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Disclaimer: Todo le pertenece a JK Rowling. No pretendo, y dudo que pudiera, ganar dinero con esto.
Título: Herrmione
Claim: Hermione/Viktor.
Duración: Oneshoot.
Género: Romance.
Advertencias: Modificación de un hecho en el cuarto libro para poder darle forma al fic.
Nota: Me encanta esta pareja, de hecho prefiero a Viktor que a Ron para Hermione, y realmente me parece que merecen más fics para ellos. El cuarto libro es mi favorito de la saga, y mis momentos preferidos incluyen en los que aparece él. Se me hace muy achuchable con esa tendencia a hablar con doble ere y esa evidente debilidad que tiene con Hermione. Una pareja poco explorada pero con mucho potencial. Yo, al menos, ya me he sacado las ganas y he aportado mi granito Viktor&Hermione para el fandom.
Herrmione
Era lunes ese día, recuerda Viktor, y la había vislumbrado en su primer visita a la biblioteca de Hogwarts. Nunca le había fascinado la lectura, pero apreciaba la tranquilidad y soledad; seguramente debido a que siempre estaba rodeado de gente y ruido, de chicas que gritaban completamente histéricas (con sus correspondientes novios mirándole enfurruñados, claro está).
Estaba sentada en una mesa cercana a la suya, con una pila de libros frente a ella que superaban la altura de su cabeza y hojeaba uno al mismo tiempo que fruncía el ceño con concentración. Tenía el pelo recogido en una larga y enmarañada (muy enmarañada) trenza, seguramente para evitar que su pelo rebelde le molestara; se mordía el labio inferior con nerviosismo y de vez en cuando resoplaba frustrada.
Carraspeó inconscientemente en un intento de llamar su atención. Ella ni siquiera dio muestra de saber que otra persona estaba allí. Se sorprendió; generalmente no le gustaba atraer la atención de la gente (ya tenía demasiada ¿para qué más?), pero ahora sí quería que ella le notara. No supo por qué, pero no le gustó su indiferencia. La miró con sus ojos negros (qué hermosa mirada, Viktor, solían decirle las fans entre risitas tontas) fijos en ella durante un cuarto de hora. Al parecer con tal intensidad que finalmente ella pareció sentirlo en el aire (Viktor jamás había entendido como una persona puede sentirse observada sin saberlo) y con un giro rápido de la cabeza, notó su presencia.
En cuanto sus ojos se cruzaron, él se sintió… extraño, era la única palabra para describirlo. Nunca se había sentido así, frente a nada ni nadie. Quería decir algo, lo que sea, pero las palabras simplemente parecían no venirle a la boca y no lograba pensar, se sentía completamente atontado (Vamos, Viktor, pareces una niña, le hubiera dicho Kirstah). En un elegante y repentino movimiento –reflejos de buscador- agarró un libro cualquiera de la estantería más cercana y rápidamente se enfrascó en él. Mil y un maneras de alimentar a los gusarapos no parecía una lectura muy productiva, pero cualquiera bastaría para no tener que mirarla de nuevo (para no tener que sentir eso de nuevo).
En cuanto sintió que la chica le había dejado de mirar, se atrevió a observarla nuevamente.
Y cuando lo hizo el alma se le cayó a los pies. Estaba junto a él. Él famoso niño que vivió. El cuarto campeón y su contrincante. Harry Potter, el niño de las gafas redondas y la cicatriz de rayo.
Y no era eso únicamente lo que lo hizo sentirse tan… mal –para qué negarlo, le había sentado peor que una patada en el trasero- sino la manera en que se miraban, como si se quisieran. No podía escucharlos –y aunque lo hubiera hecho no creía que entendiera si quiera la mitad de aquel rápido inglés-, pero con sus miradas era suficiente. Preocupación, cariño, aprecio… todo ello se leía en las pupilas de la niña de la trenza enmarañada (tan enmarañada como un bosque, un laberinto, donde le gustaría poder sumergir sus dedos y no liberarse jamás).
Se levantó dispuesto a irse y en cuanto lo hizo un murmullo general se extendió por todo el lugar, como si se hubiera desvanecido un hechizo silenciador que antes permanecía allí. Era un sonido familiar, y no necesitó voltearse para saber con qué se encontraría, pero de todos modos lo hizo.
Chicas. Muchas. Todas mirándolo, riendo tontamente y hablando entre ellas como si hubieran visto un famoso jugador de Quidditch -¡Oh, cierto, él lo era!-.
Y si no quería pasarse la tarde firmando autógrafos debía huir, y rápido (no sé como te las arreglas para atrapar la snitch con esa mano. ¡Mírala! Está deforme de tanto firmar autógrafos. Tío, tómate un respiro, Kirstah le reprochaba usualmente). En menos de tres segundos llegó a la puerta y se detuvo, para echarle una última mirada. A la única que no parecía reparar en su presencia, a la única que parecía no importarle que él (vamos, por una vez en su vida debía dejar de ser modesto) la estuviera mirando.
Y como si le hubiera leído el pensamiento, ella desvió nuevamente la cabeza hacia él y lo contempló con sus profundos ojos castaños. Fue un instante eterno, Viktor no podría decir con exactitud cuánto había durado. Un segundo, un minuto, dos horas, tres días.
¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Y qué importaba?
- Viktor ¿me firmas un autógrafo?
Dio un respingo y salió de su hipnosis. A su costado derecho una chica morena de no más de catorce años lo miraba anhelante con una bufanda de Bulgaria y un lápiz de labios en sus manos.
- Eeeh… luego. Debo irrme – fue lo único que alcanzó a balbucear antes de salir precipitadamente del santuario de libros.
oOo
Cada día la rutina era la misma. Se levantaba, desayunaba (¡Maldita sea! Su mesa era la más lejana a la de ella) y la seguía a la biblioteca, donde agarraba cualquier libro que pronto quedaba olvidado mientras él se grababa en la retina cada detalle de su rostro. De Hermione.
Sí, él había averiguado su nombre. El tercer día luego de su primer encuentro en aquel lugar, le había preguntado a una muchacha si la conocía.
- Sí, ella es Hermione Granger –le había contestado con una mirada suspicaz y algo incrédula-. Es de Gryffindor y va a cuarto año. Es la más inteligente de su curso.
Luego de pedirle que escribiera su nombre en un pergamino –no porque lo fuera a olvidar, sino porque quería aprender a pronunciarlo- y de firmarle un autógrafo con su letra torpe (esos garabatos, Viktor… una estrella como tú debería escribir mejor), murmuró un débil Grracias y se alejó a toda prisa.
No se había atrevido a preguntarle nada sobre Harry Potter o si tenía algún novio porque ya se imaginaba la respuesta. Después de todo ¿Cómo sería posible que una chica como ella estuviera sola? Definitivamente era un disparate, una idea totalmente descabellada. Y si por milagro no saliera con nadie y se planteara la idea de estar con él ¿Qué podía ofrecerle? ¿Unos meses de romance clandestino y luego abandonarla para irse a Bulgaria? (joder, Viktor, no seas tan melodramático).
Ciertamente la relación estaría destinada al fracaso. Se dió cuenta de lo que estaba pensando y se rió de sí mismo. Patético, se dijo a sí mismo. Ni siquiera sabía pronunciar su nombre y ya estaba pensando en su futuro como novios. Sí, definitivamente estaba loco. Estaba loco y era un abusador. Las palabras catorce años hacían eco en su mente y retumbaban como el sonido de las piedras arrojándose a un acantilado.
oOo
Aquel día no fue diferente a ningún otro, y Hermione estaba allí haciendo gala de su asistencia perfecta, con el pelo aún espeso como la maleza del bosque prohibido y esa extraña manía por intentar devorar la biblioteca. Y, al igual que todos los días anteriores, Viktor Krum estaba allí también, leyendo pacíficamente con su grupito de admiradoras viéndole de lejos.
Hermione lo había visto en el mundial de Quidditch y Ron siempre le hablaba de él, lo admiraba hasta límites insospechados. No entendía porque hacían tanto alboroto, no comprendía por qué hacer el amargo de Rosi era un gran cosa (o al menos, Ron sí pensaba que lo era, con sus largas peroratas sobre una escoba de quién sabe qué marca y de quién sabe cuánta velocidad por minuto).
Frunció el ceño y, sumida en sus pensamientos, se dirigió a la estantería de los libros de Transformaciones para buscar el tomo que McGonagall le había recomendado para hacer su redacción sobre los animagos. Eso sí era interesante. Lo encontró en el estante más alto, de un color rojo intenso que resaltaba frente a los demás, como si se burlara de ella porque sabía que no podía alcanzarlo. Ni siquiera en puntillas pudo rozarlo.
Lanzó un bufido, era obvio que no estaba usando su cabeza en esos momentos (Diablos, Hermione, eres una bruja), y, frustrada, sacó su varita dispuesta a conjurarlo. Pero antes de que pudiera hacerlo una mano más grande ya lo había agarrado, con vergonzosa facilidad. Se dio vuelta y, sorprendida, se encontró con el buscador de Bulgaria delante de ella tendiéndole el libro con amabilidad.
- Gracias – murmuró tímidamente mientras guardaba el libro en su mochila.
Él no respondió nada y, probablemente eso, fue lo único que podría haber hecho que se sonrojara. Le ponía nerviosa el silencio que se cernía sobre ellos.
A Viktor le hubiera encantado decir algo, pero era consciente de que sabía tanto inglés como un excreguto de cola explosiva sabía de Aritmancia y prefirió mantener la boca cerrada antes que hacer el ridículo. Finalmente, luego de unos minutos en un silencio vergonzoso, empezó a sentirse realmente estúpido por la mirada confundida y desconcertada de ella. Se dio media vuelta en un giro brusco y se alejó lo más rápido posible sin llegar a correr. Realmente había quedado como un idiota delante de ella. ¿Qué le diría Kirstah si lo hubiera visto? No quería ni imaginarse los años de burla que se ganaría con semejante escena; seguramente había parecido una de esas niñas de su club de fans que, una vez alcanzado el valor para acercarse, se intimidaba a último momento y se acobardaba como un gatito asustadizo.
Cruzó el umbral de la biblioteca con paso veloz.
Hermione lo vio alejarse y pensó que tal vez se había adelantado al juzgarlo por los rumores y los relatos de Ron. Tal vez el tener un millón de admiradoras chillonas no significaba que él fuera un arrogante al más puro estilo Malfoy.
oOo
Pasaron dos semanas y los dos seguían acudiendo a la biblioteca. Ambos se miraban de vez en cuando, y, cuando coincidían, él apartaba su vista de inmediato. Ella enrojecía levemente mientras volvía a su lectura. Ninguno decía ni una sola palabra y las horas pasaban silenciosamente mientras la tensión se iba acumulando poco a poco en el ambiente. O tal vez simplemente en ellos.
Viktor se levantó tarde aquel día; no había podido dormir pensando en ella. Últimamente no había minuto del día en que Hermione no estuviera en su cabeza, lo cual representaba una leve molestia debido a que chocaba muy a menudo con lo que fuera que estuviera en su camino, mientras él estaba despistado. Se vistió rápidamente para no perder ni uno de sus valiosos segundos en la biblioteca con la única compañía de ella y salió a toda prisa camino al castillo.
Miró su reloj… ¡Las cuatro! Seguramente ya estaría allí. Apuró el paso, y entró ansioso al lugar, pero, para su asombro, no encontró a nadie más aparte de su conocido grupo de admiradoras. Hermione aún no había llegado y él suspiró aliviado al mismo tiempo que agarraba nuevamente cualquier libro y miraba de reojo la puerta ocasionalmente.
Los minutos pasaron lentamente y él seguía allí, esperándola. Cincuenta y ocho, cincuenta y nueve… Una hora. Se había retrasado una hora.
Ella siempre estaba allí a las cuatro, estrictamente puntual, y seguramente si se había demorado tanto era porque no pensaba ir ese día. Se levantó resignado a irse, pero cuando ya estaba a dos metros de la puerta, ésta se abrió violentamente dando paso a una Hermione enojada –a juzgar por su ceño fruncido- y con lágrimas que amenazaban con caer de sus ojos. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué lloraba? ¿Algo grave podría haberle sucedido a ella? ¿A Potter?
Se debatió interiormente entre ir a ver que le pasaba e intentar consolarla o dejarla en paz, en aquel estado de ánimo no parecía muy propensa a querer hablar con nadie. La contempló unos escasos segundos en los cuales las primeras lágrimas eran derramadas y, mandando todo al infierno, se acercó sigilosamente y se sentó al lado de ella, sin saber que decir.
Era una escena realmente extraña ver a una persona llorando y otra sentada al lado sin hacer nada, como si fuera ajena a su dolor.
Hermione se preguntó qué demonios hacía Krum al lado de ella pero no dijo nada. Después de todo, estaba enojada con todos los hombres del mundo, en especial con cierto pelirrojo idiota de frases hirientes.
- ¿Es…estás bien? – murmuró Viktor con un torpe balbuceo, decidido a romper aquel incómodo silencio. Se maldijo mentalmente preguntándose que clase de estúpido le preguntaba ¿estás bien? a una persona llorando. Era evidente que ese no era uno de los momentos más felices de su vida.
- No. Uno de mis mejores amigos me quiere utilizar como última alternativa para ir al baile, definitivamente no estoy bien – respondió ella con tono cortante. No sabía por qué le contaba eso a él, pero había algo en su expresión preocupada que la instaba a hablar. Luego, al igual que Krum, se maldijo internamente. Había sido grosera con una persona que no tenía nada que ver con sus problemas y se preocupaba (o eso parecía) por ella.
- Lo siento –continuó apenada-. No quería… es que...
- No imporrta – la interrumpió él haciendo un movimiento con la mano para restarle importancia -, te entiendo. A veces cuando una perrsona está mal, hace bien descarrgarrse. Está bien hacerlo.
Hermione se limitó a asentir y limpiarse las lágrimas, claramente avergonzada por parecer una chiquilla. Krum, por su parte, pensaba cómo demonios no se había acordado del baile, cuando ya sabía –y unas cuatro chicas por día se encargaban de recordarle- que en Navidad se daría acabo aquella fiesta.
- Perro lo que no entiendo - continuó él, más por un impulso irracional que por verdaderas ganas de decirlo - es porr qué tu amigo te considerra ultima alterrnativa, cuando naturralmente tu serrías la prrimerra para cualquierr perrsona.
Mierda.
Había hablado sin pensar, se había dejado llevar estúpidamente. Seguramente la había hecho enojar o asustarse, pensó aterrorizado. Pero, de hecho, Hermione no hacía nada, seguía en ese imperturbable silencio que a Krum le empezó a desesperar.
Pasaron un par de segundos y al ver que ella no hacía nada –lo cual no sabía si lo tranquilizaba o lo preocupaba- habló.
- Lo lamento – musitó avergonzado, rogándole a Merlín que estuviera hablando bien ese idioma tan enmarañado como el propio cabello de ella - Yo no deberría haberr…
- No – le interrumpió Hermione en un susurró -. No lo lamentes. Te agradezco que hayas dicho eso, seguramente me tienes pena. Es obvio que nadie jamás me tomaría en cuenta.
Krum la escuchaba sin dar crédito a sus oídos. Entonces llegó a una conclusión: esa chica estaba rematadamente loca. Dudaba que hubiera algún hombre en diez kilómetros a la redonda que no quisiera llevarla al baile.
Pero todas esas ideas fueron desplazadas cuando un pequeño rayo de luz iluminó su mente, llenándole el pecho de súbita esperanza. Si había dicho que nadie la tomaba en cuenta era porque seguramente nadie la había invitado… aún.
¿Y si él…? ¿Podría…? Era una locura pero, joder, no tenía nada que perder.
- Yo si te tomarría en cuenta. Es más, lo hago.
Silencio.
Seguramente estaba alucinando… ¿Viktor Krum le había dicho lo que ella creía que le había dicho? ¿El famoso jugador de Quidditch, el hombre deseado por mil mujeres y admirado por mil hombres, le había dicho que la tomaba en cuenta? Lo miró aturdida y asustada, pensando que en cualquier momento se echaría a reír y le diría, golpeando le mesa con el puño de pura diversión, que era una broma y que jamás en su vida se fijaría en alguien como ella. Pero comprobó que él la miraba expectante, como esperando su respuesta, y su rostro denotaba algo muy parecido a… miedo. ¿Acaso tenía miedo a que ella lo rechazara?
- ¿Herr…mio…ne…?
Vale, definitivamente estaba soñando. ¿Cómo podía saber su nombre? ¿Se lo había dicho aquel día en la biblioteca y no se acordaba?
- ¿Quierres irr al baile conmigo?
Listo, ya había soltado la bomba. Esperó su respuesta (si es que llegaba) pacientemente, aunque por dentro la desesperación le carcomía. Seguramente ella se echaría a reír y le diría que tenía otros candidatos muchísimo mejores (lo siento, iré con Harry Potter, quizás le soltaría entre espasmos de risa). Tal vez la había ofendido y se había enojado, o capaz ni siquiera se dignaba a contestarle, como hizo Fleur Delacour cuando ese alto chico pelirrojo le había pedido ser su pareja.
Se esperaba múltiples reacciones pero ninguna como aquella: Hermione se había puesto muy colorada y lo miraba confundida e incrédula, pero luego le murmuró un débil Sí (tan bajito que por un momento pensó que lo había imaginado) que acompañó con una sonrisa tímida.
Viktor flipaba. Estaba eufórico, muchísimo más feliz que cuando le había logrado arrebatar el huevo al dragón en la primera prueba del Torneo. Tan feliz que incluso sentía la sensación de estar volando.
Ciertamente, Viktor jamás había pensado que la sensación de conseguir una pareja para el baile de Navidad sería tan gloriosa (casi tanto como la sonrisa de Hermione, con las lágrimas ya olvidadas y las mejillas escarlatas).