|
Author of 27 Stories |
... puedo explicarlo. Es decir; no, no puedo. Me he embarcado en otro reto. Sin tener terminado el de 30vicios. Estoy completamente loca. Pero son sólo siete fics cortitos... más que nada para ahondar en la personalidad de L desde un lado más intimista, de ahí que probablemente Light Yagami ni aparezca, pues prefiero centrarme en sus vivencias en la Wammy's. Mi intención es acabarlos pronto, ya que tengo ya la idea pensada para cada virtud. ¿Mi inspiración? El sugerente material con el que Ohba-sama y Obata-sama nos han obsequiado recientemente en el "L File no.15" (deseando que caiga en mis manos). De hecho, la escena de "Cogitatio" está basada en una imagen preciosa que sale en dicho libro.
En fin, espero que os gusten.
Dedicado con todo mi cariño a mis fieles lectores... vosotros sabéis quienes os incluís, pues.
PD: Ah, el título "Ab imo pectore" significa algo así como "desde el fondo del corazón", "con franqueza". Y los títulos respectivos a cada fic son una traducción aproximada al latín de la virtud de turno… ¿no lo he dicho aún? Serán siete fics acordes con la Tabla de Virtudes del Livejournal Retos a la Carta. Para más información, tened a bien pasaros por mi journal, ya que suele adjuntar canciones acordes al escrito para que las podáis descargar.
Un beso… y por cierto, ya vuelvo a estar libre de exámenes, con lo que las contestaciones a las reviews retornan, jeje.
Cogitatio
Vestigios rezagados de luz ebúrnea aún bregaban por iluminar aquella típica tarde londinense, como trazos briosos, casi torpes, de un pincel apenas cargado de pigmentos, patética imitación de los cuadros impresionistas de Turner que a él tanto le relajaba contemplar. El gran lienzo sombrío se cernía sobre él majestuosamente, y él se limitaba a seguir con la mirada la progresiva transformación colorista del cielo: pronto las pinceladas en bermellón, hirientes a la vista como una cuchillada en las retinas, se tornan ocres y acariciadoramente cremosas, para luego mudar a un malva como el pórfido, el color sagrado de los emperadores. Pero, curiosamente, a él se le antoja de un violeta dulce y comestible. Solía ser víctima de aquella inmediata y por demás peculiar asociación del color con alguna chuchería. Y supuso que debía sonar bastante infantil. Bueno, tampoco es que le importara. Parecía la cobertura de mermelada de una tarta de frutas del bosque, y punto. Si alguien encontraba una metáfora más convincente, que se la guardara para sí mismo, que a él no le interesaba.
Meciéndose suavemente, casi por pura imitación del uso corriente que solía dársele a aquel invento más que por divertimento, L, sentado en su columpio, se limitaba a mirar cómo el dios Helios parecía haber sucumbido finalmente al embrujo de Nix, pues la inexorable noche acabó por cernirse sobre él. Ningún rastro travieso del magnífico abanico de luz que apenas unos segundos antes le servía de gloriosa bóveda había decidido rebelarse y permanecer un poco más. Su particular catedral se volvió tan apagada como sus cabellos encrespados y como su mirada opaca y neutra. Un ligero viento nocturno revolotea por entre sus insulsas ropas y se enreda en el azabache de sus mechones.
Musitando quedamente algo intrascendente, quizás un retazo de la cancioncilla que ese grupo de niños canturreaba, o quizás una hipótesis a considerar en la resolución del caso que se traía ahora entre manos, el joven detective siguió dándole lengüetazos al antojo del día: una enorme piruleta que casi insultaba al sentido común.
Su sabor horrorosamente saturado de azúcar y colorantes inunda sus papilas gustativas.
Se siente feliz.
Está a las puertas de otro gran descubrimiento, con el que su inconmensurable capacidad deductiva y su pasmosa inteligencia volverían a consagrarse. No había tenido más que señalarla con el dedo para que Watari le comprara la piruleta. Había querido hacer un alto en aquel parque, y allí estaba. El columpio era divertido, y le resultaba gracioso espiar a los chiquillos correteando entre risas y juegos simplones, pues, misteriosamente, aquel gorjeo de chillidos, en su inocente trivialidad, le ayudaba a mantener la concentración. Le recordaba a sus pequeños en el orfanato, pero no sabía muy bien qué hacer con ese sentimiento cálido y a la vez pesaroso que le azoraba el corazón cada vez que pensaba en la Wammy’s House.
Añoranza.
Melancolía.
Morriña.
No se le ocurría en aquel momento otro sinónimo, pero creía que era así como lo llamaban comúnmente. Al no entenderlo en su plenitud, desechó tal preocupación.
Una astilla se clava en sus pies desnudos, pues por supuesto no ha modificado su reiterada postura encogida al montarse en el columpio, mas no le da mayor trascendencia, al igual que hace caso omiso tanto de las miradas extrañadas que le dirigen algunas madres como de los cuchicheos socarrones de un puñado de chavales.
Un veinteañero desgarbado y larguirucho apalancado en un pasatiempo de bebés, lamiendo un caramelo practicamente tan grande como su desaliñada cabeza, mirando embobado el lóbrego cielo. Seguramente pensarían que tiene alguna deficiencia mental. Porque aquello no era normal. Él no era normal. Pobrecito, le había traído de paseo ese amable señor. Su padre, o quizás un simple cuidador. Qué lástima, tan joven y… así. Estará solo toda su vida. Toda la vida condenado. Nadie amaría a un chico tan extravagante y chocante. Seguro que es terriblemente problemático. Fijaos… ni siquiera es feo. Tal vez arreglándolo un poco podría pasar por un hombrecillo medianamente atractivo. Demasiado escuálido y paliducho, pero pasable. Qué pena… ¿acaso no tenía frío yendo tan desabrigado? Pobrecillo…
L sonríe.
Chupetea su piruleta.
Se columpia parsimoniosamente, mirando su sombra danzar hacia arriba y hacia abajo en la arena del suelo. Arriba y abajo. Una y otra vez.
Sólo se había encaprichado, demonios. Le gustaba el parque, sencillamente. Menuda batahola sin sentido.
Muchos se preguntarían qué pasaba por su cabeza. Más de uno llegaría a obsesionarse por atisbar qué diablos escondía aquella alma insondable tras su máscara de ingenuidad casi idiotizada.
Si alguien le hubiera dirigido la palabra, si alguien hubiera requerido una somera pista de lo que surcaba la mente de aquel insólito ser, L Lawliet probablemente hubiera hecho una referencia a lo edulcorado, perdón, “hermoso” quería decir, que se veía el cielo aquella noche. O lo bien que quedaba la acertada mezcla de mora y yogurt en su piruleta. O lo agradable que le resultaba aquel suave vaivén en su columpio. Sin más aspiraciones. El caso ya estaba más que concluido. En cuanto llegara con Watari al hotel se pondría manos a la obra y zanjaría el asunto: un nuevo éxito que meterse en el bolsillo. O mejor dicho, otra evasiva al aburrimiento llevada a cabo satisfactoriamente. ¿No era genial?
L se sentía feliz.
Echa la cabeza hacia atrás bruscamente hasta casi rozar el bordillo con la nuca. El manto abisal infinito y estrellado le circunda y embelesa, perdidos sus grandes ojos de búho en el universo del que él no es más que un ínfimo soplo de existencia, que del polvo vino y en polvo se convertirá.
L se sentía feliz.
No pedía nada más.
Por eso sonríe.
Porque no siente tribulación o ansiedad alguna; por ende, se siente feliz. Y cuando se está feliz, hay que estirar las comisuras de los labios; así, y sonreír.
Fin