Harry. Oswald y Ginny iban atrás pisándoles los talones.

Alice estaba eufórica mientras recibía una gran cantidad de obsequios. Poco a poco la pequeña iba acumulando más y más paquetes de regalo en torno a ella. Bill a Fleur le regaló una pequeña cajita, la cual la aludida abrió emocionada. Ginny pudo notar como su hermano le colocaba en el cuello una delgada cadena mientras se lo besaba. Sonrió, se agachó para ver los regalos y cogió un par de ellos.

-Alice… Alice… Bill… Alice.- Comenzó a leer las tarjetas. Levantó la cabeza cuando un pequeño paquete apareció sobre su cabeza.

-Para ti.- sonrió Hermione, y Ginny lo tomó con una sonrisa. Lo abrió con calma y metió la mano para sacar lo que había en el interior. – Vaya, muchas gracias Hermione.

En sus manos tenía unos pequeños pendientes de plata, su amiga le guiñó un ojo mientras se giraba para recibir algo de Ron.

Guardó los pendientes en su empaque y siguió buscando. No tardó mucho en encontrar un pequeño paquete rectangular que rezaba su nombre. Lo rompió ansiosa, y sus ojos se abrieron como platos cuando descubrió que lo qué envolvía el papel era su chocolate favorito.

-¡Genial! – Exclamó. Quiso mirar la etiqueta para saber quien se lo había regalado, pero no tenía remitente. -¿Quién…? Oh….

Se puso a pensar. Todos sabían que su chocolate favorito era el chocolate blanco con nueces y salsa de damasco, así que contempló a cada integrante de su familia para saber quién podría haber sido el dueño.

-¿Quién me regaló esto? –Preguntó señalando el chocolate y levantándolo por sobre su cabeza. Todos lo negaron, incluso Oswald, que era su última opción segura. Frunció el ceño y siguió con los ojos a cada persona de la sala, Molly estaba con Alice, la que jugaba con una varita de juguete, Bill le daba un beso a Fleur agradeciéndole una camisa, Percy le entregaba un canasto con algo a Penélope, Maggie y George intercambiaban cómics, Fred y Angelina reían de algo divertido, Charlie Y Violet contemplaban un gran libro de dragones, Ron y Hermione parecían inmersos en algo bastante vergonzoso porque estaban sonrojados, Vincent y Oswald intercambiaban regalos…y Harry…

…Harry miraba el chocolate que reposaba sobre su mano con una expresión ¡¿tierna?! Apenas los ojos de ella se posaron sobre él, totalmente impresionada, Harry los esquivó para recibir un regalo de Molly. Ginny se quedó con la boca abierta y el chocolate resbaló de sus manos. ¿Harry le había regalado el chocolate? Pero… ¿Cómo? ¿Por qué?

-No puede ser… - Murmuró suavecito para sí misma. Su corazón se había agitado con locura.

-Gin…- Oswald la llamó con cuidado, ella agitó la cabeza, el chico se había acercado cautelosamente.

-¿Sí? – Preguntó atontada, él se acercó más.

-Quiero entregarte tu regalo.

-¿Regalo? – Volvió a agitar la cabeza para volver a la realidad y recogió el chocolate.- No… no debiste…

-Sí que debo… -Susurró, y señaló hacia el jardín.- ¿me acompañas?

-¿Lo tienes afuera? – Se impresionó de sobremanera, ¿qué le había comprado Oswald?

-Algo así… - Dijo ofreciéndole su mano, la que ella tomó sin pensar. La guió a través de los regalos y los envoltorios del suelo, sintiendo las risitas burlonas de los gemelos tras ella, además de un extraño susurro de euforia, que probablemente venía de Maggie.

Cuando llegaron al ventanal que daba al jardín Ginny se sintió observada, se giró durante un segundo y se encontró con el semblante oscurecido de Harry que los contemplaba molesto. Nuevamente su corazón se agitó.

-¿Ginny?

-¿Ah?

Se giró atontada, Oswald sonrió.

-¿Vienes o no?

-Sí, claro… claro…

Oswald abrió el ventanal y repentinamente se vio azotada por el frío invernal. Él caminó muy rápido a través de la nieve para llevarla a un lugar más calido, pero se detuvo de inmediato frente al garage.

-¿Por qué me trajiste al garage?

-Ahí está tu regalo...- Dijo con una sonrisa, pero Ginny notó algo más, estaba nervioso.

Sin saber qué podía haber tras la puerta del garage, su corazón se agitó con furia, ¿qué le había comprado Oswald que lo tenía que esconder ahí?

Pero tan rápido como la emoción creció, desapareció. El chico abrió la puerta y encendió unas velas, Ginny lo siguió al interior, pero no había nada. Decepcionada, se puso a mirar alrededor, tal vez estaba escondido y tenía que buscarlo. Se acercó un poco para mirar los estantes, pero Oswald la detuvo por la muñeca.

-¿Dónde está? – preguntó curiosa, y el se sonrojó.

-¿No lo vez? – Preguntó abatido. Ella agitó la cabeza dubitativa. El suspiró y apuntó al techo con sus ojos. Ginny lo siguió. Jadeó.

-Oswald…-Murmuró impresionada, jamás se esperó algo así. Pudo sentir como los dedos calidos de él acariciaban su rostro.

-Quería que fuera especial… e inolvidable – Confesó acercándose un poco, y el corazón de la chica se aceleró. Jamás había estado en una situación así, ni siquiera con Harry. Alzó la cabeza para mirar el muérdago que extendía sus ramitas hacia ellos, sus mejillas ardían.

-Y sí que le atinaste al blanco…- Susurró nerviosa, él lanzó una carcajada divertida.

-Al menos te impresionó.- Dijo levantando los hombros, Ginny supuso por su acto que parecía decepcionado por su reacción.

-Oswald…yo…

-Lo siento… es que… -Titubeó.- Quería que fuera especial, y no quiero mentirme más. Desde que nos besamos en la fiesta de Elisa no he dejado de pensar en ti como en algo más, quería comprobar esta noche si podía hacer la diferencia con nuestra amistad.

-No sé que decirte…- Murmuró sonrojada, se veía tan lindo nervioso. El extraño comportamiento de Harry había pasado a segundo plano, ahora sólo existía en su mente aquel beso de la fiesta.

-Bueno… No te voy a pedir que seas mi novia porque es cursi, pero…

-Sí.- Dijo Ginny con los ojos como platos. No sabía que estaba haciendo, pero la voz de él, la situación, el beso de la piscina, él, sus ojos, él… ¡Sí quería estar con él!

-¿Qué dijiste? – Preguntó pasmado y con los ojos como platos.

-Sí, sí quiero ser tu…. ¿novia, no?

La sonrisa de Oswald se extendió por toda su cara, se le iluminó tanto el rostro que las velas no servían de nada en ese lugar.

Se le acercó con cuidado, y ella, siguiendo sus instintos, imitó la reacción de la última vez. Se sujeto a su cuello, él le sonrió y la abrazó con fuerza por la cintura.

-Al menos aquí no hay nadie viendo…- Susurró, y ella apretó los labios.

-Y no hay agua…

El rió con suavidad y se le acercó, besándola suavemente. El corazón de Ginny se puso eufórico, sentir nuevamente los labios de él presionando contra los suyos era una sensación increíble. Podía oír los latidos de su corazón, estaba tan o más exaltado que ella.

Ginny presionó un poco más, y él la aferró con fuerza, el beso se había vuelto apasionado. Nada los separó, ni siquiera el sonido de una ramita al romperse en el jardín.

Alguien los había estado observando…

Notas de la Autora:

¡Disculpas! En serio, no era mi intensión atrasarme tanto, pero he estado con mucho trabajo esta semana. Hoy entregué mi último examen universitario, ¡no más materia! No puedo creerlo. Ahora sólo queda la tesis, y ¡hasta siempre Universidad!

Espero que este capítulo les haya gustado, al menos tuvo besos, jajajaja. Era netamente romántico y de parejas, no podía contar mucho de las portadoras ya que aquí se establecen todas las relaciones, algo importante para los próximos dos capítulos.

Les anunció también que en sólo dos capítulos más habrá una gran revelación, lo que cambiará el curso del fic, así que no pueden dejar de leer.

No sé que más decir, salvo que gracias por la paciencia, ¡valen mil! Son los mejores lectores si me perdonan un atrasito.

En fin, les dejo una adelanto del próximo capítulo, y nuevamente, ¡perdonen el atraso!

Adelanto Capítulo 21:

La ira de Ginny

La noticia del noviazgo de Ginny y Oswald alegra a toda la familia, aunque algo extraño ronda en el ambiente, Molly parece desconforme, al igual que Ron y Vincent. Oswald se defiende con argumentos sobre sus sentimientos, pero Vincent insiste con que ha roto una gran promesa.

Llegan unas especiales invitaciones a la madriguera y las mujeres se emocionan.

Para Ginny, la suerte no corre de su lado, Harry la encara y le lanza unas cuantas verdades dolorosas que provocan una extraña reacción en la bruja. Un poder desconocido y muy intenso.

¿Estarán despertando los poderes en Ginny? ¿Se habrá embarazado ya o es que hay algo que va más allá de lo que todos conocen?

Ya saben, dudas, comentarios, sugerencias y tomatazos, los pueden hacer a:

www. Ethianevals. Blogspot. Com (junten los puntos)

O al mail: anya. Naivea (arroba) gmail. Com (junten los puntos)

Y les vuelvo a dejar la fecha de la próxima actualización, para la cual espero no atrasarme:

Lunes 22, o martes 23 de Diciembre

Un abrazo.

Anya.



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