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Special chapter.
Hola a todos y, como siempre, perdón por la tardanza en actualizar. No paso por un período muy prolífico en lo que a escribir se refiere, y supongo que algo tiene que ver el agobio que me entra de pensar todos los proyectos que tengo que proseguir... mis disculpas nuevamente.
Estoy muy contenta ya que Ab imo pectore es el primer reto que finalizo, y debo decir que una de mis creaciones que más cariño le tengo, quizás por el hecho de moverme en un ámbito estrictamente canon (algo me dice que lo siguiente que escriba será yaoi explícito...) y, debido a ello, he querido ultimar este fic con un capítulo especial, bastante largo y con dosis abundantes de fluff y una mezcla extraña de humor y drama. En fin, ya me diréis vosotros si ha quedado demasiado pasteloso u OoC... yo personalmente he disfrutado como nunca escribiéndolo, y es que mi renacuajito es un amor... siento una especie de debilidad maternal por L de pequeño, no puedo evitarlo.
Dedicado a todos los que habéis apoyado este fic, con especial mención a Aleena, pues ella fue quien me sugirió incluir una escena con Watari contándole un cuento al pequeño detective antes de irse a dormir.
Espero que lo disfrutéis.
Consagratio
- Munch, munch, munch...
Hacía tiempo que la hora de la cena había pasado. De hecho, hacía mucho que el astro rey se había ocultado, y más si tenemos en cuenta que el invierno ya comenzaba a asolar Inglaterra. Ya era hora de que todos los niños buenos y cumplidores estuvieran metidos en sus camas y entregados al sueño, pero L seguía dando buena cuenta de su opípara cena como si no existiera un mañana. Probablemente si hubiéramos juntado todos los manjares edulcorados que allí lucían habríamos obtenido un peso mayor al de la criatura glotona que se los zampaba sin apenas respirar entre un bocado y otro, engullendo como un pato. L era pequeño, y su silueta menuda de duende se veía aún más acentuada por su camiseta blanca (ahora algo manchada de sirope) y sus vaqueros deshilachados (el sirope también había llegado hasta ahí), dos tallas más grandes de lo que le correspondería. Sus enormes ojos de anfibio vagaban por la mesa, seleccionando rigurosa y concienzudamente qué dulce iba a ser el siguiente en probar su peculiar justicia, y lo cierto era que ponía el mismo empeño que resolviendo un crimen imposible de desencriptar.
Tarta de fresa, de leche merengada, de yema tostada, de manzana, strudel, surtidos de bombones, pudding, tiramisú, mousse de chocolate, panettone, helado de pistacho y stracciatella, caramelos y demás chucherías diversas, todo ello regado con té negro, o mejor dicho, terrones empapados en té negro: hoy era, a todas luces, uno de los llamados días especiales del mes. Lo que venía a significar que contaba con el beneplácito de Watari para deglutir tanto azúcar como deseara. La razón era sencilla: L se estaba preparando para unos cuantos días de asueto en forma de sueño continuado, habituado como estaba a pasar jornadas y jornadas en vela combinadas con dichos períodos de pseudo hibernación, cual singular osezno. Él era también humano, después de todo. Hasta la leyenda del siglo, por mucho que apenas levantara unos palmos del suelo, necesitaba descansar si quería seguir atrapando a los malos.
Acomodado en cuclillas en su mullido trono, ultimó con un sonoro sorbo lo que quedaba en su primorosa taza de té (su cuidador seguía reacio a la ingesta de varios litros de café de una sentada, al menos hasta que el crío necesitara más de dos manos para expresar cuántos años tenía), repasó la luenga mesa de caoba por si aún quedaba alguna miguilla que aprovechar y, en vista de los resultados negativos, se limpió la boca enchurretada con la manga, ignorando el carraspeo de desaprovación a sus espaldas.
- Ya he acabado, Wammy-san.
- Muy bien, ¿qué toca ahora? - inquirió el caballero, usando el tono pausado y vocalizado del adulto que quiere hacerle entender algún enigma capital a un niño pequeño.
- Hacer pipí, lavarse las manos, cepillarse los dientes, ponerse el pijama y a dormir. - recitó L, con la monotonía cadenciosa de un padrenuestro, a la par que se bajaba con cierta dificultad del asiento y se escapaba como un monillo revoltoso hacia la puerta. Su tutor se adelantó, chistando entre dientes, agarrándole suave pero firmemente de la camiseta y haciendo girar a la criatura sobre sí misma.
- Exacto. Pero no basta con saberlo declamar tan admirablemente de memoria. Hay que llevarlo a cabo. - le señaló el extremo contrario del largo pasillo. L frunció el ceño y soltó una babosa pedorreta. - El cuarto de baño está en esa dirección.
- Hum... sé ir yo solo.
- No lo dudo, pero quisiera asegurarme de que, por una vez, no me engañas.
- Hum, hum... - una leve patada al suelo.
- Vamos, no refunfuñes.
Arrastrando de la mano a esa bestezuela, que no dejaba de rezongar la terrible injusticia y violación del derecho al libre albedrío que era aquel abuso de autoridad, Watari logró meter a L en el lavabo. A pesar de que sus lapidarias miradas perdonavidas no se habían reducido, le aupó cariñosamente sobre un taburete para que pudiera llegar sin problemas al váter. Sin embargo, el diablillo dejó caer los brazos con languidez, dando a entender que, en lo que a él respectaba, no tenía la más mínima intención de poner de su parte en aquella tropelía.
- No tengo pis. - canturreó con voz de falsete.
- Éso no es cierto, L. Tras semejante ingesta de líquidos es probable que, entre pesadillas y malestares, acabes mojando la cama. Y acordamos que éso era algo que no hacían los buenos detectives, ¿me equivoco...?
El aludido permaneció durante unos instantes con la mirada perdida, mordisqueándose el pulgar, como si estuviera sopesando los pros y los contras de aquella tesitura. Evidentemente debió percatarse de lo improductivo y desacertado que sería el dolor de vejiga en mitad de la noche, por no hablar de lo poco que le gustaba empaparse de orina en medio de la oscuridad, echando a perder su ansiado sueño.
- Vale. Tengo pis.
Watari sonrió subrepticiamente para sí, ayudándole a sentarse sobre el WC. No había conseguido que L modificara su típica postura encogida ni siquiera para hacer sus necesidades más primarias, pero albergaba la fútil esperanza de que, una vez se hiciera grande, abandonara de forma natural esa mala costumbre. Por ahora, y citando a L textualmente, "es que si no me siento así, no sale el chorrito".
Entonces, en medio del vital proceso, el muy ladino tuvo la ocurrencia (pequeña vendetta) de desviar el ángulo de la orina, manchando así los azulejos esmaltados del tradicional baño. Aguantó de forma infructuosa una risilla maliciosa. Pero Watari no pareció captar lo irrisorio del asunto y, en cambio, le bajó del urinario con una gravedad que no auspiciaba nada bueno...
- L.
- Pfff...
Watari abrió los ojos.
- L Lawliet. Deje de reír ipsofactamente.
Y L enmudeció.
- L Lawliet, usted va a escucharme ahora con atención. - el hombre se inclinó, quedando a la altura del niño, mirándole con un aplomo inglés que no pudo menos que amedrentarle. - Bien sabe que yo, en la medida de lo posible y recomendable, tolero sus excentricidades dada su genialidad y su difícil carácter. Pero hacer lo que usted acaba de hacer es simple y llanamente una ordinariez que denota una falta total de educación y respeto. Existen unos mínimos de apostura e integridad, que son los que diferencian a las persona civilizadas de los animales corrientes. Si usted no está dispuesto a seguirlos en vista de que a lo que verdaderamente aspira es a convertirse en un salvaje, me temo que tendré que dispensarme de mis funciones de tutor para con su persona. ¿Me ha entendido?
El pequeño detective continuó apretando los labios, con sus enormes ojos ahora velados por el indómito flequillo azabache. Pronunciar su nombre completo y emplear la táctica del discurso cortés y clarificador de todo un gentleman siempre lograba borrar cualquier acceso de brabuconería. Levantó suavemente la mirada para contemplar al incólume Watari limpiar diligentemente con papel higiénico los restos de su malograda jugarreta. ¿Estaría en verdad tan enfadado...?
- Muy bien, jovencito. - colocó el taburete frente al lavabo para que el infante llegara al grifo y a la pastilla de jabón. Percatándose de su pasividad deliberada, él mismo le tomó de las manitas y se las enjabonó y secó con la toalla cuidadosamente, tratando de hacer las paces. - Ahora tocan los dientes. Tendrás que lavártelos muy bien si no quieres que se te llenen de caries y tengamos que hacerle una visita al señor dentista. ¿Necesitas ayuda...?
- Hum... - sus músculos seguían tensos y su mirada opaca continuaba clavada en el suelo.
- ¿... o es porque no sabes como hacerlo? - preguntó con cierta malicia.
- Sí que sé. Sí que sé. - objetó, metiéndose el cepillo de dientes al revés en la boca y sosteniéndolo como quien da largas caladas a una pipa. - Egemental, mi queguido Wagson... ehé...
Citando al celebérrimo Holmes por lo bajo, sin poder contener un gorjeo confidencial para sí mismo por su agudeza, L volvió a sonreír. Esta vez Watari sí que sonrió también.
L era incapaz de guardar rencor por más de un minuto.
- Hoy quiero cuento, Wammy-san.
- Podemos seguir leyendo a Doctoievsky, si es lo que deseas. Pero sólo lo necesario hasta que te adormezcas; lo primordial ahora es que descanses convenientemente.
- Hoy quiero cuento, Wammy-san. - repitió análogamente, con su voz atonal. El hombre comprendió entonces que no había recibido la respuesta correcta a su petición.
- Está bien, como gustes. Un cuento. Aunque tenía la leve idea de que considerarías ese género como una pérdida de tiempo para una persona que lee frecuentemente a los clásicos de la literatura.
- Wammy-gan, log cuentog - comenzó a argumentar L, con la boca llena de pasta dentífrica.-pege a ir dirigidog expregamente al público infantil, giempre congtan de un tragfondo didáctico y gugtancial con regpecto al ger humano y gu circungtancia, pog lo que gu lectura eg giempre gecomendada.
- No te falta razón, L.
Es de lo que no hay. Parecía mentira que un esperpento enclenque como él pudiera tener esa verborrea tan erudita compaginada con su peculiar infantilismo. Viendo que ya se había enjuagado y secado, le instó para que se marcharan. No obstante L continuó mirándose en el espejo, tal y como suelen hacerlo los primates cuando descubren su propio reflejo en el cristal bruñido. De repente posó el dedo índice en ambas mejillas, alargando hasta el límite las comisuras de sus finos labios, dispuesto a declarar una Verdad universal.
- L es una raaana.
- No, no lo es. L es el mejor detective del siglo. - observó pacientemente Quillsh Wammy, tendiéndole la mano. - Vamos, ahora a la cama.
- Croac. Eso es verdad. - admitió "humildemente" L, aceptando el ofrecimiento. Atravesando los largos y antiguos pasillos en penumbra del insigne orfanato, con el parqué crujiendo bajo sus pies desnudos, L rompía el silencio reinante con su croar, como si el haber descubierto aquel nuevo sonido que era capaz de producir hubiera sido la experiencia más reseñable del día.
- La rana del siglo. Croac.
- Cama no, Wammy-san...
- Cama sí, L Lawliet. No pienso permitir que te pases una semana cogiendo todo el frío del suelo y caigas enfermo. Vas a dormir sobre un colchón y una almohada y cubierto con una manta, como hacen las personas normales y pudientes. No hay nada más que añadir.
Era curioso cómo aquella personita, recogida de los peligros y pesares de la calle, parecía no valorar aquellos detalles que cualquier otro huérfano recibía con los ojos llenos de lágrimas como un regalo caído del cielo. No era que no lo apreciara... sencillamente L era de costumbres fijas y, si le satisfacían, no encontraba motivos convincentes para contaminar sus manías.
- No hace falta, Wammy-san. De verdad que en el suelo se está bien, a mí me gusta el suelo.
- Resumamos: "no cama, no cuento".
Un gruñido de asentimiento tras un breve silencio.
- Ok, Wammy-san... bien jugado.
Tras despojarle de los zarrapastrosos vaqueros y camiseta y sacar del armario un nuevo conjunto milimétricamente idéntico al mismo, el caballero inglés procedió a vestirle con una sudadera y un pantalón de chándal, cual ingeniosa trasposición de su atavío habitual pero en versión más cómoda y abrigada para dormir. L era incapaz de sentirse holgado en ropas diferentes a las que siempre portaba... otra más de su nutrida lista de patológicas manías.
L trepó al lecho con agilidad de saltimbamqui y se escondió por completo bajo la manta.
- ¿Qué tipo de cuento es el que te apetece leer, L? - le preguntó Watari al misterioso bulto de la cama, consultando una pequeña biblioteca plagada de ediciones de lujo en rústico de las obras más reputadas del género. - Perrault, Andersen, los hermanos Grimm...
- La casita de chocolate, La casita de chocolate... - contestó una vocecilla amortiguada.
- Oh. Hansel y Gretel. Por alguna razón no me sorprendo de tu elección. ¿Debo deducir que hoy te has quedado con hambre...?
Una cabecita despeluchada apareció de debajo de las sábanas. El hombre le tendió el grueso libro, que casi era tan grande como él, para que comprobara por sí mismo lo hermosa que era la edición. L la palpó, ojeó desde varios ángulos, pasó algunas páginas para contemplar los bonitos dibujos y la pulcra y estilizada grafía. Satisfecho, le devolvió el volumen a Watari y se abrazó a sus rodillas, colocado en posición de escuchar sin perder detalle.
Quillsh carraspeó brevemente, y, con una admirable voz de narrador profesional, comenzó:
Hansel y Gretel vivían con su padre, un pobre leñador, y su cruel madrastra, muy cerca de un espeso bosque. Vivían con muchísima escasez, y como ya no les alcanzaba para poder comer los cuatro, deberían plantearse el problema y tratar de darle una buena solución.
Una noche, creyendo que los niños estaban dormidos, la cruel madrastra dijo al leñador:
-No hay bastante comida para todos: mañana llevaremos a los niños a la parte más espesa del bosque y los dejaremos allí. Ellos no podrán encontrar el camino a casa y así nos desprenderemos de esa carga.
Watari se percató del cambio en la mirada de L, pero siguió leyendo.
Al principio, el padre se opuso rotundamente a tener en cuenta la cruel idea de la malvada mujer.
-¿Cómo vamos a abandonar a mis hijos a la suerte de Dios? ¡Quizás sean atacados por los animales del bosque! -gritó enojado.
-De cualquier manera, así moriremos todos de hambre -dijo la madrastra y no descansó hasta convencer al débil hombre de llevar adelante el malévolo plan que se había trazado.
- Wammy-san...
- ¿Sí?
- Esa mujer es un monstruo y su marido un pusilánime. Y ambos son culpables de un crimen de infanticidio.
- Debes tener en cuenta la época en la que se popularizó esta historia, L. En la Edad Media era bastante común el abandonar a los hijos a su suerte dado el hambre y la pobreza generales. Es un acto inhumano, pero debes tratar de empatizar un poco con la mentalidad de ese período. - explicó. Si había algo que Watari detestaba aparte de las habitaciones desordenadas era tratar este tipo de temas con el pequeño detective. - Además, ésta es una adaptación alemana más fidedigna de la versión suavizada de los hermanos Grimm. Tiene más crítica subrepticia que el clásico cuento infantil.
- Ya, entiendo... - el niño seguía ensimismado consigo mismo con aire meditabundo, con un brillo extraño en sus insondables pupilas, como si tratara de recuperar un recuerdo sellado en lo más profundo de su mente.
- Si te sirve de consuelo, al final la Justicia vence.
Por fortuna ese comentario pareció entusiasmarle un poco.
Mientras tanto los niños, que en realidad no estaban dormidos, escucharon toda la conversación. Gretel lloraba amargamente, pero Hansel la consolaba.
- No llores, querida hermanita -decía él-, yo tengo una idea para encontrar el camino de regreso a casa.
L asintió con la cabeza, dando su aprobación.
A la mañana siguiente, cuando salieron para el bosque, la madrastra les dio a cada uno de los niños un pedazo de pan.
- No deben comer este pan antes del almuerzo -les dijo-. Eso es todo lo que tendrán para el día.
- ¿A qué se supone que iban...?
- A cortar leña.
- Es que no lo han explicado... la madrastra no tiene coartada alguna.
El débil padre y la madrastra los acompañaron a adentrarse en el bosque. Cuando penetraron en la espesura, los niños se quedaron atrás, y Hansel, haciendo migas de su pan, las fue dejando caer con disimulo para tener señales que les permitieran luego regresar a casa.
- Se las comerán los pájaros, se las comerán los pájaros.
- Espera un poco.
Los padres los llevaron muy adentro del bosque y les dijeron:
-Quédense aquí hasta que vengamos a buscarlos.
Hansel y Gretel hicieron lo que sus padres habían ordenado, pues creyeron que cambiarían de opinión y volverían por ellos. Pero cuando se acercaba la noche y los niños vieron que sus padres no aparecían, trataron de encontrar el camino de regreso. Desgraciadamente, los pájaros se habían comido las migas que marcaban el camino. Toda la noche anduvieron por el bosque con mucho temor observando las miradas, observando el brillo de los ojos de las fieras, y a cada paso se perdían más en aquella espesura.
- Qué miedosos. - puntualizó L.
- Bueno, es una reacción bastante natural, hijo... sea como sea, hay versiones que cuentan que hubo dos tentativas: la primera vez Hansel fue dejando guijarros por el camino, por lo que pudieron regresar a su hogar. La segunda vez usó el mendrugo de pan y, efectivamente, se perdieron al no encontrar las migas a la vuelta.
- La madrastra era, encima, una reincidente. - Lawliet se puso de morritos.
Al amanecer, casi muertos de miedo y de hambre, los niños vieron un pájaro blanco que volaba frente a ellos y que para animarlos a seguir adelante les aleteaba en señal amistosa.
- Los pájaros no hacen éso.
- Era un pájaro mágico.
- Ah, entonces sí.
Siguiendo el vuelo de aquel pájaro encontraron una casita construida toda de panes, dulces, bombones y otras confituras muy sabrosas.
L ahogó un grito de sorpresa.
- Espera... ¿hay dibujitos?
- Sí, claro que sí. - el hombre observó con regocijo la ansiedad glotona del pequeño y le mostró la doble página que detallaba con todo lujo de minuciosidades la casita de ensueño bajo la mirada extasiada del detective, ensalivando el pulgar.
- Yo quiero una así.
- No puede ser, L. Es una casa mágica. En la vida real, algo semejante no es habitable, por no hablar de que se derretiría y estropearía más pronto de lo que crees, por lo que no te resultaría nada apetecible, te lo aseguro.
- ¿Y si me la como rápido...?
Los niños, con un apetito terrible, corrieron hasta la rara casita, pero antes de que pudieran dar un mordisco a los riquísimos dulces, una bruja los detuvo.
La casa estaba hecha para atraer a los niños y cuando estos se encontraban en su poder, la bruja los mataba y los cocinaba para comérselos.
- Oh, era una bruja antropófaga.
- Así parece... - ya se disponía a reiniciar el relato nuevamente cuando volvieron a interrumpirle.
- Wammy-san... ¿de verdad que no hay manera de conseguir una casa de chocolate? - el renacuajo seguía erre que erre con su gran incógnita.
- Ya te he dicho que físicamente es bastante improbable.
Una mueca ambigua sesgó los labios de L.
- ¿... ni siquiera cuando Wammy-san se convierte en Santa Claus?
Este crío... no había quien le engañara.
- No te preocupes, Wammy-san. La hipótesis acerca de la existencia de un anciano con obesidad mórbida que vive en el Polo Norte y reparte sin remuneración alguna millones de juguetes para todos los niños del planeta en una sola noche montado en un trineo tirado por renos voladores no se sostiene por ningún lado. Pero a mí me gusta que sea Wammy-san y no un gordo desconocido o un ratón con coleccionismo compulsivo quien me deje regalos por Navidad o cuando se me cae un diente.
- Supongo que es bueno que pienses así, L.
Con una cálida sonrisa, le azuzó para que siguiera leyendo.
Como Hansel estaba muy delgadito, la bruja lo encerró en una jaula y allí lo alimentaba con ricos y sustanciosos manjares para engordarlo. Mientras tanto, Gretel tenía que hacer los trabajos más pesados y sólo tenía cáscaras de cangrejos para comer.
- Qué asco.
Un día, la bruja decidió que Hansel estaba ya listo para ser comido y ordenó a Gretel que preparara una enorme cacerola de agua para cocinarlo.
- ¿Pretendía hervirlo? Le mataría antes, ¿no?
- Imagino que sí, L. - concedió Watari.
- Porque cocer a alguien vivo es un brutalidad.
- Ciertamente.
- ¿Cuál sería el arma homicida? - siguió preguntando el niño, con aire de versado en el tema.
- No lo sé, hijo. Supongo que algo adecuado para tal fin no será difícil de encontrar en una cocina.
- Hum, verdad, verdad. Cualquier objeto punzante o lo suficientemente contundente es perfectamente válido.
- Simplemente, no pienses en éso, L. Ahora viene el desenlace.
- Veamos, veamos...
- Primero -dijo la bruja-, vamos a ver el horno que yo prendí para hacer pan. Entra tú primero, Gretel, y fíjate si está bien caliente como para hornear.
En realidad la bruja pensaba cerrar la puerta del horno una vez que Gretel estuviera dentro para cocinarla a ella también. Pero Gretel hizo como que no entendía lo que la bruja decía.
- Yo no sé. ¿Cómo entro? -preguntó Gretel.
- Tonta- dijo la bruja,- mira cómo se hace -y la bruja metió la cabeza dentro del horno. Rápidamente Gretel la empujó dentro del horno y cerró la puerta.
- ... estás bromeando, Wammy-san.
- No bromeo, así está escrito. Cuenta también con una ilustración bastante explícita. - desplegó el libro antes sus ojos, mostrándole a una decidida Gretel asestándole una formidable patada en el trasero a la bruja, arrojándola, efectivamente, a las terribles llamaradas del horno. L no borraba aquella expresión dividida entre la estupefacción y el desprecio.
- Esa bruja... es el ser más estúpido que he conocido en mi vida. - concluyó, con un rictus de desdén, como si tanta imbecilidad junta supusiera un flagrante delito.
Gretel puso en libertad a Hansel. Antes de irse, los dos niños se llenaron los bolsillos de perlas y piedras preciosas del tesoro de la bruja.
- Un momento.
- ¿Sí?
- Ese elemento es nuevo. No habían hablado antes de ningún tesoro.
Watari suspiró.
- Tienes razón. Pero, sea como sea, no es un error narrativo imperdonable, ¿no crees, L?
- Pero, ¿por qué iba a querer tener un tesoro de perlas y piedras preciosas una bruja, si con su magia puede obtener todo cuanto desea..?
- Quizás no era una bruja tan sabia y no conocía tantos hechizos.
- Cierto, era la más tonta.
- O puede que, debido a su maldad, su alma también estuviera podrida de codicia y materialismo.
- Parece plausible... ¿cómo sigue?
Los niños huyeron del bosque hasta llegar a orillas de un inmenso lago que parecía imposible de atravesar. Por fin, un hermoso cisne blanco compadeciéndose de ellos, les ofreció pasarlos a la otra orilla. Con gran alegría los niños encontraron a su padre allí. Éste había sufrido mucho durante la ausencia de los niños y los había buscado por todas partes, e incluso les contó acerca de la muerte de la cruel madrastra.
- Hum...
- Qué incongruencia, anacronismo o sinsentido has localizado esta vez, L...
El aludido levantó los deditos para empezar a enumerar.
- Primero: por muy pequeños que fueran, un cisne no habría podido soportar el peso de ambos como para atravesar un "inmenso lago". Hum, es un ave muy sospechosa...
- Sea como sea, les ayudó.
- Segundo: la proposición "el padre les había buscado por todas partes" es equívoca, o bien el padre mintió. Si hubiera hecho éso les habría encontrado irremediablemente.
- Debo disentir: probablemente aquella casa estaba bajo un encantamiento que la hacía invisible a los ojos de los adultos.
- De acuerdo. Tercero: no se especifican los detalles de la defunción de la madrastra. A mí me resulta demasiado significativa su inesperada muerte... a lo mejor sólo murió de hambre, o quizás el padre por fin venció su complejo de sumisión y vengó a sus hijos.
- Tú lo has dicho, L: a lo mejor sólo murió de hambre.
- Pero...
Watari alzó la voz:
Dejando caer los tesoros a los pies de su padre, los niños se arrojaron a sus brazos. Así juntos olvidaron todos los malos momentos que habían pasado y supieron que lo más importante en la vida es estar junto a los seres a quienes se ama, y siguieron viviendo felices y ricos para siempre.
- Fin. - concluyó, cerrando el libro. - Y bien, ¿ha satisfecho tus expectativas?
El marcianito arrugó las sábanas entre sus puños apretados y guardó un religioso silencio, con sus pupilas vagando a través de la impenetrable noche extendida tras el ventanal.
- Es un cuento demasiado triste. - su tono estaba aún más teñido de neutralidad.- Porque las casas hechas toda de dulce no existen, pero sí los padres malvados que juegan con las vidas de sus hijos. En esta historia también parece que los problemas como mejor se saldan es con la muerte. No es justo, Wammy-san.
Su tutor calló. En honor a la Verdad, aquello era incontestable. Finalmente, hizo acopio de fuerzas para responderle con una sucinta sonrisa en su hierático semblante.
- Por éso L consagra su vida para hacer de este mundo un lugar más justo y feliz. Anda, ahora a dormir.
Se inclinó para arroparle bajo el agradable calor de la colcha de patchwork, dejando sólo al descubierto los ojos, como los de una rana curioseando fuera de la charca. Bostezó sonoramente, pese a negar rotundamente que tuviera el más mínimo sueño.
- Wammy-san no se va a ir hasta que yo me duerma, ¿verdad..? - inquirió, con un tono menos despreocupado del que verdaderamente pretendía.
A veces, aquello sucedía. Probablemente, y no era de extrañar dado el caracter cruento del último crimen que había resuelto, había visto alguna foto desagradable que, pegada contra su voluntad a sus retinas, le haría aún más difícil conciliar el sueño. Despues de todo, L Lawliet aún no había cumplido la década... y ya había visto demasiadas muestras de la crueldad y la locura humanas.
- No, hijo. Esperaré aquí. - le tranquilizó gentilmente, sentándose más cerca de la cabecera de la cama.
- No te olvides de imprimir los documentos del caso C-23 y de hacer un memorándum de los testigos. Si hay grabaciones disponibles, guarda todas las cintas para que yo luego las analice.
Su cuidador le acarició los oscuros mechones, con la excusa de peinarle un poco aquella pelambrera desgreñada.
- No te preocupes, se hará como dices, L.
- Y, cuando me despierte, trae tarta. - las comisuras de sus labios asomaron por encima de las sábanas en una sonrisa golosa de duende.
- Muy bien. Venga, a dormir.
Buscó su mano. Apoyó en ella la tibia mejilla como en una segunda almohada, agarrándole a su vez con fuerza de la manga, no fuera que se escapara y le dejara solo. Permaneció unos minutos con sus ojazos perdidos en el vacío, y Watari se vio incapaz de siquiera aventurar qué estaría pasando por aquella cabecita sin igual.
- Buenas noches, Wammy-san.
L dejó caer los párpados lentamente, arrullándose en la reconfortante manta como un gato.
Justo cuando Quillsh Wammy sintió la respiración de su criaturita profundizarse y espaciarse, descubrió los primeros copos de nieve besando el alféizar de la ventana.
FIN
Muchísimas gracias a todos los que habéis leído y comentado este fanfic.
¡Nos leemos!