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Una desagradable Visita
Ginny no podía creer lo que ocurría, frente a ella, mirándola asombrado, estaba Harry Potter, el novio del año. Sus instintos parecieron bloquearse por unos segundos, ni siquiera le importó cuando los platos cayeron estruendosamente al suelo. No sentía ruidos, ni sonidos, solamente el fuerte palpito de su corazón, mientras sus ojos seguían mirando fijamente a los del chico. Comenzó a sentir como unas extinguidas mariposas de quinceañera comenzaban a batirle en su estomago, acompañadas por un fuerte nudo en su garganta.
Repentinamente sus ojos se nublaron y unas débiles lágrimas comenzaron a recorrer su mejilla, no podía creerlo, ahí estaba Harry, el chico por el que tanto había llorado, estaba ahí, de pie, frente a ella, mirándola... mirándola con una extraña expresión, pero ella simplemente no le dio importancia. Sin saber de donde sacó las energías, una sonrisa radiante se apoderó de su rostro y corrió hacia el chico con todo lo que dieron sus fuerzas.
Harry, quien no se esperaba tal recibimiento, no le quedo otra que esperar a que la pelirroja le cayera encima. Su cabeza procesaba a mil por hora lo que estaba sucediendo, ¿cómo había llegado Ginny hasta ahí? ¿Qué hacía ahí?
Como pudo, cerró los ojos, y sintió como unos brazos se le enroscaban al cuello y algo húmedo le empapaba la camisa, luego, los abrió. Debajo de su cuello había una larga mata de cabello rojizo, le costó unos momentos reaccionar. ¿Qué era esto? ¡No estaba bien!
Ginny dejó de pensar en los platos y se arrojó al cuello del chico llorando bajo un extraño sentimiento, entre amargura y felicidad. No podía creerlo, por fin estaba ahí, frente a ella, y ya no se tendría que ocultar de él porque su falsa identidad ya no existía.
Sentía que bajo su pecho, el chico estaba algo tenso, ¿qué ocurría? ¿Por qué no la abrazaba o recibía como el resto? Tal vez estaba nervioso, así que trato de ser lo más amigable posible, aún bajo los efectos de la emoción y las lágrimas.
-¡Harry! –Dijo ella agarrándose al pecho del chico- ¡Harry! ¡No puedo creer que estés aquí!
Harry trataba de procesar lo que sucedía, pero le costaba entender, había sido todo como si una bomba le hubiera estallado en la cara. Tenía que reaccionar, y tenía que hacerlo rápido, ¿qué sucedía con Ginny?
-¿Qué crees que haces? –Le dijo apartándola de él con brusquedad.
-¿Qué...cosa? –Contestó atónita ante la reacción del chico.
-¿Cómo puedes? ¿Quién te crees que eres para hacer algo así y después actuar como si nada? –Le espetó mirándola con rabia y directamente a los ojos.
Ginny no entendía nada, ¿por qué actuaba así? ¿Qué había hecho? ¿Lo había pisado, acaso? Sus ojos comenzaron nuevamente a llenarse de lágrimas, pero estas eran de dolor, ¿Ese era Harry, el chico con el que había tenido una relación hacía seis años?
-¿De que... hablas? –Preguntó temblando, Harry le había agarrado las muñecas y se las apretaba con firmeza- Harry... ¡Me lástimas!
-¡Es lo menos que te mereces! Eso es lo que sintieron tus padres y toda tu familia al hacer lo que hiciste –Le dijo iracundo muy cerca de su cara- ¡¿Cómo pudiste hacerles esto? ¡Desparecer como así! ¡No dejar rastro! ¿Quién te crees que eres? ¿No te da vergüenza dar la cara después de la atrocidad que cometiste?
-¿Cómo...como dices? –Preguntó Ginny llorando con amargura, como una niña pequeña a la que culpaban de haberse robado los dulces de una confitería.
-¡Y no me toques! –Finalizó empujándola- ¡Me arrugas el traje!
Ginny se tomó el corazón, el dolor que sentía en ese momento era indescriptible, ¿cómo podía hacerle eso? Ese no era el Harry que conocía.
De repente, cientos de pasos se escucharon por toda la casa, Ginny había olvidado los platos rotos, y ahora, toda la familia corría hacia la sala para ver que había sucedido. Con rapidez se secó las lágrimas y trató de aparentar que nada había pasado, aunque seguía estática frente al chico, quien la miraba con odio.
Cuando llegaron los Weasley, todos se quedaron callados un momento, al ver como Ginny permanecía como una estatua frente a Harry. Sin embargo, Molly, como si fuese algo de todos los días, con su varita volvió a unir los platos en un santiamén, para luego romper el hielo que se había formado entre los chicos.
-¡Harry, cariño! Te esperaba en un rato más, llegaste temprano –Dijo abrazándolo con ternura.
-La verdad, es que estaba algo aburrido en el palacio... –Dijo abrazando a la señora Weasley mientras miraba a Ginny con frialdad- Espero no molestar, Moly.
-¿Molestar? –Le pregunto viéndolo con curiosidad- ¿desde cuando te preocupas por eso querido? ¡Sabes que esta es tú casa! Ginny hija, por favor, recíbele el saco a Harry y deja sus cosas en el cuarto de Ron.
Ginny aún miraba a Harry sin poder creer lo que había escuchado hacía un rato, la voz de su madre le llegaba confusa, su cerebro procesaba demasiada información como para fijarse en lo que le pedía.
-¡Ginny! –Repitió. La chica parpadeó un par de veces y dejo de ver al antiguo héroe del mundo mágico para dirigirse a su madre- Te pedí que llevaras el equipaje y el saco de Harry a la habitación de Ron.
-¿Y por que tengo que hacerlo yo? –Replicó con la rabia aflorando desde sus entrañas- ¡Que lo haga el! Yo estaba colocando la mesa.
Se dio una media vuelta batiendo su larga cabellera y recogió los platos que su madre tenía en las manos, todos los Weasley se miraban entre ellos con una gran expresión de incredulidad en sus rostros, ¿qué se habían perdido?
La señora Weasley sin embargo, no se fijó en su hija sino más bien en el recién llegado, a quien le dio toda la atención y el cariño que Ginny jamás había visto. Apretó los labios molesta, sintiendo una rabia poco común en ella, la actitud de Harry la había descolocado, ¿Quién se creía para venir el a darle lecciones de vida, cuando fue el una de las principales causas de su partida?
Con un movimiento brusco dejó los platos sobre la mesa al momento que entraba Oswald por la puerta de la cocina, traía el flequillo desordenado y la cara cubierta de algo parecido a manchas de aceite, pero aún así se veía increíblemente guapo y su sonrisa hacían olvidar la mugre, y la rabia.
-¿Pasó algo? –Preguntó limpiándose la cara con un trapo que traía atado al pantalón.
Ginny lo observó por unos instantes, ver aquella sonrisa le provocó un tambaleo de piernas que por poco le hace votar nuevamente los platos. Se trató de concentrar y recordó a Harry en la sala, como si un dragón albergara dentro de ella, sintió que la rabia volvía a florar en su estomago carcomiéndole los intestinos, pero esta vez no podía disimularlo.
-Sí, pasó –Dijo apretando los dientes y colocando los platos con brusquedad en cada sitio de la mesa. Oswald arqueó las cejas y la ayudó con los servicios.
-Estaba con tu padre afuera cuando oímos un estruendo, el fue a ver que sucedía mientras yo terminaba de martillar el techo, ¿qué pasó?
-Se me quebraron los platos –Dijo con rapidez buscando alrededor algo más que poner sobre la mesa para no quedarse sin hacer nada. Ya veía que si sus manos se quedaban vacías cometería un homicidio ahí mismo.
-Pero… ¿Cómo se te quebraron? –Oswald observó los platos reparados y la inquirió con la mirada- ¿No te pasó nada verdad?
Ginny recién en ese momento reparó en que los platos se le habían quebrado alrededor de sus pies, y con estrépito comenzó a mirarse a ver si no tenía algún corte. Por suerte, no había pasado nada malo, excepto aquel desagradable encuentro, el dragón volvió a rugir en su pecho.
-No, no me pasó nada, por suerte –Dijo sentándose en una silla, Oswald la imitó y quedó frente a ella. Sobre sus cabezas, en el segundo piso, se escuchaba movimiento.
-¿A llegado alguien?- recordó el rubio- Antes que se te quebraran los platos creímos haber escuchado las campanillas de la entrada.
Ahora sí, el dragón había aflorado con todas sus fuerzas por el pecho hasta llegar a la garganta de Ginny y convertirse finalmente en un ardid de maldiciones irrepetibles. Oswald se echó hacia atrás con los ojos abiertos, jamás había visto a la chica tan enojada, por un momento creyó que lo maldeciría ahí mismo, pero por suerte, la pelirroja se calmó al terminar con el rosario de palabrotas.
-¿Me puedes decir que te pasa? –Le dijo espantado.
-¡Sí, claro que sí! –Dijo pegándole a la mesa provocando que los platos sonaran contra los servicios- ¿De verdad quieres saber quien ha llegado? ¿De verdad?
-Si, bueno… es decir… si no quieres no me lo digas –murmuró el rubio agarrado a la silla al ver el fuego rabioso en los ojos de su protegida.
Ginny, al ver la expresión de Oswald, se sintió como una tonta, el chico estaba aterrado y nadie tenía más culpa en esto que Potter, oh si, no podría pensar en el como Harry nuevamente, sobretodo porque para ella ahora era un completo desconocido.
-Perdona-Murmuró agachando la cabeza apenada- tu no tienes la culpa de esto.
-¿Culpa de qué? ¿Qué pasó?
-¿De verdad quieres saber quien ha llegado? –Dijo levantando la vista, los ojos del rubio la miraban preocupado, el dragón pareció ronronear ante el asentimiento de cabeza del chico, y suspiró- Bueno… yo venía a dejar los platos acá, cuando… me encontré con él en la sala, esperando… con una maleta.
-¿Quién Ginny? ¿Quién estaba esperando? –Dijo Oswald tomándola por los hombros con suavidad, Ginny iba a abrir la boca justo cuando una voz resonó desde el segundo piso.
-¡Ginny! –Se escuchó desde arriba- ¿Tienes lista la mesa hija?
Ginny maldijo por lo bajo apretando los dientes, recordando la especial bienvenida que tenía su madre para Harry y la gran desconocida que le hizo a ella misma al tratarla como la criada.
-¡SI MAMA, YA ESTA LISTA LA MESA! –Gritó con rabia frunciendo los labios. No recibió respuesta del otro lado, así que se conformó con que la hubieran oído claramente.
-Ginny, de verdad estás extraña hoy –Le dijo Oswald juntando las cejas de una manera acusadora, pero la chica simplemente levantó los hombros y fue a buscar las servilletas que su madre había dejado sobre el mesón de la cocina.
Se escucharon risas y pasos en la escalera que conducía a la mesa del comedor, Ginny apretó con ímpetu los dientes y los puños que llegó a hacerse daño, tanto así que la mandíbula le crujió y sus uñas le hicieron una yaga pequeña en la palma de su mano derecha.
-Creo que almorzaremos –comentó el rubio sentándose en su sitio de siempre (desde que había llegado a la madriguera), al lado izquierdo de Ginny y al derecho de Arthur.
Las risas se intensificaron, los gemelos fueron los primeros en llegar, hasta que, cuando vieron a Ginny sentada, con la mirada fija y echando chispas, prefirieron callar sus comentarios al instante.
Los gemelos se sentaron juntos, ambos al lado derecho de Ginny, mientras la miraban con temor. Fred abrió la boca para comentar algo gracioso, pero por primera vez, George lo chistó.
-¿No ves que si hablas nos va a lanzar una maldición imperdonable? –Murmuró. Fred rió por lo bajo, produciendo también una risa disimulada en Oswald, quien no pudo evitar recordar que hace segundos estuvo a punto de ser víctima de uno de esos maleficios.
-Muy graciosos –Dijo Ginny sin apartar los ojos de su plato vacío, los gemelos carraspearon y se enderezaron en su sitio, mientras le lanzaban miradas furtivas a su hermana.
A los pocos segundos se escucharon nuevos pasos en la escalera, pero estos parecían frenéticos y saltarines, Ginny en ese instante pudo esbozar una pequeña sonrisa, justo en el instante en que Alice entraba dando saltitos a la sala del comedor.
-¡Ginny! –Gritó la pequeña Veela lanzándose sobre la cintura de su tía, aquello al menos calmó un poco el monstruo que Ginny tenía en sus entrañas. La niña siempre le hacía sentirse bien.
-Hola Alice –Murmuró con cariño-¿tienes hambre no es verdad?
-¡Si! Y la abuela hizo postre de calabazas fritas con chocolate –Gritó entusiasmada relamiéndose los labios.
-Ella no las hizo –Comentó un sonriente Oswald mirándola con ternura y señalando a Ginny- Las hizo tu tía.
Los ojitos de Alice se abrieron olímpicamente al saber aquello, y creyó que nunca podría querer tanto a una persona, aunque un cierto rubor cubrió sus redondas mejillitas al mirarse dentro de los ojos azules de Oswald.
Ginny y la niña habían formado un vínculo muy especial en aquellos cortos siete días que la pelirroja llevaba viviendo en La Madriguera, era como si la pequeña nunca hubiera tenido madre, aunque Fleur era un ángel con ella. Pero Ginny sabía que Alice la quería más, aunque sonaba algo desfachatado decirlo o siquiera pensarlo, pero era cierto; para la niña, Ginny era como la hermana que siempre deseó, alguien con quien jugar y alguien con quien reír de sus absurdos chistes sin sentido. Era la persona que mejor la entendía en esa casa llena de adultos aburridos, a excepción de sus dos compinches.
-¿Y para tus tíos ni siquiera un escupitajo? –Dijo Fred poniendo una mueca de tristeza.
-No, ya nos cambió por otra –Dijo George destacando el "otra" con fuerza y dirigiéndose a su hermana, Ginny sonrió y Alice colocó sus manos en la cintura igual que la señora Weasley.
-Hay, ustedes no cambian nunca –Dijo imitando perfectamente a su abuela- ¡Claro que les tengo que escupir!
Fred y George se miraron asustados, la niña había comenzado a hacer ruidos con la garganta y se acercaba a ellos peligrosamente. Los gemelos se levantaron y comenzaron a alejarse con temor, votando sillas y servicios al suelo, Oswald y Ginny los miraban divertidos. Alice hizo un sonido aún más fuerte apuntando a sus tíos que se encontraban acorralados entre un mueble y una mesita de café, justo en el momento en que los padres de la niña llegaban a la mesa.
-¡¿Pego que es esto? –Chilló Fleur -¡Alice Weasley ven aquí inmediatamente!
La niña hizo un gesto de frustración al ser descubierta, cerró la boca y cerrando los ojos se tragó todo lo que iba a lanzarles a sus tíos. Los gemelos hicieron muecas de asco y se taparon las bocas mutuamente. Ginny y Oswald se desatornillaban de risa ante la mirada acusadora de Bill y Fleur, quien aún retaba a su hija.
-¿Cómo puedes hacegme esto niña? ¡Egues descendiente de Veelas y de los Delacour! ¡Jamás me había sentido tan humillada! ¡Pog Meglín! –Fleur se refregó su hermoso rostro en señal de exasperación y luego apuntó a los gemelos amenazándolos con su dedo- ¡Ustedes! ¿Cómo pudiegon enseñarle esas cosas asquegosas y hogogosas a mi pequeña hija? ¡Son unos cegdos! ¡Les pgohíbo que se acegquen a ella! ¿Escuchagon?
-Fleur, cielo –Interrumpió Bill tomando a Alice de la mano y alejándola de su madre- Creo que estás exagerando.
-¡Tu ni me diguijas la palabga! –Gritó volteándose a ver a su marido, los gemelos hicieron un sonido similar a un "uhhh" mientras Fleur miraba a su esposo con desden- ¡Son tus hegmanos! ¡Debeguías contgolaglos! Cielos Bill, Alice es una niña, una damita…
-¡Ya te dije que no quiero ser una damita! –Gritó la niña soltándose de su padre- ¡Quiero ser jugadora de qudish!
-¡Es Quiddich! –Corrigieron los gemelos al unísono, Fleur se volteó a verlos nuevamente y les lanzó una mirada de odio peor que la que tenía Ginny hace unos instantes.
-¡Eso es paga hombges! – Les gritó- ¡Alice es una mujegcita!
-Te recuerdo cuñada, que yo jugué Quiddich en Hogwarts –interrumpió Ginny con una sonrisa cómplice, sus hermanos sonrieron divertidos, Fleur estaba apunto de arrancarse los platinados cabellos de la cabeza cuando volvieron a escucharse pasos en la entrada.
-Se salvagon esta vez –Les dijo a los gemelos viéndolos con una mirada sombría- Pego paga la pgóxima no coguegán la misma suegte…
Fred y George comenzaron a burlase a espaldas de la francesa imitándola, Alice comenzó a reírse al igual que Bill, pero este sintiendo lástima por su mujer se dirigió a ellos suplicante.
-Por favor, no la hagan enojar… -Suplicó- Se los ruego… Después ni me dirige la palabra y es bastante desagradable.
Los gemelos reprimieron una carcajada aún más grande al ver al Gran Bill Weasley actuando como un perrito faldero tras una mujer.
Ginny y Oswald observaban la escena tratando de sosegarse un poco, al parecer por sus cabezas pasaba lo mismo que los gemelos pensaban. La pelirroja lamentaba ver a su hermano mayor en aquella actitud de marido sumiso, pero no podía evitar darle gracia aquella situación.
Cuando los involucrados tomaron asiento, los pasos que se habían escuchado hace unos instantes dieron aparición a sus dueños, por la puerta se habían asomado Percy y el señor Weasley con una clara expresión de nerviosismo. El señor Weasley tomó su lugar a un lado de Oswald, como era costumbre, y Percy frente a Ginny y al lado derecho de Bill con Fleur, Alice se sentaba en una silla pequeña de patas altas.
-¿Cerveza de mantequilla, Oswald? –Le ofreció Arthur al rubio con una amigable sonrisa, el chico asintió agradecido y acercó su vaso, Ginny comenzó a jugar con la pierna en un desagradable movimiento nervioso, que Oswald ya conocía.
-¿Pasa algo? –Le preguntó distraído bebiendo un poco de cerveza.
-No, nada –Contestó con rapidez dejando de mover la pierna y sin dejar de mirar por el umbral de la puerta que daba a la sala del comedor.
-¿Y tu madre? –Preguntó nuevamente, al parecer nadie notaba la palidez de Ginny y aquel ronroneo en su estomago que comenzaba a intensificarse.
-Parece que Gin tiene hambre –Se burló Fred, que estaba más cerca de ella- Escuché un rugido por ahí, que espero haya sido del estomago y no de otro lado.
Todos rieron menos la chica quien se sonrojó al instante, trató de apaciguar su rabia por medio de la respiración pero no daba resultado. Nuevos pasos y una leve conversación se situaba en la escalera, Ginny dio un respingo que todos en la mesa notaron, algo ahí no andaba bien. La chica pudo notar la frondosa cabellera de su madre tras el pilar que sostenía la escalera, y un zapato negro que la acompañaba y que claramente no era de ella.
Oswald, quien había olvidado que un invitado había llegado a la casa, se levantó cordialmente para ayudar a la señora Weasley. Ginny y los demás lo miraron incrédulos, pero el chico sólo se limito a sonreír gentilmente.
-Voy a traer la cacerola con la pasta –Dijo encaminándose hacia la cocina, la mirada de extrañeza de todos los Weasley se hizo presente en cuanto el chico se levantó de la mesa.
-¿Por qué no la traes con magia? –Le gritó Percy- ¡Es más fácil!
-Soy de los torpes que creen que hacer cosas al estilo muggle te ayudan a mejorar tu motricidad y habilidades en otro tipo de cosas. –Dijo asomándose por la puerta de la cocina con una sonrisa, Ginny le devolvió el gesto recordando a Vincent y su particular creencia sobre los muggles.
Oswald desapareció tras el umbral de la puerta mientras todos los pelirrojos se miraban con expresiones de desconcierto -cada quien con sus ideas- pensaban. Aunque el señor Weasley parecía procesar con más detenimiento aquella información.
-Muy sabio…si… muy sabio…-Murmuraba mirando a un punto indefinido.
La señora Weasley llegó a la mesa seguida por un Harry inexpresivo, el chico con suerte sonreía. Ginny no podía verlo a la cara, el sólo hecho de sentirlo cerca le causaban sendas emociones, todas confusas. En su estomago, el dragón batallaba con felices mariposas de colores y aquello le molestaba, sus entrañas se contraían y aflojaban a cada instante, era una sensación horrible. Observó a sus hermanos, a Fleur, a sus padres y a Alice, todos le sonreían al chico como si fuera una bendición tenerlo ahí, nadie parecía puntualizar en lo incomodo que era esa situación para ella.
-¡Tío Harry! –Gritó Alice saludando desde su sitio. Como si hubiese sido atacado por un hechizo relajador, el rostro de Harry se transformó, sus mejillas y ojos se suavizaron y su sonrisa se agrandó con gentileza.
-¿Cómo estás preciosa? –Dijo cerrándole un ojo, la niña inmediatamente se tiñó de rojo lanzando una risita traviesa. Ginny agitó su cabeza de un lado a otro mirándolos, ¡no podía creer lo falso que podía ser!
-Aquí traigo la pasta seño…-Oswald quedó estático un momento, tal y como Ginny unos minutos atrás. Harry se volteó y ambos se quedaron viendo fijamente, la señora Weasley sonrió con los ojos iluminados y tomó la cacerola que traía el rubio, sacándolo de su perplejidad.
-¡Oh querido, no debías molestarte! –Le dijo tan cariñosamente como a Harry, para luego caer en la cuenta de que ambos aún se miraban desafiantes- Oh… ¡que descortés! Olvidé presentarlos.
-No te preocupes Molly –Dijo Harry entrecerrando los ojos, y se dirigió al rubio con elegancia ofreciéndole su mano- Harry Potter.
-Oswald Mcclay –Dijo estrechándosela de vuelta. Ambos apretaron con fuerza, sin quitar los ojos del otro, el ambiente repentinamente se había tensado.
-¡Bien! ¡Esto huele delicioso! –Dijo el señor Weasley de pronto, inclinándose sobre la cacerola- ¡Vengan a sentarse chicos!
Ambos se soltaron las manos con brusquedad, Harry no sabía porqué, pero ese rubio no le traía buena espina, y por su parte, Oswald, comenzaba a sentir el mismo dragón que Ginny en su interior.
Pero la situación se complicó aún más, cuando curiosamente los dos chicos se dirigieron a la misma silla que hacía unos instantes estaba ocupando el rubio. Ginny comenzó a batir nuevamente la pierna de modo nervioso, sus ojos giraban hacia todos lados excepto donde se encontraban su amigo, y Harry.
-¡Oh! ¡Olvidé colocar otro asiento! –Dijo la señora Weasley sonrojada- Oswald cielo, ¿puedes ir a buscar una a la cocina? Harry suele sentarse a un lado de Arthur.
-¿Cómo dices? –Saltó Ginny de repente olvidándose de su dragón, de las mariposas y de su pierna nerviosa- ¡Oswald se ha sentado ahí toda la semana!
-No te preocupes Molly, por hoy, puedo sentarme en el lugar de Ron –Dijo Harry mirando a la pelirroja con desdén. Repentinamente el estomago de Ginny rugió como nunca, ¿cómo se atrevía a hablar así de Ron? ¡Era su culpa que su hermano no estuviera ahí!
-Claro, primero la habitación y ahora el asiento, ¿qué será después Potter, remplazaras a Ron en mi familia? ¡Oh! No importa ¡Veo que ya lo haces! –Dijo irónica en voz baja, pero por desgracia todos la escucharon.
-¡Ginebra! –Gritó su madre, que en ese momento servía el plato de Fred salpicándolo de salsa- ¿Cómo puedes decir esa insolencia? ¡Discúlpate con Harry!
Ginny abrió los ojos impactada, toda su familia hasta su padre, la miraban con enojo. Oswald en tanto, quien había sido la razón del arrebato de la chica, entró a la defensa de ésta para apaciguar los ánimos.
-No te preocupes bonita –Le dijo cariñosamente- No me cuesta nada traer un asiento, dejemos que sea un almuerzo tranquilo ¿si?
-Escúchalo Ginny –Dijo su padre severamente- Habla con sabiduría, compórtate como el adulto que eres.
Ginny entornó los ojos y sintió que el apetito había desaparecido, no tenía ganas de comer, mucho menos compartir mesa con el petulante que se estaba instalando justo frente a ella.
-No tengo hambre-Dijo rápidamente.
-¿Cómo que no tienes hambre? –Dijo la señora Weasley aprensiva- ¡Debes comer! ¡Estás muy flacucha!
-Dije que no tengo hambre- La chica hizo el ademán de levantarse de la mesa, pero la mujer la agarró por el brazo y la sentó con fuerza.- ¡Hey!
-Hazle caso a tu padre y compórtate ¿quieres?-Le espetó furibunda, algo que jamás había visto en ella.
Ginny se acomodó a regañadientes mientras Oswald se instalaba a su lado. Lo único bueno en esa mesa eran las risitas traviesas de Alice y la confortante mirada del rubio, quien parecía entender todo lo que le estaba sucediendo. Sus entrañas habían cambiado, sentía como si un gran balón relleno con helio estuviera apretándole los intestinos incapacitándola de comer o sentir hambre. Además, de una fuerte punzada en su corazón y un apretado nudo en su garganta, pero no iba a dejarse vencer tan fácil, no iba a llorar, aunque se sentía humillada, tremendamente humillada.
Cuando los platos estuvieron servidos, Molly Weasley se sentó entre Arthur y Harry, pero su expresión de severidad siguió tal cual hacia Ginny, sólo cuando se dirigía a los otros integrantes de la familia, o a los chicos, su comportamiento cambiaba radicalmente.
-Y Harry –dijo el señor Weasley para romper el hielo- ¿Qué nos cuentas? ¿Cómo anda todo en el ministerio?
-No me quejo, tan tranquilo y aburrido como siempre-Dijo enroscando un puñado de pasta- Hemos tenido redadas pero han sido mínimas, ya saben, aún siguen mortifagos sueltos, pero sin un líder que los guíe no pueden luchar por si solos.
-¿Y aún así te queda tiempo paga convivig con la gealeza? –Puntualizó Fleur con los ojos brillantes mientras obligaba a Alice a comerse su brócoli.
-Bueno…yo…-Comenzó a musitar, el tema no le agradaba del todo, aunque llamó la atención de Ginny quien jugaba con la comida de su plato.
-Cierto, ¿Cómo está Elisa, Harry?-Preguntó Percy dándole con el codo en las costillas, el chico colocó cara como si de repente tuviera dolor de estomago.
-Bien, ahí está…-Dijo inaudiblemente.
-¿Ahí está? –Bromeó Arthur- ¿Y qué dice de la boda?
-¡Es verdad! –Dijo la señora Weasley tomándole la mano maternalmente- Fue una lástima no poder asistir a tu compromiso, sabes que no nos lo habríamos perdido por nada pero…
-Lo sé, no te preocupes, ya me dieron las explicaciones necesarias, no necesito más. –Dijo abatido, la verdad era, que la señora Weasley no pasaba mucho a Elisa, y de las pocas veces que la había visto, las cuales eran contadas con los dedos, la chica se había comportado peor que una Malfoy.
-Es muy bonita, por cierto-Dijo Ginny después de un largo rato de silencio, levantando las cejas, suspicaz. Harry la miró extrañado, era la primera vez desde que había llegado que no la veía con desdén- Sí, la verdad es que sabes escogerlas, tiene unos hermosos ojos azules, y el vestido que llevaba esa noche la verdad era…
-¿Cómo sabes que vestido llevaba? –Preguntó Harry interrumpiendo- ¿Acaso lo leíste? ...quiero decir… ¿dónde la viste?
Ginny sonrió triunfadora, hacía una semana que tenía las ganas de contar que había asistido a su compromiso, pero no sabía que momento era el apropiado. Pero ahora, que lo tenía ahí, frente a ella, recordó como el la buscaba creyendo haberla visto. Las mariposas parecieron despertar por un momento.
-¿Cómo lo sé? –Dijo mirando al techo, como si recordara- Bueno… creo que es porque, estuve ahí.
El tenedor de Harry cayó sobre el plato produciendo un ruido metálico, el chico no quitó sus ojos espantados de los regodeones de la pelirroja, quien parecía disfrutar con el desconcierto del ex héroe.
-¿Cómo que fuiste al compromiso Ginny? –Se espantó Arthur, Molly la atacó con la misma expresión.
-Eso puedo explicarlo yo-Dijo Oswald sirviéndose soda en el vaso. Al ver que todas las miradas caían sobre el, el chico prosiguió- Mis padres, como saben, trabajan en el ministerio muggle.
-¡Oh si! –Recordó la señora Weasley con una sonrisa- ¡Alondra!
-Si, bien. Ella y mi padre estaban invitados al compromiso por trabajar ahí, pero por causas de trabajo, al no poder asistir…
-…Les dieron las entradas a ustedes –Finalizó el señor Weasley pensativo. Oswald asintió con la cabeza, mientras Ginny se limitaba a mirar a Harry, quien no dejaba de ver al rubio con rabia.
-Pero... ¿Y Ginny?-Preguntó Bill repentinamente- ¿Cómo hizo para entrar si no poseía ningún titulo?
Ginny dejó de mirar a Harry para ver a su amigo, el rubio alzó las cejas, y comenzó a relatar la historia de la famosa Camille Verona, y como había aparecido.
Como el relato contenía partes de la vida de Ginny en los cuales estaban implicados su familia, algunos trataron de ocultar su dolor y molestia por medio de gestos absurdos. Como por ejemplo, la señora Weasley fruncía los labios y los gemelos trataban de alcanzar mocos inexistentes en lo más profundo de su nariz.
Cuando finalizó la historia, Harry se encontraba en una incomoda posición sobre la silla, recordaba a la chica pelirroja con quien se había topado esa noche, una chica que no podía sacarse de su cabeza, y resultaba que al final sí era Ginny.
-¿Hermione lo sabía, verdad?-Preguntó, Ginny asintió con tranquilidad, pero un gesto del chico indicó que luego se las arreglaría con ella.
-¡No te atrevas a decirle nada! –Gritó- ¡El plan era que nadie debía saber que yo era Ginebra Weasley!
Nadie contestó, el tema era incomodo, la falsa identidad de Ginny remontaba a los Weasley y a Harry a una época poco agradable, pero Bill gentilmente evitó que se armara una nueva discusión al levantarse repentinamente para ayudar a recoger los platos, algo a lo que todos los hombres se unieron. Molly no tenía intenciones de quedarse cerca de su hija, temía quebrarse ahí mismo producto de los recuerdos, por lo que fue a buscar el postre, mientras Fleur aún batallaba con Alice tratando de que se comiera su brócoli.
Ginny se quedó sola en la mesa, Fleur aceptó la derrota y llevó a la niña al baño para lavarle la cara embarrada, en tanto ella se dedicaba a pensar en la actitud de su familia. Observó el entorno que la rodeaba, los cuadros, la mesa, las alfombras, los adornos, todo eso no podría haber sido acto de su padre o los gemelos, aunque a estos últimos les iba realmente bien, sin embargo, algo había que no cuadraba. Su mente no podía concentrarse en las incoherentes teorías que no tenían fundamento, además, que cierto chico de cabello negro se le había clavado hasta la medula, y aquello le producía vagar en recuerdos embarazosos. Aún así, trataba de enfocar su mente en algo que no fueran esas indagaciones escondidas y arrinconadas en lo más recóndito de su memoria, necesitaba encontrarle una explicación a todas esas cosas lujosas que adornaban su casa.
-Ginny, ¿quieres pastel de manzana o los fritos de calabaza con chocolate? –interrumpió Percy asomando su cabeza desde la cocina, Ginny dejó de vagar y se volteó distraída.
-Ah...sí... este… quiero de las dos cosas –Dijo sonriente, Percy asintió y volvió a entrar la cabeza.
Ginny se devolvió a la mesa cuando sus ojos repararon en un cuadro que estaba frente a ella. En la semana que llevaba ahí no se había dado tiempo de contemplar cada nuevo adorno de la Madriguera, y esa pintura en particular no la había notado, hasta ese momento.
Se acercó lentamente, era muy simple, pintado en un óleo muggle muy rustico, pero de colores bellos y luminosos. Ginny contemplaba a una mujer de largos cabellos negros y de rostro borroso, que estaba sentada sobre una roca mirando al horizonte. El marco del cuadro era dorado y en la esquina inferior derecha de la pintura, había una breve mancha que parecía ser la firma del pintor.
Unos sonidos de platos sacaron a la chica de su ensimismamiento con la pintura, y se volteó para ver que los gemelos llegaban con una torre de pequeños posillos de porcelana, sus cejas se arquearon al ver las vasijas para el postre y más dudas surgieron en su mente. Desde la cocina provenía una agradable conversación que era prescindida por la alegre voz de Molly Weasley.
-Harry no debías molestarte, ¿no crees que es demasiado?
-Nunca es demasiado regalonear a mi familia favorita –Dijo llegando sonriente con la mujer, abrazándola por los hombros. Pero la soltó inmediatamente al ver la expresión atónita de Ginny, la chica había comprendido todo.
-Fuiste tú –Murmuró.
-¿De qué hablas? –Preguntó parco.
-Los adornos, los cuadros, la alfombras, ¡los posillos de porcelana! ¡Fuiste tú! Tu les regalaste todas estas cosas a mis padres ¡Tu les remodelaste la casa! –Dijo gritando. Aunque a simple vista hubiera parecido que lo adulaba o agradecía, la verdad era que la chica lo estaba desafiando, nuevamente Harry Potter la había sorprendido.
-Si, fui yo-Admitió sin remordimientos-¿Qué tiene eso de malo?
Ginny curvó la boca dejándola semi abierta, en cierta forma, el chico tenía razón ¿qué tenía de malo? Mucho, si aquellos presentes habían sido hechos con la intención de ganarse aún más el cariño de sus padres y toda su familia.
-Esta casa era un desastre-Le espetó Harry- Después de que te…. Después de la guerra, la casa quedó prácticamente destruida. Por suerte tuve éxito como auror y bueno… ahora que soy el prometido de Elisa tengo ciertos derechos sobre la fortuna real, un pequeño porcentaje que guardan para el novio.
A Ginny le dio la sensación de que Harry quiso evitar el tema de su huída a propósito para no dejar a su madre con un ataque de nervios. La chica no tenía como rebatirle que lo que había hecho estaba mal, puesto que no lo era, debía admitir que el cariño que Harry les tenía a sus padres era mucho mayor que el que ella podía tenerles después de tantos secretos ocultos. Sin embargo, notó cierto tono petulante al hablar de Elisa y de la fortuna a la cual tenía acceso. No había caso, el dragón en su estomago se iba a convertir en una mascota permanente y las mariposas en el almuerzo.
-Bien, no recordemos esos horribles acontecimientos –Dijo la señora Weasley quien llevaba en sus manos la bandeja de los postres- Ahora, hay que disfrutar de un dulce momento.
Ginny volvió a tomar asiento pasando muy cerca de Harry, a quien rozó sin querer… ¿o con? El chico la miró por el rabillo del ojo, pero ella no lo notó y se sentó en la silla esperando a probar su delicioso postre.
Alice llegó corriendo y apoyó sus manitos sobre la mesa, haciendo de palanca para poder ver que había sobre el gran mantel blanco. Bill tomó a su hija por la cintura y la elevó en el aire para depositarla en su silla alta, los ojos de la pequeña brillaron cuando vio los deliciosos manjares que adornaban la bandeja de plata.
-¡Todos vengan a comer postre! –Gritó la señora Weasley, los hombres que quedaban en la cocina se sentaron en la mesa enseguida. Los gemelos, que estaban instalados al lado de Ginny, se relamían con ganas al ver la salsa de chocolate caliente caer sobre los fritos de calabaza- ¡Quita Fred! –Le espetó golpeándole la mano con un cucharón al notar que trataba de sacar salsa con el dedo.
-Huele delicioso –Observó Harry cerrando los ojos una vez que recibió su plato- Siempre has tenido muy buena mano para la repostería Molly.- Pero el señor Arthur lo distrajo con una sonrisa picaresca, Ginny estaba con los ojos fijos en el cucharón que escurría salsa, y un leve rubor le cubrió las mejillas.
-¿Ocurre algo? –Preguntó Harry con una mueca de gozo al meterse una calabaza frita en la boca.
-Bueno, la verdad es que Molly no hizo el postre –Explicó Arthur, mientras la señora Weasley le servia a Alice una pequeña porción bañada en mucho chocolate.
-¡Lo hizo mi tía! –Dijo la niña metiéndose sendos pedazos de calabaza en la boca.
Harry parpadeó un par de veces, ¿ese suculento postre lo había hecho Ginny? No podía creerlo, ¿Quién le había enseñado a cocinar así? Claramente tendría que haber sido su madre, ¡quien más! Sin embargo, aunque ya no podía molestar a la pelirroja diciéndole que el postre era malo, quiso disfrutar criticándola con el poco tacto que tenía para la banquetería, antes de que su madre le enseñara a cocinar.
-Debo admitir que está delicioso, –Dijo limpiándose la boca con una servilleta- pero si Molly no te hubiera enseñado sus trucos caseros para la cocina, claramente no estaríamos comiendo fritos de calabaza, sino más bien, quemados de calabaza.
Una risa general se apoderó de la mesa, menos de Ginny y Oswald, quienes asesinaban a Harry con la mirada. La pelirroja por la grave ofensa, y su amigo, claro, porque nadie tenía el derecho de dirigirse así a ella, mucho menos Harry Potter.
-Para tu información –Interrumpió Oswald subiendo la voz- A Ginny no le enseñó su madre, sino mi gran amiga Margarite Floy.
-Da lo mismo quien le haya enseñado, la cosa es que gracias a esa tal Magali no terminaremos intoxicados –Dijo Harry sirviéndose un poco de la tarta de manzana.
-¿Estás sordo o qué?, es Maggie no Magali –Corrigió Ginny exaltada por el poco tacto de caballero que tenía el chico de ojos verdes- ¡Y deja de insultarme quieres!
Harry hizo oídos sordos al comentario de la chica, pero a ella no le molestó, sino más bien le dolió que sus padres no tomaran cartas en el asunto y la defendieran como tal, mal que mal, era su hija.
-Ahora que lo recuerdo… ¿No fue con ella y su hermano con los que viviste por un año? –Comentó Bill, mientras trataba con Fleur de controlar a su hija que estaba totalmente manchada con chocolate.
-Sí, en Carminabel –Contesto- ¿Por qué?
-¿Carminabel? –Preguntó Harry- ¿Qué hacías allá?
Por un momento a Ginny le pareció que el chico preguntaba con interés, aunque su cara decía lo contrario. La chica iba a contestar pero Oswald se le adelantó, sus cejas estaban juntas y apoyaba un codo sobre la mesa, miraba a Harry desafiante, el tono con el cual se dirigía a su querida amiga, además de ser descortés, era arrogante.
-¿Te importa que hacía allá? –Preguntó sereno, aunque el tono que utilizaba delataba su enojo.
-No, la verdad no… Pero sí, me interesa una cosa…-Dijo Harry observando a Oswald. Los gemelos comenzaron a canturrear como si aquella conversación fuera la escena clímax de una película, sus padres miraron a los cuatro chicos, alarmados- ¿Quién eres tú?
Oswald arqueó las cejas intrigado por la pregunta, todos en la mesa lo miraron, incluso Ginny. Su mente comenzó a divagar, aquella pregunta se la habían hecho el mismo día que llegaron a La Madriguera, aunque había sido un poco menos "cordial" que como lo había hecho Harry. Además, que luego del grato recibimiento ese día, las explicaciones y las preguntas no pararon de lloverles a ambos chicos. La pelirroja supuso que Harry quería saber la historia.
-Ya te lo dije, soy Oswald Mcclay, hijo de ministros –Contestó con calma.
-No, me refiero a quien eres tú, más bien… a que te dedicas…-Dijo Harry cerrando mucho los ojos, como si lo estudiara- De alguna manera tienes que haber conocido a Ginny ¿no?
Percy lanzó un resoplido, Harry lo miró, a Ginny le dio la sensación de que su hermano también sentía lo mismo que Oswald, pareció que quería defenderla, pero al final se quedó callado.
-¿De verdad quieres saber como nos conocimos? –Le preguntó la pelirroja- Creí que mi vida no te importaba.
-Y no me importa –Contestó con una amarga sonrisa- Es sólo curiosidad, sabes que es eso ¿verdad?
Esta vez el dragón de Ginny hizo erupción en su estomago y se levantó de un salto sobre la mesa, todos brincaron en sus asientos, incluido Harry, pero la chica en lugar de explotar la sarta de insultos sobre el chico, le dedicó una forzada y burlona sonrisa. Harry nunca fue curioso, todo lo preguntaba por una razón, y aquello le dio pie para evitar lanzarle la lluvia de inapropiadas palabras; se limitó a mantener la sonrisa, volvió a sentarse y le tomó la mano a Oswald con cariño. El rubio se sonrojó abruptamente, pero Harry no hizo ningún gesto de molestia, y aquello la decepcionó un poco.
Como toda la familia presente ahí ya se sabía la historia, muchos agacharon la cabeza a medida que iban relatando, aunque era más notorio en los padres de la pelirroja, ya que, cierta culpa sentían, después de todo, algo tenían que ver en que Ginny y Oswald se hubiesen conocido.
Parecía lejano -pensaba Ginny- recordar el momento en que se había conocido con el rubio. En aquellos días todo era extraño, todo desconocido, andaba perdida por el mundo, y no podía creer que aquello había pasado hace cuatro años, cuando venía escapando de dos hombres que la perseguían desesperadamente por una aglomerada avenida.
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-¡Ayuda! –Gritó, pero nadie acudió en su auxilio. La chica se retorcía en el suelo con un horrible tajo ensangrentado en la pierna derecha.
Había corrido todo el día, no tenía dinero, y lo que poseía se le acabó justo esa mañana, cuando iba a comprar un poco de pan y unos sujetos se le acercaron para asaltarla. Los centavos se le escurrieron de las manos y los chicos pandilleros huyeron con ellos dejándola sin su almuerzo y sin fondos. Estaba perdida, y muerta de hambre.
Parada, estática y consumida en miedo, nadie había acudido en su ayuda, pero claro, ¿Quién lo haría? Una andrajosa mal oliente como ella jamás llamaría la misericordia de nadie. El hombre que vendía el pan se marchaba con su carrito gris y sucio bajando por una calle ladeada, mientras las rueditas hacían un gracioso sonido oxidado; Ginny sólo podía escuchar el ruido de su estomago que no recibía alimento hace días. Repentinamente, una descabellada idea cruzó por su mente, aunque sabía que era peligroso realizar hechizos frente a muggles, no le quedaba otra opción, necesitaba comer o moriría en el intento. Con cuidado deslizó su mano bajo su desaliñada chaqueta y con los delgados dedos logró rozar parte de su vieja varita mágica, achicó los ojos, fijó el objetivo, y murmuró:
-¡Rictusempra!
El hombre comenzó a desatornillarse de la risa y soltó el carrito que se fue solo calle abajo. Ginny abrió mucho los ojos y salió corriendo tras su única fuente de alimento. El hombre se había caído al suelo y rodaba ahogándose de la risa, los transeúntes que pasaban cerca lo miraban extrañados e hicieron un circulo a su alrededor para saber que le sucedía.
Ginny alcanzó a vislumbrar el carrito a lo lejos justo cuando en lugar de doblar por una curva seguía de largo, la chica gritó y cerró los ojos al ver como el carro se estrellaba sobre un auto estacionado.
Se maldijo a si misma por no haber pensado un hechizo mejor, pero no tenía más opciones, estaba muerta de hambre. Los panes estaban derramados sobre la acera y la alarma del auto había comenzado a sonar. Se acercó lo más rápido que pudo, apenas podía respirar, había bajado corriendo casi cuatro cuadras enteras, todo, por un pedazo de pan.
Cuando llegó a un lado del auto tomó un buen puñado de hogazas y se las guardó en la chaqueta, se apoyó en el vehículo y comenzó a comerlos con desesperación.
Un hombre a lo lejos venía corriendo hacia la chica, y ella logró detectar al panadero, que se había liberado de los efectos del hechizo. Se guardó los panes nuevamente e hizo un ademán para salir corriendo justo en el instante que alguien la agarraba con fuerza del brazo.
-¿Qué crees que haces mocosa indeseable? –Le escarmentó un hombre con alevosía- ¡Querías robarte mi auto!
-¿Qué…? No...Yo…
-¡Deténganla! ¡Se robo mi carro! –Gritaba el panadero a lo lejos.
Ginny no sabía que hacer, sólo había una cosa y en esas circunstancias era peligroso, pero al fin y al cabo, ¿a quien le importaba? Nadie la vigilaba.
Sacó su varita con la mano libre y apuntó al pecho del hombre que la agarraba, y gritó:
-¡Expelliarmus!
El hombre salió disparado con una fuerza asombrosa, mientras el panadero y la gente que venía tras él la miraban boquiabiertos. Ginny se dio cuenta de su imprudencia y se largo a correr por la calle principal que desembocaba en una larga avenida.
Con todo lo que le dieron las piernas corrió hasta más no poder, llegó a una esquina donde todos los vehículos esperaban con motores rugientes a que el semáforo diera la luz verde. Un grupo de numerosas personas cruzaban en ese momento por la calle y Ginny aprovechó de perderse entre ellos justo cuando la luz roja había cambiado.
Cuando llegó al otro lado siguió corriendo, no le importaba donde iba, sólo le interesaba perder el rastro de las personas que la seguían. Miraba hacia atrás a cada instante, hasta que perdió el equilibrio y trastabilló con un pedazo de la vereda en reparación. Su pierna derecha fue a dar donde unos fierros de metal que afirmaban el cemento fresco y un gritó de dolor llamó la atención de la gente que esperaba el autobús en un paradero cercano.
-¡Ayuda! –Gritó, pero nadie acudió en su auxilio. La chica se retorcía en el suelo con un horrible tajo ensangrentado en la pierna derecha- ¡Ayuda por favor!
La gente la miraba de reojo, nadie se atrevía a acercársele. No podía mover la pierna, un fuerte dolor se había apoderado de toda la extremidad hasta la cadera, era insoportable. Los panes habían caído sobre el cemento y estaban arruinados, sendas lágrimas rodaron por sus mejillas implorando auxilio, parecía mentira que ella estuviera en ese estado, como una callejera, totalmente embarrada de engrudo y con la pierna bañada en sangre.
Trató de levantarse, pero fue imposible. Se iba a dar por vencida cuando sintió que unos brazos la levantaban por las axilas. Estaba débil, producto de la infección que la herida estaba produciendo en su cuerpo, y apenas pudo vislumbrar a su salvador, alguien vestido de negro, pero no pudo ver más, porque luego, sus ojos se cerraron.
Cuando los abrió se encontró tendida en una cama de sabanas blancas, su brazo estaba conectado a una manguerita que le transmitía un líquido transparente por medio de una aguja, y estaba cercada por un gran biombo de cortinas color crema.
La pierna ya no le dolía, aunque tampoco estaba bajo las sabanas, la tenía colgando bien en lo alto sobre su cabeza, y estaba vendada casi hasta el estomago. Tenía la boca ceca y la sensación de aturdimiento, la cabeza le daba vueltas, apenas recordaba (con algo de dolor) los panes que había perdido. Ahora sí que no quedaba nada que hacer, no tenía dinero, hogar, ni nada donde poder comenzar una nueva vida, parecía que el estado en el que se encontraba era lo mejor que le había pasado en esos últimos dos años. De pronto la cortina se corrió y por ella apareció un hombre alto y sonriente. La luz de la habitación la encandiló un poco y se tuvo que tapar la cara con la mano libre, el sujeto se acercó y se sentó sobre la camilla.
-Hola, Por fin despiertas –Le dijo con la misma sonrisa.
A Ginny le dio la sensación de estar viendo a algún tipo de hermano gemelo de Lockhart, sólo que más modesto y mucho más paternal. Era un hombre alto y elegante, sus ojos eran intensamente azules, una ordenada barba y bigote dorados adornaban su afable rostro y su cabello del mismo color que la barba, surgía de su cabeza como una cascada luminosa muy bien peinada con gomina.
-¿Quién… quien…? –Pero la pregunta quedó en el aire cuando una mujer vestida de blanco se acercó al hombre.
-Oh, disculpe… tengo ordenes de revisarla –Dijo la enfermera susurrando- ¡Oh, vaya! –Agregó sorprendida al ver a Ginny- ¡Despertaste!
-¿Desperté? –Preguntó incrédula- ¿Qué…?
-Luego te explico –Le dijo el hombre cerrándole un ojo, y se acercó a la enfermera- Avísame cualquier cosa ¿Si?
La mujer se acercó a Ginny con una cosa que parecía una billetera de goma y una pelota de plástico, la chica abrió los ojos espantada cuando sintió que la enfermera le colocaba eso en el brazo que tenía bueno.
-¡Hey! ¿Qué hace?
-Te tomo la presión –Contestó divertida- ¡No me digas que nunca te la has tomado antes!
Ginny negó con la cabeza, la enfermera le sonrió y ella dejó que siguiera con lo suyo. Jamás había sentido ni visto algo más extraño. Aquella billetera traía consigo un reloj cuyo minutero marcaba los numeritos cada vez que la mujer bombeaba con la pelota.
Cuando finalizó, miró a Ginny con una sonrisa y guardó el aparato en un bolsillo, anotó algunas cosas en una tabla que traía consigo y movió unas raras perillas que estaban pegadas en el respaldo de la cama. Ginny sintió como su pierna bajaba un poco la postura en la que estaba y como la almohada se levantaba con cuidado.
-¿Qué clase de magia es ésta? –Se preguntó en voz alta mirando las perillas desde abajo en una incomoda posición.
-¿Disculpa? –Preguntó la enfermera con una sonrisa graciosa- ¿Dijiste magia?
Ginny se extrañó que la mujer no supiera de qué hablaba, a no ser… que estuviera en un lugar donde se trataban muggles. Su corazón se aceleró y a su lado, un aparato gris que trazaba unas líneas verdes, comenzó a emitir un pitido agudo muy veloz. Se asustó al ver la maquina, y la enfermera al parecer aún más, porque se acercó a ella con rapidez dejando la tabla que llevaba en sus manos sobre la cama.
-¿Estas bien? –Le preguntó alarmada. Ginny se calmó y asintió con la cabeza, la maquina dejó de sonar y volvió a un latido normal- Cielos, me asustaste.
La mujer sonrió y tomó la tabla, salió del pequeño espacio en el que estaba la cama y cerró la cortina tras ella. Ginny recordó la cantidad de veces que su padre le había hablado sobre los sanadores muggles, pero no sabía que eran tan extraños. Al menos podía tener la certeza de que no la tratarían mal, al fin y al cabo, en lo único que se diferenciaban ellos de los magos, era justamente eso, la magia. Por lo demás, todos podían vivir el mismo accidente. Se calmó con esa idea, ya que si todos creían que era muggle, la sanarían con métodos lentos pero prácticos, como siempre decía Arthur Weasley.
Se quedó pensando un instante en él, y una lágrima se deslizó por su mejilla, pero se la secó rápidamente con la mano libre, no iba a llorar por ellos, no después de lo que le habían hecho.
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A ese punto del relato, la señora Weasley tenía los ojos llorosos y sollozaba angustiada, mientras que su marido y Harry la consolaban por ambos lados. El señor Weasley se mantenía con la vista fija en su esposa, sin embargo, el chico, observaba a la pelirroja con los ojos entronados y los parpados entrecerrados, como si la taladrara con la mirada.
Ginny se sintió incomoda ante las reacciones de su familia y la de Harry, esperaba al menos moverle un poco el suelo cuando supiera que estuvo cerca de una muerte por desangramiento, pero no fue así.
Fleur se había ido del lugar y subido al segundo piso con Alice. La historia de su cuñada la primera vez que la contó, causó cierta conmoción en la niña, y no quería que volviera a pasar por lo mismo. Bill en tanto, junto con Percy y los gemelos, estuvieron todo ese rato con la cabeza agachada, les costaba imaginarse a su pequeña hermana en esas condiciones, cuando podrían haberla estado protegiendo.
Oswald sujetaba con fuerza la mano de Ginny sobre la mesa, y fue aquel instante en que por la cabeza de la pelirroja se cruzó la duda, si Harry la miraba así por la historia, o por la actitud del rubio hacia ella.
Como todos parecían expectantes por seguir escuchando, Ginny inspiró hondo y cerró los ojos. Los recuerdos afloraban como un fuerte río de imágenes. Esos días en la clínica muggle no habían sido tan malos como imaginaba, aún así, lo mejor estaba por venir, cuando una fría mañana de diciembre, el día que le daban de alta, aquel elegante caballero, aparecía nuevamente para cambiarle su vida por completo.
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Ginny estaba sentada al borde de la cama, le habían dado una habitación propia y ya no tenía que compartir aquel estrecho espacio con los médicos que la revisaban de ves en cuando.
Su pierna había sanado satisfactoriamente, aunque le había dejado una horrible cicatriz, que, de no ser porque no sabía como sanar con magia, no la tendría, y tampoco habría tenido que pasar por ese extraño lugar.
Sin embargo, a pesar de que en esa clínica había estado muy bien, mejor que en cualquier otro lugar, un nuevo temor se apoderó de ella: ahora debía enfrentarse a lo que vendría, totalmente sola.
Alguien había estado pagando su tratamiento y sus cuidados y no sabía quien era, y tal vez debía arreglárselas con esa persona, pero no sabía como, ni siquiera tenía dinero.
Unos suaves golpecitos sonaron en la puerta, ella se estaba vistiendo y pidió a quien quiera que fuese que esperara un momento antes de entrar. Terminó de colocarse unas viejas botas y dejó que la persona pasara.
Abrió mucho los ojos cuando se encontró frente a ella con aquel elegante hombre que el primer día la había estado observando sentado en la camilla. Su pulcra barba y ordenado cabello no había cambiado desde entonces, y la misma mirada, sonriente y amigable, la saludaba desde la entrada.
-¿Cómo estás? –Preguntó con una radiante sonrisa de dientes perfectos.
-Yo… muy bien… gracias –Dijo Ginny sin saber que decir exactamente. El hombre se paseó por la habitación observando cada esquina, ella no se podía mover.
-Veo que te cambiaron de habitación –Comentó- ¿hace cuanto?
-Em… dos días… -Contestó tímidamente, el hombre no dejaba de sonreírle y eso le incomodaba.
-Y veo que tú pierna ya está prácticamente sana –Dijo observando la venda que le cubría parte de la extremidad-¿Estas mejor?
-Si, Gracias…-Volvió a contestar de manera mecánica, hasta que la curiosidad comenzó a carcomerla, tenía que saber quien era ese hombre- Disculpe, usted…
-No podemos hablar aquí –Dijo, y repentinamente su radiante sonrisa cambio por una mueca seria y sus ojos parecieron achicarse.
-¿Cómo dijo?
-Nos vigilan –Dijo el hombre con rapidez- Debemos salir de aquí cuanto antes.
Ginny no entendía nada, pero dedujo por la aprensión y drástica forma de cambio de actitud de su condescendiente que algo no andaba bien. Su corazón se apretó con fuerza mientras el sujeto miraba por la ventana. ¿Quién era el? ¿Qué pasaba?
-Necesitamos un traslador –murmuró, y los ojos de Ginny se abrieron como platos.
-¿Es un… -Pero la pregunta quedó en el aire, el hombre con una agilidad impresionante sacó una varita muy bien tallada y apuntó a un florero sobre el velador.
-¡Vamos! –Le dijo mientras se acercaba al florero, pero la chica no se movía, estaba estática procesando lo que acababa de descubrir- ¡Vamos! ¡Deprisa! Luego te explicaré, pero ahora tienes que salir de aquí.
Por alguna extraña razón el semblante de aquel hombre la reconfortaba inmensamente, así que, antes de replicar, se acercó a el con rapidez y ambos tocaron el florero, desapareciendo bajo un estrecho túnel oscuro y frío que la dejaba sin aire.
Cuando abrió los ojos estaba en un viejo callejón, pero se podían escuchar las voces de los transeúntes que andaban por la calle a la que daba salida.
Mientras yacía en el suelo, desplomada, el hombre estaba de pie a su lado tendiéndole una mano. Se la tomó, y una vez que estuvo de pie junto a el, antes de darle las gracias y pedir explicaciones, con un rápido movimiento de varita, el sujeto le hizo desaparecer todo rastro de heridas en su cuerpo, la cicatriz en la pierna, y uno que otro moretón.
No entendía nada, su cabeza no paraba de buscar respuestas para lo que estaba ocurriendo, todo había pasado velozmente. En tan sólo una semana, había pasado de ser una pordiosera que buscaba comida en las calles, a una prófuga de algo que desconocía. Y el hombre seguía ahí, de pie, mirándola, sin decirle nada.
-¿Y bien? –Le preguntó con coraje- ¿Qué está pasando? ¿Quién es usted? ¡¿Por qué no…?
Nuevamente la pregunta quedó en el aire cuando el hombre interpuso su brazo delante de ella de modo desafiante, mientras asomaba su cabeza hacia la calle.
-Aquí no – la chistó frunciendo el entrecejo.
-Pero…
Una nueva mirada del hombre la obligó a callar, produciendo que la chica se sintiera más perdida que antes, pero aún así, comprendía que su obligación era no alejarse del el.
Nuevamente un gesto llamó su atención, el hombre había salido del callejón y ella sólo entendió por inercia que debía seguirlo. Era extraño caminar con él a través de una transitada vereda llena de muggles, sobretodo por como iban vestidos; ella, a su lado, parecía su criada, mientras que aquel elegante caballero, vestido con un impoluto traje de oficina, parecía su "amo".
A medida que avanzaban logró distinguir algunas viejas calles por las que hacía mucho no andaba, distinguió una que otra cafetería, algunos puentes y aparcamientos de oficinas. De repente, su corazón se aceleró, ¡claro que conocía esas calles! Y sus sospechas fueron corroboradas cuando el hombre se detuvo frente a una vieja casa abandonada.
-Entra –Dijo el con amabilidad abriéndole la puerta, mientras levantaba su cabeza vigilando las esquinas.
Sin chistar ella hizo caso, y su garganta se apretó cuando reconoció enseguida El Caldero Chorreante. El viejo tabernero, Tom, que limpiaba el mesón con un trapo sucio, miró con curiosidad a los recién llegados, pero luego bajó los ojos y siguió con lo que hacía.
Ginny no sabía si era bueno o malo, pero por un lado, agradeció que no la reconociera.
Siguió al hombre hasta el fondo, justo al lugar por el cual se entraba al callejón Diagon, donde se situaba una gran pared de ladrillos. Sacó nuevamente su varita, la que esta vez pudo observar con más detalle, un fino palo de color madera claro con un delicado tallado artesanal en todo el largo del mango, y con ella golpeó un par de veces la muralla -de modo estratégico-, la cual se abrió al instante, dando paso a una larga calle repleta de tiendas.
Los ojos de la chica se dilataron de la emoción, no podía creer lo que veía, hacía dos años que no ponía un pie en esas calles. El hombre comenzó a caminar sin dirigirle la mirada. Alrededor de todo el callejón se erguían sendos carteles iluminados y brillantes, todos mostraban a distintas personas que sonreían falsamente a un publico que se debatía por quien sería el mejor candidato para ministro. Ginny logró distinguir a una mujer de sonrisa estirada y chaleco rosa, parecida a un sapo, y se estremeció al reconocer a Dolores Umbrigde, aunque le reconfortó ver algunas rayas y grafitos sobre la fotografía, lo que demostraba que no era una de las preferidas. Todo el callejón estaba repleto de figuras y grupos de magos que llevaban túnicas del color que representaba a su candidato, se podía vislumbrar en los alrededores algunos carteles que mostraban a un sonriente hombrecillo de barba esponjosa, y a un sujeto de rostro cetrino y cráneo ancho, en cuyo epígrafe se rezaba "Por la igualdad de magos y duendes". Ginny sonrió al recordar a Hermione y supuso cual sería el favorito de su amiga.
Sin embargo, llegado a un punto de la pedregosa vereda, la cual doblaba en una esquina, se encontró con un mar de fotografías y carteles, más una sonora banda musical que en ese momento realizaba un desfile. Tras el estruendoso grupo, cientos de magos que lo seguían con aplausos y gritos de euforia, elevaban en sus manos y adornaban en sus túnicas - de un brillante color azul rey- una fotografía de un apuesto mago de rostro placido y ojos oscuros. Ginny lo observó con detención, aunque no alcanzó a vislumbrar muy bien su epígrafe, pero sí notó lo apuesto de aquel hombre, además de que parecía ser muy elegante. La gente que seguía el desfile, gritaba con entusiasmo el nombre del candidato favorito de todos con una entonada canción: "Marcel Von candeviere es, Marcel Von candeviere será, el candidato que todos quieren, el candidato que jamás perecerá, el mago justo, el hombre noble, el que todos quieren, Candeviere es, el mago de la humanidad"
¡Bah! –Escuchó Ginny murmurar a su acompañante- Patrañas.
Sin entender el porqué de la reacción del hombre, Ginny lo siguió por otra calle, pasando por aquella eufórica multitud, quienes trataron de detenerlos para darles chapitas con la fotografía de aquel candidato. Pero con agilidad lograron salir del atestado lugar, para llegar por fin a una tranquila callecita sin salida, donde sólo había unas cuantas tiendas. El hombre se detuvo frente a uno de los establecimientos y miró a Ginny con seriedad.
-Espérame aquí –Le dijo, y entró a una de las tiendas más alejadas. Ginny se quedó observando el aparador, aún sin entender que hacía ahí, tan "cerca" de casa.
Comenzaba a sospechar que aquello era una trampa para llevarla de nuevo a su casa, y el temor se introdujo en sus venas como un frío liquido que le congeló hasta la más mínima célula. No quería volver, no podía.
Se escucharon unas campanas, y volteó la cabeza para ver. El hombre había salido nuevamente a la calle y la esperaba con la puerta abierta, donde unas diminutas campanitas colgaban desde lo más alto.
-Entra –Le ordenó con amabilidad.
Con algo de desconfianza la chica entró en aquella tienda, un acogedor lugar que estaba repleto de chascos mágicos para todo tipo de usos. Le entró curiosidad al ver sobre una repisa algo parecido a una tetera, pero cuando se iba a acercar, el hombre la llamó por su nombre.
-Ginebra – Dijo con amabilidad, y Ginny se dio vuelta con un extraño sentimiento. Hacía tanto que nadie la llamaba por su nombre que lo sentía muy lejano, y ahora, extrañamente familiar en la boca de aquel hombre.
-¿Si? –Fue lo único que se le ocurrió preguntar.
-Ahora creo que podemos hacer las presentaciones pertinentes –Dijo con una sonrisa- Disculpa por no haber dicho nada, pero es una larga historia.
Ginny permaneció callada, ¿por qué para presentarse "debidamente" tenía que llevarla a una tienda de chascos en el callejón Diagon?
-Mi nombre es Karl Mcclay, y soy dueño de esta tienda, que, por lo que habrás descubierto, es de artículos mágicos.
Al escucharlo hablar por primera vez frases más largas, comprendió que no era Inglés, su asentó era más truculento que el de ella misma.
-No es inglés… ¿verdad? –Preguntó curiosa.
-Que observadora eres –asintió el sonriendo- Así es, soy Irlandés, pero mi esposa es inglesa, así que vivimos hace un buen tiempo aquí en Londres.
-¿Londres? –Exclamó alarmada. Sabía que existían lugares donde los magos podían vivir rodeados de muggles, pero Londres precisamente, era una locura.
-Si sé que debe sonarte extraño, pero, luego comprenderás…
Unos ruidos que se escuchaban en el piso superior de la tienda le indicaron que no estaban solos, y un nuevo temor se apoderó de ella, ¿qué querían estas personas?
Por suerte sus preguntas fueron contestadas cuando alguien bajó las escaleras con una gran caja delante de su cabeza.
-¡Ayúdame! –Le gritó al hombre, quien rápidamente corrió a ayudarlo.
Cuando Karl Mcclay le quitó la caja para ayudarlo a bajar, Ginny se sorprendió al ver a un esbelto chico, de cabellos rubios y ojos azules, una copia mucho más joven del hombre, y también más guapo.
El chico la quedó observando unos instantes, y ella se sonrojó ante la dulce sonrisa que le dedicó. La última vez que se había sentido así, fue cuando estaba de novia con Harry, pero con sólo recordar aquello, su semblante se oscureció inmediatamente.
-Creo que no te caí muy bien –Dijo acercándose y entregándole su mano, la que ella estrechó incomoda- Me llamo Oswald Mcclay, encantado de conocerte…
-Yo… lo siento… no, no me caes mal, digo… aún no... ¡Es decir!... Quiero decir…- Ginny se sonrojo ante su propia trabadura de lengua, mientras que Oswald no dejaba de sonreír.
-Ya veremos, aún nos queda mucho por conocer –Dijo amablemente, Ginny se estremeció bajo su mano y ante aquella mirada, ¿Quiénes eran ellos y por que sabían su nombre?
Estaba solo y perdido
cuando saliste desde la oscuridad
eres el ángel que había venido
para hacer que todo empezara a cambiar
-¿Cómo… cómo saben mi nombre? –Preguntó al fin, quitando su mano con brusquedad. El padre del chico se volteó a verla una vez que dejó la caja sobre el aparador, y suspiró.
-Creo que todo se dio por mera casualidad –Contestó Karl- La verdad es, que la identidad física de los Weasley es bastante inconfundible de cualquier pelirrojo existente.
Ginny se sonrojó ante el comentario mientras observaba su reflejo sobre un viejo espejo. Estaba flacucha, debajo de sus ojos se asomaban unas oscuras ojeras y sus pecas habían desaparecido bajo una espesa capa de tierra producto del ajetreo en el callejón.
Inmediatamente trató de sacarse la tierra con la manga de su chaqueta, pero Oswald la detuvo al tomarle el brazo.
-Te vas a lastimar –Le dijo sin perder aquella fastidiosa sonrisa- toma, aquí tienes –Y le entregó un pañuelo húmedo
Sólo te pido que guardemos este momento
para hacerlo durar a través del tiempo
y podernos mirar una vez y otra mas
no te voy a dejar.
El sonrojo de la chica no disminuyó al hacer contacto con los ojos azules, y se limpió la cara tratando de que no la vieran, aquello era una incomoda situación... ¿o era aquel chico? ¡No lo sabía! Pero ese acercamiento con el mundo real y con personas la estaba descolocando.
-¿Por qué me trajo aquí? –Preguntó entonces, Oswald levantó los hombros y se miró con su padre.
-Sabemos quien y qué eres –Respondió el hombre con calma, Ginny se paralizó sintiendo una fuerte onda eléctrica en su columna vertebral.
"Sabemos qué eres"
Aquello la estremeció, era algo de lo que no quería acordarse. Mientras estuvo viviendo en la calle había olvidado momentáneamente "que era" y también la razón por la cual sus padres la habían "ocultado". Aunque el simple hecho de estar en esas condiciones le recordaba constantemente el porqué estaba ahí.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas, no quería llorar, había llorado lo suficiente cuando escapó de casa, pero, esta vez fue diferente, ahora alguien la consolaba, algo que le hacía falta. La mano de Oswald afirmaba su hombro con fuerza en señal de apoyo y protección, tenía la sensación de que no estaría más sola, pero entonces, un miedo inexplicable se apoderó de ella.
-¡No puedo! –Gritó apartándose del chico. El y su padre la miraron extrañados.
-¿Qué pasa? –Preguntó el eludido atónito.
-No puede haber gente cerca de mi… soy… ¡soy peligrosa!
-No digas idioteces –Subrayó el hombre mirándola con el ceño fruncido- Si estás aquí es porque queremos ayudarte.
-¡No lo entienden! Yo…soy peligrosa… no puedo tener amigos... ¡no puedo!
Ginny hizo el ademán de salir de la tienda, pero entonces el chico la retuvo agarrándola con fuerza por el brazo.
-No te vas a ningún lado hasta que nos escuches. Si quieres, después te marchas, pero primero debes escucharnos. –le dijo mirándola con firmeza. Ginny, aún con los ojos llorosos trato de desviar la mirada, pero simplemente no pudo.
No se explicar lo que siento
pero por algo tenía que pasar
por que hay regalos que trae el viento
que en cualquier momento podrían llegar
Ginny asintió vagamente y se sentó en una silla que dispuso el señor Mcclay. Cerró los ojos y comenzó a escuchar con atención la historia que tenían que contarle.
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-Después de eso, ambos me explicaron como sabían de mi… situación –Murmuró Ginny tratando de sonar lo más suave posible- Y me contaron que habían escuchado rumores sobre mi posible muerte.
-Sospechamos inmediatamente que podía ser ella en cuanto mi padre la encontró –Agregó Oswald con rapidez antes que la señora Weasley volviera a romper en llanto- Como el decía, un Weasley es fácil de detectar, además que ella, cumplía con las condiciones descritas por el aviso de búsqueda que tenía la Orden.
-Me sorprendí mucho al saber que Karl y Alondra habían sido parte de la Orden –Agregó Ginny- La verdad, fue una noticia un tanto inesperada.
-Fue lamentable su dimisión, pero lo hicieron por una causa justa –Dijo el señor Weasley con una sonrisa- Debían inmiscuirse en el mundo muggle para ayudar, y eso, no cualquier mago lo hace.
-¡Aunque insisto en que deberían habernos dicho que Ginny estaba viva! –Gimió la señora Weasley tapándose la nariz con un pañuelo, aunque a Ginny le sonó un tanto dramática la expresión de su madre.
-Pero no entiendo –Dijo Harry repentinamente- ¿Por qué cuando te encontraron te llevaron a una clínica muggle?
-Creí que eso era obvio- Contestó Oswald achicando los ojos- Si la estaba buscando el mundo mágico lo mejor que podíamos hacer era llevarla a una clínica muggle.
-Pero, ¿cómo? –Intervino Fred que se había mantenido en silencio- Es decir, se supone que no es bueno que se sepa donde estás, y tampoco es bueno que se sepa que estas viva, ¿cómo fue posible que la Orden tuviera una orden para buscarte?
-No la buscaban los enemigos hijo, la buscábamos nosotros –Contestó el señor Weasley con calma- Creí que recordabas que le habíamos pedido a la Orden que la buscaran. Sólo después de no haberle hallado el rastro unos agentes que contactaron con Kingsley se ofrecieron a buscarla.
-Esos agentes…-Recordó Ginny con rapidez- ¿Trabajaban para Candeviere?
Inmediatamente un frío inexplicable se apoderó de la mesa, todas las caras se miraron unas con otras y Ginny intuyó de que pasaba algo similar que con Voldemort.
-Es el ministro… -Masculló con la voz extrañamente ronca- No es como Voldemort o algo así.
-¿Cómo sabías que los agentes los había enviado el ministro? –Le preguntó su madre con una severidad inusitada.
-Hermione me contó… -Contestó levantando los hombros sin darle importancia.
-Siempre le ha gustado tener explicaciones para todo-Dijo Harry con los dientes apretados y Ginny lo fulminó con la mirada.
-Menos mal que anda en Roma sino ¡pobre de ti que le hagas algo!
-Es una entrometida –replicó- Eso no deberías saberlo.
-¡Para tu información, ese sujeto que tanto alababa la gente para las elecciones, es justamente el tipo que me quiere matar! –Gritó levantándose de la mesa al tiempo que Harry hacia lo mismo y ambos se quedaban viendo fijamente.
-¡Ginny! –Gritó la señora Weasley- ¡Que barbaridades estas diciendo!
Oswald dibujó la misma expresión que Molly y se levantó quedando a la altura de Ginny, sus manos apretaron con fuerza el brazo de la chica.
-Ginny…-Murmuró con los dientes apretados.
-¿Cómo? ¿Qué no lo sabías? –Le preguntó a su madre frunciendo el ceño totalmente atónita.
-¡Como se te ocurre decir eso del ministro! –Chilló la mujer agarrándose el pecho. Toda la familia tenía exactamente la misma expresión, incluso Oswald.
Entonces Ginny pudo comprender todo, ella había vuelto a su hogar para obtener respuestas, sin embargo, sus padres no sabían que el ministro era el asesino, y que lo más probable fuese que hasta ellos mismos podrían haber votado por el. Las palabras de Vincent repentinamente acudieron a su mente como si hubiese aparecido justo delante de ella: "nadie sospecha que Candeviere sea el asesino, sólo algunos pocos y claramente ciertos aurores de los que no tenemos conocimiento".
Ginny se giró para mirar a Oswald, que le enterraba los dedos en el brazo, como una clara señal para que no siguiera hablando. Las consecuencias de que se supiera la verdad, era simplemente algo que podría desatar una horda de investigaciones que a ella no le convenían.
-¿De que rayos hablas? –Le preguntó el rubio con la misma expresión de su madre, pero con los ojos fijos en los de la pelirroja.
-Quiero… es decir…-A la chica no se le ocurría ninguna excusa, su cabeza trabaja a toda maquina- No, no es que el sea el asesino... ¡Por favor! Un ministro no puede tener tan bajo perfil, de lo contrario no estaría trabajando ahí ¿verdad? –Dijo con rapidez sonriendo tontamente- No… A lo que me refería es que, es extraño que haya mandado gente del ministerio a buscarme, sobre todo si existe la posibilidad de que haya infiltrados del asesino… ¿o no? Eso pasó con Voldemort.
-Tienes razón hija –Asintió el señor Weasley suspirando aliviado- De todos modos debes tener cuidado de cómo expones tus argumentos.
-¡Eres una tonta! –Le espetó Harry de pronto. Ambos estaban a la misma altura, más que nada porque el chico se apoyaba sobre sus manos- ¿Qué imbecilidades andas diciendo? ¡Candeviere es el mejor ministro que ha existido! ¡Mejor que Fudge y que Scrimgeour! Es un hombre notable.
-Yo… lo siento… -Dijo la chica sonrojándose, pero no por vergüenza. Una extraña sensación se apoderó de su cuerpo al descubrir aquella fidelidad de su familia y Harry hacia el asesino en potencia que era Candeviere. Si tan sólo supieran que había sucedido el día de la fiesta, pero claro, Harry andaba en otros asuntos como para que se mantuviera enterado.
-No importa…-Murmuró la señora Weasley viendo a su hija con el semblante pálido y la mirada perdida- Pero no lo vuelvas a decir… ¿está bien?
Ginny sintió como la mano de Oswald se aflojaba en su brazo mientras ella asentía con la cabeza de manera temblorosa. Harry había usado su varita para acomodar los posillos sucios del postre sobre una bandeja, para luego alejarse con ella hacia la cocina. Arthur, al igual que Fred y George, se encaminaron hacia el patio, mientras Molly, aún parada cerca de la mesa, limpiaba una mancha inexistente sobre el mantel, esperando claramente, a que su hija y amigo salieran de la sala. Percy y Bill, sólo se limitaron a mirar a su hermana con tristeza, algo muy extraño estaba ocurriendo, pero no sabía que era.
Al no sentirse bienvenida cerca de su madre, tomó de la mano a Oswald y lo alejó de ahí. Logró escuchar un lejano murmullo, tal vez sus hermanos le recriminaba por fin a Molly que ella era su hija y que no debía tratarla así, pero luego se quitó esa idea de la cabeza, algo le decía que desde que se fue, ya no sería la consentida de la casa.
-¡Eh! ¡Hijo! –Se escuchó la amigable voz del señor Weasley asomándose por el ventanal que daba al patio, el chico se volteó distraído- ¿Me ayudas a terminar con el techo?
Ambos chicos cruzaron una simple mirada. Ginny sabía que habían aprendido a comunicarse de una manera excepcional, además de encontrar gracioso que con aquella expresión, el chico parecía pedirle permiso para ir.
-Ve –Dijo riendo- Estaré en mi cuarto.
Fue todo muy rápido, en un abrir y cerrar de ojos la radiante sonrisa de Oswald había desaparecido, dando pasó a dos labios que se posaron muy suavemente en su mejilla, pero ella apenas lo sintió.
El chico se alejó sin voltear a verla, hasta perderse tras el ventanal. Despacio, subió su mano con delicadeza y se la puso en el lugar donde había recibido el calido beso. Las mariposas de la tarde se habían despertado y le hacían cosquillas hasta la garganta.
Sonriente, se dio vuelta y subió hasta su habitación, sin reparar en lo que hasta hace unos momentos había pasado en la mesa.
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Un hombre de piel morena y vestido con una capa de viaje, esperaba sentado en una vieja cantina muggle. Tomaba una helada cerveza cuyo vaso se impregnaba con el vaho debido al calor del local. La gente, que estaba sentada en dispersadas butacas de cuero, apenas lograron sentir cuando un fuerte ruido de camiones, que pasaban por la calle contigua, molestaba el tranquilo murmullo de los vasos al ser llenados con vino. Alguien había entrado al local, y el ruido de la avenida llenaba todo el interior al ser abierta la puerta. Un chico de mediana estatura y de cabello negro azabache, vestido de manera casual, se dirigió hacia donde estaba sentado el hombre. Sus ojos se encontraron y el más viejo sonrió, sirviéndose un trago de cerveza.
-Eso me gusta de ti –Murmuró posando el vaso en el mesón- La puntualidad.
-Sabe que estoy bajo contrato, es mi deber, señor –Murmuró el chico, cuyos ojos ahora estaban extrañamente alineados en un mismo tono de color café oscuro.
-Tu inglés a mejorado –Dijo el hombre sin quitar los ojos del chico- Me impresiona, tenía entendido que Keitaro no sabía inglés.
-Y no lo sabe, señor –Respondió Omanshai con cortesía- He aprendido por mi cuenta.
-Increíble, realmente no dejas de sorprenderme – El hombre dibujó una horrible sonrisa carente de dientes, el chico pareció agradecer el halago con un débil asentimiento de cabeza.
-Me dijeron que tenía algo para mí –Preguntó. Pero a cambio de demostrar interés, su rostro no dibujaba expresión alguna.
-Así es chico –Dijo el hombre sacando de debajo de su capa una vieja carpeta negra que no parecía tener nada de especial- Cuídala con tú vida, es muy importante que lo lleves cuanto antes donde Keitaro. El no puede abrirla, pero si protegerla. Necesito que la guarde en su bóveda hasta que yo la necesite nuevamente.
El chico recibió la carpeta con sus pálidas manos de delgados dedos, y se la colocó debajo del brazo.
-Entendido, señor –Dijo tranquilamente- Mi amo lo tendrá en su poder en una hora.
El chico se dio vuelta sin esperar la respuesta de su interlocutor y salió a la calle. El hombre lo vio caminar por la vereda a través del vidrio del aparador, y luego volvió a enfocarse en su último sorbo de cerveza, cuando de repente comenzó a ahogarse y a toser incesablemente. Cuando por fin pudo tomar aire, sus pupilas estaban dilatadas y lloraban producto de la tos, pero nada era tan terrible como recordar las últimas palabras del chico antes de marcharse.
"Lo tendrá en su poder… LO tendrá en su poder"
Su corazón comenzó a latir con rapidez, ¿lo había descubierto? ¿Sabía que la carpeta era la ilusión del libro de Akasha? Con un arrebató impropio de el, se levantó de su silla y salió corriendo por la puerta. Un nuevo ruido de autos que cruzaban la calle anegó el local, antes que la puerta volviera a cerrarse de nuevo.
Notas de la Autora:
¡Ohhhh si! Corto pero conciso. Un capítulo que tenía que escribir.
Lamentablemente la llegada de Harry no es lo que Ginny esperaba, ya que siempre había soñado su reencuentro con el, aunque el sueño más bien se convirtió en pesadilla. El chico es tan o más antipático que Malfoy y eso Ginny lo sabe, y lo peor, es que su familia parece no querer defenderla ante los constantes malos tratos del chico para con ella.
Lo siento, de verdad lo siento, ¡No me maten! Pero son cosas necesarias que esta historia debe tener. Sólo les puedo entregar una simple pista, que tal vez de verdad dice más de lo que debería, pero en fin… "Fíjense en las actitudes de los personajes".
Por otro lado, ¿les gustó como Oswald y Harry se enfrentaron? Me encanta eso de desafiarse sin agarrarse a golpes. Ambos tienen un carácter similar, les gusta desafiar a todo el mundo cuando alguien o ellos mismos están en problemas. Si hay algo que Rowling nos dejó bien plasmado en la retina, es el obtuso carácter de Harry, por Dios que es cabeza dura el chico. Pero en fin, espero que se haya entendido que en este capítulo Harry de verdad es "Una desagradable Visita"
Sobre las actitudes de la familia Weasley, bien, creo que a todos les quedó claro que las cosas andan algo truculentas al interior de la familia, ¿Y qué es eso de que no saben que Candeviere es el asesino? ¡Por favor! Más adelante nos llevaremos una que otra sorpresa de la señora Weasley en cuanto a este sujeto, ¡es que ni se imaginan!
Personaje favorito de este capítulo, creo que Alice se lleva el premio gordo, aunque de modo particular. ¡Me encanta esa niña! Es que no saben lo traviesa que puede llegar a ser con dos tíos de ejemplo que tienen la mentalidad de un niño de cinco años. Aunque por suerte está Ginny, ¿el por qué? O ¿A qué viene esto? Lo sabremos más adelante.
Las estrofas que aparecieron en los recuerdos de Ginny, son partes de una canción de un grupo chileno llamado "Amango" y la canción se llama "Magdalena". Es una canción bastante bonita y la letra creo que caía al callo con lo que estaba pasando.
De vez en cuando verán una que otra canción, sólo para poder darle una cosa más emocional al ambiente.
Por lo demás espero que les haya gustado el capítulo, aunque no lo creo, pero en fin, lamentablemente hemos descubierto a un Harry totalmente cambiado. Lo siento…
Les dejo adelantos del próximo capítulo, ¡este si va a estar buenísimo!
Capitulo 9:
Sueños Extraños:
El hecho de que Harry haya llegado a convivir, o más bien, a vivir a La Madriguera, no ayuda mucho a Ginny, sus padres siguen a la defensiva con ella y a la par con el.
Esto produce en la chica un estado de stress que le provoca fuertes alteraciones de sueño, sueño que se ve interrumpido por las constantes apariciones de imágenes y cosas sin sentido y sin explicación, algo que comenzará a tomar forma a medida que vaya descubriendo de que se trata.
Por otro lado, los chicos no recibirán muy buenas noticias, y aquello posiblemente le de un leve vuelco a la historia.
Consultas, sugerencias, tomatazos, etc.: Por favor chicos, escríbanme al Mail "anya(punto)naivea(arroba)gmail(punto)com" o dejen Reviews. Recuerden siempre que los mensajes que ustedes dejan a cada historia ayudan a que el autor siga inspirándose, siempre es bueno dejar comentarios, sean estas críticas constructivas como no lo sean.