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Con un último latido
No era el temor lo que hacía más leal a un servidor. No, pensar eso era un gran error. El miedo sólo paraliza, altera y congestiona la mente hasta llevarla a la locura. No hay nada más peligroso que un hombre con miedo. Porque con el tiempo ese sentimiento tan inestable se diluye en el alma como una gota de agua en la profundidad del océano.
Entonces, el espíritu se revela altanero frente aquello que era la fuente de sus temores. Un vasallo con miedo a la larga se arrepiente, traiciona cobardemente.
Entonces, ¿qué fomentaba la lealtad de un servidor? Bellatrix estaba segura de que era el amor, el mismo amor que despreciaba tanto. Porque el que ama no traiciona, no finge, y no se arrepiente. El amor no adula innecesariamente. El amor cumple y comprende, sigue pero no atosiga. Jamás.
Bellatrix así lo creía y lo recordó justo antes de que ese rayo verdugo, disparado por la vengativa y decidida madre Weasley, alcanzara de lleno su pecho, mientras la cínica sonrisa se esfumaba de su rostro como la vida de su cansado cuerpo.
Entonces comprendió, con un último suspiro, que el delicioso sabor del pecado jamás volvería a posarse en sus labios, porque la muerte misericordiosa venía ligera, pero a arrebatarle todo por lo cual había luchado y sacrificado.
Y con un último destello de conciencia ella supo que no podría soportarla… No sin él.
Su amo.
Ahora ese mismo amor con el que tan febrilmente servía, ahora con la misma intensidad traicionaba. Porque, con un último latido, Bella deseaba, por primera vez en su servicial y devota vida, que su amo al fin cayera.
Fin