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Author of 4 Stories |
¡Hola! Aquí me presento con un fic para el reto de Parejas Extrañas, del Foro Dramione. Espero que les guste, nos vemos abajo ;)
Juventud
Desempañando el espejo reveló su rostro, surcado y manchado por el peso de los años.
Se sentía viejo, y desde que la vio, supo que necesitaba algo de juventud. Pero sólo la de ella.
Así es que decidió volver a aquella vieja biblioteca, y saliendo de su casa, se sumergió en sus recuerdos.
Theodore Nott caminaba apurado, como siempre, por las calles del Londres muggle en el que vivía hace algunos años ya.
Buscaba la biblioteca pública, con intenciones de hallar un buen libro que leer y marcharse lo más rápido posible del lugar, pero al llegar al gran hall de la biblioteca no pudo evitar fijar sus ojos en una rubia mujer, quien llevaba un extraño libro en las manos. Era un libro de runas mágicas. No podía tenerlo si no era una bruja, pensó Nott, intentando hacer memoria, a ver si lograba reconocer el rostro de la mujer.
Era Luna Lovegood, una Ravenclaw algo extraña y un año menor que él. No pudo observarla por demasiado tiempo, pues Luna se volvió hacia él mirándole fijamente.
De forma automática, Theodore olvidó el libro que pretendía sacar, y huyó de la biblioteca, a sabiendas de que más tarde se preguntaría el por qué de su cobarde escapada.
Theodore, volviendo al presente desde sus pensamientos, se encontró caminando hacia la biblioteca, cruzando el parque, apenas mirando por dónde pisaba. Caminaba apresurado, como con ganas de ver los ojos de la ex Ravenclaw, pero nada más que eso...y tal vez buscar un libro, leer y observarle en silencio. Pero el plan de Theodore no pudo ser llevado a cabo en su totalidad, pues al intentar espiarla tras el libro, se percató de que ella también le miraba, pero sin ninguna vergüenza, sin ocultarse y se sintió algo cobarde. Por segunda vez a causa de ella. Lo miraba con dulzura y sin descaro alguno, aquello hizo que el hombre se sintiera envuelto por la paz de sus azules ojos, aunque eso sólo hasta que la vio ponerse de pie y caminar hacia su mesa.
Quiso escapar, pero sus piernas estaban adormecidas. Luego lo pensó mejor ¿Por qué habría de huir de ella? Después de todo no le haría nada. Se regañó por ser un cobarde una vez más al desear escapar.
No hubo tiempo para más pensamientos, porque el caminar distraído de Luna le trajo de vuelta a la realidad. Y la vio en frente.
– ¿Podrías prestarme ese libro, Theo? – Dijo ella, con su voz suave.
¿Qué clase de loca le pide un libro a un desconocido? Bueno, aunque pensándolo bien, él no era un desconocido, pero bien pudo haberse equivocado al llamarle Theo.
– Eres Theodore Nott ¿cierto? – Preguntó esta vez no tan segura.
– Sí, sí que lo soy. Luna Lovegood, ex Ravenclaw ¿No es así? – Ella asintió con la cabeza. Se felicitó interiormente por la seguridad y calma que empleó en su respuesta. – Respecto al libro – continuó el hombre – la verdad es que voy a llevármelo, pero si enserio lo necesitas, puedo ir a dejártelo a tu casa.
– Bien, pero ¿te molestaría entregármelo mañana? Es que es algo urgente… – Dijo ella, con algo de preocupación.
– Ahí estaré, sólo dame la dirección.
– Apple Street 1241
– Te lo pasaré a dejar en la tarde. Me voy, es algo tarde, ha sido un verdadero placer. Nos vemos. – Se despidió algo apresurado, no estaba seguro de qué tanto podría mantenerse en calma. Algo tenía la ex Ravenclaw que le hacía ser algo torpe cerca de ella.
Ni siquiera necesitaba el libro, es más, no tenía idea de lo que trataba y ni siquiera planeaba leerse el título, pero algo en ella le hizo buscar un pretexto para verle otra vez.
Así al otro día Theodore llegó al 1241 de Apple Street, preguntando por Luna Lovegood. Le hicieron esperar en un sillón pequeño, y ahí, en la casa de Luna, se fijó por primera vez qué clase de libro había sacado. Era una novela, nada mágico ni extraño, sólo una simple novela muggle. Su observación del libro fue interrumpida por la suave voz de Luna.
– Has venido temprano – Dijo la mujer.
– Sí, creí que más tarde estarías ocupada.
– Bueno, mejor así. Sé que no nos conocemos demasiado, pero me gustaría que fueras a almorzar conmigo, ya que es la hora más o menos…– Dijo ella, terminando como si fuese a decir algo más y al ver la cara de sorpresa del hombre agregó – A no ser que tengas algo que hacer, claro.
Theodore no pensaba en rechazar la invitación de Luna. Ella tal vez no era muy atractiva, pero sí parecía muy inteligente y poseía una alegría que le daba un aire constante de juventud, a pesar de tener sólo un año menos que él. Abandonó sus pensamientos al notar la aflicción en el rostro de Luna, por la tardanza de su respuesta.
– Sí, te acompaño, siempre almuerzo solo, un poco de compañía no me vendría nada mal.
Así ambos salieron en busca de un buen restaurante por Londres, hasta que hallaron un pequeño pero acogedor lugar y decidieron entrar.
La comida no estuvo silenciosa, más bien estuvo entretenida. Theodore conoció a Luna bastante más. Se enteró que era soltera, que la mujer que le abrió la puerta no era su madre, sino su ama de llaves, que su padre había muerto hace un par de años y que su madre murió cuando ella era pequeña, Luna también mencionó varios bichitos mágicos extraños, que según ella, abundaban en el Londres muggle. Theodore no entendía nada de eso, pero se sintió fascinado por lo que Luna sabía de los bichos aquellos. La había oído hablar de ellos por los pasillos de Hogwarts, años atrás, pero no recordaba demasiado de ello. Nunca pensó que fueran ciertos, pero al parecer por la seriedad con la que la mujer hablaba de las criaturas, eran de verdad. Además supo que trabajaba en el periódico, que pasó a ser suyo al morir su padre, y que disfrutaba bastante su trabajo.
Ella se veía tan feliz por su forma de vida, y él no lograba encontrarle gracia alguna a la suya propia, y a penas si soportaba la rutina de su trabajo en el Ministerio.
La charla continuó, y la jovialidad de Luna cautivó más y más a Theodore. Al terminar la comida él insistió en pagar la cuenta, a pesar de que Luna quería pagar al menos su almuerzo, Theodore terminó haciéndola ceder.
Salieron a las calles de Londres, charlando y riendo, hasta que comenzó a llover.
– ¿Quieres que te lleve a casa? – Preguntó Theodore a Luna, deseando que respondiera que no, porque un sí significaría tal vez no verle más…
– No, prefiero que vayamos al parque ¡Me encanta la lluvia¿A ti no?
– Sí, es agradable – Contestó Theodore, y siguieron caminando hacia el parque.
Iban conversando alegres, cuando Luna se detuvo y le miró fijamente, en silencio. Theodore la miró también, extrañado, creyendo que le volvería a hablar de los extraños bichitos que ella decía que le rodeaban desde pequeña.
– ¿Qué p… – Iba a preguntarle qué pasaba, pero Luna le interrumpió dándole un beso. Un beso tierno, sin agresividad, sin apuro. Un beso lento, tranquilo y con amor.
– Ahora quiero que vayamos a casa, porque te rodean ellos también. – Le dijo ella, antes de volverlo a besar. Él sonrió dentro del beso. No sabía si los bichitos eran buenos o malos, o si existían o no, lo que sí sabía es que sin o con bichitos, la quería a ella y a su juventud a su lado. Siempre.
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